Comedias escogidas

Part 7

Chapter 73,931 wordsPublic domain

D. ANTONIO.--Sí, señor, gustará. Voy á ver si le alcanzo; y _velis nolis_, he de hacer que la vea para castigarle.

D. ELEUTERIO.--Buen pensamiento; sí, vaya usted.

D. ANTONIO.--En mi vida he visto locos más locos.

ESCENA VI.

DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.

D. ELEUTERIO.--¡Llamar detestable á la comedia! ¡Vaya, que estos hombres gastan un lenguaje que da gozo oirle!

D. HERMÓGENES.--_Aquila non capit muscas_, don Eleuterio. Quiero decir, que no haga usted caso. Á la sombra del mérito crece la envidia. Á mí me sucede lo mismo. Ya ve usted si yo sé algo...

D. ELEUTERIO.--¡Oh!

D. HERMÓGENES.--Digo, me parece que (sin vanidad) pocos habrá que...

D. ELEUTERIO.--Ninguno. Vamos; tan completo como usted, ninguno.

D. HERMÓGENES.--Que reunan el ingenio á la erudición, la aplicación al gusto, del modo que yo (sin alabarme) he llegado á reunirlos. ¿Eh?

D. ELEUTERIO.--Vaya, de eso no hay que hablar: es más claro que el sol que nos alumbra.

D. HERMÓGENES.--Pues bien. Á pesar de eso, hay quien me llama pedante, y casquivano, y animal cuadrúpedo. Ayer, sin ir más lejos, me lo dijeron en la Puerta del Sol, delante de cuarenta ó cincuenta personas.

D. ELEUTERIO.--¡Picardía! Y usted ¿qué hizo?

D. HERMÓGENES.--Lo que debe hacer un gran filósofo: callé, tomé un polvo, y me fuí á oir una misa á la Soledad.

D. ELEUTERIO.--Envidia todo, envidia. ¿Vamos arriba?

D. HERMÓGENES.--Esto lo digo para que usted se anime, y le aseguro que los aplausos que... Pero, dígame usted: ¿ni siquiera una onza de oro le han querido adelantar á usted á cuenta de los quince doblones de la comedia?

D. ELEUTERIO.--Nada, ni un ochavo. Ya sabe usted las dificultades que ha habido para que esa gente la reciba. Por último, hemos quedado en que no han de darme nada hasta ver si la pieza gusta ó no.

D. HERMÓGENES.--¡Oh, corvas almas! ¡Y precisamente en la ocasión más crítica para mí! Bien dice Tito Livio, que cuando...

D. ELEUTERIO.--Pues ¿qué hay de nuevo?

D. HERMÓGENES.--Ese bruto de mi casero... El hombre más ignorante que conozco. Por año y medio que le debo de alquileres me pierde el respeto, me amenaza...

D. ELEUTERIO.--No hay que afligirse. Mañana ó esotro es regular que me dén el dinero: pagaremos á ese bribón; y si tiene usted algún pico en la hostería, también se...

D. HERMÓGENES.--Sí, aún hay un piquillo; cosa corta.

D. ELEUTERIO.--Pues bien: con la impresión lo menos ganaré cuatro mil reales.

D. HERMÓGENES.--Lo menos. Se vende toda seguramente.

(_Vase Pipí por la puerta del foro._)

D. ELEUTERIO.--Pues con ese dinero saldremos de apuros; se adornará el cuarto nuevo; unas sillas, una cama y algún otro chisme. Se casa usted. Mariquita, como usted sabe, es aplicada, hacendosilla y muy mujer; ustedes estarán en mi casa continuamente. Yo iré dando las otras cuatro comedias, que, pegando la de hoy, las recibirán los cómicos con palio. Pillo la moneda, las imprimo, se venden; entre tanto ya tendré algunas hechas, y otras en el telar. Vaya, no hay que temer. Y sobre todo, usted saldrá colocado de hoy á mañana: una intendencia, una toga, una embajada; ¿qué sé yo? Ello es que el ministro le estima á usted: ¿no es verdad?

