Part 14
El tiempo estaba ya tan adelante y el territorio era tal, que si yo esperára mucho por las aguas que comenzaban, fuera imposible retirar el bagaje y caballería. Consideré que me hallaba enterrado con aquella gente sin poder salir ni por la Bretanga ni por Covorden si acometia el fuerte de la Bretanga, no pudiendo en ninguna manera hacer trincheas ni tener gente, porque zapando dos piés, y áun ménos, se hallaba agua; y en más de una hora de camino, no solamente no habia casas, pero ni áun árboles. A ser de verano, por importar tanto aquel paso, yo le hubiera acometido, mas en el tiempo que era, infaliblemente me ponia al peligro que he dicho. Y si me ponia á hacer dos fuertes, uno á la entrada y otro á la salida de aquel paso para dexarlos consumir, como yo tuve intencion una vez de hacerlo, me ponia al mesmo riesgo que sitiando el fuerte; y por ser necesario hacer salida y entrada allí, consideré que era mejor y más fácil hacerla por Covorden que por otra parte, porque no teniendo paso, nosotros consumiamos á Gruninghen en lugar de proveerla; y que hallándose el enemigo en campaña, con exército tan fuerte como el nuestro, nos podia estorbar el sacar fruto y sustancia del país sin medio para entretenernos; y que fuera de esto, él podia aumentar su exército y ser asistido de Holanda, lo que era imposible hacerse conmigo no habiendo paso. Y así me resolví de irle á hacer junto á Covorden; pero ántes de ir allá, hallándome á dos leguas de donde el enemigo estaba alojado, quise acometerle y tentar la suerte de una batalla, más por desesperacion que con razon de guerra, porque se habia de pasar por unos pantanos y turberas peligrosas, y más en aquel tiempo lluvioso, junto á un gran fuerte del enemigo, que á tener artillería, como no la tenian, yo no podia pasar sino con gran daño nuestro. Tomé dos piezas de campaña conmigo y algunos carros ligeramente cargados de victuallas, y fuíle á buscar, haciendo un gran rodeo para ello, no estando él más de una legua de Gruninghen. Tuvo aviso del camino que yo hacia y de la intencion que llevaba, y no lo habia comunicado en aquella tierra con hombre nacido, sino con el síndico y un burgomaestre de quien me fiaba. Pasado estos pantanos y turberas, adonde la artillería y nuestros carros se habian empantanado, y con grandísimo trabajo salido; y fué en parte, que desde su fuerte nos tiraban con su mosquetería, pero hicieron poco daño. Fué menester dexar reposar la gente, que venía cansadísima. Entre el alojamiento que yo habia tomado y el del enemigo, habia otro fuerte junto á nuestro cuartel, no tan sustancial como el que habiamos pasado, hícele reconocer con intencion de darle aquella noche una encamisada; mas los que estaban dentro se huyeron por los pantanos, y le dexaron. El conde Guillermo y su hermano Filipe, como supieron que yo marchaba hácia ellos, se comenzaron á fortificar bien en su cuartel, que ántes no lo estaban; sin poder hacer más diligencia que la que hice, al amanecer caminé hácia el enemigo, habiéndome dado á entender que el puesto que tenía era llano y sin estorbo, y hallélo al contrario, fuera del camino, que era terreno seco, pero todo lo demas de seis á seis pasos fosos tales, que era imposible marchar en órden sin romperla; y lleguéme hácia su sitio, é hice mis escuadrones de caballería é infantería, trabóse escaramuza, puse las piecezuelas de campaña que llevaba en un alto, y fuí en persona á reconocer su sitio para ver si se podia dar asalto á sus trincheas, é hice refrescar la escaramuza con infantería y caballería, pensando sacarle de ellas cebándole y pelear con él fuera, con más seguridad que atrincheado; pero aunque escaramuzaban siempre al abrigo, sin quererse adelantar, habia puesto toda su infantería detras de ellas, y miéntras se escaramuzaba, su caballería andaba siempre dentro de ellas corriendo de una parte á otra, á quien yo hacia tirar nuestras piecezuelas, haciéndoles mucho daño. Ha habido algunos que me han culpado de no haber llevado alguna artillería gruesa para batirlos, y yo confieso que en esto tuvieran razon si fuera posible llevarla, porque las trincheas del enemigo y su puesto era tal, y el que yo tenía tan eminente, que con sola la artillería, no siendo sus trincheas, como hechas de priesa, para sufrirla, con ayuda de Dios les deshiciéramos, si el socorro hubiera venido dos ó tres meses ántes, para poder llevar la artillería por donde yo habia pasado, pero entónces era imposible. Despues de haber reconocido los fosos, que digo que