Comedias escogidas

Part 10

Chapter 104,120 wordsPublic domain

CALAMOCHA.--Yo me entiendo... Pero el novio ¿trae consigo criados, amigos ó deudos que le quiten la primera zambullida que le amenaza?

RITA.--Un criado viene con él.

CALAMOCHA.--¡Poca cosa!... Mira, dile en caridad que se disponga, porque está de peligro. Adios.

RITA.--¿Y volverás presto?

CALAMOCHA.--Se supone. Estas cosas piden diligencia, y aunque apenas puedo moverme, es necesario que mi teniente deje la visita y venga á cuidar de su hacienda; disponer el entierro de ese hombre, y... ¿Conque ese es nuestro cuarto, eh?

RITA.--Sí. De la señorita y mío.

CALAMOCHA.--¡Bribona!

RITA.--¡Botarate! Adios.

CALAMOCHA.--Adios, aborrecida.

(_Éntrase con los trastos al cuarto de don Carlos._)

ESCENA IX.

DOÑA FRANCISCA, RITA.

RITA.--¡Qué malo es!... Pero... ¡Válgame Dios, don Félix aquí!... Sí, la quiere, bien se conoce... (_Sale Calamocha del cuarto de don Carlos, y se va por la puerta del foro._) ¡Oh! por más que digan, los hay muy finos; y entonces, ¿qué ha de hacer una?... Quererlos: no tiene remedio, quererlos... Pero ¿qué dirá la señorita cuando le vea, que está ciega por él? ¡Pobrecita! ¿Pues no sería una lástima que?... Ella es.

D.ª FRANCISCA, _saliendo_.--¡Ay, Rita!

RITA.--¿Qué es eso? ¿Ha llorado usted?

D.ª FRANCISCA.--¿Pues no he de llorar? Si vieras mi madre... Empeñada está en que he de querer mucho á ese hombre... Si ella supiera lo que sabes tú, no me mandaría cosas imposibles... Y que es tan bueno, y que es rico, y que me irá tan bien con él... Se ha enfadado tanto, y me ha llamado picarona, inobediente... ¡Pobre de mí! Porque no miento ni sé fingir, por eso me llaman picarona.

RITA.--Señorita, por Dios, no se aflija usted.

D.ª FRANCISCA.--Ya, como tú no lo has oído... Y dice que don Diego se queja de que yo no le digo nada... Harto le digo, y bien he procurado hasta ahora mostrarme contenta delante de él, que no lo estoy por cierto, y reirme y hablar niñerías... Y todo por dar gusto á mi madre, que si no... Pero bien sabe la Virgen que no me sale del corazón.

(_Se va oscureciendo lentamente el teatro._)

RITA.--Vaya, vamos, que no hay motivos todavía para tanta angustia... ¿Quién sabe?... ¿No se acuerda usted ya de aquel día de asueto que tuvimos el año pasado en la casa de campo del intendente?

D.ª FRANCISCA.--¡Ay! ¿cómo puedo olvidarlo?... Pero, ¿qué me vas á contar?

RITA.--Quiero decir, que aquel caballero que vimos allí con aquella cruz verde, tan galán, tan fino...

D.ª FRANCISCA.--¡Qué rodeos!... Don Félix. ¿Y qué?

RITA.--Que nos fué acompañando hasta la ciudad...

D.ª FRANCISCA.--Y bien... Y luégo volvió, y le ví, por mi desgracia, muchas veces... mal aconsejada de ti.

RITA.--¿Por qué, señora?... ¿Á quién dimos escándalo? Hasta ahora nadie lo ha sospechado en el convento. Él no entró jamás por las puertas, y cuando de noche hablaba con usted, mediaba entre los dos una distancia tan grande, que usted la maldijo no pocas veces... Pero esto no es del caso. Lo que voy á decir es, que un amante como aquel no es posible que se olvide tan presto de su querida Paquita... Mire usted que todo cuanto hemos leído á hurtadillas en las novelas no equivale á lo que hemos visto en él... ¿Se acuerda usted de aquellas tres palmadas que se oían entre once y doce de la noche? ¿de aquella sonora punteada con tanta delicadeza y expresión?

