Part 17
BARTOLO.--Vaya, si se muere por mí la pobrecita... Perdóname, hija mía. Entre dos que se quieren, diez ó doce garrotazos más ó menos no valen nada... Voy hacia el barranquitero, que ya tengo allí una porción de raíces, haré una carguilla, y mañana con la burra la llevaremos á Miraflores. (_Hace que se va y vuelve._) Oyes, y dentro de poco hay feria en Buitrago: si voy allá, y tengo dinero, y me acuerdo, y me quieres mucho, te he de comprar una peineta de concha con sus piedras azules.
(_Toma el hacha y unas alforjas, y se va por el monte adelante. Martina se queda retirada á un lado hablando entre sí._)
MARTINA.--Anda, que tú me las pagarás... Verdad es que una mujer siempre tiene en su mano el modo de vengarse de su marido; pero es un castigo muy delicado para este bribón, y yo quisiera otro que él sintiera más, aunque á mí no me agradase tanto.
ESCENA II.
MARTINA, GINÉS, LUCAS.
(_Salen por la izquierda._)
LUCAS.--Vaya, que los dos hemos tomado una buena comisión... Y no sé yo todavía qué regalo tendremos por este trabajo.
GINÉS.--¿Qué quieres, amigo Lucas? Es fuerza obedecer á nuestro amo; además, que la salud de su hija á todos nos interesa... Es una señorita tan afable, tan alegre, tan guapa... Vaya, todo se lo merece.
LUCAS.--Pero, hombre, fuerte cosa es que los médicos que han venido á visitarla no hayan descubierto su enfermedad.
GINÉS.--Su enfermedad bien á la vista está; el remedio es el que necesitamos.
MARTINA (_aparte_).--¡Que no pueda yo imaginar alguna invención para vengarme!
LUCAS.--Veremos si este médico de Miraflores acierta con ello... Como no hayamos equivocado la senda...
MARTINA.--(_Aparte, hasta que repara en los dos y les hace la cortesía._ Pues ello es preciso, que los golpes que acaba de darme los tengo en el corazón. No puedo olvidarlos...) Pero, señores, perdonen ustedes, que no los había visto, porque estaba distraída.
LUCAS.--¿Vamos bien por aquí á Miraflores?
MARTINA.--Sí, señor. (_Señalando adentro por el lado derecho._) ¿Ve usted aquellas tapias caídas junto aquel noguerón? Pues todo derecho.
GINÉS.--¿No hay allí un famoso médico, que ha sido médico de una vizcondesita, y catedrático, y examinador, y es académico, y todas las enfermedades las cura en griego?
MARTINA.--¡Ay! sí, señor. Curaba en griego; pero hace dos días que se ha muerto en español, y ya está el pobrecito debajo de tierra.
GINÉS.--¿Qué dice usted?
MARTINA.--Lo que usted oye. ¿Y para quién le iban ustedes á buscar?
LUCAS.--Para una señorita que vive ahí cerca, en esa casa de campo junto al río.
MARTINA.--¡Ah! sí. La hija de don Jerónimo. ¡Válgate Dios! ¿Pues qué tiene?
LUCAS.--¿Qué sé yo? Un mal que nadie le entiende, del cual ha venido á perder el habla.
MARTINA.--¡Qué lástima! Pues... (_Aparte, con expresión de complacencia._ ¡Ay, qué idea me ocurre!) Pues mire usted, aquí tenemos el hombre más sabio del mundo, que hace prodigios en esos males desesperados.
GINÉS.--¿De veras?
MARTINA.--Sí, señor.
LUCAS.--¿Y en dónde le podemos encontrar?
MARTINA.--Cortando leña en ese monte.
GINÉS.--Estará entreteniéndose en buscar algunas yerbas salutíferas.
MARTINA.--No, señor. Es un hombre extravagante y lunático, va vestido como un pobre patán, hace empeño en parecer ignorante y rústico, y no quiere manifestar el talento maravilloso que Dios le dió.
GINÉS.--Cierto que es cosa admirable, que todos los grandes hombres hayan de tener siempre algún ramo de locura mezclada con su ciencia.
MARTINA.--La manía de este hombre es la más particular que se ha visto. No confesará su capacidad á menos que no le muelan el cuerpo á palos; y así les aviso á ustedes que si no lo hacen, no conseguirán su intento. Si le ven que está obstinado en negar, tome cada uno un buen garrote, y zurra, que él confesará. Nosotros cuando le necesitamos nos valemos de esta industria, y siempre nos ha salido bien.
