Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina

Part 7

Chapter 74,135 wordsPublic domain

_Risd._ Alguna cosa le constriñó en ello, lo que se vido claramente en que primero volvió su cabeza que el cuerpo hiciese muestra de se ir; y despues de entrada no contorneó la fenestra sin que pasase algun tiempo primero, y por tanto no conviene, pues eres discreto, que tales extremos muestres sin causa, que no desde el lecho la has de servir, sino padeciendo en pié trabajos y fatigas por su causa. Y pues lo que te digo vees ser así, esfuérzate, que, como dice el refran, visto hemos acuchillados, que podrá ser que otro dia ganes lo que hoy piensas haber perdido.

_Selv._ ¡Oh, cómo con razon dicen que el sano dice al doliente: Dios te dé salud! Pues hágote saber que más mal hay que parece. Dime, ¿tú no sabes que mi gran amigo Flerinardo pena por ella y que me descubrió á mí su secreto, y que conforme á ley de amistad yo he caido en crímen de traicion?

_Risd._ No mires en eso, señor, que más obligado eres á tí que no á otro.

_Selv._ Siendo yo de tu estado y condicion no fuera mucho; mas en el ilustre y magnífico caballero no se consiente, porque no sólo su vida ha de apartar de mácula, mas su fama de pensamiento della, que si bien miras, más se parece en el buen paño la raza que en el no tal, y que tanto en quanto yo y los de mi estado á los del vuestro sobrepujamos, tanto somos más obligados á librar de mácula nuestra fama y honra, y de la misma manera alguna cosa en nosotros sería pecado, que en vosotros no tendría dél especie, por lo qual á mí conviene con alegre voluntad rescebir la temerosa muerte ántes que mi famoso linaje reciba algun peligro en su limpieza; una cosa te ruego por la crianza que en tí he fecho, que el caso á todos hasta despues de mi muerte tengas celado, que sin dubda pienso que su venida no puede tardar, segun lo que mi atribulado cuerpo siente y mi afligido espíritu padece.

_Risd._ Señor, Dios lo hará mejor que vuestro entendimiento en sí concibe; mas agora mirad lo que conviene, que á vuestra madre Funebra, y hermana veo acá venir.

_Funebra._ Hijo mio, descanso de mi atribulada vejez, ¿qué sentís? ¿qué mal es el vuestro, que mi ánima, despues de lo saber, ningun descanso ha tenido? Por vuestra vida, mi amor, que me lo digais, que si vos en el cuerpo lo sentís, yo en el ánima lo padezco, por causa de ser vos en quien mi vida, despues de la muerte de vuestro padre, está pendiente.

_Selv._ Señora mia, grave mal es el que siento, y mayor por ignorar la causa; pídoos, porque no me seais causa de mayor pena, que vos no la tomeis, que siendo Dios servido, yo cobraré salud cumplida.

_Fun._ Así plega á su infinita bondad, que con la muerte de vuestro padre sea contento y no me dé otro semejante azote con la vuestra.

_Ros._ Señor hermano, si por ser yo la persona que más en esta vida con razon os ama, la causa de vuestra poca salud me descubriésedes, no sería pequeña la merced que de vos recebiria, porque no sólo tendríades en mí quien en igual grado que vos vuestro mal sintiese, mas en ello hasta la muerte trabajaria, buscando la medicina en vuestra pena más conviniente.

_Selv._ Mi querida hermana, bien de poco entendimiento sería yo si á vuestras consolatorias razones negase, pudiendo, su convenible respuesta; mas hágoos cierta que para lo que decis en mí falta el poder de manifestarlo, por ser del todo en ello ignorante; aunque os hago saber que de tal manera lo podria rodear fortuna, que en vuestras manos mi vida ó muerte estuviese. Mas empero al presente, como he dicho, tan poca razon de mi dolencia os puedo dar, como grande sinrazon sería, sabiéndola, querérosla encubrir.

_Ros._ Pues tal es, señor, vuestro propósito, no os quiero en esto dar más enojo, sino rogar al Criador de todas las cosas que aquella sanidad os envie que más os conviene, porque mi señora madre, de tal hijo, y yo de tan buen hermano, pudiésemos enteramente gozar.

_Selv._ Ansí, mi señora, os ruego yo, que gran pena me sería dexar en tal tiempo su postrimera edad en pena y vuestra agradable juventud en angustia.

