Part 5
_Entre personas particulares._ Como el poeta cómico se propone por objeto la instrucción común, ofreciendo á vista del público pinturas verisímiles de lo que sucede ordinariamente en la vida civil, para apoyar con el ejemplo la doctrina y las máximas que trata de imprimir en el ánimo de los oyentes, debe apartarse de todos los extremos de sublimidad, de horror, de maravilla y de bajeza. Busque en la clase media de la sociedad los argumentos, los personajes, los caracteres, las pasiones y el estilo en que debe expresarlas. No usurpe á la tragedia sus grandes intereses, su perturbación terrible, sus furores heróicos. No trate de pintar en privados individuos delitos atroces que por fortuna no son comunes, ni aunque lo fuesen pertenecerían á la buena comedia, que censura riendo. No siga el gusto depravado de las novelas, amontonando accidentes prodigiosos para excitar el interés por medio de ficciones absurdas de lo que no ha sucedido jamás ni es posible que nunca suceda. No se deleite en hermosear con matices lisonjeros las costumbres de un populacho soez, sus errores, su miseria, su destemplanza, su insolente abandono. Las leyes protectoras y represivas verificarán la enmienda que pide tanta corrupción; el poeta ni debe adularla, ni puede corregirla.
_La oportuna expresión de afectos y caracteres_ se hace tan indispensable en la comedia, que sin ellos queda imperfectísima la imitación, y si en todos los hombres existe una fisonomía y un genio que los particulariza y los distingue, mal acierta á imitarlos el que los iguala en la escena, y á todos los hace sentir, discurrir y obrar de una manera idéntica. Este defecto, que abunda en las comedias de nuestro antiguo teatro, y es muy frecuente en las modernas de otras naciones, no se disimula ni con los rasgos delicados del ingenio, ni con la abundancia de chistes epigramáticos, ni con la pureza del lenguaje, ni con la cultura del estilo, ni con la fluidez sonora de los versos; si no hay oportuna expresión de afectos y caracteres, todo es perdido. El arte de escogerlos y de combinarlos, y el de preparar las situaciones para que naturalmente se desenvuelvan, ofrece no pequeñas dificultades á un poeta cómico.
_Resultan puestos en ridículo los vicios y errores comunes en la sociedad_ mediante la disposición de la fábula y la expresión de los caracteres. En cuanto á estos, conviene que algunos sean ridículos, pero todos no, porque sin esta contraposición no aparecería la deformidad en toda su luz, ni existiría la necesaria degradación en las figuras, que tocadas con diferente fuerza deben quedar subalternas á la que se presenta como principal. Los defectos meramente físicos, involuntarios y de posible enmienda, no deben ser objeto primario de la burla, si bien muchas veces se introducen como medios auxiliares para completar la pintura del vicio que se trata de corregir. Ninguna ridiculez corporal debe exponerse en el teatro á la irrisión pública, si otra moral no la acompaña. Los vicios y errores que pinta la comedia deben ser comunes, porque no siéndolo, ninguna utilidad produciría su imitación. Una extravagancia, que rara vez se verifique en algún individuo, no puede servir para enseñanza de la multitud, que podría exclamar indignada contra el poeta: «Erraste el objeto de corrección que te proponías; nadie de nosotros adolece del vicio que pintas, ni conocemos á ninguno que le tenga.»
Debe pues ceñirse la buena comedia á presentar aquellos frecuentes extravíos que nacen de la índole y particular disposición de los hombres, de la absoluta ignorancia, de los errores adquiridos en la educación ó en el trato, de la multitud de las leyes contradictorias, feroces, inútiles ó absurdas, del abuso de la autoridad doméstica y de las falsas máximas que la dirigen, de las preocupaciones vulgares ó religiosas ó políticas, del espíritu de corporación, de clase ó paisanaje, de la costumbre, de la pereza, del orgullo, del ejemplo, del interés personal; de un conjunto de circunstancias, de afectos y de opiniones que producen efectivamente vicios y desórdenes capaces de turbar la armonía, la decencia, el placer social, y causar perjudiciales consecuencias al interés privado y al público.
