Comedias escogidas

Part 3

Chapter 33,662 wordsPublic domain

Autorizado con estas libertades, compuso algunas comedias don Eugenio Gerardo Lobo, capitán de guardias españolas, que habiendo servido en las guerras de Portugal é Italia, se hizo estimable por su inteligencia y su valor, y llegó á obtener distinguidos honores en la milicia. Fácil y gracioso versificador en el género burlesco; hinchado, oscuro y retumbante en el sublime, y en uno y otro conceptista sutil, equivoquista y amigo de retruécanos miserables. Sólo hay de él dos comedias impresas: la que intituló _El más justo rey de Grecia_, estriba en un vaticinio de Apolo que puntualmente se verifica. Á veces quiere imitar la de _El Esclavo en grillos de oro_; pero tenía menos talento que Candamo, y quedó muy inferior á su original: el gracioso, llamado _Veleta_, es de lo menos gracioso que puede verse. En cuanto á historia y costumbres, mil desaciertos, ningún asomo de regularidad dramática. Algunos pasajes están escritos con bastante facilidad y decoro, otros desaliñados, otros de estilo enigmático y gigantesco. La de _Los Mártires de Toledo y tejedor Palomeque_ no es mejor. Cuchilladas, devoción, resistencias á la justicia, celos, apartes, escondites, salir y entrar sin saber á qué, requiebros, locuras, chocarrerías, bravatas, naufragio, martirio, bautismo ridículo. La escena es en Toledo, en Málaga y en Argel. El estilo desigual, nunca oportuno, á veces energúmeno, á veces ratero y chabacano.

Un sastre llamado don Juan Salvo y Vela, eligiendo el camino más breve de agradar al patio mediante el auxilio de los contrapesos y las garruchas, publicó la comedia de _El Mágico de Salerno Pedro Vayalarde_, y tanto aplauso tuvo, y tanto le solicitaron los cómicos y los apasionados, que dió libre curso á la vena poética; y en otras cuatro comedias que escribió con el mismo título, amontonó cuantos disparates le pidieron y algunos más. Compuso después un auto y varias comedias de santos, todo por el mismo gusto, adquiriendo general estimación entre las mujeres, los beatos y los muchachos.

Don Francisco Scoti de Agoiz, caballerizo de campo de su Majestad, heredó de su padre (de quien se ha hecho mención anteriormente) la inclinación á la poesía dramática, y compuso algunas comedias que se representaron en los teatros públicos; pero en nada contribuyó á mejorarlos: tales son las que se conservan impresas, que aún son inferiores á las de su padre.

Entre estos autores de inferior mérito sobresalía don José de Cañizares, infatigable escritor de comedias, que supo imitar en las suyas, si no todos los aciertos, toda la irregularidad de las antiguas. No tuvo talento inventor; pero llegó á suplir esta falta con una particular habilidad que manifestó para saber introducir en sus fábulas cuanto había leído en las otras: este fué su mayor estudio. Apenas se hallará en sus comedias una situación de algún interés, sin que fácilmente pueda indicarse el autor de quien la tomó. Á esto añadió de su parte un diálogo animado y rápido, un buen lenguaje y un estilo en los asuntos heróicos crespo, metafórico y altisonante, y en los comunes y domésticos festivo, epigramático, chisposo, si así puede decirse. En los versos cortos tuvo mucha facilidad, pero en los endecasílabos era tan desgraciado, que mereció la censura de Jorge Pitillas, cuando los llamó _ramplones y malditos_. En los últimos años de Carlos II ya escribía para el teatro. Fué después fiscal de comedias (que este nombre se daba entonces al encargo de censor), y existen aprobaciones suyas desde el año de 1702 hasta el de 1747. Durante la guerra de sucesión fué capitán de caballería, y retirándose del servicio, el duque de Osuna su protector le colocó en la contaduría de su casa. Aún existe la que habitaba en la calle de las Veneras, y en ella murió de avanzada edad, poco antes del año de 1750.

