Comentario del coronel Francisco Verdugo, de la guerra de Frisia, en xiv años que fue gobernador y capitan general de aquel estado y ejercito por el rey don Felipe II, nuestro señor

Part 10

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En esto tuve avisos de Holanda, de personas de quien me fiaba, que se habia resuelto en los consistorios herejes, por mejor plantar su herejía en el estado de Cleves, riberas del Rin y aquí, que les convenia hacer enloquecer al duque Juan, Príncipe católico y bueno, y á su mariscal Terhorst, dotado de muchas virtudes, que como tal, les impedia en aquel estado sus maldades, y procurar ganar los fuertes del Rin y echarme á mí de este gobierno. Avisé de ello á su Alteza, al duque Juan y á su Mariscal, y tambien, por otra parte, al conde Cárlos de Mansfelt, que andaba con el exército de su Majestad la vuelta del Rin, para que por su parte tambien les avisase lo mesmo. Y no pasaron tres meses que sucedió, como me advirtieron, en lo de los fuertes del Rin. El remedio que se puso fué encomendarlos á un comisario de muestras, y así se perdieron luégo, habiendo costado el hacerlos y entretenerlos hasta entónces tantos millares de ducados á su Majestad; y en todo lo sucedido, se conoce bien el deseo que han tenido de echarme de este gobierno. No sé si la resolucion de estos herejes fué verdad que entre ellos se tomase ó no; mas por lo sucedido se le puede dar algun crédito. Estando en Gruninghen propuse de hacer dos fuertes para poder facilitar la entrada en Frisa, porque los de aquel país se rebelaban cada dia y no querian pagar las contribuciones, el uno en las Salinas que el de Nienoort tenía junto á Niezijl, y el otro junto al castillo de Nienoort. Hiciéronse á costa de los de Frisa, aunque estaban en el país de Gruninghen por sobrellevar á los de esta villa, y cargarlos á las gritanias frisonas vecinas, porque los demas no se podian executar. Miéntras estos fuertes se hacian, el conde Guillermo juntó su gente, y en lugar de venirme á buscar con la comodidad de los navíos que tenía, se embarcó y fué hácia Reyden, donde habia una iglesia fortificada, y un fuertezuelo orillas de la mar, frontero de la villa de Emden, con intencion de sitiar estas dos plazas, y para quitarme el medio de poderlas socorrer, acometió primero una esclusa pequeña llamada Suasterfilk, que yo tenía reparada con un parapeto solamente para asegurar las victuallas, que secretamente venian de Emden y de Hogebonde, su país. Y entendiendo el camino que habia tomado el Conde, saqué la gente que pude de la que tenía en uno de estos fuertes que se hacian; y con la diligencia posible, fuí derecho á la esclusa, y hallé que la estaban batiendo; y habiéndome adelantado para reconocer cómo estaba el enemigo, hallé que tenía su gente de una y otra parte de la esclusa, y que habiendo menguado la mar, no se podian juntar los unos con los otros, y si la infantería que yo llevaba pudiera caminar tanto como la caballería, estaba el Conde y su artillería á peligro de perderse, y conociéndolo él, ofreció tan buenos partidos al cabo de escuadra que estaba dentro, que se rindió á mi vista. Y viendo que por aquella parte no podia hacer efecto, volví á Gruninghen á juntar más gente para procurar por diques rotos con barcas socorrer á Reyden, porque el Conde habia ya plantado artillería y no eran para sufrirla, que nunca los de Gruninghen querian que los fuertes fuesen tales que les estorbase á su intencion, y así, habiendo ya pasado parte de la gente los malos pasos que he dicho, se rindieron. No quedó por mi diligencia que fuesen socorridos, sino por la flaqueza de los fuertes, que procedia de la mala provision que siempre he tenido para hacerlos como convenia, y sacarlo del país no podia por estar á la voluntad de los de Gruninghen, que no querian gastar lo que es menester para hacer fuertes que pueden esperar artillería, y ha sido forzoso el complacerlos siempre cuanto he podido, porque, segun es su humor, ha de venir de la mano de Dios saberlos contentar; y así ningun gobernador ha querido ni podido vivir con ellos, y si yo lo he hecho, sabe Dios con