_Recomendadas por consiguiente la verdad y virtud_ en la fábula cómica, mediante la censura de los vicios del entendimiento y del corazón, desempeñará el poeta el objeto de utilidad general que debió proponerse. Enseña la verdad, cuando apoyada su doctrina en los conocimientos de la física, en el exacto raciocinio de la filosofía, que preside á las ciencias, en los sucesos que eterniza la historia, en la crítica y buen gusto de la literatura y de las artes, rectifica los errores adquiridos en la enseñanza de malos estudios, ó en el ejemplo de personas preocupadas ó estúpidas; y el pueblo, á quien habitualmente rodea espesa nube de ignorancia, halla en el teatro la única escuela abierta para él, donde se le desengaña sin castigarle, y se le ilustra cuando se le divierte.
En la comedia se recomienda la virtud haciéndola amable, como efectivamente lo es; pintando en otros hombres pasiones generosas ó tiernas, que haciéndolos superiores á todo otro interés menos laudable, los determinan á proceder en las varias combinaciones de la vida según los principios de la justicia, de la prudencia, de la humanidad y del honor lo piden. Cuantos vicios risibles infestan la sociedad, otros tantos descubre la comedia para inducirnos á conocerlos y evitarlos, al mismo tiempo que nos acuerda las obligaciones que debemos desempeñar en el trato del mundo para evitar los peligros que á cada paso nos presenta, para merecer por una conducta irreprensible la estimación y el amor de los buenos, para hallar en el testimonio de nuestra conciencia el más poderoso consuelo, la más segura protección contra los accidentes de la fortuna ó la injusticia de los hombres.
Tales fueron los principios generales que Moratín creyó convenir al teatro cómico; pero debía pasar más adelante el que tomaba sobre sí el empeño de reformar el nuestro. Su propia observación le dió á conocer que si el arte es suficiente para evitar el error, no basta él solo para producir los aciertos: éstos nacen de otro origen; no los aprende el poeta, los halla en sí: no los adquiere á fuerza de instrucción, la naturaleza se los da. Expliquen los que hayan llegado á saberlo, cuál sea la causa de que en unos individuos sí, y en otros no, se hallen facultades tan diferentes, que hacen imposible á éstos lo que aquellos encuentran fácil y genial; baste la persuasión de que efectivamente reside en determinados sujetos una peculiar aptitud mental, que les hace percibir lo que para otros muchos, dotados á lo que parece de la misma disposición orgánica, permanece ignorado y oculto. Este sentido, este particular instinto (si algún nombre ha de dársele) es el que ha producido hasta ahora los eminentes profesores en las artes de imitación. Á él se deben la _Venus_ de Médicis y el _Apolo_ de Belvedere; Velázquez, guiado por él, supo pintar el aire; por él Molière halló el verdadero carácter de la comedia; por él Rossini en sus inesperadas combinaciones armónicas añade á la música nuevos encantos. Si esta facultad creadora existió en Moratín para dar á sus composiciones dramáticas aquella facilidad difícil, aquella fuerza de expresión, aquel espíritu de vida, aquella constante apariencia de verdad, sin la cual nada es tolerable en la escena, la posteridad justa sabrá decidirlo.
En el éxito que tuvieron sus obras cómicas, representadas y leídas, vió logrado el fin que se propuso al componerlas. Dió en ellas el ejemplo práctico de que la observancia de las reglas asegura el acierto, si el talento las acompaña; y que el arte dramática, como todas las demás, resulta de principios certísimos é inalterables, sin cuyo conocimiento los mejores ingenios se precipitan y se malogran. Quiso imitar el atrevimiento laudable de Corneille y de Molière, que haciéndose superiores á las ideas comunes de su siglo, crearon la tragedia y la comedia en Francia. No pactó con los errores vulgares; no aspiró á una celebridad fácil de adquirir; quiso dar á su nación modelos dignos de ser imitados por los que sigan después tan arduo camino, y si no bastó su talento á igualar deseos tan generosos, merece á lo menos la gloria de haberlo intentado. Cuando haya en España buenos estudios; cuando el teatro merezca la atención del gobierno; cuando se propague el amor á las letras en razón del premio y el honor que logren; cuando cese de ser delito el saber, entonces (y sólo entonces) llevarán otros adelante la importante reforma que él empezó.
