Comedias escogidas

Part 2

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Convengamos en que Moratín tenía razón sobrada en ridiculizar _El gran cerco de Viena_, pero que también y á poca costa se hubiera podido rehabilitar, si no al miserable Eleuterio Crispín de Andorra, á sus inspirados ascendientes, si no aquellos errores ridículos, su procedencia. El tiempo se encargó de la tarea; el genio nacional, comprimido y forzado á aceptar la extranjera moda literaria, rompió aquel molde pequeño, se desbordó otra vez, y refluyó á su fuente primitiva, que al mismo Moratín á pesar de sus reservas y distingos parecía abundantísima y rica. El triunfo de los clásicos, si es que éstos llegaron á triunfar, fué efímero, y sólo benéfico en cuanto purgaron la lengua y el estilo de la última escoria del gongorismo. Pero pasada aquella necesidad momentánea, público y autores volvieron á apasionarse por la riqueza y brillantez de invención de la dramática del siglo de oro, la fuerza y elevación de los caracteres, la variedad de gentes de todas condiciones que figuraban en las tablas confundidas como en la vida; el deslumbrador estilo; en una palabra, volvió á democratizarse el teatro, y á ser lo que debía, panorama variado del mundo, y vasto como él, y no lección académica entre cuatro columnas de cartón, ó corrección moral en _caseros octosílabos_. Rota la valla, invadieron otra vez la escena los personajes de capa y espada, dueñas y graciosos, la plebe y los monarcas de la Edad Media; la comedia se hizo más intencionada y desenvuelta, y enriqueció su estilo con la rima; la tragedia se vistió de levita; apareció el drama histórico y el contemporáneo, sentimental ó trascendental y el melodrama patibulario, y de uno en otro ensayo, de una en otra tentativa paró en breve tiempo en espectáculo para los sentidos con los violáceos fulgores de las luces de bengala y los sorprendentes recursos de la escenografía, y los cuadros al vivo de las apoteósis finales. Desde que murió Moratín hasta el presente, la poesía dramática agotó los asuntos y las formas, y las empresas, los medios de divertir é interesar al público. Lejos de hallarnos en el caso de medir el tiempo de la fábula para que no se desvanezca la ilusión, muchos espectadores se han vuelto ya tan entendidos y se hallan tan poco dispuestos á pasar por ella, que ninguna convención teatral logra hacerse perdonar la imprescindible necesidad de su existencia. De modo que algunos sospechan que el teatro agoniza, fatigado de servir. Todo esto ha pasado, en menos de medio siglo, inmediatamente después de haberse propuesto Moratín vivificar y convertir la escena en cátedra de moral y cultura con sólo las túnicas de _Británico_ y _Atalía_ para las grandes solemnidades y la casaca y la peluca del _Barón_ para los días de labor.

III

Moratín decía hablando de sí mismo: «Mi padre fué poeta; yo no lo soy.» Y diversas veces escribió: «No aspiré nunca á ceñir dos coronas á mi frente.» Y decía verdad. Pocas son sus poesías líricas. De estas, sus romances festivos y sus epístolas morales, como más adecuados á su ingenio de autor cómico, ó á su natural reposado y severo, se leen con placer y cierta fruición cuando la afición á las letras es mucha, porque algún atractivo tiene aquel gusto depurado, que raya en nimiedad, la sobriedad y elegancia de la frase, una versificación remachada y correcta, donde en vano se buscaría el menor descuido. Pero fuera de esto, nunca he podido comprender, lo confieso con franqueza, qué poesía hallan en las demás obras líricas los amigos del género pseudo-clásico.