cuánto trabajo y fastidio. En este tiempo sucedieron dos cosas: la una que un caballero del país de Gruninghen, llamado Clante, pidió á los Estados que le consintiesen levantar un regimiento de la manera y condiciones que el de Nienoort habia levantado el suyo, y habiéndoselo concedido y juntado la gente hácia Emden, buscaba donde poderla mantener. Y temiendo no diese en la señoría de Wedde, fuí hácia allá con alguna gente, y el Clante marchó con su regimiento por el país donde el Duque de Alba, de buena memoria, rompió al conde Ludovico de Nassao, y fué á dar hácia Aschendorp y Rheyden, territorio de Munster, donde pensaba sacar contribucion. Y siendo avisado de esto, tomé cuantos carros pude por todos aquellos lugares, en los cuales puse toda la infantería á cargo del conde Federico, y la caballería llevábamos el conde Herman y yo con sus dos hermanos pequeños, y así caminamos con toda la diligencia posible por la Bretanga. Tuve aviso que esta gente estaba en Rheyden, y así caminamos á ella, la cual, siendo avisada de mi venida, por otro camino más corto, que el Drosarte de Wedde ni ningun villano me habian advertido, que á haberlo hecho, no se me escapaba ninguno, se retiraba apriesa, y yo la iba siguiendo tambien con la caballería, de que avisé al conde Federico, el cual quedaba atras con la infantería, que se diese priesa á caminar, y él, por hacer más diligencia, hizo subir á los soldados en los caballos de los carros, y así con ellos me fué siguiendo, y yo al enemigo, y estando ya cerca de él, hallaron en un lugar del Conde de Emden unos navíos, y embarcados en ellos, se fueron por el rio Ems abaxo, y llegando nuestra infantería, comenzó á arcabucear los navíos, y no pudiendo gobernarlos, se pegaron á la otra parte de la ribera, y saltando en tierra se fueron huyendo hácia Loeort. Vino á anochecer en aquel tiempo, que á tener dia, yo los siquiera siempre, que ya tenía dos navíos en que pasar, y pensando que hubieran de hacer noche en algun lugar, y que á la mañana tuviera tiempo de seguirlos, me alojé en Weenermoer, lugar del conde Juan de Emden, por estar la gente que traia conmigo muy cansada; mas el Conde dexó pasar al enemigo por el puente de Loeort á media noche, donde corre otro rio que se junta allí con el Ems. Y así se salvó el Clante con más miedo que daño, que fué causa de que pocos dias despues se le deshizo la gente, y él me hizo decir que si le queria recibir en servicio del Rey, que me declararia algunas cosas de mucha importancia. Traté esto con el magistrado de Gruninghen, y procuré que le permitiesen entrar en la villa á hablar conmigo; diósele salvo conducto, y venido, no le quise oir sino en presencia de los burgomaestres en mi casa. Y preguntándole yo qué era lo que me queria avisar, me dixo haber visto cartas de algunos de aquel magistrado para los enemigos ofreciendo la reduccion de la villa á su parte y dexar la del Rey. Y haciéndole instancia que me los nombrase, hacia grande dificultad; mas apretándole yo, nombró dos de los que estaban presentes, y constantemente juró ser verdad, obligándose á la prueba, de lo cual quedé maravillado por tener mejor opinion de ellos. Hice salir del lugar al Clante porque no fuese causa de algun desórden, y se le encargué al conde Herman para que le inviase con escolta á una casa que tiene en el país de Clart. Y avisé á su Alteza diciéndole que era necesario que me asistiese de más gente y medios, porque de otra manera todo lo de acá se perdia. Y algunos ministros que estaban cerca de su persona decian á esto que yo escribia muchas veces que Frisa se perdia, y nunca se acababa de perder. Y pidiendo algunos españoles é italianos para mezclarlos con alemanes, se burlaban de que pidiese estas naciones para Frisa. Y así tomaban siempre los avisos de esta provincia para acudir al remedio de ella. Con todo esto, su Alteza mandó venir aquí al capitan Juan de Contreras Gamarra con su compañía de arcabuceros á caballo, y al coronel Paton con su regimiento. Y habiendo pasado el Rin el coronel Schencks, que estaba en el fuerte que habia hecho contra Nimega, fué avisado de ello, y los