Comedias escogidas

Part 15

Chapter 154,134 wordsPublic domain

D. GREGORIO.--Allí se están amo y criado como dos peleles... Conque dígame usted, caballerito, ¿volverá usted á enviar billetes amorosos á quien no se los quiere leer? Usted pensaba encontrar una niña alegre, amiga de cuchicheos y citas y quebraderos de cabeza. Pues ya ve usted el chasco que le ha sucedido... Créame, señor vecino, déjese de gastar la pólvora en salvas. Ella me quiere, tiene muchísimo juicio, á usted no le puede ver ni pintado; con que lo mejor es una buena retirada, y llamar á otra puerta, que por esta no se puede entrar.

D. ENRIQUE.--Es verdad, su mérito de usted es un obstáculo invencible. Ya echo de ver que era una locura aspirar al cariño de doña Rosita, teniéndole á usted por competidor.

D. GREGORIO.--Ya se ve, que era una locura.

D. ENRIQUE.--¡Oh! yo le aseguro á usted que si hubiese llegado á presumir que usted era ya dueño de aquel corazón, nunca hubiera tenido la temeridad de disputársele.

D. GREGORIO.--Yo lo creo.

D. ENRIQUE.--Acabó mi esperanza, y renuncio á una felicidad que, estando usted de por medio, no es para mí.

D. GREGORIO.--En lo cual hace usted muy bien.

D. ENRIQUE.--Y aun es tal mi desdicha, que no me permite ni el triste consuelo de la queja; porque al considerar las prendas que le adornan á usted, ¿cómo he de atreverme á culpar la elección de doña Rosa, que las conoce y las estima?

D. GREGORIO.--Usted dice bien.

D. ENRIQUE.--No haya más. Esta ventura no era para mí: desisto de un empeño tan imposible... Pero si algo merece con usted un amante infeliz, (_Don Enrique dará particular expresión á estas razones y á las que dice más adelante, deseoso de que don Gregorio las perciba bien, y acierte á repetirlas._) de cuya aflicción es usted la causa, yo le suplico solamente que asegure en mi nombre á doña Rosita, que el amor que de tres meses á esta parte la estoy manifestando es el más puro, el más honesto, y que nunca me ha pasado por la imaginación idea ninguna de la cual su delicadeza y su pudor deban ofenderse.

D. GREGORIO.--Sí, bien está: se lo diré.

D. ENRIQUE.--Que como era tan voluntaria esta elección en mí, no tenía otro intento que el de ser su esposo, ni hubiera abandonado esta solicitud, si el cariño que á usted le tiene no me opusiera un obstáculo tan insuperable.

D. GREGORIO.--Bien, se lo diré lo mismo que usted me lo dice.

D. ENRIQUE.--Sí, pero que no piense que yo pueda olvidarme jamás de su hermosura. Mi destino es amarla mientras me dure la vida, y si no fuese el justo respeto que me inspira su mérito de usted, no habría en el mundo ninguna otra consideración que fuese bastante á detenerme.

D. GREGORIO.--Usted habla y procede en eso como hombre de buena razón... Voy al instante á decirla cuanto usted me encarga... (_Hace que se va, vuelve._) Pero créame usted, don Enrique: es menester distraerse, alegrarse y procurar que esa pasión se apague y se olvide. ¡Qué diantre! usted es mozo y sujeto de circunstancias: conque es menester que... Vaya, vamos, ¿para qué es el talento?... Conque... ¡Eh! Adios.

(_Se aparta de ellos encaminándose á su casa. Don Enrique y Cosme se van, y entran en la suya._)

D. ENRIQUE.--¡Qué necio es!

ESCENA VIII.

DON GREGORIO _llama á su puerta, y sale_ DOÑA ROSA.