También en esto nos hallamos ya tan distantes de él, que es imposible aceptar por admirable lo que apenas logra entretenernos. El poeta lírico era entonces, según la moda reinante, un caballero particular muy instruído y versado en letras sagradas y profanas, que se olvidaba por completo de sí mismo y de la realidad presente en cuanto se le ocurría dar forma á sus inspiraciones poéticas. Entonces se vestía de griego ó romano, se coronaba de rosas, se imaginaba coger el estilete en lugar de la pluma, y las tablillas en vez del papel, y fija la memoria en lo que sabía de la antigüedad, á mil ochocientos años de distancia se forjaba la ilusión de que vivía bajo el reinado de Augusto, pared por medio de Virgilio y Horacio. De repente, todo se trocaba como por ensueño. La mujer amada perdía su nombre y apellido por los de Clori ó Lesbia; el amigo, el suyo también por otro de los que conferían los Arcades de Roma; la historia y la geografía histórica debían conocerse al dedillo para hablar como de presente de tan lejanos tiempos; el mayor afán consistía en decir con palabras nobles é imágenes nuevas lo corriente y vulgar y se establecía entre la imagen y el objeto, el sentimiento y la expresión tal cúmulo de ideas intermedias, que se necesitaba el caudal de conocimientos de un erudito para percibir todos los primores. ¿Es esto poesía? ¿Puede parecérnoslo hoy? Será mal gusto mío, mas para mí se halla tan distante de serlo, como una lección de retórica. Mucho tiene la verdadera poesía de conmovedor, de inefable, que embriaga y arrebata, que enardece y hace soñar, que no pude descubrir nunca en este género de versos. _El opulento Gerión_, la _Cádiz eritrea_, _el espartario golfo_, _la Hesperia_, el _ceguezuelo niño_ y el _luso_ y el _galo_, etc., acaban por marear. Distraen, enfrían y fatigan tantas alegorías y perífrasis, para cuya inteligencia se necesita un curso completo de mitología. No basta hallar de vez en cuando algún sentimiento sincero entre ese fárrago de frases depuradas y elegantes, ni contenta tal cual imagen graciosa que desde luégo por su asunto y su precisión parece burilada como un camafeo, ó recuerda las barrocas entalladuras de los artesones y muebles de la época.

Esta corona, adorno de mi frente, esta sonante lira y flautas de oro y máscaras alegres que algún día me disteis, sacras musas... . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .

¿Quién no ve desde luégo un telón de boca con sus pintados trofeos?

........ La Fama es esta, sí, la conozco. Rápida girando dilata al aire las doradas plumas, suelto el cabello que su frente adorna, desceñida la túnica celeste.

¿Quién no la imagina volando así por los artesones de un palacio?

Venus, hija del mar, diosa de Gnido y tú, ciego rapaz, que revolante sigues el carro de tu madre hermosa la aljaba de marfil, pendiente al lado.

Bello es, bello como las miniaturas de las tabaqueras que usarían Napoleón y el Príncipe de la Paz y que se ven todavía en las colecciones del Louvre. Pero, ¿no ha de consistir en algo más la poesía? Felizmente los poetas contemporáneos han creído que sí. Se han pedido directamente nuevas y más eficaces imágenes á la naturaleza, y á los modernos conocimientos; la fantasía y el sentimiento han visto abrirse inmensos espacios, con el atractivo indecible de su fondo infinito y sus tintas rutilantes. Es imposible inventariar en una sola cláusula todos los géneros, todos los afectos, todas las formas que trajo á la poesía moderna el presente siglo, que algunos llaman prosáico, pero que de seguro parecerá á los venideros, más que ninguno poético y original é inspirado en el arte más inspirado de todos: la música y en el que más se le acerca: la poesía lírica. En España queda, sin embargo, mucho por hacer todavía, pues la enseñanza oficial propone aún como indiscutibles modelos algunas obras del género de Moratín y persuade al culto de la forma por la forma, de la frase por la frase, de la ficticia elegancia y la imitada majestad y nobleza; á cuanto es posible adquirir con el estudio y sin levantar la cabeza de los libros. No, lo que en los libros se adquiere con la servil imitación, no es poesía ni lo ha sido nunca. Hay que desechar las formas aprendidas y estereotipadas por las que espontáneamente ofrece el propio genio cuando existe; decir lo que se siente, como se siente, ver y vivir mucho, y sondear, en suma, aquel cielo y aquel mundo, en los cuales, según la sublime expresión del poeta, existen muchas cosas más de las que soñó la humana filosofía, léase, la retórica.

