Part 6
PIPÍ.--Y las demás que van saliendo cada día tampoco las tendrán: ¿no es verdad usted?
D. ANTONIO.--Tampoco. ¿Para qué? No faltaba otra cosa, sino que para hacer una comedia se gastaran reglas. No, señor.
PIPÍ.--Bien; me alegro. Dios quiera que pegue la de hoy, y luégo verá usted cuántas escribe el bueno de don Eleuterio. Porque, lo que él dice: si yo me pudiera ajustar con los cómicos á jornal, entonces... ¡ya se ve! mire usted si con un buen situado podía él...
D. ANTONIO.--Cierto. (_Ap._ ¡Qué simplicidad!)
PIPÍ.--Entonces escribiría. ¡Qué! todos los meses sacaría dos ó tres comedias. Como es tan hábil...
D. ANTONIO.--¿Conque es muy hábil, eh?
PIPÍ.--¡Toma! Poquito le quiere el segundo barba; y si en él consistiera, ya se hubieran echado las cuatro ó cinco comedias que tiene escritas; pero no han querido los otros; y ya se ve, como ellos lo pagan... En diciendo: no nos ha gustado, ó así, andar ¡qué diantres! Y luégo, como ellos saben lo que es bueno; y en fin, mire usted si ellos... ¿No es verdad?
D. ANTONIO.--Pues ya.
PIPÍ.--Pero deje usted, que aunque es la primera que le representan, me parece á mí que ha de dar golpe.
D. ANTONIO.--¿Conque es la primera?
PIPÍ.--La primera. ¡Si es mozo todavía! Yo me acuerdo... Habrá cuatro ó cinco años que estaba de escribiente ahí, en esa lotería de la esquina, y le iba muy ricamente; pero como después se hizo paje, y el amo se le murió á lo mejor, y él se había casado de secreto con la doncella, y tenían ya dos criaturas, y después le han nacido otras dos ó tres; viéndose él así, sin oficio ni beneficio, ni pariente ni habiente, ha cogido y se ha hecho poeta.
D. ANTONIO.--Y ha hecho muy bien.
PIPÍ.--¡Pues ya se ve! lo que él dice: si me sopla la musa, puedo ganar un pedazo de pan para mantener aquellos angelitos, y así ir trampeando hasta que Dios quiera abrir camino.
ESCENA II.
DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. PEDRO.--Café.
(_Don Pedro se sienta junto á una mesa distante de don Antonio: Pipí le servirá el café._)
PIPÍ.--Al instante.
D. ANTONIO.--No me ha visto.
PIPÍ.--¿Con leche?
D. PEDRO.--No... Basta.
PIPÍ.--¿Quién es este?
(_Al retirarse después de haber servido el café á don Pedro._)
D. ANTONIO.--Este es don Pedro de Aguilar, hombre muy rico, generoso, honrado, de mucho talento; pero de un carácter tan ingenuo, tan serio, y tan duro, que le hace intratable á cuántos no son sus amigos.
PIPÍ.--Le veo venir aquí algunas veces, pero nunca habla, siempre está de mal humor.
ESCENA III.
DON SERAPIO, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. SERAPIO.--¡Pero, hombre, dejarnos así!
(_Bajando la escalera, salen por la puerta del foro._)
D. ELEUTERIO.--Si se lo he dicho á usted ya. La tonadilla que han puesto á mi función no vale nada, la van á silbar, y quiero concluir esta mía para que la canten mañana.
D. SERAPIO.--¿Mañana? ¿Conque mañana se ha de cantar, y aún no están hechas ni letra ni música?
D. ELEUTERIO.--Y aun esta tarde pudieran cantarla, si usted me apura. ¿Qué dificultad? Ocho ó diez versos de introducción, diciendo que callen y atiendan, y chitito. Después unas cuantas coplillas del mercader que hurta, el peluquero que lleva papeles, la niña que está opilada, el cadete que se baldó en el portal, cuatro equivoquillos, etc.; y luégo se concluye con seguidillas de la tempestad, el canario, la pastorcilla y el arroyito. La música ya se sabe cuál ha de ser: la que se pone en todas; se añade ó se quita un par de gorgoritos, y estamos al cabo de la calle.