Corren impresas unas ochenta comedias suyas, y como no todas las que escribió se imprimieron, puede inferirse que el número de ellas fué muy considerable. Compuso zarzuelas, comedias de figurón, de enredo amoroso, historiales, mitológicas, de santos, de valentías, de magia; no hubo argumento que él no aplicase al teatro. Si se consideran únicamente aquellas en que más se acercó á la buena comedia, no es posible disimular que en las de figurón excedió los límites de lo verosímil, recargó los caracteres, mezcló muchas gracias y situaciones verdaderamente cómicas con infinitas chocarrerías, y á cada paso adoptó los recursos de una farsa grosera. En las que se propuso por objeto una pasión amorosa, valiéndose de anécdotas y personajes históricos (como en las de _El Rey Enrique el Enfermo_; _Si una vez llega á querer, la más firme es la mujer_; _El Picarillo en España_, y otras de este género), la composición de la fábula no es intrincada ni fatigosa; y con la mucha práctica y facilidad que tenía el autor para los versos octosílabos, introdujo escenas de estilo florido y conceptuoso, no distante de los originales que imitaba, y siempre agradable á la multitud que oye y no examina.

Cañizares tuvo presentes las mejores piezas francesas é italianas que se habían publicado en su tiempo; pero no conoció su mérito, y precisamente las imitaciones que hizo de ellas son lo peor de cuanto escribió para el teatro. Véase _El Sacrificio de Ifigenia_, y se hallará un embrollo desatinado, compuesto de triquiñuelas de amor, estocadas, soliloquios, batallas campales, diálogos simétricos, baladronadas caballerescas, consejos de guerra, templo y aras, y la diosa Diana que baja cantando en una nubecita para dar fin á tanto delirio. Estilo gigantesco, atestado de metáforas y de imágenes monstruosas é inconexas. Agamenón dice _que el monte dividido en dos puntas da al mar abrazos de arena_, y que la armada surta en el puerto es una _ciudad permanente de peñas sobre cimientos de espuma y cristal_; y entre estas bocanadas heróicas alternan á cada paso con donaire de callejuela _Lola_, criada de Ifigenia, y _Pellejo_, lacayo de Aquiles. Esta comedia la hizo Cañizares (como él mismo advierte) _para mostrar las comedias según el estilo francés_. También se atrevió á competir con Metastasio en la comedia intitulada _No hay con la patria venganza, y Temístocles en Persia_. Allí hay majestades y altezas, y se habla del niño de la rollona, de los diablos, de los serafines y de los ciegos que venden jácaras. Allí hay un insufrible gracioso llamado _Tulipán_, y un hijo de Temístocles que canta seguidillas: éste y las damas, y el infante Darico, celebran una academia ó certamen poético, y cada cual de los concurrentes responde cantando á las cuestiones delicadas que se proponen unos á otros. Allí hay además un concierto vocal é instrumental, con unas coplillas en que la rosa habla con el clavel de parte de la siempreviva, y el clavel responde. En otra escena el rey llama á un vaso de vino con veneno _denodado bruto y púrpura confeccionada_[2]. Todo esto prueba demasiado que el buen Cañizares escribía sin conocimiento de los preceptos poéticos: su abundante vena le adquirió por espacio de medio siglo una celebridad popular de aquellas que duran en la tiniebla del error, y que luégo se disminuyen ó desaparecen á la luz de mejores doctrinas.

[2] Acerca de esta frase, Hartzenbusch cree que el texto está viciado. Véanse sus apuntes sobre el teatro moderno español,--artículo 3.º--_Revista de España, de Indias y del extranjero._--Diciembre 1845.

