Comedias escogidas

Part 13

Chapter 134,138 wordsPublic domain

D.ª IRENE.--Pues qué... Dígalo usted, por Dios... ¡Vaya, vaya!... No sabe usted lo asustada que estoy... Cualquiera cosa, así, repentina, me remueve toda y me... Desde el último mal parto que tuve, quedé tan sumamente delicada de los nervios... Y va ya para diez y nueve años, si no son veinte; pero desde entonces, ya digo, cualquiera friolera me trastorna... Ni los baños, ni caldos de culebra, ni la conserva de tamarindos, nada me ha servido; de manera que...

D. DIEGO.--Vamos, ahora no hablemos de malos partos ni de conservas... Hay otra cosa más importante de que tratar... ¿Qué hacen esas muchachas?

D.ª IRENE.--Están recogiendo la ropa y haciendo el cofre, para que todo esté á la vela, y no haya detención.

D. DIEGO.--Muy bien. Siéntese usted... Y no hay que asustarse ni alborotarse (_Siéntanse los dos_) por nada de lo que yo diga; y cuenta, no nos abandone el juicio cuando más lo necesitamos... Su hija de usted está enamorada...

D.ª IRENE.--¿Pues no lo he dicho ya mil veces? Sí, señor, que lo está; y bastaba que yo lo dijese para que...

D. DIEGO.--¡Este vicio maldito de interrumpir á cada paso! Déjeme usted hablar.

D.ª IRENE.--Bien, vamos, hable usted.

D. DIEGO.--Está enamorada; pero no está enamorada de mí.

D.ª IRENE.--¿Qué dice usted?

D. DIEGO.--Lo que usted oye.

D.ª IRENE.--Pero ¿quién le ha contado á usted esos disparates?

D. DIEGO.--Nadie. Yo lo sé, yo lo he visto, nadie me lo ha contado; y cuando se lo digo á usted, bien seguro estoy de que es verdad... Vaya, ¿qué llanto es ese?

D.ª IRENE (_llorando_).--¡Pobre de mí!

D. DIEGO.--¿Á qué viene eso?

D.ª IRENE.--¡Porque me ven sola y sin medios, y porque soy una pobre viuda, parece que todos me desprecian y se conjuran contra mí!

D. DIEGO.--Señora doña Irene...

D.ª IRENE.--Al cabo de mis años y de mis achaques, verme tratada de esta manera, como un estropajo, como una puerca cenicienta, vamos al decir... ¿Quién lo creyera de usted?... ¡Válgame Dios!... ¡Si vivieran mis tres difuntos!... Con el último difunto que me viviera, que tenía un genio como una serpiente...

D. DIEGO.--Mire usted, señora, que se me acaba ya la paciencia.

D.ª IRENE.--Que lo mismo era replicarle que se ponía hecho una furia del infierno, y un día del Corpus, yo no sé por qué friolera, hartó de mojicones á un comisario ordenador, y si no hubiera sido por dos padres del Carmen, que se pusieron de por medio, le estrella contra un poste en los portales de Santa Cruz.

D. DIEGO.--Pero ¿es posible que no ha de atender usted á lo que voy á decirla?

D.ª IRENE.--¡Ay! no, señor, que bien lo sé, que no tengo pelo de tonta, no, señor... Usted ya no quiere á la niña, y busca pretextos para zafarse de la obligación en que está... ¡Hija de mi alma y de mi corazón!

D. DIEGO.--Señora doña Irene, hágame usted el gusto de oirme, de no replicarme, de no decir despropósitos; y luégo que usted sepa lo que hay, llore, y gima, y grite, y diga cuánto quiera... Pero entre tanto no me apure usted el sufrimiento, por amor de Dios.

D.ª IRENE.--Diga usted lo que le dé la gana.

D. DIEGO.--Que no volvamos otra vez á llorar y á...

D.ª IRENE.--No, señor, ya no lloro. (_Enjugándose las lágrimas con un pañuelo._)

D. DIEGO.--Pues hace ya cosa de un año, poco más ó menos, que doña Paquita tiene otro amante. Se han hablado muchas veces, se han escrito, se han prometido amor, fidelidad, constancia... Y por último, existe en ambos una pasión tan fina, que las dificultades y la ausencia, lejos de disminuirla, han contribuído eficazmente á hacerla mayor... En este supuesto...