D. SERAPIO.--¡El diantre es usted, hombre! todo se lo halla hecho.
D. ELEUTERIO.--Voy, voy á ver si la concluyo; falta muy poco. Súbase usted.
(_Don Eleuterio se sienta junto á una mesa inmediata al foro; saca de la faltriquera papel y tintero, y escribe._)
D. SERAPIO.--Voy allá; pero...
D. ELEUTERIO.--Sí, sí, váyase usted; y si quieren más licor, que lo suba el mozo.
D. SERAPIO.--Sí, siempre será bueno que lleven un par de frasquillos más. Pipí.
PIPÍ.--¡Señor!
D. SERAPIO.--Palabra.
(_Don Serapio habla en secreto á Pipí, y vuelve á irse por la puerta del foro; Pipí toma del aparador unos frasquillos, y se va por la misma parte._)
D. ANTONIO.--¿Cómo va, amigo don Pedro?
(_Don Antonio se sienta cerca de don Pedro._)
D. PEDRO.--¡Oh, señor don Antonio! No había reparado en usted. Va bien.
D. ANTONIO.--¿Usted á estas horas por aquí? Se me hace extraño.
D. PEDRO.--En efecto lo es; pero he comido ahí cerca. Á fin de mesa se armó una disputa entre dos literatos que apenas saben leer; dijeron mil despropósitos, me fastidié, y me vine.
D. ANTONIO.--Pues; con ese genio tan raro que usted tiene, se ve precisado á vivir como un ermitaño en medio de la corte.
D. PEDRO.--No por cierto. Yo soy el primero en los espectáculos, en los paseos, en las diversiones públicas; alterno los placeres con el estudio; tengo pocos, pero buenos amigos y á ellos debo los más felices instantes de mi vida. Si en las concurrencias particulares soy raro algunas veces, siento serlo; pero, ¿qué le he hacer? Yo no quiero mentir, ni puedo disimular; y creo que el decir la verdad francamente es la prenda más digna de un hombre de bien.
D. ANTONIO.--Sí; pero cuando la verdad es dura á quien ha de oirla, ¿qué hace usted?
D. PEDRO.--Callo.
D. ANTONIO.--¿Y si el silencio de usted le hace sospechoso?
D. PEDRO.--Me voy.
D. ANTONIO.--No siempre puede uno dejar el puesto, y entonces...
D. PEDRO.--Entonces digo la verdad.
D. ANTONIO.--Aquí mismo he oído hablar muchas veces de usted. Todos aprecian su talento, su instrucción y su probidad, pero no dejan de extrañar la aspereza de su carácter.
D. PEDRO.--¿Y por qué? Porque no vengo á predicar al café; porque no vierto por la noche lo que leí por la mañana; porque no disputo, ni ostento erudición ridícula, como tres, ó cuatro, ó diez pedantes que vienen aquí á perder el día, y á excitar la admiración de los tontos y la risa de los hombres de juicio. ¿Por eso me llaman áspero y extravagante? Poco me importa. Yo me hallo bien con la opinión que he seguido hasta aquí, de que en un café jamás debe hablar en público el que sea prudente.
D. ANTONIO.--Pues ¿qué debe hacer?
D. PEDRO.--Tomar café.
D. ANTONIO.--¡Viva! Pero hablando de otra cosa, ¿qué plan tiene usted para esta tarde?
D. PEDRO.--Á la comedia.
D. ANTONIO.--¿Supongo que irá usted á ver la pieza nueva?
D. PEDRO.--Qué ¿han mudado? Ya no voy.
D. ANTONIO.--Pero, ¿por qué? Vea usted sus rarezas.
(_Pipí sale por la puerta del foro con salvilla, copas y frasquillos, que dejará sobre el mostrador._)
D. PEDRO.--¿Y usted me pregunta por qué? ¿Hay más que ver la lista de las comedias nuevas que se representan cada año, para inferir los motivos que tendré de no ver la de esta tarde?
