Comedias escogidas

Part 14

Chapter 144,064 wordsPublic domain

D. MANUEL.--¿Qué?... Vamos, acaba de decirlo.

D. GREGORIO.--¡Qué gusto ha de ser para mí!

D. MANUEL.--Yo ignoro cuál será mi suerte; pero creo que si no te sucede á ti el chasco pesado que me pronosticas, no será ciertamente por no haber hecho de tu parte cuantas diligencias son necesarias para que suceda.

D. GREGORIO.--Sí, ríe, búrlate. Ya llegará la mía, y veremos entonces cuál de los dos tiene más gana de reir.

D.ª LEONOR.--Yo le aseguro del peligro con que usted le amenaza, señor don Gregorio, y desprecio la infame sospecha que usted se atreve á suscitar delante de mí. Yo le prometo, si llega el caso de que este matrimonio se verifique, que su honor no padezca, porque me estimo á mí propia en mucho; pero si usted hubiera de ser mi marido, en verdad que no me atrevería á decir otro tanto.

JULIANA.--Realmente es cargo de conciencia con los que nos tratan bien, y hacen confianza de nosotras; pero con hombres como usted, pan bendito.

D. GREGORIO.--Vaya enhoramala, habladora, desvergonzada, insolente.

D. MANUEL.--Tú tienes la culpa de que ella hable así... Vamos, Leonor. Allá te dejaré con tus amigas, y yo me volveré á despachar el correo.

D.ª LEONOR.--Pero ¿no irá usted por mí?

D. MANUEL.--¿Qué sé yo? Si no he ido al anochecer, el criado de doña Beatriz puede acompañaros. Adios, Gregorio. Conque quedamos en que es menester mudar de humor, y en que esto de encerrar á las mujeres es mucho desatino. Soy criado de usted.

D. GREGORIO.--Yo no soy criado de usted. Vaya usted con Dios.

(_Don Manuel y las dos mujeres se van por una de las calles._)

ESCENA IV.

DON GREGORIO.

D. GREGORIO.--Dios los cría, y ellos se juntan... ¡Qué familia! Un hombre maduro empeñado en vivir como un mancebito de primera tijera; una solterita desenfadada y mujer de mundo; unos criados sin vergüenza ni... No, la prudencia misma no bastaría á corregir los desórdenes de semejante casa... Lo peor es que Rosita no aprenderá cosa buena con estos ejemplos, y tal vez pudieran malograrse las ideas de recogimiento y virtud que he sabido inspirarla... Pondremos remedio... Muy buena es la plazuela de Afligidos, pero en Griñón estará mejor. Sí, cuanto antes; y allí volverá á divertirse con sus lechugas y sus gallinitas.

ESCENA V.

DON ENRIQUE, COSME (_Salen los dos de la casa de don Enrique y observan á don Gregorio, que estará distante._), DON GREGORIO.

COSME.--¿Es él?

D. ENRIQUE.--Sí, él es; el cruel tutor de la hermosa prisionera que adoro.

D. GREGORIO.--Pero ¡no es cosa de aturdirse al ver la corrupción actual de las costumbres!...

D. ENRIQUE.--Quisiera vencer mi repugnancia, hablar con él, y ver si logro de alguna manera introducirme.

D. GREGORIO.--En vez de aquella severidad que caracterizaba la honradez antigua (_Se acerca un poco don Enrique por el lado derecho de don Gregorio, y le hace cortesía_), no vemos en nuestra juventud sino excesos de inobediencia, libertinaje y...

D. ENRIQUE.--Pero ¿este hombre no ve?

COSME.--¡Ay! es verdad. Ya no me acordaba. Si este es el lado del ojo huero. Vamos por el otro.

(_Hace que don Enrique pase por detrás de don Gregorio al lado opuesto._)

D. GREGORIO.--No, no, no... Es preciso salir de aquí. Mi permanencia en la corte no pudiera menos de... (_Estornuda y se suena._)

D. ENRIQUE.--No hay remedio; yo quiero introducirme con él.

D. GREGORIO.--¿Eh? (_Se vuelve hacia el lado derecho, y no viendo á nadie, prosigue su discurso._) Pensé que hablaban... Á lo menos en un lugar, bendito Dios, no se ven estas locuras de por aquí.