D.ª IRENE.--Pero ¿no conoce usted, señor, que todo es un chisme, inventado por alguna mala lengua que no nos quiere bien?

D. DIEGO.--Volvemos otra vez á lo mismo... No, señora, no es chisme. Repito de nuevo que lo sé.

D.ª IRENE.--¿Qué ha de saber usted, señor, ni qué traza tiene eso de verdad? ¡Conque la hija de mis entrañas encerrada en un convento, ayunando los siete reviernes, acompañada de aquellas santas religiosas! ¡Ella, que no sabe lo que es mundo, que no ha salido todavía del cascarón, como quien dice!... Bien se conoce que no sabe usted el genio que tiene Circuncisión... Pues bonita es ella para haber disimulado á su sobrina el menor desliz.

D. DIEGO.--Aquí no se trata de ningún desliz, señora doña Irene; se trata de una inclinación honesta, de la cual hasta ahora no habíamos tenido antecedente alguno. Su hija de usted es una niña muy honrada, y no es capaz de deslizarse... Lo que digo es que la madre Circuncisión, y la Soledad, y la Candelaria, y todas las madres, y usted, y yo el primero, nos hemos equivocado solemnemente. La muchacha se quiere casar con otro, y no conmigo... Hemos llegado tarde; usted ha contado muy de ligero con la voluntad de su hija... Vaya, ¿para qué es cansarnos? Lea usted ese papel, y verá si tengo razón.

(_Saca el papel de don Carlos y se le da. Doña Irene, sin leerle, se levanta muy agitada, se acerca á la puerta de su cuarto y llama. Levántase don Diego, y procura en vano contenerla._)

D.ª IRENE.--¡Yo he de volverme loca!... ¡Francisquita!... ¡Virgen del Tremedal!... ¡Rita! ¡Francisca!

D. DIEGO.--Pero ¿á qué es llamarlas?

D.ª IRENE.--Sí, señor, que quiero que venga, y que se desengañe la pobrecita de quién es usted.

D. DIEGO.--Lo echó todo á rodar... Esto le sucede á quien se fía de la prudencia de una mujer.

ESCENA XII.

DOÑA FRANCISCA, RITA, DOÑA IRENE, DON DIEGO.

RITA.--¡Señora!

D.ª FRANCISCA.--¿Me llamaba usted?

D.ª IRENE.--Sí, hija, sí; porque el señor don Diego nos trata de un modo que ya no se puede aguantar. ¿Qué amores tienes, niña? ¿Á quién has dado palabra de matrimonio? ¿Qué enredos son estos?... Y tú, picarona... Pues tú también lo has de saber... Por fuerza lo sabes... ¿Quién ha escrito este papel? ¿Qué dice?

(_Presentando el papel abierto á doña Francisca._)

RITA (_aparte á doña Francisca_).--Su letra es.

D.ª FRANCISCA.--¡Qué maldad!... Señor don Diego, ¿así cumple usted su palabra?

D. DIEGO.--Bien sabe Dios que no tengo la culpa... Venga usted aquí... (_Asiendo de una mano á doña Francisca, la pone á su lado._) No hay que temer... Y usted, señora, escuche y calle, y no me ponga en términos de hacer un desatino... Déme usted ese papel... (_Quitándola el papel de las manos á doña Irene._) Paquita, ya se acuerda usted de las tres palmadas de esta noche.

D.ª FRANCISCA.--Mientras viva me acordaré.

D. DIEGO.--Pues este es el papel que tiraron á la ventana... No hay que asustarse, ya lo he dicho. (_Lee._) «Bien mío; si no consigo hablar con usted, haré lo posible para que llegue á sus manos esta carta. Apenas me separé de usted, encontré en la posada al que yo llamaba mi enemigo, y al verle no sé cómo no espiré de dolor. Me mandó que saliera inmediatamente de la ciudad, y fué preciso obedecerle. Yo me llamo don Carlos, no don Félix... Don Diego es mi tío. Viva usted dichosa, y olvide para siempre á su infeliz amigo.--_Carlos de Urbina._»

D.ª IRENE.--¿Conque hay eso?