D. ELEUTERIO.--¡Hola! Parece que hablan de mi función.
(_Escuchando la conversación de don Antonio y don Pedro._)
D. ANTONIO.--De suerte, que ó es buena, ó es mala. Si es buena, se admira y se aplaude; si por el contrario está llena de sandeces, se ríe uno, se pasa el rato, y tal vez...
D. PEDRO.--Tal vez me han dado impulsos de tirar al teatro el sombrero, el bastón y el asiento, si hubiera podido. Á mí me irrita lo que á usted le divierte. (_Guarda don Eleuterio papel y tintero; se levanta, y se va acercando poco á poco, hasta ponerse en medio de los dos._) Yo no sé; usted tiene talento y la instrucción necesaria para no equivocarse en materias de literatura; pero usted es el protector nato de todas las ridiculeces. Al paso que conoce usted y elogia las bellezas de una obra de mérito, no se detiene en dar iguales aplausos á lo más disparatado y absurdo; y con una rociada de pullas, chufletas é ironías, hace usted creer al mayor idiota que es un prodigio de habilidad. Ya se ve, usted dirá que se divierte; pero, amigo...
D. ANTONIO.--Sí, señor, que me divierto. Y por otra parte, ¿no sería cosa cruel ir repartiendo por ahí desengaños amargos á ciertos hombres cuya felicidad estriba en su propia ignorancia? ¿Ni cómo es posible persuadirles?...
D. ELEUTERIO.--No, pues... Con permiso de ustedes. La función de esta tarde es muy bonita, seguramente; bien puede usted ir á verla, que yo le doy mi palabra de que le ha de gustar.
D. ANTONIO.--¿Es este el autor?
(_Don Antonio se levanta, y después de la pregunta que hace á Pipí, vuelve á hablar con don Eleuterio_.)
PIPÍ.--El mismo.
D. ANTONIO.--¿Y de quién es? ¿Se sabe?
D. ELEUTERIO.--Señor, es de un sujeto bien nacido, muy aplicado, de buen ingenio, que empieza ahora la carrera cómica; bien que el pobrecillo no tiene protección.
D. PEDRO.--Si es esta la primera pieza que da al teatro, aún no puede quejarse; si ella es buena, agradará necesariamente, y un gobierno ilustrado como el nuestro, que sabe cuánto interesan á una nación los progresos de la literatura, no dejará sin premio á cualquiera hombre de talento que sobresalga en un género tan difícil.
D. ELEUTERIO.--Todo eso va bien; pero lo cierto es que el sujeto tendrá que contentarse con sus quince doblones que le darán los cómicos (si la comedia gusta), y muchas gracias.
DON ANTONIO.--¿Quince? Pues yo creí que eran veinte y cinco.
D. ELEUTERIO.--No, señor; ahora en tiempo de calor no se da más. Si fuera por el invierno, entonces...
D. ANTONIO.--¡Calle! ¿Conque en empezando á helar valen más las comedias? Lo mismo sucede con los besugos.
(_Don Antonio se pasea. Don Eleuterio unas veces le dirige la palabra y otras se vuelve hacia don Pedro, que no le contesta ni le mira. Vuelve á hablar con don Antonio, parándose ó siguiéndole; lo cual formará juego de teatro._)
D. ELEUTERIO.--Pues mire usted, aun con ser tan poco lo que dan, el autor se ajustaría de buena gana para hacer por el precio todas las funciones que necesitase la compañía; pero hay muchas envidias. Unos favorecen á éste, otros á aquél, y es menester una tecla para mantenerse en la gracia de los primeros vocales, que... ¡Ya, ya! Y luégo, como son tantos á escribir, y cada uno procura despachar su género, entran los empeños, las gratificaciones, las rebajas... Ahora mismo acaba de llegar un estudiante gallego con unas alforjas llenas de piezas manuscritas: comedias, follas, zarzuelas, dramas, melodramas, loas, sainetes... ¿Qué sé yo cuánta ensalada trae allí? Y anda solicitando que los cómicos le compren todo el surtido, y da cada obra á trescientos reales una con otra. ¡Ya se ve! ¿Quién ha de poder competir con un hombre que trabaja tan barato?
