Comedias: El remedio en la desdicha; El mejor alcalde, el rey
Chapter 3
Por dos clases de razones nos hemos detenido a narrar, acaso harto prolijamente, la biografía del poeta. De una parte, Lope es un interesantísimo ejemplar humano; una personalidad dotada de las mayores riquezas espirituales, de las facultades que se suelen tener por más diversas y capaz de las reacciones que pueden parecer más opuestas: una de esas figuras que por la diversidad y caudal de sus dotes parecen ser resumen de la vida de toda una nación y toda una época. Por otro lado, Lope es un artista espontáneo, tan entregado a los azares de su inspiración, que los sucesos de su vida se han encarnado inmediata y directamente en su obra literaria. Sus escritos no sólo se nos aparecen cada vez más llenos de alusiones a sus aventuras conforme va siéndonos mejor conocida su vida; no sólo traducen maravillosamente los mudables estados de su tornadizo espíritu, sino que las perfecciones y defectos de la producción artística--tan abundantes unas y otros--guardan plena armonía con las virtudes y las faltas, tan copiosas también todas ellas, de la vida del poeta. En Lope no va por un lado la labor del escritor y por otro la conducta del hombre. No es de esos artistas reflexivos, conscientes, que saben trabajar su obra bella en un plano superior al de las vulgares realidades de su existencia y nos presentan un producto artístico depurado de toda baja escoria terrena. Lope, niño eterno, abandónase a los desenfrenados impulsos de su temperamento lo mismo viviendo que escribiendo. Idéntico ritmo alocado palpita en los hechos de su vida y en las estrofas perennemente fragantes de sus versos; jamás le abandonó la divina embriaguez de la adolescencia. En su vida y sus obras parece darse inacabablemente el aturdimiento que causa en la primera juventud el exceso de ingobernadas fuerzas. Como hombre y poeta no sale nunca de los diez y siete años.
Conforme nos van siendo mejor conocidas, mayor asombro producen en nosotros las numerosas y fuertes dotes de su espíritu. No es ya sólo para nosotros el más prodigioso improvisador de que tiene noticia la historia; al lado de esa cualidad, descubrimos en gran abundancia otras, no menos sobresalientes, igualmente espontáneas, no fomentadas ni perfeccionadas con un inteligente cultivo. Es como si la naturaleza hubiera querido mostrarnos en este altísimo espíritu de Lope de Vega a cuánto se extendía su posibilidad de crear perfecciones. Hay que admirar la fuerza y salud robustísimas que le permitieron producir una de las más copiosas obras literarias que posee la humanidad, como por juego, sin que en momento alguno se advierta fatiga ni esfuerzo; hay que admirar el caudal de simpatía, el hechizo para la conversación y trato de gentes que se manifiesta en sus cartas y nos hace comprender el perenne afecto que sintió hacia él el Duque de Sessa, y sus triunfos amatorios cuando ya ni la edad ni el hábito permitían esperar tales cosas; hay que admirar una inmensa capacidad de saber, un conocimiento de cosas antiguas y contemporáneas absolutamente sin igual, una potencia retentiva y un don de observación que tocan en lo fabuloso. "Ignoramos qué número de palabras empleó Lope--dice el señor Castro en un apéndice de la _Vida_--, pero es probable que ningún escritor en el mundo tenga más abundante léxico, ya que la impresión del lector es que todas las cosas de su tiempo figuran en su obra... El día que se forme el diccionario de Lope causará maravilla ver adónde llegó la facultad receptora de un solo hombre." Y no en cosas de erudición; su obra manifiesta a cada paso la mayor copia de conocimientos en lo que sólo puede dar la experiencia de la vida (una experiencia no muy aprovechada como norma de su propia conducta). "Me espanta a veces--dice Grillparzer en sus estudios sobre nuestro autor--la riqueza de pensamiento de Lope de Vega. Pareciendo que permanece siempre en lo más singular, salta a cada momento a lo general, y no hay poeta tan rico como él en observaciones y notas de carácter práctico. Bien puede decirse que no hay situación de la vida a que no haya tocado en el círculo de sus creaciones." No es ni mucho menos exceso retórico el haberle llamado "monstruo de naturaleza"; estamos en presencia de una de las figuras más ricas en facultades naturales que produjo jamás la estirpe humana: a sus más altas cimas, por ejemplo, a un Goethe, tendríamos que ir para encontrarle pareja.