D.ª FRANCISCA.--¡Triste de mí!

D.ª IRENE.--¿Conque es verdad lo que decía el señor, grandísima picarona? Te has de acordar de mí.

(_Se encamina hacia doña Francisca, muy colérica y en ademán de querer maltratarla. Rita y don Diego procuran estorbarlo._)

D.ª FRANCISCA.--¡Madre!... Perdón.

D.ª IRENE.--No, señor, que la he de matar.

D. DIEGO.--¿Qué locura es esta?

D.ª IRENE.--He de matarla.

ESCENA XIII.

DON CARLOS, DON DIEGO, DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA, RITA.

D. CARLOS.--Eso no... (_Sale don Carlos del cuarto precipitadamente; coge de un brazo á doña Francisca, se la lleva hacia el fondo del teatro, y se pone delante de ella para defenderla. Doña Irene se asusta y se retira._) Delante de mí nadie ha de ofenderla.

D.ª FRANCISCA.--¡Carlos!

D. CARLOS (_acercándose á don Diego_.)--Disimule usted mi atrevimiento... He visto que la insultaban, y no me he sabido contener.

D.ª IRENE.--¿Qué es lo que me sucede, Dios mío?... ¿Quién es usted?... ¿Qué acciones son estas?... ¡Qué escándalo!

D. DIEGO.--Aquí no hay escándalos... Ese es de quien su hija de usted está enamorada... Separarlos y matarlos, viene á ser lo mismo... Carlos... No importa... Abraza á tu mujer.

(_Don Carlos va adonde está doña Francisca, se abrazan, y ambos se arrodillan á los piés de don Diego._)

D.ª IRENE.--¿Conque su sobrino de usted?

D. DIEGO.--Sí, señora, mi sobrino, que con sus palmadas, y su música, y su papel me ha dado la noche más terrible que he tenido en mi vida... ¿Qué es esto, hijos míos, qué es esto?

D.ª FRANCISCA.--¿Conque usted nos perdona y nos hace felices?

D. DIEGO.--Sí, prendas de mi alma... Sí.

(_Los hace levantar con expresiones de ternura._)

D.ª IRENE.--¿Y es posible que usted se determine á hacer un sacrificio?...

D. DIEGO.--Yo pude separarlos para siempre, y gozar tranquilamente la posesión de esta niña amable; pero mi conciencia no lo sufre... ¡Carlos!... ¡Paquita! ¡Qué dolorosa impresión me deja en el alma el esfuerzo que acabo de hacer! Porque, al fin, soy hombre miserable y débil.

D. CARLOS (_besándole las manos_.)--Si nuestro amor, si nuestro agradecimiento pueden bastar á consolar á usted en tanta pérdida...

D.ª IRENE.--¡Conque el bueno de don Carlos! Vaya que...

D. DIEGO.--Él y su hija de usted estaban locos de amor, mientras usted y las tías fundaban castillos en el aire, y me llenaban la cabeza de ilusiones, que han desaparecido como un sueño... Esto resulta del abuso de la autoridad, de la opresión que la juventud padece; estas son las seguridades que dan los padres y los tutores, y esto lo que se debe fiar en el sí de las niñas... Por una casualidad he sabido á tiempo el error en que estaba... ¡Ay de aquellos que lo saben tarde!

D.ª IRENE.--En fin, Dios los haga buenos, y que por muchos años se gocen... Venga usted acá, señor, venga usted, que quiero abrazarle... (_Abrázanse don Carlos y doña Irene, doña Francisca se arrodilla y la besa la mano._) Hija, Francisquita. ¡Vaya! Buena elección has tenido... Cierto que es un mozo muy galán... Morenillo, pero tiene un mirar de ojos muy hechicero.