GINÉS.--¡Qué extraña locura!
LUCAS.--¿Habráse visto hombre más original?
GINÉS.--¿Y cómo se llama?
MARTINA.--Don Bartolo. Fácilmente le conocerán ustedes. Él es un hombre de corta estatura, morenillo, de mediana edad, ojos azules, nariz larga, vestido de paño burdo, con un sombrerillo redondo.
LUCAS.--No se me despintará, no.
GINÉS.--¿Y ese hombre hace unas curas tan difíciles?
MARTINA.--¿Curas dice usted? Milagros se pueden llamar. Habrá dos meses que murió en Lozoya una pobre mujer, ya iban á enterrarla, y quiso Dios que este hombre estuviese por casualidad en una calle por donde pasaba el entierro. Se acercó, examinó á la difunta, sacó una redomita del bolsillo, la echó en la boca una gota de yo no sé qué, y la muerta se levantó tan alegre cantando el _frondoso_.
GINÉS.--¿Es posible?
MARTINA.--Como que yo lo ví. Mire usted, aún no hace tres semanas que un chico de unos doce años se cayó de la torre de Miraflores, se le troncharon las piernas, y la cabeza se le quedó hecha una plasta. Pues, señor, llamaron á don Bartolo; él no quería ir allá, pero mediante una buena paliza lograron que fuese. Sacó un cierto ungüento que llevaba en un pucherete, y con una pluma le fué untando, untando al pobre muchacho, hasta que al cabo de un rato se puso en pié, y se fué corriendo á jugar á la rayuela con los otros chicos.
LUCAS.--Pues ese hombre es el que necesitamos nosotros. Vamos á buscarle.
MARTINA.--Pero sobre todo, acuérdense ustedes de la advertencia de los garrotazos.
GINÉS.--Ya, ya estamos en eso.
MARTINA.--Allí debajo de aquel árbol hallarán ustedes cuantas estacas necesiten.
LUCAS.--¿Sí? Voy por un par de ellas.
(_Coge el palo que dejó en el suelo Bartolo, va hacia el foro y coge otro, vuelve, y se le da á Ginés._)
GINÉS.--¡Fuerte cosa es que haya de ser preciso valerse de este medio!
MARTINA.--Y si no, todo será inútil. (_Hace que se va, y vuelve._) ¡Ah! otra cosa. Cuiden ustedes de que no se les escape, porque corre como un gamo; y si les coge á ustedes la delantera, no le vuelven á ver en su vida. (_Mirando hacia dentro á la parte del foro._) Pero me parece que viene. Sí, aquel es. Yo me voy, háblenle ustedes, y si no quiere hacer bondad, menudito en él. Adios, señores.
ESCENA III.
GINÉS, LUCAS.
LUCAS.--Fortuna ha sido haber hallado á esta mujer. Pero ¿no ves qué traza de médico aquella?
(_Los dos miran hacia el foro._)
GINÉS.--Ya lo veo... Mira, retirémonos uno á un lado y otro á otro, para que no se nos pueda escapar. Hemos de tratarle con la mayor cortesía del mundo. ¿Lo entiendes?
LUCAS.--Sí.
GINÉS.--Y sólo en el caso de que absolutamente sea preciso...
LUCAS.--Bien... Entonces me haces una seña, y le ponemos como nuevo.
GINÉS.--Pues apartémonos, que ya llega.
(_Ocúltanse á los dos lados del teatro._)
ESCENA IV.
GINÉS, LUCAS, BARTOLO.
(_Bartolo sale del monte con un hacha y las alforjas al hombro, cantando; siéntase en el suelo en medio del teatro, y saca de las alforjas una bota_).
BARTOLO.
En el alcázar de Venus, junto al Dios de los planetas, en la gran Constantinopla, allá en la casa de Meca, donde el gran sultán bajá, imperio de tantas fuerzas, aquel Alcorán que todos le pagan tributo en perlas; rey de setenta y tres reyes, de siete imperios... (_Bebe._) De siete imperios cabeza; este tal tiene una hija, que es del imperio heredera.