Quiso también desmentir de una manera victoriosa las equivocaciones en que han incurrido no pocos extranjeros que han escrito acerca de nuestro teatro, creyendo hallar en el carácter nacional las causas de su corrupción, acumulando errores sobre este supuesto, copiándose unos á otros, y obstinándose en decidir magistralmente sobre el mérito científico de una nación, sin conocer la historia de su literatura, sus costumbres ni su lengua, sin querer preguntar jamás lo que ignoran á los únicos que les pudieran instruir.
Cuando hablan del teatro español exageran su irregularidad, el espíritu caballeresco que le domina, los caracteres fantásticos, el enredo complicado, los incidentes imposibles de que se componen sus fábulas, escritas, á lo que ellos dicen, con estilo oriental, ditirámbico, erizado de metáforas, equívocos y sutilezas, redundante, hinchado, tenebroso, _ampullas et sexquipedalia verba_. Tal es la pintura que hacen de él; y confundiendo las épocas en razón de su mucha ignorancia, han atribuído y atribuyen á los españoles que hoy viven el mismo depravado gusto que reinaba dos siglos há. Nos echan en cara nuestra decidida inclinación á los autos sacramentales, y el placer con que vemos imitados en acción dramática los misterios de la religión, olvidándose de que hace ya setenta años que no se representan tales dramas en ninguno de los teatros de España. Nos citan una comedia de _San Amaro_, cuya acción dura doscientos años, y un auto que acaba con el _Ite missa est_: y no añaden que no hay un solo español ni extranjero que haya visto jamás en nuestra escena la representación de tal comedia ni de tal auto.
¿Qué dirían si juzgásemos el teatro francés por sus antiguas moralidades y sus misterios? ¿ó si para apreciar el talento cómico de Molière les citáramos el saco de Scapin, la transformación de M. Jourdain en Mamaouchi, los cuernos de Sganarelle, el aguavá de Trufaldin, la materia copiosa y laudable de Lucinda, las disposiciones de Argante y las jeringas de Pourceaugnac? ¿Qué dirían, si callando los aciertos de Goldoni, de Albergati, de Metastasio, de Monti, del terrible Alfieri, nos acordásemos únicamente de los voluntarios desatinos con que infestó el conde Gozzi los teatros de su nación? ¿si no halláramos otros ejemplares que citar que el de _Arlequín tragado por la ballena_, _Arlequín que nace de un huevo_, _El príncipe Taer convertido en piedra_, ó _La Dama serpiente_, piezas no ignoradas, como la de _San Amaro_, no sepultadas en el polvo de las bibliotecas, como nuestros autos, sino repetidas frecuentemente en las principales ciudades de Italia, en donde los que hoy viven han podido verlas no pocas veces?
Pero no sólo dan por supuesto que la escena española permanece en un extravagante desarreglo, sino que se adelantan á negarnos hasta la posibilidad de la enmienda. «Como la comedia tiene por objeto las acciones de personas inferiores y humildes, no siendo esto conforme con el carácter altivo de los españoles, puede asegurarse con verdad que la comedia nunca tuvo cabida en España.--Ningún español ha podido sujetar su talento á la unidad de lugar. No quieren los españoles salir del teatro conmovidos de ningún afecto de desprecio, de odio ó de amor: les parecería vergonzoso perder en una representación su natural indiferencia.--Como la galantería de los españoles ha sido heredada de los moros, les ha quedado á aquellos un cierto sabor de África, de que no han participado las demás naciones.» Esto dice el abate Cuadrio en su _Historia poética_. «La mezcla de bufonesco y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular agrada extremadamente á los españoles.» Esta observación es del P. Caymo, autor de la obra intitulada _El vago italiano_. «La verdadera comedia no ha sido conocida nunca de los españoles, que no saben reir sin gravedad, ni toleran en el teatro personas vulgares sino acompañadas con los héroes.» Este rasgo de crítica es del abate Bottinelli. «En la comedia aprecian siempre los españoles los enredos de Calderón, Rojas, Moreto y otros autores del mismo género, y durará este aprecio mientras sus fábulas tengan una relación general con las costumbres.--Si en España no se aplican á pintar los caracteres y ridiculeces de la sociedad, que tanto nos agradan en Molière, consiste en que de algunos siglos á esta parte la sociedad no ha dejado de ser en España lo que antes era.» Esto escribía M. La Harpe en el año de 1797.
