Comedias escogidas

Part 12

Chapter 124,032 wordsPublic domain

RITA.--Sí, señora... Pero vuelven á tocar... Silencio.

D.ª FRANCISCA.--No te muevas... Deja... Sepamos primero si es él.

RITA.--¿Pues no ha de ser?... La seña no puede mentir.

D.ª FRANCISCA.--Calla... (_Repiten desde adentro la sonata anterior._) Sí, él es... ¡Dios mío!... (_Acércase Rita á la ventana, abre la vidriera y da tres palmadas. Cesa la música._) Vé, responde... Albricias, corazón. Él es.

SIMÓN.--¿Ha oído usted?

D. DIEGO.--Sí.

SIMÓN.--¿Qué querrá decir esto?

D. DIEGO.--Calla.

D.ª FRANCISCA (_Se asoma á la ventana. Rita se queda detrás de ella. Los puntos suspensivos indican las interrupciones más ó menos largas que deben hacerse._)--Yo soy. Y ¿qué había de pensar viendo lo que usted acababa de hacer?... ¿Qué fuga es esta?... Rita, (_Apartándose de la ventana, y vuelve después._) amiga, por Dios, ten cuidado, y si oyeres algún rumor, al instante avísame... ¿Para siempre? ¡Triste de mí!... Bien está, tírela usted... Pero yo no acabo de entender... ¡Ay, don Félix! nunca le he visto á usted tan tímido... (_Tiran desde adentro una carta que cae por la ventana al teatro. Doña Francisca hace ademán de buscarla, y no hallándola vuelve á asomarse._) No, no la he cogido; pero aquí está sin duda... ¿Y no he de saber yo hasta que llegue el día los motivos que tiene usted para dejarme muriendo?... Sí, yo quiero saberlo de su boca de usted. Su Paquita de usted se lo manda... Y ¿cómo le parece á usted que estará el mío?... No me cabe en el pecho... diga usted.

(_Simón se adelanta un poco, tropieza en la jaula y la deja caer._)

RITA.--Señorita, vamos de aquí... Presto, que hay gente.

D.ª FRANCISCA.--¡Infeliz de mí!... Guíame.

RITA.--Vamos... (_Al retirarse tropieza Rita con Simón. Las dos se van apresuradamente al cuarto de doña Francisca._) ¡Ay!

D.ª FRANCISCA.--¡Muerta voy!

ESCENA III.

DON DIEGO, SIMÓN.

DON DIEGO.--¿Qué grito fué ese?

SIMÓN.--Una de las fantasmas, que al retirarse tropezó conmigo.

D. DIEGO.--Acércate á esa ventana, y mira si hallas en el suelo un papel... ¡Buenos estamos!

SIMÓN (_tentando por el suelo cerca de la ventana._)--No encuentro nada, señor.

D. DIEGO.--Búscale bien, que por ahí ha de estar.

SIMÓN.--¿Le tiraron desde la calle?

D. DIEGO.--Sí... ¿Qué amante es éste?... ¡Y diez y seis años, y criada en un convento! Acabó ya toda mi ilusión.

SIMÓN.--Aquí está. (_Halla la carta, y se la da á don Diego._)

D. DIEGO.--Vete abajo, y enciende una luz... En la caballeriza ó en la cocina... Por ahí habrá algún farol... Y vuelve con ella al instante.

(_Vase Simón por la puerta del foro._)

ESCENA IV.

DON DIEGO.

D. DIEGO.--¿Y á quién debo culpar? (_Apoyándose en el respaldo de una silla._) ¿Es ella la delincuente, ó su madre, ó sus tías, ó yo?... ¿Sobre quién, sobre quién ha de caer esta cólera, que por más que lo procuro, no la sé reprimir?... ¡La naturaleza la hizo tan amable á mis ojos!... ¡Qué esperanzas tan halagüeñas concebí! ¡Qué felicidades me prometía!... ¡Celos!... ¿Yo?... ¡En qué edad tengo celos!... Vergüenza es... Pero esta inquietud que yo siento; esta indignación, estos deseos de venganza ¿de qué provienen? ¿Cómo he de llamarlos? Otra vez parece que... (_Advirtiendo que suena ruido en la puerta del cuarto de doña Francisca, se retira á un extremo del teatro._) Sí.

