Comedias: El remedio en la desdicha; El mejor alcalde, el rey

Chapter 4

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Lope de Vega, como se ha dicho antes, conoció en vida la mayor popularidad que jamás puede haber alcanzado autor alguno. León Pinelo en sus _Anales de Madrid_ alaba "la estimación que le dió el pueblo dondequiera que estuvo, y particularmente en esta Corte, donde en oyéndole nombrar los que no le conocían se paraban en las calles a mirarle con atención, y otros que venían de fuera luego le buscaban y a veces le visitaban sólo por ver y conocer la mayor maravilla que tenía la Corte, y muchos le regalaban y presentaban alhajas sin más título que el de ser Lope de Vega, y si llegaba a comprar cualquiera cosa de mucha o poca calidad, en sabiendo que era Lope de Vega se la ofrecían dada o se la vendían con toda la cortesía y baja de valor que les era posible;... dieron en Madrid, más de veinte años antes que muriese, en decir por adagio a todo lo que querían celebrar o alabar por bueno, que era de Lope; los plateros, los pintores, los mercaderes, hasta las vendedoras de la plaza, por grande encarecimiento, pregonaban fruta de Lope, y un autor grave, que escribió la historia del señor don Juan de Austria, para levantar de punto la alabanza, dijo de uno que era capitán de Lope, y una mujer, viendo pasar su entierro, que fué grande, sin saber cúyo era, dijo que aquel era entierro de Lope, en que acertó dos veces". Quevedo, en la aprobación de las _Rimas_ de Burguillos, se refiere también a este uso popular de calificar como de Lope a lo excelente: "Frey Lope Félix de Vega Carpio, cuyo nombre ha sido universalmente proverbio de todo lo bueno."

"Gozó sin litigio Lope la fama en la mocedad--dice Pellicer en su _Panegírico_--; aguardábanle las contradicciones para la vejez." En los últimos años de la vida del poeta, el tornadizo favor del público parece haberse complacido más en las obras de algunos nuevos ingenios que en las del viejo creador del teatro español; más de una vez el público recibió con hostilidad alguna de sus últimas creaciones. El aplauso y protección de las esferas oficiales ya hemos visto también que buscó de preferencia otras frentes para colocar en ellas sus coronas. El poeta habrá conocido en la última época de su vida la amarga sensación de sobrevivirse, de quedar rezagado en la marcha del gusto público de su tiempo. No poco le habrá dolido esta desventura que venía a sumarse a las desdichas privadas que ennegrecieron y llenaron de amargura sus últimos días.

Muerto Lope, su obra quedó un tanto oscurecida por la de Calderón, su continuador famosísimo, y fué cada vez más olvidada en el creciente mal gusto que se extendía según iba avanzando el siglo XVII. En el XVIII, corrió la suerte de todo el teatro español, y sólo a principios del XIX renació su fama con la reivindicación general de nuestro teatro por los escritores románticos, alemanes principalmente. Pero también entonces la nombradía de Calderón hizo sombra a la de Lope, que todavía vino a quedar en lugar secundario. Grillparzer en los países de lengua germánica; en Inglaterra la redacción de _The Atheneum_, Chorley y Ormsby, iniciaron la tendencia de colocar a Lope en el excelso lugar que le corresponde en el teatro español, tendencia que recibió consagración oficial entre nosotros cuando en 1890 don Marcelino Menéndez y Pelayo acometió la tarea de publicar la edición académica de las obras de Lope de Vega. De entonces acá, los estudios sobre Lope han venido siendo cada vez más numerosos e intensos, y en la valoración actual de nuestras letras, Lope de Vega, aunque sin el sentido universal de Cervantes, su no muy amado coetáneo, goza de una preeminencia y significación únicas en el orbe de la literatura española.

J. GÓMEZ OCERÍN. R. M. TENREIRO.

EL REMEDIO EN LA DESDICHA

Aparte la ortografía, que sólo hemos conservado cuando nos ha parecido encerrar valor fonético, reproducimos aquí el texto que se encuentra en la "_Trecena parte de las comedias de Lope de Vega Carpio, Procurador Fiscal de la Cámara Apostolica en el Arzobispado de Toledo. Dirigidas, cada una de por sí, a diferentes personas. Año 1620. Con privilegio. En Madrid. Por la viuda de Alonso Martín. A costa de Alonso Pérez, mercader de libros_".