_Risd._ Señor Selvago, tu gran amigo Flerinardo te viene á visitar, que sabiendo tu mala disposicion, un punto no se detuvo.

_Selv._ ¡Oh poderoso Dios, que mi fin llega! ¡Ay, ay!

_Ros._ Señor mio, señor mio; ¡ay desventurada de mí, mi hermano y mi señor muerto!

_Fun._ ¡Oh, la más triste y desdichada de las nacidas! ¡y no revienta madre que tal pudo ver!

_Risd._ Mirad, señora Rosiana, que puede ser desmayo; rocialde el rostro y tornará en sí.

_Ros._ Muestra esta redoma; triste fué mi nacimiento, que su rostro no da señal en tales experiencias.

_Risd._ ¿No veis, señora, cómo dixe verdad, que ya vuelve en su sentido?

_Selv._ ¡Oh querida hermana! ¿por qué no dexastes á mi penosa vida que del todo se acabára, porque sus fatigas hicieran lo mesmo?

_Risd._ Señora Rosiana, usad del mesmo remedio con vuestra madre, que no ménos es necesario para su vida.

_Fun._ ¡Ay, ay, desventurada mujer, que de tal hijo ha de ser privada!

_Ros._ Mi señora, sabed que no es lo que pensais, que ya está muy mejorado.

_Fler._ ¿Qué es esto, señor Selvago? ¿es por ventura regalo? ¿hoy no estabádes en toda buena disposicion? ¡Válame el poderoso Dios, y qué trocado estais en tan poco tiempo! por mi verdad, que á dubda lo tuviera si por esperiencia no lo hobiera visto.

_Selv._ En eso verés, señor Flerinardo, qué sentirá el espíritu de dentro, quando tales señales el cuerpo de fuera muestra.

_Fler._ ¡Cómo! ¿y no sabrémos vuestra enfermedad qué sea?

_Selv._ No he sentido otra cosa sino que en este instante me sobrevino un tal desmayo en el corazon, que á pocas fuera de me quitar la vida.

_Fler._ ¿Pues agora qué tal os sentis?

_Selv._ Mejor, gracias se den al omnipotente Dios, que todo lo ordena.

_Fler._ Mi señor, no temais, que placerá al que habeis dicho que del todo vuestra mejoría se cumpla.

_Selv._ Ansí le plega á su divina clemencia.

_Fun._ Mi hijo, ¿querés alguna cosa á mí ó á vuestra hermana, que nos vamos á nuestro aposento?

_Selv._ Mi señora, no otra cosa sino que no tengais pena, que Dios es piadoso y concederá en vuestras plegarias.

_Fun._ Él lo tenga por bien por quien él es.

_Ros._ Señor hermano, Dios os cumpla la mejoría, como todos habemos menester.

_Selv._ Mi querida hermana, en vuestras oraciones me encomiendo.

_Ros._ Deso podés, mi señor, estar seguro, que aunque indigna, gran parte de la noche presente pienso de gastar en mi oratorio.

_Selv._ Con esa confianza pienso del todo ser guarecido.

CENA TERCERA DEL SEGUNDO ACTO.

En que estando solos Selvago y Flerinardo, por haber allí estado Rosiana se viene á descubrir el engaño que Flerinardo tenía en nombrarse por amador de Isabela. De que, rescibiendo gran mejoría Selvago en su enfermedad del cuerpo, buscando otra tal para las pasiones del ánima, por causa de Flerinardo, á Escalion se da cargo que llame una famosa alcagüeta á quien se cometa el negocio. Introdúcense:

FLERINARDO. — SELVAGO. — ESCALION.

_Fler._ ¡Cómo, señor Selvago! ¿que esta gentil dama que aquí agora se partió es vuestra hermana?

_Selv._ Es de cierto; mas ¿por qué lo decis?

_Fler._ Porque me siento por el más bienaventurado de los nacidos.

_Selv._ ¡Oh mi verdadero amigo! pídoos por el firme vínculo de amistad que entre nosotros está, que la causa de vuestras razones del todo me declarés.

_Fler._ Sabed, mi buen señor, que la señora por quien mi vida muriendo vive es ella, y gocéme porque siendo hermana vuestra, y vos tanto mi señor, en yugo matrimonial no me será negada.

_Selv._ ¡Oh poderoso Dios y Señor, cómo son grandes tus maravillas y no ménos tus secretos infalibles! Sabed, mi buen señor, que no sólo vuestras razones me han vuelto la vida, mas mi espíritu de muy grande y rabiosa pena han librado.

