Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina

Part 8

Chapter 84,107 wordsPublic domain

_Dol._ Porque veas, hijo, lo que te amo, yo haré por tí lo que por mi padre fuera escusado, por tanto reposa un poco, que yo te tornaré alegre, porque sientas qué es hacer placer á la madre Dolosina, que lo sabe muy bien pagar con el doblo. ¿Hija Libina?

_Libina._ ¿Qué es lo que mandas, señora?

_Dol._ Quiero de tí tanta gracia que hables á este señor y le quieras, que en ello no perderás cosa.

_Lib._ Por mi salud, madre señora, que en otra cosa puedes mandar, que eso es bien escusado.

_Esc._ Haz, señora Libina, lo que la madre te ruega, que juro por los temidos barbotes de Pluton, de te servir bien y lealmente, fuera de lo que tu valor vale, porque he sabido que eres quitada de semejantes tratos.

_Lib._ Gentil hombre, poca necesidad tengo al presente de vuestros servicios, por tanto mudad vuestro propósito; y de vos, madre, estoy, y con razon, bien afrentada, que sabiendo mi condicion me probais con tales palabras.

_Dol._ Ea, hija, haz lo que te digo, que yo fiadora, que dello no quedes pesante.

_Lib._ Por mi vida, madre, que es en vano; ¡cómo! ¿y así habia de poner mácula en mi fama? Jesú, tal no me mandeis, que moriré de pesar.

_Esc._ Madre, así Dios te dé buena postrimería, que no cesen tus palabras en mi favor, y toma la capa mia, porque miéntras más se escusa, más su amor me abrasa.

_Lib._ ¿Qué te dice ese señor de secreto? que, por mi fe, su pensamiento es en vano.

_Dol._ Díceme que se tiene por bienaventurado en tener tales pensamientos, que al fin piensa que tu crueldad será contra él amansada.

_Lib._ Sí, sí, sí; dichoso él, como cera de todos santos, no se vaya de por ese camino; espéreme en pié, que yo le aseguro que de tal pecado no lo acusen.

_Dol._ Bien veo yo, hija Libina, ser esto fuera de tu condicion; mas has de mirar que te lo ruego yo, que algun dia me habrás menester, que aunque te sea cuesta arriba, bien habrás oido que mano besa hombre que la quirrie ver cortada, quanto más que yo conozco de tí que no querrias que lo fuese la suya.

_Lib._ Por mi vida, madre, que no estás en lo cierto, que si no mirase á no darte á tí enojo, ya de aquí me habria partido por no oir tales razones.

_Dol._ Pues por mi salud, que aunque más santa te muestres, que has de recibir de nosotros fuerza; alto, hijo Escalion, vén comigo, que yo la dexaré donde haya menester las manos.

_Lib._ ¡Ay madre! ¿por que me haces tanto mal?

_Dol._ Por tu bien es, hija.

_Lib._ ¿Qué mucho ganar es hacer placer á este gentil hombre?

_Dol._ Agora quiero, hijo, que delante de mí la abraces para ver dónde llega tu diestra.

_Lib._ Ya en brazos de un toro de Xarama le vea yo, que corre siete leguas tras una moxca.

_Dol._ Haz, hijo, lo que te digo.

_Lib._ No será él tan desmesurado.

_Dol._ ¿En mesuras me mirais? Alto, que en esta cárcel aprisionados quedaréis, sin esperanza de que hasta el alba quedeis libertados, que yo me llevo la llave.

_Esc._ Madre señora, ten cuidado de mi negocio.

_Dol._ Sí tendré, hijo; huelga, que siendo tiempo yo te llamaré.

_Claud._ Señora madre, ¿qué se hizo de Libina y Escalion?

_Dol._ Sabe, hija, que allá los dexo encerrados en la pieza de los huéspedes.

_Lel._ ¿Dióte alguna cosa?