COSME.--Acérquese usted.

D. GREGORIO.--¿Quién va? (_Vuelve por el lado derecho; se rasca la oreja, y al concluir una vuelta entera, repara en don Enrique, que le hace cortesías con sombrero. Don Gregorio se aparta, y don Enrique se le va acercando._) Las orejas me zumban... Allí todas las diversiones de las muchachas se reducen á... ¿Es á mí?

COSME.--Ánimo.

D. GREGORIO.--Allí ninguno de estos barbilindos viene con sus... ¡Qué diablos!... ¡Dale!... ¡Vaya, que el hombre es atento!

D. ENRIQUE.--Mucho sentiría, caballero, haberle distraído á usted de sus meditaciones.

D. GREGORIO.--En efecto.

D. ENRIQUE.--Pero la oportunidad de conocer á usted, que ahora se me presenta, es para mí una fortuna, una satisfacción tan apetecible, que no he podido resistir al deseo de saludarle...

D. GREGORIO.--Bien.

D. ENRIQUE.--Y de manifestarle á usted con la mayor sinceridad cuánto celebraría poderme ocupar en servicio suyo.

D. GREGORIO.--Lo estimo.

D. ENRIQUE.--Tengo la dicha de ser vecino de usted, en lo cual debo estar muy agradecido á mi suerte, que me proporciona...

D. GREGORIO.--Muy bien.

D. ENRIQUE.--¿Y sabe usted las noticias que hoy tenemos? En la corte aseguran como cosa muy positiva...

D. GREGORIO.--¿Qué me importa?

D. ENRIQUE.--Ya; pero á veces tiene uno curiosidad de saber novedades, y...

D. GREGORIO.--¡Eh!

D. ENRIQUE.--Realmente. (_Después de una larga pausa prosigue don Enrique. Se pára, deseando que don Gregorio le conteste; y viendo que no lo hace, sigue hablando._) Madrid es un pueblo en que se disfrutan más comodidades y diversiones que en otra parte... Las provincias en comparación de esto... Ya se ve, ¡aquella soledad, aquella monotonía!... Y usted ¿en qué pasa el tiempo?

D. GREGORIO.--En mis negocios.

D. ENRIQUE.--Sí; pero el ánimo necesita descanso, y á las veces se rinde por la demasiada aplicación á los asuntos graves... Y de noche, antes de recogerse, ¿qué hace usted?

D. GREGORIO.--Lo que me da la gana.

D. ENRIQUE.--Muy bien dicho. La respuesta es exactísima, y desde luégo se echa de ver su prudencia de usted en no querer hacer cosa que no sea muy de su agrado. Cierto que... Yo, si usted no estuviese muy ocupado, pasaría, así, algunas noches á su casa de usted, y...

D. GREGORIO.--Agur.

(_Atraviesa por entre los dos, se entra en su casa, y cierra._)

ESCENA VI.

DON ENRIQUE, COSME.

D. ENRIQUE.--¿Qué te parece, Cosme? ¿Ves qué hombre este?

COSME.--Asperillo es de condición, y amargo de respuestas.

D. ENRIQUE.--¡Ah! ¡Yo me desespero!

COSME.--¿Y por qué?

D. ENRIQUE.--¿Eso me preguntas? Porque veo sin libertad á la prenda que más estimo, en poder de ese bárbaro, de ese dragón vigilante, que la guarda y la oprime.