D. GREGORIO.--Es increíble la turbación que ha manifestado el hombre, al ver su billete devuelto y cerrado como él le envió... Asunto concluído. Pierde toda esperanza, y sólo me ha rogado con el mayor encarecimiento que te diga, que su amor es honestísimo, que no pensó que te ofendieras de verte amada, que su elección es libre, que aspiraba á poseerte por medio del matrimonio; pero que sabiendo ya el amor que me tienes, sería un temerario en seguir adelante... ¿Qué se yo cuánto me dijo?... Que nunca te olvidará; que su destino le obliga á morir amándote... Vamos, hipérboles de un hombre apasionado... pero que reconoce mi mérito y cede, y no volverá á darnos la menor molestia... No. Es cierto que él me ha hablado con mucha cortesía y mucho juicio, eso sí... Compasión me daba el oirle... Conque, y tú, ¿qué dices á esto?

D.ª ROSA.--Que no puedo sufrir que usted hable de esa manera de un hombre á quien aborrezco de todo corazón, y que si usted me quisiera tanto como dice, participaría del enojo que me causan sus procederes atrevidos.

D. GREGORIO.--Pero él, Rosita, no sabía que tú estuvieras tan apasionada de mí, y considerando las honestas intenciones de su amor, no merece que se le...

D.ª ROSA.--¿Y le parece á usted honesta intención la de querer robar á las doncellas? ¿Es hombre de honor el que concibe tal proyecto, y aspira á casarse conmigo por fuerza, sacándome de su casa de usted, como si fuera posible que yo sobreviviese á un atentado semejante?

D. GREGORIO.--¡Oiga! Conque...

D.ª ROSA.--Sí, señor, ese pícaro trata de obtenerme por medio de un rapto... Yo no sé quién le da noticia de los secretos de esta casa, ni quién le ha dicho que usted pensaba casarse conmigo dentro de seis ú ocho días á más tardar; lo cierto es que él quiere anticiparse, aprovechar una ocasión en que sepa que me he quedado sola, y robarme... ¡Tiemblo de horror!

D. GREGORIO.--Vamos, que todo eso no es más que hablar y...

D.ª ROSA.--Sí, ¡como hay tanto que fiar de su honradez y su moderación!... ¡Válgame Dios! ¿Y usted le disculpa?

D. GREGORIO.--No por cierto; si él ha dicho eso, realmente procede mal, y el chasco sería muy pesado... Pero ¿quién te ha venido á contar á ti esas?...

D.ª ROSA.--Ahora mismo acabo de saberlo.

D. GREGORIO.--¿Ahora?

D.ª ROSA.--Sí, señor, después que usted le volvió la carta.

D. GREGORIO.--Pero, chica, si no hice más que llegarme ahí á casa de don Froilán el boticario, hablé dos palabras con el mancebo, me volví al instante, y...

D.ª ROSA.--Pues en ese tiempo ha sido. Luégo que cerré me puse á dar unas sopas á los gatitos, oigo llamar, y creyendo que fuese usted, bajé tan alegre... Mi fortuna estuvo en que no abrí. Pregunto quién es, y por la cerradura oigo una voz desconocida que me dijo: Señorita, mi amo sabe que vive usted cautiva en poder de ese bruto, que se quiere casar con usted en esta semana próxima. No tiene usted que desconsolarse; don Enrique la adora á usted, y es imposible que usted desprecie un amor tan fino como el suyo. Viva usted prevenida, que de un instante á otro cuando su tutor la deje sola, vendrá á sacarla de esta cárcel, la depositará á usted en una casa de satisfacción, y... Yo no quise oir más, me subí muy queditito por la escalera arriba, me metí en mi cuarto... Yo pensé que me daba algún accidente.

D. GREGORIO.--Ese era el bribón del lacayo.

D.ª ROSA.--Á la cuenta.

D. GREGORIO.--Pero se ve que ese hombre es loco.

D.ª ROSA.--No tanto como á usted le parece. Mire usted si sabe disimular el traidor, y fingir delante de usted para engañarle con buenas palabras, mientras en su interior está meditando picardías... Harto desdichada soy yo por cierto, si á pesar del conato que pongo en conservar mi decoro y honestidad, he de verme expuesta á las tropelías de un hombre capaz de atreverse á las acciones más infames.