Pero una falta fundamental de su espíritu echó a perder dotes tan excelsas: Lope fué siempre incapaz de imponer rumbo fijo y permanente a su maravillosa actividad: juguete de la diversidad de impresiones que era susceptible de recoger su espíritu, sin que ninguna se grabara en él de modo permanente, nunca pudo seguir camino alguno con carácter definitivo. Lo poseía todo menos la facultad de gobernarse a sí propio. El poder central de su espíritu era débil auriga, y los fogosísimos caballos de sus diversas facultades galopaban cada cual hacia donde lo orientaba su capricho. De este modo no fué posible a Lope imponer una alta significación a su vida: enamorado perenne, no pudo, sin embargo, crearse un amor digno de inmortalidad, como los de Dante o Petrarca, sino que permaneció siempre en un bajo terreno de sensuales devaneos: hombre de mundo, no supo labrarse una posición independiente, y es triste ver sus regias facultades empleadas en mendigar favores del Duque en tantas de sus cartas. Al mismo tiempo acaso no haya sido dueño de una fina sensibilidad moral: no pueden menos de abochornarnos muchas de las acciones que descubrimos en Lope de Vega. Infantil también en esto, no parece haber llegado nunca a una clara idea de su dignidad y de la responsabilidad de sus actos. La encantada selva de representaciones poéticas, tan increíblemente frondosa que envolvía por todas partes su espíritu, cegábalo para cuanto no fueran ellas.
Esta imposibilidad de someter sus facultades a una dirección fija y encaminarlas hacia un fin impuesto por la reflexión, manifiéstase, en lo literario, en el frecuente fracaso de Lope en las líneas generales de sus obras, sobre todo en sus poemas eruditos. Sabido es que la personalidad artística de Lope de Vega presenta doble aspecto: el de poeta popular y nacional y el de poeta erudito y universal. Lope aspiró, sobre todo en los dos primeros tercios de su vida, y la riqueza de sus dotes le daba pleno derecho a ello, a ser un poeta universal y clásico, cuya gloria igualara, si no oscureciera, a la de los grandes poetas del Renacimiento italiano. El Ariosto, el Tasso, Petrarca, eran el permanente norte de su emulación. Sin embargo, aun poseyendo el inagotable torrente de inspiración de todos sabido, aun siendo dueño de un muy grande saber de humanidades, de una erudición muy extensa, jamás acertó Lope a componer obra alguna de este tipo que pueda decirse afortunada. Sólo los historiadores de la literatura se acordarían hoy de Lope si no hubiera escrito más que la _Jerusalem_, la _Angélica_ o los _Triunfos_. Esos poemas, en general fríos y pedantescos, se salvan solamente por aquellos pasajes en que la espontánea inspiración del poeta rompe el molde académico y se derrama en encendidas expresiones líricas.