ESCENA V.

RITA, DON DIEGO, SIMÓN.

RITA.--Ya se han ido... (_Rita observa, escucha, asómase después á la ventana, y busca la carta por el suelo._) ¡Válgame Dios!... El papel estará muy bien escrito, pero el señor don Félix es un grandísimo picarón... ¡Pobrecita de mi alma!... Se muere sin remedio... Nada, ni perros parecen por la calle... ¡Ojalá no los hubiéramos conocido!... ¿Y este maldito papel?... Pues buena la hiciéramos si no pareciese... ¿Qué dirá?... Mentiras, mentiras, y todo mentira.

SIMÓN.--Ya tenemos luz...

(_Sale con luz. Rita se sorprende._)

RITA.--¡Perdida soy!

D. DIEGO (_acercándose_.)--¡Rita! ¿Pues tú aquí?

RITA.--Sí, señor, porque...

D. DIEGO.--¿Qué buscas á estas horas?

RITA.--Buscaba... Yo le diré á usted... Porque oímos un ruido tan grande...

SIMÓN.--¿Sí, eh?

RITA.--Cierto... Un ruido y... mire usted (_alza la jaula que está en el suelo_), era la jaula del tordo... Pues la jaula era, no tiene duda... ¡Válgate Dios! ¿Si se habrá muerto?... No, vivo está, vaya... Algún gato habrá sido. Preciso.

SIMÓN.--Sí, algún gato.

RITA.--¡Pobre animal! ¡Y qué asustadillo se conoce que está todavía!

SIMÓN.--Y con mucha razón... ¿No te parece, si le hubiera pillado el gato?...

RITA.--Se le hubiera comido.

(_Cuelga la jaula de un clavo que habrá en la pared._)

SIMÓN.--Y sin pebre... ni plumas hubiera dejado.

D. DIEGO.--Tráeme esa luz.

RITA.--¡Ah! Deje usted, encenderemos esta (_Enciende la vela que está sobre la mesa._) que ya lo que no se ha dormido...

D. DIEGO.--¿Y doña Paquita duerme?

RITA.--Sí, señor.

SIMÓN.--Pues mucho es que con el ruido del tordo...

D. DIEGO.--Vamos.

(_Don Diego se entra en su cuarto. Simón va con él llevándose una de las luces._)

ESCENA VI.

DOÑA FRANCISCA, RITA.

D.ª FRANCISCA.--¿Ha parecido el papel?

RITA.--No, señora.

D.ª FRANCISCA.--¿Y estaban aquí los dos cuando tú saliste?

RITA.--Yo no lo sé. Lo cierto es que el criado sacó una luz, y me hallé de repente, como por máquina, entre él y su amo, sin poder escapar, ni saber qué disculpa darles.

(_Rita coge la luz, y vuelve á buscar carta cerca de ventana._)

D.ª FRANCISCA.--Ellos eran sin duda... Aquí estarían cuando yo hablé desde la ventana... ¿Y ese papel?

RITA.--Yo no lo encuentro, señorita.

D.ª FRANCISCA.--Le tendrán ellos, no te canses... Si es lo único que faltaba á mi desdicha... No le busques. Ellos le tienen.

RITA.--Á lo menos por aquí...

D.ª FRANCISCA.--¡Yo estoy loca! (_Siéntase._)

RITA.--Sin haberse explicado este hombre, ni decir siquiera...

D.ª FRANCISCA.--Cuando iba á hacerlo me avisaste, y fué preciso retirarnos... Pero ¿sabes tú con qué temor me habló, qué agitación mostraba? Me dijo que en aquella carta vería yo los motivos justos que le precisaban á volverse; que la había escrito para dejársela á persona fiel que la pusiera en mis manos, suponiendo que el verme sería imposible. Todo engaños, Rita, de un hombre aleve que prometió lo que no pensaba cumplir... Vino, halló un competidor, y diría: pues yo ¿para qué he de molestar á nadie, ni hacerme ahora defensor de una mujer?... ¡Hay tantas mujeres!... Cásenla... Yo nada pierdo... Primero es mi tranquilidad que la vida de esa infeliz... ¡Dios mío, perdón... perdón de haberle querido tanto!

