Part 11
D. CARLOS.--Si me dejase llevar de mi pasión y de lo que esos ojos me inspiran, una temeridad... Pero tiempo hay... Él también será hombre de honor, y no es justo insultarle porque quiere bien á una mujer tan digna de ser querida... Yo no conozco á su madre de usted ni... vamos, ahora nada se puede hacer... Su decoro de usted merece la primera atención.
D.ª FRANCISCA.--Es mucho el empeño que tiene en que me case con él.
D. CARLOS.--No importa.
D.ª FRANCISCA.--Quiere que esta boda se celebre así que lleguemos á Madrid.
D. CARLOS.--¿Cuál?... No. Eso no.
D.ª FRANCISCA.--Los dos están de acuerdo, y dicen...
D. CARLOS.--Bien... Dirán... Pero no puede ser.
D.ª FRANCISCA.--Mi madre no me habla continuamente de otra materia. Me amenaza, me ha llenado de temor... Él insta por su parte, me ofrece tantas cosas, me...
D. CARLOS.--Y usted ¿qué esperanza le da?... ¿Ha prometido quererle mucho?
D.ª FRANCISCA.--¡Ingrato!... ¿Pues no sabe usted que?... ¡Ingrato!
D. CARLOS.--Sí, no lo ignoro, Paquita... Yo he sido el primer amor.
D.ª FRANCISCA.--Y el último.
D. CARLOS.--Y antes perderé la vida, que renunciar al lugar que tengo en ese corazón... Todo él es mío... ¿Digo bien? (_Asiéndola de las manos._)
D.ª FRANCISCA.--¿Pues de quién ha de ser?
D. CARLOS.--¡Hermosa! ¡Qué dulce esperanza me anima!... Una sola palabra de esa boca me asegura... Para todo me da valor... En fin, ya estoy aquí. ¿Usted me llama para que la defienda, la libre, la cumpla una obligación mil y mil veces prometida? Pues á eso mismo vengo yo... Si ustedes se van á Madrid mañana, yo voy también. Su madre de usted sabrá quien soy... Allí puedo contar con el favor de un anciano respetable y virtuoso, á quien más que tío debo llamar amigo y padre. No tiene otro deudo más inmediato ni más querido que yo; es hombre muy rico, y si los dones de la fortuna tuviesen para usted algún atractivo, esta circunstancia añadiría felicidades á nuestra unión.
D.ª FRANCISCA.--¿Y qué vale para mí toda la riqueza del mundo?
D. CARLOS.--Ya lo sé. La ambición no puede agitar á un alma tan inocente.
D.ª FRANCISCA.--Querer y ser querida... Ni apetezco más, ni conozco mayor fortuna.
D. CARLOS.--Ni hay otra... Pero usted debe serenarse, y esperar que la suerte mude nuestra aflicción presente en durables dichas.
D.ª FRANCISCA.--¿Y qué se ha de hacer para que á mi pobre madre no la cueste una pesadumbre?... ¡Me quiere tanto!... Si acabo de decirla que no la disgustaré, ni me apartaré de su lado jamás; que siempre seré obediente y buena... ¡Y me abrazaba con tanta ternura! Quedó tan consolada con lo poco que acerté á decirla... Yo no sé, no sé qué camino ha de hallar usted para salir de estos ahogos.
D. CARLOS.--Yo le buscaré... ¿No tiene usted confianza en mí?
D.ª FRANCISCA.--¿Pues no he de tenerla? ¿Piensa usted que estuviera yo viva, si esa esperanza no me animase? Sola y desconocida de todo el mundo, ¿qué había yo de hacer? Si usted no hubiese venido, mis melancolías me hubieran muerto, sin tener á quien volver los ojos, ni poder comunicar á nadie la causa de ellas... Pero usted ha sabido proceder como caballero y amante, y acaba de darme con su venida la prueba mayor de lo mucho que me quiere. (_Se enternece y llora._)
D. CARLOS.--¡Qué llanto!... ¡Cómo persuade!... Sí, Paquita, yo solo basto para defenderla á usted de cuántos quieran oprimirla. Á un amante favorecido ¿quién puede oponérsele? Nada hay que temer.
