Part 8
D. PEDRO.--Que cosa peor no se ha visto en el teatro desde que las musas de guardilla le abastecen... Si tengo hecho propósito firme de no ir jamás á ver esas tonterías. Á mí no me divierten; al contrario, me llenan de, de... No, señor, menos me enfada cualquiera de nuestras comedias antiguas, por malas que sean. Están desarregladas, tienen disparates; pero aquellos disparates y aquel desarreglo son hijos del ingenio y no de la estupidez. Tienen defectos enormes, es verdad; pero entre estos defectos se hallan cosas que, por vida mía, tal vez suspenden y conmueven al espectador en términos de hacerle olvidar ó disculpar cuántos desaciertos han precedido. Ahora compare usted nuestros autores adocenados del día con los antiguos, y dígame si no valen más Calderón, Solís, Rojas, Moreto cuando deliran, que estotros cuando quieren hablar en razón.
D. ANTONIO.--La cosa es tan clara, señor don Pedro, que no hay nada que oponer á ella; pero, dígame usted, el pueblo, el pobre pueblo ¿sufre con paciencia ese espantable comedión?
D. PEDRO.--No tanto como el autor quisiera, porque algunas veces se ha levantado en el patio una mareta sorda que traía visos de tempestad. En fin, se acabó el acto muy oportunamente; pero no me atreveré á pronosticar el éxito de la tal pieza, porque aunque el público está ya muy acostumbrado á oir desatinos, tan garrafales como los de hoy jamás se oyeron.
D. ANTONIO.--¿Qué dice usted?
D. PEDRO.--Es increíble. Ahí no hay más que un hacinamiento confuso de especies, una acción informe, lances inverosímiles, episodios inconexos, caracteres mal expresados ó mal escogidos; en vez de artificio, embrollo; en vez de situaciones cómicas, mamarrachadas de linterna mágica. No hay conocimiento de historia ni de costumbres, no hay objeto moral, no hay lenguaje, ni estilo, ni versificación, ni gusto, ni sentido común. En suma, es tan mala y peor que las otras con que nos regalan todos los días.
D. ANTONIO.--Y no hay que esperar nada mejor. Mientras el teatro siga en el abandono en que hoy está, en vez de ser el espejo de la virtud y el templo del buen gusto, será la escuela del error y el almacén de las extravagancias.
D. PEDRO.--Pero ¡no es fatalidad que después de tanto como se ha escrito por los hombres más doctos de la nación sobre la necesidad de su reforma, se han de ver todavía en nuestra escena espectáculos tan infelices! ¿Qué pensarán de nuestra cultura los extranjeros que vean la comedia de esta tarde? ¿Qué dirán cuando lean las que se imprimen continuamente?
D. ANTONIO.--Digan lo que quieran, amigo don Pedro, ni usted ni yo podemos remediarlo. ¿Y qué haremos? Reir ó rabiar: no hay otra alternativa... Pues yo más quiero reir que impacientarme.
D. PEDRO.--Yo no, porque no tengo serenidad para eso. Los progresos de la literatura, señor don Antonio, interesan mucho al poder, á la gloria y á la conservación de los imperios; el teatro influye inmediatamente en la cultura nacional; el nuestro está perdido, y yo soy muy español.
D. ANTONIO.--Con todo, cuando se ve que... Pero ¿qué novedad es esta?
ESCENA VI.
DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. SERAPIO.--Pipí, muchacho; corriendo, por Dios, un poco de agua.
D. ANTONIO.--¿Qué ha sucedido?
(_Se levantan don Antonio y don Pedro._)
D. SERAPIO.--No te pares en enjuagatorios. Aprisa.
PIPÍ.--Voy, voy allá.
D. SERAPIO.--Despáchate.
PIPÍ.--¡Por vida del hombre! (_Pipí va detrás de don Serapio con un vaso de agua. Don Hermógenes, que sale apresurado, tropieza con él y deja caer el vaso y el plato._) ¿Por qué no mira usted?