RITA.--Sí, dígaselo usted, que no lo ha reparado la niña... Señorita, un millón de besos.

(_Doña Francisca y Rita se besan, manifestando mucho contento._)

D.ª FRANCISCA.--¿Pero ves qué alegría tan grande?... Y tú, como me quieres tanto... siempre, siempre serás mi amiga.

D. DIEGO.--Paquita hermosa, (_Abraza á doña Francisca._) recibe los primeros abrazos de tu nuevo padre... No temo ya la soledad terrible que amenazaba á mi vejez... Vosotros (_Asiendo de las manos á doña Francisca y á don Carlos._) seréis la delicia de mi corazón; y el primer fruto de vuestro amor... sí, hijos, aquel... no hay remedio, aquel es para mí. Y cuando le acaricie en mis brazos podré decir: á mí me debe su existencia este niño inocente; si sus padres viven, si son felices, yo he sido la causa.

D. CARLOS.--¡Bendita sea tanta bondad!

D. DIEGO.--Hijos, bendita sea la de Dios.

[Ilustración]

LA ESCUELA DE LOS MARIDOS

COMEDIA EN 3 ACTOS, EN PROSA, ESTRENADA EN 1812

PERSONAS

DON GREGORIO. DON MANUEL. DOÑA ROSA. DOÑA LEONOR. JULIANA. DON ENRIQUE. COSME. UN COMISARIO. UN ESCRIBANO. UN LACAYO. } UN CRIADO. } No hablan.

_La escena es en Madrid, en la plazuela de los Afligidos._

La primera casa á mano derecha inmediata al proscenio es la de D. Gregorio, y la de en frente la de D. Manuel. Al fin de la acera, junto al foro, está la de D. Enrique, y al otro lado la del Comisario. Habrá salidas de calle practicables para salir y entrar los personajes de la comedia.

_La acción empieza á las cinco de la tarde y acaba á las ocho de la noche._

[Ilustración]

ACTO I.

ESCENA PRIMERA.

DON MANUEL, DON GREGORIO.

D. GREGORIO.--Y por último, señor don Manuel, aunque usted es en efecto mi hermano mayor, yo no pienso seguir sus correcciones de usted ni sus ejemplos. Haré lo que guste, y nada más; y me va muy lindamente con hacerlo así.

D. MANUEL.--Ya; pero das lugar á que todos se burlen, y...

D. GREGORIO.--¿Y quién se burla? Otros tan mentecatos como tú.

D. MANUEL.--Mil gracias por la atención, señor don Gregorio.

D. GREGORIO.--Y bien, ¿qué dicen esos graves censores? ¿Qué hallan en mí que merezca su desaprobación?

D. MANUEL.--Desaprueban la rusticidad de tu carácter, esa aspereza que te aparta del trato y los placeres honestos de la sociedad, esa extravagancia que te hace tan ridículo en cuanto piensas y dices y obras, y hasta en el modo de vestir te singulariza.

D. GREGORIO.--En eso tienen razón, y conozco lo mal que hago en no seguir puntualmente lo que manda la moda; en no proponerme por modelo á los mocitos evaporados, casquivanos y pisaverdes. Si así lo hiciera, estoy bien seguro de que mi hermano mayor me lo aplaudiría; porque, gracias á Dios, le veo acomodarse puntualmente á cuantas locuras adoptan los otros.

D. MANUEL.--¡Es raro empeño el que has tomado de recordarme tan á menudo que soy viejo! Tan viejo soy, que te llevo dos años de ventaja; yo he cumplido cuarenta y cinco, y tú cuarenta y tres; pero aunque los míos fuesen muchos más, ¿sería esta una razón para que me culparas el ser tratable con las gentes, el tener buen humor, el gustar de vestirme con decencia, andar limpio, y?... Pues qué, ¿la vejez nos condena por ventura á aborrecerlo todo, á no pensar en otra cosa que en la muerte? ¿Ó deberemos añadir á la deformidad que traen los años consigo un desaliño voluntario, una sordidez que repugne á cuantos nos vean, y sobre todo, un mal humor y un ceño que nadie pueda sufrir? Yo te aseguro que si no mudas de sistema, la pobre Rosita será poco feliz con un marido tan impertinente como tú, y que el matrimonio que la previenes será tal vez un origen de disgustos y de recíproco aborrecimiento, que...