atravesaban por la campaña, y que no se podia pasar por ellos en escuadron, ni dar asalto sin notoria pérdida, se resolvió de retirarnos, habiendo hecho gran daño al enemigo, y él á nosotros muy poco, y éste no á persona particular. Al conde Federico le mataron su caballo y le dieron un arcabuzazo en el brazal, que se le abollo dentro de la carne, cosa de poco momento, y á un capitan italiano hirieron mal en una pierna. Así me retiré al alojamiento que habia tenido la noche pasada, y otro dia por la mañana fuí á pasar por el pantano junto al fuerte del enemigo; por haber llovido aquella noche, y los carros y caballos roto el paso que yo habia tomado á la venida, que estaba trabajoso de pasar, eché por el otro lado, y pasando con trabajo, me fuí hácia Gruninghen cargando de victuallas todo lo más que pude, y proseguí mi camino hácia Covorden, porque miéntras más tardaba, más difícil era el hacer paso. Invié alguna infantería delante, miéntras las victuallas se cargaban, para que ocupasen el villaje de Dalem, y una casa de un caballero llamado Herman Wandecamp, temiendo que los de dentro le quemarian, que era el alojamiento que el conde Mauricio tenía cuando sitió el fuerte. Otro dia, comenzando á caminar con la gente, nos adelantamos el conde Federico y yo á Dalem, así para reconocer dónde se habia de hacer el paso, como por alojar la gente, adonde hallé refrescándose la que habia inviado á ocupar aquel lugar y la casa del caballero, la cual hice partir luégo á la hora, y llegaron á la casa á tiempo que los del fuerte, ó la mayor parte de ellos, estaban fuera, haciendo escolta á muchos carros de victuallas que les venian. Los nuestros dieron de manos á boca con ellos junto á la casa, y conociendo la poca gente que habian dexado en el fuerte, quisieron más retirarse á él que salvar los carros, los cuales se perdieron, y salvaron pocos. Aquí se perdió una muy buena ocasion, porque si aquella gente se deshiciera ó se cortára, que no pudiera entrar dentro, habia quedado tan poca en el fuerte, que se les podia dar escalada por todas partes, sabiendo yo donde habia paso en el foso para poderlo hacer en metad del dia, y siendo poca gente, mal podian acudir á todas partes ni resistir á tanta como les diera el asalto, y habia algunas partes por donde no eran menester escalas; mas no siempre suceden las cosas de la guerra como se desea y pretende. Alojé la gente en aquel villaje de Dalem, é invié parte á la casa de aquel caballero. Las aguas cargaban, la necesidad de la gente se aumentaba, y en los regimientos de valones de D. Filipe de Robles y Mons de Fressin habia casi tantos oficiales como soldados, y éstos con ánimo de volverse, como ya algunos lo comenzaban á hacer sin licencia. Procuré dar priesa á hacer el paso y algunos fuertes en los caminos, y para él, me concerté con el Drosarte de Covorden, y con el teniente coronel de Mons de Billí, y por quinientos escudos, se obligaron de hacerle, y así le acabaron bastante para carros, artillería y todo lo que fuese necesario; y por el mal tiempo de aguas y ser el sitio tan pantanoso, todos los soldados que trabajaban en él, ó murieron ó quedaron para ello; tambien los soldados trabajaban en los fuertes, parte sin dinero y parte pagados. Y considerando que no era posible comunicarnos con Gruninghen sin aquel paso, y que no se podia conservar sino guardándole con gente, y que el enemigo, saliendo fuera ó entrando dentro, podia romperle, y hacer inútil todo lo que se habia trabajado y quitarnos el paso de la otra parte, y no teniendo yo en donde alojar aquella gente el invierno, porque la sustancia de las cuatro villetas no era para alojar la octava parte de la gente, y siendo fuerza tenerla en campaña, en ninguna parte la podia tener más cómodamente y sin ménos daño que al rededor de Covorden, y hacian el efecto que digo de guardar el paso, y estando allí, tambien estorbábamos la entrada y salida de las provisiones del fuerte. En todo el tiempo que allí se estuvo, no me aparté un paso de la gente, sufriendo y padeciendo como el menor de ella. Los valones de los regimientos que he dicho se huyeron, y yo dexé ir los que quedaban, porque no eran de ningun servicio. Las compañías de alemanes altos de Lorena y del Conde de Soltz hice alojar en estas villetas, por ser extranjeros, quedándome en campaña con los demas, de la cual tambien se desmandaban y huian algunos. El Drosarte de Covorden, que ahora está en esa Córte, me daba á entender que los de dentro no tenian de comer sino hasta los