D.ª FRANCISCA.--¿Es posible?
D. CARLOS.--Nada... Amor ha unido nuestras almas en estrechos nudos, y sólo la muerte bastará á dividirlas.
ESCENA VIII.
RITA, DON CARLOS, DOÑA FRANCISCA.
RITA.--Señorita, adentro. La mamá pregunta por usted. Voy á traer la cena, y se van á recoger al instante... Y usted, señor galán, ya puede también disponer de su persona.
D. CARLOS.--Sí, que no conviene anticipar sospechas... Nada tengo que añadir.
D.ª FRANCISCA.--Ni yo.
D. CARLOS.--Hasta mañana. Con la luz del día veremos á este dichoso competidor.
RITA.--Un caballero muy honrado, muy rico, muy prudente; con su chupa larga, su camisola limpia, y sus sesenta años debajo del peluquín.
(_Se va por la puerta del foro._)
D.ª FRANCISCA.--Hasta mañana.
D. CARLOS.--Adios, Paquita.
D.ª FRANCISCA.--Acuéstese usted, y descanse.
D. CARLOS.--¿Descansar con celos?
D.ª FRANCISCA.--¿De quién?
D. CARLOS.--Buenas noches... Duerma usted bien, Paquita.
D.ª FRANCISCA.--¿Dormir con amor?
D. CARLOS.--Adios, vida mía.
D.ª FRANCISCA.--Adios.
(_Éntrase al cuarto de doña Irene._)
ESCENA IX.
DON CARLOS (_paseándose con inquietud_), CALAMOCHA, RITA.
D. CARLOS.--¡Quitármela! No... Sea quien fuere, no me la quitará. Ni su madre ha de ser tan imprudente que se obstine en verificar este matrimonio repugnándolo su hija... mediando yo... ¡Sesenta años!... Precisamente será muy rico... ¡El dinero! Maldito él sea, que tantos desórdenes origina.
CALAMOCHA (_saliendo por la puerta del foro_).--Pues, señor, tenemos un medio cabrito asado, y... á lo menos parece cabrito. Tenemos una magnífica ensalada de berros, sin anapelos ni otra materia extraña, bien lavada, escurrida y condimentada por estas manos pecadoras, que no hay más que pedir. Pan de Meco, vino de la tercia... Conque si hemos de cenar y dormir, me parece que sería bueno...
D. CARLOS.--Vamos... ¿Y adónde ha de ser?
CALAMOCHA.--Abajo... Allí he mandado disponer una angosta y fementida mesa, que parece un banco de herrador.
RITA (_saliendo por la puerta del foro con unos platos, taza, cucharas y servilleta_).--¿Quién quiere sopas?
D. CARLOS.--Buen provecho.
CALAMOCHA.--Si hay alguna real moza que guste de cenar cabrito, levante el dedo.
RITA.--La real moza se ha comido ya media cazuela de albondiguillas... Pero lo agradece, señor militar.
(_Éntrase en el cuarto de doña Irene._)
CALAMOCHA.--Agradecida te quiero yo, niña de mis ojos.
D. CARLOS.--Conque, ¿vamos?
CALAMOCHA.--¡Ay, ay, ay!... (_Calamocha se encamina á la puerta del foro, y vuelve; se acerca á don Carlos, y hablan con reserva hasta el fin de la escena, en que Calamocha se adelanta á saludar á Simón._) ¡Eh! chit, digo...
D. CARLOS.--¿Qué?
CALAMOCHA.--¿No ve usted lo que viene por allí?
D. CARLOS.--¿Es Simón?
CALAMOCHA.--El mismo... Pero ¿quién diablos le?...