En las escasísimas correcciones que hemos creído forzoso introducir, ponemos en nota las palabras correspondientes de la _Parte XIII_.

EL REMEDIO EN LA DESDICHA

COMEDIA FAMOSA DE LOPE DE VEGA CARPIO

DIRIGIDA

A DOÑA MARCELA DEL CARPIO, SU HIJA[1]

_Escribió la historia de Jarifa y Abindarráez, Montemayor, autor de la Diana, aficionado a_[2] _nuestra lengua, con ser tan tierna la suya, y no inferior a los ingenios de aquel siglo; de su prosa, tan celebrada entonces, saqué yo esta comedia en mis tiernos años. Allí pudiérades[3] saber este suceso, que nos calificaron por verdadero las_ Corónicas de Castilla _en las conquistas del reino de Granada; pero si es más obligación acudir a la sangre que al ingenio, favoreced el mío con leerla, supliendo con el vuestro los defectos de aquella edad, pues en la tierna vuestra me parece tan fértil, si no me engaña amor, que pienso que le pidió la naturaleza al cielo para honrar alguna fea, y os le dió por yerro; a lo menos a mis ojos les parece así, que en los que no os han visto pasará por requiebro. Dios os guarde y os haga dichosa, aunque tenéis partes para no serlo, y más si heredáis mi fortuna, hasta que tengáis consuelo, como vos lo sois mío._

VUESTRO PADRE.

PERSONAS[4]

ABINDARRÁEZ. JARIFA. ZORAIDE. ALBORÁN. NARVÁEZ. NUÑO. ALARA. DARÍN. PÁEZ. BAJAMED. ARRÁEZ. ESPINOSA. ALVARADO. CABRERA. ORTUÑO. PERALTA. ZARA. MANILORO. CELINDO. MENDOZA. ARDINO. ZARO.

Representóla Ríos, único representante.[5]

ACTO PRIMERO

_Salen a un tiempo por dos puertas_ ABINDARRÁEZ _y_ JARIFA. _Sin verse._

ABIND. Verdes y hermosas plantas,[6] Que el sol con rayos de oro y ojos tristes Ha visto veces tantas Cuantas ha que de un alma el cuerpo fuistes; Laureles, que tuvistes Hermosura y dureza: Si no es el alma agora[7] Como fué la corteza, Enternézcaos de un hombre la tristeza,[8] Que un imposible adora.

JARIFA. Corona vencedora De ingenios y armas, Dafne, eternamente Por quien desde el aurora Hasta la noche llora tiernamente El sol resplandeciente: Si no habéis de ablandaros Al són del llanto mío, ¿De qué sirve cansaros, Y mi imposible pretensión contaros, Que al viento sólo envío?

ABIND. Claro, apacible río, Que con el de mis lágrimas te aumentas, Oye mi desvarío Pues que con él tus aguas acrecientas. Razón será que sientas Mis lágrimas y daños, Pues sabes que me debes Las que por mis engaños Llorar me has visto tan prolijos años, Y por bienes tan breves.

JARIFA. Porque tu curso lleves, Famoso río, con mayor creciente, Y la margen renueves Que en tus orillas hizo la corriente De aquella inmortal fuente Que a mis ojos envía El corazón más triste Que ha visto en su tardía Carrera el sol en el más largo día, Hoy a mi llanto asiste.

ABIND. Jardín que adorna y viste De tantas flores bellas Amaltea:[9] Aquí, donde tuviste Aquella primavera que hermosea, Cuando por ti pasea; Aguas, yerbas y flores, Aquí vengo a quejarme, Y no de sus rigores, Sino de un imposible mal de amores, Que ya quiere acabarme.

JARIFA. Si para lamentarme, Aquí, donde perdí mi libre vida, Lugar no quieren darme El blando río y planta endurecida, Al cielo es bien que pida Piadoso oído atento. Oídme cielo hermoso; Óyeme, amor, contento De haber triunfado de mi libre intento Con arco poderoso.