(_Vuelve á beber, va á poner la bota al lado por donde sale Lucas, el cual le hace con el sombrero en la mano una cortesía. Bartolo, sospechando que es para quitarle la bota, va á ponerla al otro lado á tiempo que sale Ginés haciendo lo mismo que Lucas. Bartolo pone la bota entre las piernas, y la tapa con las alforjas._)
Arre allá, diablo. ¿Qué buscará este animal? Lo primero esconderé la bota... ¡Calle! Otro zángano. ¿Qué demonios es esto? En todo caso la guardaremos y la arroparemos; porque no tienen cara de hacer cosa buena.
GINÉS.--¿Es usted un caballero que se llama el señor don Bartolo?
BARTOLO.--¿Y qué?
GINÉS.--¿Que si se llama usted don Bartolo?
BARTOLO.--No, y sí, conforme lo que ustedes quieran.
GINÉS.--Queremos hacerle á usted cuantos obsequios sean posibles.
BARTOLO.--Si así es, yo me llamo don Bartolo.
(_Quítase el sombrero y le deja á un lado._)
LUCAS.--Pues con toda cortesía...
GINÉS.--Y con la mayor reverencia...
LUCAS.--Con todo cariño, suavidad y dulzura...
GINÉS.--Y con todo respeto, y con la veneración más humilde...
BARTOLO (_aparte_).--Parecen arlequines, que todo se les vuelve cortesías y movimientos.
GINÉS.--Pues, señor, venimos á implorar su auxilio de usted para una cosa muy importante.
BARTOLO.--¿Y qué pretenden ustedes? Vamos, que si es cosa que dependa de mí, haré lo que pueda.
GINÉS.--Favor que usted nos hace... Pero cúbrase usted, que el sol le incomodará.
LUCAS.--Vaya, señor, cúbrase usted.
BARTOLO.--Vaya, señores, ya estoy cubierto... (_Pónese el sombrero, y los otros también._) ¿Y ahora?
GINÉS.--No extrañe usted que vengamos en su busca. Los hombres eminentes siempre son buscados y solicitados, y como nosotros nos hallamos noticiosos del sobresaliente talento de usted, y de su...
BARTOLO.--Es verdad, como que soy el hombre que se conoce para cortar leña.
LUCAS.--Señor...
BARTOLO.--Si ha de ser de encina, no la daré menos de á dos reales la carga.
GINÉS.--Ahora no tratamos de eso.
BARTOLO.--La de pino la daré más barata. La de raíces, mire usted...
GINÉS.--¡Oh! señor, eso es burlarse.
LUCAS.--Suplico á usted que hable de otro modo.
BARTOLO.--Hombre, yo no sé otra manera de hablar. Pues me parece que bien claro me explico.
GINÉS.--¡Un sujeto como usted ha de ocuparse en ejercicios tan groseros! Un hombre tan sabio, tan insigne médico, ¿no ha de comunicar al mundo los talentos de que le ha dotado la naturaleza?
BARTOLO.--¿Quién, yo?
GINÉS.--Usted, no hay que negarlo.
BARTOLO.--Usted será el médico y toda su generación, que yo en mi vida lo he sido. (_Ap._ Borrachos están.)
LUCAS.--¿Para qué es excusarse? Nosotros lo sabemos, y se acabó.
BARTOLO.--Pero, en suma, ¿quién soy yo?
GINÉS.--¿Quién? Un gran médico.
BARTOLO.--¡Qué disparate! (_Ap._ ¿No digo que están bebidos?)
GINÉS.--Conque vamos, no hay que negarlo, que no venimos de chanza.
BARTOLO.--Vengan ustedes como vengan, yo no soy médico, ni lo he pensado jamás.
LUCAS.--Al cabo me parece que será necesario... (_Mirando á Ginés._) ¿Eh?
GINÉS.--Yo creo que sí.
LUCAS.--En fin, amigo don Bartolo, no es ya tiempo de disimular.
GINÉS.--Mire usted que se lo decimos por su bien.
LUCAS.--Confiese usted con mil demonios que es médico, y acabemos.
BARTOLO (_impaciente_).--¡Yo rabio!
GINÉS.--¿Para qué es fingir si todo el mundo lo sabe?
BARTOLO.--Pues digo á ustedes que no soy médico.
(_Se levanta, quiere irse, ellos lo estorban, y se le acercan, disponiéndose para apalearle._)
GINÉS.--¿No?
BARTOLO.--No, señor.
LUCAS.--¿Conque no?