D. ANTONIO.--Es verdad, amigo. Ese estudiante gallego hará malísima obra á los autores de la corte.
D. ELEUTERIO.--Malísima. Ya ve usted cómo están los comestibles.
D. ANTONIO.--Cierto.
D. ELEUTERIO.--Lo que cuesta un mal vestido que uno se haga.
D. ANTONIO.--En efecto.
D. ELEUTERIO.--El cuarto.
D. ANTONIO.--¡Oh! sí, el cuarto. Los caseros son crueles.
D. ELEUTERIO.--Y si hay familia...
D. ANTONIO.--No hay duda; si hay familia es cosa terrible.
D. ELEUTERIO.--Vaya usted á competir con el otro tuno, que con seis cuartos de callos y medio pan tiene el gasto hecho.
D. ANTONIO.--¿Y qué remedio? Ahí no hay más sino arrimar el hombro al trabajo, escribir buenas piezas, darlas muy baratas, que se presenten, que aturdan al público, y ver si se puede dar con el gallego en tierra. Bien que la de esta tarde es excelente, y para mí tengo que...
D. ELEUTERIO.--¿La ha leído usted?
D. ANTONIO.--No por cierto.
D. PEDRO.--¿La han impreso?
D. ELEUTERIO.--Sí, señor. ¿Pues no se había de imprimir?
D. PEDRO.--Mal hecho. Mientras no sufra el examen del público en el teatro, está muy expuesta; y sobre todo, es demasiada confianza en un autor novel.
D. ANTONIO.--¡Qué! No, señor. Si le digo á usted que es cosa muy buena. ¿Y dónde se vende?
D. ELEUTERIO.--Se vende en los puestos del _Diario_, en la librería de Pérez, en la de Izquierdo, en la de Gil, en la de Zurita, y en el puesto de los cobradores á la entrada del coliseo. Se vende también en la tienda de vinos de la calle del Pez, en la del herbolario de la calle Ancha, en la jabonería de la calle del Lobo, en la...
D. PEDRO.--¿Se acabará esta tarde esa relación?
D. ELEUTERIO.--Como el señor preguntaba...
D. PEDRO.--Pero no preguntaba tanto. ¡Si no hay paciencia!
D. ANTONIO.--Pues la he de comprar, no tiene remedio.
PIPÍ.--Si yo tuviera dos reales. ¡Voto va!
D. ELEUTERIO.--Véala usted aquí.
(_Saca una comedia impresa, y se la da á don Antonio._)
D. ANTONIO.--¡Oiga! es esta. Á ver. Y ha puesto su nombre. Bien, así me gusta; con eso la posteridad no se andará dando de calabazadas por averiguar la gracia del autor. (_Lee don Antonio._) POR DON ELEUTERIO CRISPÍN DE ANDORRA... «Salen el emperador Leopoldo, el rey de Polonia y Federico senescal, vestidos de gala, con acompañamiento de damas y magnates, y una brigada de húsares á caballo.» ¡Soberbia entrada! «Y dice el emperador:
Ya sabéis, vasallos míos, que habrá dos meses y medio que el turco puso á Viena con sus tropas el asedio, y que para resistirle unimos nuestros denuedos, dando nuestros nobles bríos, en repetidos encuentros, las pruebas más relevantes de nuestros invictos pechos.»
¡Qué estilo tiene! ¡Cáspita! ¡Qué bien pone la pluma el pícaro!
«Bien conozco que la falta del necesario alimento ha sido tal, que rendidos de la hambre á los esfuerzos, hemos comido ratones, sapos y sucios insectos.»
D. ELEUTERIO.--¿Qué tal? ¿No le parece á usted bien?
(_Hablando á don Pedro_.)
D. PEDRO.--¡Eh! á mí, qué...
D. ELEUTERIO.--Me alegro que le guste á usted. Pero no; donde hay un paso muy fuerte es al principio del segundo acto. Búsquele usted... ahí... por ahí ha de estar. Cuando la dama se cae muerta de hambre.