ABIND. Si hay algún dios piadoso Para con los amantes, y si alguno Deste mal amoroso Probó el rigor, tan fiero y importuno, Pues no hay amor ninguno Que pueda ser tan fiero, O me remedie o mate; Que por mi hermana muero Y en tan dulce imposible desespero: Tal es quien me combate.

JARIFA. Al último remate De mi cansada vida, al postrer dejo, Cuando no es bien que trate De buscar medicina ni consejo, Como cisne me quejo. Fiero amor inhumano, Mi hermano adoro y quiero, Por imposibles muero.

ABIND. ¡Jarifa!

JARIFA. ¡Abindarráez!

ABIND. ¡Hermana!

JARIFA. ¡Hermano!

ABIND. Dame esos brazos dichosos.

JARIFA. Dadme vos los vuestros caros.

ABIND. ¡Ay, ojos bellos y claros!

JARIFA. ¡Ay, ojos claros y hermosos!

ABIND. ¡Ay, divina hermana mía!

JARIFA. ¡Ay, hermano mío gallardo!

ABIND. ¡Qué nieve cuando más ardo!

JARIFA. ¡Qué fuego entre nieve fría!

ABIND. ¿Qué esperas, tiempo inhumano?

JARIFA. Tiempo inhumano, ¿qué esperas?

ABIND. ¡Ah, si mi hermana no fueras!

JARIFA. ¡Ah, si no fueras mi hermano!

ABIND.Señora, ¿de qué sabéis Que hermanos somos los dos?

JARIFA. De lo que yo os quiero a vos, Y vos a mí me queréis. Todos nos llaman ansí, Y nuestros padres también; Que, a no serlo, no era bien Dejarnos juntos aquí.

ABIND. Si ese bien, señora mía, Por no serlo he de perder, Vuestro hermano quiero ser, Y gozaros noche y día.

JARIFA. Pues tú, ¿qué bien pierdes, di, Por ser hermanos los dos?

ABIND. A mí me pierdo y a vos: Ved si es poco a vos y a mí.

JARIFA. Pues a mí me parecía Que a nuestros amores llanos Obligaba el ser hermanos, Y que otra causa no había.

ABIND. Sola esa rara hermosura A mí me pudo obligar, Ese ingenio singular Y esa celestial blandura, Esos ojos, luz del día, Esa boca y esas manos; Porque esto de ser hermanos, Antes me ofende y resfría.

JARIFA. No es justo que en el amor, Abindarráez, tan justo De hermanos, halles disgusto, Siendo el más limpio y mejor. Amor que celos no sabe, Amor que pena no tiene, A mayor perfeción viene, Y a ser más dulce y suave. Quiéreme bien como hermano: No te aflijas ni desueles, Sigue el camino que sueles, Verdadero, cierto y llano; Que amor que no tiene al fin Otro fin en que parar, Es el más perfeto amar; Que al fin es amar sin fin.

ABIND. ¡Ah, hermana! Pluguiera a Alá Que vuestro hermano no fuera, Y que este amor fin tuviera, Que el de mi vida será, Y que celos y querellas Tuviera más que llorar Que arenas tiene la mar Y que tiene el cielo estrellas. Por bienes que son tan raros Era poco un mal eterno; Que penas, las del infierno Eran pocas por gozaros. Mas, pues vuestro hermano fuí, No despreciéis mi deseo.

JARIFA. Antes le estimo, y te creo.

ABIND. ¿Pediréte algo?

JARIFA. Sí.

ABIND. ¿Sí?

JARIFA. Sí, pues.

ABIND. ¿Qué te pediré?

JARIFA. Lo que te diere más gusto: Todo entre hermanos es justo.

ABIND. No fué justo, pues que fué. Ahora bien: dame una mano, Y pondréla entré estas dos, Por ver si así quiere Dios Que sepa que soy tu hermano.

JARIFA. ¿Aprietas?

ABIND. Doyla tormento Por que diga la verdad; Que es juez mi voluntad Y potro mi pensamiento. Con los diez dedos te aprieto, Cordeles de mi rigor, Siendo verdugo el amor, Que es riguroso en efeto, Pues agua no ha de faltar,[10] Que bien la darán mis ojos; Di verdad a mis enojos.