D. CARLOS.--¿Y qué haremos?
CALAMOCHA.--¿Qué sé yo?... Sonsacarle, mentir y... ¿Me da usted licencia para que?...
D. CARLOS.--Sí, miente lo que quieras... ¿Á qué habrá venido este hombre?
ESCENA X.
SIMÓN (_Sale por la puerta del foro._), CALAMOCHA, D. CARLOS.
CALAMOCHA.--Simón, ¿tú por aquí?
SIMÓN.--Adios, Calamocha. ¿Cómo va?
CALAMOCHA.--Lindamente.
SIMÓN.--¡Cuánto me alegro de!...
D. CARLOS.--¡Hombre, tú en Alcalá! ¿Pues qué novedad es esta?
SIMÓN.--¡Oh, que estaba usted ahí, señorito! ¡Voto á sanes!
D. CARLOS.--¿Y mi tío?
SIMÓN.--Tan bueno.
CALAMOCHA.--¿Pero se ha quedado en Madrid, ó?...
SIMÓN.--¿Quién me había de decir á mí?... ¡Cosa como ella! Tan ageno estaba ya ahora de... Y usted de cada vez más guapo... ¿Conque usted irá á ver al tío, eh?
CALAMOCHA.--Tú habrás venido con algún encargo del amo.
SIMÓN.--¡Y qué calor traje, y qué polvo por ese camino! ¡Ya, ya!
CALAMOCHA.--¿Alguna cobranza tal vez, eh?
D. CARLOS.--Puede ser. Como tiene mi tío ese poco de hacienda en Ajalvir... ¿No has venido á eso?
SIMÓN.--¡Y qué buena maula le ha salido el tal administrador! Labriego más marrullero y más bellaco no le hay en toda la campiña... ¿Conque usted viene ahora de Zaragoza?
D. CARLOS.--Pues... Figúrate tú.
SIMÓN.--¿Ó va usted allá?
D. CARLOS.--¿Adónde?
SIMÓN.--Á Zaragoza. ¿No está allí el regimiento?
CALAMOCHA.--Pero, hombre, si salimos el verano pasado de Madrid, ¿no habíamos de haber andado más de cuatro leguas?
SIMÓN.--¿Qué sé yo? Algunos van por la posta, y tardan más de cuatro meses en llegar... Debe de ser un camino muy malo.
CALAMOCHA (_aparte separándose de Simón._)--¡Maldito seas tú, y tu camino, y la bribona que te dió papilla!
D. CARLOS.--Pero aún no me has dicho si mi tío está en Madrid ó en Alcalá, ni á qué has venido, ni...
SIMÓN.--Bien, á eso voy... Sí, señor, voy á decir á usted... Conque... Pues el amo me dijo...
ESCENA XI.
DON DIEGO, DON CARLOS, SIMÓN, CALAMOCHA.
D. DIEGO (_desde adentro._)--No, no es menester: si hay luz aquí. Buenas noches, Rita.
(_Don Carlos se turba, y se aparta á un extremo del teatro._)
D. CARLOS.--¡Mi tío!
D. DIEGO.--¡Simón!
(_Sale don Diego del cuarto de doña Irene encaminándose al suyo; repara en don Carlos, y se acerca á él. Simón le alumbra, y vuelve á dejar la luz sobre la mesa._)
SIMÓN.--Aquí estoy, señor.
D. CARLOS.--¡Todo se ha perdido!
D. DIEGO.--Vamos... Pero... ¿quién es?
SIMÓN.--Un amigo de usted, señor.