D. GREGORIO.--Vaya, vamos, no temas nada, que...

D.ª ROSA.--No; esto pide una buena resolución. Es menester que usted le hable con mucha firmeza, que le confunda, que le haga temblar. No hay otro medio de librarme de él, ni de obligarle á que desista de una persecución tan obstinada.

D. GREGORIO.--Bien; pero no te desconsueles así, mujercita mía; no, que yo le buscaré y le diré cuatro cosas bien dichas.

D.ª ROSA.--Dígale usted, si se empeña en negarlo, que yo he sido la que le he dado á usted esta noticia; que son vanos sus propósitos; que por más que lo intente no me sorprenderá; y en fin, que no pierda el tiempo en suspiros inútiles, puesto que por su conducto de usted le hago saber mi determinación, y que si no quiere ser causa de alguna desgracia irremediable, no espere á que se le diga una cosa dos veces.

D. GREGORIO.--¡Oh! Yo le diré cuanto sea necesario.

D.ª ROSA.--Pero de manera que comprenda bien que soy yo la que se lo dice.

D. GREGORIO.--No, no le quedará duda; yo te lo aseguro.

D.ª ROSA.--Pues bien. Mire usted que le aguardo con impaciencia; despáchese usted á venir. Cuando no le veo á usted, aunque sea por muy poco tiempo, me pongo triste.

D. GREGORIO.--Sí, éntrate, que al instante vuelvo, palomita, vida mía, ojillos negros... ¡Ay! ¡qué ojos! ¡Eh! Adios... (_Doña Rosa se entra su casa y cierra._) En el mundo no hay hombre más venturoso que yo; no puede haberle... (_Da una vuelta por la escena lleno de inquietud y alegría; después llama á la puerta de don Enrique._) Digo, señor, caballero galanteador, ¿podrá usted oirme dos palabras?

ESCENA IX.

DON ENRIQUE, COSME, DON GREGORIO.

D. ENRIQUE.--¡Oh! señor vecino, ¿qué novedad le trae á usted á mis puertas?

D. GREGORIO.--Sus extravagancias de usted.

D. ENRIQUE.--¿Cómo así?

D. GREGORIO.--Bien sabe usted lo que quiero decirle; no se me haga el desentendido como lo tiene por costumbre... Yo pensé que usted fuese persona de más formalidad, y en este concepto le he tratado, ya lo ha visto usted, con la mayor atención y blandura; pero, hombre, ¿cómo ha de sufrir uno lo que usted hace sin saltar de cólera? ¿No tiene usted vergüenza, siendo un sujeto decente y de obligaciones, de ocuparse en fabricar enredos, de querer sacar de su casa con engaño y violencia á una mujer honrada, de querer impedir un matrimonio en que ella cifra todas sus dichas? ¡Eh! que eso es indigno.

D. ENRIQUE.--¿Y quién le ha dado á usted noticias tan agenas de verdad, señor don Gregorio?

D. GREGORIO.--Volvemos otra vez á la misma canción. Rosita me las ha dado. Ella me envía por última vez á decirle á usted, que su elección es irrevocable, que sus planes de usted la ofenden, la horrorizan, que si no quiere usted dar ocasión á alguna desgracia, reconozca su desatino, y salgamos de tanto embrollo.

(_Empieza á oscurecerse lentamente el teatro, y al acabarse el acto queda á media luz._)

D. ENRIQUE.--Cierto que si ella misma hubiese dicho esas expresiones, no sería cordura insistir en un obsequio tan mal pagado; pero...

D. GREGORIO.--¿Conque usted duda que sea verdad?

D. ENRIQUE.--¿Qué quiere usted, señor don Gregorio? Es tan duro esto de persuadirse uno á que...

D. GREGORIO.--Venga usted conmigo.

(_Hasta el fin de la escena va y viene don Gregorio, unas veces hacia su puerta, y otras á donde está don Enrique, para que le siga._)

D. ENRIQUE.--Porque al fin, como usted tiene tanto interés en que yo me desespere y...

D. GREGORIO.--Venga usted, venga usted... ¡Rosa!

D. ENRIQUE.--No es decir esto que usted...

D. GREGORIO.--Nada. No hay que disputar. Si quiero que usted se desengañe... ¡Rosita! ¡Niña!

D. ENRIQUE.--¡Pensar que una dama ha de responder con tal aspereza á quien no ha cometido otro delito que adorarla!

D. GREGORIO.--Usted lo verá. Ya sale.

ESCENA X.

