Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina

Part 5

Chapter 54,120 wordsPublic domain

_Fler._ Habeis pues de saber, señor, que no sería yo bien en aquella imágen, que apropiada es á la muerte, convertido, quando la señora que en captividad mi corazon tiene puesto, se me demostró con tanta ira y enojo contra mí, quanta hermosura y beldad para con todos tiene; yo, pues, con mayor temblor en mis miembros que la hoja seca en el alto roble combatida del indomable Boreas, con mucha humildad esperaba á qué muerte más severa me quieren condenar sus crueles razones. Habiendo, pues, algun tanto mis muchos miedos considerado, con algo más apacible rostro, desta manera me habló. ¡Oh tú, que por tan mi verdadero captivo te has mostrado, forzando tu fuerza á la que de mi parte te ha venido, demostrando asimesmo por palabra la gran pena que en obra por mí padeces, como á la verdad eres digno á que rigurosamente mi crueldad contra tu locura proceda, pues no solamente violaste mi limpieza con tu dañado pensamiento, mas, áun poniendo mi honra en condicion, te jactas y vanaglorias en á todos manifestarlo; cierto de gran pena te has hecho digno, y no tanto por lo ya declarado, quanto por tener voluntad de posponer mi amor por el de aquella que otro que fraternal por ley humana y divina es vedado, pues mira quien tal crímen cometió con qué cara pedirá misericordia, pues cierto que con razon le será negada! Yo entónces, puesto en grave congoxa por oir semejantes razones, vueltos mis ojos en dos fuentes, de hinojos delante aquel seráfico aspecto me pongo, pronunciando tales palabras, con abundancia de sospiros esmaltadas. ¡Oh gloria por quien la mia en rabiosa pena fué tornada, dulce y apacible recordacion y memoria de mis trabajosos afanes, ruégote (si rogarias en tu alto merecimiento tienen lugar) que si mi persona por obra ó pensamientos maliciosamente tu soberano valor ha maculado, solamente porque yo ignoro la culpa, por tí me sea demostrada, para que, como fénix, yo mesmo de tu ofensa en mí ejecute la debida venganza! Entónces ella, con rostro amoroso y apacible, me respondió en esta manera. Por ver tu mucha contricion, y que áun el pecado no se puso por obra, yo quiero por agora perdonarte; mas avísote que mires por tí, que en gran peligro estás puesto, y más te digo, que el mono mofador muy presto mudará su sér, y en manso unicornio será convertido, perdiendo de tal manera su libertad, que sólo de coraje en el filo de la muerte será puesto, donde por el mesmo que su pena causára, la vida le será restaurada con muy crecido placer y soberano gozo, de que no pequeña parte te vendrá. Pues dichas estas palabras, subitáneamente de mi vista se desapareció, y yo de aquel profundo sueño fuí libre.

_Selv._ Maravillosas cosas me habeis dicho, señor Flerinardo, y á la verdad en gran turbacion por ello soy puesto; dado que de lo que sea estoy bien ignorante, por lo qual será sano consejo privarlo de la memoria; que por la mayor parte los sueños siempre son vanos, y que el presente no lo sea y amenace trabajos, no por eso los debemos sentir dos veces, agora con la recordacion, y despues con la obra.

_Fler._ Ansí es, señor, como decis; por tanto, si os parece, vamos fuera, que ya es tiempo del ruar.

_Selv._ Sea quando fuéredes servido.

_Risd._ Señor Flerinardo, por cumplir lo que os prometí, sabed que mañana tengo de ir con recaudo de mi señora Rosiana para Isabela; por tanto ved qué me mandais que por vos haga, que de grado lo tomaré á cargo.

_Fler._ ¡Oh mi verdadero amigo, y cómo nueva de tanto placer no me la hubieras ya manifestado! Sabe que una letra tengo escrita; mira si hay en tí osadía para se la dar.

_Risd._ Señor, con que vuestro nombre vaya dentro, á mí me place, porque la daré debaxo de algun fingido color.

_Fler._ Así será como dices; y pues por aquí es el camino, quando hobieres de ir te podrás entrar por allá.

_Risd._ Bien me parece; así se hará, señor.

_Fler._ Escalion, tú, Velmonte, quedaos en la posada con los criados del señor Selvago; solamente Risdeño vaya en nuestro seguimiento.