COSME.--Auto en favor. Eso que á usted le apesadumbra debiera hacerle concebir mayor esperanza. Sepa usted, señor don Enrique, para que se tranquilice y se consuele, que una mujer, á quien celan y guardan mucho, está ya medio conquistada; y que el mal humor de los maridos y de los padres no hace otra cosa que adelantar las pretensiones del galán. Yo no soy enamoradizo, ni entiendo de esos filis; pero muchas veces oí decir á algunos de mis amos anteriores (corsarios de profesión), que no había para ellos mayor gusto que el de hallarse con uno de estos maridos fastidiosos, groseros, regañones, atisbadores, impertinentes, cavilosos, coléricos, que armados con la autoridad de maridos, á vista de los amantes de su mujer, la martirizan y la desesperan. Y ¿qué sucede? Lo que es natural, naturalísimo: que el tímido caballero, animándose al ver el justo resentimiento de la señora por los ultrajes que ha padecido, se lastima de su situación, la consuela, la acaricia, la arrulla; y ella, como es regular, se lo agradece, y... en fin, se adelanta camino. Créame usted: la aspereza del consabido tutor le facilitará á usted los medios de enamorar á la pupila.

D. ENRIQUE.--¿Qué facilidades me propones, cuando sabes que hace ya tres meses que suspiro en vano? Ganado el pleito, por el cual emprendí mi viaje de Córdoba á Madrid, entretengo con dilaciones á mi buen padre, impaciente de verme; huyo del trato de mis amigos, de las muchas distracciones que ofrece la corte; me vengo á vivir á este barrio solitario para estar cerca de doña Rosita y tener ocasiones de hablarla, y hasta ahora mi desdicha ha sido tan grande, que no lo he podido conseguir.

COSME.--Dicen que amor es invencionero y astuto; pero no me parece á mí que usted pone toda la diligencia que pide el caso, ni que discurre arbitrios para...

D. ENRIQUE.--¿Y qué he de hacer yo, si la casa está cerrada siempre como un castillo; si no hay dentro de ella criado ni criada alguna de quien poder valerme; si nunca sale por esa puerta sin ir acompañada de su feroz alcaide?

COSME.--¿De suerte, que ella todavía no sabe que usted la quiere?

D. ENRIQUE.--No sé qué decirte. Bien me ha visto que la sigo á todas partes, y que me recato de que su tutor repare en mí. Cuando la lleva á misa á San Marcos, allí estoy yo; si alguna vez se va á pasear con ella hacia la Florida, al cementerio ó al camino de Maudes, siempre la he seguido á lo lejos. Cuando he podido acercarme, bien he procurado que lea en mis ojos lo que padece mi corazón; pero ¿quién sabe si ella ha comprendido este idioma, y si agradece mi amor, ó le desestima?

COSME.--Á la fe que el tal lenguaje es un poco oscuro, si no le acompañan las palabras ó las letras.

D. ENRIQUE.--No sé qué hacer para salir de esta inquietud, y averiguar si me ha entendido y conoce lo que la quiero... Discurre tú algún arbitrio...

COSME.--Sí, discurramos.

D. ENRIQUE.--Á ver si se puede...

COSME.--Ya lo entiendo; pero aquí no estamos bien. Á casa.

D. ENRIQUE.--Pues ¿qué importa que?...

COSME.--No ve usted que si el amigo estuviese ahí detrás de las persianas avizorándonos con el ojo que le sobra... No, no, á casa... Y despacito, como que...

D. ENRIQUE.--Sí, dices bien.

(_Vanse los dos, encaminándose lentamente á casa de don Enrique._)

ACTO II.

ESCENA PRIMERA.

DON MANUEL.

(_Sale don Manuel por una de las calles, llega á su casa, tira de la campanilla, después de una breve pausa se abre la puerta, entra, y queda cerrada como antes._)

D. MANUEL.--Abre.

ESCENA II.

DON GREGORIO, DOÑA ROSA, (_salen los dos de casa de don Gregorio_).

D. GREGORIO.--Bien, vete que ya sé la casa, y aun por las señas que me das también caigo en quien es el sujeto.

(_Se aparta un poco de doña Rosa, y vuelve después._)

D.ª ROSA.--¡Oh! ¡Favorezca la suerte los ardides que me inspira un inocente amor!

D. GREGORIO.--¿No dices que has oído que se llama don Enrique?

D.ª ROSA.--Sí, don Enrique.