D.ª FRANCISCA.--¡Ay, Rita! Sí, de todo me acuerdo, y mientras viva conservaré la memoria... Pero está ausente... y entretenido acaso con nuevos amores.

RITA.--Eso no lo puedo yo creer.

D.ª FRANCISCA.--Es hombre al fin, y todos ellos...

RITA.--¡Qué bobería! Desengáñese usted, señorita. Con los hombres y las mujeres sucede lo mismo que con los melones de Añover. Hay de todo; la dificultad está en saber escogerlos. El que se lleve chasco en la elección, quéjese de su mala suerte, pero no desacredite la mercancía... Hay hombres muy embusteros, muy picarones; pero no es creíble que lo sea el que ha dado pruebas tan repetidas de perseverancia y amor. Tres meses duró el terrero y la conversación á oscuras, y en todo aquel tiempo, bien sabe usted que no vimos en él una acción descompuesta, ni oímos de su boca una palabra indecente ni atrevida.

D.ª FRANCISCA.--Es verdad. Por eso le quise tanto, por eso le tengo tan fijo aquí... aquí... (_Señalando el pecho_). ¿Qué habrá dicho al ver la carta?... ¡Oh! Yo bien sé lo que habrá dicho... ¡Válgate Dios! Es lástima... Cierto. ¡Pobre Paquita!... Y se acabó... No habrá dicho más... nada más.

RITA.--No, señora, no ha dicho eso.

D.ª FRANCISCA.--¿Qué sabes tú?

RITA.--Bien lo sé. Apenas haya leído la carta se habrá puesto en camino, y vendrá volando á consolar á su amiga... Pero... (_Acercándose á la puerta del cuarto de doña Irene._)

D.ª FRANCISCA.--¿Adónde vas?

RITA.--Quiero ver si...

D.ª FRANCISCA.--Está escribiendo.

RITA.--Pues ya presto habrá de dejarlo, que empieza á anochecer... Señorita, lo que la he dicho á usted es la verdad pura. Don Félix está ya en Alcalá.

D.ª FRANCISCA.--¿Qué dices? No me engañes.

RITA.--Aquel es su cuarto... Calamocha acaba de hablar conmigo.

D.ª FRANCISCA.--¿De veras?

RITA.--Sí, señora... Y le ha ido á buscar para...

D.ª FRANCISCA.--¿Conque me quiere?... ¡Ay Rita! Mira tú si hicimos bien de avisarle... Pero ¿ves qué fineza?... ¿Si vendrá bueno? ¡Correr tantas leguas sólo por verme... porque yo se lo mando!... ¡Qué agradecida le debo estar!... ¡Oh! yo le prometo que no se quejará de mí. Para siempre agradecimiento y amor.

RITA.--Voy á traer luces. Procuraré detenerme por allá abajo hasta que vuelvan... Veré lo que dice y qué piensa hacer, porque hallándonos todos aquí, pudiera haber una de Satanás entre la madre, la hija, el novio y el amante; y si no ensayamos bien esta contradanza, nos hemos de perder en ella.

D.ª FRANCISCA.--Dices bien... Pero no; él tiene resolución y talento, y sabrá determinar lo más conveniente... ¿Y cómo has de avisarme?... Mira que así que llegue le quiero ver.

RITA.--No hay que dar cuidado. Yo le traeré por acá, y en dándome aquella tosecilla seca... ¿me entiende usted?

D.ª FRANCISCA.--Sí, bien.

RITA.--Pues entonces no hay más que salir con cualquiera excusa. Yo me quedaré con la señora mayor, la hablaré de todos sus maridos y de sus concuñados, y del obispo que murió en el mar... Además, que si está allí don Diego...

D.ª FRANCISCA.--Bien, anda; y así que llegue...

RITA.--Al instante.

D.ª FRANCISCA.--Que no se te olvide toser.

RITA.--No haya miedo.

D.ª FRANCISCA.--¡Si vieras qué consolada estoy!

RITA.--Sin que usted lo jure, lo creo.

D.ª FRANCISCA.--¿Te acuerdas, cuando me decía que era imposible apartarme de su memoria, que no habría peligros que le detuvieran, ni dificultades que no atropellara por mí?