D. HERMÓGENES.--¿No hay alguno de ustedes que tenga por ahí un poco de agua de melisa, elixir, extracto, aroma, álcali volátil, éter vitriólico, ó cualquiera quinta esencia antiespasmódica, para entonar el sistema nervioso de una dama exánime?
D. ANTONIO.--Yo no, no traigo.
D. PEDRO.--Pero ¿qué ha sido? ¿Es accidente?
ESCENA VII.
DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DON SERAPIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. ELEUTERIO.--Sí; es mucho mejor hacer lo que dice don Serapio.
(_Doña Agustina, muy acongojada, sostenida por don Eleuterio y don Serapio. La hacen que se siente. Pipí trae otro vaso de agua, y ella bebe un poco._)
D. SERAPIO.--Pues ya se ve. Anda, Pipí; en tu cama podrá descansar esta señora...
PIPÍ.--¡Qué! si está en un camaranchón, que...
D. ELEUTERIO.--No importa.
PIPÍ.--¡La cama! La cama es un jergón de arpillera y...
D. SERAPIO.--¿Qué quiere decir eso?
D. ELEUTERIO.--No importa nada. Allí estará un rato, y veremos si es cosa de llamar á un sangrador.
PIPÍ.--Yo bien, si ustedes...
D.ª AGUSTINA.--No, no es menester.
D.ª MARIQUITA.--¿Se siente usted mejor, hermana?
D. ELEUTERIO.--¿Te vas aliviando?
D.ª AGUSTINA.--Alguna cosa.
D. SERAPIO.--¡Ya se ve! El lance no era para menos.
D. ANTONIO.--Pero ¿se podrá saber qué especie de insulto ha sido éste?
D. ELEUTERIO.--¡Qué ha de ser, señor, qué ha de ser! Que hay gente envidiosa y mal intencionada, que... ¡Vaya! No me hable usted de eso; porque... ¡Picarones! ¿Cuándo han visto ellos comedia mejor?
D. PEDRO.--No acabo de comprender.
D.ª MARIQUITA.--Señor, la cosa es bien sencilla. El señor es hermano mío, marido de esta señora, y autor de esa maldita comedia que han echado hoy. Hemos ido á verla; cuando llegamos estaban ya en el segundo acto. Allí había una tempestad, y luégo un consejo de guerra, y luégo un baile, y después un entierro... En fin, ello es que al cabo de esta tremolina salía la dama con un chiquillo de la mano, y ella y el chico rabiaban de hambre; el muchacho decía: Madre, déme usted pan; y la madre invocaba á Demogorgón y al Cancerbero. Al llegar nosotros se empezaba este lance de madre é hijo... El patio estaba tremendo. ¡Qué oleadas! ¡qué toser! ¡qué estornudos! ¡qué bostezar! ¡qué ruido confuso por todas partes!... Pues señor, como digo, salió la dama, y apenas hubo dicho que no había comido en seis días, y apenas el chico empezó á pedirla pan, y ella á decirle que no le tenía, cuando para servir á ustedes, la gente (que á la cuenta estaba ya hostigada de la tempestad, del consejo de guerra, del baile y del entierro) comenzó de nuevo á alborotarse. El ruido se aumenta; suenan bramidos por un lado y otro, y empieza tal descarga de palmadas huecas, y tal golpeo en los bancos y barandillas, que no parecía sino que toda la casa se venía al suelo. Corrieron el telón; abrieron las puertas; salió renegando toda la gente; á mi hermana se la oprimió el corazón, de manera que... En fin, ya está mejor, que es lo principal. Aquello no ha sido ni oído ni visto: en un instante, entrar en el palco y suceder lo que acabo de contar, todo ha sido á un tiempo. ¡Válgame Dios! ¡En lo que han venido á parar tantos proyectos! Bien decía yo que era imposible que... (_Siéntase junto á doña Agustina._)
D. ELEUTERIO.--¡Y que no ha de haber justicia para esto! Don Hermógenes, amigo don Hermógenes, usted bien sabe lo que es la pieza; informe usted á estos señores... Tome usted. (_Saca la comedia, y se la da á don Hermógenes._) Léales usted todo el segundo acto, y que me digan si una mujer que no ha comido en seis días tiene razón de morirse, y si es mal parecido que un chico de cuatro años pida pan á su madre. Lea usted, lea usted, y que me digan si hay conciencia ni ley de Dios para haberme asesinado de esta manera.