D. GREGORIO.--Pues bien, tranquilízate. Vete adentro y déjame, que yo estaré con ese aturdido y le diré lo que hace al caso.

(_Vuelve á apartarse y se queda pensativo. Entre tanto doña Rosa se entra y cierra la puerta. Don Gregorio llama á la de don Enrique._)

D.ª ROSA.--Para una doncella demasiado atrevimiento es este... Pero ¿qué persona de juicio se negará á disculparme, si considera el injusto rigor que padezco?

D. GREGORIO.--No perdamos tiempo... ¡Ah de casa!... Gente de paz... Ya no me admiro de que el dichoso vecinito se me viniese haciendo tantas reverencias; pero yo le haré ver que su proyecto insensato no le...

ESCENA III.

COSME, DON GREGORIO, DON ENRIQUE.

D. GREGORIO.--¡Qué bruto de!... (_Al salir Cosme da un gran tropezón con don Gregorio._) ¡No ve usted qué modo de salir!... ¡Por poco no me hace desnucar el bárbaro!

(_Mientras don Gregorio busca y limpia el sombrero que ha caído por el suelo, sale don Enrique, y durante la escena le trata con afectado cumplimiento, lo cual va impacientando progresivamente á don Gregorio._)

D. ENRIQUE.--Caballero, siento mucho que...

D. GREGORIO.--¡Ah! precisamente es usted el que busco.

D. ENRIQUE.--¿Á mí, señor?

D. GREGORIO.--Sí por cierto... ¿No se llama usted don Enrique?

D. ENRIQUE.--Para servir á usted.

D. GREGORIO.--Para servir á Dios... Pues, señor, si usted lo permite, yo tengo que hablarle.

D. ENRIQUE.--¿Será tanta mi felicidad, que pueda complacerle á usted en algo?

D. GREGORIO.--No; al contrario, yo soy el que trato de hacerle á usted un obsequio, y por eso me he tomado la libertad de venir á buscarle.

D. ENRIQUE.--¿Y usted venía á mi casa con ese intento?

D. GREGORIO.--Sí, señor... ¿Y qué hay en eso de particular?

D. ENRIQUE.--¿Pues no quiere usted que me admire, y que envanecido con el honor de que?...

D. GREGORIO.--Dejémonos ahora de honores y de envanecimientos... Vamos al caso.

D. ENRIQUE.--Pero tómese usted la molestia de pasar adelante.

D. GREGORIO.--No hay para qué.

D. ENRIQUE.--Sí, sí, usted me hará este favor.

D. GREGORIO.--No por cierto. Aquí estoy muy bien.

D. ENRIQUE.--¡Oh! No es cortesía permitir que usted...

D. GREGORIO.--Pues yo le digo á usted que no quiero moverme.

D. ENRIQUE.--Será lo que usted guste. Cosme, volando, baja un taburete para el vecino.

(_Cosme se encamina á la puerta de su casa para buscar el taburete; después se detiene dudando lo que ha de hacer._)

D. GREGORIO.--Pero si de pié le puedo decir á usted lo que...

D. ENRIQUE.--¿De pié? ¡Oh! no se trate de eso.

D. GREGORIO.--¡Vaya que el hombre me mortifica en forma!

COSME.--¿Le traigo ó le dejo? ¿Qué he de hacer?

D. GREGORIO.--No le traiga usted.

D. ENRIQUE.--Pero sería una desatención indisculpable...

D. GREGORIO.--Hombre, más desatención es no querer oir á quien tiene que hablar con usted.

D. ENRIQUE.--Ya oigo.

(_Don Enrique hace ademán de ponerse el sombrero; pero al ver que don Gregorio le tiene aún en la mano, queda descubierto, le hace insinuaciones de que se le ponga primero. Don Gregorio se impacienta, y al fin se le ponen los dos._)

D. GREGORIO.--Así me gusta... Por Dios, dejémonos de ceremonias, que ya me... ¿Quiere usted oirme?

D. ENRIQUE.--Sí por cierto, con muchísimo gusto.

D. GREGORIO.--Dígame usted... ¿sabe usted que yo soy tutor de una joven muy bien parecida, que vive en aquella casa de las persianas verdes, y se llama doña Rosita?