BARTOLO.--El diablo me lleve si entiendo palabra de medicina.
GINÉS.--Pues, amigo, con su buena licencia de usted, tendremos que valernos del remedio consabido... Lucas.
LUCAS.--Ya, ya.
BARTOLO.--¿Y qué remedio dice usted?
LUCAS.--Este.
(_Danle de palos, cogiéndole siempre las vueltas para que no se escape._)
BARTOLO.--¡Ay! ¡ay! ¡ay!... (_Quitándose el sombrero._) Basta, que yo soy médico, y todo lo que ustedes quieran.
GINÉS.--Pues bien, ¿para qué nos obliga usted á esta violencia?
LUCAS.--¿Para qué es darnos el trabajo de derrengarle á garrotazos?
BARTOLO.--El trabajo es para mí, que los llevo... Pero, señores, vamos claros: ¿Qué es esto? ¿es una humorada: ó están ustedes locos?
LUCAS.--¿Aún no confiesa usted que es doctor en medicina?
BARTOLO.--No, señor; no lo soy, ya está dicho.
GINÉS.--¿Conque no es usted médico?... Lucas.
LUCAS.--¿Conque no? (_Vuelven á darle de palos._) ¿Eh?
BARTOLO.--¡Ay! ¡ay! ¡pobre de mí! (_Pónese de rodillas juntando las manos, en ademán de súplica._) Sí que soy médico. Sí, señor.
LUCAS.--¿De veras?
BARTOLO.--Sí, señor, y cirujano de estuche, y saludador, y albéitar, y sepulturero, y todo cuanto hay que ser.
GINÉS.--Me alegro de verle á usted tan razonable.
(_Levántanle cariñosamente entre los dos._)
LUCAS.--Ahora sí que parece usted hombre de juicio.
BARTOLO.--(_Ap._ ¡Maldita sea vuestra alma!...) ¿Si seré yo médico y no habré reparado en ello?
GINÉS.--No hay que arrepentirse. Á usted se le pagará muy bien su asistencia, y quedará contento.
BARTOLO.--Pero, hablando ahora en paz, ¿es cierto que soy médico?
GINÉS.--Certísimo.
BARTOLO.--¿Seguro?
GINÉS.--Sin duda ninguna.
BARTOLO.--Pues lléveme el diablo si yo sabía tal cosa.
GINÉS.--¿Pues cómo, siendo el profesor más sobresaliente que se conoce?
BARTOLO (_riéndose_).--¡Ah! ¡ah! ¡ah!
GINÉS.--Un médico que ha curado no sé cuántas enfermedades mortales.
BARTOLO (_con ironía_).--¡Válgame Dios!
LUCAS.--Una mujer que estaba ya enterrada...
GINÉS.--Un muchacho que cayó de una torre y se hizo la cabeza una tortilla...
BARTOLO.--¿También le curé?
LUCAS.--También.
GINÉS.--Conque buen ánimo, señor doctor. Se trata de asistir á una señorita muy rica, que vive en esa quinta cerca del molino. Usted estará allí comido y bebido, y regalado como cuerpo de rey, y le traerán en palmitas.
BARTOLO.--¿Me traerán en palmitas?
LUCAS.--Sí, señor, y acabada la curación le darán á usted qué sé yo cuánto dinero.
BARTOLO.--Pues, señor, vamos allá. ¿En palmitas y qué sé yo cuánto dinero?... Vamos allá.
GINÉS.--Recógele todos esos muebles, y vamos.
BARTOLO.--No, poco á poco. (_Lucas recoge las alforjas y el hacha. Bartolo le quita la bota y se la guarda debajo del brazo._) La bota conmigo.
GINÉS.--Pero, señor, ¡un doctor en medicina con bota!
BARTOLO.--No importa, venga... Me darán bien de comer y de beber... (_Apartándose á un lado, medita y habla entre sí. Después con ellos._) La pulsaré, la recetaré algo... La mato seguramente... Si no quiero ser médico, me volverán á sacudir el bulto; y si lo soy, me le sacudirán también... Pero díganme ustedes: ¿les parece que este traje rústico será propio de un hombre tan sapientísimo como yo?
GINÉS.--No hay que afligirse. Antes de presentarle á usted, le vestiremos con mucha decencia.
BARTOLO (_aparte_).--Si á lo menos pudiese acordarme de aquellos textos, de aquellas palabrotas que les decía mi amo á los enfermos, saldría del apuro.