vino á buscar con toda la gente que tenía junta, para con ella emprender la villa, y vino á dar sobre nuestra gente al tiempo que se comenzaban á juntar para venir aquí. Halló poca resistencia en la infantería, y defendiéndose el Contreras cuanto pudo, fué herido y preso, y algunos de sus soldados con él, y escapáronse el Paton y sus capitanes. Tenía el Schencks particular enemistad con el Paton, por haber dado la villa de Gheldres en manos de Mons de Altapena, por cierta cuestion que habian tenido los dos. Llegado al fuerte con los prisioneros, se partió para hacer lo que habia pensado de Nimega. Y habiendo ya entrado en la villa bien adelante, los de ella, con asistencia de algunos soldados que estaban dentro, le echaron fuera; y queriendo saltar en uno de los navíos en que habia traido la gente, cayó en el rio armado á prueba, y se ahogó. Los de la villa le sacaron luégo, y echo cuartos, le pusieron en la muralla, y su gente salvó los navíos en que habia venido. Así acabó aquel hombre, que por un desden habia dexado el servicio del Rey y hecho tanto mal, y hubiera sido mucho más si viviera. En este tiempo estaba la infantería española tan mal pagada, que se temia no se alterase; y así procuró su Alteza dividirlos, inviando aquí el tercio de don Francisco de Bobadilla, el cual gobernaba Manuel de Vega, dándoles un tercio de paga para venir, que es cuanto se les dió en nueve ó diez meses que aquí estuvieron. Y así fuí forzado á alojar parte de las compañías en tierras donde pudiesen sustentarse, y parte en el país de Gruninghen, asistidos y ayudados por los de la villa y país; y de esta manera estuvieron todo un invierno, sin suceder otra cosa, salvo que estando una parte de este tercio en un lugar llamado Emelcamp, una legua de Covorden, se alteraron los soldados, y el capitan Prado que gobernaba aquella gente, el capitan Juancho de Ugarte y otros capitanes, salieron al ruido, y tomando algunos de los que se iban juntando, los hicieron dar garrote, con que se apaciguaron. Su intencion era de juntarse todos é ir adonde estaba mi compañía de lanzas y apearla, y con los caballos hacer otra de ellos, y así volverse á Brabante á pedir su dinero. El conde Guillermo, temiendo ser acometido al verano con estos españoles y la gente de mi cargo, procuró socorro de más gente, y le vino con el Conde de Chesteyn con caballería é infantería, y así se puso en campaña y yo hice lo mesmo, y para darle ocasion de venir á buscarme y salir del villaje de Colmer, adonde se habia fortificado, acometí un fuerte suyo llamado Emeltil, batíle con dos piezas que saqué de Gruninghen, y ganado, de allí fuí al fuerte de Lopeslague, que yo habia hecho el año ántes, pensando acometer el de Niezijl del enemigo y procurar sacarle en campaña, que estaba cerca de allí en el villaje de Colmer, que acometerle en él era imposible, por estar en sitio fuerte y bien reparado; y así me alojé con la gente junto al fuerte que yo habia hecho, entre el dique y un brazo de mar que venía á él, sobre el cual brazo entendí en hacer un dique para que las victuallas y lo demas necesario pudiese venir de Gruninghen con más facilidad, y los de ella ayudaron con madera y gente, porque con él ganaban una buena cantidad de tierra; y haciendo un dique desde el fuerte hasta el otro dique de Gruninghen, excusaban el entretener una legua de diques, de que les procedia grandísimo provecho, y á nosotros gran comodidad; y con la gente del Maestre de Campo Manuel de Vega (que en aquel puesto le habia venido la patente) y con la mia, se trabajó de manera que cerramos el brazo de mar, y se hizo el camino hasta el otro dique, siendo muchos de opinion que no lo pudiéramos acabar. Estando alojados de esta manera el enemigo y yo, siempre nos haciamos emboscadas los unos á los otros, escaramuzando con los de su campo ó con los del fuerte, que el enemigo habia bien proveido de gente y lo demas necesario para la defensa de él, no pudiendo yo salir con mi intento por más que lo procuré. Sucedió que estando en aquel puesto hubo gran tormenta en la mar, con aguas vivas y viento nordeste; invié á llamar á