_Fler._ Pues, señor, pídoos que la causa del todo me denunciés, que de vuestro contento no poca parte me puede caber.

_Selv._ Es, pues, desta forma: que, como acaso este dia viese en una fenestra de su aposento á Isabela, hija de Polibio, abrasado mi corazon de su fermosura, pensando que de vos fuese amada, los estremos que habés visto me forzó á que mostrase, donde si por vos no fuera, ciertamente mi vida trabajosa en trabajos al presente perdiera su sér, no por verme de amor desesperado, mas por lo que á vuestra verdadera amistad era deudor.

_Fler._ Maravillas, señor, me habeis dicho; mas en ninguna manera puedo pensar de dó procedió el engaño de me tener por captivo de Isabela.

_Selv._ Yo os diré, señor, lo que en eso entiendo: ya habréis sabido que mi hermana tiene con Isabela grande conocimiento, pues acaso, como otras veces suele, este otro dia se fué á se holgar con ella, donde, estando en la fenestra de su aposento, de vos fué vista, y vos della enamorado, de do se sucedió ser cosa verisímil pensar que por Isabela era vuestra pena, por ser la tal fenestra de su aposento, y su persona tan digna de ser amada.

_Fler._ Verdaderamente, señor Selvago, creo lo que habés dicho, y no tengo por ello otro pesar sino la carta que Risdeño de mi parte le llevó, que me tendrá de hoy más por burlador, y en vuestro partido no viene dello algun provecho.

_Selv._ Aunque sea bien de estimar lo que decis, no por eso quiero interrumpir la gloria que he recibido con algun pesar de su memoria, que, pues de la angustia pasada así soy librado, en lo venidero no debo temer; que, como dicen, Dios no hizo á quien desampare.

_Fler._ Así es verdad; mas pídoos que dexado esto aparte me digais si tenés memoria del sueño que este dia os manifesté, que cierto al presente se ha cumplido, que dicie, si bien me acuerdo, que el mono mofador, que sois vos, por lo que contra mí sustentastes del amor, perderia su sér y en manso unicornio sería convertido, esto es, ser preso del amor de Isabela por la propiedad del unicornio; ansimesmo que por el caso sería puesto en peligro de muerte, como aquí se ha visto, del qual sería librado por quien lo causára, que soy yo, pues de mí vuestra pena procedia, y por mis palabras fué del todo quitada.

_Selv._ Cierto, así es, señor, como decis, y muchas veces acaesce por arte diabólica salir algunos sueños verdaderos, porque á los demas se dé crédito, lo que por la sacra religion es vedado.

_Fler._ Bien es verdad lo que, señor, decis; mas ¿qué será que por la mayor parte en sueños se nos representa lo que el cuerpo de dia intentó?

_Selv._ Eso procede por parte de otros cinco sentidos, fuera de los esteriores, que el ánima posee, y como ella de su sér no esté sujeta á las pasiones actuales, del mesmo privilegio todas sus potencias gozan; de do se sigue que durmiendo el cuerpo, los sentidos del ánima velan, que causan los sueños; y lo mesmo á los irracionales es concedido, que el caballo y el can y todos los semejantes, como qualquier hombre, sueñan, y de aquí vemos que los canes estando durmiendo ladran y se revuelven entre sí.

_Fler._ Holgado he, señor, con lo que habés dicho, aunque en algo dello no estaba ajeno; mas trocando razones, dicidme, ¿qué sentis al presente del amor? ¿por ventura habés ya mudado vuestro parecer antiguo?

_Selv._ Señor, áun no, ni Dios lo quiera, que si contra vos este dia argüí en su ofensa, no fué sino contra uno de tres que el sabio señala, conviene á saber: uno divino, el qual es santo y bueno; otro comun, como el que un amigo con otro tiene, y éste tiene el medio de todos. El ultimo llaman velvino ó bestial, pues semejante es quien en él se pone, por ser malo y puesto en el carnal apetito, del qual dixo el anciano Séneca que si de los dioses tuviese el perdon, y de las gentes ningun vituperio ni afrenta, sólo por la suciedad que consigo tiene, con todas sus fuerzas le habia de evitar y huir. Contra éste, pues, fué mi intento de incusar por malo, como de verdad lo es, de donde por lo dicho podemos sacar que si uno con nombre de amador es baptizado, no por eso ha de ser reprendido hasta que su intento demuestre, conforme al qual, ó de dado á la virtud, ó de vicioso, puede adquirir renombre; pues claramente hemos visto que de tres partes en que se divide el amor, las dos son buenas y la una mala, aunque, si bien se mira, más son los que por la mala van, aunque sola, que por las dos buenas caminan, y por esto, tomado el amor absolutamente por el malo ántes que por el bueno entendemos.