RITA.--¡Ay, señorita! (_Mirando hacia el cuarto de don Diego._) que parece que salen ya.

D.ª FRANCISCA.--No importa, déjame.

RITA.--Pero si don Diego la ve á usted de esa manera...

D.ª FRANCISCA.--Si todo se ha perdido ya, ¿qué puedo temer?... ¿Y piensas tú que tengo alientos para levantarme?... Que vengan, nada importa.

ESCENA VII.

DON DIEGO, SIMÓN, DOÑA FRANCISCA, RITA.

SIMÓN.--Voy enterado, no es menester más.

D. DIEGO.--Mira, y haz que ensillen inmediatamente al moro, mientras tú vas allá. Si han salido, vuelves, montas á caballo, y en una buena carrera que dés, los alcanzas... ¿Las dos aquí, eh?... Conque vete, no se pierda tiempo.

(_Después de hablar los dos, inmediatos á la puerta del cuarto de don Diego, se va Simón por la del foro._)

SIMÓN.--Voy allá.

D. DIEGO.--Mucho se madruga, doña Paquita.

D.ª FRANCISCA.--Sí, señor.

D. DIEGO.--¿Ha llamado ya doña Irene?

D.ª FRANCISCA.--No, señor... Mejor es que vayas allá, por si ha despertado y se quiere vestir.

(_Rita se va al cuarto de doña Irene._)

ESCENA VIII.

DON DIEGO, DOÑA FRANCISCA.

D. DIEGO.--¿Usted no habrá dormido bien esta noche?

D.ª FRANCISCA.--No, señor. ¿Y usted?

D. DIEGO.--Tampoco.

D.ª FRANCISCA.--Ha hecho demasiado calor.

D. DIEGO.--¿Está usted desazonada?

D.ª FRANCISCA.--Alguna cosa.

D. DIEGO.--¿Qué siente usted?

(_Siéntase junto á doña Francisca._)

D.ª FRANCISCA.--No es nada... Así un poco de... Nada... no tengo nada.

D. DIEGO.--Algo será; porque la veo á usted muy abatida, llorosa, inquieta... ¿Qué tiene usted, Paquita? ¿No sabe usted que la quiero tanto?

D.ª FRANCISCA.--Sí, señor.

D. DIEGO.--Pues ¿por qué no hace usted más confianza de mí? ¿Piensa usted que no tendré yo mucho gusto en hallar ocasiones de complacerla?

D.ª FRANCISCA.--Ya lo sé.

D. DIEGO.--¿Pues cómo, sabiendo que tiene usted un amigo, no desahoga con él su corazón?

D.ª FRANCISCA.--Porque eso mismo me obliga á callar.

D. DIEGO.--Eso quiere decir que tal vez soy yo la causa de su pesadumbre de usted.

D.ª FRANCISCA.--No, señor; usted en nada me ha ofendido... No es de usted de quien yo me debo quejar.

D. DIEGO.--Pues ¿de quién, hija mía?... Venga usted acá... (_Acércase más._) Hablemos siquiera una vez sin rodeos ni disimulación. Dígame usted: ¿no es cierto que usted mira con algo de repugnancia este casamiento que se la propone? ¿Cuánto va que si la dejasen á usted entera libertad para la elección, no se casaría conmigo?

D.ª FRANCISCA.--Ni con otro.

D. DIEGO.--¿Será posible que usted no conozca otro más amable que yo, que la quiera bien, y que la corresponda como usted merece?

D.ª FRANCISCA.--No, señor; no, señor.

D. DIEGO.--Mírelo usted bien.

D.ª FRANCISCA.--¿No le digo á usted que no?

D. DIEGO.--¿Y he de creer, por dicha, que conserve usted tal inclinación al retiro en que se ha criado, que prefiera la austeridad del convento á una vida más?...