D. CARLOS.--Yo estoy muerto.
D. DIEGO.--¿Cómo un amigo?... ¿Qué? Acerca esa luz.
D. CARLOS.--¡Tío!
(_En ademán de besarle la mano á don Diego, que le aparta de sí con enojo._)
D. DIEGO.--Quítate de ahí.
D. CARLOS.--¡Señor!
D. DIEGO.--Quítate. No sé cómo no le... ¿Qué haces aquí?
D. CARLOS.--Si usted se altera y...
D. DIEGO.--¿Qué haces aquí?
D. CARLOS.--Mi desgracia me ha traído.
D. DIEGO.--¡Siempre dándome que sentir, siempre! Pero... (_Acercándose á don Carlos._) ¿Qué dices? ¿De veras ha ocurrido alguna desgracia? Vamos... ¿Qué te sucede?... ¿Por qué estás aquí?
CALAMOCHA.--Porque le tiene á usted ley, y le quiere bien, y...
D. DIEGO.--Á ti no te pregunto nada... ¿Por qué has venido de Zaragoza sin que yo lo sepa?... ¿Por qué te asusta el verme?... Algo has hecho: sí, alguna locura has hecho que le habrá de costar la vida á tu pobre tío.
D. CARLOS.--No, señor, que nunca olvidaré las máximas de honor y prudencia que usted me ha inspirado tantas veces.
D. DIEGO.--Pues, ¿á qué viniste? ¿Es desafío? ¿Son deudas? ¿Es algún disgusto con tus jefes? Sácame de esta inquietud, Carlos... Hijo mío, sácame de este afán.
CALAMOCHA.--Si todo ello no es más que...
D. DIEGO.--Ya he dicho que calles... Ven acá. (_Asiendo de una mano á don Carlos, se aparta con él á un extremo del teatro, y le habla en voz baja._) Dime qué ha sido.
D. CARLOS.--Una ligereza, una falta de sumisión á usted. Venir á Madrid sin pedirle licencia primero... Bien arrepentido estoy, considerando la pesadumbre que le he dado al verme.
D. DIEGO.--¿Y qué otra cosa hay?
D. CARLOS.--Nada más, señor.
D. DIEGO.--Pues ¿qué desgracia era aquella de que me hablaste?
D. CARLOS.--Ninguna. La de hallarle á usted en este paraje... y haberle disgustado tanto, cuando yo esperaba sorprenderle en Madrid, estar en su compañía algunas semanas, y volverme contento de haberle visto.
D. DIEGO.--¿No hay más?
D. CARLOS.--No, señor.
D. DIEGO.--Míralo bien.
D. CARLOS.--No, señor... Á eso venía. No hay nada más.
D. DIEGO.--Pero no me digas tú á mí... Si es imposible que estas escapadas se... No, señor... ¿Ni quién ha de permitir que un oficial se vaya cuando se le antoje, y abandone de ese modo sus banderas?... Pues si tales ejemplos se repitieran mucho, adios, disciplina militar... Vamos... eso no puede ser.
D. CARLOS.--Considere usted, tío, que estamos en tiempo de paz; que en Zaragoza no es necesario un servicio tan exacto como en otras plazas, en que no se permite descanso á la guarnición... Y en fin, puede usted creer que este viaje supone la aprobación y la licencia de mis superiores; que yo también miro por mi estimación, y que cuando me he venido, estoy seguro de que no hago falta.
D. DIEGO.--Un oficial siempre hace falta á sus soldados. El rey le tiene allí para que los instruya, los proteja y les dé ejemplo de subordinación, de valor, de virtud.
D. CARLOS.--Bien está; pero ya he dicho los motivos...
D. DIEGO.--Todos estos motivos no valen nada... ¡Porque le dió la gana de ver al tío!... Lo que quiere su tío de usted no es verle cada ocho días, sino saber que es hombre de juicio, y que cumple con sus obligaciones. Eso es lo que quiere... Pero (_Alza la voz, y se pasea inquieto._) yo tomaré mis medidas para que estas locuras no se repitan otra vez... Lo que usted ha de hacer ahora es marcharse inmediatamente.
