Part 1
COLECCION
DE
LIBROS ESPAÑOLES
RAROS Ó CURIOSOS.
TOMO SEGUNDO.
COMENTARIO
DEL CORONEL
FRANCISCO VERDUGO,
DE LA GUERRA DE FRISIA,
_EN XIV AÑOS QUE FUÉ Gobernador y Capitan general de aquel Estado y Ejército por el Rey Don Felipe II, Nuestro Señor_
MADRID, IMPRENTA Y ESTEREOTIPIA DE M. RIVADENEYRA, calle del Duque de Osuna, núm. 3.
1872.
ADVERTENCIA PRELIMINAR.
Hasta tal punto era desconocida de casi todos nuestros bibliógrafos la obra que publicamos hoy en nuestra coleccion, que uno de los más distinguidos, el colector de los _Historiadores de Sucesos particulares_[1], se lamentaba de que quizá se hubiesen perdido por completo las Relaciones que manuscritas dejó el coronel Verdugo sobre la guerra de Frisia, y sólo hubiese llegado hasta nosotros la traduccion que en italiano publicó Fracheta[2], libro tambien muy raro, y el solo conocido ademas de la obra manuscrita que se conservaba en alguna que otra biblioteca; por fortuna no era así, y debemos al autor de _La Lena_[3], amigo y servidor de Verdugo, el que la obra de éste, tal como él mismo la escribió, se publicase en Nápoles, salvando así del olvido un libro que ciertamente no lo merece. Pero sea por haberse publicado fuera de España, ó por otras causas que ignoramos, el hecho es que la obra se habia hecho rarísima, hasta el punto de que todas nuestras investigaciones desde que tuvimos conocimiento de que existia, sólo dieron por resultado el de encontrar entre los libros que componen la rica biblioteca del Marqués de la Romana, hoy del Ministerio de Fomento, dos ejemplares, uno de ellos, no sólo completo y bien conservado, sino que ademas reune el mérito de estar encuadernado perfectamente en Valencia por Vicente Beneito; el otro, aunque completo, no está en buen estado, y como, segun se nos asegura, falta alguna hoja al que posee el Sr. Fernandez San Roman, de aquí el que perdidos ó inutilizados los dos primeros, que nos han servido para esta reimpresion, hubiera sido imposible reproducir íntegro el libro que hoy publicamos, á no haber tenido la fortuna de que hubiese aparecido otro ejemplar, cuya existencia ignoramos.
Hubieramos deseado tener á la vista las Relaciones manuscritas que con su generosidad acostumbrada nos fueron ofrecidas por su dueño, el Sr. Don Pascual de Gayángos, pero que estando en poder de otra persona, no hemos podido ver; sentimos este contratiempo, que, si bien en nada afecta á la edicion, en la que necesariamente teniamos que seguir el texto impreso publicado por Velazquez de Velasco, nos priva de dar una noticia de ellas y de saber si son copia del _Comentario de Verdugo_ ú otra obra distinta; en cambio van como apéndice algunos documentos que creemos verán con gusto nuestros lectores; son éstos: dos cartas escritas por Verdugo á los soldados españoles amotinados, del tercio del Maestre de Campo Francisco Valdés, otras várias dirigidas á él por D. Luis de Requesens y Zúñiga, Comendador mayor de Castilla, Gobernador y Capitan general de aquellos Estados, y una noticia de los pueblos de Holanda en que estaban alojadas nuestras tropas en aquel tiempo: entre estos documentos se encontraba uno que, áun cuando no tenga relacion directa con Verdugo ni con lo sucedido en los Países Bajos, nos ha parecido conveniente publicar; está escrito, al parecer, en Nápoles, y trátase en él de la mejora de la disciplina de la infantería española, y como de esto se quejase ya Verdugo en su _Comentario_, no creemos sea inutil darlo á luz. Todos estos documentos, así como otros muchos de gran valor é importancia histórica, pertenecen á un amigo nuestro, que todos los ha puesto á nuestra disposicion, pero cuya excesiva modestia nos impide revelar su nombre. Tambien acompañan á este volúmen la reproduccion por medio de la foto-litografia de la portada del libro de Verdugo, así como de su escudo y emblema, y copia de parte de la carta inserta en la pág. 272.