D.ª FRANCISCA.--Tampoco; no, señor... Nunca he pensado así.

D. DIEGO.--No tengo empeño de saber más... Pero de todo lo que acabo de oir resulta una gravísima contradicción. Usted no se halla inclinada al estado religioso, según parece. Usted me asegura que no tiene queja ninguna de mí, que está persuadida de lo mucho que la estimo, que no piensa casarse con otro, ni debo recelar que nadie me dispute su mano... Pues ¿qué llanto es ese? ¿De dónde nace esa tristeza profunda, que en tan poco tiempo ha alterado su semblante de usted, en términos que apenas le reconozco? ¿Son estas las señales de quererme exclusivamente á mí, de casarse gustosa conmigo dentro de pocos días? ¿Se anuncian así la alegría y el amor?

(_Vase iluminando lentamente el teatro, suponiéndose que viene la luz del día._)

D.ª FRANCISCA.--Y ¿qué motivos le he dado á usted para tales desconfianzas?

D. DIEGO.--¿Pues qué? Si yo prescindo de estas consideraciones, si apresuro las diligencias de nuestra unión, si su madre de usted sigue aprobándola, y llega el caso de...

D.ª FRANCISCA.--Haré lo que mi madre me manda, y me casaré con usted.

D. DIEGO.--¿Y después, Paquita?

D.ª FRANCISCA.--Después... y mientras me dure la vida seré mujer de bien.

D. DIEGO.--Eso no lo puedo yo dudar... Pero si usted me considera como el que ha de ser hasta la muerte su compañero y su amigo, dígame usted: estos títulos ¿no me dan algún derecho para merecer de usted mayor confianza? ¿No he de lograr que usted me diga la causa de su dolor? Y no para satisfacer una impertinente curiosidad, sino para emplearme todo en su consuelo, en mejorar su suerte, en hacerla dichosa, si mi conato y mis diligencias pudiesen tanto.

D.ª FRANCISCA.--¡Dichas para mí!... Ya se acabaron.

D. DIEGO.--¿Por qué?

D.ª FRANCISCA.--Nunca diré por qué.

D. DIEGO.--Pero ¡qué obstinado, qué imprudente silencio!... cuando usted misma debe presumir que no estoy ignorante de lo que hay.

D.ª FRANCISCA.--Si usted lo ignora, señor don Diego, por Dios no finja que lo sabe; y si en efecto lo sabe usted, no me lo pregunte.

D. DIEGO.--Bien está. Una vez que no hay nada que decir, que esa aflicción y esas lágrimas son voluntarias, hoy llegaremos á Madrid, y dentro de ocho días será usted mi mujer.

D.ª FRANCISCA.--Y daré gusto á mi madre.

D. DIEGO.--Y vivirá usted infeliz.

D.ª FRANCISCA.--Ya lo sé.

D. DIEGO.--He aquí los frutos de la educación. Esto es lo que se llama criar bien á una niña: enseñarla á que desmienta y oculte las pasiones más inocentes con una pérfida disimulación. Las juzgan honestas luégo que las ven instruídas en el arte de callar y mentir. Se obstinan en que el temperamento, la edad ni el genio no han de tener influencia alguna en sus inclinaciones, ó en que su voluntad ha de torcerse al capricho de quien las gobierna. Todo se las permite, menos la sinceridad. Con tal que no digan lo que sienten, con tal que finjan aborrecer lo que más desean, con tal que se presten á pronunciar, cuando se lo manden, un sí perjuro, sacrílego, origen de tantos escándalos, ya están bien criadas; y se llama excelente educación la que inspira en ellas el temor, la astucia y el silencio de un esclavo.

D.ª FRANCISCA.--Es verdad... Todo eso es cierto... Eso exigen de nosotras, eso aprendemos en la escuela que se nos da... Pero el motivo de mi aflicción es mucho más grande.

D. DIEGO.--Sea cual fuere, hija mía, es menester que usted se anime... Si la ve á usted su madre de esa manera, ¿qué ha de decir?... Mire usted que ya parece que se ha levantado.