En cambio, cuando Lope, en vez de buscar sus temas en el mundo clásico (siempre ajeno a su temperamento) los tomó del ambiente real que le rodeaba o de la historia de España, viva para él como lo que veían sus ojos, entonces acertó a crear el gran número de obras poéticas que, aunque no sin defectos, lo han colocado en un puesto único y solo en las letras españolas. Como poeta popular Lope tiene tanta vida como la naturaleza misma. Es indecible su sentimiento de la realidad; penetra con la mayor agudeza en el verdadero ser de los individuos colocados en las situaciones más opuestas y pone en sus labios la palabra justa en que aquél se nos revele. Cuanto es tocado por su pluma en sus abundantísimos momentos felices queda impregnado de esa indecible cualidad, sólo poseída por las más altas obras de arte, con la cual provocan en nosotros una sensación como de vida. Tieck, en una nota inédita existente en la Biblioteca de Berlín entre los papeles del poeta, publicada por el señor Bertrand en su libro _L. Tieck et le théâtre espagnol_, define la obra de Lope con estas tres palabras: "Naturalidad, verdad, objetividad." Lope "es la naturaleza misma--dice el poeta Grillparzer--; sólo las palabras son dadas por el arte... Es ilimitado en él el sentimiento de lo natural. En mitad del pasaje de peor gusto se presentan auténticos testimonios de ello". "Las comedias de Lope--es el prologuista de la _Parte XXIII_ el que habla--son de la naturaleza, y las otras, de la industria."
No hay palabras para expresar cómo conocía y sentía Lope las cosas españolas. La historia verdadera y legendaria del país en general y de cada comarca y cada ciudad en particular; los usos y costumbres de cada región: todas las singularidades de la tradición y de la vida española de su tiempo estaban siempre presentes y vivas en el dilatado ámbito de su memoria. "Lope hace revivir en la escena--dice el señor Menéndez Pidal en _L'epopée castillane_--todos los tipos, las costumbres, las regiones de España, que jamás ha conocido nadie tan íntimamente como él, y al mismo tiempo vuelve a tratar por su cuenta los asuntos de la antigua epopeya, reconociendo en ella la poesía hereditaria de la raza española." De este modo, por haber infundido nueva vida poética a la historia patria; por recoger en su obra cuanto viene a constituír la vida española del momento, en lo grande y lo pequeño, lo general y lo particular, álzase Lope en nuestra historia literaria como supremo poeta nacional. Por él y su teatro anúdanse las viejas tradiciones medievales españolas con la vida del siglo XVII y no se da en España--como hace notar el señor Morel Fatio--el divorcio del espíritu nuevo con el de la Edad Media, que se operaba en Francia al mismo tiempo.
Si Lope sabe sentir y apreciar la épica española y hace de su teatro como una continuación del romancero, no es menos asombroso su sentimiento de la lírica popular. "Su corazón--dice el señor Pidal en la obra citada--ha permanecido siempre abierto a la inspiración ingenua y ruda de los humildes: los cantos populares despiertan en él el eco fiel y armonioso de la poesía más profunda." A cada paso en el teatro de Lope, ya un romance o ya una canción del pueblo, deliciosamente escogida, vienen a realizar un altísimo efecto dramático, y no faltan en su obra comedias construídas sobre la base de un canto popular.
Mas con todo ello, Lope, poeta nacional por excelencia, no está plenamente representado por obra alguna. No hay, en cuanto de su teatro ha llegado a nosotros, ninguna comedia, por bellísima que sea, que podamos llamar perfecta. La precipitación en el modo de trabajar (representantes y público no le permitían descanso alguno), su facilidad fabulosa, la falta de reflexión y de dominio sobre sus facultades, han perjudicado a esta parte de su producción, del mismo modo que a sus obras de poesía erudita. Aquí como allí, los detalles son superiores al conjunto, por bello que éste sea. Muy agudamente hizo ya observar Grillparzer que lo excelente e incomparable de Lope no suele estar en los temas capitales, sino en cosas accesorias. "En eso es inimitable y, junto con la excelencia del diálogo, infunde a su obra una vida que nos atrae hasta cuando no podemos aprobar el conjunto."