¿Para qué citar más? El público español, aplaudiendo las comedias de Moratín, responde á tan atropelladas censuras. En España se llama comedia nacional la que pinta costumbres españolas; y el gusto dominante en la Península (como en todo lo restante de Europa) es el de ver copiados en el teatro los originales que se encuentran á cada paso en el trato común. El desarreglo no es nacional, no lo ha sido nunca en ninguna parte, á no suponer que exista una nación de estúpidos, en quienes no produce deleite la imitación de la verdad. El desarreglo es meramente accidental y transeúnte en todas partes, con más ó menos duración. Decir que en España se aprecian las comedias antiguas porque las costumbres no se han mudado, es hablar con tanto desacuerdo como si se tratara de un país remoto y casi desconocido. Precisamente por haberse mudado las costumbres, por no parecerse ya los españoles que hoy viven á los que existieron dos siglos há, las comedias escritas en aquel tiempo han decaído de la estimación que tuvieron, y desaparecerán del todo á proporción del número de piezas modernas que vaya adquiriendo el teatro. El público español, que tiene por muy nacionales las comedias de Moratín, ha visto en ellas la pintura fiel de nuestros usos y costumbres, de nuestros actuales vicios y errores. Ha visto que un español ha sabido sujetar su carácter altivo á tratar acciones domésticas, reducirlas á las temidas reglas de unidad, y aún algo más que esto. Ha visto que no hay en sus fábulas personas heróicas, ni mezcla de bufonesco y serio, de trágico y cómico, de caballeresco y popular. Ha visto que en su representación se apasionan los espectadores, lloran ó ríen, según el autor quiso que lo hiciesen, y que no les es posible conservar aquella inmovilidad de estatuas con que el bueno del abate Cuadrio nos caracteriza. Ha visto por último en las citadas piezas la observancia más rigurosa del arte, unida á muchos de los primores que se admiran en nuestro antiguo teatro, y no se dice que nadie haya percibido en ellas hasta ahora ningún sabor ni resquemo africano, oriental ni francés.
Hubo una época en que algunos jóvenes, mal instruídos en sus primeros estudios, sin conocimiento de la antigua literatura, ignorantes de su propio idioma, negándose al estudio de nuestros versificadores y prosistas (que despreciaron sin leerlos), creyeron hallar en las obras extranjeras toda la instrucción que necesitaban para satisfacer su impaciente deseo de ser autores. Hiciéronse poetas, y alteraron la sintáxis y propiedad de su lengua, creyéndola pobre, porque ni la conocían ni la quisieron aprender; sustituyeron á la frase y giro poético, que la es peculiar, locuciones peregrinas é inadmisibles; quitaron á las palabras su acepción legítima ó las dieron la que tienen en otros idiomas; inventaron á su placer, sin necesidad ni acierto, voces extravagantes que nada significan, formando un lenguaje oscuro y bárbaro, compuesto de arcaísmos, de galicismos y de neologismo ridículo. Esta novedad halló imitadores, y el daño se propagó con funesta celeridad. Por ellos dijo Capmany: «Estos bastardos españoles confunden la esterilidad de su cabeza con la de su lengua, sentenciando que no hay tal ó tal voz, porque no la hallan. ¿Y cómo la han de hallar, si no la buscan ni la saben buscar? ¿Y dónde la han de buscar, si no leen nuestros libros? ¿Y cómo los han de leer, si los desprecian? Y no teniendo hecho caudal de su inagotable tesoro, ¿cómo han de tener á mano las voces de que necesitan?»
Á la ignorancia de la lengua se añadió la del arte de componer; falta de plan poético, pobreza de ideas, redundancia de palabras, apóstrofes sin número, destemplado uso de metáforas inconexas ó absurdas, desatinada elección de adjetivos, confusión de estilos, y constante error de creer sencillo lo que es trivial, gracioso lo que es pueril, sublime lo gigantesco, enérgico lo tenebroso y enigmático. Á esto añadieron una afectación intolerable de ternura, de filantropía y de filosofismo, que deja en claro el artificio pedantesco, y prueba que tales autores carecieron igualmente de sensibilidad que de doctrina.