_Dol._ ¿Y qué me habia de dar, Lelia? ¿No soy más obligada á la amistad que tiene con mi marido Hetorino, que á interes alguno?

_Lel._ No lo digo porque recibas pena, madre, sino que pensamos Claudia y yo, quando llamó á la puerta, que fuese alguno de nuestros huéspedes, y cayó la suerte á Libina, que dello estaba bien descuidada.

_Dol._ Andá, locas, íos acostar, que vuestro san Martin os vendrá otro dia.

_Lel._ Ya vamos, madre, quédate á buenas noches.

_Claud._ Por tu fe, Lelia, que nos lleguemos callando al aposento donde sus mercedes están; veamos las razones que entre sí pasan, pues él es tan taimado y ella no peca de necia.

_Lel._ En Dios y en mi conciencia que me lo quitaste de la boca, que, como dicen, si bebo, en la taberna, si no, huélgome en ella; ya que esta noche estamos vacantes, tomarémos un rato de pasatiempo oyendo las bravosidades que entre sí tendrán.

_Claud._ Pues sea con mucho tiento, no sientan la celada que les tenemos puesta.

_Lel._ ¿No le oyes, Claudia? ¿no le oyes al necio cómo se lamenta?

_Claud._ Óyete, no lo sientan, que al cabo estoy.

_Esc._ Por Dios, señora Libina, que no creyera que tan cruda habias de ser para quien tanto como yo te quiere, especialmente en lugar tan aparejado á batalla de amores, en que solos estamos; no, señora, por tu vida, no seas de tal condicion, sino concede en mi voluntad, que yo te aseguro que no te pese despues de habello hecho.

_Lib._ Donoso está, por mi vida, yo le digo que se vaya y él descalzóse las bragas; mas decid, hombre de bien, por vuestra fe, ¿qué servicios ó qué dones he de vos recebido para concederos vuestro ruego? ¿qué conocimiento de mí teneis, que así pensais? hoy venido y cras garrido. Pues prométoos que no se hace la boda de hongos, sino de buenos florines redondos, ó servicios, que en tanto los estimo, y por tanto os podes tener por dicho que de mí al presente no habréis más de lo habido.

_Esc._ Señora, si miras la buena voluntad que desde que te vi te he tenido, á más me eres obligada.

_Lib._ Deso comerémos, por vida de mi agüelo; pues hágoos saber, hermano, que en más estimo un real de plata que quantas voluntades hay en el mundo, que no sé que color tienen.

_Esc._ Pues te muestras contra mí tan zahareña y no quieres hacer lo que te digo, una cosa de tí quiero que no me sea negada, la qual es que de tu voluntad, con que al presente seré contento, me dés una docena de besos.

_Lib._ Xó que te estriego; por mi vida, que le solteis el freno y escopirá, ó le asgais de la barba y deciros ha mil gracias; axó, niño, dalde un tres, que dos merece; ya los diablos le besen, que no tienen mocos.

_Lel._ ¿Pasa por tal cosa Claudia?

_Claud._ En verdad no lo creyera si ciento de á caballo me traxeran por testigos; en Dios y en mi conciencia, mayor asno enalbardado que éste no se halle en toda Arcadia, aunque el pastor Argos con sus cien ojos le fuera á buscar.

_Lel._ Por mi salud, que tienes razon, que de verdad yo acá fuera en oirlo tengo el mayor empacho del mundo.

_Claud._ Pues yo no, sino que parece que lo sueño, ca se ha oido éste es en toda la ciudad por muy valiente y desenvuelto tenido; y verdaderamente dicen que en donde se piensa que hay tocinos no hay estacas, pues tan cobarde y atado al presente se muestra.

_Lel._ Así es, hermana Claudia, el vulgo inconstante, que lo bueno en malo y lo malo en bueno suele mudar, dando á unos fama de santos y graves varones, y no siendo vero lo que dice el pandero, tienen en su pecho una hedionda piscina encubierta; y por el contrario, otros, por hipócritas y malos tenidos, tienen su tribunal y asientos por electos en la eterna beatitud.