D. ENRIQUE.--Sí, señor.

D. GREGORIO.--Pues bien; si usted lo sabe, no hay para qué decírselo... Y ¿sabe usted que siendo muy de mi gusto esta niña, me interesa mucho su persona, aún más que por el pupilaje, por estar destinada al honor de ser mi mujer?

D. ENRIQUE (_con sorpresa y sentimiento._)--No sabía eso.

D. GREGORIO.--Pues yo se lo digo á usted. Y además le digo, que si usted gusta, no trate de galanteármela y la deje en paz.

D. ENRIQUE.--¿Quién?... ¿Yo, señor?

D. GREGORIO.--Sí, usted. No andemos ahora con disimulos.

D. ENRIQUE.--Pero ¿quién le ha dicho á usted que yo esté enamorado de esa señorita?

D. GREGORIO.--Personas á quienes se puede dar entera fe y crédito.

D. ENRIQUE.--Pero repito que...

D. GREGORIO.--¡Dale!... Ella misma.

D. ENRIQUE.--¿Ella?

(_Se admira y manifiesta particular interés en saber lo restante._)

D. GREGORIO.--Ella. ¿No le parece á usted que basta? Como es una muchacha muy honrada, y que me quiere bien desde su edad más tierna, acaba de hacerme relación de todo lo que pasa. Y me encarga además que le advierta á usted, que ha entendido muy bien lo que usted quiere decirla con sus miradas, desde que ha dado en la flor de seguirla los pasos; que no ignora sus deseos de usted; pero que esta conducta la ofende, y que es inútil que usted se obstine en manifestarla una pasión tan repugnante al cariño que á mí me profesa.

D. ENRIQUE.--¿Y dice usted que es ella misma la que le ha encargado?...

D. GREGORIO.--Sí, señor, ella misma, la que me hace venir á darle á usted este consejo saludable, y á decirle, que habiendo penetrado desde luégo sus intenciones de usted, le hubiera dado este aviso mucho tiempo antes, si hubiese tenido alguna persona de quien fiar tan delicada comisión; pero que viéndose ya apurada y sin otro recurso, ha querido valerse de mí para que cuanto antes sepa usted que basta ya de guiñaduras, que su corazón todo es mío, y que si tiene usted un tantico de prudencia, es de esperar que dirigirá sus miradas hacia otra parte. Adios, hasta la vista. No tengo otra cosa que advertir á usted.

(_Se aparta de ellos adelantándose hacia el proscenio._)

D. ENRIQUE.--Y bien, Cosme, ¿qué me dices de esto?

COSME.--Que no le debe dar á usted pesadumbre, que alguna maraña hay oculta, y sobre todo, que no desprecia su obsequio de usted la que le envía ese recado.

D. GREGORIO.--Se ve que le ha hecho efecto.

D. ENRIQUE.--¿Conque tú crees también que hay algún artificio?

COSME.--Sí... Pero vamos de aquí, porque está observándonos.

(_Los dos se entran en la casa de don Enrique. Don Gregorio, después de haberlos observado, se pasea por el teatro._)

ESCENA IV.

DON GREGORIO, DOÑA ROSA.

D. GREGORIO.--Anda, pobre hombre, anda, que no esperabas tú semejante visita... Ya se ve, una niña virtuosa como ella es, con la educación que ha tenido... Las miradas de un hombre la asustan, y se da por muy ofendida.

(_Mientras don Gregorio se pasea y hace ademanes de hablar solo, doña Rosa abre su puerta y habla sin haberle visto; él por último se encamina á su casa y le sorprende hallar á doña Rosa._)

D.ª ROSA.--Yo me determino. Tal vez en la sorpresa que debe causarle no habrá entendido mi intención... ¡Oh! es menester, si ha de acabarse esta esclavitud, no dejarle en dudas.