JARIFA. Paso, que es mucho apretar; Que no lo sé, por tu vida.

ABIND. Yo no lo pregunto a ti.

JARIFA. ¿Ha de hablar la mano?

ABIND. Sí. Bien podéis, mano querida. Pero mi pregunta es vana Y ella calla en el tormento. A lo menos, en el tiento No sabe a mano de hermana. ¿Que al fin lengua te faltó? Dime, blanca, hermosa mano: ¿Soy su hermano? Digo hermano, Y responde el eco, no. Testigos quiero tomar.

JARIFA. ¿Qué testigos?

ABIND. Esos ojos, A quien por justos despojos Mil almas quisiera dar. ¿No respondéis? Culpa os doy, Lengua de fuego inhumano. No me miran como a hermano; No es posible que lo soy. Pues ¿preguntaré a la boca? Esta no dirá verdad, Cuando pura voluntad El instrumento no toca. Pues ¿a los tiernos oídos? Pero ya con escucharme, O pretenden consolarme O quitarme los sentidos. El gusto, si está olvidado, ¿Qué pregunta le he de hacer? Que el gusto de la mujer No quiere ser preguntado. Mas ¿qué importa, ojos, oídos, Boca, manos, gusto, haceros Testigos, si he de perderos Sólo porque sois queridos? Dése, pues, ya la sentencia En que sea el cuerpo hermano Y el alma no; que es en vano Querer que tenga paciencia; Pero, aunque vencido estoy Y a la muerte condenado, Quiero morir coronado Pues como víctima voy. Dadme, hermosas flores bellas, Rubí, zafir y esmeralda Para hacer una guirnalda.

_Haga que compone una guirnalda._

JARIFA. Bien es que te adornes dellas. Triunfa de mi loco amor Y de mi seso perdido; Que, aunque piensas por vencido, Yo sé que es por vencedor. Pon la rosa carmesí De mi prestada alegría, Y mi celosa porfía En el lirio azul turquí; En el alhelí pajizo Mi desesperado ardor, Y en la violeta el amor Que mi voluntad deshizo; Mi imposible en el jazmín Blanco, sin dar en el blanco.

ABIND. ¡Cuánto se te muestra franco El cielo, hermoso jardín! Bella guirnalda he tejido, Ciña mis dichosas sienes.

_Póngase la guirnalda._

JARIFA. Galán por estremo vienes.

ABIND. Y coronado y vencido.

JARIFA. Muestra, pondrémela yo, ¿Qué te parece de mí? ¿No estoy buena?

ABIND. Mi bien, sí.

JARIFA. ¿Soy tu hermana?

ABIND. Mi bien, no; Y en lo que os quiero me fundo.

JARIFA. Dime ya tu parecer.

ABIND. Hoy acabáis de vencer, Como otro Alejandro, el mundo. Parece que agora en él No cabe vuestra persona, Y que os laurea y corona Por reina y señora dél.

JARIFA. Si así fuera, dulce hermano, Vuestra fuera la mitad.

ABIND. ¿Tanto bien a mi humildad? Dadme vuestra hermosa mano.[11]

ZORAIDE, _alcaide de Cartama_, ALBORÁN, _moro_.

ZOR. ¿Eso dicen en Granada Del buen Fernando?[12]

ALBOR. Esta nueva Agora la fama lleva.

ZOR. Tu buen suceso me agrada: No hay a quien amor no deba.

ALBOR. Es muy propio del valor Obligar al tierno amor Desde el propio hasta el estraño. No habrá más guerras este año, Que ansí lo dice Almanzor.

ZOR. ¿Traes cartas?

ALBOR. Señor, sí.

ABIND. ¡Nuestro padre!

ZOR. ¡Oh hijos caros! Huélgome mucho de hallaros En esta ocasión aquí: Llegad, que quiero abrazaros.

ABIND. Sin duda trae Alborán Buenas nuevas.

ZOR. No me dan Poco gusto, si este invierno Descansare del gobierno De militar capitán.

ABIND. ¿Dejó Fernando la guerra?

ALBOR. Por este año está olvidada.