_Claud._ Clara y manifiesta verdad es ésa; mas calla un poco, verémos en qué paran los trajes, qué responde Escalion á lo dicho.

_Esc._ ¡Oh pesar del horrendo dragon domado por el fuerte Belorofonte! ¿y cómo ía de ser verdad que con tus cruezas y desvíos has de dar la muerte al más temido varon de toda Europa? no será, sino que yo llame á la madre, que me dexe salir á tomar venganza de quantos delante se me pusieren, pues de quien me causó el enojo no conviene.

_Lib._ Ce, señor, por tu fe, no hagas tal cosa, sino llégate acá, dime si há mucho que me conoces.

_Esc._ ¡Oh, Dios sea loado, que me dices que á tí me llegue!

_Lib._ Por mi vida, que ya dello me pesa. Ce, señor, por vuestra vida, que os tengais en vos, que no soy de las que pensais.

_Esc._ ¡Oh qué blanco pecho que tienes, señora Libina! Juro por las que en la cara tengo, que mejor no le vi en toda mi vida, aunque por mis pecados he visto muchos; pues la delicadez dél es de olvidar, sino que me parece tomar en las manos mantequillas de Guadalajara.

_Lib._ De verdad que con razon dice el proverbio, mete el gallo en el muladar y saldrá heredero, ó lo que más le conviene, al judío, dalde un palmo y toma cuatro. ¿Cómo, y tal ha de pasar, gentil hombre? teneos allá, que por los huesos de mi madre (que pudren) he de dar voces como una loca.

_Esc._ Señora mia, pídote de gracia que me digas, si fueres servida, cómo de tu gentileza podré gozar, y toma de mí quanto quisieres, que de verdad te digo que me tienen tus amores muerto.

_Lib._ Ya no os moristes vos, marido, por falta de caperuzas, que siete teníades en vuestra arca.

_Esc._ ¡Oh pesar del mundo malo! ¿y que esté yo rabiando por tu causa, y tú diciéndome gracias? por tu fe, no seas, señora, de tal condicion, que me harás hacer una locura que llegue á orejas del turco.

_Lib._ Agora, si tú por mí hacer quieres una cosa, yo concederé en tu ruego; mas en otra manera será escusado.

_Esc._ No tardes, pues, en me lo decir, que, por el gorjal de Sant George, ántes será hecho que dicho, y si es cosa de armas y tengo de castigar algun atrevido, á mí por un cabo, y á que tangan por él por otro, puedes enviar.

_Lib._ No es lo que piensas, sino que me hagas haber once varas de anascote para un manto, y seda con que guarnecello, y serás luégo sano; y no pienses que con otro hiciera esto, que cierto no es ansí, que si no mirase tu gentileza y que me tienes buen amor, por mi salud, fuera bien escusado, por ser yo persona tan quitada de semejantes tratos.

_Esc._ ¡Válale el demonio á la coxita remilgada, y qué palabras suelta! juro por mi verdad, que por ella se debió decir: pico de once varas, y con qué guarnecelle.

_Lib._ ¿Qué dices entre dientes, señor? ¿parécete caro? Pues dilo presto, que podrá ser, si te detienes, haber vuelto el propósito.

_Esc._ Digo, señora, que pudiéndome mandar un caso de honra, me afrentas en pedirme una nonada.

_Lib._ Con eso seré yo contenta.

_Esc._ Pues ¿cómo será, que no lo tengo aquí?

_Lib._ Más dias hay que longanizas; tráelo tú, que luégo serás pagado.

_Esc._ Señora Libina, ves aquí cuatro reales para en señal, y yo te prometo, á fe de quien soy, de te los enviar mañana.

_Lib._ No querria que me burlases.

_Esc._ Bien parece que no me has contratado mucho, pues dubdas en mi palabra.