RITA.--Sí, bien me acuerdo.

D.ª FRANCISCA.--¡Ah!... Pues mira cómo me dijo la verdad.

(_Doña Francisca se va al cuarto de doña Irene; Rita, por la puerta del foro._)

ACTO II.

ESCENA PRIMERA.

DOÑA FRANCISCA.

(_Teatro oscuro._)

D.ª FRANCISCA.--Nadie parece aún... (_Acércase á la puerta del foro, y vuelve._) ¡Qué impaciencia tengo!... Y dice mi madre que soy una simple, que sólo pienso en jugar y reir, y que no sé lo que es amor... Sí, diez y siete años y no cumplidos; pero ya sé lo que es querer bien, y la inquietud y las lágrimas que cuesta.

ESCENA II.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª IRENE.--Sola y á oscuras me habéis dejado allí.

D.ª FRANCISCA.--Como estaba usted acabando su carta, mamá, por no estorbarla me he venido aquí, que está mucho más fresco.

D.ª IRENE.--Pero aquella muchacha, ¿qué hace, que no trae una luz? Para cualquiera cosa se está un año... Y yo que tengo un genio como una pólvora... (_Siéntase._) Sea todo por Dios... ¿Y don Diego no ha venido?

D.ª FRANCISCA.--Me parece que no.

D.ª IRENE.--Pues cuenta, niña, con lo que te he dicho ya. Y mira que no gusto de repetir una cosa dos veces. Este caballero está sentido, y con muchísima razón...

D.ª FRANCISCA.--Bien; sí, señora, ya lo sé. No me riña usted más.

D.ª IRENE.--No es esto reñirte, hija mía; esto es aconsejarte. Porque como tú no tienes conocimiento para considerar el bien que se nos ha entrado por las puertas... Y lo atrasada que me coge, que yo no sé lo que hubiera sido de tu pobre madre... Siempre cayendo y levantando... Médicos, botica... Que se dejaba pedir aquel caribe de don Bruno (Dios le haya coronado de gloria) los veinte y los treinta reales por cada papelillo de píldoras de coloquíntida y asafétida... Mira que un casamiento como el que vas á hacer, muy pocas le consiguen. Bien que á las oraciones de tus tías, que son unas bienaventuradas, debemos agradecer esta fortuna, y no á tus méritos ni á mi diligencia... ¿Qué dices?

D.ª FRANCISCA.--Yo, nada, mamá.

D.ª IRENE.--Pues, nunca dices nada. ¡Válgame Dios, señor!... En hablándote de esto no te ocurre nada que decir.

ESCENA III.

RITA (_Sale por la puerta del foro con luces y las pone encima de la mesa._), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª IRENE.--Vaya, mujer, yo pensé que en toda la noche no venías.

RITA.--Señora, he tardado, porque han tenido que ir á comprar las velas. ¡Como el tufo del velón la hace á usted tanto daño!...

D.ª IRENE.--Seguro que me hace muchísimo mal, con esta jaqueca que padezco... Los parches de alcanfor al cabo tuve que quitármelos; ¡si no me sirvieron de nada! Con las obleas me parece que me va mejor. Mira, deja una luz ahí, y llévate la otra á mi cuarto, y corre la cortina, no se me llene todo de mosquitos.

RITA.--Muy bien. (_Toma una luz, y hace que se va._)

D.ª FRANCISCA (_aparte, á Rita_).--¿No ha venido?

RITA.--Vendrá.

D.ª IRENE.--Oyes, aquella carta que está sobre la mesa dásela al mozo de la posada, para que la lleve al instante al correo... (_Vase Rita al cuarto de doña Irene._) Y tú, niña, ¿qué has de cenar? Porque será menester recogernos presto para salir mañana de madrugada.

D.ª FRANCISCA.--Como las monjas me hicieron merendar...

D.ª IRENE.--Con todo eso... Siquiera unas sopas del puchero para el abrigo del estómago... (_Sale Rita con una carta en la mano, y hasta el fin de la escena hace que se va y vuelve, según lo indica el diálogo._) Mira, has de calentar el caldo que apartamos al mediodía, y haznos un par de tazas de sopas, y tráetelas luégo que estén.