D. HERMÓGENES.--Tres visitas le hago cada día.

D. ELEUTERIO.--Sí, apretarle, apretarle. Subamos arriba, que las mujeres ya estarán...

D. HERMÓGENES.--Diez y siete memoriales le he entregado la semana última.

D. ELEUTERIO.--¿Y qué dice?

D. HERMÓGENES.--En uno de ellos puse por lema aquel celebérrimo dicho del poeta: _Pallida mors æquo pulsat pede pauperum tabernas regumque turres_.

D. ELEUTERIO.--¿Y qué dijo cuando leyó eso de las tabernas?

D. HERMÓGENES.--Que bien; que ya está enterado de mi solicitud.

D. ELEUTERIO.--¡Pues no le digo á usted! Vamos, eso está conseguido.

D. HERMÓGENES.--Mucho lo deseo, para que á este consorcio apetecido acompañe el episodio de tener que comer, puesto que _sine Cerere et Bacho friget Venus_. Y entonces, ¡oh! entonces... Con un buen empleo y la blanca mano de Mariquita, ninguna otra cosa me queda que apetecer sino que el cielo me conceda numerosa y masculina sucesión.

(_Vanse por la puerta del foro._)

ACTO II.

ESCENA PRIMERA.

DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO.

(_Salen por la puerta del foro._)

D. SERAPIO.--El trueque de los puñales, créame usted, es de lo mejor que se ha visto.

D. ELEUTERIO.--¿Y el sueño del emperador?

D.ª AGUSTINA.--¿Y la oración que hace el visir á sus ídolos?

D.ª MARIQUITA.--Pero á mí me parece que no es regular que el emperador se durmiera, precisamente en la ocasión más...

D. HERMÓGENES.--Señora, el sueño es natural en el hombre, y no hay dificultad en que un emperador se duerma, porque los vapores húmedos que suben al cerebro...

D.ª AGUSTINA.--Pero ¿usted hace caso de ella? ¡Qué tontería! Si no sabe lo que se dice... Y á todo esto, ¿qué hora tenemos?

D. SERAPIO.--Serán... Deje usted. Podrán ser ahora...

D. HERMÓGENES.--Aquí está mi reloj (_Saca su reloj_) que es puntualísimo. Tres y media cabales.

D.ª AGUSTINA.--¡Oh! pues aún tenemos tiempo. Sentémonos, una vez que no hay gente.

(_Siéntanse todos menos don Eleuterio._)

D. SERAPIO.--¿Qué gente ha de haber? Si fuera en otro cualquier día... pero hoy todo el mundo va á la comedia.

D.ª AGUSTINA.--Estará lleno, lleno.

D. SERAPIO.--Habrá hombre que dará esta tarde dos medallas por un asiento de luneta.

D. ELEUTERIO.--Ya se ve, comedia nueva, autor nuevo, y...

D.ª AGUSTINA.--Y que ya la habrán leído muchísimos, y sabrán lo que es. Vaya, no cabrá un alfiler, aunque fuera el coliseo siete veces más grande.

D. SERAPIO.--Hoy los Chorizos se mueren de frío y de miedo. Ayer noche apostaba yo al marido de la graciosa seis onzas de oro á que no tienen esta tarde en su corral cien reales de entrada.

D. ELEUTERIO.--¿Conque la apuesta se hizo en efecto? ¿Eh?

D. SERAPIO.--No llegó el caso, porque yo no tenía en el bolsillo más que dos reales y unos cuartos... Pero ¡cómo los hice rabiar! y que...

D. ELEUTERIO.--Soy con ustedes; voy aquí á la librería, y vuelvo.

D.ª AGUSTINA.--¿Á qué?

D. ELEUTERIO.--¿No te lo he dicho? Si encargué que me trajesen ahí la razón de lo que va vendido, para que...

D.ª AGUSTINA.--Sí, es verdad. Vuelve presto.

D. ELEUTERIO.--Al instante. (_Vase._)

D.ª MARIQUITA.--¡Qué inquietud! ¡Qué ir y venir! No pára este hombre.