Del coronel Francisco Verdugo hay extensas noticias en todos nuestros escritores y tambien en la mayor parte de los extranjeros que se han ocupado de las guerras de Flándes[4]; trabajo digno sería de alguno de nuestros literatos la biografía de uno de nuestros más ilustres capitanes, que luchando con dos de los mejores generales de su tiempo, Guillermo el Taciturno y Mauricio de Nassau, contra una poblacion, en su mayoría protestante, sin dinero, sin tropas suficientes y sin recursos, mantuvo la dominacion española en las apartadas regiones de la Frisia; nosotros, sin tiempo y sin competencia para ello, nos limitarémos á copiar á continuacion lo que de él escribe uno de sus compañeros de armas[5], que con esto y lo que se contiene en la obra que publicamos, hay lo bastante para tener una breve noticia de su vida;—dice así:
Fué el coronel Verdugo, natural de la villa de Talavera de la Reina, hijo de padres nobles, aunque tan pobre, que en llegando á diez y nueve años, con las primeras caxas que se tocaron en su patria, que fueron las del capitan D. Bernardino de Ayala, natural de la dicha villa, asento su plaza, y siguiendo su bandera, se halló en la presa de San Quintin, donde empezó á mostrar sus aceros de suerte que mereció ocho escudos de ventaja, en tiempo que se daban bien limitados. Con estos buenos principios fué caminando adelante, hasta que madama de Parma, cuando comenzaron las revueltas de los Estados, le mandó levantar una compañía de valones en el regimiento del coronel Mondragon, con lo cual fué descubriendo su valor tan aprisa, que muy presto obligó á encomendarle todo lo más importante que se ofreció en aquellas ocasiones. Llegado el Duque de Alba, le halló ya en tanta opinion, que le nombró por Sargento mayor de todo el exército, cargo que hasta allí no se habia visto en otro; y tras otros sucesos le mandó que se encargarse del gobierno de la villa de Harlem, habiéndole nombrado ántes por coronel de infantería valona; y cuando la pérdida del Conde de Bosu, le encomendó la armada con título de Almirante. En las ocasiones que se ofrecieron despues de llegado el Comendador mayor, se señaló con tantas ventajas, que le obligó á que escribiese al Rey la carta que hoy tienen sus herederos; en la cual dice que es de los más aventajados capitanes que ha tenido la nacion española. Y despues de la muerte del dicho Comendador mayor, se halló con su regimiento cuando los amotinados de Alost ganaron á Ambéres, y tomó por prisionero al Conde de Agamont y á un caballero frances que á él solo se quiso rendir. Desde allí le mandaron ir al castillo de Breda, en los tiempos más calamitosos que hubo en aquellas provincias hasta la llegada del Sr. D. Juan, que al momento le envió á llamar, y le mandó ir á la villa de Tiumbila para que con su regimiento asegurase aquellas fronteras, hasta que poco ántes de la rota de Jubelurs le sacó, sirviéndose dél en aquella jornada para que hiciese oficio de Maestro de Campo general, y aunque tenía la mayor parte de su regimiento en Tiumbila, con la otra le mandó que se encargase del castillo de Namur: y habiendo nombrado el Rey por sucesor de su Alteza al Príncipe de Parma, le escribió una carta en que se echa bien de ver el gran concepto que hacia de su persona. Asentadas las paces con condicion que saliesen los extranjeros, y que los que no fuesen naturales de los Estados no pudiesen tener cargo ni gobierno en ellos, dió su regimiento al Conde Octavio de Mansfelt, su cuñado, y queriéndole ceder tambien el gobierno de Tiumbila, su Majestad ni el de Parma ni los mismos Estados no lo consintieron, con que de allí á poco fué necesario mandarle levantar nuevo regimiento y golpe de caballería para pasar á Frisa en socorro de la ciudad de Gruninghen, adonde quedó por Gobernador por muerte del Conde de Renemberg, y alcanzó las señaladas victorias que no han podido ofuscar los émulos de nuestra nacion. Heme querido alargar más de lo que acostumbro en escribir la vida de este capitan excelente, lastimado del descuido que tantos autores modernos han tenido en publicar sus cosas, ocupando mucho tiempo y papel en relatar las de otros, algunos de ellos de todo punto inferiores en valor y fortuna. Tuvo este insigne caballero elocuecia natural grandísima, y todas las partes que para ser gran soldado y gran gobernador convenian: y solia decir de ordinario que habia procurado siempre ser Francisco para los buenos, y Verdugo para los malos.
F. DEL V. J. S. R.
COMMENTARIO DEL CORONEL FRANCISCO VERDVGO,
De la guerra de Frisa: en xiiij. Años que fuè Gobernador, y Capitan general, de aquel Estado, y Exercito, por el Rey D. Phelippe II. N. S.