RITA.--¿Y nada más?

D.ª IRENE.--No, nada más... ¡Ah! y házmelas bien caldositas.

RITA.--Sí, ya lo sé.

D.ª IRENE.--¡Rita!

RITA.--Otra. ¿Qué manda usted?

D.ª IRENE.--Encarga mucho al mozo que lleve la carta al instante... Pero no, señor, mejor es... No quiero que la lleve él, que son unos borrachones, que no se les puede... Has de decir á Simón que digo yo, que me haga el gusto de echarla en el correo; ¿lo entiendes?

RITA.--Sí, señora.

D.ª IRENE.--¡Ah! mira.

RITA.--Otra.

D.ª IRENE.--Bien que ahora no corre prisa... Es menester que luégo me saques de ahí al tordo y colgarle por aquí de modo que no se caiga y se me lastime... (_Vase Rita por la puerta del foro._) ¡Qué noche tan mala me dió!... ¡Pues no se estuvo el animal toda la noche de Dios rezando el gloria patri y la oración del santo sudario!... Ello por otra parte edificaba, cierto... pero cuando se trata de dormir...

ESCENA IV.

DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª IRENE.--Pues mucho será que don Diego no haya tenido algún encuentro por ahí, y eso le detenga. Cierto que es un señor muy mirado, muy puntual... ¡Tan buen cristiano! ¡tan atento! ¡tan bien hablado! ¡Y con qué garbo y generosidad se porta!... Ya se ve, un sujeto de bienes y de posibles... ¡Y qué casa tiene! Como un ascua de oro la tiene... Es mucho aquello. ¡Qué ropa blanca! ¡qué batería de cocina, y qué despensa, llena de cuanto Dios crió!... Pero tú no parece que atiendes á lo que estoy diciendo.

D.ª FRANCISCA.--Sí, señora, bien lo oigo; pero no la quería interrumpir á usted.

D.ª IRENE.--Allí estarás, hija mía, como el pez en el agua: pajaritas del aire que apetecieras las tendrías, porque como él te quiere tanto, y es un caballero tan de bien y tan temeroso de Dios... Pero mira, Francisquita, que me cansa de veras el que siempre que te hablo de esto, hayas dado en la flor de no responderme palabra... ¡Pues no es cosa particular, señor!

D.ª FRANCISCA.--Mamá, no se enfade usted.

D.ª IRENE.--¡No es buen empeño de!... ¿Y te parece á ti que no sé yo muy bien de dónde viene todo eso?... ¿No ves que conozco las locuras que se te han metido en esa cabeza de chorlito? ¡Perdóneme Dios!

D.ª FRANCISCA.--Pero... Pues ¿qué sabe usted?

D.ª IRENE.--¿Me quieres engañar á mí, eh? ¡Ay, hija! He vivido mucho, y tengo yo mucha trastienda y mucha penetración para que tú me engañes.

D.ª FRANCISCA (_aparte_).--¡Perdida soy!

D.ª IRENE.--Sin contar con su madre... como si tal madre no tuviera... Yo te aseguro que aunque no hubiera sido con esta ocasión, de todos modos era ya necesario sacarte del convento. Aunque hubiera tenido que ir á pié y sola por ese camino, te hubiera sacado de allí... ¡Mire usted qué juicio de niña este! Que porque ha vivido un poco de tiempo entre monjas, ya se la puso en la cabeza el ser ella monja también... Ni qué entiende ella de eso, ni qué... En todos los estados se sirve á Dios, Frasquita; pero el complacer á su madre, asistirla, acompañarla y ser el consuelo de sus trabajos, esa es la primera obligación de una hija obediente... Y sépalo usted, si no lo sabe.

D.ª FRANCISCA.--Es verdad, mamá... Pero yo nunca he pensado abandonarla á usted.

D.ª IRENE.--Sí, que no sé yo...

D.ª FRANCISCA.--No, señora, créame usted. La Paquita nunca se apartará de su madre, ni la dará disgustos.

D.ª IRENE.--Mira si es cierto lo que dices.

D.ª FRANCISCA.--Sí, señora, que yo no sé mentir.