D. CARLOS.--Señor, si...
D. DIEGO.--No hay remedio... Y ha de ser al instante. Usted no ha de dormir aquí.
CALAMOCHA.--Es que los caballos no están ahora para correr... ni pueden moverse.
D. DIEGO.--Pues con ellos (_Á Calamocha._) y con las maletas al mesón de afuera. Usted (_Á don Carlos._) no ha de dormir aquí... Vamos (_Á Calamocha._) tú, buena pieza, menéate. Abajo con todo. Pagar el gasto que se haya hecho, sacar los caballos, y marchar... Ayúdale tú... (_Á Simón._) ¿Qué dinero tienes ahí?
SIMÓN.--Tendré unas cuatro ó seis onzas.
(_Saca de un bolsillo algunas monedas, y se las da á don Diego._)
D. DIEGO.--Dámelas acá. Vamos, ¿qué haces?... (_Á Calamocha._) ¿No he dicho que ha de ser al instante? Volando. Y tú (_Á Simón._) vé con él, ayúdale, y no te me apartes de allí hasta que se hayan ido.
(_Los dos criados entran en el cuarto de don Carlos._)
ESCENA XII.
DON DIEGO, DON CARLOS.
D. DIEGO.--Tome usted... (_Le da el dinero._) Con eso hay bastante para el camino... Vamos, que cuando yo lo dispongo así, bien sé lo que me hago... ¿No conoces que es todo por tu bien, y que ha sido un desatino el que acabas de hacer?... Y no hay que afligirse por eso, ni creas que es falta de cariño... Ya sabes lo que te he querido siempre; y en obrando tú según corresponde, seré tu amigo como lo he sido hasta aquí.
D. CARLOS.--Ya lo sé.
D. DIEGO.--Pues bien: ahora obedece lo que te mando.
D. CARLOS.--Lo haré sin falta.
D. DIEGO.--Al mesón de afuera. (_Á los dos criados, que salen con los trastos del cuarto de don Carlos y se van por la puerta del foro._) Allí puedes dormir, mientras los caballos comen y descansan... Y no me vuelvas aquí por ningún pretexto ni entres en la ciudad... cuidado. Y á eso de las tres ó las cuatro marchar. Mira que he de saber á la hora que sales. ¿Lo entiendes?
D. CARLOS.--Sí, señor.
D. DIEGO.--Mira, que lo has de hacer.
D. CARLOS.--Sí, señor, haré lo que usted manda.
D. DIEGO.--Muy bien... Adios... Todo te lo perdono... Vete con Dios... Y yo sabré también cuándo llegas á Zaragoza: no te parezca que estoy ignorante de lo que hiciste la vez pasada.
D. CARLOS.--¿Pues qué hice yo?
D. DIEGO.--Si te digo que lo sé, y que te lo perdono, ¿qué más quieres? No es tiempo ahora de tratar de eso. Vete.
D. CARLOS.--Quede usted con Dios.
(_Hace que se va, y vuelve._)
D. DIEGO.--¿Sin besar la mano á su tío, eh?
D. CARLOS.--No me atreví.
(_Besa la mano á don Diego, y se abrazan._)
D. DIEGO.--Y dame un abrazo, por si no nos volvemos á ver.
D. CARLOS.--¿Qué dice usted? No lo permita Dios.
D. DIEGO.--¿Quién sabe, hijo mío? ¿Tienes algunas deudas? ¿Te falta algo?
D. CARLOS.--No, señor, ahora no.
D. DIEGO.--Mucho es, porque tú siempre tiras por largo... Como cuentas con la bolsa del tío... Pues bien, yo escribiré al señor Aznar para que te dé cien doblones de orden mía. Y mira cómo lo gastas... ¿Juegas?
