Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina

Part 9

Chapter 94,163 wordsPublic domain

_Dol._ Hijo Escalion, recio caso es no cumplir la palabra que se pone, especialmente un hombre como tú, de los quales es dicho, de la palabra, como el toro por el cuerno, se han de preciar; y tú erraste en el prometer, pues posibilidad te faltaba, mas aunque esto ansí sea, yo rogaré á Libina que te espere más tiempo, y ella lo hará por mi ruego y porque dicen que el deudor no se muera, que la deuda sana queda; mas mira que te aviso que no me hagas caer en vergüenza con ella, si esperándote por mí despues la burlares, que yo, como dicen, seré tenida á lo pagar, y no es razon, pues de mí recibes la buena obra.

_Esc._ ¡Valga el demonio la vieja enredadera! ¿y fuera mucho que me escusára con la otra, pues hoy tal lance á mi causa ha echado? sino que piensa que diciendo que me espere áun me pone en gran cargo; pues, no las ayude Dios más, que ellas de mí lo lleven si del Perú no me viene, que, por el sacrílego robo de Elena, treinta saltos dé sin que se me caiga blanca, y de pelado regatease la soga, como dicen.

_Dol._ ¿Qué dices, Escalion? ¿viénesme por ventura royendo las faldas? No lo debes hacer, que de cierto no es pequeña la buena voluntad que yo te tengo, y si tienes alguna necesidad, dilo luégo, no hayas vergüenza, que quien no habla no le oye Dios.

_Esc._ No digo, madre, sino que reniego de los trasuntos de Balcebú, porque á tal tiempo me vino esta necesidad con que mi palabra ha de venir á ménos.

_Dol._ Agora, hijo, confia en Dios que todo se hará bien; mas ves aquí mi posada, mira si quieres entrar.

_Esc._ Tornarme quiero, pesar de quien me parió, que ya no osaré parecer donde gentes hobiere; quédate á Dios, madre, que yo pienso de hacer algun hecho que sea sonado, que de dos males el mayor se ha de evitar, que es que no se quiebre mi palabra.

_Dol._ El Ángel bueno te acompañe, hijo. Tá, tá, tá.

_Lel._ ¿Quién llama allá fuera?

_Dol._ Abre, Lelia, que yo soy.

_Lel._ Madre, enhorabuena vengas.

_Dol._ Dime, Lelia, ¿qué hacen esas mochachas?

_Lel._ Sube y vellas has echadas, que áun agora duermen el sueño de la salud.

_Dol._ Bien me parece que otro ha de ganar lo que ellas han de comer, mas pase, que agora tienen tiempo; dime, ¿ha venido álguien á buscarme?

_Lel._ De parte del tiniente, á quien llevaste la moza ántes de ayer, te enviaron dos pares de perdices con muchos perdones á vueltas.

_Dol._ Dios le dé de sus bienes, que sabrosas serán por ser de las rentas de Dios escotadas.

_Lel._ El mercader de Claudia vino luégo como que tú te fuiste, y ha estado con ella y se ha ido.

_Dol._ ¿Qué truxo?

_Lel._ Una saya naranjada que cantusó á su esposa, para Claudia, y un manto razonable guarnecido, para tí.

_Dol._ Andar, agua vertida no toda cogida; de quien no nos debe nada buenos son cinco dineros; dime si ha venido otrie.

_Lel._ La desposada, que tiene el joyel empeñado en los dos ducados, vino muy asustada por causa de estar hoy convidada en casa de su esposo, y por no estar tú aquí hube yo de ser el zurujano; y áun, por mi conciencia, que pasó un mal rato por no ser yo buena maestra, en pago de lo qual me dexó esta sortija de oro.

_Dol._ Bien haces, hija, de ensayarte temprano, que, por mi salud, quando grande te lo halles y dello no seas pesante; mas la sortija me viene á mí de derecho, por ser tú aprendiz en mi casa.

_Lel._ Madre, yo te la daré; mas déxamela traer algun dia primero.

_Dol._ Muestra, boba, que no es anillo en el dedo, sino honra sin provecho, y tener siempre cuidado no se pierda sin lo sentir, lo qual, si acaesce, da doblado pesar que recreacion con él han tenido, y por tanto será bien que me le des, que quien quita la causa quita el pecado.

_Lel._ Toma, madre, que más quiero ser yo pesante que tenerte á tí descontenta; los dos ducados están entre las almohadas de tu lecho.