D. GREGORIO.--Vamos á verla y á contarla... ¡Calle! Qué ¿estabas aquí?... Ya despaché mi comisión.

D.ª ROSA.--Bien impaciente estaba. ¿Y qué hubo?

D. GREGORIO.--Que ha surtido el efecto deseado, y el hombre queda que no sabe lo que le pasa. Al principio se me hacía el desentendido; pero luégo que le aseguré que tú propia me enviabas, se confundió, no acertaba con las palabras, y no me parece que te volverá á molestar.

D.ª ROSA.--¿Eso dice usted? Pues yo temo que ese bribón nos ha de dar alguna pesadumbre.

D. GREGORIO.--Pero ¿en qué fundas ese temor, hija mía?

D.ª ROSA.--Apenas había usted salido, me fuí á la pieza del jardín á tomar un poco el fresco en la ventana, y oí que fuera de la tapia cantaba un chico, y se entretenía en tirar piedras al emparrado. Le reñí desde el balcón diciéndole que se fuese de allí, pero él se reía y no dejaba de tirar. Como los cantos llegaban demasiado cerca, quise meterme adentro, temerosa de que no me rompiese la cabeza con alguno. Pues cuando iba á cerrar la ventana, viene uno por el aire, que me pasó muy cerca de este hombro, y cayó dentro del cuarto. Pensaba yo que fuese un pedazo de yeso, acércome á cogerle, y... ¿qué le parece á usted que era?

D. GREGORIO.--¿Qué sé yo? Algún mendrugo seco, ó algún troncho, ú así...

D.ª ROSA.--No, señor. Era este envoltorio de papel.

(_Saca de la faltriquera un papel envuelto, y según lo indica el diálogo, le desenvuelve y va enseñándole á don Gregorio la caja y la carta._)

D. GREGORIO.--¡Calle!

D.ª ROSA.--Y dentro esta caja de oro.

D. GREGORIO.--¡Oiga!

D.ª ROSA.--Y dentro esta carta dobladita como usted la ve, con su sobrescrito, y su sello de lacre verde, y...

D. GREGORIO.--¡Picardía como ella!... ¿Y el muchacho?

D.ª ROSA.--El muchacho desapareció al instante... Mire usted, el corazón le tengo tan oprimido, que...

D. GREGORIO.--Bien te lo creo.

D.ª ROSA.--Pero es obligación mía devolver inmediatamente la caja y la carta á ese diablo de ese hombre; bien que para esto era menester que alguno se encargase de... Porque atreverme yo á que usted mismo...

D. GREGORIO.--Al contrario, bobilla: de esa manera me darás una prueba de tu cariño. No sabes tú la fineza que en esto me haces. Yo, yo me encargo de muy buena gana de ser el portador.

D.ª ROSA.--Pues tome usted.

(_Le da la caja, la carta y el papel en que estaba todo envuelto. Don Gregorio lee el sobrescrito, y hace ademán de ir á abrir la carta; doña Rosa pone las manos sobre las suyas y le detiene._)

D. GREGORIO.--_Á mi señora doña Rosa Jiménez._--_Enrique de Cárdenas._ ¡Temerario, seductor! Veamos lo que te escribe, y...

D.ª ROSA.--¡Ay! No por cierto: no la abra usted.

D. GREGORIO.--¿Y qué importa?

D.ª ROSA.--¿Quiere usted que él se persuada á que yo he tenido la ligereza de abrirla? Una doncella debe guardarse de leer jamás los billetes que un hombre la envíe; porque la curiosidad que en esto descubre, dará á sospechar que interiormente no la disgusta que la escriban amores. No, señor, no. Yo creo que se le debe entregar la carta cerrada como está, y sin dilación ninguna, para que vea el alto desprecio que hago de él, que pierda toda esperanza, y no vuelva nunca á intentar locura semejante.

D. GREGORIO.--Tiene muchísima razón. (_Se aparta hacia un lado, y vuelve después á hablarla muy satisfecho. Mete la carta dentro de la caja, la envuelve curiosamente y se la guarda._) Rosita, tu prudencia y tu virtud me maravillan. Veo que mis lecciones han producido en tu alma inocente sazonados frutos, y cada vez te considero más digna de ser mi esposa.