ZOR. Colguemos todos la espada, Y esté segura la tierra Y la frontera guardada; Que harto el cuidado me aprieta En defender a Cartama, Porque jamás en la cama Me halló el sol ni la trompeta Que la gente al campo llama. Fernando es ido a Toledo: Seguro pienso que quedo De dejar mi casa. Ven, Responderé al Rey y a Hazén Cuanto agradecerles puedo. O quédate, si por dicha Abindarráez quisiere Saber nuevas.

ABIND. No hay que espere Después de la nueva, dicha. Aquí mi esperanza muere.

ZOR. Ven tú, Jarifa, que tengo

_Vase_ ZORAIDE.

Que hablarte.

JARIFA. Adiós; luego vengo.

_Vase_ JARIFA.

ABIND. ¿Que aquí mi padre se queda? ¿Posible es que vivir pueda La esperanza que entretengo?-- Alborán, ¿que no hay jornada?

ALBOR. Ya el cristiano ha recogido Sobre la pica ferrada El tafetán descogido De la bandera cruzada. Ya Mendozas y Guzmanes, Leivas, Toledos, Bazanes, Enríquez, Rojas, Girones, Pachecos, Lasos, Quiñones, Pimenteles y Lujanes, Truecan las armas por galas, Por música el atambor, Y por las plazas las salas; A Belona por Amor, A quien nacen nuevas alas. Ya Bencerrajes, Zegríes, Zaros, Muzas, Alfaquíes, Abenabos, Aibenzaides, Mazas, Gomeles y Zaides, Hacenes y Almoradíes, Dejan lanzas, toman varas, Juegan cañas, corren yeguas; Que se escuchan a dos leguas Los relinchos y algazaras Con que celebran las treguas.

ABIN. ¿Abencerrajes dijiste? Pues ¿han quedado en Granada Después del suceso triste?[13]

ALBOR. Fuése la lengua engañada Al nombre ilustre que oíste; Que ya no hay en todo el mundo Sino tú.

ABIND. ¿Cómo?

ALBOR. No digo Sino que eres tú segundo Al valor de que es testigo Cielo, tierra y mar profundo.

ABIND. No, Alborán, eso me di. Dame esa mano.

ALBOR. Mancebo ¡Qué deudos perder te vi! Reviente con llanto nuevo El alma de nuevo aquí. No te miro vez alguna Que de su triste fortuna Y próspera no me acuerde: A nadie de vista pierde La envidia, aunque esté en la luna, Aún veo en viles espadas Las cabezas separadas De aquellos ilustres cuellos, Y asidas de los cabellos, En el Alhambra clavadas. Aún corre la sangre aquí, Y aún aquí la envidia aleve Me parece que la bebe. ¡Oh vil Gomel, vil Zegrí! ¿Lloras?

ABIND. Su historia me mueve. Pero dime, Alborán, así los cielos Te dejen ver el fin de tu esperanza, Y lo que quieres bien gozar sin celos; Ansí en el campo la gallarda lanza Y en la plaza tu caña sea famosa, Y el Rey te dé su Alhambra en confianza; Ansí de amiga cara o dulce esposa, Si dellos tienes esperanzas vanas, Alcances hijos, sucesión dichosa; Y dellos, en moriscas africanas, Los nietos, que colgados de tu cuello, Con tiernas manos jueguen con tus canas Ansí primero veas su cabello Nevado que tu muerte, y lleno acabes De fama y años, que Alá puede hacello, Que me digas, pues sé yo que lo sabes, Si soy yo Bencerraje, y si deciendo De los que alabas y es razón que alabes, O, como por ventura estoy temiendo, Soy hijo del alcaide de Cartama,[14] Puesto que la verdad del alma ofendo;[15] Que por la fe que el noble estima y ama,[16] De guardarte secreto eternamente. Dime tú lo que dicen alma y fama.

ALBOR. ¡Oh ilustre y generoso decendiente De aquellos malogrados Bencerrajes Por su valor y envidia juntamente! ¡Oh reliquia de aquellos dos linajes![17] ¡Oh fénix de su muerte, sangre y fuego, Porque mejor de los aromas bajes![18] En este punto de Granada llego, Y el traer sangre tuya en la memoria (Que casi te la doy en llanto ciego), Ha hecho que te obligue con su historia, Que ya la sabes por ajena fama, A restaurar su antiguo nombre y gloria.[19] No es tu padre el alcaide de Cartama, Que, puesto que es tan noble, fué Selimo,[20] Pero el Alcaide, como ves, me llama. No puedo detenerme.