J. YXART.

DISCURSO PRELIMINAR

[Ilustración]

DISCURSO PRELIMINAR[1]

[1] Este Discurso preliminar, que, escrito por el mismo Moratín, figuró al frente de sus comedias, comprende la historia resumida del Teatro español desde el siglo XVIII, á la época en que el autor tomó sobre sí la empresa de restaurarlo con su ejemplo y sus preceptos. Nada dice Moratín de sus coetáneos, y nada pudo decir, puesto que falleció en 1828, de la profunda revolución que trajo á la escena española el romanticismo, pocos años después de su muerte. Así limitado á dicho período todo el discurso, es, en suma, la historia de la decadencia del teatro genuinamente nacional, y de las tentativas hechas para sujetarle á los cánones del pseudo clasicismo, hasta que, no bien triunfantes, fueron otra vez derrocados y olvidados.

Al empezar el siglo XVIII tuvieron principio en España las calamidades de la guerra de sucesión. Apenas hubo descanso para celebrar con espectáculos alegres, en los primeros años del siglo, la coronación de Felipe V, su casamiento con María Gabriela de Saboya, y el nacimiento de un príncipe de Asturias. En tales ocasiones se representaron delante de los reyes en el teatro del Buen Retiro, y después al pueblo, algunas comedias de don Antonio de Zamora, gentil hombre de S. M., que florecía entonces entre pocos y oscuros autores, ninguno capaz de competirle. Habíase propuesto por modelo las obras de Calderón, y es fácil inferir hasta dónde llegarían los primores de quien sólo aspiraba á imitar los ejemplos poco seguros de aquel dramático.

En sus zarzuelas ó comedias de música repitió Zamora iguales desaciertos á los que Candamo, Calderón y Salazar habían amontonado en las suyas: fábulas de absoluta inverosimilitud, estilo afectado, crespo, enigmático, lleno de conceptos sutiles y falsos, de empalagosa discreción que no puede sufrirse. En las comedias historiales confundió los géneros de la tragedia, de la comedia y aun de la farsa, sin otro mérito que el de muchos rasgos de indócil fantasía, buen lenguaje y versos sonoros. Lo mismo hizo en las piezas mitológicas y en las de asuntos sagrados.

Cien años antes había escrito el P. Gabriel Téllez (conocido bajo el nombre de Tirso de Molina) la comedia de _El Burlador de Sevilla_, la más á propósito para conmover y deleitar á la plebe ignorante y crédula. Representada con aplauso en los teatros de España, pasó á los demás de Europa: en Francia se hicieron cinco traducciones de ella (más ó menos libres) por Villars, Dorimond, Dumenil, Tomás Corneille y el gran Molière. Goldoni, en el siglo anterior al nuestro, no se desdeñó de repetirla.

Los antagonistas del teatro no perdonaron los defectos de una comedia tan perjudicial á las buenas costumbres, y hubo de sufrir, como era justo, una severa prohibición. Zamora trató de refundirla, y conservando el fondo de la acción, la despojó de incidentes inútiles; dió al carácter principal mayor expresión, y toda la decencia que permitía el argumento, haciéndole más agradable mediante la feliz pintura de costumbres nacionales con que le supo hermosear; y añadiendo á esto las prendas de locución y armonía, conservó al teatro una comedia que siempre repugnará la sana crítica, y siempre será celebrada del pueblo.