D. GREGORIO.--La pobre Rosita vivirá más dichosa conmigo, que su hermanita la pobre Leonor, destinada á ser esposa de un caballero de tus prendas y de tu mérito. Cada uno procede y discurre como le parece, señor hermano... Las dos son huérfanas; su padre, amigo nuestro, nos dejó encargada al tiempo de su muerte la educación de entrambas; y previno que si andando el tiempo queríamos casarnos con ellas, desde luégo aprobaba y bendecía esta unión; y en caso de no verificarse, esperaba que las buscaríamos una colocación proporcionada, fiándolo todo á nuestra honradez y á la mucha amistad que con él tuvimos. En efecto, nos dió sobre ellas la autoridad de tutor, de padre y esposo. Tú te encargaste de cuidar de Leonor, y yo de Rosita: tú has enseñado á la tuya como has querido, y yo á la mía como me ha dado la gana, ¿estamos?

D. MANUEL.--Sí; pero me parece á mí...

D. GREGORIO.--Lo que á mí me parece es que usted no ha sabido educar la suya; pero repito que cada cual puede hacer en esto lo que más le agrade. Tú consientes que la tuya sea despejada y libre y pizpireta; séalo en buen hora. Permites que tenga criadas, y se deje servir como una señorita: lindamente. La das ensanches para pasearse por el lugar, ir á visitas, y oir las dulzuras de tanto enamorado zascandil: muy bien hecho. Pero yo pretendo que la mía viva á mi gusto, y no al suyo; que se ponga un juboncito de estameña; que no me gaste zapaticos de color sino los días en que repican recio; que se esté quietecita en casa, como conviene á una doncella virtuosa; que acuda á todo; que barra, que limpie, y cuando haya concluído estas ocupaciones, me remiende la ropa y haga calceta. Esto es lo que quiero; y que nunca oiga las tiernas quejas de los mozalbetes antojadizos; que no hable con nadie, ni con el gato, sin tener escucha; que no salga de casa jamás sin llevar escolta... La carne es frágil, señor mío; yo veo los trabajos que pasan otros, y puesto que ha de ser mi mujer, quiero asegurarme de su conducta, y no exponerme á aumentar el número de los maridos zanguangos.

ESCENA II.

DOÑA LEONOR, DOÑA ROSA, JULIANA. (_Las tres salen con mantilla y basquiña de casa de don Gregorio, y hablan inmediatas á la puerta._) DON GREGORIO, DON MANUEL.

D.ª LEONOR.--No te dé cuidado. Si te riñe, yo me encargo de responderle.

JULIANA.--¡Siempre metida en un cuarto, sin ver la calle, ni poder hablar con persona humana! ¡Qué fastidio!

D.ª LEONOR.--Mucha lástima tengo de ti.

D.ª ROSA.--Milagro es que no me haya dejado debajo de llave, ó me haya llevado consigo, que aún es peor.

JULIANA.--Le echaría yo más alto que...

D. GREGORIO.--¡Oiga! ¿Y adónde van ustedes, niñas?

D.ª LEONOR.--La he dicho á Rosita que se venga conmigo para que se esparza un poco. Saldremos por aquí por la puerta de San Bernardino, y entraremos por la de Fuencarral. Don Manuel nos hará el gusto de acompañarnos...

D. MANUEL.--Sí por cierto: vamos allá.

D.ª LEONOR.--Y mire usted: yo me quedo á merendar en casa de doña Beatriz... Me ha dicho tantas veces que por qué no llevo á ésta por allá, que ya no sé qué decirla; conque, si usted quiere, irá conmigo esta tarde; merendaremos, nos divertiremos un rato por el jardín, y al anochecer estamos de vuelta.