D.ª AGUSTINA.--Todo se necesita, hija; y si no fuera por su buena diligencia, y lo que él ha minado y revuelto, se hubiera quedado con su comedia escrita y su trabajo perdido.

D.ª MARIQUITA.--¿Y quién sabe lo que sucederá todavía, hermana? Lo cierto es que yo estoy en brasas; porque, vaya, si la silban, yo no sé lo que será de mí.

D.ª AGUSTINA.--Pero, ¿por qué la han de silbar, ignorante? ¡Qué tonta eres, y qué falta de comprensión!

D.ª MARIQUITA.--Pues; siempre me está usted diciendo eso. (_Sale Pipí por la puerta del foro con platos, botellas, etc. Lo deja todo sobre el mostrador, y vuelve á irse por la misma parte._) Vaya, que algunas veces me... ¡Ay, don Hermógenes! No sabe usted qué ganas tengo de ver estas cosas concluídas, y poderme ir á comer un pedazo de pan con quietud á mi casa, sin tener que sufrir tales sinrazones.

D. HERMÓGENES.--No el pedazo de pan, sino ese hermoso pedazo de cielo, me tiene á mí impaciente hasta que se verifique el suspirado consorcio.

D.ª MARIQUITA.--¡Suspirado, sí, suspirado! ¡Quién le creyera á usted!

D. HERMÓGENES.--Pues ¿quién ama tan de veras como yo? ¿Cuándo ni Píramo, ni Marco Antonio, ni los Ptolomeos egipcios, ni todos los Seléucidas de Asiria sintieron jamás un amor comparable al mío?

D.ª AGUSTINA.--¡Discreta hipérbole! Viva, viva. Respóndele, bruto.

D.ª MARIQUITA.--¿Qué he de responder, señora, si no le he entendido una palabra?

D.ª AGUSTINA.--¡Me desespera!

D.ª MARIQUITA.--Pues digo bien. ¿Qué sé yo quién son esas gentes de quien está hablando? Mire usted, para decirme: Mariquita, yo estoy deseando que nos casemos; así que su hermano de usted coja esos cuartos, verá usted cómo todo se dispone; porque la quiero á usted mucho, y es usted muy guapa muchacha, y tiene usted unos ojos muy peregrinos, y... ¿qué sé yo? Así. Las cosas que dicen los hombres.

D.ª AGUSTINA.--Sí, los hombres ignorantes, que no tienen crianza ni talento, ni saben latín.

D.ª MARIQUITA.--¡Pues, latín! Maldito sea su latín. Cuando le pregunto cualquiera friolera, casi siempre me responde en latín; y para decir que se quiere casar conmigo, me cita tantos autores... Mire usted qué entenderán los autores de eso, ni qué les importará á ellos que nosotros nos casemos ó no.

D.ª AGUSTINA.--¡Qué ignorancia! Vaya, don Hermógenes; lo que le he dicho á usted. Es menester que usted se dedique á instruirla y descortezarla; porque, la verdad, esa estupidez me avergüenza. Yo, bien sabe Dios que no he podido más: ya se ve, ocupada continuamente en ayudar á mi marido en sus obras, en corregírselas (como usted habrá visto muchas veces), en sugerirle ideas á fin de que salgan con la debida perfección, no he tenido tiempo para emprender su enseñanza. Por otra parte, es increíble lo que aquellas criaturas me molestan. El uno que llora, el otro que quiere mamar, el otro que rompió la taza, el otro que se cayó de la silla, me tienen continuamente afanada. Vaya; yo lo he dicho mil veces: para las mujeres instruídas es un tormento la fecundidad.

D.ª MARIQUITA.--¡Tormento! ¡Vaya, hermana, que usted es singular en todas sus cosas! Pues yo, si me caso, bien sabe Dios que...

D.ª AGUSTINA.--Calla, majadera, que vas á decir un disparate.

D. HERMÓGENES.--Yo la instruiré en las ciencias abstractas; la enseñaré la prosodia; haré que copie á ratos perdidos el _Arte magna_ de Raimundo Lulio, y que me recite de memoria todos los martes dos ó tres hojas del _Diccionario_ de Rubiños. Después aprenderá los logaritmos y algo de la estática; después...

