Comentario del coronel Francisco Verdugo, de la guerra de Frisia, en xiv años que fue gobernador y capitan general de aquel estado y ejercito por el rey don Felipe II, nuestro señor

Part 13

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Sabida la rendicion del fuerte, volví á inviar con gran diligencia al conde Herman con la gente que habia traido á Gruninghen por la Bretanga, que era el camino por donde habia venido, y yo me fuí con la demas gente al villaje de Velthusen, lugar del Conde de Benthem, y allí estuve algunos dias para ver lo que el enemigo queria hacer; donde la gente de guerra que habia venido con Mons de la Capela me pedian la paga, que les escribian de Bravante haber inviado para ellos, y decian que yo habia recibido, lo cual era falso; y los que más me apretaron con poca modestia, fueron los italianos del tercio de D. Gaston, diciéndome que su maestre de campo los habia escrito que yo tenía su dinero. De estas y semejantes caridades se me han hecho muchas en esa Córte, y sus inventores no me han sido de poco trabajo y estorbo al servicio de su Majestad, siendo causa de que los soldados pierdan el respeto, sin el cual no pueden ser bien gobernados. Habiendo el enemigo proveido y reparado el fuerte, retiró su artillería y exército hácia Svol; y yo, habiendo comido y forrajeado los contornos del cuartel adonde estaba, me fuí al villaje de Geelhusem, junto al castillo de Benthem, adonde los alemanes de los regimientos de los dos condes de Arambergh y Barlaymont se alteraron, tocaron sus caxas, y sin ninguna licencia, ni capitanes, ni oficiales, marcharon para volverse á Bravante; yo fuí tras ellos, y con todas las buenas obras y palabras que podia, les rogaba se quedasen á lo ménos miéntras el enemigo estaba todo junto y no muy léxos de nosotros, y que podria ser que él nos vendria á buscar, ó nos daria ocasion de buscarle á él; por aquella noche se quedaron donde yo los alcancé, y otro dia siguieron su camino sin poderlos detener, por más ruegos que D. Alonso y yo les haciamos, y con ellos se fueron algunos que tenian tan poca gana de quedarse como ellos. Pocos dias despues me vinieron de Colonia quince mil escudos, los cuales se dieron á la gente de guerra que Mons de la Capela habia traido consigo, que así vino ordenado de la Córte, y no solamente mandaban que se diese de aquello la paga á los coroneles que estaban ausentes, pero una buena suma de dinero más, sin que viniese un real para los que estaban presentes sirviendo, ni ménos para sus soldados. Recibido este dinero, tambien pretendieron ellos partirse. Todavía estaba el enemigo junto, llegándose lo más cerca que podia al paso por donde esta gente habia de pasar, con intencion de que ya que los alemanes y los que fueron con ellos, por buena diligencia que habian hecho, se le habian escapado, no se le escapasen estos que quedaban. Don Alonso hizo una vez punta de partirse, adelantándose un poco con esta gente, lo cual entendido por el Mauricio, caminó á la ligera á encontrarlos; tuve yo aviso de ello, y advertí á D. Alonso que se volviese, porque corria peligro. Y como el conde Mauricio marchó á la ligera sin victuallas, y por el mal tiempo que hacia de agua, su gente padecia y murmuraba, temiendo no le perdiesen el respeto, deshizo su campo enviándolos á sus guarniciones. Entónces pudo D. Alonso seguramente hacer su viaje como le hizo, y en este tiempo vino aquí Robertin, comisario de victuallas, y ha sonado que venía con alguna comodidad para asistirnos de victuallas al socorro de Covorden, que aunque viniera seis semanas ántes, viniera tarde para ello. Retirada la gente en Bravante, los de la villa de Gruninghen, segun me informaban personas fidedignas y otras que inviaba á la Haya á saber lo que pasaba, trataban con el enemigo, sino el cuerpo todo junto del Magistrado y la burgesia, á lo ménos grande parte de