Fernando VI, muerto su padre, ocupó el trono en el año de 1746. La acción más gloriosa de su reinado fué la de apresurarse á firmar la paz, después de tan sangrientas é inútiles guerras. Su complexión flemática, su delicada sensibilidad, su instrucción no vulgar, la dura sujeción en que había vivido siendo príncipe, todo le estimulaba á procurarse desahogos no conocidos, entregándose á las suaves inclinaciones que por tanto tiempo había tenido que reprimir. María Bárbara de Portugal, su esposa, congeniaba en gran manera con él: celosa del decoro de la majestad, liberal, magnífica, inteligente en las bellas artes, profesora eminente en la música, apreciaba el mérito de los que dedicaban su estudio á cultivarlas. Se hallaban sin hijos, sin esperanza probable de tenerlos, y por consiguiente bien distantes uno y otro de toda idea de ambición; sólo se prometían en su reinado abundancia y felicidad. Las flotas detenidas en la América debían enriquecer prontamente el erario; podían repararse muchos males con una administración regular, y era de creer que libre ya la nación de las calamidades que había sufrido, la corte adquiriría nuevo esplendor, dando lugar á los placeres que proporcionan la riqueza y el buen gusto en el ocio halagüeño de la paz; y así sucedió.

Cuando la reina madre doña Isabel Farnesio se trasladó desde el palacio de Buen Retiro á una casa particular junto á la plazuela de Afligidos, y después al Real sitio de San Ildefonso, deseó que continuara sirviéndola entre los cantores de su cámara Carlos Broschi, llamado Farinello, que algunos años antes había hecho venir de Londres para distraer con su voz suavísima la profunda melancolía de Felipe V; pero la reina Bárbara no quiso permitirlo, y Farinello se quedó en la corte con el título de criado familiar de S. M.

_Farinello_ (dice Riccoboni en sus Reflexiones históricas) _es el último y el más joven de los músicos italianos de gran reputación. Canta por el gusto de Faustina; pero según la opinión de los inteligentes, no sólo es muy superior á ella, sino que ha llegado al último grado de la perfección. En el año de 1734 fué llamado á Londres, en donde cantó tres inviernos con general aplauso; vino á París en el año de 1736, y después de haber lucido su habilidad en las casas más distinguidas, adonde le llamaron favoreciéndole como merece, tuvo el honor de cantar en el cuarto de la reina, y en aquella ocasión le aplaudió el rey con tales expresiones, que toda la corte quedó maravillada. Cuantos le han oído le admiran, y es general la opinión de que Italia no ha producido nunca (y tal vez no producirá en adelante) músico tan perfecto. Actualmente se halla en España, destinado á cantar en el cuarto del rey y de la reina. Aquel monarca, mediante sus liberalidades y las gruesas pensiones que le ha señalado, ha hecho la fortuna del señor Broschi, el cual por su parte ha sabido merecerla, no menos en atención á su habilidad sobresaliente, que á la de sus méritos personales._

Era de presencia sumamente agraciada, como mostraba un retrato suyo pintado por Amiconi, que poseía don José Marquina, corregidor de Madrid: estimable cuadro, que en la noche del 19 de marzo del año 1808 pereció en las llamas al furor popular. Acostumbrado al estudio de las actitudes nobles del teatro, y á la frecuente conversación de personas bien educadas, daba á sus palabras y movimientos el tono, la elegancia y el decoro que tanto interesan en el trato social. Su modestia era admirable: ni el distinguido favor de los reyes, ni los obsequios de los más ilustres personajes de la corte, que solían asistir á su antesala y solicitar con empeño las menores señales de su amistad, fueron bastantes á ensoberbecerle. Á cada paso les recordaba él mismo su origen humilde, su profesión escénica, y sólo convenía en que por uno de los caprichos de la fortuna se había visto trasladado, sin mérito suyo, de las tablas de un teatro público á los piés de un monarca empeñado en favorecerle. Así confundía la torpe adulación de los muchos que le fatigaban solicitando su mediación y su amistad. Pudo influir eficazmente en los destinos de la monarquía, y jamás quiso tomar parte, ni aun remota, en los asuntos del gobierno. Los ministros, ansiosos de complacerle, anhelaban conocer sus deseos, y no pudieron lograrlo; ni quiso empleos, ni influyó en las resoluciones, ni elevó ni persiguió á nadie; tenía parientes en Italia, y á ninguno de ellos permitió que se presentase en Madrid. La historia no ofrece ejemplo de una privanza acompañada de tanta moderación.