D.ª ROSA.--Pero si usted tiene gusto de leerla...

D. GREGORIO.--No, nada de eso.

D.ª ROSA.--Léala usted si quiere, como no la oiga yo.

D. GREGORIO.--No, no, señor. Si estoy muy persuadido de lo que me has dicho. Conviene llevarla así. Voy allá en un instante... Me llegaré después aquí á la botica á encargar aquel ungüentillo para los callos... Volveré á hacerte compañía, y leeremos un par de horas en _Desiderio y Electo_... ¿Eh? Adios.

D.ª ROSA.--Venga usted pronto.

(_Se entra doña Rosa en su casa._)

ESCENA V.

DON GREGORIO, COSME.

D. GREGORIO.--El corazón me rebosa de alegría al ver una muchacha de esta índole. Es un tesoro el que yo tengo en ella de modestia y de juicio. ¡Ah! Quisiera yo saber si la pupila de mi docto hermano sería capaz de proceder así. No, señor, las mujeres son lo que se quiere que sean. (_Va á casa de don Enrique, y llama. Al salir Cosme, desenvuelve el papel, le enseña la carta cerrada, se lo pone todo en las manos, y se va por una calle._) Deo gracias.

COSME.--¿Quién es? ¡Oh! señor don...

D. GREGORIO.--Tome usted, dígale usted á su amo que no vuelva á escribir más cartas á aquella señorita, ni á enviarla cajitas de oro, porque está muy enfadada con él... Mire usted, cerrada viene. Dígale usted que por ahí podrá conocer el buen recibo que ha tenido, y lo que puede esperar en adelante.

ESCENA VI.

DON ENRIQUE, COSME.

D. ENRIQUE.--¿Qué es eso? ¿Qué te ha dado ese bárbaro?

COSME.--Esta caja con esta carta, que dice que usted ha enviado á doña Rosita...

(_Don Enrique le oye con admiración, abre la carta y la lee cuando lo indica el diálogo._)

D. ENRIQUE.--¿Yo?

COSME.--La cual doña Rosita se ha irritado tanto, según él asegura, de este atrevimiento, que se la vuelve á usted sin haberla querido abrir... Lea usted pronto, y veremos si mi sospecha se verifica.

D. ENRIQUE.--«Esta carta le sorprenderá á usted sin duda. El designio de escribírsela, y el modo con que la pongo en sus manos, parecerán demasiado atrevidos; pero el estado en que me veo no me da lugar á otras atenciones. La idea de que dentro de seis días he de casarme con el hombre que más aborrezco, me determina á todo; y no queriendo abandonarme á la desesperación, elijo el partido de implorar de usted el favor que necesito para romper estas cadenas. Pero no crea que la inclinación que le manifiesto sea únicamente procedida de mi suerte infeliz; nace de mi propio albedrío. Las prendas estimables que veo en usted, las noticias que he procurado adquirir de su estado, de su conducta y de su calidad, aceleran y disculpan esta determinación... En usted consiste que yo pueda cuanto antes llamarme suya; pues sólo espero que me indique los designios de su amor, para que yo le haga saber lo que tengo resuelto. Adios, y considere usted que el tiempo vuela, y que dos corazones enamorados con media palabra deben entenderse.»

COSME.--¿No le parece á usted, que la astucia es de lo más sutil que puede imaginarse? ¿Sería creíble en una muchacha tan ingeniosa travesura de amor?

D. ENRIQUE.--¡Esta mujer es adorable! Este rasgo de su talento y de su pasión acrecen la que yo la tengo; (_Don Gregorio sale por una de las calles, y se detiene. Después se acerca._) y unido todo á la juventud, á las gracias y á la hermosura...

COSME.--Que viene el tuerto. Discurra usted lo que le ha de decir.

ESCENA VII.

DON GREGORIO, DON ENRIQUE, COSME.