Durán, ayudante del sargento mayor, y le dixe que era necesario salir de aquel puesto luégo, porque la mar creceria de manera que los echaria de allí con daño. Respondióme que ya estaba la gente bien acomodada, y en efecto lo estaba, y que hácia el enemigo no habia puesto seguro donde nos pudiésemos poner, y que recular atras sería darle á entender que nos huiamos. Dexélo así, queriendo más estar al peligro que recular, y con la tormenta creció la mar de manera que sucedió lo que yo habia dicho, y con gran trabajo y peligro se salvó la gente, pero no todo el bagaje, y algunos que se tardaron perecieron, pasando el dique nuevamente hecho, que por estar imperfecto, la agua le sobrepujaba. Alojé la gente en la abadía de Grotawert, y de allí la saqué á lo seco y alojarla adonde podia. A los españoles torné á inviar á sus presidios, porque en este tiempo los enemigos habian dado á entender á los de la villa de Gruninghen que su Alteza me habia ordenado que metiese dentro de ella este tercio de españoles, y así no dexaban entrar dentro á ninguno, sino con grande dificultad, y dexando las armas á la puerta. Con semejantes artificios y mentiras se ha perdido aquella tierra, teniendo sospecha de que yo me queria amparar della, lo cual los enemigos y los malos de dentro procuraban estorbar por todas las vias posibles, y como buenos y malos estaban tan resueltos de no tener guarnicion, era tanto más dañosa la desconfianza que tenian de mí. Conociendo esto, supliqué muchas veces á su Alteza, y algunas á su Majestad, que se sirviese de mí en otra parte. Estando en este sitio vino órden al conde Herman de levantar un regimiento de infantería alemana, dándole por plaza de muestra esta señoría de Linghen, diciéndole que hallaria allí el dinero para este efecto. Partió con su hermano Federico, y no hallando el dinero como se le habia prometido, por lo que tocaba á su reputacion, habiendo ya divulgado en Alemania la merced que su Alteza le habia hecho, resolvió de dar una escalada á la villeta de Cloppenburg con ayuda de algunos soldados de esta guarnicion; sucedióle bien, y los de Munster le dieron cierta suma de dinero porque saliese de allí y levantase su regimiento en otra parte. Recibiólo porque ya le comenzaban á faltar victuallas, y los de los contornos no se las podian proveer. Yo le dí esta villeta, en la cual sin daño della ni costa del país hizo su regimiento, y teniéndole ya cumplido el dinero, los comisarios no le venian á pasar muestra, y faltábale ya el que para entretener la gente los de Munster le habian dado; y si yo no acudiera con diligencia á hacérsela pasar con algun dinero del Rey que tenía, sin ninguna duda de este regimiento sucediera lo que de los dos hermanos Francisco y Mauricio, duques de Saxa, que despues de haber arruinado este país y vecinos, se deshicieron por no haber acudido á tiempo á pasarles muestra. El Conde levantó este regimiento y le puso en servicio en muy pocos dias, con la diligencia y valor que siempre ha servido á su Majestad, y ahora le tiene su hermano. Tambien en este tiempo sucedió que Cristóbal Lechuga, sargento mayor del tercio de Manuel de Vega, llevándose mal con su maestre de campo, sin que él lo entendiese, un hermano y un pariente suyo, que servian en el tercio, hicieron una mina á la barraca del Maestre de Campo para volarle; pegaron fuego á la pólvora, la cual en lugar de hacer efecto contra él, le hizo contra los que la habian hecho, quemando al pariente, que no pudo retirarse, y el hermano se escondió y salvó; hallando muchos que le escondieron, alabando su hecho, y más si sucediera bien, por ser el Maestre de Campo malquisto en su tercio. Y esto ha sido causa de haberle su Majestad proveido en otro, pidiéndolo los soldados cuando se amotinaron, y su Alteza se lo concedió. Cosa de mala consecuencia para el servicio del Rey. El Sargento mayor probó su inocencia y salió libre de ello. Padeciendo este tercio por no tener ya más medio para entretenerle, solicitaban en esa Córte con el Conde de Mansfelt, que gobernaba estos Estados en ausencia de su Alteza, que habia ido á Francia, el Maestre de Campo