_Dol._ Bien está todo eso; dime, hija mia, si me ha venido otrie á buscar.

_Lel._ No, madre, no ha venido otra persona alguna.

_Dol._ Pues, hija Lelia, tráeme aquí lo necesario para un conjuro; eso mesmo, los vestidos rotos de mujer mendicante y pobre, que con ellos tengo de ir á cierto negocio.

_Lel._ Madre señora, ves aquí he traido los vestidos que me pides y eso mesmo lo necesario para el conjuro, que es: el ólio infernal, las candelas del cerco de la otra noche, el ídolo de arambre juntamente con la bujeta del ungüento serpentino, la lengua del ahorcado, los ojos del lobo cerval, la espina del pez rémora, los testículos del animal castor, el pedazo de carne momia, y las taleguillas de las hierbas del monte Olimpo que truxiste el dia de Mayo. Mira si es menester otra cosa.

_Dol._ La redoma azul pequeña, con el agua del rio Leteo, me trae tambien.

_Lel._ Vesla aquí, madre, ¿quieres más?

_Dol._ No, sino que cierres bien la puerta y arriba te subas.

_Lel._ Hecho está, madre.

_Dol._ Yo, la maga y gran sabidora Dolosina, enseñada en las artes del mago Simon, sin falacia ni engaño, á tí, Pluto, rey y señor predominante en las tremendas y espantables tinieblas del Erebo y reino infernal, donde el rio Cocito, con sus negras y oscuras aguas, por las breñas y rocas, donde las sombras hacen su habitacion se despeña; juez soberano entre los rectísimos pretores. Minos, Caco, y Rodamante, veedores esecutarios en las causas de los afligidos pasajeros de Caron, domador, eso mesmo, de las terribles y no domables fuerzas de las tres tartáreas furias, Alecto, Megera y Tesifon, con las virtudes ocultas de los presentes materiales te conjuro: á que dexado tu cetro y silla real, vengas con aquella obediencia á que me estás obligado tú, en pago del dedo cordial que te tengo ofrecido, á me servir, y sin engaño ni aparencia fingida, cumplas en todo y por todo, mi querer y voluntad; y si tu imperial persona, en otros importantes negocios ocupada, tuviera por enojosa esta venida, por el tanto, con tus veces y grande poder, á mi fiel familiar Escarcafierro me envia, el qual en esta carta que presente tengo, se encierre, y siendo en manos de Isabela puesta, de la manera que esta imágen de arambre es abrasada con estas virgíneas candelas, así su corazon con fuegos excesivos en el amor de Selvago se encienda, matando con la presente agua del olvido, traida del infernal rio Leteo, todos y qualesquier amores que en otras personas haya puesto; donde lo contrario haciendo, no sólo de tu poder y persona blasfemaré, mas con todas mis fuerzas te seré capital enemiga y cruel competidora, donde, con buen seguro, que en mi poder te llevo, con estas armas de fingidos vestidos, á comenzar la dubdosa batalla me parto.

CENA TERCERA DEL TERCER ACTO.

En que Dolosina, de muchos temores acompañada, en hábitos de pobre mendicante va á casa de Polibio, y fingiendo pedir limosna, en el aposento de Isabela, guiada por Cecilia, entra, donde con muchos rodeos alguna parte de su mensaje le declara; lo que por Isabela entendido, ignorando de qué parte viniese, ella y Cecilia con las almohadillas de labrar le dan muchos golpes, hasta que fingiéndose por muerta, estando ellas un poco descuidadas, se les va huyendo, dexando allí la carta de Selvago. Introdúcense:

DOLOSINA. — CECILIA. — ISABELA.