_Lib._ Agora, señor, muestra, que yo te fio; mas, por mi vida, que te sosiegues un poco, que la noche es larga.

_Esc._ Así es menester, señora, para quien ha de caminar largo y dormir en ella.

_Claud._ ¿No ves, Lelia, lo que pasa, y cómo ha sabido Libina traer el agua á su molino haciéndole creer del cielo cebolla y que era una religiosa?

_Lel._ Cierto es entendida, y ya se tiene cuatro reales para el pico de la cañada.

_Claud._ Ansí me parece; mas si tuvieres por bien entrémonos en nuestro albergue, que ya tienen sus mercedes pausa, y lo de aquí adelante es más para gustallo de presencia que para oirlo de léjos.

_Lel._ Es bien acordado, sea luégo.

CENA PRIMERA DEL TERCERO ACTO.

En que estando Selvago en su aposento entendiendo con la música, viene Escalion con la vieja á le hablar, á quien habiendo su mal declarado, y siendo por ella buen fin prometido, en señal de cumplida paga Selvago le da cincuenta doblas con que á su casa á lo poner por obra vuelva. Introdúcense:

SELVAGO. — RISDEÑO. — ESCALION. — DOLOSINA.

_Selv._ ¡Válame el poderoso Dios! ¿qué será esto? ¿por ventura no estaba yo agora en el reino de mi señora, lleno de su gracia y gozando de su soberana gloria? ¿pues, cómo me hallo en mi lecho? sin duda que con algun fingido ensueño he sido engañado; bien será me certifique de segunda persona. ¡Mozos, mozos!

_Risd._ ¿Qué mandas, señor?

_Selv._ Dime, Risdeño, por tu fe, ¿dónde he yo estado esta noche?

_Risd._ El cuerpo, señor, á do se halla al presente, mas del alma no sé cosa.

_Selv._ Pues dime, necio, viviendo yo, ¿pueden hacer divorcio entre sí?

_Risd._ No sé, pregúntaselo á Sant Agustin, que dice que el amador tiene su ánima en donde ama.

_Selv._ Agora verdaderamente creo que de cierto yo no soy Selvago, que en Isabela está convertido y en ella vive; mas yo soy su efigies y cuerpo, y así no fué vano lo que poco há entre sueños imaginaba; mas dime, ¿qué hora piensas que sea?

_Risd._ Despues de la salida de la luminaria en quantidad mayor del firmamento, puede dos veces el cinocéfalo haber urinado.

_Selv._ ¿Qué has dicho, que no te he bien entendido?

_Risd._ ¡Cómo, señor! ¿No sabes la propiedad del cinocéfalo, que tiene apariencia de mona?

_Selv._ No, mas di quál es.

_Risd._ De urinar de hora en hora tan por nivel, que sobrepuja al más concertado relox que ser pueda, por obrar en él naturaleza, y por esto habiendo urinado, como dixe, dos veces despues de la venida del sol, que es la mayor lumbre del cielo, por causa que es ciento y veinte y cinco veces mayor que la tierra, serán las seis del dia.

_Selv._ Gracioso estás con tus poesías á mí, que estoy la soga á la garganta; dame aquel laud y salte á la puerta de la sala, y si vieres á Flerinardo, ó á otro de su parte, entrarás á me lo decir luégo.