D. CARLOS.--No, señor, en mi vida.
D. DIEGO.--Cuidado con eso... Conque, buen viaje. Y no te acalores: jornadas regulares y nada más... ¿Vas contento?
D. CARLOS.--No, señor. Porque usted me quiere mucho, me llena de beneficios, y yo le pago mal.
D. DIEGO.--No se hable ya de lo pasado... Adios...
D. CARLOS.--¿Queda usted enojado conmigo?
D. DIEGO.--No, no por cierto... Me disgusté bastante, pero ya se acabó... No me dés que sentir. (_Poniéndole ambas manos sobre los hombros._) Portarse como hombre de bien.
D. CARLOS.--No lo dude usted.
D. DIEGO.--Como oficial de honor.
D. CARLOS.--Así lo prometo.
D. DIEGO.--Adios, Carlos. (_Abrazándose._)
D. CARLOS (_aparte, al irse por la puerta del foro_).--¡Y la dejo!... ¡Y la pierdo para siempre!
ESCENA XIII.
DON DIEGO.
D. DIEGO.--Demasiado bien se ha compuesto... Luégo lo sabrá, enhorabuena... Pero no es lo mismo escribírselo, que... Después de hecho, no importa nada... ¡Pero siempre aquel respeto al tío!... Como una malva es.
(_Se enjuga las lágrimas, toma la luz, y se va á su cuarto. El teatro queda solo y oscuro por un breve espacio._)
ESCENA XIV.
DOÑA FRANCISCA, RITA.
(_Salen del cuarto de doña Irene. Rita sacará una luz, y la pone encima de la mesa._)
RITA.--Mucho silencio hay por aquí.
D.ª FRANCISCA.--Se habrán recogido ya... Estarán rendidos.
RITA.--Precisamente.
D.ª FRANCISCA.--¡Un camino tan largo!
RITA.--¡Á lo que obliga el amor, señorita!
D.ª FRANCISCA.--Sí, bien puedes decirlo: amor... Y yo ¿qué no hiciera por él?
RITA.--Y deje usted, que no ha de ser este el último milagro. Cuando lleguemos á Madrid, entonces será ella. El pobre don Diego ¡qué chasco se va á llevar! Y por otra parte, vea usted qué señor tan bueno, que cierto da lástima...
D.ª FRANCISCA.--Pues en eso consiste todo. Si él fuese un hombre despreciable, ni mi madre hubiera admitido su pretensión, ni yo tendría que disimular mi repugnancia... Pero ya es otro tiempo, Rita. Don Félix ha venido, y ya no temo á nadie. Estando mi fortuna en su mano, me considero la más dichosa de las mujeres.
RITA.--¡Ay! ahora que me acuerdo... Pues poquito me lo encargó... Ya se ve, si con estos amores tengo yo también la cabeza... Voy por él. (_Encaminándose al cuarto de doña Irene._)
D.ª FRANCISCA.--¿Á qué vas?
RITA.--El tordo, que ya se me olvidaba sacarle de allí.
D.ª FRANCISCA.--Sí, tráele, no empiece á rezar como anoche... Allí quedó junto á la ventana... Y vé con cuidado, no despierte mamá.
RITA.--Sí, mire usted el estrépito de caballerías que anda por allá abajo... Hasta que lleguemos á nuestra calle del Lobo, número 7, cuarto segundo, no hay que pensar en dormir... Y ese maldito portón, que rechina que...
D.ª FRANCISCA.--Te puedes llevar la luz.
RITA.--No es menester, que ya sé dónde está.
(_Vase al cuarto de doña Irene._)
ESCENA XV.
SIMÓN (_sale por la puerta del foro_), DOÑA FRANCISCA.
D.ª FRANCISCA.--Yo pensé que estaban ustedes acostados.
SIMÓN.--El amo ya habrá hecho esa diligencia, pero yo todavía no sé en dónde he de tender el rancho... Y buen sueño que tengo.
D.ª FRANCISCA.--¿Qué gente nueva ha llegado ahora?
SIMÓN.--Nadie. Son unos que estaban ahí, y se han ido.
D.ª FRANCISCA.--¿Los arrieros?