D.ª MARIQUITA.--Después me dará un tabardillo pintado, y me llevará Dios. ¡Se habrá visto tal empeño! No, señor, si soy ignorante, buen provecho me haga. Yo sé escribir y ajustar una cuenta, sé guisar, sé aplanchar, sé coser, sé zurcir, sé bordar, sé cuidar de una casa: yo cuidaré de la mía, y de mi marido, y de mis hijos, y yo me los criaré. Pues, señor, ¿no sé bastante? ¡Que por fuerza he de ser doctora y marisabidilla, y que he de aprender la gramática, y que he de hacer coplas! ¿Para qué? ¿para perder el juicio? que permita Dios si no parece casa de locos la nuestra, desde que mi hermano ha dado en esas manías. Siempre disputando marido y mujer sobre si la escena es larga ó corta, siempre contando las letras por los dedos para saber si los versos están cabales ó no, si el lance á oscuras ha de ser antes de la batalla ó después del veneno, y manoseando continuamente _Gacetas_ y _Mercurios_ para buscar nombres bien estravagantes, que casi todos acaban en _of_ y en _graf_, para embutir con ellos sus relaciones... Y entre tanto ni se barre el cuarto, ni la ropa se lava, ni las medias se cosen; y lo que es peor, ni se come ni se cena. ¿Qué le parece á usted que comimos el domingo pasado, don Serapio?

D. SERAPIO.--¿Yo, señora? ¿Cómo quiere usted que?...

D.ª MARIQUITA.--Pues lléveme Dios si todo el banquete no se redujo á libra y media de pepinos, bien amarillos y bien gordos, que compré á la puerta, y un pedazo de rosca que sobró del día anterior. Y éramos seis bocas á comer, que el más desganado se hubiera engullido un cabrito y media hornada sin levantarse del asiento.

D.ª AGUSTINA.--Esta es su canción; siempre quejándose de que no come y trabaja mucho. Menos cómo yo, y más trabajo en un rato que me ponga á corregir alguna escena, ó arreglar la ilusión de una catástrofe, que tú cosiendo y fregando, ú ocupada en otros ministerios viles y mecánicos.

D. HERMÓGENES.--Sí, Mariquita, sí; en eso tiene razón mi señora doña Agustina. Hay gran diferencia de un trabajo á otro, y los experimentos cotidianos nos enseñan que toda mujer que es literata y sabe hacer versos, _ipso facto_ se halla exonerada de las obligaciones domésticas. Yo lo probé en una disertación que leí á la academia de los Cinocéfalos. Allí sostuve que los versos se confeccionan con la glándula pineal, y los calzoncillos con los tres dedos llamados _pollex_, _index_ é _infamis_, que es decir: que para lo primero se necesita toda la argucia del ingenio, cuando para lo segundo basta sólo la costumbre de la mano. Y concluí, á satisfacción de todo mi auditorio, que es más difícil hacer un soneto que pegar un hombrillo; y que más elogio merece la mujer que sepa componer décimas y redondillas, que la que sólo es buena para hacer un pisto con tomate, un ajo de pollo ó un carnero verde.

D.ª MARIQUITA.--Aun por eso en mi casa no se gastan pistos, ni carneros verdes, ni pollos, ni ajos. Ya se ve, en comiendo versos no se necesita cocina.

D. HERMÓGENES.--Bien está, sea lo que usted quiera, ídolo mío; pero si hasta ahora se ha padecido alguna estrechez (_angustam pauperiem_, que dijo el profano), de hoy en adelante será otra cosa.

D.ª MARIQUITA.--¿Y qué dice el profano? ¿que no silbarán esta tarde la comedia?

D. HERMÓGENES.--No, señora, la aplaudirán.

D. SERAPIO.--Durará un mes, y los cómicos se cansarán de representarla.

D.ª MARIQUITA.--No, pues no decían eso ayer los que encontramos en la botillería. ¿Se acuerda usted, hermana? Y aquel más alto, á fe que no se mordía la lengua.