_Risd._ Señor, así lo haré. ¡Oh santo Dios, y qué soberana gracia tiene este hombre en quanto mano pone, y cómo constriñe el instrumento que en sus manos tiene á que de su pena y dolor sea participante! De cierto que si el famoso Orfeo y el dulce Orion con el estimado Anfion al presente fueran vivos, con ser los más excelentes músicos que la antigüedad tiene en memoria, en ninguna manera con esto se podian igualar, que de verdad mi sentido tiene elevado en oir los altos y baxos, cercas y léxos de las sonoras cuerdas, ordenando á sus tiempos con suave melodía unos pequeños descuidos que, con mayor cuidado, los ánimos de los circunstantes en ella eleva. Ya me parece que su voz hace muestras de querer, con su alta armonía, las fantasías y diferencias del instrumento matizar; que, segun otras veces he visto, no ménos las apacibles gargantas, los delicados sonidos de la voz mostráran bien gustosas, que los ligeros dedos, los confusos redobles con suave dulzura han ordenado; mas ¿quién es esta fantasma ó estantigua que con Escalion viene? ¿Por ventura el fuerte Enéas, en él convertido, con la anciana Sibilla, quieren en los infiernos, donde Selvago pena entrar la segunda vez? Pues ténganse por dicho que no han de pasar tan livianamente como piensan en mi barca, pues el ramo de oro no les fué concedido.

_Esc._ Amigo Risdeño, estés en buena hora, ¿qué hace tu señor Selvago?

_Risd._ Señor Escalion, vos seais bien venido, y si en lo que mi señor entiende quereis saber, allegaos á la puerta de aquella sala y seréis en vuestra pregunta satisfecho.

_Esc._ Dime, por tu fe, ¿es él el que tañe?

_Risd._ No otro.

_Esc._ Por tu vejez, madre, que gocemos un poco de la música, que tiempo nos queda, pues no es ella de perder.

_Dol._ Sea, hijo, como quieres, que, por mi verdad, el sentido me tiene allá robado, que, mal pecado, como la armonía y dulzura de la música representa y sabe á la celestial gloria, y yo, en lo último de mi vida esté, no puede hacer ménos de poner mi juicio por algun tanto en lo que tan presto para siempre tiene de gozar.

_Esc._ Así quiera Dios, madre, y que allá todos nos veamos.

_Dol._ Harto, hijo, es de pusilánimo y miserable el que piensa de no verse allá y tiene en ello muerta su esperanza, mas callemos algun tanto, y del todo de la música podrémos gozar, que comienza nueva y alta materia.

_Selv._

A los montes de Parnaso, A caza va mi cuidado, Vestido de ropas verdes Que la esperanza le ha dado; De canes, que son servicios, Viene todo rodeado, Los monteros pensamientos Vienen cerca de su lado; En una cueva metida, Lugar solo y apartado, Descubierto han una cierva, Tras ella todos han dado; Las cornetas de gemidos Fuertemente han resonado, El cuidado y un montero Los primeros han llegado; La cierva, sin tener miedo, Muy constante se ha mostrado, Los perros se parten della, Que tocalla no han osado, Porque, con sola su vista, Los ha muy mal espantado. Ellos estando en aquesto, Un caballero ha llegado, Armado de ricas armas, Con señales de morado; En su mano trae blandiendo Un dardo bien afilado, Que, como al cuidado vido, Con soberbia le ha hablado: Por tu muy gran osadía De mí serás maltratado; Diciendo estas palabras El venablo le ha tirado, Por medio del corazon De parte á parte le ha pasado: No contento con aquesto, A la cueva le ha llevado, Échale fuertes prisiones, Do le dexa encarcelado.

_Dol._ Por mi salud, hijo mio, que me semeja que en la gloria de la melodía del ángel Sant Miguel he gozado el tiempo, que aquí con vosotros oyendo á Selvago he tenido.

_Esc._ Por la cruel remembranza de Megera, madre, que tienes la mayor razon del mundo; mas, pues lo ha ya dexado, entremos si fueres servida.

_Risd._ Escalion, mira, una palabra al oido.

_Esc._ Di lo que quisieres.

_Risd._ Quiero que me digas de qué cimenterio ó soterraño has sacado esta semejanza de la suegra de Barrabás, que contigo viene.

_Esc._ Calla en mal hora, no digas tal, que si lo sabe será gran daño, que ésta sola basta á dar la medicina más conveniente á la peligrosa enfermedad de tu señor.