unos y de otros, de que avisaba muchas veces al Magistrado y al conde Herman, que estaba en la villa; y como cada dia crecian estas nuevas, me resolví de ir allá en tiempo de una grande helada, y llevé conmigo cantidad de gente de guerra y pólvora. Los malos, como entendieron que yo sabía su trato, viéndome venir de improviso, y con gente de guerra, pusieron todo el estorbo que pudieron para que no la alojase en el burgo; mas al fin, con ayuda de algunos buenos, la recibieron, y no por eso los malos dexaban de procurar de ponerme mal con los buenos, diciendo una vez que yo me entendia con el conde Guillermo, y que me habian visto hablar con él en una escaramuza; otra que se casaba con mi hija y yo con su hermana, por ponerme mal con los católicos, y como gente vulgar acostumbrada á calumniar á sus gobernadores, no faltaba quien lo creyese. Y teniendo siempre cuenta con sus pasos, entendí que un hombre que vivia en el Coregat habia traido una carta del de Holac para Juan Tembouren, Ernesto Herens y otros sus cómplices, en que los solicitaba el proseguir la plática con la burgesia, prometiéndolos, como Conde de Alemania, que el imperio recibiria la villa en su proteccion, y que dexasen y renunciasen al Rey nuestro señor. La carta y respuesta de ella vino á manos del Magistrado, prendiéronse los hombres, y solicitando yo que hiciesen justicia de ellos, y que echasen de la tierra algunos del Magistrado y del pueblo, que públicamente decian que convenia y querian darse al enemigo, lo cual les queria probar con algunos buenos del Magistrado y del pueblo, que se lo habian oido y se lo querian mantener, el remedio que dieron á esto fué responderme que sus diputados estando en esa Córte habian oido muchas cosas semejantes, y que pues allá las sufrian, que tampoco acá las querian remediar. Yo los repliqué, diciendo cosas que tocaban al servicio de su Majestad y provecho de ellos, de que me pareció no gustaban mucho; y á los tres que tenian presos, todo el mal que les hicieron fué desterrarlos de la villa, y cuatro dias despues, me solicitaban que dexase entrar al Tembouren, que era con quien muy de secreto trataban con el enemigo. Respondíles que les via hablar por él tan aficionadamente, que creia le dexarian entrar contra mi voluntad, y que hiciesen de él lo que quisiesen. Llamáronle, y el Ernesto se entró de suyo, y quexándome de ello á los burgomaestres, me negaban no estar éste dentro de la villa, y sabiendo yo lo contrario, les dixe la parte donde le hallarian, y dándole seguridad, vino á mi casa, de que los burgomaestres quedaron confusos, y en su presencia le pregunté el por qué amenazaba de matarme ó prenderme con otros muchos como él. Que esto no lo decian entre sí solamente ni por las calles, mas á la puerta de mi casa, y las mesmas amenazas hacian á los buenos y católicos de la villa, tanto que una noche, no osando de dia, vinieron á mi puerta algunos de ellos diciéndome estas palabras: Señor, vos y todos nosotros estamos aquí perdidos y vendidos, porque los herejes y mal intencionados son muchos más que nosotros, y vuestra persona particularmente está en muy gran peligro, y así estamos determinados de tomar las armas y defenderos todo cuanto pudiéremos. Yo los respondí que como se conservase la tierra, era poca pérdida la de mi persona. Pero temiendo que osando ellos poner las manos en mí, la pérdida de todo aquel país era cierta, como sucedió cuando prendieron á Mons de Billí siendo su gobernador, á la mañana invié á llamar al Magistrado, y le dí cuenta de lo que habia entendido, rogándolos y protestándolos que reprimiesen á los malos sediciosos, para que no viniesen á desmandarse del todo, y que el remedio que habia era echar del lugar algunos deslenguados de ellos, dándoles por memoria los que eran, la cual me habia dado el vicario, cura de la iglesia mayor; y con todo esto, ninguno de