D. SERAPIO.--¿Alto? uno alto, ¿eh? Ya le conozco. (_Se levanta._) ¡Picarón! ¡vicioso! Uno de capa, que tiene un chirlo en las narices. ¡Bribón! Ese es un oficial de guarnicionero, muy apasionado de la otra compañía. ¡Alborotador! que él fué el que tuvo la culpa de que silbaran la comedia de _El Monstruo más espantable del ponto de Calidonia_, que la hizo un sastre pariente de un vecino mío; pero yo le aseguro al...

D.ª MARIQUITA.--¿Qué tonterías está usted ahí diciendo? Si no es ese de quien yo hablo.

D. SERAPIO.--Sí, uno alto, mala traza, con una señal que le coge...

D.ª MARIQUITA.--Si no es ese.

D. SERAPIO.--¡Mayor gatallón! Y ¡qué mala vida dió á su mujer! ¡Pobrecita! Lo mismo la trataba que á un perro.

D.ª MARIQUITA.--Pero si no es ese, dale. ¿Á qué viene cansarse? Este era un caballero muy decente; que no tiene ni capa ni chirlo, ni se parece en nada al que usted nos pinta.

D. SERAPIO.--Ya; pero voy al decir. ¡Unas ganas tengo de pillar al tal guarnicionero! No irá esta tarde al patio, que si fuera... ¡eh!... Pero el otro día ¡qué cosas le dijimos allí en la plazuela de San Juan! Empeñado en que la otra compañía es la mejor, y que no hay quien la tosa. ¿Y saben ustedes (_vuelve á sentarse_) por qué es todo ello? Porque los domingos por la noche se van él y otros de su pelo á casa de la Ramírez, y allí se están retozando en el recibimiento con la criada; después les saca un poco de queso, ó unos pimientos en vinagre, ó así; y luégo se van á palmotear como desesperados á las barandillas y al degolladero. Pero no hay remedio: ya estamos prevenidos los apasionados de acá; y á la primera comedia que echen en el otro corral, zas, sin remisión, á silbidos se ha de hundir la casa. Á ver...

D.ª MARIQUITA.--¿Y si ellos nos ganasen por la mano, y hacen con la de hoy otro tanto?

D.ª AGUSTINA.--Sí, te parecerá que tu hermano es lerdo, y que ha trabajado poco estos días para que no le suceda un chasco. Él se ha hecho ya amigo de los principales apasionados del otro corral; ha estado con ellos; les ha recomendado la comedia y les ha prometido que la primera que componga será para su compañía. Además de eso, la dama de allá le quiere mucho; él va todos los días á su casa á ver si se la ofrece algo, y cualquiera cosa que allí ocurre nadie la hace sino mi marido. Don Eleuterio, tráigame usted un par de libras de manteca. Don Eleuterio, eche usted un poco de alpiste á ese canario. Don Eleuterio, dé usted una vuelta por la cocina, y vea usted si empieza á espumar aquel puchero. Y él, ya se ve, lo hace todo con una prontitud y un agrado, que no hay más que pedir; porque en fin, el que necesita es preciso que... Y por otra parte, como él, bendito sea Dios, tiene tal gracia para cualquier cosa, y es tan servicial con todo el mundo... ¡Qué silbar!... No, hija, no hay que temer; á buenas aldabas se ha agarrado él para que le silben.

D. HERMÓGENES.--Y sobre todo, el sobresaliente mérito del drama bastaría á imponer taciturnidad y admiración á la turba más gárrula, más desenfrenada é insipiente.

D.ª AGUSTINA.--Pues ya se ve. Figúrese usted una comedia heróica como esta, con más de nueve lances que tiene. Un desafío á caballo por el patio, tres batallas, dos tempestades, un entierro, una función de máscara, un incendio de ciudad, un puente roto, dos ejercicios de fuego y un ajusticiado: figúrese usted si esto ha de gustar precisamente.

D. SERAPIO.--¡Toma si gustará!

D. HERMÓGENES.--Aturdirá.

D. SERAPIO.--Se despoblará Madrid por ir á verla.

D.ª MARIQUITA.--Y á mí me parece que unas comedias así debían representarse en la plaza de los toros.