_Fler._ Aunque eso así sea, no dexais por lo pasado de tener culpa, pues mi intencion ignorábades; mas dexando esto, al presente procuremos en dar remedio á vuestra enfermedad.

_Selv._ En la pasion del ánima, señor, os le pido, que para la del cuerpo ya no es necesario, pues del todo le he ya conseguido.

_Fler._ Huelgo que por vuestra boca la nombreis pasion, mas sabed que para todo hay su contrario, y ansí le habrá en vuestro mal.

_Selv._ ¡Oh mi verdadero señor y leal amigo! ¿y cómo pensais hacer tanto bien?

_Fler._ Agora lo sabréis; mas cumple que se le dé parte en ello á mi criado Escalion.

_Selv._ Señor Flerinardo, no sé qué me diga, que mal concepto tengo dél, que cumple más de palabra que de hecho.

_Fler._ ¡Oh, cómo de cierto estais engañado en pensar tal, por ser muy al contrario de su condicion! quanto más que en esto no ha de servir sino de ser intérprete entre vos y una dueña honrada deste pueblo, cuyas maravillosas hazañas y tratos ingeniosos á quantos los han oido tiene hiantes y fuera de juicio, por ser en gran manera no creibles.

_Selv._ Pues, señor, hacelde llamar, si pensais ser ése buen camino.

_Fler._ ¡Escalion, Escalion!

_Esc._ ¿Qué me mandas, señor, que aparejado como siempre estoy en tu servicio?

_Fler._ Buen amigo, es menester que en presencia del señor Selvago cuentes lo que estotro dia de aquella buena vieja me comenzaste á decir, porque al caso nos sería al presente necesaria.

_Esc._ ¡Cómo! ¿y ansí pensais que tan manualmente los hechos no pensados de aquella famosa hechicera se han de relatar? Pues yo juro por lo que á ley de quien soy debo, que si Livio otra vez al mundo volviera, con su arpada lengua y limada policía, mayor materia en la vida desta hallára para escrebir que quando los hechos de todo el pueblo romano por décadas relató; mas por ser á vuestro mandamiento obediente, bien en suma quién ella sea y sus manuales tratos demostraré. Habeis, pues, de notar que quando la famosa Claudina vivió, tuvo una hija por nombre llamada Parmenia, que, despues de la muerte de su madre, ni gualtería dexó por correr, ni meson por arrastrar, ni áun muladar ni establo que no probase; pasando, pues, su bellaca vida desta forma, una hija le dió la ventura más abundosa de padres propios que mozo de convento apelativos. Ésta, pues, es la que entre manos tenemos, que siendo nacida, su madre la baptizó con nombre de Dolosina, conveniéndola para la vejez tanto quanto sus obras dan por testimonio; dexo de contar que la madre, viéndose algun tanto en dias, procuró de mudar el oficio y volverse al que de generacion y avolorio le viene, en el qual se dió tan buena industria como en el pasado habia tenido maña, aprovechándose de la inocente hija en lo que le salia á pelo, que, como asaz de fermosura tuviese, no poco de necios era requestada, donde, con industria de su madre, ella hacia para sí mangas y para la vieja faldillas. Pues como ninguna cosa en su sér permanezca, no se haciendo ya tanta cuenta della, acordó la buena madre de sacar á la pequeña hija á volar, trayéndola por diversas partes y regiones, hasta que teniendo su asiento en Milan, la buena vieja dió fin á sus dias, quedando la hija huérfana y en estraña tierra, aunque no por eso perdió la realeza de su ánimo, que con lo que al presente de hacienda tenía, dió consigo en París, abriendo su tienda y mostrando sus mercaderías á la córte francesa. Tomando, pues, allí conocimiento con cierto nigromántico, su arte muy por entero la enseñó, saliendo en él tan famosa maestra, quanto el delicado entendimiento de una mujer es bastante. No contenta mucho con tal nacion, en España pretende tornar, y visitando las principales ciudades della, aquí en su propia tierra fué tornada; donde habiendo salido muy niña y fermosa, vieja y disforme volvió. Fué, pues, desde poco aquí casada con un panfarron llamado Hetorino, mi amigo especial, con quien agora bien contenta y gozosa vive. Tienen allá cerca el rio una casa con dos puertas y dos moradas, donde él enseña á esgrimir algunos gentiles hombres en la una, y ella á labrar mozas en la otra, ordenándose entre las dos casas de discípulos, no pocos (ántes muchos y muy grandes) malos recaudos entre dia. Es asimesmo la vieja la más subtil y taimada alcagüeta hechicera que en nuestros tiempos, ni áun creo que en los pasados, se hallára; porque, no sólo con sus palabras y conjuros ablanda los muy duros corazones, mas áun con su meneo y visaje os hace venir las manos atadas á conceder su propósito y voluntad; muchas veces, como su marido (de quien yo he sabido) me ha dicho, que con el arte de nigromancia que aprendió, delante dellos se torna invisible, y desde algun tiempo da señas verdaderas de lo que pasa en muy diversas tierras; tiene tambien poder de convertirse en animales y aves, con que no sólo hace sus hechos, mas áun se defiende de quien su mal procura, porque, como dicen, o demo á los suyos quiere. Es fama que tiene muy gran tesoro, aunque el lugar está celado, mas por ello la insaciable hambre de la codicia nunca olvida, ántes siempre, confesándose por pobre, por una moneda de plata hará, como dicen, ciribones. Tiene á la contínua en su casa dos mozas de buen parecer para alivio de cuitados que sus aventuras buscan, que tan bien amaestradas la dueña honrada las tiene, aunque de pocos dias, que al triste que en sus manos cae, no sólo con sus fingidos halagos lo que encima tiene les da, mas áun la palabra por prenda de más les dexa empeñada. Ésta, pues, de quien, señores, habeis oido, es la dueña por quien me habeis preguntado, de quien con razon se podria decir que lo que en la leche mamó, en la mortaja mostrará; por tanto ved si en algun caso á su oficio tocante la habeis menester, que yo salgo fiador, si morralla bulle en ella, halleis muy cierto remedio y refugio apacible.