_Dol._ ¿Áun qué sería si hubiese la vieja Dolosina de pagar hecho y por hacer, en este camino? que por mi salud, mirando bien en ello, en gran peligro voy, especialmente con el hábito que llevo, que sólo en ser conocida cae mi vida en gran riesgo; pues los agüeros que he visto lo adoban. Dos falcones maltratando una graja se me representaron en saliendo de mi casa; poco más acá vi en el suelo una lechuza muerta; el primer hombre que al encuentro me vino, sobre ser cornudo, le dieron este dia de palos: bueno va todo, quiera Dios no sean badanas, que en este oficio, y en un caso semejante al que agora voy, dexó mi abuela Claudina la vida por las costillas en manos de los criados de Theofilon; pues mi madre Parmenia indicio hay de que por otro tanto en Milan la mataron á talegazos. Ahora bien, sea lo que fuere, venga lo que viniere, que piés malos camino andan. Dolosina es astuta, y lleva buena compañía, quanto más que si con la empresa salimos, más me valdrá de cien síes renovados, y por tanto, haldas en cinta priesa á caminar rico ó pinjado, muerto ó con gran ditado, de una vez que á todo riesgo un jubon sin mangas, ó un almilla de plumas, podrémos medrar. Mas agora esfuerza, esfuerza, Dolosina, ten buen corazon, que el tal quebranta mala ventura; pues que la puerta de Polibio se muestra de enfrente, y nadie parece, de rondon me entro, que el hábito lo demanda, y adios: ¿quién será esta doncella que á mí se viene? Cierto no sería poco tenella de nuestra parte; quiérola hablar blandamente, que buenas palabras valen mucho. Hija hermosa, dicha buena hayais en todo lo que mano pusiéredes, ¿recibiria de vos tanta gracia que delante de la señora Senesta me pusiéredes? que, mal pecado, vengo con una necesidad muy grande, y como haya sabido ser ella persona en quien las tales como yo hallan siempre gran auxilio y socorro, deseo con ella probar mi ventura por ver si es verdad lo que se dice.

_Cec._ Dueña honrada, mucho quisiera cumpliros vuestro deseo, mas sabed que al presente será escusado, porque está en su aposento, con mi señor Polibio, durmiendo la siesta; aunque si es cosa que en alguna limosna ó obra pia toque, mi señora Isabela la remediará.

_Dol._ ¡Oh, cómo he hallado buen puerto! de verdad que con tal comienzo no puede ser el fin adverso.

_Cec._ ¿Qué dices, madre? Si te parece, bien; si no, darás la vuelta.

_Dol._ Digo, hija, que aunque á la señora Senesta quisiera, que bien suplirá en mi necesidad la señora que me habés dicho.

_Cec._ Pues detente un poco, vieja honrada, iré á se lo decir.

_Dol._ Pues sea presto, por vuestra vida, que mi pena no quiere dilacion. ¡Oh, cómo si al dicho del esforzado Héctor doy crédito, que dice que comienzos prósperos traen tales fines, yo pienso de salir en este caso con paz y del todo vencedora, pues tan oportuno lugar para mi propósito demostrar se me ha seguido! Ea, ea, esfuerza, Dolosina, que ya se llega tu hora, en la cual no harás pequeña ganancia, si desplegas tu lengua y abres tu entendimiento, en manifestar tu propósito.

_Cec._ Madre, entra comigo, que Isabela te aguarda.

_Dol._ ¡Ay, hija, plega al misericordioso Dios que tal acogimiento en su presencia halles, como al presente de tí he tenido!

_Cec._ A él le plega por su infinita bondad; mas ves allí á mi señora, llégate allá, y manifiesta tu necesidad, que con ayuda de Dios ella será remediada.

_Dol._ Así lo creo yo, hija, que do tanta hermosura se muestra, no puede faltar piedad grande para los que della son menesterosos. Doncella ilustre, y la más hermosa de cuantas en el mundo viven, el Señor que tal os formó, en estado y honra os prospere, porque los afligidos y necesitados en vos hallen cumplimiento de sus deseos.

_Isab._ Dueña honrada, tú seas bien venida. Por haber sabido de esta mi doncella que con cierta necesidad á mi señora Senesta venías, y ella esté al presente ocupada, yo su hija, por lo que á ser caritativa debo, siendo de tu cuita certificada, si mis fuerzas fueren en ello bastantes, te la remediaré; por tanto no ceses en me lo decir, que aliende de ser limosna, por ser mujer como yo, con más entera voluntad cumpliré tu deseo.

_Dol._ ¡Ay perla de oro, y cómo te lo dices! ¡Cierto que de tal figura no se esperaba ménos! Has, pues, de saber, señora, que mi venida en esta casa ha sido por ver si una grande necesidad que tengo, en alguna manera remedio alcanzase; que como nosotros los necesitados y afligidos no tengamos otrie á quien ocurrir con nuestras miserias sino á los ricos y poderosos, los quales de justo derecho son tenidos en nos remediar, y como en este caso esta familia á todas las de la ciudad sobrepuje, aquí determiné de me llegar, concibiendo en mi pecho que si aquí me falta remedio, mi cuita sin él perecerá; de donde grande detrimento y pérdida á mi vida se sigue.