D.ª IRENE.--Pues, hija, ya sabes lo que te he dicho. Ya ves lo que pierdes, y la pesadumbre que me darás si no te portas en un todo como corresponde... Cuidado con ello.

D.ª FRANCISCA (_aparte_).--¡Pobre de mí!

ESCENA V.

DON DIEGO (_sale por la puerta del foro, y deja sobre la mesa sombrero y bastón_), DOÑA IRENE, DOÑA FRANCISCA.

D.ª IRENE.--Pues ¿cómo tan tarde?

D. DIEGO.--Apenas salí tropecé con el rector de Málaga, y el doctor Padilla, y hasta que me han hartado bien de chocolate y bollos no me han querido soltar... (_Siéntase junto á doña Irene._) Y á todo esto, ¿cómo va?

D.ª IRENE.--Muy bien.

D. DIEGO.--¿Y doña Paquita?

D.ª IRENE.--Doña Paquita siempre acordándose de sus monjas. Ya la digo que es tiempo de mudar de bisiesto, y pensar sólo en dar gusto á su madre y obedecerla.

D. DIEGO.--¡Qué diantre! ¿Conque tanto se acuerda de?...

D.ª IRENE.--¿Qué se admira usted? Son niñas... No saben lo que quieren, ni lo que aborrecen... En una edad, así tan...

D. DIEGO.--No, poco á poco, eso no. Precisamente en esa edad son las pasiones algo más enérgicas y decisivas que en la nuestra, y por cuanto la razón se halla todavía imperfecta y débil, los ímpetus del corazón son mucho más violentos... (_Asiendo de una mano á doña Francisca, la hace sentar inmediata á él._) Pero de veras, doña Paquita, ¿se volvería usted al convento de buena gana?... La verdad.

D.ª IRENE.--Pero si ella no...

D. DIEGO.--Déjela usted, señora, que ella responderá.

D.ª FRANCISCA.--Bien sabe usted lo que acabo de decirla... No permita Dios que yo la dé que sentir.

D. DIEGO.--Pero eso lo dice usted tan afligida y...

D.ª IRENE.--Si es natural, señor. ¿No ve usted que?...

D. DIEGO.--Calle usted, por Dios, doña Irene, y no me diga usted á mí lo que es natural. Lo que es natural es que la chica esté llena de miedo, y no se atreva á decir una palabra que se oponga á lo que su madre quiere que diga... Pero si esto hubiese, por vida mía, que estábamos lucidos.

D.ª FRANCISCA.--No, señor, lo que dice su merced, eso digo yo; lo mismo. Porque en todo lo que me manda la obedeceré.

D. DIEGO.--¡Mandar, hija mía!... En estas materias tan delicadas los padres que tienen juicio no mandan. Insinúan, proponen, aconsejan; eso sí, todo eso sí; ¡pero mandar!... ¿Y quién ha de evitar después las resultas funestas de lo que mandaron?... Pues ¿cuántas veces vemos matrimonios infelices, uniones monstruosas, verificadas solamente porque un padre tonto se metió á mandar lo que no debiera?... ¿Cuántas veces una desdichada mujer halla anticipada la muerte en el encierro de un claustro, porque su madre ó su tío se empeñaron en regalar á Dios lo que Dios no quería? ¡Eh! No, señor, eso no va bien... Mire usted, doña Paquita, yo no soy de aquellos hombres que se disimulan los defectos. Yo sé que ni mi figura ni mi edad son para enamorar perdidamente á nadie; pero tampoco he creído imposible que una muchacha de juicio y bien criada llegase á quererme con aquel amor tranquilo y constante que tanto se parece á la amistad, y es el único que puede hacer los matrimonios felices. Para conseguirlo, no he ido á buscar ninguna hija de familia de estas que viven en una decente libertad... Decente; que yo no culpo lo que no se opone al ejercicio de la virtud. Pero ¿cuál sería entre todas ellas la que no estuviese ya prevenida en favor de otro amante más apetecible que yo? ¡Y en Madrid, figúrese usted en un Madrid!... Lleno de estas ideas me pareció que tal vez hallaría en usted todo cuánto yo deseaba.