_Selv._ Señor Flerinardo, en dubda estoy de poner este negocio en manos de mujer tan nefanda, que cierto, por sólo ella ser en él participante, qualquier infortunio que acaezca tenemos bien merecido.

_Fler._ No mirés, señor, eso, que tambien hemos visto por mano de personas indignas haberse obras excelentes efectuado; por tanto, si á vos os parece, pues agora es ya noche, hacelda venir en la mañana ante vos, que si muy á vuestro propósito no se profiere concluir este hecho, poco se habrá perdido.

_Selv._ Pues, señor, así os parece, así se haga; no resta sino quién será el mensajero.

_Esc._ Señor Selvago, por vuestro amor, yo lo quiero ser; mas hágovos saber que si alguna cosa de paga no ve, no la sacarán de casa con garabatos, fundándose en que dicen que, lodo seco mal se pega.

_Selv._ Por eso no quede, que ves aquí diez escudos que le puedes dar de mi parte, prometiéndole grandes mercedes si en ella halláre remedio mi fatiga.

_Esc._ Desa manera yo digo que teneis el pleito de vuestra parte.

_Fler._ Pues, señor Selvago, porque se hace tarde, bien de mañana será mi vuelta; pídoos que os esforceis, que mal parece tanta flaqueza en edad tan floreciente, y adios, que me voy.

_Selv._ Con él vais, mi señor, que yo haré por cumplir vuestro mandamiento.

CENA QUARTA DEL SEGUNDO ACTO.

En que Escalion va á casa de Dolosina á le llevar los diez escudos de parte de Selvago. Los quales la dexa habiendo con ella acabado que entenderá en aquellos negocios, quedándose asimesmo esa noche en casa de la vieja con una su criada llamada Libina. Introdúcense:

ESCALION. — DOLOSINA. — CLAUDIA. — LELIA. — LIBINA.

_Esc._ Ahora que ya Flerinardo se ha entrado á su aposento, quiero ir á casa de Dolosina con el recaudo de Selvago, ca mejor se negociará agora que de mañana, y áun podria ser que del porte de los diez escudos tuviésemos buena cama hasta el alba. Buen acuerdo es éste; alto, via á caminar por esta calle, pues será á ménos peligro. Bien está, que ya veo la puerta, y á Dios si están acostadas; mas poco se perderá en que llame, pues venimos con provecho. Tá, tá.