D. HERMÓGENES.--Yo, por ahora, amigo don Eleuterio, no puedo encargarme de la lectura del drama. (_Deja la comedia sobre una mesa. Pipí la toma, se sienta en un silla distante, y lee con particular atención y complacencia._) Estoy de priesa. Nos veremos otro día, y...
D. ELEUTERIO.--¿Se va usted?
D.ª MARIQUITA.--¿Nos deja usted así?
D. HERMÓGENES.--Si en algo pudiera contribuir con mi presencia al alivio de ustedes, no me movería de aquí; pero...
D.ª MARIQUITA.--No se vaya usted.
D. HERMÓGENES.--Me es muy doloroso asistir á tan acerbo espectáculo. Tengo que hacer. En cuánto á la comedia, nada hay que decir: murió, y es imposible que resucite; bien que ahora estoy escribiendo una apología del teatro, y la citaré con elogio. Diré que hay otras peores; diré que si no guarda reglas ni conexión, consiste en que el autor era un grande hombre; callaré sus defectos...
D. ELEUTERIO.--¿Qué defectos?
D. HERMÓGENES.--Algunos que tiene.
D. PEDRO.--Pues no decía usted eso poco tiempo há.
D. HERMÓGENES.--Fué para animarle.
D. PEDRO.--Y para engañarle y perderle. Si usted conocía que era mala, ¿por qué no se lo dijo? ¿Por qué, en vez de aconsejarle que desistiera de escribir chapucerías, ponderaba usted el ingenio del autor, y le persuadía que era excelente una obra tan ridícula y despreciable?
D. HERMÓGENES.--Porque el señor carece de criterio y sindéresis para comprender la solidez de mis raciocinios, si por ellos intentara persuadirle que la comedia es mala.
D.ª AGUSTINA.--¿Conque es mala?
D. HERMÓGENES.--Malísima.
D. ELEUTERIO.--¿Qué dice usted?
D.ª AGUSTINA.--Usted se chancea, don Hermógenes; no puede ser otra cosa.
D. PEDRO.--No, señora, no se chancea: en eso dice la verdad. La comedia es detestable.
D.ª AGUSTINA.--Poco á poco con eso, caballero; que una cosa es que el señor lo diga por gana de fiesta, y otra que usted nos lo venga á repetir de ese modo. Usted será de los eruditos que de todo blasfeman, y nada les parece bien sino lo que ellos hacen; pero...
D. PEDRO.--Si usted es marido de esa (_Á don Eleuterio_) señora, hágala usted callar; porque aunque no pueda ofenderme cuánto diga, es cosa ridícula que se meta á hablar de lo que no entiende.
D.ª AGUSTINA.--¡No entiendo! ¿Quién le ha dicho á usted que?...
D. ELEUTERIO.--Por Dios, Agustina, no te desazones. Ya ves (_Se levanta colérica, y don Eleuterio la hace sentar_) cómo estás... ¡Válgame Dios, señor! Pero, amigo (_Á don Hermógenes_), no sé qué pensar de usted.
D. HERMÓGENES.--Pienso usted lo que quiera. Yo pienso de su obra lo que ha pensado el público; pero soy su amigo de usted, y aunque vaticiné el éxito infausto que ha tenido, no quise anticiparle una pesadumbre, porque, como dice Platón y el abate Lampillas...
D. ELEUTERIO.--Digan lo que quieran. Lo que yo digo es que usted me ha engañado como un chino. Si yo me aconsejaba con usted; si usted ha visto la obra lance por lance y verso por verso; si usted me ha exhortado á concluir las otras que tengo manuscritas; si usted me ha llenado de elogios y de esperanzas; si me ha hecho usted creer que yo era un grande hombre, ¿cómo me dice usted ahora eso? ¿Cómo ha tenido usted corazón para exponerme á los silbidos, al palmoteo y á la zumba de esta tarde?