ellos fué echado fuera, ántes supe que secretamente los acariciaban, y de esto, en mi casa reprendí ásperamente á un burgomaestre, el cual por ser mancebo no sabía disimular como los otros, y éste y su suegro, tambien burgomaestre, son los que ahora entonan más alto los psalmos con el predicante hereje. Poco ántes que esto pasase, me invió el Conde de Mansfelt, que ya su Alteza, que Dios tenga en el cielo, era muerto, los italianos del tercio de D. Gaston, los valones que están con el regimiento de Mons Stanley y algunas compañías de Mons de la Mota, y con ellos un comisario con algun dinero, que es la primera vez que me ha venido gente y dinero juntos. El conde Guillermo juntaba gente con intencion de acercarse á la villa de Gruninghen para alterarla, y por las apariencias que habia en ella, y el aviso que yo tenía de una espía que se halló presente, cuando diciendo al Conde que yo estaba dentro con gente, se dió una gran palmada en la frente tirándose la barba, por lo cual, recelándome, no dexé salir ningun soldado del burgo. Él se embarcó con su gente, y fué á dar al Dolart, y apeóse en dos esclusas que están en la señoría de Wedde, llamadas Dennigwolde y Belingvolde; y en aquel punto acertó á llegar á Wedde el conde Federico con la gente que he dicho. Y el enemigo, metiéndose en medio de las dos esclusas, en una hora se fortificó de manera que no era posible llegar á él por ser los prados pantanosos y los diques tan estrechos, que apénas podia un hombre caminar por ellos. Avisó luégo al conde Herman y á mí á Gruninghen de su venida y de lo que habia hallado, yo le escribí que alojase la gente en Winschoten, y procurase estorbar la fortificacion al enemigo, y no lo pudo hacer por las causas que he dicho. Su Excelencia mandó al conde Federico que se diese priesa á levantar la caballería que ántes le habia ordenado, y así se partió para efectuarlo, y en su lugar fué el Conde, su hermano, á gobernar aquella gente; y tambien él, pocos dias despues, fué proveido del gobierno de Gheldres, y siendo fuerza partirse á él, quedó aquella gente á cargo del caballero Carcamo, que gobernaba el tercio de D. Gaston, el cual, así con los capitanes de él, como con los del regimiento de Mons Stenley, tuvo muchas pendencias que pudiera bien excusar. La villa de Gruninghen estaba tal, y la mayor parte del comun tan levantado, que no esperaba sino la hora que lo fuese del todo, dando sobre los católicos y sobre mí, y por esta causa no me osaba deshacer de toda la gente que tenía en el burgo, ni desamparar la tierra, por decirme los buenos que al punto que yo saliese, se perderian. Las indignidades que los malos de aquel pueblo han usado, por no haber querido el Magistrado remediarlo, sabe Dios, y lo que yo he sufrido por el servicio del Rey. Quexábase el Magistrado de que los socorros que inviaban, no bastaban para poder hacer la guerra ofensiva, y que la defensiva no los ayudaba más que á acabarlos de consumir. Yo los aconsejé que lo significasen en la Córte, pensando por esta via tenerlos en obediencia. Lo cual por mi parte habia escrito muy particularmente, y que era necesario acudir muchas veces á la fuente, y así se resolvieron de inviar un burgomaestre y al síndico. Su Excelencia entónces formaba exército para socorrer á Santa Gertruidembergh cuando ya era perdida, y no habiendo menester la gente, se resolvió de inviarme buena parte de ella á cargo del conde Federico, y ya el tiempo estaba tan adelante, que habia poco para hacer guerra en Frisa, pues para el verano era tarde y para el hielo muy temprano, siendo el mes de Setiembre. La gente que habia de traer el Conde era la que habia salido rendida de Steenvick, el regimiento de D. Filipe de Robles, parte del de Mons de Fressin y otras compañías sueltas de guarniciones, dos del regimiento del Conde de Soltz y cuatro compañías lorenesas, dos valonas y dos