ESCENA II.

DON ELEUTERIO, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA, DON SERAPIO, DON HERMÓGENES.

D.ª AGUSTINA.--Y bien, ¿qué dice el librero? ¿Se despachan muchas?

D. ELEUTERIO.--Hasta ahora...

D.ª AGUSTINA.--Deja; me parece que voy á acertar: habrá vendido... ¿Cuándo se pusieron los carteles?

D. ELEUTERIO.--Ayer por la mañana. Tres ó cuatro hice poner en cada esquina.

D. SERAPIO.--¡Ah! y cuide usted (_Levántase_) que les pongan buen engrudo, porque si no...

D. ELEUTERIO.--Sí, que no estoy en todo. Como que yo mismo le hice con esa mira, y lleva una buena parte de cola.

D.ª AGUSTINA.--El _Diario_ y la _Gaceta_ la han anunciado ya: ¿es verdad?

D. HERMÓGENES.--En términos precisos.

D.ª AGUSTINA.--Pues irán vendidos... quinientos ejemplares.

D. SERAPIO.--¡Qué friolera! Y más de ochocientos también.

D.ª AGUSTINA.--¿He acertado?

D. SERAPIO.--¿Es verdad que pasan de ochocientos?

D. ELEUTERIO.--No, señor, no es verdad. La verdad es que hasta ahora, según me acaban de decir, no se han despachado más que tres ejemplares; y esto me da malísima espina.

D. SERAPIO.--¿Tres no más? Harto poco es.

D.ª AGUSTINA.--Por vida mía, que es bien poco.

D. HERMÓGENES.--Distingo. Poco, absolutamente hablando, niego; respectivamente, concedo: porque nada hay que sea poco ni mucho _per se_, sino respectivamente. Y así, si los tres ejemplares vendidos constituyen una cantidad tercia con relación á nueve, y bajo este respecto los dichos tres ejemplares se llaman poco, también estos mismos tres ejemplares relativamente á uno componen una triplicada cantidad, á la cual podemos llamar mucho por la diferencia que va de uno á tres. De donde concluyo, que no es poco lo que se ha vendido, y que es falta de ilustración sostener lo contrario.

D.ª AGUSTINA.--Dice bien, muy bien.

D. SERAPIO.--¡Qué! ¡Si en poniéndose á hablar este hombre!...

D.ª MARIQUITA.--Pues, en poniéndose á hablar probará que lo blanco es verde, y que dos y dos son veinticinco. Yo no entiendo tal modo de sacar cuentas... Pero al cabo y al fin, las tres comedias que se han vendido hasta ahora, ¿serán más que tres?

D. ELEUTERIO.--Es verdad; y en suma, todo el importe no pasará de seis reales.

D.ª MARIQUITA.--Pues, seis reales: cuando esperábamos montes de oro con la tal impresión. Ya voy yo viendo que si mi boda no se ha de hacer hasta que todos esos papelotes se despachen, me llevarán con palma á la sepultura. (_Llorando._) ¡Pobrecita de mí!

D. HERMÓGENES.--No así, hermosa Mariquita, desperdicie usted el tesoro de perlas que una y otra luz derrama.

D.ª MARIQUITA.--¿Perlas? Si yo supiera llorar perlas, no tendría mi hermano necesidad de escribir disparates.

ESCENA III.

DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, DOÑA AGUSTINA, DOÑA MARIQUITA.

D. ANTONIO.--Á la orden de ustedes, señores.

D. ELEUTERIO.--Pues ¿cómo tan presto? ¿No dijo usted que iría á ver la comedia?

D. ANTONIO.--En efecto, he ido. Allí queda don Pedro.

D. ELEUTERIO.--¿Aquel caballero de tan mal humor?

D. ANTONIO.--El mismo. Que quieras que no, le he acomodado (_Sale Pipí por la puerta del foro con un canastillo de manteles, cubiertos, etc., y le pone sobre el mostrador._) en el palco de unos amigos. Yo creí tener luneta segura; ¡pero qué! ni luneta, ni palcos, ni tertulias, ni cubillos; no hay asiento en ninguna parte.