Deseoso de agradarle, escribió Zamora la primera y segunda parte de _El Espíritu foleto_, en que por la intervención de un duende festivo y revoltoso, hacinó prodigios y transformaciones, autorizando á los que después, con menos gracia, inundaron el teatro de mágicos y diablos, que todavía le ocupan á despecho del sentido común. En la comedia de _Don Domingo de don Blas_ confundió Zamora grandes intereses de reyes y príncipes con afectos comunes y situaciones de indecorosa ridiculez. La figura cómica de don Domingo, bien imaginada y mal sostenida, hace reir no pocas veces; pero sus gracias mezcladas con intolerables descuidos no dan una idea favorable del buen gusto de aquel poeta. Mayor mérito se reconoce en la comedia de _El Hechizado por fuerza_, aunque no exenta de considerables imperfecciones. La acción está complicada con episodios inútiles, no verosímiles, y dirigidos únicamente á dilatar y entorpecer un mal desenlace. Unas veces habla don Claudio como un hombre de instrucción y talento, y otras como pudiera el más estúpido; no es fácil entender si toma de veras ó de burlas lo que están haciendo con él, si efectivamente piensa que está hechizado, ó si trata sólo de engañar á los que intentan persuadírselo. Las situaciones cómicas, que son muchas, degeneran en triviales algunas veces; el estilo, si no siempre es correcto, siempre es fácil y alegre; la dicción excelente, la versificación sonora, el diálogo rápido, animado y lleno de chistes.

Zamora no hizo otra cosa mejor ni sus contemporáneos escribieron obra ninguna de mayor mérito. Murió hacia el año de 1740; compuso hasta unas cuarenta comedias, y en las que existen impresas se echa de ver que siguiendo las huellas de sus predecesores, muchas veces rivalizó con ellos; pero desconociendo los preceptos del arte, cultivó la poesía escénica sin mejorarla, y la sostuvo como la encontró.

Don Pedro Scoti de Agoiz, coronista de los reinos de Castilla, compuso por entonces algunas comedias y zarzuelas, en las cuales, si merece aprecio la facilidad de su versificación, no es de alabar la confianza con que se abandonó á la imitación de originales defectuosos, acomodándose al gusto depravado de su tiempo.

Don Diego de Torres y Villarroel, catedrático de matemáticas y astronomía en la universidad de Salamanca, además de algunas zarzuelas de corto mérito, publicó una comedia intitulada _El Hospital en que cura amor de amor la locura_, fábula de dos acciones, personajes y estilo tabernario, ninguna perfección que disculpe sus muchos desatinos. Tuvo aquel poeta grande celebridad en su tiempo, y no sin causa, pues aunque no conoció el estilo elevado de nuestra lengua, supo desempeñar en sus obras prosáicas con gracia y facilidad los asuntos familiares y humildes; pero el corto paso que parece que hay de esta clase de escritos, al tono y expresión de la buena comedia, no supo darle. No fué bastante su talento á inventar una fábula regular; con todo el conocimiento que tenía de los vicios y ridiculeces comunes, no supo trazar un solo carácter, ni dar unidad ni interés á su obra; quiso enredarla, y la embrolló; quiso hacerla muy graciosa, y resultó chabacana y sucia. Con menos facilidad todavía ejercitó su pluma don Tomás de Añorbe y Corregel, capellán de las monjas de la Encarnación de Madrid, en unas diez y ocho ó veinte comedias que dió á luz, en las cuales nada se encuentra que merezca elogio ni perdón. Si hay alguna de sus piezas que pueda citarse como la peor, es sin duda _El Paulino_, que el autor se atrevió á llamar tragedia, y de la cual hablaron Luzán y Montiano con el desprecio que merece. Aun suponiéndole ignorante de la lengua francesa, bien pudo haber visto el _Cinna_ de Corneille, que había traducido con inteligencia y publicó en el año de 1713 don Francisco Pizarro Picolomini, marqués de San Juan. Allí hubiera podido á lo menos sospechar lo que es una tragedia; pero de nada sirven los ejemplos á quien no los quiere seguir.