D.ª FRANCISCA.--¡Dios mío!

D. DIEGO.--Sí, Paquita; conviene mucho que usted vuelva un poco sobre sí... No abandonarse tanto... Confianza en Dios... Vamos, que no siempre nuestras desgracias son tan grandes como la imaginación las pinta... ¡Mire usted qué desorden éste! ¡qué agitación! ¡qué lágrimas! Vaya, ¿me da usted palabra de presentarse así... con cierta serenidad y... eh?

D.ª FRANCISCA.--Y usted, señor... Bien sabe usted el genio de mi madre. Si usted no me defiende, ¿á quién he de volver los ojos? ¿Quién tendrá compasión de esta desdichada?

D. DIEGO.--Su buen amigo de usted... Yo... ¿Cómo es posible que yo la abandonase... ¡criatura! en la situación dolorosa en que la veo? (_Asiéndola de las manos._)

D.ª FRANCISCA.--¿De veras?

D. DIEGO.--Mal conoce usted mi corazón.

D.ª FRANCISCA.--Bien le conozco.

(_Quiere arrodillarse; don Diego se lo estorba, y ambos se levantan._)

D. DIEGO.--¿Qué hace usted, niña?

D.ª FRANCISCA.--Yo no sé... ¡Qué poco merece toda esa bondad una mujer tan ingrata para con usted!... No, ingrata no, infeliz... ¡Ay, qué infeliz soy, señor don Diego!

D. DIEGO.--Yo bien sé que usted agradece como puede el amor que la tengo... Lo demás todo ha sido... ¿qué sé yo?... una equivocación mía, y no otra cosa... Pero usted, inocente, usted no ha tenido la culpa.

D.ª FRANCISCA.--Vamos... ¿No viene usted?

D. DIEGO.--Ahora no, Paquita. Dentro de un rato iré por allá.

D.ª FRANCISCA.--Vaya usted presto.

(_Encaminándose al cuarto de doña Irene, vuelve y se despide de don Diego besándole las manos._)

D. DIEGO.--Sí, presto iré.

ESCENA IX.

SIMÓN, DON DIEGO.

SIMÓN.--Ahí están, señor.

D. DIEGO.--¿Qué dices?

SIMÓN.--Cuando yo salía de la puerta, los ví á lo lejos, que iban ya de camino. Empecé á dar voces y hacer señas con el pañuelo; se detuvieron, y apenas llegué y le dije al señorito lo que usted mandaba, volvió las riendas, y está abajo. Le encargué que no subiera hasta que le avisara yo, por si acaso había gente aquí, y usted no quería que le viesen.

D. DIEGO.--¿Y qué dijo cuando le diste el recado?

SIMÓN.--Ni una sola palabra... Muerto viene... Ya digo, ni una sola palabra... Á mí me ha dado compasión el verle así tan...

D. DIEGO.--No me empieces ya á interceder por él.

SIMÓN.--¿Yo, señor?

D. DIEGO.--Sí, que no te entiendo yo... ¡Compasión!... Es un pícaro.

SIMÓN.--Como yo no sé lo que ha hecho.

D. DIEGO.--Es un bribón, que me ha de quitar la vida... Ya te he dicho que no quiero intercesores.

SIMÓN.--Bien está, señor.

(_Vase por la puerta del foro. Don Diego se sienta, manifestando inquietud y enojo._)

D. DIEGO.--Dile que suba.

ESCENA X.

DON CARLOS, DON DIEGO.

D. DIEGO.--Venga usted acá, señorito, venga usted... ¿En dónde has estado desde que no nos vemos?

D. CARLOS.--En el mesón de afuera.

D. DIEGO.--¿Y no has salido de allí en toda la noche, eh?

D. CARLOS.--Sí, señor, entré en la ciudad y...

D. DIEGO.--¿Á qué?... Siéntese usted.

D. CARLOS.--Tenía precisión de hablar con un sujeto... (_Siéntase._)

D. DIEGO.--¡Precisión!

D. CARLOS.--Sí, señor... Le debo muchas atenciones, y no era posible volverme á Zaragoza sin estar primero con él.

D. DIEGO.--Ya. En habiendo tantas obligaciones de por medio... Pero venirle á ver á las tres de la mañana, me parece mucho desacuerdo... ¿Por qué no le escribiste un papel?... Mira, aquí he de tener... Con este papel que le hubieras enviado en mejor ocasión, no había necesidad de hacerle trasnochar, ni molestar á nadie.