D. HERMÓGENES.--Usted es pacato y pusilánime en demasía... ¿Por qué no le anima á usted el ejemplo? ¿No ve usted esos autores que componen para el teatro, con cuánta imperturbabilidad toleran los vaivenes de la fortuna? Escriben, los silban, y vuelven á escribir; vuelven á silbarlos, y vuelven á escribir... ¡Oh, almas grandes, para quienes los chillidos son arrullos y las maldiciones alabanzas!
D.ª MARIQUITA.--¿Y qué quiere usted (_Levántase_) decir con eso? Ya no tengo paciencia para callar más. ¿Qué quiere usted decir? ¿Que mi pobre hermano vuelva otra vez?...
D. HERMÓGENES.--Lo que quiero decir es que estoy de prisa y me voy.
D.ª AGUSTINA.--Vaya usted con Dios, y haga usted cuenta que no nos ha conocido. ¡Picardía! No sé cómo (_Se levanta muy enojada encaminándose hacia don Hermógenes, que se va retirando de ella_) no me tiro á él... Váyase usted.
D. HERMÓGENES.--¡Gente ignorante!
D.ª AGUSTINA.--Váyase usted.
D. ELEUTERIO.--¡Picarón!
D. HERMÓGENES.--¡Canalla infeliz!
ESCENA VIII.
DON ELEUTERIO, DON SERAPIO, DON ANTONIO, DON PEDRO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, PIPÍ.
D. ELEUTERIO.--¡Ingrato, embustero! Después (_Se sienta con señales de abatimiento_) de lo que hemos hecho por él.
D.ª MARIQUITA.--Ya ve usted, hermana, lo que ha venido á resultar. Si lo dije, si me lo daba el corazón... Mire usted qué hombre; después de haberme traído en palabras tanto tiempo, y lo que es peor, haber perdido por él la conveniencia de casarme con el boticario, que á lo menos es hombre de bien, y no sabe latín ni se mete en citar autores, como ese bribón... ¡Pobre de mí! Con diez y seis años que tengo, y todavía estoy sin colocar; por el maldito empeño de ustedes de que me había de casar con un erudito que supiera mucho... Mire usted lo que sabe el renegado (Dios me perdone); quitarme mi acomodo, engañar á mi hermano, perderle, y hartarnos de pesadumbres.
D. ANTONIO.--No se desconsuele usted, señorita, que todo se compondrá. Usted tiene mérito, y no la faltarán proporciones mucho mejores que la que ha perdido.
D.ª AGUSTINA.--Es menester que tengas un poco de paciencia, Mariquita.
D. ELEUTERIO.--La paciencia (_Se levanta con viveza_) la necesito yo, que estoy desesperado de ver lo que me sucede.
D.ª AGUSTINA.--Pero hombre, ¿que no has de reflexionar?...
D. ELEUTERIO.--Calla, mujer; calla, por Dios, que tú también...
D. SERAPIO.--No, señor; el mal ha estado en que nosotros no lo advertimos con tiempo... Pero yo le aseguro al guarnicionero y á sus camaradas que si llegamos á pillarlos, solfeo de mojicones como el que han de llevar no le... La comedia es buena, señor; créame usted á mí; la comedia es buena. Ahí no ha habido más sino que los de allá se han unido, y...
D. ELEUTERIO.--Yo ya estoy en que la comedia no es tan mala, y que hay muchos partidos; pero lo que á mí me...
DON PEDRO.--¿Todavía está usted en esa equivocación?