_Isab._ Madre mia, por tu fe que no llores ni te acuites, que si, como he dicho, no me falta el poder, tú partirás de mi presencia contenta.

_Dol._ Así lo creo yo cierto, mi señora, que no sin causa puso Dios tanta beldad y gracia en un cuerpo humano, sino para que más en tener misericordia entre todos se señalase.

_Isab._ Dexa eso, madre, y dime tu cuita, que tengo deseo de sabella para del todo la remediar.

_Dol._ De cierto, hija mia, que á lo que al presente de tí he concebido que debes ser muy misericordiosa y llena de piedad, lo que en una doncella ilustre y fermosa como tú estrañamente resplandece; porque dado caso que, como dice el Evangelio, aquellos son bienaventurados que se preciaren de misericordiosos, siendo, como es, gran virtud en qualquier estado, en los de ilustre prosapia es muy mayor en estremo, lo que manifiesto se ve quando un gran señor ó rey perdona á sus súbditos ó á otros los crímines que contra él cometieron, que nace de por ser misericordiosos querer más dexar sus ofensas sin castigo, que ver en su próximo tormento: exemplo tenemos en nuestro gran César Carolo V, luz que á todos los magnánimos y fuertes antiguos en tinieblas dexa, con quanta misericordia y piedad haya tratado á sus muy crueles enemigos, habiéndolos tenido en su poder, como fué los dias pasados al Rey de la Galia, que contra él tan contrario se mostró, donde teniéndole en su poder, y por muy justa batalla vencido, no sólo le perdonó, mas áun muy llegado á él en afinidad y parentesco, á su tierra le envió. Eso mismo con el fuerte Duque de Saxonia, y sus parientes y allegados, que con tan justa causa merecian otro acogimiento que el que en él hallaron; mas su imperial persona, no mirando los deservicios que dellos habia recebido, con misericordiosa y pia benivolencia los brazos abiertos, el perdon con su amistad les ofrece. Pues si dello debe ser loado, no quiero que mi baxo juicio y débil entendimiento lo determine, pues por serlo tanto indeterminado se queda. Todo esto, hermosa doncella, os he querido decir porque veais en quanto sois de estimar, por la gran misericordia que en vos, á lo que he visto, se encierra, por donde á los que contra vuestra persona erraren sois tenida á perdonar, y ansimesmo á los que de vuestro acorro tuvieren necesidad, como yo agora, con alegre cara y larga voluntad se la ofrecer.

_Isab._ Dueña honrada, para comigo, que bien se me entiende todo lo que has dicho, no son menester rodeos ni circunferencias, sino manifiéstame tu fatiga, que yo procuraré de la remediar.

_Dol._ ¡Oh mi emperadora, y cómo si así fuese yo me podria contar por bienaventurada, y mi vida saldria de laceria y afan muy crecido! mas primero que de mí lo sepas, te quiero decir de dónde nace la caridad, y por qué unas personas tienen en buscar á otras, en sus fatigas, remedio.

_Cec._ A la larga toma el galgo la liebre; valga el demonio á la vieja importuna, si ya no me tiene quebrada la cabeza con sus palabras, y áun quiere comenzar materia nueva; por mi vida, que no la sufra yo más, sino que allá fuera me salga, acabe quando quisiere.

_Dol._ Digo, pues, señora piadosa, que principalmente se sigue de la buena voluntad y amor, lo que se ve muy á la clara en nuestro redemptor y maestro Jesuchristo, que por el amor que al humanal linaje tuvo, con caridad y querer excesivo, por redimirle se ofreció á muerte de cruz en aquel siglo bien vituperable. Pues de la mesma manera nosotros, discípulos de tal maestro enseñados en caridad, nos dolemos de las adversidades y desventuras de nuestros próximos, y les buscamos con todas nuestras fuerzas remedio, siendo guiados por un amor secreto que en ello nos fuerza, donde quien lo contrario hiciere, con razon debe de ser reprehendido, pues no cumple lo que en la ley de fe tanto es encomendado. Pues si esto es así, ¿con quánto querer debemos, con caridad amorosa, socorrer á nuestros próximos en sus necesidades? pues sabemos del sabio que dice: que quien favorece al mortal hace obra de Dios inmortal, especialmente los ricos y poderosos á los necesitados y afligidos; y no digo tanto en los ricos como en otros mil estados, que unos á otros nos podemos aprovechar y favorecer, ansí como en las gracias que habemos aprendido por arte, como con las que la naturaleza en nos puso, participándolas con aquellos que dellas tienen necesidad y serán ansimesmo por ellas en sus cuitas remediados.