D. ANTONIO.--¿Muerta?
D. ELEUTERIO.--Sí, señor, muerta.
D. ANTONIO.--¡Qué situación tan cómica! Y estas exclamaciones que hace aquí, ¿contra quién son?
D. ELEUTERIO.--Contra el visir, que la tuvo seis días sin comer, porque ella no quería ser su concubina.
D. ANTONIO.--¡Pobrecita! ¡Ya se ve! El visir sería un bruto.
D. ELEUTERIO.--Sí, señor.
D. ANTONIO.--Hombre arrebatado, ¿eh?
D. ELEUTERIO.--Sí, señor.
D. ANTONIO.--Lascivo como un mico, feote de cara; ¿es verdad?
D. ELEUTERIO.--Cierto.
D. ANTONIO.--Alto, moreno, un poco bizco, grandes bigotes.
D. ELEUTERIO.--Sí, señor, sí. Lo mismo me le he figurado yo.
D. ANTONIO.--¡Enorme animal! Pues no, la dama no se muerde la lengua. ¡No es cosa cómo le pone! Oiga usted, don Pedro.
D. PEDRO.--No, por Dios; no lo lea usted.
D. ELEUTERIO.--Es que es uno de los pedazos más terribles de la comedia.
D. PEDRO.--Con todo eso.
D. ELEUTERIO.--Lleno de fuego.
D. PEDRO.--Ya.
D. ELEUTERIO.--Buena versificación.
D. PEDRO.--No importa.
D. ELEUTERIO.--Que alborotará en el teatro, si la dama lo esfuerza.
D. PEDRO.--Hombre, si he dicho ya que...
D. ANTONIO.--Pero á lo menos, el final del acto segundo es menester oirle.
(_Lee don Antonio, y al acabar da la comedia á don Eleuterio._)
_Emperador._ Y en tanto que mis recelos...
_Visir._ Y mientras mis esperanzas...
_Senescal._ Y hasta que mis enemigos...
_Emperador._ Averiguo.
_Visir._ Logre.
_Senescal._ Caigan.
_Emperador._ Rencores, dadme favor.
_Visir._ No me dejes, tolerancia.
_Senescal._ Denuedo, asiste á mi brazo.
_Todos._ Para que admire la patria el más generoso ardid y la más tremenda hazaña.
D. PEDRO.--Vamos; no hay quien pueda sufrir tanto disparate.
(_Se levanta impaciente, en ademán de irse._)
D. ELEUTERIO.--¿Disparates los llama usted?
D. PEDRO.--¿Pues no?
(_Don Antonio observa á don Eleuterio y á don Pedro y se ríe de entrambos._)
D. ELEUTERIO.--¡Vaya, que es también demasiado! ¡Disparates! ¡Pues no, no los llaman disparates los hombres inteligentes que han leído la comedia! Cierto que me ha chocado. ¡Disparates! Y no se ve otra cosa en el teatro todos los días, y siempre gusta, y siempre lo aplauden á rabiar.
D. PEDRO.--¿Y esto se representa en una nación culta?
D. ELEUTERIO.--¡Cuenta, que me ha dejado contento la expresión! ¡Disparates!
D. PEDRO.--¿Y esto se imprime, para que los extranjeros se burlen de nosotros?
D. ELEUTERIO.--¡Llamar disparates á una especie de coro entre el emperador, el visir y el senescal! Yo no sé qué quieren estas gentes. Si hoy día no se puede escribir nada, nada que no se muerda y se censure. ¡Disparates! ¡Cuidado que!...
PIPÍ.--No haga usted caso.
D. ELEUTERIO (_Hablando con Pipí hasta el fin de la escena_).--Yo no hago caso; pero me enfada que hablen así. Figúrate tú si la conclusión puede ser más natural, ni más ingeniosa. El emperador está lleno de miedo, por un papel que se ha encontrado en el suelo sin firma ni sobrescrito, en que se trata de matarle. El visir está rabiando por gozar de la hermosura de Margarita, hija del conde de Strambangaum, que es el traidor...
PIPÍ.--¡Calle! ¡Hay traidor también! ¡Cómo me gustan á mi las comedias en que hay traidor!