_Esc._ Albricias te diera porque ántes habláras: alto como saeta que de la ballesta sale, á la gualtería; me llego á ver el cayro que mi puta Lesbia dende ántes de ayer ha cogido, que bien sé que ha tenido feria con los gancheros de la maderada; pues ñégeme blanca, que hago voto solemne á las cenizas del Ilion troyano si el diablo sea bastante de la sacar de mis manos viva; héla, está á su puerta, con mal ojo me mira, pues mándola yo que aunque le pese ha de hacer virtud. Puta, enhorabuena esteis, si quisiéredes; ¿cómo os ha pasado con la maderada? diréis vos, cada dia viniese; pues hágoos saber que á buen tiempo llegó, que, como el vivir, he menester dos escudos, en que tengo mi espada y broquel empeñado, que juro al santo devoramiento de Jonas, un niño me sacase el alma si quisiese, pues mira si es razon que habiendo yo hecho los escesos que tú bien sabes, que ande las manos en el seno; por tanto, sin más me detener, me da lo que te pido, que mi señor Flerinardo me podrá echar ménos en la posada.

_Lesbia._ Por mi vida, Escalion, que tú vienes donoso cada dia con tus pedidos y demandas; mas dime, ¿quál marimaderada, ó qué dices? que así viva yo que no te entiendo.

_Esc._ Pues no os me hagais de nuevas, que es Dios mi señor, y no creo en otro, si en él, bofeton os dé que el guante os dexe engastado en lo profundo de los sesos.

_Lesb._ Quítate allá, Escalion; muestra tus fieros á quien no te conozca, que viejo es Pedro para cabrero, y muy bien he visto hasta dó llega tu lanza; una vez te hube menester, y en todo el mundo pareciste, con tener contigo un tributo; fin tuvo, que cada dia se llega el tercio; requiérote, ó que mudes la condicion, ó hagas cuenta que no me conocistes, que por los huesos de mi madre, que pudren, que si por tí no fuese, rufo hay en el pueblo que sin le dar blanca alzase las manos á Dios porque yo le hablase, y áun no me faltaria una faldilla cada dos meses de su parte, lo que de tí, de cuatro años acá que te conozco, ni áun una sed de agua no he conocido, sino pelarme las cejas, y áun sobre eso malas gracias.

_Esc._ ¿Qué es esto, puta? ¿de quándo acá os nacieron alas? ¿por ventura ha andado Hetorino al oreja, que os igualais y teneis tanto rallo? Pues requiéroos que luégo me deis lo sobredicho; si no, por los bipereos caballos de la gorgona Medusa, cien pasadas en derredor de esta casa haga temblar la tierra, en fin de lo qual tu persona con la de todas tus vecinas sin redencion cruelmente se trague y consuma; por tanto, porque desto seas libre, dame, vida, lo que pido, que en tu servicio se ha de poner, y gastándolo yo, haz cuenta que tú lo gastas.

_Lesb._ ¿Con qué? mala rabia me diese que me quitase la vida si yo tal hiciere; y ¿por qué, malos años, por tus ojos los bellidos, has de tener en mí cambio para que tú gastes con bellacas donde te se antoja?

_Esc._ ¡Oh pesar de la terrible chimera, y que tal tengo de oir y que no tome venganza de quien me ha causado tal enojo! mas, espera.

_Lesb._ Señores, señores, que me mata este rufianazo en mi casa.

_Esc._ ¿Rufianazo? bellaca, toma.

_Lesb._ ¡Ay, ay, ay! justicia de Dios sobre mí venga si no hiciera que te carguen de leña, don cobardazo, que para mí tienes tú manos.

_Hetorino._ ¿Qué es esto, señor Escalion, y qué voces son éstas, Lesbia, que das que decir á todo el barrio?

_Esc._ ¡Oh, señor Hetorino, sabed que me ha tratado muy mal de palabras, que yo ántes me quebrára el ojo que poner manos en ella!

_Lesb._ ¿Así que esto ha de pasar con este desuellacaras?

_Het._ Calla, calla, Lesbia; no des cuenta á muchos, que te están escuchando: vos, señor Escalion, íos de aquí, no se recrezca más mal de lo pasado si viniere algun alguacil, al instante.

_Esc._ Sea como mandáredes, que, en fin, no se gana honra con una mujer.

_Lesb._ Anda, anda, rufianazo; plega á Dios que á la puerta halles quien te saque el alma.

_Esc._ ¡Oh pesar del mundo malo, y tal tengo de sufrir! Dexadme, señor Hetorino, que no creo sino en Dios si tajadas no la hago á puntillazos.

_Het._ No harás, por mi vida, sino que nos vamos, que viene gente.

_Esc._ Agora sea como quisiéredes; mas sabed que me haceis agravio, que estas tales, si no es con su daño, no se pueden tolerar.

CENA CUARTA DEL PRIMER ACTO.