Si en las obras sueltas de Moratín no se advierten extravíos de igual naturaleza, no por eso pudo lisonjearse de haber llegado á la perfección, que siempre huye del anhelo con que los hombres la solicitan: nada hay perfecto. Nunca aspiró á la gloria de poeta lírico; pero compuso algunas obras en este género para desahogo de su imaginación y sus afectos, ó para corresponder agradecido á los que estimaban en algo las producciones de su pluma. Siguió en este ramo de la poesía los mejores ejemplos de la antigua y moderna literatura; cultivó su lengua con aplicación infatigable; evitó los errores que veía difundirse y aumentarse diariamente, aplaudidos por la ignorancia y la falsa crítica, y sostenidos por la autoridad, que contribuyó eficazmente á propagarlos; pero ni desconoció la distancia á que se hallaba del acierto, ni fué tan grande su amor propio que le hiciese olvidar cuán difícil es adquirir en el Parnaso dos coronas.
LA COMEDIA NUEVA
COMEDIA EN DOS ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1792
PERSONAS
DON ELEUTERIO. DOÑA AGUSTINA. DOÑA MARIQUITA. DON HERMÓGENES. DON PEDRO. DON ANTONIO. DON SERAPIO. PIPÍ.
_La escena es en un café de Madrid, inmediato á un teatro._
El teatro representa una sala con mesas, sillas y aparador de café; en el foro una puerta con escalera á la habitación principal, y otra puerta á un lado que da paso á la calle.
_La acción empieza á las cuatro de la tarde y acaba á las seis._
[Ilustración]
ACTO I.
ESCENA PRIMERA.
DON ANTONIO, PIPÍ.
(_Don Antonio sentado junto á una mesa, Pipí paseándose._)
D. ANTONIO.--Parece que se hunde el techo. Pipí.
PIPÍ.--Señor.
D. ANTONIO.--¿Qué gente hay arriba, que anda tal estrépito? ¿Son locos?
PIPÍ.--No, señor; poetas.
D. ANTONIO.--¿Cómo poetas?
PIPÍ.--Sí señor: ¡así lo fuera yo! ¡No es cosa! Y han tenido una gran comida. Burdeos, pajarete, marrasquino; ¡uh!
D. ANTONIO.--¿Y con qué motivo se hace esa francachela?
PIPÍ.--Yo no sé; pero supongo que será en celebridad de la comedia nueva que se representa esta tarde, escrita por uno de ellos.
D. ANTONIO.--¿Conque han hecho una comedia? ¡Haya picarillos!
PIPÍ.--Pues qué, ¿no lo sabía usted?
D. ANTONIO.--No por cierto.
PIPÍ.--Pues ahí está el anuncio en el _Diario_.
D. ANTONIO.--En efecto, aquí está (_Leyendo en el Diario que está sobre la mesa_): COMEDIA NUEVA INTITULADA EL GRAN CERCO DE VIENA. ¡No es cosa! Del sitio de una ciudad hacen una comedia. ¡Si son el diantre! ¡Ay, amigo Pipí! ¡cuánto más vale ser mozo de café que poeta ridículo!
PIPÍ.--Pues mire usted, la verdad, yo me alegrara de saber hacer, así, alguna cosa...
D. ANTONIO.--¿Cómo?
PIPÍ.--Así, de versos... ¡Me gustan tanto los versos!
D. ANTONIO.--¡Oh! los buenos versos son muy estimables; pero hoy día son tan pocos los que saben hacerlos, tan pocos, tan pocos...
PIPÍ.--No, pues los de arriba bien se conoce que son del arte. ¡Válgame Dios! ¡Cuántos han echado por aquella boca! Hasta las mujeres.
D. ANTONIO.--¡Oiga! ¿también las señoras decían coplillas?
PIPÍ.--¡Vaya! Allí hay una doña Agustina, que es mujer del autor de la comedia... ¡Qué! Si usted viera... Unas décimas componía de repente... No es así la otra, que en toda la mesa no ha hecho más que retozar con aquel don Hermógenes, y tirarle miguitas de pan al peluquín.