Por entonces el ilustre benedictino Feijoo, animado del ardiente anhelo de ilustrar á su nación disipando las tinieblas de ignorancia en que se hallaba envuelta, se atrevió á combatir en sus obras preocupaciones y errores absurdos. Es admirable el generoso tesón con que llevó adelante la empresa de ser el desengañador del pueblo, á pesar de los que aseguran su privado interés en hacerlo estúpido. Con la publicación de sus obras facilitaba el camino de un modo indirecto á los autores dramáticos para exponer en el teatro á la risa pública las prácticas supersticiosas, las opiniones funestas que habían autorizado la falsa filosofía, la equivocada política, la credulidad y la costumbre; pero no había poetas capaces de seguirle ni de aprovecharse de las luces de su doctrina.

Los autores del estimable periódico intitulado _Diario de los literatos de España_ examinaban con juiciosa crítica las obras que entonces se publicaban; sostenían los principios más sólidos del raciocinio y del buen gusto, y trataban de encaminar hacia la perfección, en cuanto les era posible, la literatura nacional. Su fatiga no fué muy larga, y hubieron de abandonar el empeño por falta de lectores y de agradecimiento público.

La Academia española, establecida á imitación de la francesa con una organización igualmente defectuosa, vencida en gran parte aquella lentitud que es inherente á esta clase de cuerpos literarios, atendía con laudable celo á la formación del Diccionario de nuestra lengua; pero no pudo por entonces dirigir sus tareas á otros objetos, ni contribuir á los progresos de la oratoria y la poesía; su influencia no pasó más allá del salón en que celebraba sus juntas.

En las escuelas se enseñaban á la luz de la antorcha de Aristóteles, teología, cánones, leyes y medicina, sin el auxilio de la filosofía, sin el de la historia, sin el de la política, sin el de las matemáticas, sin el de la física, sin el de la erudición, sin el de las lenguas doctas, sin el de las letras humanas. Nada de esto se sabía, porque nadie lo podía enseñar, y nadie solicitaba aprenderlo. _Todas las cátedras de las universidades_ (dice Torres) _estaban vacantes, y se padecía en ellas una infame ignorancia. Una figura geométrica se miraba en este tiempo como las brujerías y tentaciones de san Antón, y en cada círculo se les antojaba una caldera donde hervían á borbollones los pactos y los comercios con el demonio... Pedí á la universidad la sustitución de la cátedra de matemáticas, que estuvo sin maestro treinta años, y sin enseñanza más de ciento y cincuenta._ Si esto sucedía en el más célebre de nuestros gimnasios, ¿cuál debía ser el estado de las buenas letras, el gusto crítico, la amenidad y corrección de nuestra poesía, la cultura de nuestra escena miserable?

Don Ignacio de Luzán, hijo de una ilustre familia de Aragón, educado en Italia, discípulo de los más acreditados profesores que florecían en ella, adquirió con el estudio, el trato y el ejemplo, conocimientos científicos y literarios que en España no hubiera podido adquirir. Este erudito humanista dió á luz en Zaragoza en el año de 1737 una poética, la mejor que tenemos. Celebrada de los muy pocos que quisieron leerla, y se hallaban capaces de conocer su mérito, no fué estimada del vulgo de los escritores, ni produjo por entonces desengaño ni corrección entre los que seguían desatinados la carrera dramática.

El ministerio, ocupado exclusivamente en buscar dinero para sostener la sangrienta guerra de Italia, no podía aplicar su atención ni extender sus liberalidades en beneficio del teatro. Las flotas no salían de los puertos de América; lo que producían las contribuciones, todo se consumía en formar ejércitos y conducirlos á la pelea; la administración interior se desatendía; los sueldos de los innumerables empleados no se pagaban; los magistrados de las cámaras de Castilla é Indias, después de haber vivido en la escasez y aun en la miseria, se enterraban de limosna en Recoletos. El pueblo era el único protector de los teatros; el premio que obtenían los poetas, los actores y los músicos, se cobraba en cuartos á la puerta; no es mucho que unos y otros procurasen agradar exclusivamente á quien los pagaba, y hablarle en necio para asegurar sus aplausos.