ABIND. Tanto estimo...

ALBOR. Venme después a hablar.

ABIND. ¿Qué así me dejas?

ALBOR. Perdona un poco.

[_Vase._]

ABIND. Mi esperanza animo: Cierre la puerta el alma a tantas quejas. Hermosas, claras, cristalinas fuentes, Jardines frescos, celebrados árboles, Que aquí me vistes de Jarifa hermano, Ya no soy el hermano de Jarifa; Ya puedo ser su amante y ser su esposo: Dad todos parabién a Abindarráez. Ya no soy aquel triste Abindarráez Que os daba tanto llanto, puras fuentes; Ya no escribiré hermano sino esposo, Por las cortezas de los verdes árboles. Pero, si no me quiere mi Jarifa ¡Cuánto mejor me fuera ser su hermano! Mas aunque no me quiera, el ser su hermano Ya quita la esperanza a Abindarráez De la gloria que el alma ve en Jarifa. Dirán que esto es verdad las sordas fuentes, Y sus hojas harán lenguas los árboles: Tanto es el bien de poder ser su esposo. Si sólo el ser posible ser su esposo Estorbaba del todo el ser su hermano, Jardines, yedras, flores, plantas, árboles, Aquí, donde lloraba Abindarráez Hechos sus ojos caudalosas fuentes, Aquí se llama esposo de Jarifa. ¡Cielos! ¿Que gozar puedo de Jarifa? ¿Que ya es posible que yo sea su esposo? Riendo lo murmuran estas fuentes, Que me llamaron tristemente hermano. Decid que soy su esposo Abindarráez Que el viento os dará voz, amigos árboles. ¡Qué de veces al pie de aquestos árboles Miré los bellos ojos de Jarifa, Y ella me dijo: "¡Hermano Abindarráez!" Pues ya su esposo soy, no soy su hermano, O, a lo menos, ya puedo ser su esposo: Decídselo, si vuelve, claras fuentes. Fuentes, ya cesa el llanto; verdes árboles, Ya parto a ser esposo de Jarifa, Que ya no soy su hermano Abindarráez.

[_Vase._]

_Sale_ NARVÁEZ[21] _y_ NUÑO, _soldado_.

NARV. Bañaba el sol la crespa y rubia cresta Del fogoso león, por alta parte, Cuando Venus lasciva y tierno Marte En Chipre estaban una ardiente siesta. La diosa, por hacerle gusto y fiesta, La túnica y el velo deja aparte, Sus armas toma, y de la selva parte, Del yelmo y plumas y el arnés compuesta. Pasó por Grecia, y Palas vióla en Tebas, Y díjole: "Esta vez tendrá mi espada Vitoria igual de tu cobarde acero."[22] Venus le respondió: "Cuando te atrevas, Verás cuánto mejor te vence armada La que desnuda te venció primero."[23]

NUÑO. Oyendo he estado hasta el fin, Si en historias tengo parte, Esa de Venus y Marte, Desarmado en el jardín; Y que Palas la vió en Tebas Y vencerla quiso armada, Porque cortase su espada Desde la gola a las grebas; Y que Venus respondió (Que es todo filatería) Que armada la vencería Quien desnuda la venció. Pero, señor, ¿a qué intento Tanto estos días te inclinas A Venus, cuanto afeminas A nuestro Marte sangriento? Dime la causa, señor.

NARV. Todo es, Nuño, declararte Que puesto que armado Marte, Le vence desnudo amor.

NUÑO. Pues qué, ¿un fuerte capitán Puede a nadie estar sujeto?

NARV. ¿A un dios no?

NUÑO. ¿Dios?

NARV. En efeto, A amor ese nombre dan.

NUÑO. Que le dió...

NARV. La antigüedad.

NUÑO. ¡Gentil dios! ¡Buena razón! ¡Donde hay tanta imperfección, Inconstancia y variedad! Entre otras mil cosas, dos Le quitan ese gobierno.