D. ELEUTERIO.--Pues, como digo, el visir está loco de amores por ella; el senescal, que es hombre de bien si los hay, no las tiene todas consigo, porque sabe que el conde anda tras de quitarle el empleo, y continuamente lleva chismes al emperador contra él; de modo, que como cada uno de estos tres personajes está ocupado en su asunto, habla de ello, y no hay cosa más natural.
(_Lee don Eleuterio; lo suspende, se guarda la comedia._)
Y en tanto que mis recelos... y mientras mis esperanzas... y hasta que mis...
¡Ah, señor don Hermógenes! ¡á qué buena ocasión llega usted!
(_Sale don Hermógenes por la puerta del foro._)
ESCENA IV.
DON HERMÓGENES, DON ELEUTERIO, DON PEDRO, DON ANTONIO, PIPÍ.
D. HERMÓGENES.--Buenas tardes, señores.
D. PEDRO.--Á la orden de usted.
D. ANTONIO.--Felicísimas, amigo don Hermógenes.
D. ELEUTERIO.--Digo, me parece que el señor don Hermógenes será juez muy abonado (_D. Pedro se acerca á la mesa en que está el_ Diario; _lee para sí, y á veces presta atención á lo que hablan los demás_) para decidir la cuestión que se trata: todo el mundo sabe su instrucción y lo que ha trabajado en los papeles periódicos, las traducciones que ha hecho del francés, sus actos literarios, y sobre todo, la escrupulosidad y el rigor con que censura las obras agenas. Pues yo quiero que nos diga...
D. HERMÓGENES.--Usted me confunde con elogios que no merezco, señor don Eleuterio. Usted sólo es acreedor á toda alabanza, por haber llegado en su edad juvenil al pináculo del saber. Su ingenio de usted, el más ameno de nuestros días, su profunda erudición, su delicado gusto en el arte rítmica, su...
D. ELEUTERIO.--Vaya, dejemos eso.
D. HERMÓGENES.--Su docilidad, su moderación...
D. ELEUTERIO.--Bien; pero aquí se trata solamente de saber si...
D. HERMÓGENES.--Estas prendas sí que merecen admiración y encomio.
D. ELEUTERIO.--Ya, eso sí; pero díganos usted lisa y llanamente si la comedia que hoy se representa es disparatada ó no.
D. HERMÓGENES.--¿Disparatada? ¿Y quién ha prorumpido en un aserto tan?...
D. ELEUTERIO.--Eso no hace al caso. Díganos usted lo que le parece y nada más.
D. HERMÓGENES.--Sí diré; pero antes de todo conviene saber que el poema dramático admite dos géneros de fábula. _Sunt autem fabulæ, aliæ simplices, aliæ implexæ._ Es doctrina de Aristóteles. Pero lo diré en griego para mayor claridad. _Eisi de ton mython oi men aploi oi de peplegmenoi. Cai gar ai praxeis..._
D. ELEUTERIO.--Hombre; pero si...
D. ANTONIO (_Siéntase en una silla, haciendo esfuerzos para contener la risa_).--Yo reviento.
D. HERMÓGENES.--_Cai gar ai praxeis on mimeseis oi..._
D. ELEUTERIO.--Pero...
D. HERMÓGENES.--_Mythoi eisin yparchousin._
D. ELEUTERIO.--Pero si no es eso lo que á usted se le pregunta.
D. HERMÓGENES.--Ya estoy en la cuestión. Bien que, para la mejor inteligencia, convendría explicar lo que los críticos entienden por prótasis, epítasis, catástasis, catástrofe, peripecia, agnición, ó anagnórisis, partes necesarias á toda buena comedia, y que según Escalígero, Vossio, Dacier, Marmontel, Castelvetro y Daniel Heinsio...
D. ELEUTERIO.--Bien, todo eso es admirable; pero...
D. PEDRO.--Este hombre es loco.
D. HERMÓGENES.--Si consideramos el origen del teatro, hallaremos que los megareos, los sículos y los atenienses...
D. ELEUTERIO.--Don Hermógenes, por amor de Dios, si no...
D. HERMÓGENES.--Véanse los dramas griegos, y hallaremos que Anaxipo, Anaxándrides, Eúpolis, Antíphanes, Philípides, Cratino, Crates, Epicrates, Menecrates y Pherecrates...