De este modo, a Lope no podemos juzgarlo por media docena de obras. Hay que tratar de columbrar, hasta donde sea posible, la masa gigantesca de su producción, en la cual, borrándose en la magnificencia total las faltas aisladas, se nos manifiesta el poeta como un ser casi sobrehumano, dueño de una potencia de crear representaciones artísticas dotada de una fuerza, delicadeza, diversidad y abundancia de tonos y matices, que acaso no haya tenido jamás su igual. Lope, entonces, semeja, no ya un hombre, sino una fuerza de la naturaleza. Propia de la naturaleza es su manera de crear: no se encamina reflexivamente hacia el propuesto fin con el mínimo esfuerzo y la mayor economía de energías; como simientes llevadas por el viento, deja desperdigarse profusamente sus facultades creadoras y éstas producen más de un millar de obras, más o menos imperfectas, en vez de esforzarse en lograr una sin falta. "Los dos versos siguientes--dice Grillparzer--podrían ser colocados como lema al frente de las obras completas de Lope de Vega:
TRISTÁN.--Tiras, pero no reparas. TEODORO.--Los diestros lo hazen así. _El Perro del hortelano_, acto I."
Tirar sin reparar, a modo de una fuerza natural que no teme se agote nunca el caudal de que dispone, fué siempre el carácter de la creación artística de Lope.
No podemos repetir aquí algunas de las conocidas anécdotas que muestran la rapidez increíble con que escribía Lope de Vega. No debe ser muy exagerado lo que dice en el _Arte nuevo_ de haber escrito comedias en veinticuatro horas. Pero aunque otro dato no tuviéramos, el propio número, que parece fábula, de las obras de Lope, nos haría ver la facilidad pasmosa de su poder creador. Lope mismo, en la _Egloga a Claudio_ y en _La Moza de cántaro_ dice haber escrito mil y quinientas comedias. Montalván hace subir este número a mil ochocientas y cuatrocientos autos. No pueden, ni mucho menos, admitirse cifras tan altas. Sin embargo, a pesar de que, como sabemos, gran parte del teatro de Lope está irreparablemente perdido, nos son conocidos los títulos de setecientas veintiséis comedias y de cuarenta y siete autos, y en la actualidad aún poseemos muy cerca de quinientas de las primeras.
"Si hubo alguna vez un poeta--dice von Schack en su _Historia_--a quien su nación no sólo debe un drama sino una literatura dramática completa, lo fué, sin duda, nuestro español." En Lope, realmente, tenemos que saludar al fundador de nuestro teatro nacional. No es muy exagerado el prologuista de la _Parte XXIII_ al decir que "antes de sí no halló a quién imitar, y después no hubo quien enteramente le imitara". Ni lo es Montalván cuando, hablando de las comedias en su _Fama póstuma_, dice: "Sepan todos que su perfección se debe sólo a su talento, pues las halló rústicas y las hizo damas, y cuantos después acá las han escrito (aunque alguno bárbaramente lo niegue) ha sido rigiéndose por esta pauta." "Lope--dice el señor Menéndez Pidal en la obra citada--supo encontrar la forma de comedia más adaptada al gusto nacional... Fijó el tipo y norma a los cuales podían recurrir con seguridad los genios de segundo orden, sin gastar ya sus fuerzas en tentativas divergentes, y así, en vez del desparramamiento anterior, el teatro conoció desde ahora e impuso a sus secuaces una fuerte unidad de gusto y orientación."
No es que Lope haya sacado de su cabeza la forma del teatro español: nadie, ni aun un genio de su alcurnia, inventa completamente cosa alguna. Prescindiendo de otros precursores menos calificados, el nombre del sevillano Juan de la Cueva debe ser siempre recordado como predecesor inmediato de Lope. Lo es en haber aprovechado temas nacionales como asunto de sus comedias (hasta en _La muerte del rey Don Sancho_ introduce un romance popular); lo es en no haber respetado las reglas que la interpretación que el Renacimiento había dado a la estética dramática de Aristóteles imponía como imprescindibles en la composición de toda obra teatral. Pero Cueva, que en su _Ejemplar poético_ fué el primer escritor crítico que defendió el naciente teatro español de los ataques de los clasicistas, no era un poeta de genio: sus obras son superiores como idea a como realización, y con sus limitadas fuerzas creadoras nunca habría llegado a imponer sus doctrinas estéticas. Era necesario que entrara el monstruo de naturaleza y se alzara con la monarquía cómica, que avasallara y pusiera debajo de su juridición a todos los farsantes, y llenara el mundo de comedias, en que relumbran los dones preciosísimos de su genio, para que quedara fundado el teatro español.