_Risd._ Pues dime, ¿es, por ventura, el espíritu de Galeno, que fuiste por él al otro mundo para este negocio?

_Esc._ Otra vez á doce, anda con nosotros, que presto sabrás de su venida, y quién sea, y no burles de quien te puede dañar, que muy fácil, por su arte, puede saber lo que della dixiste.

_Risd._ Ya, ya, á fe de gentil hombre, que sé ya todo el caso, que tú debes haber sacado del ciminterio del Cármen el cuerpo de Celestina, que este dia falleció, y como allí tan presto se consume y come la carne, no hallaste sino los huesos que traes contigo; digo esto, si fué verdad, que murió de la caida del andamio de su casa, y no se estuvo, como la otra vez, escondida tras el artesa.

_Esc._ Bien dicen que quien mucho habla pocas veces acierta; mas no sé qué de tí me piense, que así quieres con tus pesadas palabras en són de gran poder á tu señor quitarle el remedio que le viene. Por tanto, yo te ruego que tus palabras cesen y vayas á decir á Selvago cómo estamos aquí.

_Risd._ Agora, que yo iré, no tomes pasion con lo que burlando se dice. ¿Señor, señor? Escalion, el criado de Flerinardo, y una dueña, están allí fuera, que te quieren hablar, si les das licencia.

_Selv._ Di que entren, mal mirado, que yo dello primero te avisé.

_Dol._ ¡Oh mi hijo y buen señor! vos esteis muy en buen hora, en buena fe; mas decidme, yo os ruego, ¿qué enfermedad es la vuestra, que á tal hora teneis el aposento de los tales por morada?

_Selv._ Madre mia, tu venida sea para mí tan buena como la de Judit con la cabeza de Holoférnes á los afligidos ciudadanos; pídote que me perdones si no te fago el acatamiento á tu persona debido, pues mi poca salud es en ello la causa.

_Dol._ ¿Y qué dolencia es la vuestra, hijo? que, por mi salud, segun de vuestro rostro concibo, no puede faltar sino que de regalo sea.

_Selv._ Mi señora, sabe que para en eso fuiste llamada; por tanto, siéntate, reposa un poco, que toda mi fatiga te será descubierta, donde, si en tí en alguna manera remedio se hallase, no sólo á un enfermo darás la vida, que es asaz buena obra, mas áun mi persona y bienes en tu poder serán puestos, quedándote aún con esto en muy grande deuda.

_Dol._ Pues, señor, no ceses en me lo decir, que si hiciere al caso, aunque mi poder sea poco, sólo por lo que tu persona merece, junto con la vida en tu servicio sacrificaré.

_Selv._ ¡Oh madre mia, y cómo me eres agradable! Cierto si por obra cumples lo que de palabra has profesado, con mi vida no te podré gratificar; por tanto, has de saber que mi vida sin ella se ve por ser del todo muerta y de sí apartada y en ajeno poderío crudamente captiva, lo que en la vista de Isabela, hija de Polibio, en un instante de tiempo se ordenó.

_Dol._ Al cabo estoy, señor; á buen entendedor pocas palabras.

_Selv._ Pues, madre, ¿qué conjeturas tienes en esto? ¿parécete grande la dolencia, ó carece de remedio?

_Dol._ De ser grande no pongo duda, mas sábete que para todo hay remedio sino para la muerte.

_Selv._ Pues ¿cómo piensas hacer esta caridad?

_Dol._ Yo te diré: tú tienes pujamiento de sangre, por tanto paréceme que alguna sangría será necesaria.

_Selv._ ¿Quieres decir, madre, que dineros lo pueden hacer todo?

_Dol._ Parece que me viste el juego.

_Selv._ ¿Pues será menester otra cosa?

_Dol._ Sí, tres en número.

_Selv._ ¿Quáles son?

_Dol._ Las que el Gran Capitan al arzobispo mozárabe señaló, cuando la guerra de Orán ordenaba.