Reyes; y con los avisos que él me daba, escribia yo lo mesmo al archiduque Ernesto y al Conde de Fuentes, y tambien avisaba que el enemigo se preparaba para meterse en campaña á la primavera, no sólo con todas las fuerzas que tenía acá, pero que levantaba caballería é infantería nueva, con asistencia del Palatino Elector; que convenia juntar las nuestras tambien y hacerle resistencia. Su Alteza me invió el regimiento del Príncipe de Simay, sin coronel ni teniente coronel, á cargo de un sargento mayor, á quien los oficiales y soldados tenian poco respeto. Esta gente y la mayor parte de la que siempre se me ha inviado, ha sido porque hacia daño ó fastidiaba en Bravante, y del trabajo que el conde Herman tuvo en hacerlos pasar el Rin y su buen gobierno, él podrá dar relacion; fundábanse en su desobediencia y poco respeto de cierta paga que se les habia prometido al paso del Rin; fuéles fuerza darles la mayor parte del dinero que se repartia por entónces entre la gente de guerra de aquí para darlos contento, y con todo esto destruian el país y le robaban, y se iban al enemigo de veinte en veinte, de manera que en poco tiempo se diminuyó mucho este regimiento. Pocos dias despues mandó su Alteza al duque Francisco de Saxa que levantase un regimiento de alemanes, dándole este país de Linghen para el efecto. Escribí á su Alteza que aunque yo sabía que este país no podia sustentar este peso de levantar un regimiento, yo haria por obedecerle todo cuanto pudiese y me fuese posible, y así por esto con mi órden el Drosarte y los del país se concertaron con Juan de Tessilin, teniente coronel de este regimiento, el cual, dándole cierta suma de dinero, se obligó de levantar parte del regimiento aquí, y parte el Duque en su tierra, habiéndole prometido cierta suma de dinero de Córte para ello. El Tessilin cumplió en tener la gente junta para el dia que los comisarios le habian ordenado, y viendo que tardaba el dinero para pasarlos muestra, y que este país se arruinaba, se quiso ayudar del de Munster, adonde estando con poco recato, vino el enemigo contra él, y acometido, le prendieron por desgracia. Faltando á esta gente la cabeza y los medios para entretenerse, siendo nueva y desarmada, se huyó la mayor parte de ella; y á ésta, encontrando con las demas compañías que el Duque habia levantado en su país, la pusieron tanto miedo, que tambien se huyó. De la gente que habia quedado de estas tropas y se pudo recoger, segun la órden que yo tenía, se hicieron tres compañías, que están ahora en servicio, aunque muy deshechas de gente. Este fin hizo este regimiento, no por culpa del país ni mia, sino por no haber acudido al tiempo prometido á pasarle muestra. Con estas y semejantes cosas se desgustan algunos señores de Alemania, que han hecho otras veces servicio á su Majestad y son para hacerle, y á mi parecer, y no me engaño, se ha de tener con esta nacion otro modo de proceder y tratar, procurando tenerla contenta para el servicio de su Majestad, pues siempre ha sido menester, y ahora más que nunca. Por los avisos que continuamente daba á su Alteza, que el enemigo juntaba su exército, me invió al comisario general Juan de Contreras con algunas compañías de caballos, las cuales vinieron sin un real para sustentarlas; y así fuí forzado, porque no se me volviesen á Bravante, á alojarlos á discrecion en estas terrezuelas, con ser la gente de ellas pobrísima, tanto que por no tener la vida, iban muchos á pedir limosna para sustentar sus hijos y soldados, á quien habian de dar feno y avena y de comer á sus mozos, cosa que enterneciera al más cruel hombre del mundo, porque, aunque vian la pobreza de esta gente. Dios sabe cómo algunos soldados de esta caballería los han tratado. Poco ántes de esto, el tercio de don Gaston se desmandaba de manera que andaba del todo desobediente, siempre fuera de sus cuarteles robando el país; y avisándome el que los gobernaba y los capitanes que sus soldados estaban todos resueltos de irse á Bravante, rogándome que por amor de Dios y honra de su nacion y tercios, los diese licencia ántes que ellos la tomasen. Estuve algun tiempo sin querérselo conceder, pero considerando que si se iban sin ella se amotinarian del todo, y que, segun entre ellos se trataba, harian amotinar tambien á los irlandeses y valones, que ya habian tratado del puesto que habian de tomar y de donde se habian de sacar sus contribuciones, pareciéndome que más fácilmente pudieran los señores de la hacienda darles contento, yendo con alguna manera de órden