D.ª AGUSTINA.--Si lo dije.

D. ANTONIO.--Es mucha la gente que hay.

D. ELEUTERIO.--Pues no, no es cosa de que usted se quede sin verla. Yo tengo palco. Véngase usted con nosotros, y todos nos acomodaremos.

D.ª AGUSTINA.--Sí, puede usted venir con toda satisfacción, caballero.

D. ANTONIO.--Señora, doy á usted mil gracias por su atención; pero ya no es cosa de volver allá. Cuando yo salí se empezaba la primer tonadilla; conque...

D. SERAPIO.--¿La tonadilla?

(_Se levantan todos._)

D.ª MARIQUITA.--¿Qué dice usted?

D. ELEUTERIO.--¡La tonadilla!

D.ª AGUSTINA.--¿Pues cómo han empezado tan presto?

D. ANTONIO.--No, señora; han empezado á la hora regular.

D.ª AGUSTINA.--No puede ser; si ahora serán...

D. HERMÓGENES.--Yo lo diré (_Saca el reloj._): las tres y media en punto.

D.ª MARIQUITA.--¡Hombre! ¡qué tres y media! Su reloj de usted está siempre en las tres y media.

D.ª AGUSTINA.--Á ver... (_Toma el reloj de don Hermógenes, le aplica al oído, y se le vuelve._) Si está parado.

D. HERMÓGENES.--Es verdad. Esto consiste en que la elasticidad del muelle espiral...

D.ª MARIQUITA.--Consiste en que está parado, y nos ha hecho usted perder la mitad de la comedia. Vamos, hermana.

D.ª AGUSTINA.--Vamos.

D. ELEUTERIO.--¡Cuidado, que es cosa particular! ¡Voto va sanes! La casualidad de...

D.ª MARIQUITA.--Vamos pronto... ¿Y mi abanico?

D. SERAPIO.--Aquí está.

D. ANTONIO.--Llegarán ustedes al segundo acto.

D.ª MARIQUITA.--Vaya, que este don Hermógenes...

D.ª AGUSTINA.--Quede usted con Dios, caballero.

D.ª MARIQUITA.--Vamos aprisa.

D. ANTONIO.--Vayan ustedes con Dios.

D. SERAPIO.--Á bien que cerca estamos.

D. ELEUTERIO.--Cierto que ha sido chasco estarnos así, fiados en...

D.ª MARIQUITA.--Fiados en el maldito reloj de don Hermógenes.

ESCENA IV.

DON ANTONIO, PIPÍ.

D. ANTONIO.--¿Conque estas dos son la hermana y la mujer del autor de la comedia?

PIPÍ.--Sí, señor.

D. ANTONIO.--¡Qué paso llevan! Ya se ve, se fiaron del reloj de don Hermógenes.

PIPÍ.--Pues yo no sé qué será; pero desde la ventana de arriba se ve salir mucha gente del coliseo.

D. ANTONIO.--Serán los del patio, que estarán sofocados. Cuando yo me vine quedaban dando voces para que les abriesen las puertas. El calor es muy grande; y por otra parte, meter cuatro donde no caben más que dos es un despropósito; pero lo que importa es cobrar á la puerta, y más que revienten dentro.

ESCENA V.

DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.

D. ANTONIO.--¡Calle! ¿Ya está usted por acá? Pues, y la comedia ¿en qué estado queda?

D. PEDRO.--Hombre, no me hable usted de comedia (_Se sienta_), que no he tenido rato peor muchos meses há.

D. ANTONIO.--Pues ¿qué ha sido ello? (_Sentándose junto á don Pedro._)

D. PEDRO.--¡Qué ha de ser! que he tenido que sufrir (gracias á la recomendación de usted) casi todo el primer acto, y por añadidura una tonadilla insípida y desvergonzada, como es costumbre. Hallé la ocasión de escapar, y la aproveché.

D. ANTONIO.--¿Y qué tenemos en cuanto al mérito de la pieza?