Ahora bien, ¿qué opinaba el Lope de Vega, poeta erudito, que aspiraba a igualar la gloria de los más altos poetas clásicos, de la obra que atropelladamente iba creando el otro Lope de Vega, poeta popular? Como observa el señor Menéndez Pidal en el dicho libro, es curioso que mientras Juan de la Cueva, convencido definidor del teatro nuevo, no tenía fuerza ni habilidad para imponerlo, Lope, de ideas más bien clásicas, fuera quien con su genio creador fundara uno de los dos más grandes teatros románticos de la humanidad. Al principio, Lope parece despreciar sus comedias: "Si allá murmuran de ellas algunos que piensan que las escribo por opinión--dice en la carta de 1604--, desengáñeles V. md. y dígales que por dinero." En la _Epístola_ a don Antonio de Mendoza llama "versos mercantiles" a los de sus comedias. Repetidas veces, por ejemplo en el prólogo de _El Peregrino_, se disculpa de que éstas "no guarden el arte" alegando que el público las quiere así, y él no hace más que continuar las cosas tal como las ha encontrado, siguiendo el mal estilo que se ha introducido en el teatro español. Del _Arte nuevo de hacer comedias_, defensa tímida de su teatro en la que no sale aún del terreno de pedir perdón por sus muchas faltas, dice así el señor Menéndez y Pelayo, en el tomo III de la _Historia de las ideas estéticas_, y en tales palabras puede darse por resumido el problema de la posición de Lope en esta cuestión, sobre todo antes de los años de su vejez: _"El Arte nuevo de hacer comedias_ de Lope de Vega, tan traído y llevado por los críticos, hasta el extremo de haberse convertido algunos de sus versos en proverbios, ha parecido a muchos una especie de enigma o acertijo, siendo, como es, su sentido claro y llano para todo el que no le considere aisladamente sino poniéndole en relación con las demás obras de su autor y con el sentido estético que predomina en ellas. En Lope hay dos hombres: el gran poeta español y popular y el poeta artístico, educado, como todos sus contemporáneos, con la tradición latina e italiana. Estas dos mitades de su ser se armonizan cuando pueden, pero generalmente andan discordes, y, según las ocasiones, triunfa la una o triunfa la otra. Con su alma de poeta nacional, Lope tiene conciencia, más o menos clara, de la grandeza de su obra, y la lleva a término sin desfallecer un solo día. Pero al mismo tiempo se acuerda de que le enseñaron, cuando muchacho, ciertos libros llamados _Poéticas_, en los cuales, con autoridades mejor o peor entendidas del Estagirita y del Venusino, se reprobaban la mezcla de lo trágico y lo cómico y el abandono de las unidades. De aquí contradicción y aflicción en su espíritu." Pero según fué viviendo fué aprendiendo Lope a apreciar más altamente su teatro. En 1617 ya se decide a publicar directamente sus comedias, "aunque nunca las hizo para imprimirlas", dejando el desdén con que las había tratado hasta entonces. Sin embargo, siempre tuvo por más valiosos sus poemas; "jamás tuvo arrogancia" por sus comedias, "porque teniendo ingenio y letras para los libros que corren suyos por Italia y Francia, tiene las comedias por flores del campo de su Vega, que sin cultivo nacen". (Prólogo de la _Parte XX_.) No sabia él que aquellas silvestres florecillas eran lo que le aseguraba la inmortalidad.