y obediencia, que no del todo amotinados. Fuéronse con este tercio las dos compañías de Cornelio Gasparino y las que habia aquí de valones de Mons de Stenley. Y de todo esto habia avisado diversas veces, y de que convenia darlos contento por la mala intencion que en ellos habia conocido, y si se hiciera, con poco dinero hubieran cumplido con de trescientos á cuatrocientos hombres, y no sucediera lo de Sichen, que tanto fastidio ha dado. Continuando la junta que el enemigo hacia de su gente, y que la que levantaba se le acercaba ya, la cual venía á cargo del Conde de Solms, que traxo un regimiento de buena gente bien armada; y como esta nacion alemana alta y los holandeses se llevan mal estando juntos, no duró mucho en su servicio, y su Alteza se resolvió de inviarme más gente á cargo del conde Herman, que entre alemanes, valones, irlandeses y españoles, podrian ser hasta poco más de mil y sietecientos hombres, los españoles como doscientos sacados de tres tercios, de doce ó trece compañías, y con ellos venian dos capitanes, Juan de Zornoza y Juan Alvares de Sotomayor. Y entre esta gente venian muchas personas particulares y soldados honrados, y toda ella no traia un real, y así fué necesario que el comisario, del poco dinero que tenía, los socorriese. De esta manera y con tanta sustancia y medios, como ántes he dicho, se me han inviado siempre los socorros. El enemigo venía proveido con tanto aparato como el mayor príncipe podia traer; con más de doce mil infantes y más de dos mil caballos, con los que nuevamente le habian llegado de Alemania. Yo saqué la gente que pude de las guarniciones, y con ella, la que tenía en campaña y la que habia venido, no llegaban á tres mil y quinientos infantes, y la caballería que teniamos, inferior de la del enemigo. Y si dixeren que cómo habia tan pocos al pelear y tantos al pagar, responderé que en todas las compañías habia pocos soldados, muchos oficiales y enfermos, y que en éstos entraba más de la tercia parte de la gente. Teniendo el enemigo junta la suya, marchó hacia nosotros y se puso en una villeta abierta llamada Omme, adonde á la mesma hora se fortificó, metiendo dentro de la fortificacion todo su exército, sin que alojase nadie fuera, y se decia que en la trinchea habia tambien una palizada. Algunos dias ántes habia hecho tiempo tan seco, que los pasos que de ántes eran dificilísimos se hicieron buenos y llanos; y siéndome fuerza, por la desigualdad que habia de la gente del enemigo á la nuestra, juntar la que yo tenía, porque así éramos algo y separados nada, y perdida una parte fuéramos perdidos todos, por la distancia que habia de un cuartel á otro y la dificultad de juntarnos, y unidos quedaban todos los pasos abiertos, por los cuales el enemigo podia entrar y salir como quisiese sin podérselo estorbar; habiéndose alojado y fortificado como he dicho, deseando venir con él á las manos, invié al conde Herman á tocarle arma y hacerle emboscada con toda la caballería, y con dar nuestra gente hasta cerca de sus trincheas, no se quisieron apartar léxos de ellas. Era mi intencion sacarlos á la campaña, y que el Conde se viniese retirando poco á poco hacia mí, escaramuzando con poca gente de retroguardia, y que pegando fuego á una casa, fuese señal de que el enemigo marchaba. Yo tenía la infantería ya presta para con la diligencia posible ir á encontrar al Conde, viendo la señal. Ésta hizo dos veces, sin que el enemigo mostrase gana de pelear, el cual, por habernos nosotros juntado y por el tiempo seco que hacia, podia muy bien hacer de noche su efecto. Invié otra vez al comisario general á ver si se movia ó no, y encontrando con una compañía del enemigo, la deshizo. Los villanos, prisioneros y espías, todos confrontaban en tener el enemigo la gente que he dicho, y ya por estar cerca de nosotros no nos venian victuallas, que las villetas y villajes, ó por no las tener, ó por la conformidad de religion con el enemigo, no las querian dar, por cumplir en esto con ellos y su secta; y cuando las hubiera, no pudiera inviar escolta, porque, siendo poca, no fuera segura, y si mucha, el enemigo nos cargára miéntras la gente estaba fuera, y nos poniamos en mayor peligro. Llamé á todas las cabezas del exército á consejo, proponiéndoles el estado en que nos hallábamos y cuán poca comodidad teníamos de victuallas y de forraje, y que lo más que yo habia podido juntar de feno, avena y pan, no bastaba para sustentarnos dos dias, porque el trigo que los de Gruninghen me habian entregado, se habia