_Sacado à luz por_ _D. Alfonso Velazquez de Velasco_
Dedicada A
D. FRANCISCO IVAN DE TORRES,
Comendador de Museros, de la Orden de San Tiago; Alcayde perpetuo de la Casa Real de Valencia; del Consejo Colateral de su Magestad en Nap. &c.
EN NAPOLES, Por Iuan Domingo Roncallolo 1610.
_Con Licencia de los Superiores._
Á D. FRANCISCO IVAN DE TORRES &c.
Confieso haberme pesado de ver este _Comentario_ traducido é impreso en lengua italiana, ántes que en la natural que le escribió su autor, el cual, como á su familiar servidor, me le dió de su mano en Brusélas; y así, estimándole por de no ménos sustancia, en su tanto, que cualquiera de los de Julio César, le he traido como un breviario despues acá siempre conmigo. Y aunque creo que habiendo hecho el efecto que deseaba (como con universal satisfacion le hizo), mandaria hacer de él lo que Virgilio de su _Eneida_, por no dexarle subjeto á los invidiosos de su gloriosa fama, que tan injustamente en vida la calumniaron. No por esto, ni porque diga Platon ser justa cosa privar á los tales de la vida que gozar esperan, he querido dexar de sacarle de la tiniebla en que le he tenido, y así le comunico ahora á mi patria y nacion en su idioma, sin alterar cosa ninguna de él, ni añadir las postilas ó glosas que suelen notarse en semejantes obras, por saber de cierto que la intencion del Coronel no fué señalarse en la pluma (aunque podia) como en las armas, ántes decir sucintamente los sucesos de Frisa, sin más afectacion de la que trae la pura verdad consigo; manifestando su integridad y proceder para confusion de sus émulos. Y si bien el discurso caminára seguro con sólo llevar su nombre escrito en la frente, porque dice el poeta que el libro para vivir ha menester un ángel bueno que le guarde, habiéndole de dar protector, me ha parecido tocar de derecho á V. S., que será custodia más segura y perpétua que la de inestimable valor que el Magno Alexandro destinó para las obras del divino Homero; porque su persona conserva y va dilatando la felice memoria de su heroico suegro, el cual, así por ilustre nacimiento, como por egregias obras, mereció ser yerno de el fielísimo Pedro Ernesto, conde de Mansfelt, de la órden del Toison de Oro, Gobernador y Capitan general que fué de los estados de Flándes, cuya ilustrísima casa compite en antigüedad con la serenísima de Austria. Y si Apion Gramático osaba decir que daba inmortalidad á aquellos á quien dirigia sus obras, con más razon podria yo prometer que ésta hará el mesmo efecto en la clara prosapia de V. S., á quien la dedico y consagro en reconocimiento de la obligacion que tengo á sus cosas. Las cuales prospere Dios, y guarde á V. S. como yo deseo. En Nápoles, á 1.º de Mayo de MDCX años.
D. ALFONSO VELAZQUEZ DE VELASCO.
D. A. AL LECTOR.
Siempre acompaña á la virtud la invidia: y así, prudente lector, dixo bien aquel sabio, que la miseria sola podia estar en el mundo segura y sin temor de invidia, considerando los innumerables inconvenientes que por ella suceden, y los daños en que han incurrido tantos ilustres varones. Que siempre los que son dotados de singulares virtudes están más sujetos á la emulacion y calumnias, por las cuales, el que ha vivido haciendo su deber, viene muchas veces á padecer en su reputacion, ántes á ser mal visto que bien galardonado; y al contrario, recibir las mercedes y gracias los que no las han merecido sino por ser finos cortesanos, ántes ecos y camaleones, que toman los colores y humores de los príncipes á quien siguen para hacer mejor lo que desean. Por esto dixo Séneca que lo que falta á aquellos, á quien parece que lo tienen todo, es la verdad. Y así me atrevo á decir que esta perniciosa especie de hombres es la que los engaña con la vana adulacion, por no tener cerca de sus personas otras que fiel y libremente los digan las verdades; ántes quien los hace caer en notables faltas con sus malicias é invenciones, dilatándolas con la agua maldita de córte, hasta esta bestia popular que fácilmente se mueve y cree á ciegas lo que refiere una pestilencial boca contra cualquiera persona por aprobada que sea, habiéndolo impíamente reforzado con estas ó semejantes palabras: puede ser lo contrario, pero al fin no hay fuego sin humo. ¡Oh infernal, oh fuerte persuasion! ¿Es posible que baste una venenosa lengua á lacerar la reputacion de un personaje puro y justo? ¿Puede ser mayor liviandad que creer sin bastante causa lo que falsamente se le imputa? debiendo, por razon divina y humana, cuando en ausencia se oyó calumniar á alguno, creer ántes lo contrario, mayormente si es persona que ha probado bien su valor. Siendo cosa