SIMÓN.--No, señora. Un oficial y un criado suyo, que parece que se van á Zaragoza.
D.ª FRANCISCA.--¿Quiénes dice usted que son?
SIMÓN.--Un teniente coronel y su asistente.
D.ª FRANCISCA.--¿Y estaban aquí?
SIMÓN.--Sí, señora, ahí en ese cuarto.
D.ª FRANCISCA.--No los he visto.
SIMÓN.--Parece que llegaron esta tarde y... Á la cuenta habrán despachado ya la comisión que traían... Conque se han ido... Buenas noches, señorita.
(_Vase al cuarto de don Diego._)
ESCENA XVI.
RITA, DOÑA FRANCISCA.
D.ª FRANCISCA.--¡Dios mío de mi alma! ¿Qué es esto?... No puedo sostenerme... ¡Desdichada! (_Siéntase en una silla inmediata á la mesa._)
RITA.--Señorita, yo vengo muerta.
(_Saca la jaula del tordo y la deja encima de la mesa; abre la puerta del cuarto de don Carlos, y vuelve._)
D.ª FRANCISCA.--¡Ay, que es cierto!... ¿Tú lo sabes también?
RITA.--Deje usted, que todavía no creo lo que he visto... Aquí no hay nadie... ni maletas, ni ropa, ni... Pero ¿cómo podía engañarme? Si yo misma los he visto salir.
D.ª FRANCISCA.--¿Y eran ellos?
RITA.--Sí, señora. Los dos.
D.ª FRANCISCA.--Pero ¿se han ido fuera de la ciudad?
RITA.--Si no los he perdido de vista hasta que salieron por puerta de Mártires... Como está un paso de aquí.
D.ª FRANCISCA.--¿Y es ese el camino de Aragón?
RITA.--Ese es.
D.ª FRANCISCA.--¡Indigno!... ¡Hombre indigno!
RITA.--¡Señorita!
D.ª FRANCISCA.--¿En qué te ha ofendido esta infeliz?
RITA.--Yo estoy temblando toda... Pero... Si es incomprensible... Si no alcanzo á descubrir qué motivos ha podido haber para esta novedad.
D.ª FRANCISCA.--¿Pues no le quise más que á mi vida?... ¿No me ha visto loca de amor?
RITA.--No sé qué decir al considerar una acción tan infame.
D.ª FRANCISCA.--¿Qué has de decir? Que no me ha querido nunca, ni es hombre de bien... ¿Y vino para esto? ¡Para engañarme, para abandonarme así!
(_Levántase, y Rita la sostiene._)
RITA.--Pensar que su venida fué con otro designio no me parece natural... Celos... ¿Por qué ha de tener celos?... Y aun eso mismo debiera enamorarle más... Él no es cobarde, y no hay que decir que habrá tenido miedo de su competidor.
D.ª FRANCISCA.--Te cansas en vano... Dí que es un pérfido, dí que es un monstruo de crueldad, y todo lo has dicho.
RITA.--Vamos de aquí, que puede venir alguien, y...
D.ª FRANCISCA.--Sí, vámonos... Vamos á llorar... ¡Y en qué situación me deja!... Pero ¿ves qué malvado?
RITA.--Sí, señora, ya lo conozco.
D.ª FRANCISCA.--¡Qué bien supo fingir!... ¿Y con quién? Conmigo... ¿Pues yo merecí ser engañada tan alevosamente?... ¿Mereció mi cariño este galardón?... ¡Dios de mi vida! ¿Cuál es mi delito, cuál es?
(_Rita coge la luz, y se van entrambas al cuarto de doña Francisca._)
ACTO III.
ESCENA PRIMERA.
DON DIEGO, SIMÓN.