y los capitanes de salir de aquí y volverse á Bravante; y para este efecto inviaron uno de los capitanes del tercio. Concedióselo su Excelencia, y á mí me mandó que fuese con este tercio á ganar un castillo fuerte que los enemigos habian tomado en el país de Reklinchausen, territorio del arzobispado de Colonia, y que de allí le viniese á hablar á Brusélas. Caminé derecho donde se me mandaba, y los del castillo, sabiendo que yo marchaba, se concertaron con los del Elector, y llegado yo delante, sabiendo el concierto y no hallando allí ninguno del Elector que me diese asistencia ni victuallas, pasé derecho á Bravante por el Rin entre Duyseldorp y Keysersuverdt y me adelanté á Brusélas, adonde hallé á Mons de Linden, gobernador de Charlamont, que se habia ido á quexar á su Excelencia de no haber yo querido ir contra el castillo que he dicho. Yo respondí haberlo hecho, dando cuenta de lo sucedido. Advertí tambien á su Excelencia en consejo, del estado en que dexaba mi gobierno, principalmente la villa de Gruninghen, en la cual habia muchos que tenian inteligencia con el enemigo, y entre ellos algunos del Magistrado, recibiendo cartas y avisos, como he dicho, de lo cual quexándome yo al Magistrado, ofreciéndome de probarlo con algunos de él y hombres de la villa, que eran buenos y fieles, y esto diversas veces, y nunca lo han querido remediar. Antes el síndico me respondió una vez, queriéndolos apretar sobre esto, que estando él en Bravante habia visto y oido cosas peores, que no se remediaban, ni tampoco ellos lo querian hacer. Avisé, como he dicho, á su Excelencia diversas veces de la poca seguridad que habia en aquella tierra, de lo cual fueron los burgomaestres avisados no sé por qué via. Estando en córte procurando con el Conde de Mansfelt remedio para estas cosas, volvió su Alteza de Francia, á quien, como á su Excelencia, dí cuenta de todo lo que pasaba en mi gobierno y de la necesidad que tenía de remedio. Habiéndole particularmente avisado de que por las villas de Deventer y Zutphen podria su Alteza hacer grandes progresos entrando por el país de Utrecht en Holanda, lo cual los enemigos sentirian en extremo; y que el pueblo de aquellas provincias, acordándose de los daños que habian recibido en tiempo pasado, se reducirian á su Majestad ántes que pasar otra vez por ellos, y que ya que su Alteza no quisiese hacer esta entrada y efecto, por lo ménos proveyese estos dos lugares de manera que se pudiesen sustentar teniendo el socorro aparejado con tiempo, que pues los holandeses habian tomado el manejo de la guerra, no dudaba que estas dos plazas importantes, y no fuertes, serian las primeras acometidas por lo que les importaban. Prometióme de dar órden y toda asistencia, como adelante diré, avisándole asimesmo por cosa cierta que el enemigo se preparaba con todas sus fuerzas para acometerlas, suplicándole que diese presto remedio; donde no, que el enemigo sin duda haria su efecto por la poca comodidad que habia de hacer resistencia sin su ayuda. Algunos que estuvieron presentes dixeron despues que yo me quexaba siempre de que la Frisa se perdia por falta de asistencia, y que nunca se acababa de perder, como otras veces habian dicho. Supliquéle que miéntras se preparaba el socorro me diese licencia por ocho dias para llegarme á Luxemburg á algunos negocios mios; diómela con promesa de que allí se me inviaria todo el despacho que le pedia muy á mi contento, y al cabo el despacho fué mandarme volver á mi gobierno sin dineros ni gente más de lo que habia traido cuando salí dél. Volví á avisarle que le aseguraba de la pérdida del país si no se proveia como le habia significado, y al Conde de Mansfelt lo mesmo. Volvió á mandarme que me partiese á la hora para mi gobierno, porque tenía el mesmo aviso que yo le habia dado. Y así, por obedecer y no perder tiempo en réplicas, me partí habiendo protestado de que mi venida sin dineros ni gente haria más daño que provecho, habiéndose confiado la soldadesca y pueblo de que yo no volveria sin lo necesario para la defensa del país y sustento de la gente. Al fin me vine casi desesperado, solo con mis