No vamos a entrar aquí, claro está, en la plurisecular contienda, largo ha extinguida, entre los partidarios del teatro clásico y los del romántico, que tantos arroyos de tinta y bilis hizo derramar en tiempo de nuestros mayores, próximos y remotos. Acaso, sin embargo, hubiera podido ser resuelta a gusto de todos considerando que el teatro español (o el inglés), aunque coincidiendo con las obras dramáticas del arte clasicista, a las que se aplicaban las leyes aristotélicas y horacianas, en ser recitado por actores en un escenario, pertenecía a diferente género literario y era nacido de origen muy diverso. Si consideramos que gran número de las obras de Lope (o de Shakespeare) son fiel dramatización del relato de una crónica o de un cuento; si atendemos a lo frecuentes, extensos e importantes que son en Lope los romances en que se narran cosas que constituyen parte integrante de la acción y que, sin embargo, no han podido ocurrir ante los espectadores; si vemos que en el teatro español, más que a la pintura de los caracteres en pugna se atiende a desarrollar el argumento, generalmente complicadísimo, llegaremos a pensar que tales obras, más que con las tragedias y comedias de tipo clásico, tienen parentesco con crónicas y novelas: que deben ser tenidas por lazo de unión entre los géneros épico y dramático más que como puros dramas. Ya Bouterweck, historiador de nuestras letras y uno de los fomentadores de los estudios de literatura española en Alemania a principios del siglo XIX, decía, según Bertrand (_Tieck et le théâtre espagnol_) que una comedia española es un cuento dramático. Tieck, según el mismo autor, escribe que "cada una de las buenas comedias de Lope está tratada como un cuento lleno de alta poesía". Y en otro lugar, analizando una obra de Lope, dice: "Si se exceptúa el principio, está construída como un cuento y tiene un carácter completamente narrativo." "Lope se propuso dar a sus comedias la forma de una novela dramática--dice en su _Historia_ Ticknor--y con su gran talento llegó a establecer esta base como la fundamental del teatro español." El propio Lope había dicho en el proemio de su novela _El Desdichado por la honra_: "Demás que yo he pensado que tienen las novelas los mismos preceptos que las comedias, cuyo fin es haber dado su autor contento y gusto al pueblo, aunque se ahorque el arte." Finalmente, don Ramón Menéndez Pidal, en la obra varias veces citada, se expresa en estos términos: "Puede decirse que fué ella--la prosa narrativa--quien le imprimió su carácter definitivo haciéndole pasar de las hondonadas y laberintos en que se perdía al ancho campo que debía recorrer tan gloriosamente. Fué a su semejanza como se formó el nuevo drama, donde todo es acción, movimiento y vida. A ella es a quien ha debido su vivacidad, la rapidez de su acción, la libertad de abarcar las épocas y los lugares más alejados unos de otros, esas bruscas transiciones gracias a las cuales el juglar antiguo y el cronista, venido tras él, transportaban a su antojo la atención de los oyentes del uno al otro lado de los lugares donde se desenvolvía el relato. Tal es el origen de esos continuos cambios en el lugar de la escena que han permitido al nuevo drama tratar los asuntos más complejos de la epopeya, de la historia y de la novela antigua. Concebida de esta manera, la comedia española se ha constituído bajo la forma de una epopeya dramática y el principio al cual obedece no es otro que éste: todo lo que puede ser narrado puede también ser representado en la escena."
Poco a poco, según van siendo mejor estudiadas las comedias y conocidos los sucesos de la vida del poeta, a que no faltan alusiones en aquéllas, comienza a ser posible el establecer su sucesión cronológica con mayor rigor de lo que lo había sido hasta ahora. De este modo llegará a verse con toda claridad la evolución del arte dramático de Lope en su larga carrera. Pero en lo esencial no se saldrá--es de esperar--de lo entrevisto por el señor Menéndez y Pelayo, quien viene a afirmar que en las comedias de la juventud de Lope predomina el carácter lírico y hay gran complicación de argumentos e incidentes, mientras que en las obras de la vejez simplifícase el asunto y el tono épico se sobrepone al lírico. En las dos comedias que contiene este volumen, pertenecientes a muy distinto tiempo de la vida del poeta, puede comprobarse cumplidamente este general aserto.