Á este hombre extraordinario se encargó la dirección del teatro del Buen Retiro, para que se hicieran en él óperas italianas, igualmente que todo lo relativo á las serenatas que se cantaban por el verano en Aranjuez, los embarcos nocturnos en la escuadra del Tajo, las iluminaciones, fuegos de artificio y demás festejos durante la jornada; en suma, todas las diversiones del palacio se fiaron á su inteligencia y á su buen gusto. Broschi supo desempeñar todos estos encargos, si no con economía, con admirable acierto.

Trajo á Madrid los más excelentes profesores de música vocal é instrumental, maquinistas y pintores de escena, y adornó las representaciones con magnificencia suntuosa. Cuando se hacían algunas en el salón llamado _de los Reinos_, cubrían el piso exquisitas alfombras, las paredes colgaduras de tisú de oro, espejos, tallas y pinturas, entre las cuales se colocaban estatuas; la iluminación correspondía á todo lo demás; los músicos de la orquesta tenían uniformes de grana con galón de plata. En una ópera cantada en el teatro se presentó una decoración toda de cristal, en otra ocasión se iluminó la sala del concurso con doscientas arañas; en la ópera de _Armida placata_ se vió un sitio delicioso con ocho fuentes de agua natural, y una entre ellas con un surtidor que subía á sesenta piés de altura, sonando entre los árboles el canto de una multitud de pájaros, imitado con la mayor inteligencia. La riqueza de los trajes, muebles y utensilios del teatro, las comparsas (que á veces se componían de cincuenta mujeres y doscientos hombres), la vista de los ejércitos con numerosa caballería, elefantes, carros, máquinas de guerra, armas, insignias, música militar, los fuegos artificiales que se veían al acabarse el espectáculo más allá de la escena (cerrándose la boca del teatro, para que el humo no ofendiese, con dos correderas compuestas de los mayores cristales de la fábrica de San Ildefonso), todo era digno de un gran monarca que disipaba en esta diversión la opulencia de sus tesoros.

Los poetas que escribieron las óperas, serenatas é intermedios desde el año 1747 hasta el de 1758, fueron el abate Pico de la Mirandola, Pedro Metastasio, Migliavacca, José Bonechi y Pablo Rolli. Las piezas que se cantaron en el Retiro y en Aranjuez fueron estas. Óperas: _La Clemenza di Tito_, _Angelica e Medoro_, _Il Vellocino d’oro_, _Polifemo e Galatea_, _Artasserse_, _Armida placata_, _Demofoonte_, _Demetrio_, _Didone abbandonata_, _Siroe_, _Niteti_, _il Re pastore_, _Adriano in Siria_. Serenatas: _L’Asilo d’Amore_, _La Festa chinese_, _La Nascita di Giove_, _L’Isola disabitata_, _Le Mode_, _La Ninfa smarrita_. Intermedios: _Il Cavalier Bertoldo_, _La Burla da vero_, _La Statua_, _Il Giuocatore_, _L’Ucellatrice_, _Il Cuoco_, _Don Trastullo_, _Il Conte Tulipano_.

Por esta rápida enumeración se echará de ver que aquellos brillantes espectáculos, dirigidos por un italiano y desempeñados por italianos, poco ó ningún influjo pudieron tener en el adelantamiento de los teatros españoles. Entre los músicos de la orquesta, sólo don Luís Misón y otros dos ó tres instrumentos no eran extranjeros; entre los que cantaron sólo hubo una actriz española; los artífices empleados en la pintura de las decoraciones, en la invención y dirección de las máquinas, vinieron de Italia también. Se mandó que todas las piezas se imprimieran traducidas en castellano para distribuirlas á los concurrentes en la primera noche de su ejecución. Se abrió el teatro con la ópera de _La Clemenza di Tito_; encargóse á don Ignacio de Luzán la traducción de ella, y la hizo, aunque en muy pocas horas, con el acierto que era de esperar; las que se imprimieron después las tradujo un médico italiano llamado don Orlando Boncuore, que ni se avergonzó de suceder á Luzán en aquel encargo, ni tuvo escrúpulo de hacerse escritor en una lengua que no sabía. Sus traducciones pueden considerarse como otros tantos modelos de extravagancia y ridiculez.