criados y alguna poca escolta que tomé en Gheldres, hasta el Rin, y le pasé al fuerte de Rees, y metíme en Anholt inviando para mi escolta por gente de mi gobierno, y venida, me fuí á Zutphen. Estando yo allí invió su Alteza al que gobernaba aquella tierra, y al conde Herman, que gobernaba á Deventer, dineros para comprar victuallas por estar aquellas dos tierras desproveidas de ellas. Preguntando en Zutphen al Gobernador la provision que tenía de pólvora, me respondió que la tenía buena, porque habia hallado en la casa donde aloxaba el coronel Tassis una buena cantidad, la cual habia puesto con la demas que habia en la municion. Ordenéle que con toda diligencia se proveyese de faxina y de cestones, y que trabajase de la puerta del Pescado hasta la del Rio, que era por donde el enemigo le podia hacer daño, y sin que él me la pidiese le puse dentro una compañía de infantería más, y hecho esto, me partí para Deventer. En estas dos tierras hubo mucho descontento entre los soldados de verme volver sin dinero ni gente, y yo los consolaba con la promesa de su Alteza. Y habiendo proveido en Deventer, me partí á dar una vuelta á Gruninghen, que es donde más me temia por las causas que he dicho. El enemigo, entre tanto, formó su exército bien sustancial, y no obstante los avisos que yo habia dado á su Alteza desde Gheldres, como el capitan Nicoló Basta, gobernador de ella, puede certificar, y desde Zutphen y Deventer, como el conde Herman y Loqueman pueden decir, que convenia que su Alteza juntase luégo su gente para socorrerme, y no lo hizo hasta que la villa fué sitiada. Habiendo el enemigo tomado ántes el fuerte de la otra parte del rio, que tanta sangre habia costado el sustentarle, inviando soldados mancebos en hábito de mujeres, los cuales, con las armas que llevaban escondidas debaxo de las faldas, le ganaron. Plantó treinta y tres piezas de artillería, y con cada una tiró tres tiros, con los cuales el Gobernador le rindió la tierra. Quexándome yo de él poco despues á su Alteza, que era ya llegado con alguna gente junto al Rin, á una abadía llamada Mariembon, é yendo á visitar el fuerte de Rees, que gobernaba Mons de Rinavel, dixo su Alteza que sabía que Loqueman estaba en Rees, y que habia estado aquel dia en aquel fuerte, que le avisasen que se guardase de parecer delante de él, y que procurase ganar amigos, lo cual habia hecho ántes á mucha costa de los soldados de su regimiento, cobrando el remate de su descuento. Despues de la muerte de su Alteza este gentil-hombre, procurando descargarse ante el Conde de Mansfelt, fué dado por libre sin saber yo el descargo que habia dado. Él, con la gente que salió de aquella tierra, se fué á Deventer, y el conde Herman tomó de ella la que la pareció que le podia ayudar y asistir, inviándome la demas. El enemigo marchó á sitiar á Deventer, plantó su artillería, y batióle terriblemente por la parte que no habia terrapleno; confiándose en el rio de Isel y en un arroyo que hacia foso por toda aquella parte. El Conde se puso á la defensa, donde con un ladrillo de los que volaban de la batería fué herido en el rostro, de que perdió un ojo y á grande peligro de perder el otro. Para dar el asalto hizo venir el enemigo un puente sobre barcas el rio abaxo, y le puso á la punta del arroyo; y aunque nuestra arcabucería mató muchos de los marineros que le guiaban, todavía le pusieron por donde quisieron dar asalto; y pasando á la batería alguna gente, pusieron en ella una bandera, que los nuestros hicieron retirar della fácilmente por no ser asistidos de los demas que estaban ordenados para dar el asalto, hallando dificultad al entrar en el puente, porque de una parte y de otra los bordes eran hechos de tablas, más altos que el puente, y con más seguridad y ménos daño podia estar nuestra gente peleando mano á mano con el enemigo en aquel puesto, que no estar en él sujeta á la furiosa batería que despues de retirada su gente de ella hizo. Herido el Conde y otros capitanes y soldados, comenzaron, contra la voluntad del Conde, á tratar con el enemigo, á quien rindieron la villa no teniendo nueva de ser socorridos.