D. ANTONIO.--Déjele usted. (_Ap. á don Pedro._)
D. PEDRO.--No quiero dejarle; me da compasión... Y sobre todo, es demasiada necedad, después de lo que ha sucedido, que todavía esté creyendo el señor que su obra es buena. ¿Por qué ha de serlo? ¿Qué motivos tiene usted para acertar? ¿Qué ha estudiado usted? ¿Quién le ha enseñado el arte? ¿Qué modelos se ha propuesto usted para la imitación? ¿No ve usted que en todas las facultades hay un método de enseñanza, y unas reglas que seguir y observar; que á ellas debe acompañar una aplicación constante y laboriosa; y que sin estas circunstancias, unidas al talento, nunca se formarán grandes profesores, porque nadie sabe sin aprender? ¿Pues por dónde usted, que carece de tales requisitos, presume que habrá podido hacer algo bueno? ¿Qué, no hay más sino meterse á escribir, á salga lo que salga, y en ocho días zurcir un embrollo, ponerle en malos versos, darle al teatro, y ya soy autor? Qué, ¿no hay más que escribir comedias? Si han de ser como la de usted ó como las demás que se la parecen, poco talento, poco estudio y poco tiempo son necesarios; pero si han de ser buenas (créame usted), se necesita toda la vida de un hombre, un ingenio muy sobresaliente, un estudio infatigable, observación continua, sensibilidad, juicio exquisito: y todavía no hay seguridad de llegar á la perfección.
D. ELEUTERIO.--Bien está, señor; será todo lo que usted dice; pero ahora no se trata de eso. Si me desespero y me confundo, es por ver que todo se me descompone, que he perdido mi tiempo, que la comedia no vale un cuarto, que he gastado en la impresión lo que no tenía...
D. ANTONIO.--No, la impresión con el tiempo se venderá.
D. PEDRO.--No se venderá, no, señor. El público no compra en la librería las piezas que silba en el teatro. No se venderá.
D. ELEUTERIO.--Pues, vea usted: no se venderá; y pierdo ese dinero; y por otra parte... ¡Válgame Dios! Yo, señor, seré lo que ustedes quieran; seré mal poeta, seré un zopenco; pero soy hombre de bien. Ese picarón de don Hermógenes me ha estafado cuánto tenía para pagar sus trampas y sus embrollos; me ha metido en nuevos gastos, y me deja imposibilitado de cumplir como es regular con los muchos acreedores que tengo.
D. PEDRO.--Pero ahí no hay más que hacerles una obligación de irlos pagando poco á poco, según el empleo ó facultad que usted tenga, y arreglándose á una buena economía.
D.ª AGUSTINA.--¡Qué empleo ni qué facultad, señor! si el pobrecito no tiene ninguna.
D. PEDRO.--¿Ninguna?
D. ELEUTERIO.--No, señor. Yo estuve en esa lotería de ahí arriba; después me puse á servir á un caballero indiano, pero se murió; lo dejé todo, y me metí á escribir comedias, porque ese don Hermógenes me engatusó y...
D.ª MARIQUITA.--¡Maldito sea él!
D. ELEUTERIO.--Y si fuera decir estoy solo, anda con Dios; pero casado, y con una hermana, y con aquellas criaturas...
D. ANTONIO.--¿Cuántas tiene usted?
D. ELEUTERIO.--Cuatro, señor; que el mayorcito no pasa de cinco años.
D. PEDRO.--¿Hijos tiene? (_Ap. con ternura_ ¡Qué lástima!)
D. ELEUTERIO.--Pues si no fuera por eso...
D. PEDRO.--(_Ap._ ¡Infeliz!) Yo, amigo, ignoraba que del éxito de la obra de usted pendiera la suerte de esa pobre familia. Yo también he tenido hijos. Ya no los tengo, pero sé lo que es el corazón de un padre. Dígame usted: ¿sabe usted contar? ¿escribe usted bien?
D. ELEUTERIO.--Sí, señor, lo que es así cosa de cuentas, me parece que sé bastante. En casa de mi amo... porque yo, señor, he sido paje... allí, como digo, no había más mayordomo que yo. Yo era el que gobernaba la casa; como, ya se ve, estos señores no entienden de eso. Y siempre me porté como todo el mundo sabe. Eso sí, lo que es honradez y... ¡vaya! Ninguno ha tenido que...