D.ª IRENE.--Y puede usted creer, señor don Diego, que...

D. DIEGO.--Voy á acabar, señora, déjeme usted acabar. Yo me hago cargo, querida Paquita, de lo que habrán influido en una niña tan bien inclinada como usted las santas costumbres que ha visto practicar en aquel inocente asilo de la devoción y la virtud; pero si á pesar de todo esto la imaginación acalorada, las circunstancias imprevistas la hubiesen hecho elegir sujeto más digno, sepa usted que yo no quiero nada con violencia. Yo soy ingenuo; mi corazón y mi lengua no se contradicen jamás. Esto mismo la pido á usted, Paquita, sinceridad. El cariño que á usted la tengo no la debe hacer infeliz... Su madre de usted no es capaz de querer una injusticia, y sabe muy bien que á nadie se le hace dichoso por fuerza. Si usted no halla en mí prendas que la inclinen, si siente algún otro cuidadillo en su corazón, créame usted, la menor disimulación en esto nos daría á todos muchísimo que sentir.

D.ª IRENE.--¿Puedo hablar ya, señor?

D. DIEGO.--Ella, ella debe hablar, y sin apuntador y sin intérprete.

D.ª IRENE.--Cuando yo se lo mande.

D. DIEGO.--Pues ya puede usted mandárselo, porque á ella la toca responder... Con ella he de casarme, con usted no.

D.ª IRENE.--Yo creo, señor don Diego, que ni con ella ni conmigo. ¿En qué concepto nos tiene usted?... Bien dice su padrino, y bien claro me lo escribió pocos días há, cuando le dí parte de este casamiento. Que aunque no la ha vuelto á ver desde que la tuvo en la pila, la quiere muchísimo; y á cuántos pasan por el Burgo de Osma les pregunta cómo está, y continuamente nos envía memorias con el ordinario.

D. DIEGO.--Y bien, señora, ¿qué escribió el padrino?... Ó por mejor decir, ¿qué tiene que ver nada de eso con lo que estamos hablando?

D.ª IRENE.--Sí, señor, que tiene que ver, sí, señor. Y aunque yo lo diga, le aseguro á usted que ni un padre de Atocha hubiera puesto una carta mejor que la que él me envió sobre el matrimonio de la niña... Y no es ningún catedrático, ni bachiller, ni nada de eso, sino un cualquiera, como quien dice, un hombre de capa y espada, con un empleíllo infeliz en el ramo del viento, que apenas le da para comer... Pero es muy ladino, y sabe de todo, y tiene una labia y escribe que da gusto... Cuasi toda la carta venía en latín, no le parezca á usted, y muy buenos consejos que me daba en ella... Que no es posible sino que adivinase lo que nos está sucediendo.

D. DIEGO.--Pero, señora, si no sucede nada, ni hay cosa que á usted la deba disgustar.

D.ª IRENE.--Pues ¿no quiere usted que me disguste oyéndole hablar de mi hija en términos que?... ¡Ella otros amores ni otros cuidados!... Pues si tal hubiera... ¡Válgame Dios!... la mataba á golpes, mire usted... Respóndele, una vez que quiere que hables, y que yo no chiste. Cuéntale los novios que dejaste en Madrid cuando tenías doce años, y los que has adquirido en el convento al lado de aquella santa mujer. Díselo para que se tranquilice, y...

D. DIEGO.--Yo, señora, estoy más tranquilo que usted.

D.ª IRENE.--Respóndele.

D.ª FRANCISCA.--Yo no sé qué decir. Si ustedes se enfadan.

D. DIEGO.--No, hija mía: esto es dar alguna expresión á lo que se dice, pero ¡enfadarnos! no por cierto. Doña Irene sabe lo que yo la estimo.

D.ª IRENE.--Sí, señor, que lo sé, y estoy sumamente agradecida á los favores que usted nos hace... Por eso mismo...

D. DIEGO.--No se hable de agradecimiento: cuánto yo puedo hacer, todo es poco... Quiero sólo que doña Paquita esté contenta.

D.ª IRENE.--¿Pues no ha de estarlo? Responde.