DOÑA ROSA, DON ENRIQUE, DON GREGORIO, COSME.

D.ª ROSA.--¿Qué es esto?... (_Sorprendida al ver á don Enrique_). ¿Viene usted á interceder por él, á recomendármele para que sufra sus visitas, para que corresponda agradecida á su insolente amor?

D. GREGORIO.--No, hija mía. Te quiero yo mucho para hacer tales recomendaciones; pero este santo varón toma á juguete cuanto yo le digo, y piensa que le engaño, cuando le aseguro que tú no le puedes ver, y que á mí me quieres, que me adoras. No hay forma de persuadirle. Con que te le traigo aquí para que tú misma se lo digas, ya que es tan presumido ó tan cabezudo que no quiere entenderlo.

D.ª ROSA.--Pues ¿no le he manifestado á usted ya cuál es mi deseo, que todavía se atreve á dudar? ¿De qué manera debo decírselo?

D. ENRIQUE.--Bastante ha sido para sorprenderme, señorita, cuanto el vecino me ha dicho de parte de usted, y no puedo negar la dificultad que he tenido en creerlo. Un fallo tan inesperado que decide la suerte de mi amor, es para mí de tal consecuencia, que no debe maravillar á nadie el deseo que tengo de que usted le pronuncie delante de mí.

D.ª ROSA.--Cuanto el señor le ha dicho á usted ha sido por instancias mías, y no ha hecho en esto otra cosa que manifestarle á usted los íntimos afectos de mi corazón.

D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?

D.ª ROSA.--Mi elección es tan honrada, tan justa, que no hallo motivo alguno que pueda obligarme á disimularla. De dos personas que miro presentes, la una es el objeto de todo mi cariño, la otra me inspira una repugnancia que no puedo vencer. Pero...

D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?

D.ª ROSA.--Pero es tiempo ya de que se acaben las inquietudes que padezco. Es tiempo ya de que unida en matrimonio con el que es el único dueño de la vida mía, pierda el que aborrezco sus mal fundadas esperanzas, y sin dar lugar á nuevas dilaciones, me vea yo libre de un suplicio más insoportable que la misma muerte.

D. GREGORIO.--¿Lo ve usted?... Sí, monita, sí; yo cuidaré de cumplir tus deseos.

D.ª ROSA.--No hay otro medio de que yo viva contenta.

(_Manifiesta en la expresión de sus palabras que las dirige á don Enrique, y en sus acciones que habla con don Gregorio._)

D. GREGORIO.--Dentro de muy poco lo estarás.

D.ª ROSA.--Bien advierto que no pertenece á mi estado el hablar con tanta libertad...

D. GREGORIO.--No hay mal en eso.

D.ª ROSA.--Pero en mi situación bien puede disimularse, que use de alguna franqueza con el que ya considero como esposo mío.

D. GREGORIO.--Sí, pobrecita mía... Sí, morenilla de mi alma.

D.ª ROSA.--Y que le pida encarecidamente, si no desprecia un amor tan fino, que acelere las diligencias de unión.

D. GREGORIO.--Ven aquí, perlita; (_Abraza á doña Rosa; ella extiende la mano izquierda, y don Enrique, que está detrás de don Gregorio, se la besa afectuosamente, y se retira al instante_) consuelo mío, ven aquí, que yo te prometo no dilatar tu dicha... Vamos, no te me angusties; calla, que... Amigo (_Volviéndose muy satisfecho á hablar á don Enrique_) ya lo ve usted. Me quiere, ¿qué le hemos de hacer?