_Dolosina._ ¿Hija Lelia, hija Lelia? corre presto, por tu vida, mira quién llama á tal hora á la puerta, y si es el mercader de quien te dixe hoy.

_Lelia._ Madre señora, si es él, más vale que vaya á le abrir Claudia que yo.

_Dol._ Bien has dicho; vé pues, Claudia, mira quién es.

_Claudia._ Ya voy, madre, mas por mi salud, que en el llamar más semeja al bachiller desta mañana que al que decis.

_Dol._ Sea quien fuere, asómate á esa fenestra y vello has.

_Claud._ ¿Quién está allá baxo?

_Esc._ Gente de paz es, señora Claudia; abrid á Escalion si sois servida.

_Claud._ ¡Válale el demonio al desuella caras! ¿y qué quiere á tal hora? Madre, Escalion es, ¿mandas que abra?

_Dol._ Vé, hija, que no se pierde cosa; veamos qué demanda es la suya.

_Claud._ Entra, señor Escalion, y sube si fueres servido.

_Esc._ ¡Oh perla, y cómo eres graciosa! mas dime, ¿está Hetorino y la madre en casa?

_Claud._ Señor Escalion, él hoy se partió fuera de la ciudad; la madre está arriba; sube si eres servido.

_Esc._ A ella he yo menester, señora; por tanto allá subo. Muy buenas noches, señora Dolosina, y á la compañía y todo.

_Dol._ Muy buenas te las dé Dios, hijo Escalion; ¿qué es lo que mandas en mi pobre casa, que ya sabes que todo está á tu mandar?

_Esc._ Madre señora, cierto negocio provechoso que se ha recrecido; mas primero que dél te dé cuenta, quiero que me digas quién es esta hermosa doncella, que por la ley del cuaderno, muy bien me ha parecido.

_Dol._ ¡Ay traidor, cómo se te van los ojos tras la carne nueva! Bien dicen que la tal aplace; mas sábete que es doncella bien quitada de todo ruido, que me ha rogado que la tenga aquí en mi casa algun tiempo recogida, que por ser huérfana de padre y madre, sin algun arrimo de pariente, fuérale trabajoso pasar en su honra la vida, que, mal pecado, tenemos un mundo tal, que las semejantes, estando solas, poca seguridad tienen de las malas lenguas y perversas intenciones, de que se sigue que la mala llaga sana, y la mala fama mata; que lo uno está en causa propia, y lo otro en ajena lengua.

_Esc._ ¿Cómo es su gracia?

_Dol._ Libina.

_Esc._ Pues á fe de gentil-hombre, que si la señora Libina por suyo me recibiese, que no perdiese en ello cosa, ántes se podria alabar que tenía señorío sobre quien no consentiria que su chapin abajase á ménos.

_Dol._ Hijo Escalion, muy contrarias van tus palabras de lo que yo te he dicho; mas si te parece, dime á qué fué tu venida, porque es hora que dés la vuelta y acá nos recojamos.

_Esc._ Madre, á solas lo quiero haber contigo, por tanto mira dó quieres que sea.

_Dol._ Entraos, hijas, en esa pieza miéntras hablamos dos palabras. Ya está hecho, bien puedes decir tu recaudo.

_Esc._ Madre señora, has de saber que de parte de Selvago, único amigo de mi señor Flerinardo, á tí soy venido, que te ruega excesivamente que luégo de mañana á su posada te llegues, que será cosa bien de tu provecho, á lo que, de mi oido, por lo bien que te quiero, dixe que alguna cosa comigo adelantada te enviase, lo qual fué tan cumplidamente como su generosa persona demanda, por tanto ves aquí diez escudos de presente que te envia, y largos ofrecimientos de futuro si remedio en su fatiga pusieres, que á lo que yo imagino es de amor; por tanto, mira qué me respondes, que cierto tú lo debes hacer, pues provecho no pequeño dello se te seguirá.

_Dol._ Aunque, hijo Escalion, ya tenía por mí de no ponerme en semejantes tratos, por rogármelo tú al presente, yo mudaré mi propósito concediendo en tu ruego; y á lo que dices que por mí heciste, yo lo tengo en soberana gracia, y quedaré obligada á ser presta en todo lo que te cumplirá.

_Esc._ Pues, señora, entre otras mercedes que de tí espero, es una, que hables por mí á Libina, esta doncella que aquí tienes, que cierto della estoy muy pagado, y si no recibiese algun favor sería puesto en toda congoxa.