D. GREGORIO.--Usted (_Á doña Leonor, á Juliana, á don Manuel y á doña Rosa, según lo indica el diálogo_) puede irse adonde guste, usted puede ir con ella... Tal para cual. Usted puede acompañarlas si lo tiene á bien; y usted á casa.

D. MANUEL.--Pero hermano, déjalas que se diviertan, y que...

D. GREGORIO.--Á más ver.

(_Coge del brazo á doña Rosa, haciendo ademán de entrarse con ella en su casa._)

D. MANUEL.--La juventud necesita...

D. GREGORIO.--La juventud es loca, y la vejez es loca también muchas veces.

D. MANUEL.--Pero ¿hay algún inconveniente en que se vaya con su hermana?

D. GREGORIO.--No, ninguno; pero conmigo está mucho mejor.

D. MANUEL.--Considera que...

D. GREGORIO.--Considero que debe hacer lo que yo la mande... y considero que me interesa mucho su conducta.

D. MANUEL.--Pero ¿piensas tú que me será indiferente á mí la de su hermana?

JULIANA (_aparte_).--¡Tuerto maldito!

D.ª ROSA.--No creo que tiene usted motivo ninguno para...

D. GREGORIO.--Usted calle, señorita, que ya la explicaré yo á usted si es bien hecho querer salir de casa sin que yo se lo proponga, y la lleve, y la traiga, y la cuide.

D.ª LEONOR.--Pero ¿qué quiere usted decir con eso?

D. GREGORIO.--Señora doña Leonor, con usted no va nada. Usted es una doncella muy prudente. No hablo con usted.

D.ª LEONOR.--Pero ¿piensa usted que mi hermana estará mal en mi compañía?

D. GREGORIO.--¡Oh, qué apurar! (_Suelta el brazo de doña Rosa y se acerca adonde están los demás._) No estará muy bien, no, señora; y hablando en plata, las visitas que usted la hace me agradan poco, y el mayor favor que usted puede hacerme, es el de no volver por acá.

D.ª LEONOR.--Mire usted, señor don Gregorio, usando con usted de la misma franqueza, le digo que yo no sé cómo ella tomará semejantes procedimientos; pero bien adivino el efecto que haría en mí una desconfianza tan injusta. Mi hermana es; pero dejaría de tener mi sangre, si fuesen capaces de inspirarla amor esos modales feroces, y esa opresión en que usted la tiene.

JULIANA.--Y dice bien. Todos esos cuidados son cosa insufrible. ¡Encerrar de esa manera á las mujeres! ¡Pues qué!, ¿estamos entre turcos, que dicen que las tienen allá como esclavas, y que por eso son malditos de Dios? ¡Vaya, que nuestro honor debe ser cosa bien quebradiza, si tanto afán se necesita para conservarle! Y qué, ¿piensa usted que todas esas precauciones pueden estorbarnos el hacer nuestra santísima voluntad? Pues no lo crea usted; y al hombre más ladino le volvemos tarumba cuando se nos pone en la cabeza burlarle y confundirle. Ese encerramiento y esos centinelas son ilusiones de locos, y lo más seguro es fiarse de nosotras. El que nos oprime, á grandísimo peligro se expone; nuestro honor se guarda á sí mismo, y el que tanto se afana en cuidar de él, no hace otra cosa que despertarnos el apetito. Yo de mí sé decir, que si me tocara en suerte un marido tan caviloso como usted y tan desconfiado, por el nombre que tengo que me las había de pagar.

D. GREGORIO.--Mira la buena enseñanza que das á tu familia, ¿ves? ¿Y lo sufres con tanta paciencia?

D. MANUEL.--En lo que ha dicho no hallo motivos de enfadarme, sino de reir; y bien considerado no la falta razón. Su sexo necesita un poco de libertad, Gregorio, y el rigor excesivo no es á propósito para contenerle. La virtud de las esposas y de las doncellas no se debe ni á la vigilancia más suspicaz, ni á las celosías, ni á los cerrojos. Bien poco estimable sería una mujer, si sólo fuese honesta por necesidad y no por elección. En vano queremos dirigir su conducta, si antes de todo no procuramos merecer su confianza y su cariño. Yo te aseguro que, á pesar de todas las precauciones imaginables, siempre temería que peligrase mi honor en manos de una persona á quien sólo faltase la ocasión de ofenderme, si por otra parte la sobraban los deseos.