D. ELEUTERIO.--Si le he dicho á usted que...
D. HERMÓGENES.--Y los más celebérrimos dramaturgos de la edad pretérita, todos, todos convinieron _nemine discrepante_ en que la prótasis debe preceder á la catástrofe necesariamente. Es así que la comedia del _Cerco de Viena_...
D. PEDRO.--Adios, señores.
(_Se encamina hacia la puerta. Don Antonio se levanta y procura detenerle._)
D. ANTONIO.--¿Se va usted, don Pedro?
D. PEDRO.--¿Pues quién, sino usted, tendrá frescura para oir eso?
D. ANTONIO.--Pero si el amigo don Hermógenes nos va á probar con la autoridad de Hipócrates y Martín Lutero que la pieza consabida, lejos de ser un desatino...
D. HERMÓGENES.--Ese es mi intento: probar que es un acéfalo incipiente cualquiera que haya dicho que la tal comedia contiene irregularidades absurdas; y yo aseguro que delante de mí ninguno se hubiera atrevido á propalar tal aserción.
D. PEDRO.--Pues yo delante de usted la propalo, y le digo, que por lo que el señor ha leído de ella, y por ser usted el que la abona, infiero que ha de ser cosa detestable; que su autor será un hombre sin principios ni talento, y que usted es un erudito á la violeta, presumido y fastidioso hasta no más. Adios, señores.
(_Hace que se va, y vuelve._)
D. ELEUTERIO.--(_Señalando á don Antonio._) Pues á este caballero le ha parecido muy bien lo que ha visto de ella.
D. PEDRO.--Á ese caballero le ha parecido muy mal; pero es hombre de buen humor, y gusta de divertirse. Á mí me lastima en verdad la suerte de estos escritores, que entontecen al vulgo con obras tan desatinadas y monstruosas, dictadas más que por el ingenio por la necesidad ó la presunción. Yo no conozco al autor de esa comedia, ni sé quién es; pero si ustedes, como parece, son amigos suyos, díganle en caridad que se deje de escribir tales desvaríos; que aún está á tiempo, puesto que es la primera obra que publica; que no le engañe el mal ejemplo de los que deliran á destajo; que siga otra carrera, en que por medio de un trabajo honesto podrá socorrer sus necesidades y asistir á su familia, si la tiene. Díganle ustedes que el teatro español tiene de sobra autorcillos chanflones que le abastezcan de mamarrachos; que lo que necesita es una reforma fundamental en todas sus partes; y que mientras esta no se verifique, los buenos ingenios que tiene la nación, ó no harán nada, ó harán lo que únicamente baste para manifestar que saben escribir con acierto, y que no quieren escribir.
D. HERMÓGENES.--Bien dice Séneca en su epístola diez y ocho, que...
D. PEDRO.--Séneca dice en todas sus epístolas, que usted es un pedantón ridículo, á quien yo no puedo aguantar. Adios, señores.
ESCENA V.
DON ANTONIO, DON ELEUTERIO, DON HERMÓGENES, PIPÍ.
D. HERMÓGENES.--¿Yo pedantón? (_Encarándose hacia la puerta por donde se fué don Pedro. Don Eleuterio se pasea inquieto por el teatro._) ¿Yo, que he compuesto siete prolusiones greco-latinas sobre los puntos más delicados del derecho?
D. ELEUTERIO.--¿Lo que él entenderá de comedias, cuando dice que la conclusión del segundo acto es mala?
D. HERMÓGENES.--Él será el pedantón.
D. ELEUTERIO.--¿Hablar así de una pieza que ha de durar lo menos quince días? Y si empieza á llover...
D. HERMÓGENES.--Yo estoy graduado en leyes, y soy opositor á cátedras, y soy académico, y no he querido ser dómine de Pioz.
D. ANTONIO.--Nadie pone duda en el mérito de usted, señor don Hermógenes, nadie; pero esto ya se acabó, y no es cosa de acalorarse.
D. ELEUTERIO.--Pues la comedia ha de gustar, mal que le pese.