En tanto pues que se admiraban reunidos en el Retiro todos los primores de la música, de la poesía, de la perspectiva, del aparato y pompa teatral, la escena española, miserable y abandonada de la corte, se sostenía con entusiasmo del vulgo en manos de ignorantes cómicos y de ineptísimos poetas. De nada sirvió el haberse dado al corregidor de Madrid el título de protector de los teatros, con el encargo de la formación de compañías y el gobierno de ellas: la depravación de nuestra dramática pedía de parte de la suprema autoridad providencias más directas y más eficaces.

El pueblo que tan estragado gusto manifestaba, se hubiera engañado mucho menos en sus juicios, si no se hubiese dejado sojuzgar por la opinión de ciertos caudillos que por entonces le dirigían, tiranizando las opiniones y distribuyendo como querían los silbidos, las palmadas y los alborotos. Los apasionados de la compañía del Príncipe se llamaban _Chorizos_, y llevaban en el sombrero una cinta de color de oro; los de la compañía de la Cruz _Polacos_, con cinta en el sombrero de azul celeste; los que frecuentaban el teatro de los Caños tomaron el nombre de _Panduros_. Había un fraile trinitario descalzo, llamado el P. Polaco[3], jefe de la parcialidad á que dió nombre, atolondrado é infatigable voceador, que adquirió entre los mosqueteros opinión de muy inteligente en materia de comedias y comediantes. Corría de una parte á otra del teatro animando á los suyos para que dada la señal de ataque interrumpiesen con alaridos, chiflidos y estrépito cualquiera pieza que se estrenase en el teatro de los Chorizos, si por desgracia no habían solicitado de antemano su aprobación, al mismo tiempo que sostenía con exagerados aplausos cuántos disparates representaba la compañía polaca, de quien era frenético panegirista. Otro fraile francisco llamado el P. Marco Ocaña, ciego apasionado de las dos compañías, hombre de buen ingenio, de pocas letras, y de conducta menos conforme de lo que debiera ser á la austeridad de su profesión, se presentaba disfrazado de seglar en el primer asiento de la barandilla inmediato á las tablas, y desde allí solía llamar la atención del público con los chistes que dirigía á los actores y á las actrices; les hacía reir, les tiraba grajea, y les remedaba en los pasajes más patéticos. El concurso, de quien era bien conocido, atendía embelesado á sus gestos y ademanes, y el patio cubierto de sombreros chambergos (que parecían una _testudo_ romana) palmoteaba sus escurrilidades é indecencias.

[3] Don Vicente García de la Huerta en el prólogo de su Teatro español, impreso en 1785, explica así el origen de la denominación de _Chorizos_. «Francisco Rubert, por otro nombre Francho, fué la causa del apellido de _Chorizos_ que se dió en el año de 1742 á los individuos de la compañía de que era entonces autor Manuel Palomino, con motivo de ciertos chorizos que comía en un entremés; y habiéndose hallado una tarde sin ellos, hizo tales y tan graciosas exclamaciones contra el encargado de llevar los chorizos, que era el guardarropa de la compañía, y movió tanto la risa de los espectadores, que desde entonces se llamó de los _Chorizos_.»