_Selv._ Di, pues, ¿qué fué lo primero?

_Dol._ Dineros.

_Selv._ ¿Lo segundo?

_Dol._ Dineros.

_Selv._ Bien te entiendo; di qué fué otra cosa.

_Dol._ Dineros.

_Selv._ Pues quanto en eso no se perderá cosa, que hartos dineros hay.

_Dol._ Pues tuya es Isabela.

_Selv._ Mira lo que dices.

_Dol._ No creas que la vejez caduca el sentido me haya robado, como las otras esteriores potencias, que de cierto no es así, pues ella y la necesidad en gran manera le han limado y polido, á que fácilmente, por conjeturas en el principio, los fines ciertos y verdaderos inquira; por tanto callen barbas y hablen cartas, que es lo que más hace al caso, y verás quién es la vieja Dolosina, y cómo sus promesas no son falsas.

_Selv._ Risdeño, toma esta llave y sácame un portacartas que verás en aquel cofre.

_Risd._ Señor, vesle aquí.

_Selv._ Madre mia, toma estas cincuenta doblas en señal de que lo restante es tuyo, si verdaderas fueren en todo tus palabras.

_Dol._ Téngotelo en merced, señor, éstas, con las diez que ayer con Escalion me enviaste, que en el hacer de las mercedes has mirado el mucho valor de quien las da, y no el poco merecimiento de á quien se conceden.

_Selv._ Madre señora, mucho vales, y á más te soy obligado por tus agradables promesas.

_Dol._ Agora, mi buen señor, yo me quiero partir para con más brevedad concluir el negocio.

_Selv._ Madre mia, merced recebiré, que si en su presencia te vieres y te hiciere al caso, esta letra le des de mi parte.

_Dol._ Mi buen señor, yo lo cumpliré bien, aunque poco hace al caso; mira si me mandas otra cosa.

_Selv._ Que el ángel bueno te guie en esta jornada; mira si tienes necesidad de alguno de mis criados que te acompañen hasta la posada.

_Dol._ No hay necesidad, señor, que quien me truxo tomará este trabajo.

_Selv._ Escalion, hermano, ruégote, si allá no fueres necesario, que des luégo la vuelta, que tengo de haber cierto negocio contigo.

_Esc._ Yo cumpliré vuestro mandado, señor Selvago.

_Selv._ Madre señora, al Criador de todas las cosas te encomiendo.

_Dol._ Él quede, señor, en tu compañía; no tomes pena demasiada, ten buena esperanza en el suceso, que en manos está el pandero que le sabrá tañer.

_Selv._ Con esa esperanza sustentaré la vida.

CENA SEGUNDA DEL TERCERO ACTO.

En que Escalion, por la promesa que á Libina hizo, no osa entrar en casa de la vieja y despídese; la vieja pide cuenta á su criada Lelia de los negociantes que han venido. Despues desto hace un conjuro sobre la carta de Selvago, y con ella para casa de Polibio se parte. Introdúcense:

ESCALION. — DOLOSINA. — LELIA.

_Esc._ Señora Dolosina, ¿sabe que me parece que por tí ha cantado el cuclillo, que vas cargada de oro como abeja á la colmena?

_Dol._ ¿No sabes, hijo, que del rio á veces cargado á veces vacío? mas hágote saber que con todo eso no alcanzo para un orinal de plata.

_Esc._ Agora, madre señora, esto aparte, sábete que no puedo entrar en tu casa; por tanto, como llegue á la puerta, me darás licencia.

_Dol._ ¿Tienes algun arduo negocio, ó qué es la causa?

_Esc._ No, pese al mundo, sino que mandé anoche á Libina once varas de anascote, y díle en señal quatro reales y quedó mi palabra obligada á que se las llevaria hoy, y reniego de los tártaros si tengo más blanca que un podenco, ni rastro de donde al presente me venga.