alemanas. Y como los soldados de estas compañías entendieron que habian de ir á Frisa, habiendo ya padecido en campaña, se desmandaron y huyeron, principalmente los valones, que no quedaron la metad. La caballería era la del Conde, seis cornetas de corazas de Lorena y la compañía de Butherghe, tambien se desmandaron de estos coraceros, y se fué mucha parte de los mejores soldados. Caminó esta gente hácia el Rin, llevándola el conde Herman á su cargo, como Gobernador de aquella provincia, hasta embarcarla. De allí adelante la llevó su hermano. Por la solicitud que los diputados de Gruninghen y yo haciamos en Córte para poder hacer guerra ofensiva, invió tambien cuatro piezas de artillería proveidas muy bastantemente de todo cuanto era necesario para ellas, sólo faltó el dinero para los que las gobernaban, siendo gente que quiere ser bien tratada para sacar servicio de ella. La provision del dinero habia de venir de otro que del general de la artillería, el cual, verdaderamente en lo que le tocó, proveyó suficientemente. Entendiendo el enemigo que me venía este socorro, quiso, no estando ocupado, inviarle tambien á su gente de Frisa, que podia hacerlo con más presteza y comodidad que nosotros, y así se resolvió de hacer un fuerte en la Bretanga, para estorbar que nuestro socorro no entrase hacia Gruninghen. Este paso de la Bretanga, que dura bien dos horas de camino, antiguamente le hicieron los villanos juntando turbas y arena, como lo significa su propio nombre; la metad es territorio de la señoría de Wedde, y la otra del país de Munster, y con trabajo los unos y los otros le entretienen para la comunicacion y trato de ambos países. En medio de este paso, habia un sitio más ancho y arenisco, adonde hizo el enemigo un fuerte, que cortando el camino, y con la cortadura hacer trinchea, cosa que se podia hacer en una hora, era dificultoso echarle de allí, por no poder de ninguna parte llegarse á él sino por el camino. No pudo Carcamo llegar á tiempo para impedirlo, ni tenía comodidad para hacerlo, ni ménos yo para asistirle, por estar tan ocupado en Gruninghen. Antes que esto sucediese, escribí al conde Federico que acometiese el castillo de Saesfelt y la villeta de Oetmarsum, que los enemigos ocupaban, por no dexar atras cosa que nos estorbase, que lo hacian mucho aquellas dos plazas, por estar ambas á hora de camino de Oldenzel, paso forzoso nuestro para ir y venir á Bravante. El de Saesfelt se rindió luégo, y Oetmarsum esperó batería, por tener dentro dos compañías de buenos y experimentados soldados. Hecha batería, se rindieron con los pactos que ellos habian dado á los de Steenvick, quedando los oficiales presos para rescatar á algunos capitanes de Mons de la Mota, que se habian perdido en el socorro de Santa Gertruidembergh. El Conde caminó luégo con la gente, por el paso de Schonrebeck junto á Covorden, que por la Bretanga no pudo hacerlo, por haberla ocupado el enemigo, dexando la artillería que traia de Bravante, en Oldenzel. Habiendo pasado, fué hácia Gruninghen, adonde yo tenía ya junta la gente que podia, con la cual y la asistencia de la que habia venido, en un mesmo tiempo, por no perderle, hice sitiar dos plazas que fastidiaban á Gruninghen, que eran Suartezil y Sloter, yende yo á Suartezil y el capitan Cornelio Gasparino á Sloter; yo llevé dos piezas de campaña que el Conde traia consigo, sacadas de Oldenzel, pareciéndome que no siendo más de una iglesia mal fortificada se le rendiria. El fuerte donde yo fuí, no lo quiso hacer, fué menester batirle, y por ser hecho de tierra fuerte, la batería hacia poco efecto; visto esto, invié un oficial aleman á reconocer el foso, haciendo tirar continuamente la arcabucería de las trincheas, para que más seguramente hiziese lo que le habia ordenado, y tras él salió el alférez Peña con una faxina y una zapa, y poniéndola al borde del foso, se