D. GREGORIO.--Todo eso que dices no vale nada.

(_Juliana se acerca á doña Rosa, que estará algo apartada. Don Gregorio lo advierte, la mira con enojo, y Juliana vuelve á retirarse._)

D. MANUEL.--Será lo que tú quieras... Pero insisto en que es menester instruir á la juventud con la risa en los labios, reprender sus defectos con grandísima dulzura, y hacerla que ame la virtud, no que á su nombre se atemorice. Estas máximas he seguido en la educación de Leonor. Nunca he mirado como delito sus desahogos inocentes, nunca me he negado á complacer aquellas inclinaciones que son propias de la primera edad; y te aseguro que hasta ahora no me ha dado motivos de arrepentirme. La he permitido que vaya á concurrencias, á diversiones, que baile, que frecuente los teatros; porque en mi opinión (suponiendo siempre los buenos principios) no hay cosa que más contribuya á rectificar el juicio de los jóvenes. Y á la verdad, si hemos de vivir en el mundo, la escuela del mundo instruye mejor que los libros más doctos. Su padre dispuso que fuera mi mujer; pero estoy bien lejos de tiranizarla: para ninguna cosa la daré mayor libertad que para esta resolución, porque no debo olvidarme de la diferencia que hay entre sus años y los míos. Más quiero verla agena, que poseerla á costa de la menor repugnancia suya.

D. GREGORIO.--¡Qué blandura, qué suavidad! Todo es miel y almíbar... Pero permítame usted que le diga, señor hermano, que cuando se ha concedido en los primeros años demasiada holgura á una niña, es muy difícil ó acaso imposible el sujetarla después, y que se verá usted sumamente embrollado cuando su pupila sea ya su mujer y por consecuencia tenga que mudar de vida y costumbres.

D. MANUEL.--Y ¿por qué ha de hacerse esa mudanza?

D. GREGORIO.--¿Por qué?

D. MANUEL.--Sí.

D. GREGORIO.--No sé. Si usted no lo alcanza, yo no lo sé tampoco.

D. MANUEL.--¿Pues hay algo en eso contra la estimación?

D. GREGORIO.--¡Calle! ¿Conque si usted se casa con ella, la dejará vivir en la misma santa libertad que ha tenido hasta ahora?

D. MANUEL.--¿Y por qué no?

D. GREGORIO.--¿Y consentirá que gaste blondas y cintas y flores y abaniquitos de anteojo y?...

D. MANUEL.--Sin duda.

D. GREGORIO.--¿Y que vaya al Prado y á la comedia con otras cabecillas, y habrá simoniaco y merienda en el río, y?...

D. MANUEL.--Cuando ella quiera.

D. GREGORIO.--¿Y tendrá usted conversación en casa, chocolate, lotería, baile, forte-piano y coplitas italianas?

D. MANUEL.--Preciso.

D. GREGORIO.--¿Y la señorita oirá las impertinencias de tanto galán amartelado?

D. MANUEL.--Si no es sorda.

D. GREGORIO.--¿Y usted callará á todo, y lo verá con ánimo tranquilo?

D. MANUEL.--Pues ya se supone.

D. GREGORIO.--Quítate de ahí, que eres un loco... Vaya usted adentro, niña; usted no debe asistir á pláticas tan indecentes.

(_Hace entrar en su casa á doña Rosa apresuradamente, cierra la puerta, y se pasea colérico por el teatro._)

ESCENA III.

DON MANUEL, DON GREGORIO, DOÑA LEONOR, JULIANA.

D. MANUEL.--Ya te lo he dicho. La que sea mi esposa vivirá conmigo en libertad honesta, la trataré bien, haré estimación de ella, y probablemente corresponderá como debe á este amor y á esta confianza.

D. GREGORIO.--¡Oh! qué gusto he de tener cuando la tal esposa le...