_Isab._ Dueña honrada, bien basta lo que me has dicho; por tanto luégo me di tu fatiga quál sea, que tengo otra cosa en que entender.

_Dol._ Piadosa doncella, así lo haré; por tanto óyeme con atencion mis palabras, y cumplirás tu deseo si de sabello alguno tienes.

_Isab._ Mejor me ayude Dios, que tú vienes con necesidad, sino con alguna buena trama, y si así es, mándote yo que no te alabarás dello.

_Dol._ ¿Qué dices, señora?

_Isab._ Digo que de presto concluyas ó me dexes ya.

_Dol._ ¡Oh mi señora, y cómo lo quieres ya saber! Pues yo te prometo que es con razon porque tú eres la que en ello ganas.

_Isab._ Pues ¿en qué gano yo, buena vieja? por mi vida, que tengo mil recelos de tí, y que no sé si lo que yo agora digo será falso.

_Dol._ Señora, no perturbes mis razones con tus inopinados aceleramientos, que si digo que tú ganas, es porque quien hace limosna adquiere provecho para el ánima, y quien la recibe, para el cuerpo; pues si esto es así, mira si ganas tú más en remediar mi cuita que yo, mas porque no recibas mayor pena de la recibida con mis largas y toscas razones, has de saber que yo fuí casada en mi mocedad con un fidalgo, y por mi mala ventura, al segundo año enviudé, quedándome de mi amado marido un hijo pequeño. Pues no contenta la fortuna con aquesto, en una noche toda mi hacienda y bienes por un fuego perdí, porque, como dicen, la miseria sigue á los afligidos y persigue á los escogidos; donde sola, que parientes ningunos conocia, y pobre desde entónces, he pasado mi trabajosa vida peregrinando por diversas naciones, siempre en compañía de mi pequeño hijo, el qual en poco tiempo creció, parándose tan fermoso y agraciado, quanto otro dubdo que en su tiempo fuese; yo, con amor de madre, mendigando, ó como pude, le hice enseñar las gracias que á un gentil mancebo convienen, entre las quales la música en gran manera en él floreció, ayudando su melodiosa voz, en tal manera que espanto á quien lo oye ponia; pues, estando yo algo con él consolada, y ya á su causa con algun remedio, hubo en una ciudad donde estábamos con otro mancebo una question, en la qual su contrario perdió la vida, y por miedo de la justicia aquí nos venimos, do pasamos grande laceria por causa que á mi hijo una grave dolencia le ha sobrevenido, de que mi afortunada vida en tal manera se ve congojosa y fatigada, que la muerte excesivamente desea por ser su postrimero remedio.

_Isab._ Pues, dueña honrada, ¿qué me pides agora á mí para en eso?

_Dol._ ¡Oh mi buena señora! ¿quieres que te lo diga? sabe que lo que yo de tí para su mal quiero, es tu soberana gracia.

_Isab._ Buena vieja, en gran confusion me ponen tus palabras; mas di, ¿qué entiendes por mi gracia?

_Dol._ Que dés tú, pues eres poderosa, á aquel enfermo la vida, que por tu causa muere.

_Isab._ ¿No digo yo que áun en mal punto acá habries venido, doña falsa, con tus alcahueterías?

_Dol._ ¡Jesú, Jesú, señora! ¡Desdichada de mí! no dés voces, que no soy de las que piensas, ni mi venida es á ningun mal.

_Isab._ Pues dime, mala, en tales dias envejecida, ¿cómo dices que ese tu hijo por mi causa muere?

_Dol._ Señora, no pienses que en ello hablo de gracia, que de cierto es así, porque el pobre que con necesidad muere, el rico que dello fué sabidor le mata, y si piensas que en ello te engaño, pregúntaselo á todos los doctores santos, y verás si es así; más desdichado fué mi nacimiento, que bien sé yo que dicir la verdad amarga, y por esto me has afrontado mis canas, pero sea, que más pasó Dios, y sus siervos más han de pasar, aunque ni por esto de tal cargo seré acusada, que por no me avergonzar á los que tienen, mi hijo con suma necesidad pereciese.

_Isab._ Yo te cogeré á las palabras, doña raposa, y áun, por mi fe, que pienses llevar lana y vuelvas sin cuero.

_Dol._ ¿Qué dices, señora? ¿pésate ya por lo que dixiste? si así es, yo te perdono, pues por ignorancia pecaste.