GINÉS.--Mira que se quiere escapar.
LUCAS.--Señor don Bartolo, ¿qué hacemos?
BARTOLO (_aparte_).--Aquel libro de vocabulorum, que llevaba el chico al aula. ¡Aquel sí que era bueno!
GINÉS.--Vaya, basta de meditación.
LUCAS.--¿Será cosa de que otra vez?...
(_En ademán de volverle á dar._)
BARTOLO.--¡Qué! no, señor. Sino que estaba pensando en el plan curativo... ¡Pobrecito Bartolo! Vamos.
(_Los dos le cogen en medio, y se van con él por la izquierda del teatro._)
[Ilustración]
ACTO II.
ESCENA PRIMERA.
DON JERÓNIMO, LUCAS, GINÉS, ANDREA.
D. JERÓNIMO.--¿Conque decís que es tan hábil?
LUCAS.--Cuantos hemos visto hasta ahora no sirven para descalzarle.
GINÉS.--Hace curas maravillosas.
LUCAS.--Resucita muertos.
GINÉS.--Sólo que es algo estrambótico y lunático, y amigo de burlarse de todo el mundo.
D. JERÓNIMO.--Me dejáis aturdido con esa relación. Ya tengo impaciencia de verle. Vé por él, Ginés.
LUCAS.--Vistiéndose quedaba. Toma la llave, y no te apartes de él.
(_Le da una llave á Ginés, el cual se va por la puerta del lado derecho._)
D. JERÓNIMO.--Que venga, que venga presto.
ESCENA II.
DON JERÓNIMO, ANDREA, LUCAS.
ANDREA.--¡Ay, señor amo! que aunque el médico sea un pozo de ciencia, me parece á mí que no haremos nada.
D. JERÓNIMO.--¿Por qué?
ANDREA.--Porque doña Paulita no ha menester médicos, sino marido, marido: eso la conviene, lo demás es andarse por las ramas. ¿Le parece á usted que ha de curarse con ruibarbo, y jalapa, y tinturas, y cocimientos, y potingues, y porquerías, que no sé cómo no ha perdido ya el estómago? No, señor, con un buen marido sanará perfectamente.
LUCAS.--Vamos, calla, no hables tonterías.
D. JERÓNIMO.--La chica no piensa en eso. Es todavía muy niña.
ANDREA.--¡Niña! Sí, cásela usted, y verá si es niña.
D. JERÓNIMO.--Más adelante no digo que...
ANDREA.--Boda, boda, y aflojar el dote, y...
D. JERÓNIMO.--¿Quieres callar, habladora?
ANDREA.--(_Ap._ Allí le duele...) Y despedir médicos y boticarios, y tirar todas esas pócimas y brebajes por la ventana, y llamar al novio, que ese la pondrá buena.
D. JERÓNIMO.--¿Á qué novio, bachillera, impertinente? ¿En dónde está ese novio?
ANDREA.--¡Qué presto se le olvidan á usted las cosas! Pues qué, ¿no sabe usted que Leandro la quiere, que la adora, y ella le corresponde? ¿No lo sabe usted?
D. JERÓNIMO.--La fortuna del tal Leandro está en que no le conozco, porque desde que tenía ocho ó diez años no le he vuelto á ver... Y ya sé que anda por aquí acechando y rondándome la casa; pero como yo le llegue á pillar... Bien que lo mejor será escribir á su tío para que le recoja y se le lleve á Buitrago, y allí se le tenga. ¡Leandro! ¡Buen matrimonio por cierto! ¡Con un mancebito que acaba de salir de la universidad, muy atestada de Vinios la cabeza, y sin un cuarto en el bolsillo!
ANDREA.--Su tío, que es muy rico, que es muy amigo de usted, que quiere mucho á su sobrino, y que no tiene otro heredero, suplirá esa falta. Con el dote que usted dará á su hija, y con lo que...
D. JERÓNIMO.--Vete al instante de aquí, lengua de demonio.
ANDREA (_aparte_).--Allí le duele.
D. JERÓNIMO.--Vete.
ANDREA.--Ya me iré, señor.
D. JERÓNIMO.--Vete, que no te puedo sufrir.
LUCAS.--¡Que siempre has de dar en eso, Andrea! Calla, y no desazones al amo, mujer; calla, que el amo no necesita de tus consejos para hacer lo que quiera. No te metas nunca en cuidados agenos, que al fin y al cabo, el señor es el padre de su hija, y su hija es hija, y su padre es el señor; no tiene remedio.