D. ENRIQUE.--Bien está, señora; usted se ha explicado bastante, y yo la juro por quien soy, que dentro de poco se verá libre de un hombre que no ha tenido la fortuna de agradarla.

D.ª ROSA.--No puede usted hacerme favor más grande, porque su vista es intolerable para mí. Tal es el horror, el tedio que me causa, que...

D. GREGORIO.--Vaya, vamos, que eso es demasiado.

D.ª ROSA.--¿Le ofendo á usted en decir esto?

D. GREGORIO.--No por cierto... ¡Válgame Dios! No es eso, sino que también da lástima verle sopetear de esa manera... Una aversión tan excesiva...

D.ª ROSA.--Por mucha que le manifieste, mayor se la tengo.

D. ENRIQUE.--Usted quedará servida, señora doña Rosa. Dentro de dos ó tres días, á más tardar, desaparecerá de sus ojos de usted una persona que tanto la ofende.

D.ª ROSA.--Vaya usted con Dios, y cumpla su palabra.

D. GREGORIO.--Señor vecino, yo lo siento de veras, y no quisiera haberle dado á usted este mal rato; pero...

D. ENRIQUE.--No, no crea usted que yo lleve el menor resentimiento; al contrario, conozco que la señorita procede con mucha prudencia, atendido el mérito de entrambos. Á mí me toca sólo callar, y cumplir cuanto antes me sea posible lo que acabo de prometerla. Señor don Gregorio, me repito á la disposición de usted.

D. GREGORIO.--Vaya usted con Dios.

D. ENRIQUE.--Vamos pronto de aquí, Cosme, que reviento de risa.

(_Retirándose hacia su casa, entran en ella los dos, y se cierra la puerta._)

ESCENA XI.

DON GREGORIO, DOÑA ROSA.

D. GREGORIO.--De veras te digo, que este hombre me da compasión.

D.ª ROSA.--Ande usted, que no merece tanta como usted piensa.

D. GREGORIO.--Por lo demás, hija mía, es mucho lo que me lisonjea tu amor, y quiero darle toda la recompensa que merece. Seis ú ocho días son demasiado término para tu impaciencia. Mañana mismo quedaremos casados, y...

D.ª ROSA (_turbada_).--¿Mañana?

D. GREGORIO.--Sin falta ninguna... Ya veo á lo que te obliga el pudor, pobrecilla; y haces como que repugnas lo que estás deseando. ¿Te parece que no lo conozco?

D.ª ROSA.--Pero...

D. GREGORIO.--Sí, amiguita, mañana serás mi mujer. Ahora mismo voy antes que oscurezca aquí á casa de don Simplicio el escribano, para que esté avisado y no haya dilación. Adios, hechicera.

(_Don Gregorio se va por una calle. Doña Rosa entra en su casa y cierra._)

D.ª ROSA.--¡Infeliz de mí! ¿Qué haré para evitar este golpe?

ACTO III.

ESCENA PRIMERA.

DOÑA ROSA, DON GREGORIO.

(_La escena es de noche. Doña Rosa sale de su casa, manifestando el estado de incertidumbre y agitación que denota el diálogo._)

D.ª ROSA.--No hay otro medio... Si me detengo un instante, vuelve, pierdo la ocasión de mi libertad, y mañana... No... primero morir. Declarándoselo todo á mi hermana y á don Manuel, pidiéndoles amparo, consejo... Es imposible que me abandonen. Desde su casa avisaré á mi amante, y él dispondrá cuanto fuere menester, sin que mi decoro padezca... (_Don Gregorio sale por una calle á tiempo que doña Rosa se encamina á casa de su hermana; se detiene, y al conocerle duda lo que ha de hacer._) Vamos, pero... Gente viene... Y es él... ¡Desdichada! ¡Todo se ha perdido!

D. GREGORIO.--¿Quién está ahí, eh? ¡Calle! ¡Rosita! ¿Pues cómo? ¿Qué novedad es esta?

D.ª ROSA.--¿Qué le diré?