D. PEDRO.--Lo creo muy bien.
D. ELEUTERIO.--En cuanto á escribir, yo aprendí en los Escolapios, y luégo me he soltado bastante, y sé alguna cosa de ortografía... Aquí tengo... Vea usted... (_Saca papel y se le da á don Pedro._) Ello está escrito algo de prisa, porque esta es una tonadilla que se había de cantar mañana... ¡Ay Dios mío!
D. PEDRO.--Me gusta la letra, me gusta.
D. ELEUTERIO.--Sí, señor, tiene su introduccioncita, luégo entran las coplillas satíricas con su estribillo, y concluye con las...
D. PEDRO.--No hablo de eso, hombre, no hablo de eso. Quiero decir que la forma de la letra es muy buena. La tonadilla ya se conoce que es prima hermana de la comedia.
D. ELEUTERIO.--Ya.
D. PEDRO.--Es menester que se deje usted de esas tonterías.
(_Volviéndole el papel._)
D. ELEUTERIO.--Ya lo veo, señor; pero si me parece que el enemigo...
D. PEDRO.--Es menester olvidar absolutamente esos devaneos; esta es una condición precisa que exijo de usted. Yo soy rico, muy rico, y no acompaño con lágrimas estériles las desgracias de mis semejantes. La mala fortuna á que le han reducido á usted sus desvaríos necesita, más que consuelos y reflexiones, socorros efectivos y prontos. Mañana quedarán pagadas por mí todas las deudas que usted tenga.
D. ELEUTERIO.--Señor, ¿qué dice usted?
D.ª AGUSTINA.--¿De veras, señor? ¡Válgame Dios!
D.ª MARIQUITA.--¿De veras?
D. PEDRO.--Quiero hacer más. Yo tengo bastantes haciendas cerca de Madrid; acabo de colocar á un mozo de mérito, que entendía en el gobierno de ellas. Usted, si quiere, podrá irse instruyendo al lado de mi mayordomo, que es hombre honradísimo; y desde luégo puede usted contar con una fortuna proporcionada á sus necesidades. Esta señora deberá contribuir por su parte á hacer feliz el nuevo destino que á usted le propongo. Si cuida de su casa, si cría bien á sus hijos, si desempeña como debe los oficios de esposa y madre, conocerá que sabe cuánto hay que saber, y cuánto conviene á una mujer de su estado y sus obligaciones. Usted, señorita, no ha perdido nada en no casarse con el pedantón de don Hermógenes; porque, según se ha visto, es un malvado que la hubiera hecho infeliz; y si usted disimula un poco las ganas que tiene de casarse, no dudo que hallará muy presto un hombre de bien que la quiera. En una palabra, yo haré en favor de ustedes todo el bien que pueda; no hay que dudarlo. Además, yo tengo muy buenos amigos en la corte, y... créanme ustedes, soy algo áspero en mi carácter, pero tengo el corazón muy compasivo.
D.ª MARIQUITA.--¡Qué bondad!
(_Don Eleuterio, su mujer y su hermana quieren arrodillarse á los piés de don Pedro; él lo estorba y los abraza cariñosamente._)
D. ELEUTERIO.--¡Qué generoso!
D. PEDRO.--Esto es ser justo. El que socorre la pobreza, evitando á un infeliz la desesperación y los delitos, cumple con su obligación; no hace más.
D. ELEUTERIO.--Yo no sé cómo he de pagar á usted tantos beneficios.
D. PEDRO.--Si usted me los agradece, ya me los paga.
D. ELEUTERIO.--Perdone usted, señor, las locuras que he dicho y el mal modo...
D.ª AGUSTINA.--Hemos sido muy imprudentes.