cierta que como la sciencia no tiene mayor enemigo que el ignorante, el rico que el pobre, la virtud que el vicioso, así el hombre valeroso tiene siempre contra sí el roedor gusano de la invidia, que no atiende ni entiende, sino en macular á los que por sus virtudes son dignos de la célebre fama que han alcanzado. Mas á mi parecer, no debemos culpar á estos abominables Proteos, tanto como á los que (con su notable daño) los entretienen sin duda por persuadirles haber en sus personas más cualidades de las que con verdad alcanzan, con que los desvanecen y hacen que se estimen por dignos de la gloria que los pulpos que se les pegan les atribuyen; deseo saber de los tales señores si hubiesen de decir lo que de sí piensan, responderian lo que Theodoro á Stilpon cuando le preguntó si creia ser el que algunos le daban á entender, y habiendo respondido por señas que sí, tú eres luégo un Dios, dixo Stilpon; y consintiendo como ántes, Stilpon se puso á reir, diciendo: ¡oh! cómo eres gran loco, pues por la mesma razon confesarias ser una corneja. Mas cuán al contrario proceden los doblados aduladores, que para representar mejor su tragicomedia encantan á quien dan lo negro por blanco, poniendo mil lazos, para no dexar cosa que no abarquen. ¡Oh, si los príncipes los alexasen de sus córtes, imitando al emperador Alexandro Severo, el cual, habiendo entendido que Turino, su gran privado, le engañaba, le hizo quemar vivo en una pública plaza! Sin duda que no se hubiera acudido tan lentamente por falsos reportes á las necesidades de Frisa, dexando á punto quemar la propia casa por apagar el fuego de la ajena: interrumpiendo con débil correspondencia las buenas ocasiones que se ofrecian. Y con ser esto así, la malicia de algunos llegó á tanto extremo que pretendieron cargar la pérdida de aquel Estado á quien con tanto trabajo le entretuvo catorce años, opuesto siempre á las grandes fuerzas del enemigo, como parece en este puntual discurso, que para su justificacion escribió el coronel Francisco Verdugo. Dexando los no ménos notorios y señalados servicios que ántes habia hecho, comenzando del tiempo que Madama de Parma la primera vez gobernaba los Estados de Flándres, cuando á 4 de Julio del año de 1566, en Anvers, los herejes dieron principio al rompimiento de las imágenes, sembrando con prédicas sus enormes errores, que hallándose entretenido en la córte de S. A., la suplicó le diese licencia para emplear su persona en tal ocasion, levantándose gente para extirpar la sediciosa, y concediéndosela por no haber entónces milicia española, salió capitan en un regimiento de valones del coronel Cristóbal de Mondragon, ántes de la llegada á los Estados, del memorable Duque de Alba, el cual entró en Brusélas á 22 de Agosto de 1567, continuando con eminentes cargos con todos los demas que en aquel gobierno sucedieron, hasta que el Conde de Fuentes, que gobernaba los Estados por muerte del Archiduque Ernesto, le invió á llamar á Luxemburg, donde tenía su casa, para decirle que S. M. mandaba que le fuese á servir en el exército que tenía en Francia, por haber de acudir el Condestable de Castilla, general de él, á su gobierno de Milan. Y no hubo llegado á la Córte, cuando se entendió que el Duque de Bullon habia entrado impensadamente en el Estado de Luxemburg con gran número de caballería é infantería, y tomado tres villas importantes de aquel país. Y habiéndose de acudir á atajar su desiño, el Conde ordenó al Coronel que con la poca gente que pudo darle fuese á remediar la invasion y el daño que se temia, y él lo hizo con tanto valor y presteza, que recobrando en breve tiempo las plazas, hizo retirar al frances con gran pérdida de su gente, y en venganza del daño que habia hecho, se le entró por la frontera de Francia, arruinando cuantos casales y castillos habia hasta las puertas de Sedan. Y con esta victoria, habiendo encaminado la gente á Xatelet, que el Conde en persona tenía sitiado, se retiró á su casa á prevenirse para el viaje que habia de hacer. Donde le sobrevino la enfermedad con que dió fin á los trabajos de la vida, año de 1597, y de su edad 61, sin haber hecho en toda ella más diligencia, para alcanzar premio de sus servicios, que obligar á S. M., perseverando 31 años continuos sin haber hecho ausencia, á hacerle las mercedes que nunca llegaron por causa de quien corta todas las humanas pretensiones y grandezas. Pero no podrá impedir la memoria de las preclaras obras que verás, prudente lector, en tan varios accidentes guiados por él con singular prudencia, consejo, resolucion, trabajo, sufrimiento y paciencia admirable. Dios te guarde.