reparaba con la zapa detras de ella, y tras él fueron otros muchos haciendo lo mesmo, y visto por los de dentro dieron muestras de quererse rendir, y en este punto los nuestros salieron de las trincheas y el conde Federico con ellos, y dando asalto, arremetieron por el puente con picas y alabardas y abaxaron el que era levadizo; la subida era áspera y por la firmeza de la tierra daba poca subida el terrapleno, y los de dentro se defendian valerosamente, aunque eran pocos; peleóse mano á mano buen rato, pero habiendo muerto al Gobernador del fuerte, que era el que más resistencia hacia, los nuestros entraron sin dexar hombre á vida, y si alguno saltaba, los de fuera le mataban. Hecho esto, volví con diligencia á Sloter, que no se querian rendir, por aquella simple artillería que el capitan Cornelio tenía; y sabido que yo venía con la preparacion que llevaba, se rindieron. Yo habia ántes para mayor seguridad de Gruninghen y mia (porque de hora en hora tenía avisos de que los malos querian tomar las armas repentinamente y procurar prender ó matar á los católicos y á mí) para poder hacer exército, sacado de Winschoten al caballero Carcamo, y le puse con su gente al rededor de la villa para tenelle á la mano y estorbar que no lo hiciesen. El conde Guillermo, que estaba en el fuerte nuevo de la Bretanga, que hacia, se puso en campaña con artillería, sitió y batió el castillo de Wedden, y los de dentro se rindieron sin esperar asalto. Tambien el villaje de Winschoten, y fortificó la iglesia, adonde yo me encaminé con la artillería que habia sacado de Gruninghen, pareciéndome que los de ella, viéndonos con fuerza en campaña, no osarian intentar su mala voluntad. El conde Guillermo, dexando buena guarnicion en aquellas plazas, se volvió hacia Frisa, á juntarse con el socorro que le habia venido con el conde Filipe, su hermano. Yo proseguí mi camino hacia Wedden y rindióse la gente que estaba en la iglesia de Winschoten. Pasé á Wedden, adonde el enemigo habia puesto dos tenientes de infantería, con gran cantidad de mosqueteros y otra buena tropa de soldados escogidos de todas compañías; y segun se decia, el conde Guillermo y los Estados de Frisa habian prometido á estos dos tenientes que si defendian bien aquella plaza los harian capitanes, dexándolos municiones de boca y guerra, é instrumentos para repararse y fortificarse, que aunque fuera para una gran tierra bastaba, que proveen sus plazas de otra manera que se acude á las nuestras. Esto fué causa que los tenientes no quisieron, habiéndoles yo pedido la plaza, responder otra cosa, sino que la defenderian hasta la muerte, y cumplieron su palabra, y miéntras la artillería que quedaba atras llegaba, hice hacer con diligencia las trincheas. Venida y batida la plaza, los de dentro persistian en defenderla, y su mosquetería tiraba sin cesar dia y noche, lo cual no podia ser sin algun daño nuestro, y recibiéronle más que las otras naciones, los italianos, que verdaderamente habian hecho su deber, en hacer sus trincheas, llegándose al foso con ellas. Y prosiguiendo la batería, habiendo quitado dos torreones, que hacian traves á la cortina, que era de tierra, los de dentro mostraban alguna flaqueza, segun se via y oia entre ellos; nuestra gente y la italiana ántes, por estar más cerca y vengar los compañeros que habian perdido allí, se arrojaron al foso á dar asalto sin órden, cosa que muchas veces sucede mal, y creo que entónces fuera así, si los de dentro se hubieran defendido tan bien como los de Suartezil, entraron con poca resistencia degollando á todos los que habia dentro. Reprendí á los que arremetieron, advirtiéndoles de los inconvenientes que suelen suceder de las cosas que se acometen sin órden. Y en este punto llegaron algunos burgomaestres de Gruninghen, los cuales vieron todo lo que he dicho.

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