D. PEDRO.--No hablemos de eso.
D. ANTONIO.--¡Ah, don Pedro, qué lección me ha dado usted esta tarde!
D. PEDRO.--Usted se burla. Cualquiera hubiera hecho lo mismo en iguales circunstancias.
D. ANTONIO.--Su carácter de usted me confunde.
D. PEDRO.--¿Eh? los genios serán diferentes; pero somos muy amigos. ¿No es verdad?
D. ANTONIO.--¿Quién no querrá ser amigo de usted?
D. SERAPIO.--Vaya, vaya; yo estoy loco de contento.
D. PEDRO.--Más lo estoy yo; porque no hay placer comparable al que resulta de una acción virtuosa. Recoja usted esa comedia (_Al ver la comedia que está leyendo Pipí_); no se quede por ahí perdida, y sirva de pasatiempo á la gente burlona que llegue á verla.
D. ELEUTERIO.--¡Mal haya la comedia (_Arrebata la comedia de manos de Pipí, y la hace pedazos_), amén, y mi docilidad y mi tontería! Mañana, así que amanezca, hago una hoguera con todo cuánto tengo impreso y manuscrito, y no ha de quedar en mi casa un verso.
D.ª MARIQUITA.--Yo encenderé la pajuela.
D.ª AGUSTINA.--Y yo aventaré las cenizas.
D. PEDRO.--Así debe ser. Usted, amigo, ha vivido engañado; su amor propio, la necesidad, el ejemplo y la falta de instrucción le han hecho escribir disparates. El público le ha dado á usted una lección muy dura, pero muy útil, puesto que por ella se reconoce y se enmienda. ¡Ojalá los que hoy tiranizan y corrompen el teatro por el maldito furor de ser autores, ya que desatinan como usted, le imitaran en desengañarse!
EL SÍ DE LAS NIÑAS
COMEDIA EN TRES ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1806
PERSONAS
DON DIEGO. DON CARLOS. DOÑA IRENE. DOÑA FRANCISCA. RITA. SIMÓN. CALAMOCHA.
_La escena es en una posada de Alcalá de Henares._
El teatro representa una sala de paso con cuatro puertas de habitaciones para huéspedes, numeradas todas. Una más grande en el foro, con escalera que conduce al piso bajo de la casa. Ventana de antepecho á un lado. Una mesa en medio, con banco, sillas, etc.
_La acción empieza á las siete de la tarde, y acaba á las cinco de la mañana siguiente._
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
DON DIEGO, SIMÓN.
(_Sale don Diego de su cuarto. Simón, que está sentado en una silla, se levanta._)
D. DIEGO.--¿No han venido todavía?
SIMÓN.--No, señor.
D. DIEGO.--Despacio la han tomado por cierto.
SIMÓN.--Como su tía la quiere tanto, según parece, y no la ha visto desde que la llevaron á Guadalajara...
D. DIEGO.--Sí. Yo no digo que no la viese; pero con media hora de visita y cuatro lágrimas, estaba concluído.
SIMÓN.--Ello también ha sido extraña determinación la de estarse usted dos días enteros sin salir de la posada. Cansa el leer, cansa el dormir... Y sobre todo cansa la mugre del cuarto, las sillas desvencijadas, las estampas _del hijo pródigo_, el ruido de campanillas y cascabeles, y la conversación ronca de carromateros y patanes, que no permiten un instante de quietud.
D. DIEGO.--Ha sido conveniente el hacerlo así. Aquí me conocen todos, y no he querido que nadie me vea.
SIMÓN.--Yo no alcanzo la causa de tanto retiro. ¿Pues hay más en esto que haber acompañado usted á doña Irene hasta Guadalajara, para sacar del convento á la niña y volvernos con ellas á Madrid?
D. DIEGO.--Sí, hombre, algo más hay de lo que has visto.
SIMÓN.--Adelante.
D. DIEGO.--Algo, algo... Ello tú al cabo lo has de saber, y no puede tardarse mucho... Mira, Simón, por Dios te encargo que no lo digas... Tú eres hombre de bien, y me has servido muchos años con fidelidad... Ya ves que hemos sacado á esa niña del convento y nos la llevamos á Madrid.
SIMÓN.--Sí, señor.
D. DIEGO.--Pues bien... Pero te vuelvo á encargar que á nadie lo descubras.
SIMÓN.--Bien está, señor. Jamás he gustado de chismes.