Á LA EMBLEMA
DEL CORONEL F. V.
Como fuerte leon fué vigilante Contra el pueblo rebelde y su tirano; Ser la causa de Dios llevó delante, Siempre prontas las armas en la mano; Con el hereje, en el error constante, Terrible; y para el fiel humilde, humano; Y en el grave accidente que ocurria, Con prudencia y consejo resolvia.
D. A.
D. A.
Aquí, divino Febo, emplea tu lira, Pues la que con razon agradó tanto Al primer Maño por su excelso canto, Temiera empresa tal que al mundo admira. Oh, ya padre dulcísimo me inspira El aliento y furor que baste á cuanto Piden los hechos, que terror y llanto Dieron al Frisio hereje que áun suspira. Dirásme que la fama es quien pregona (A pesar de la invidia detestable) El nombre de Verdugo en todo el suelo. Que por su gran valor al memorable Defensor de la Iglesia, dió ya el cielo ¡Oh máximo varon! doble corona.
EL CORONEL
FRANCISCO VERDUGO.
Siendo advertido de la córte de estos Estados de los malos oficios que en ella algunos me hacen contra razon, procurando por sus pasiones, ó particulares intereses, oscurecer mis servicios, me ha parecido convenirme cortarles el hilo de sus tramas y desiños por este medio, no pudiendo por ahora hacerlo en persona. Y así, forzado, divulgaré mi proceder en los catorce años que he tenido esta provincia y ejército á mi cargo, narrando llanamente todos los accidentes de este tiempo, con tan manifiesta y pura verdad, que ninguno, sin apartarse della, podrá decir en contrario cosa que baste á disminuir un solo punto de el nombre y reputacion que Dios ha sido servido darme, que sabe la intencion con que siempre he vivido, en servicio de mi Rey. Y para darme á entender mejor, diré ántes el camino por donde vine á este puesto, y continuaré hasta dar fin á mi intento, el cual es de satisfacer á quien soy obligado, y confundir á mis de secreto émulos; que con el favor del cielo y este desengaño, espero hacer el efecto que deseo.
* * * * *
Habiendo el serenísimo Duque de Parma ganado la villa de Maestricht, con tanto trabajo y efusion de sangre, y reducido al servicio del Rey nuestro señor las provincias de Artois y Haynault, por conocer ellas que la intencion del Príncipe de Orange era de hacerse señor absoluto de todas las del País Bajo, olvidado del bien público, en el concierto que se hizo con ellas, fué capitulado que todos los extranjeros, que en estos estados servian á su Majestad, saliesen de ellos, dejando los cargos que tenian en los naturales, y en cumplimiento de esto, comenzaron á caminar los tres tercios de españoles y la caballería de la mesma nacion, tomando la via de Luxemburg, haciendo yo el oficio de Maestro de Campo general, y llegando á Arlon con la gente, su Alteza la entregó á Octavio de Gonzaga, general de la caballería, y despidiéndose de ella, se volvió á Namur, y de allí á Mons de Haynault, por más asegurar las provincias nuevamente reconciliadas. Partiendo de Arlon á 1.º de Abril del año de 1580 (habiendo ya tomado la gente el camino de Italia), me fuí á Luxemburg, no pudiendo ir con ella, por tener á cargo la villa de Tionvilla, y deseando dejar aquella plaza, lo procuraba con grande instancia, suplicándolo á su Alteza, y lo mesmo pedia á los nobles y al Consejo de aquel país. De su Alteza nunca pude tener resolucion, y la de los de Luxemburg fué que ellos no me la habian encargado, ni me la podian quitar, porque no entendian estar obligados á cumplir lo que las otras provincias habian prometido, ni habian menester reconciliarse los que no se habian rebelado, y que la suya era separada de las demas; y así me estuve quedo, esperando licencia. Llegada en aquella villa madama de Parma (á quien su Majestad inviaba para gobernar lo político en estos estados, y que el Príncipe su hijo manejase la guerra), significando á su Alteza el deseo que tenía de salir de allí, me mandó que en ninguna manera lo hiciese, sin órden del Rey ó suya, porque deseaba emplearme en cosas mayores del servicio de su Majestad.