NARV. ¿Cuáles son?

NUÑO. No ser eterno Forzoso atributo en Dios, Y carecer de razón.

NARV. Luego amor ¿no es inmortal?

NUÑO. No; que al primer vendaval Suele mudar de opinión; Y tarde se ve en mujer Amor firme, amor durable.

NARV. Antes no hay mujer mudable Cuando comienza a querer, Y no hay para qué te afirmes En el engaño que cobras: Hacémoslas malas obras, Y querémoslas muy firmes. Antes amor en el hombre Suele ser más imperfecto.

NUÑO. Antes, por ser más perfecto, Le dieron como hombre el nombre, Porque a ser, antes o agora, Más en mujer su valor, No le llamaran amor.

NARV. ¿Qué le llamaran?

NUÑO. Amora.

NARV. ¡Amora!

NUÑO. Sí. ¿No pintamos Como mujer la piedad, La castidad, la verdad, Porque en ellas tanta hallamos? Pues si en mujer el querer Es de perfección capaz, ¿Por qué le pintan rapaz, Sino en forma de mujer?[24] Mas, dejando a las escuelas Tan vanas sofisterías, Dime, señor, ¿de qué días Es este dolor de muelas?

NARV. De un mes.

NUÑO. Y ¿quién te enamora?

NARV. Bien dices; que mora fué.

NUÑO. ¡Mora!

NARV. Mora.

NUÑO. Bien podré Cantarte _a la perra mora_.[25] ¿Dónde la viste?

NARV. En Coín.

NUÑO. ¿Cuándo?

NARV. En las treguas pasadas, Dando a unas rejas doradas Por remate un serafín.

NUÑO. ¿Y el zancarrón de Mahoma, Y date desasosiego?[26]

NARV. ¡Oh Nuño! Todo soy fuego, Que hable o calle, duerma o coma.

NUÑO. No se te dé dos cuatrines; Consuelo y regalo toma, Que en el cielo de Mahoma Son bajos los serafines. Estas moras son lascivas; Tú eres hombre famoso; No será dificultoso Gozarla como la escribas. Toda esta tierra te adora Por galán, noble, discreto, Valiente, rico: en efeto, Ya te conoce esa mora. Dame una carta, y yo haré Que venga esa galga aquí.[27]

NARV. ¿Llevarássela tú?

NUÑO. Sí; Que bien su arábigo sé. Pondréme unos almaizales, Y hecho moro, iré a Coín A traerte el serafín, Que aquesta noche regales; Que basta por testimonio Que te firmes don Rodrigo De Narváez.

NARV. ¡Oh, Nuño amigo! ¡Vive Dios, que eres demonio! Pero la letra cristiana, ¿Cómo la podrá entender?

NUÑO. Que para todo ha de haber Remedio y industria humana. Aquel moro, tu cautivo, La escribirá.

NARV. Dices bien.

NUÑO. Pues voy por él.

NARV. Trae también Recado.

NUÑO. Ya le apercibo.

[_Vase._]

NARV. Amor, si fuerais igual A la edad y al cuerpo mío, Yo os retara en desafío; Pero así parece mal. Aquel fronterizo fuerte, Aquel andaluz temido, Aquel Narváez, que ha sido Entre moros rayo y muerte, Hoy vencéis, hoy sujetáis Con una mora. ¿Qué es esto?

_Salen_ NUÑO _y_ ARRÁEZ, _moro, y recado de escribir_.

NUÑO. Toma esa pluma y di presto.

ARR. ¿Qué es, señor, lo que mandáis?

NARV. Hinca la rodilla en tierra, Y escribe.

ARR. Decid, señor.

NARV. ¿Eres hombre de valor?

ARR. Fuilo en la paz y la guerra.

NARV. ¿Dónde tan a solas ibas Cuando ayer te cautivé?

ARR. Después te lo contaré, Señor, que esta carta escribas.

NARV. ¿Cómo te llamas?

ARR. Arráez.

NARV. ¿De dónde eres?

ARR. De Coín.

NUÑO. ¿Conoces al serafín De Rodrigo de Narváez?

NARV. Calla, loco, que ya escribo.