dado la mayor parte á la infantería, porque no se desmandase ni tuviese ocasion de dexar sus banderas para irlo á buscar; y que fuera de esto, habia ordenado, por lo que podia suceder, proveer á Oldenzel, Oetmersom y Ensquede, y fué tal la provision, que la que más proveida estaba era por ocho dias á lo más. Poniéndoles asimesmo delante el inconveniente que podia venir de esperar al enemigo y de el no esperarle, que ambas cosas le habia considerada la poca gente que teniamos, para la que el enemigo tenía, que sin aventurar nada, viniendo con trincheas como venía, nos aventurábamos á perder y no á ganar; que á poderle acometer adonde estaba, sin evidente pérdida, ya yo hubiera sido de opinion de hacerlo, y que si con todo esto ellos lo tenian por bueno, no quedaria por mí. Los más de ellos fueron de opinion de retirarnos y conservar aquella gente, esperando que se nos inviaria más, poniendo delante que si ésta se perdia, se perderia todo el país y sucederian otras pérdidas mayores. Los condes de Berghes fueron de parecer que se guardase el paso, y fuéles respondido que no era de ningun fruto, pues era fuerza juntarnos todos, y que haciéndolo, dexábamos al enemigo el paso libre para socorrer el fuerte á su voluntad, ni ménos guardar el paso le estorbaba que no fuese á Gruninghen, teniéndole por otra parte más seguro y cómodo para él, y poniéndonos adonde decian, no sólo hacia él lo que está dicho, pero nos podia cortar, sin ninguna duda, por una y por otra parte las victuallas, y que faltándonos éstas, servirian de achaque al soldado para desamparar las banderas por irlas á buscar, y que entónces fuéramos forzados á nuestro pesar á retirarnos y hacerlo á vista del enemigo, tan superior de gente, que no habia tan simple soldado que no entendiese que era peligrosísimo; que ya en el exército comenzaban muchos á murmurar contra mí, diciendo que los queria poner en la carnecería, y otros, quizá ménos valientes, cuando supieron que se retiraba, braveaban, habiendo dicho ántes lo que los otros; que así se gobiernan muchos el dia de hoy, usando de artificio, como en otra parte he dicho. Resuelta la retirada, se trató de inviar la gente de Gruninghen y alguna más, quedándonos con la que arrimados á una tierra, nos podriamos defender, ya que no podiamos ofender; y habiendo rehusado cierta persona de irse á meter en esta villa por falta de dinero, ordené al teniente coronel de Mons de Billí, que fuese con aquella gente, procurando poner la que me quedaba á cargo de otro, é ir yo allá, no mirando que era obligado á quedar con la gente, que no me faltaba voluntad para hacerlo, como lo mostré los años pasados; nadie se queria encargar de la gente, y todos se excusaban, y para decir verdad, yo pudiera servir mejor que otro, si el enemigo nos cargára, como de estilo de guerra debia de hacer, no ignorando él nuestras incomodidades, y lo que más era de temer, que esta gente, que habia venido nuevamente de Bravante, salvo los españoles, me habian dicho no quererse encerrar en ninguna tierra; los irlandeses, por no tener cuartel con el enemigo, y los alemanes, por otros respectos, y si yo no me hallaba con ellos, los unos y los otros entónces efectuáran, sin duda lo que despues hicieron, y si lo hicieran, no quedaba por perder cosa de lo que ahora hay. Caminé con la gente á Denichum, haciendo quemar los fuertes, adonde estuve más de un mes y medio, sin que me inviasen un solo real para entretener esta gente, la cual se comenzó á desmandar luégo como se llegó al cuartel, que ni oficial ni capitan podia estorbarlo. Procuré luégo de inviar á Gruninghen algunos valones, y queriendo emplear una persona, de quien yo tenía confianza, le vi con tan mala voluntad, que me resolví de inviar un oficial de mi regimiento con algunos soldados á sólo reconocer los turbales por donde habian de pasar; él fué, entró con ellos, é invió á avisarme de lo que habia hallado, y el conde Federico entónces deseaba entrar dentro, mas por haber de irse á pié, siendo él pesado y el camino largo, junto con la poca gana de los soldados, lo dexó. Ya habia escrito á los de Gruninghen que les queria inviar gente y cuando podia llegar, y respondiéronme que no fuesen sin dinero. Esto no sólo entónces, pero otras veces me habian respondido lo mesmo. No habia un real ni memoria de que viniese, y no se hallaba, ni el Comisario ni yo teniamos crédito, por no haber hombre que fuese caudaloso en este pobre país que nos pudiese ayudar.
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