_Isab._ Anda ya, anda, buena vieja; á otro perro con ese hueso, que muy bien te he entendido, y sé dónde asiestas tus tiros; no te me hagas tan santa con tus palabras, pues en ellas está el engaño; mas dime de parte de quién vienes, que podria ser tu mensaje no fuese en vano; mas si de otro cabo de quien yo pienso viene, amonéstote que otra vez acá no me vuelvas, porque librarás mal, y ésta se te perdonará atento á los sermones de piedad que tú me has predicado.

_Dol._ ¡Ay señora! ¿y quién dices? que cierto mi venida no es más de lo que has sabido.

_Isab._ Dueña noble, ya te he dicho que te he bien entendido; á perro viejo, no tús tús, que ya sabes bien que de cosario á cosario no se pierde sino los barriles; por tanto dime lo que te pregunto, que en tal hora puedes ser venida, que de mí lleves buen galardon por tu mensaje.

_Dol._ ¡Oh mi buena hija! sabe que tu pensamiento es verdadero, y de parte de quién yo vengo por esta carta lo verás.

_Isab._ ¡Ah doña falsa, que cogido os he la verdad sin que la podais encubrir! mi fe, aunque vieja y yo mochacha, engañado os he. ¡Oh mala vieja, quién no estuviera avisada de las tales como tú, que con sus azucaradas y santas palabras, vienen á robar la castidad de las nobles doncellas! pues yo os aseguro que el pago que de aquí llevares será, conforme á la misericordia que á mi honestidad debo, bien igual á tus sermones. Agora ¿qué dices en esto? ¿no respondes? ¿por ventura buscas algunas escusas? pues yo te digo que te serán escusadas; mas bien será que anden las manos y cesen las palabras, que, pues á mí injuriaste, de mí llevarás el castigo. Oyes, Cecilia, Cecilia.

_Cec._ Señora.

_Isab._ Ven aquí, toma tu almohadilla, darémos un refregon á esta falsa alcagüeta, que ansí mi honra y limpieza queria robar.

_Cec._ ¿Qué, desas es la señora? Alto, que aparejada estoy.

_Dol._ Aun en mal hora acá habriemos venido, si esto así se prosigue adelante.

_Isab._ ¿Qué murmuras, malvada? ¿Tienes alguna escusa?

_Dol._ Digo, señora, que este papel es una purga que asentó hoy el doctor, y habia de costar mucho precio, lo cual á tí venía á pedir; y porque me creyeses te la mostraba, y si piensas aún que en ello te engaño, tómala y verlo has.

_Isab._ Esas escusaciones á quien no te entendiese, matrera, tus falsas revueltas, pues hágote saber que mal se cubre cabra con la cola; por tanto, si recepta es, recibe en ella nuestros golpes, pues escudo y capacete te falta. Alto, hermana Cecilia, á las manos, mas cierra primero la puerta, no se nos vaya el gallo.

_Dol._ En mal punto acá vine, que esto á dos palabras tres pedradas; me parece que vale más al fin callar, como negra en baño, que cada gallo canta en su muladar.

_Cec._ Ea, señora, no canses que tiene mucho pelo; y áun no siente los golpes, toma exemplo en mí, y qué tajos arrojo.

_Dol._ ¡Ay! ¡Ay, desventurada yo, que me fino!

_Isab._ Redobla tus golpes, Cecilia, en esta cuña que ya rechina la piedra y presto caerá.

_Cec._ Por mi fe, vesla en el suelo.

_Dol._ ¡Ay, señores, que me muero, confision!

_Cec._ Ya te absuelven, hermana, y áun de tal manera que puedes á tus descendientes dar parte.

_Isab._ Déxala ya, Cecilia, que bien basta lo hecho.

_Cec._ ¿No ves, señora, que destas tales se dice que tienen siete almas como gato, y áun no será la primera del todo salida? mas agora bien está, pues mi almohadilla demuestra las entrañas de trabajada; mas ¿qué piensas hacer desta, que, á lo que creo, está muerta?

_Isab._ Por mi fe que dello me pesase, porque solamente quisiera escarmentalla; mas si es hecho, y no se puede escusar, con hacerlo saber á mi señor Polibio todo el caso por entero, no habrá más; que quien burla al burlador, ya habrás oido.

_Cec._ Pues, señora, yo quiero ir á llamalle.

_Isab._ Bien será; torna, torna, Cecilia.

_Cec._ ¿Qué dices, señora?