Entre este desorden y baraúnda seguían representándose las comedias que daban á luz los pocos y mal cultivados ingenios, que muerto ya Cañizares, querían ser sus imitadores, y no acertaban á conseguirlo. Tales fueron don Manuel de Iparraguirre, don José de Ibáñez y García, don José de Lobera y Mendieta, autor, entre otras, de una comedia intitulada _La Mujer más penitente y espanto de caridad, la venerable hermana Mariana de Jesús, hija de la venerable orden tercera de penitencia de N. P. S. Francisco de la ciudad de Toledo_; don Antonio Frumento, Marcos de Castro, Vicente Guerrero, uno y otro cómicos; el P. Juan de la Concepción, Manuel Guerrero (cómico también y además canonista y teólogo), don Manuel Daniel Delgado, don Antonio Camacho y Martínez, y otros de la misma escuela. Don José Julián de Castro, poeta de ciegos, no desprovisto de gracia y facilidad para sus romancillos y jácaras, dió al teatro la comedia intitulada _Más vale tarde que nunca_, en la cual hay privado perseguido, trueque de puñales, batida general, con aquello de _á la cumbre, á la espesura, al monte, al valle, á la selva_; preso que se lamenta de su desgracia glosando coplas; lacayo entremetido, equivoquista y sucio; pasito de cárcel entre el leal y el traidor, y el rey que los escucha desde un rincón. Cuantos desaciertos se hallan esparcidos en las comedias de aquel tiempo, otros tantos se hallarán hacinados en esta.

Don Blas de Nasarre en el año de 1749 había recomendado, en el prólogo que puso á las comedias de Cervantes, las más conocidas reglas del arte dramático[4]. Luzán tradujo y publicó una comedia de M. de La Chaussée, con el título de _La razón contra la moda_, la cual ni entonces ni después se ha visto en el teatro. En los años de 1750 y 51 dió á luz don Agustín de Montiano y Luyando dos tragedias originales intituladas _Virginia_ y _Ataúlfo_, nunca representadas, y de las cuales existe una traducción francesa. En ellas confirmó su laborioso autor aquella sabida verdad, de que pueden hallarse observados en un drama todos los preceptos, sin que por eso deje de ser intolerable á vista del público; y de que para acercarse á la perfección en este género, no basta que el autor sea un hombre muy docto, si le falta el requisito de ser un eminente poeta. Don Juan de Trigueros en el año de 1752 dió á la prensa, traducido en excelente prosa castellana, el _Británico_ de Racine. Don Eugenio de Llaguno y Amírola publicó en el año de 1754, traducida en muy buenos versos, la _Atalía_ del mismo autor. Nada de esto pasó al teatro.

[4] Este prólogo de Nasarre provocó una violenta y ruidosa polémica literaria entre los partidarios del gusto francés y los del teatro de Lope y Calderón. Es digno de notarse que en los argumentos que usaban los últimos, se hallan en germen los principios de la escuela romántica de nuestro siglo.

La corrupción era general. En las aulas y escuelas públicas se enseñaban sutilezas y vaciedades á la juventud, no verdades útiles: lejos de cultivar y perfeccionar el entendimiento de los discípulos, se le pervertía inhabilitándolo para adquirir los conocimientos sólidos de las ciencias. En los púlpitos, según se lamentaban prelados celosos y respetables, se había introducido la costumbre de predicar sermones disparatados y truhanescos: tejido informe de paradojas y sofisterías, metáforas, antítesis, cadencias, juguetes insípidos de palabras, erudición inoportuna, aplicación reprensible de los textos sagrados á las circunstancias más triviales, lo más divino confundido con lo más indecente, la sublime y celestial doctrina de Jesucristo con las preocupaciones y cuentos del vulgo, y todo salpicado de bufonadas y chistes groseros. En los tribunales no se usaba ni mejor lógica ni más delicado gusto. El espíritu y la aplicación de las leyes se embrollaban con las diferentes cavilaciones de los glosistas; suplíase la falta de filosofía, de historia, de erudición, de verdadera elocuencia con retruécanos, paranomasias, adagios, cuentos y seguidillas. Tal vez ganó el pleito quien más supo hacer reir á los jueces; y así se defendían los intereses, los derechos, la vida y el honor de los hombres.