D.ª FRANCISCA.--Sí, señor, que lo estoy.

D. DIEGO.--Y que la mudanza de estado que se la previene no la cueste el menor sentimiento.

D.ª IRENE.--No, señor, todo al contrario... Boda más á gusto de todos no se pudiera imaginar.

D. DIEGO.--En esa inteligencia puedo asegurarla que no tendrá motivos de arrepentirse después. En nuestra compañía vivirá querida y adorada; y espero que á fuerza de beneficios he de merecer su estimación y su amistad.

D.ª FRANCISCA.--Gracias, señor don Diego... ¡Á una huérfana, pobre, desvalida como yo!...

D. DIEGO.--Pero de prendas tan estimables, que la hacen á usted digna todavía de mayor fortuna.

D.ª IRENE.--Ven aquí, ven... Ven aquí, Paquita.

D.ª FRANCISCA.--¡Mamá!

(_Levántase doña Francisca, abraza á su madre, y se acarician mutuamente._)

D.ª IRENE.--¿Ves lo que te quiero?

D.ª FRANCISCA.--Sí, señora.

D.ª IRENE.--¿Y cuánto procuro tu bien, que no tengo otro pío sino el de verte colocada antes que yo falte?

D.ª FRANCISCA.--Bien lo conozco.

D.ª IRENE.--¡Hija de mi vida! ¿Has de ser buena?

D.ª FRANCISCA.--Sí, señora.

D.ª IRENE.--¡Ay, que no sabes tú lo que te quiere tu madre!

D.ª FRANCISCA.--Pues qué, ¿no la quiero yo á usted?

D. DIEGO.--Vamos, vamos de aquí (_Levántase don Diego, y después doña Irene_). No venga alguno, y nos halle á los tres llorando como tres chiquillos.

D.ª IRENE.--Sí, dice usted bien.

(_Vanse los dos al cuarto de doña Irene. Doña Francisca va detrás; y Rita, que sale por la puerta del foro, la hace detener._)

ESCENA VI.

RITA, DOÑA FRANCISCA.

RITA.--Señorita... ¡Eh! chit... señorita...

D.ª FRANCISCA.--¿Qué quieres?

RITA.--Ya ha venido.

D.ª FRANCISCA.--¿Cómo?

RITA.--Ahora mismo acaba de llegar. Le he dado un abrazo con licencia de usted, y ya sube por la escalera.

D.ª FRANCISCA.--¡Ay, Dios!... ¿Y qué debo hacer?

RITA.--¡Donosa pregunta!... Vaya, lo que importa es no gastar el tiempo en melindres de amor... Al asunto... y juicio. Y mire usted que en el paraje en que estamos, la conversación no puede ser muy larga... Ahí está.

D.ª FRANCISCA.--Sí... Él es.

RITA.--Voy á cuidar de aquella gente... Valor, señorita, y resolución. (_Se va al cuarto de doña Irene._)

D.ª FRANCISCA.--No, no, que yo también... Pero no lo merece.

ESCENA VII.

DON CARLOS (_sale por la puerta del foro_), DOÑA FRANCISCA.

D. CARLOS.--¡Paquita!... ¡vida mía!... Ya estoy aquí. ¿Cómo va, hermosa, cómo va?

D.ª FRANCISCA.--Bien venido.

D. CARLOS.--¿Cómo tan triste?... ¿No merece mi llegada más alegría?

D.ª FRANCISCA.--Es verdad; pero acaban de sucederme cosas que me tienen fuera de mí... Sabe usted... Sí, bien lo sabe usted... Después de escrita aquella carta, fueron por mí... Mañana á Madrid... Ahí está mi madre.

D. CARLOS.--¿En dónde?

D.ª FRANCISCA.--Ahí, en ese cuarto. (_Señalando al cuarto de doña Irene._)

D. CARLOS.--¡Sola!

D.ª FRANCISCA.--No, señor.

D. CARLOS.--Estará en compañía del prometido esposo. (_Se acerca al cuarto de doña Irene, se detiene y vuelve._) Mejor... Pero ¿no hay nadie más con ella?

D.ª FRANCISCA.--Nadie más, solos están... ¿Qué piensa usted hacer?