D. ANTONIO.--¿Don Hermógenes está arriba? ¡Gran pedantón!
PIPÍ.--Pues con ese se estaba jugando; y cuando la decían: «Mariquita, una copla, vaya una copla,» se hacía la vergonzosa; y por más que la estuvieron azuzando á ver si rompía, nada. Empezó una décima, y no la pudo acabar, porque decía que no encontraba el consonante; pero doña Agustina, su cuñada... ¡Oh! aquella sí. Mire usted lo que es... Ya se ve, en teniendo vena...
D. ANTONIO.--Seguramente. ¿Y quién es ese que cantaba poco há, y daba aquellos gritos tan descompasados?
PIPÍ.--¡Oh! ese es don Serapio.
D. ANTONIO.--Pero ¿qué es? ¿qué ocupación tiene?
PIPÍ.--Él es... mire usted; á él le llaman don Serapio.
D. ANTONIO.--¡Ah! sí. Ese es aquel bulle bulle que hace gestos á las cómicas, y las tira dulces á la silla cuando pasan, y va todos los días á saber quién dió cuchillada; y desde que se levanta hasta que se acuesta no cesa de hablar de la temporada de verano, la chupa del sobresaliente, y las partes de por medio.
PIPÍ.--Ese mismo. ¡Oh! ese es de los apasionados finos. Aquí se viene todas las mañanas á desayunar; y arma unas disputas con los peluqueros, que es un gusto oirle. Luégo se va allá abajo, al barrio de Jesús: se juntan cuatro amigos, hablan de comedias, altercan, ríen, fuman en los portales; don Serapio los introduce aquí y acullá hasta que da la una; se despiden, y él se va á comer con el apuntador.
D. ANTONIO.--¿Y ese don Serapio es amigo del autor de la comedia?
PIPÍ.--¡Toma! Son uña y carne. Y él ha compuesto el casamiento de doña Mariquita, la hermana del poeta, con don Hermógenes.
D. ANTONIO.--¿Qué me dices? ¿Don Hermógenes se casa?
PIPÍ.--¡Vaya si se casa! Como que parece que la boda no se ha hecho ya porque el novio no tiene un cuarto ni el poeta tampoco; pero le ha dicho que con el dinero que le dén por esta comedia, y lo que ganará en la impresión, les pondrá la casa y pagará las deudas de don Hermógenes, que parece son bastantes.
D. ANTONIO.--Sí serán. ¡Cáspita si serán! Pero, y si la comedia apesta, y por consecuencia ni se la pagan ni se vende, ¿qué harán entonces?
PIPÍ.--Entonces, ¿qué sé yo? ¡Pero qué! No, señor. Si dice don Serapio que comedia mejor no se ha visto en tablas.
D. ANTONIO.--¡Ah! Pues si don Serapio lo dice, no hay que temer. Es dinero contante, sin remedio. Figúrate tú si don Serapio y el apuntador sabrán muy bien dónde les aprieta el zapato, y cuál comedia es buena, y cuál deja de serlo.
PIPÍ.--Eso digo yo; pero á veces... Mire usted, no hay paciencia. Ayer, ¡qué! les hubiera dado con una tranca. Vinieron ahí tres ó cuatro á beber ponch, y empezaron á hablar de comedias; ¡vaya! yo no me puedo acordar de lo que decían. Para ellos no había nada bueno: ni autores, ni cómicos, ni vestidos, ni música, ni teatro. ¿Qué sé yo cuánto dijeron aquellos malditos? Y dale con el arte, el arte, la moral, y... Deje usted: las... ¿Si me acordaré? Las... ¡Válgate Dios! ¿Cómo decían? Las... las reglas... ¿Qué son las reglas?
D. ANTONIO.--Hombre, difícil es explicártelo. Reglas son unas cosas que usan allá los extranjeros, particularmente los franceses.
PIPÍ.--Pues, ya decía yo; esto no es cosa de mi tierra.
D. ANTONIO.--Sí tal: aquí también se gastan, y algunos han escrito comedias con reglas; bien que no llegarán á media docena (por mucho que se estire la cuenta), las que se han compuesto.
PIPÍ.--Pues ya se ve: mire usted, ¡reglas! No faltaba más. ¿Á que no tiene reglas la comedia de hoy?
D. ANTONIO.--¡Oh! eso yo te lo fío: bien puedes apostar ciento contra uno á que no las tiene.