D. JERÓNIMO.--Dice bien tu marido, que eres muy entremetida.
LUCAS.--El médico viene.
ESCENA III.
BARTOLO, GINÉS, DON JERÓNIMO, LUCAS, ANDREA.
(_Salen por la derecha Ginés y Bartolo, éste vestido con casaca antigua, sombrero de tres picos y bastón._)
GINÉS.--Aquí tiene usted, señor don Jerónimo, al estupendo médico, al doctor infalible, al pasmo del mundo.
D. JERÓNIMO.--Me alegro mucho de ver á usted, y de conocerle, señor doctor.
(_Se hacen cortesía uno á otro, con el sombrero en la mano._)
BARTOLO.--Hipócrates dice que los dos nos cubramos.
D. JERÓNIMO.--¿Hipócrates lo dice?
BARTOLO.--Sí, señor.
D. JERÓNIMO.--¿Y en qué capítulo?
BARTOLO.--En el capítulo de los sombreros.
D. JERÓNIMO.--Pues si lo dice Hipócrates, será preciso obedecer.
(_Los dos se ponen el sombrero._)
BARTOLO.--Pues como digo, señor médico, habiendo sabido...
D. JERÓNIMO.--¿Con quién habla usted?
BARTOLO.--Con usted.
D. JERÓNIMO.--¿Conmigo? Yo no soy médico.
BARTOLO.--¿No?
D. JERÓNIMO.--No, señor.
BARTOLO.--¿No? Pues ahora verás lo que te pasa.
(_Arremete hacia él con el bastón levantado en ademán de darle de palos. Huye don Jerónimo, los criados se ponen de por medio, y detienen á Bartolo._)
D. JERÓNIMO.--¿Qué hace usted, hombre?
BARTOLO.--Yo te haré que seas médico á palos, que así se gradúan en esta tierra.
D. JERÓNIMO.--Detenedle vosotros... ¿Qué loco me habéis traído aquí?
GINÉS.--¿No le dije á usted que era muy chancero?
D. JERÓNIMO.--Sí; pero que vaya á los infiernos con esas chanzas.
LUCAS.--No le dé á usted cuidado. Si lo hace por reir.
GINÉS.--Mire usted, señor facultativo, este caballero que está presente es nuestro amo, y padre de la señorita que usted ha de curar.
BARTOLO.--¿El señor es su padre? ¡Oh! perdone usted, señor padre, esta libertad que...
D. JERÓNIMO.--Soy de usted.
BARTOLO.--Yo siento...
D. JERÓNIMO.--No, no ha sido nada... (_Ap._ ¡Maldita sea tu casta!...) Pues, señor, vamos al asunto. (_Saca la caja, se la presenta á Bartolo, y él toma polvo con afectada gravedad._) Yo tengo una hija muy mala...
BARTOLO.--Muchos padres se quejan de lo mismo.
D. JERÓNIMO.--Quiero decir que está enferma.
BARTOLO.--Ya, enferma.
D. JERÓNIMO.--Sí, señor.
BARTOLO.--Me alegro mucho.
D. JERÓNIMO.--¿Cómo?
BARTOLO.--Digo que me alegro de que su hija de usted necesite de mi ciencia, y ojalá que usted y toda su familia estuviesen á las puertas de la muerte, para emplearme en su asistencia y alivio.
D. JERÓNIMO.--Viva usted mil años, que yo le estimo su buen deseo.
BARTOLO.--Hablo ingenuamente.
D. JERÓNIMO.--Ya lo conozco.
BARTOLO.--¿Y cómo se llama su niña de usted?
D. JERÓNIMO.--Paulita.
BARTOLO.--¡Paulita! ¡Lindo nombre para curarse!... Y esta doncella ¿quién es?
D. JERÓNIMO.--Esta doncella es mujer de aquel. (_Señalando á Lucas._)
BARTOLO.--¡Oiga!
D. JERÓNIMO.--Sí, señor... Voy á hacer que salga aquí la chica para que usted la vea.
ANDREA.--Durmiendo quedaba.
D. JERÓNIMO.--No importa, la despertaremos. Ven, Ginés.
GINÉS.--Allá voy.
(_Vanse los dos por la izquierda._)
ESCENA IV.