Eran los teatros unos grandes corrales á cielo abierto, con tres corredores al rededor, divididos con tablas en corta distancia que formaban los aposentos: uno muy grande y de mucho fondo enfrente de la escena, en el cual se acomodaban las mujeres; debajo de los corredores había unas gradas; en el piso del corral hileras de bancos, y detrás de ellos un espacio considerable para los que veían la función de pié, que eran los que propiamente se llamaban mosqueteros. Cuando empezaba á llover, corrían á la parte alta un gran toldo; si continuaba la lluvia, los espectadores procuraban acogerse á la parte de las gradas debajo de los corredores; pero si el concurso era grande, mucha parte de él tenía que salirse, ó tal vez se acababa el espectáculo antes de tiempo. La escena se componía de cortinas de indiana ó de damascos antiguos: única decoración de las comedias de capa y espada. En nuestra niñez hemos oído recordar con entusiasmo á los viejos _aquel romper de cortinas de Nicolás de la Calle_. En las comedias que llamaban de teatro ponían bastidores, bambalinas y telones pintados, según la pieza lo requería, y entonces se pagaba más á la puerta. Como La comedia se empezaba á las tres de la tarde en invierno, y á las cuatro en verano, ni había iluminación, ni se necesitaba.

El primer teatro que adquirió una forma regular fué el de los Caños del Peral, en donde muy á principios del siglo se hicieron algunas óperas y después comedias italianas por una compañía que llamaron de los Trufaldines. El marqués don Aníbal Scoti, mayordomo mayor de la reina doña Isabel Farnesio, hizo varias obras de consideración en aquel teatro por los años de 1738, dándole mayor comodidad y ornato, y en él continuaron los italianos por algún tiempo haciendo sus farsas de representación y de música. Este ejemplo estimuló á la autoridad á construir de nuevo dos teatros en el sitio de los dos corrales, que por espacio de siglo y medio habían sido indecente asilo de las musas españolas. El de la Cruz (alterando en algo los planes que dejó hechos don Felipe Jubarra) se concluyó en el año de 1743; y el del Príncipe, dirigido por don Juan Bautista Sachetti (de quien era entonces delineador don Ventura Rodríguez) quedó acabado en el año de 1745, y se estrenó con la zarzuela intitulada _el Rapto de Ganimedes_.

Esta plausible novedad, que dió á la corte unos teatros regulares y cómodos, nada influyó en todo lo demás relativo á ellos: siguieron las cortinas, y el gorro y la cerilla del apuntador, que vagaba por detrás de una parte á otra; siguió el alcalde de corte presidiendo el espectáculo sentado en el proscenio, con un escribano y dos alguaciles detrás; siguió la miserable orquesta, que se componía de cinco violines y un contrabajo; siguió la salida de un músico viejo tocando la guitarra cuando las partes de por medio debían cantar en la escena algunas coplas, llamadas _princesas_ en lenguaje cómico. La propiedad de los trajes correspondía á todo lo demás: baste decir que Semíramis se presentaba al público peinada á la papillota, con arracadas, casaca de glacé, vuelos angelicales, paletina de nudos, escusalí, tontillo y zapatos de tacón; Julio César con su corona de laurel, peluca de sacatrapos, sombrero de plumaje debajo del brazo izquierdo, gran chupa de tisú, casaca de terciopelo, medias á la virulé, su espadín de concha y su corbata guarnecida de encajes. Aristóteles (como eclesiástico) sacaba su vestido de abate, peluca redonda con solideo, casaca abotonada, alzacuello, medias moradas, hebillas de oro y bastón de muletilla.

Con estos avíos se representaban las comedias antiguas y las que diariamente se componían de nuevo. El número de poetas crecía en proporción de la facilidad que hallaban para escribir, habiendo reducido á dos axiomas toda su poética: 1.º que las obras de teatro sólo piden ingenio; 2.º que las reglas observadas por los extranjeros no eran admisibles en la escena española.