(_Teatro oscuro. Sobre la mesa habrá un candelero con vela apagada, y la jaula del tordo. Simón duerme tendido en el banco. Sale don Diego de su cuarto acabándose de poner la bata._)
D. DIEGO.--Aquí, á lo menos, ya que no duerma no me derretiré... Vaya, si alcoba como ella no se... ¡Cómo ronca éste!... Guardémosle el sueño hasta que venga el día, que ya poco puede tardar... (_Simón despierta, y al oir á don Diego se incorpora, y se levanta._) ¿Qué es eso? Mira no te caigas, hombre.
SIMÓN.--Qué ¿estaba usted ahí, señor?
D. DIEGO.--Sí, aquí me he salido, porque allí no se puede parar.
SIMÓN.--Pues yo, á Dios gracias, aunque la cama es algo dura, he dormido como un emperador.
D. DIEGO.--¡Mala comparación!... Dí que has dormido como un pobre hombre, que no tiene ni dinero, ni ambición, ni pesadumbres, ni remordimientos.
SIMÓN.--En efecto, dice usted bien... ¿Y qué hora será ya?
D. DIEGO.--Poco há que sonó el reloj de San Justo, y si no conté mal, dió las tres.
SIMÓN.--¡Oh! pues ya nuestros caballeros irán por ese camino adelante echando chispas.
D. DIEGO.--Sí, ya es regular que hayan salido... Me lo prometió, y espero que lo hará.
SIMÓN.--¡Pero si usted viera qué apesadumbrado le dejé! ¡qué triste!
D. DIEGO.--Ha sido preciso.
SIMÓN.--Ya lo conozco.
D. DIEGO.--¿No ves qué venida tan intempestiva?
SIMÓN.--Es verdad... Sin permiso de usted, sin avisarle, sin haber un motivo urgente... Vamos, hizo muy mal... Bien que por otra parte él tiene prendas suficientes para que se le perdone esta ligereza... Digo... Me parece que el castigo no pasará adelante, ¿eh?
D. DIEGO.--¡No, qué! No, señor. Una cosa es que le haya hecho volver... Ya ves en qué circunstancias nos cogía... Te aseguro que cuando se fué me quedó un ansia en el corazón. (_Suenan á lo lejos tres palmadas, y poco después se oye que puntean un instrumento._) ¿Qué ha sonado?
SIMÓN.--No sé... Gente que pasa por la calle. Serán labradores.
D. DIEGO.--Calla.
SIMÓN.--Vaya, música tenemos, según parece.
D. DIEGO.--Sí, como lo hagan bien.
SIMÓN.--¿Y quién será el amante infeliz que se viene á puntear á estas horas en ese callejón tan puerco?... Apostaré que son amores con la moza de la posada, que parece un pico.
D. DIEGO.--Puede ser.
SIMÓN.--Ya empiezan, oigamos... (_Tocan una sonata desde adentro._) Pues dígole á usted que toca muy lindamente el pícaro del barberillo.
D. DIEGO.--No; no hay barbero que sepa hacer eso, por muy bien que afeite.
SIMÓN.--¿Quiere usted que nos asomemos un poco, á ver?...
D. DIEGO.--No, dejarlos... ¡Pobre gente! ¡Quién sabe la importancia que darán ellos á la tal música!... No gusto yo de incomodar á nadie.
(_Sale de su cuarto doña Francisca, y Rita con ella. Las dos se encaminan á la ventana. Don Diego y Simón se retiran á un lado, y observan._)
SIMÓN.--¡Señor!... ¡Eh!... Presto, aquí á un ladito.
D. DIEGO.--¿Qué quieres?
SIMÓN.--Que han abierto la puerta de esa alcoba, y huele á faldas que trasciende.
D. DIEGO.--¿Sí?... Retirémonos.
ESCENA II.
DOÑA FRANCISCA, RITA, DON DIEGO, SIMÓN.
RITA.--Con tiento, señorita.
D.ª FRANCISCA.--Siguiendo la pared ¿no voy bien?
(_Vuelven á probar el instrumento._)