(_Dándole el papel que tiraron á la ventana. Don Carlos luégo que le reconoce, se le vuelve y se levanta en ademán de irse._)

D. CARLOS.--Pues si todo lo sabe usted, ¿para qué me llama? ¿Por qué no me permite seguir mi camino, y se evitaría una contestación de la cual ni usted ni yo quedaremos contentos?

D. DIEGO.--Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto, y quiere que usted se lo diga.

D. CARLOS.--¿Para qué saber más?

D. DIEGO.--Porque yo lo quiero, y lo mando. ¡Oiga!

D. CARLOS.--Bien está.

D. DIEGO.--Siéntate ahí... (_Siéntase don Carlos._) ¿En dónde has conocido á esta niña?... ¿Qué amor es éste? ¿Qué circunstancias han ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la viste?

D. CARLOS.--Volviéndome á Zaragoza el año pasado, llegué á Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa de campo nos apeamos, se empeñó en que había de quedarme allí todo aquel día, por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al siguiente me dejaría proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas hallé á doña Paquita, á quien la señora había sacado aquel día del convento para que se esparciese un poco... Yo no sé qué ví en ella, que excitó en mí una inquietud, un deseo constante, irresistible, de mirarla, de oirla, de hallarme á su lado, de hablar con ella, de hacerme agradable á sus ojos... El intendente dijo entre otras cosas... burlándose... que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir que me llamaba don Félix de Toledo. Yo sostuve esta ficción, porque desde luégo concebí la idea de permanecer algún tiempo en aquella ciudad, evitando que llegase á noticia de usted. Observé que doña Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche nos separamos, yo quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome preferido á todos los concurrentes de aquel día, que fueron muchos. En fin... Pero no quisiera ofender á usted refiriéndole...

D. DIEGO.--Prosigue.

D. CARLOS.--Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fué necesario fiar de mi amigo los proyectos de amor que me obligaban á quedarme en su compañía; y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas las más ingeniosas para que ninguno de su familia extrañara mi detención. Como su casa de campo está inmediata á la ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré que doña Paquita leyese algunas cartas mías; y con las pocas respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una pasión que mientras viva me hará infeliz.

D. DIEGO.--Vaya... Vamos, sigue adelante.

D. CARLOS.--Mi asistente (que, como usted sabe, es hombre de travesura, y conoce el mundo) con mil artificios que á cada paso le ocurrían, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos... La seña era dar tres palmadas, á las cuales respondían con otras tres desde una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos todas las noches, muy á deshora, con el recato y las precauciones que ya se dejan entender... Siempre fuí para ella don Félix de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de mis jefes y hombre de honor. Nunca la dije más, ni la hablé de mis esperanzas, ni la dí á entender que casándose conmigo podría aspirar á mejor fortuna; porque ni me convenía nombrarle á usted, ni quise exponerla á que las miras de interés, y no el amor, la inclinasen á favorecerme. De cada vez la hallé más fina, más hermosa, más digna de ser adorada... Cerca de tres meses me detuve allí; pero al fin era necesario separarnos, y una noche funesta me despedí, la dejé rendida á un desmayo mortal, y me fuí ciego de amor adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas consolaron por algún tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí pocos días há, me dijo cómo su madre trataba de casarla, que primero perdería la vida que dar su mano á otro que á mí; me acordaba mis juramentos, me exhortaba á cumplirlos... Monté á caballo, corrí precipitado al camino, llegué á Guadalajara, no la encontré, vine aquí... Lo demás bien lo sabe usted, no hay para qué decírselo.