BARTOLO, ANDREA, LUCAS.
BARTOLO (_acercándose á Andrea con ademanes y gestos expresivos_).--¿Conque usted es mujer de ese mocito?
ANDREA.--Para servir á usted.
BARTOLO.--¡Y qué frescota es! ¡Y qué... regocijo da el verla!... ¡Hermosa boca tiene!... ¡Ay, qué dientes tan blancos, tan igualitos, y qué risa tan graciosa!... ¡Pues los ojos! En mi vida he visto un par de ojos más habladores ni más traviesos.
LUCAS.--(_Ap._ ¡Habrá demonio de hombre! ¡Pues no la está requebrando el maldito!...) Vaya, señor doctor, mude usted de conversación, porque no me gustan esas flores. ¿Delante de mí se pone usted á decir arrumacos á mi mujer? Yo no sé como no cojo un garrote, y le...
(_Mirando por el teatro si hay algún palo. Bartolo le detiene._)
BARTOLO.--Hombre, por Dios, ten caridad. ¿Cuántas veces me han de examinar de médico?
LUCAS.--Pues cuenta con ella.
ANDREA.--Yo reviento de risa.
(_Encaminándose á recibir á doña Paula, que sale por la puerta de la izquierda con don Jerónimo y Ginés._)
ESCENA V.
DON JERÓNIMO, DOÑA PAULA, GINÉS, LUCAS, BARTOLO, ANDREA.
D. JERÓNIMO.--Anímate, hija mía, que yo confío en la sabiduría portentosa de este señor, que brevemente recobrarás tu salud. Esta es la niña, señor doctor. Hola, arrimad sillas.
(_Traen sillas los criados. Doña Paula se sienta en una poltrona entre Bartolo y su padre. Los criados detrás, en pié._)
BARTOLO.--¿Conque esta es su hija de usted?
D. JERÓNIMO.--No tengo otra, y si se me llegara á morir me volvería loco.
BARTOLO.--Ya se guardará muy bien. Pues qué, ¿no hay más que morirse sin licencia del médico? No, señor; no se morirá... Vean ustedes aquí una enferma, que tiene un semblante capaz de hacer perder la chabeta al hombre más tétrico del mundo. Yo, con todos mis aforismos, le aseguro á usted... ¡Bonita cara tiene!
D.ª PAULA.--¡Ah! ¡ah! ¡ah!
D. JERÓNIMO.--Vaya, gracias á Dios que se ríe la pobrecita.
BARTOLO.--¡Bueno! ¡Gran señal! ¡gran señal! Cuando el médico hace reir á las enfermas es linda cosa... Y bien, ¿qué la duele á usted?
D.ª PAULA.--Ba, ba, ba, ba.
BARTOLO.--¿Eh? ¿Qué dice usted?
D.ª PAULA.--Ba, ba, ba.
BARTOLO.--Ba, ba, ba, ba. ¿Qué diantre de lengua es esa? Yo no entiendo palabra.
D. JERÓNIMO.--Pues ese es su mal. Ha venido á quedarse muda, sin que se pueda saber la causa. Vea usted qué desconsuelo para mí.
BARTOLO.--¡Qué bobería! Al contrario, una mujer que no habla es un tesoro. La mía no padece esta enfermedad, y si la tuviese, yo me guardaría muy bien de curarla.
D. JERÓNIMO.--Á pesar de eso, yo le suplico á usted que aplique todo su esmero á fin de aliviarla y quitarla ese impedimento.
BARTOLO.--Se la aliviará, se la quitará: pierda usted cuidado. Pero es curación que no se hace así como quiera. ¿Come bien?
D. JERÓNIMO.--Sí, señor, con bastante apetito.
BARTOLO.--¡Malo!... ¿Duerme?
ANDREA.--Sí, señor, unas ocho ó nueve horas suele dormir regularmente.
BARTOLO.--¡Malo!... ¿Y la cabeza la duele?
D. JERÓNIMO.--Ya se lo hemos preguntado varias veces; dice que no.
BARTOLO.--¿No? ¡Malo!... Venga el pulso... Pues, amigo, este pulso indica... ¡Claro! está claro.
D. JERÓNIMO.--¿Qué indica?
BARTOLO.--Que su hija de usted tiene secuestrada la facultad de hablar.
D. JERÓNIMO.--¿Secuestrada?