D. GREGORIO.--¿Qué haces aquí, niña?

D.ª ROSA.--Usted lo extrañará.

(_Indica en la expresión de sus palabras que va previniendo la ficción con que trata de disculparse._)

D. GREGORIO.--¿Pues no he de extrañarlo? ¿Qué ha sucedido? Habla.

D.ª ROSA.--Estoy tan confusa y...

D. GREGORIO.--Vamos, no me tengas en esta inquietud. ¿Qué ha sido?

D.ª ROSA.--¿Se enfadará usted si le digo?...

D. GREGORIO.--No me enfadaré. Dilo presto. Vamos.

D.ª ROSA.--Sí, precisamente se va usted á enojar, pero... Pues tenemos una huéspeda.

D. GREGORIO.--¿Quién?

D.ª ROSA.--Mi hermana.

D. GREGORIO.--¿Cómo?

D.ª ROSA.--Sí, señor, en mi cuarto la dejo encerrada con llave para que no nos dé una pesadumbre. Yo iba á llamar á doña Ceferina, la viuda del pintor, á fin de suplicarla que me hiciera el gusto de venirse á dormir esta noche á casa, porque al cabo, estando ella conmigo... como es una mujer de tanto juicio, y...

D. GREGORIO.--Pero ¿qué enredo es este, señor, que hasta ahora, lléveme el diablo, si yo he podido entender cosa ninguna?... ¿Á qué ha venido tu hermana?

D.ª ROSA.--Ha venido... Mire usted, le voy á revelar un secreto que le va á dejar aturdido... Pero no se ha de enfadar usted, ¿no?

D. GREGORIO.--¡Dale!... ¿Lo quieres decir ó tratas de que me desespere? ¿Á qué ha venido tu hermana?

D.ª ROSA.--Yo se lo diré á usted... Mi hermana está enamorada de don Enrique.

D. GREGORIO.--¿Ahora tenemos eso?

D.ª ROSA.--Sí, señor. Hace más de un año que se quieren, y cuasi el mismo tiempo que se han dado palabra de matrimonio. Por esto fué la mudanza desde la calle de Silva á la plazuela de Afligidos, pretextando Leonor que quería vivir cerca de mi casa, no siendo otro el motivo que el de parecerla muy acomodado este barrio desierto, adonde también se mudó inmediatamente don Enrique, para tener más ocasión de verle y hablarle, aprovechándose de la libertad que siempre la ha dado el bueno de don Manuel.

D. GREGORIO.--Pero este don Enrique ó don demonio, ¿á cuántas quiere? ¡Si yo estoy lelo!

D.ª ROSA.--Yo le diré á usted. Continuaron estos amores hasta que don Enrique, celoso de un don Antonio de Escobar, oficial de la secretaría de Guerra, con quien la vió una tarde en el jardín botánico, la envió un papel de despedida lleno de expresiones amargas; y desde entonces no ha querido volverla á ver. Parecióle conveniente además pagar con celos que él la diese, los que le había causado el tal don Antonio; y desde entonces dió en seguirme adonde quiera que fuese, y hacerme cortesías, y rondar la casa, todo sin duda para que mi hermana lo supiera y rabiase de envidia. Yo, que ignoraba esto, bien advertí las insinuaciones de don Enrique; pero me propuse callar y despreciarle, hasta que informada esta tarde de todo por lo que me dijo Leonor (la cual vino á hablarme muy sentida, creyendo que yo fuese capaz de corresponder á ese trasto), resolví decirle á usted lo que á mí me pasaba, omitiendo todo lo demás, para que la estimación de mi hermana no padeciese... ¿Qué hubiera usted hecho en este apuro? ¿No hubiera usted hecho lo mismo?