D. DIEGO.--¿Y qué proyectos eran los tuyos en esta venida?

D. CARLOS.--Consolarla, jurarla de nuevo un eterno amor, pasar á Madrid, verle á usted, echarme á sus piés, referirle todo lo ocurrido, y pedirle, no riquezas, ni herencias, ni protecciones, ni... eso no... Sólo su consentimiento y su bendición para verificar un enlace tan suspirado, en que ella y yo fundábamos toda nuestra felicidad.

D. DIEGO.--Pues ya ves, Carlos, que es tiempo de pensar muy de otra manera.

D. CARLOS.--Sí, señor.

D. DIEGO.--Si tú la quieres, yo la quiero también. Su madre y toda su familia aplauden este casamiento. Ella... y sean las que fueren las promesas que á ti te hizo... ella misma, no há media hora, me ha dicho que está pronta á obedecer á su madre y darme la mano así que...

D. CARLOS.--Pero no el corazón. (_Levántase._)

D. DIEGO.--¿Qué dices?

D. CARLOS.--No, eso no... Sería ofenderla... Usted celebrará sus bodas cuando guste; ella se portará siempre como conviene á su honestidad y á su virtud; pero yo he sido el primero, el único objeto de su cariño, lo soy y lo seré... Usted se llamará su marido, pero si alguna ó muchas veces la sorprende, y ve sus ojos hermosos inundados en lágrimas, por mí las vierte... No la pregunte usted jamás el motivo de sus melancolías... Yo, yo seré la causa... Los suspiros, que en vano procurará reprimir, serán finezas dirigidas á un amigo ausente.

D. DIEGO.--¿Qué temeridad es esta?

(_Se levanta con mucho enojo, encaminándose hacia don Carlos, el cual se va retirando._)

D. CARLOS.--Ya se lo dije á usted... Era imposible que yo hablase una palabra sin ofenderle... Pero acabemos esta odiosa conversación... Viva usted feliz, y no me aborrezca, que yo en nada le he querido disgustar... La prueba mayor que yo puedo darle de mi obediencia y mi respeto, es la de salir de aquí inmediatamente... Pero no se me niegue á lo menos el consuelo de saber que usted me perdona.

D. DIEGO.--¿Conque en efecto te vas?

D. CARLOS.--Al instante, señor... Y esta ausencia será bien larga.

D. DIEGO.--¿Por qué?

D. CARLOS.--Porque no me conviene verla en mi vida... Si las voces que corren de una próxima guerra se llegaran á verificar... entonces...

D. DIEGO.--¿Qué quieres decir?

(_Asiendo de un brazo á don Carlos, le hace venir más adelante._)

D. CARLOS.--Nada... Que apetezco la guerra, porque soy soldado.

D. DIEGO.--¡Carlos!... ¡Qué horror!... ¿Y tienes corazón para decírmelo?

D. CARLOS.--Alguien viene... (_Mirando con inquietud hacia el cuarto de doña Irene, se desprende de don Diego, y hace ademán de irse por la del foro. Don Diego va detrás de él y quiere impedírselo._) Tal vez será ella... Quede usted con Dios.

D. DIEGO.--¿Adónde vas?... No, señor, no has de irte.

D. CARLOS.--Es preciso... Yo no he de verla... Una sola mirada nuestra pudiera causarle á usted inquietudes crueles.

D. DIEGO.--Ya he dicho que no ha de ser... Entra en ese cuarto.

D. CARLOS.--Pero si...

D. DIEGO.--Haz lo que te mando.

(_Éntrase don Carlos en el cuarto de don Diego._)

ESCENA XI.

DOÑA IRENE, DON DIEGO.

D.ª IRENE.--Conque, señor don Diego, ¿es ya la de vámonos?... Buenos días... (_Apaga la luz que está sobre la mesa._) ¿Reza usted?

D. DIEGO (_paseándose con inquietud_).--Sí, para rezar estoy ahora.

D.ª IRENE.--Si usted quiere, ya pueden ir disponiendo el chocolate, y que avisen al mayoral para que enganchen luégo que... Pero ¿qué tiene usted, señor?... ¿Hay alguna novedad?

D. DIEGO.--Sí, no deja de haber novedades.