D. GREGORIO.--Conque... Adelante.

D.ª ROSA.--Pues como yo la dijese á Leonor que inmediatamente haría saber al dichoso don Enrique, por medio de usted, cuánto me desagradaba su mal término, se desconsoló, lloró, me suplicó que no lo hiciese; pero yo le aseguré que no desistiría de mi propósito. Pensó llevarme á casa de doña Beatriz para estorbármelo; usted no quiso que fuera con ella, y no parece sino que algún ángel le inspiró á usted aquella repugnancia. Lo que ha pasado esta tarde con el tal caballero bien lo sabe usted; pero falta decirle que así que usted me dejó para ir á verse con el escribano, llegó mi hermana, la conté cuánto había ocurrido, y... Vaya, no es posible ponderarle á usted la aflicción que manifestó. Llamó á su criada, la habló en secreto, y quedándose conmigo sola, me dijo en un tono de desesperación que me hizo temblar, que la chica había ido á su casa á decir que esta noche no iría, porque doña Beatriz se había puesto mala, y la había rogado que se quedase con ella. Y que también iba encargada de avisar á don Enrique, en nombre mío, de que á las doce en punto le esperaba yo en el balcón de mi cuarto, que da al jardín. Con este engaño se propone hablarle, y dar á sus celos cuantas satisfacciones quiera pedirla.

D. GREGORIO.--¡Picarona! ¡enredadora! ¡desenvuelta!... Y bien, ¿tú qué le has dicho?

D.ª ROSA.--Amenazarla de que usted y don Manuel sabrán todo lo que pasa, y que yo seré quien se lo diga para que pongan remedio en ello; afearla su deshonesto proceder, instarla á que se fuera de mi casa inmediatamente.

D. GREGORIO.--¿Y ella?

D.ª ROSA.--Ella me respondió que si no la sacan arrastrando de los cabellos, que no se irá. Que en hablando con don Enrique, y desvaneciendo sus quejas, ni á usted, ni á don Manuel, ni á todo el mundo teme.

D. GREGORIO.--Mi hermano merece esto y mucho más... Pero ¿cómo he de sufrir yo en mi casa tales picardías? No, señor. Yo le daré á entender á esa desvergonzada, que si ha contado contigo para seguir adelante en su desacuerdo, se ha equivocado mucho; y que yo no soy hombre de los que se dejan llevar al pilón como el otro bárbaro. Yo la diré lo que... Vamos.

(_Quiere entrar en su casa, y doña Rosa le detiene._)

D.ª ROSA.--No, señor, por Dios, no éntre usted. Al fin es mi hermana. Yo entraré sola, y la diré que es preciso que se vaya al instante, ó á su casa ó á lo menos á la de doña Beatriz, si teme que don Manuel extrañe ahora su vuelta.

(_Hace que se va hacia su casa, y vuelve._)

D. GREGORIO.--Muy bien; aquí espero á que salga.

D.ª ROSA.--Pero no se descubra usted, no la hable, no se acerque, no la siga... Si le viese á usted, sería tanta su confusión y sobresalto, que pudiera darla un accidente... Si ella quiere enmendar este desacierto, aún hay remedio; y mucho más si ese hombre se va, como ha prometido... En fin, yo la haré salir de casa, que es lo que importa; pero, por Dios, retírese usted, y no trate de molestarla.

D. GREGORIO.--¡Marta la piadosa!... ¡Cierto que merece ella toda esa caridad!

D.ª ROSA.--Es mi hermana.

D. GREGORIO.--¡Y qué poco se parece á ti la dichosa hermana!... Vamos, entra, y veremos si logras lo que te propones.

D.ª ROSA.--Yo creo que sí.

D. GREGORIO.--Mira que si se obstina en que ha de quedarse, subo allá arriba y la saco á patadas.

D.ª ROSA.--No será menester. Voy allá... (_Hace que se va, y vuelve._) Pero repito que no se descubra usted, ni la hostigue, ni...

D. GREGORIO.--Bien, sí, la dejaré que se vaya adonde quiera.

D.ª ROSA (_se encamina hacia su casa, y vuelve._)--¡Ah! Mire usted. Así que ella salga, éntrese usted, y cierre bien su puerta... Yo estoy tan desazonada, que me voy al instante á acostar.

D. GREGORIO.--Pero ¿qué sientes?