En que Isabela, hermosa doncella, siendo estrañamente captiva del amor de Selvago, muy mucho entre sí se lamenta, hasta que por Cecilia, doncella y criada suya, la manifiesta que Risdeño la viene á visitar de parte de Rosiana, hermana del mesmo Selvago, el qual, siendo en su presencia, una carta de Flerinardo en nombre de Rosiana la da, y della se despide. Siendo, pues, por Isabela enteramente entendida, con mayor pena vuelve á su cuidado, hasta que siendo ansimesmo por Valera, ama de leche suya, visitada, y sabido enteramente el negocio, prometiéndole gran favor y provecho en el caso con un fingido conjuro que ha de hacer, astutamente la saca muchas y muy ricas joyas, y con ellas á su casa torna muy gozosa. Introdúcense:

ISABELA. — CECILIA. — RISDEÑO. — VALERA.

_Isabela._ ¡Oh soberano Criador de todas las cosas, debaxo cuyo poder y mando las virtudes de los cielos en su propio oficio permanecen, rodeando á su voluntad las operantes influencias, signos y planetas celestes con maravilloso artificio, sin en un punto de su debido límite y sendero desviar, no todas de una operacion y medida por causa que chaos ó confusion no hubiese en ellas, sino unas en su apariencia mayores que otras, para que por su exemplo los mortales, no con igualdad de estados más diferentes, su siglo pasasen! Asimesmo criaste con maravilloso saber los cuatro elementos, de los cuales el fuego, que es el más ligero, careciendo de cuerpo, el más alto y cercano lugar de los cielos ocupa, teniendo debaxo de sí el aire, que es el segundo en ligereza y asiento, el qual predomina y señorea sobre las aguas señaladas por tercer elemento, estando éstas asimismo sobre el último y más pesado, que es la tierra. Todo lo qual, en la creacion del soma ó cuerpo humano pone tasada parte, acudiendo tú con lo mejor y más noble, que es el ánima racional, que le aparta y divide de los brutos terrestres, siendo la más apta y aparejada obra para que, loándote, tus soberanas maravillas en alguna manera conozcamos, ¡Oh, pues, poderoso Dios, que de nada á tu imágen y semejanza me criaste y ansimesmo con tu sangre y muerte redemiste para que tu gloria á mi voluntad gozase! ¿Qué será, oh Dios? ¿qué novedad es esta que ansina tan repentinamente yo otra me hallo, de mí sin apartarme apartada, sin me trocar vuelta, sin vida muriendo, con vida sin la tener? Lloro, espántome; gimo, maravíllome; rio, tengo pena; hablo, desahógome; callo, consúmome; compañía me da pena, soledad me congoxa, placer me destruye, pesar me acaba, descontento no quiero, contento me da muerte. ¡Oh, pues, Dios bueno, qué contrariedades tan diversas en mí de tan poco espacio acá he sentido, que la vida me mata y la muerte me sería saludable medicina y provechoso remedio! ¡Oh desventurada doncella, en fuerte hora nascida, en contrario planeta engendrada! ¿qué es de tu presuncion? ¿qué es de tu fantasía? ¿qué es de tu gravedad? ¿qué es de tu tan amada limpieza, tu grande recatamiento, tu amada libertad, tu claro linaje, tu soberano valor, tu descanso, tu placer, tu alegría, tu contento, y finalmente, tu fresca mocedad, deleitosa juventud y muy alabada hermosura? ¡Ay de mí, que todo lo veo trabucado, todo muerto, todo perdido, sin que esperanza alguna de recuperarlo me quede! ¡Oh amor, amor, que he entendido ser éstos tus juegos, tus tratos y tus perdidos devaneos! Tú á los grandes señores abates, á los medianos atormentas y á los pequeños lastimas. Al emperador, al rey, al magnífico, al noble, al caballero, al ciudadano con el rústico labrador señoreas; en todos mandas, á todos debaxo tu yugo pones, á todos con mil géneros de penas atormentas. A unos ensalzas, á otros pierdes, á otros abates, á otros das dolor, á otros descanso, á otros sospechas, á otros enemistades, á otros confianza, á otros guerra, á otros paz y á otros, finalmente, das amargoso fin. Tú asuelas los reinos, pierdes las ciudades, tramas civílicas batallas en los ciudadanos, destruyes todo género de personas, y maldad no se comete en el mundo que por tí no sea tramada y por tu causa concluida. Yo, doncella noble, de muy generosos padres recreada, no sólo porque sienta tu violento poder, me quisiste lastimar, mas áun con muy cruel muerte me fuerzas á que mi vida, llena de angustias y dolores, en dolores angustiada perezca. ¡Oh Selvago, caballero illustre, el más apuesto que mis ojos vieron! vida por quien la mia del todo no perece, yo te pido que si aquella mesura que para todos tienes, comigo no te falta, que no desprecies mis piadosas lágrimas y humildosas plegarias, porque mi vida del todo no se consuma. Mas ¿qué digo yo, mal afortunada doncella, y estas razones convienen á tal persona como yo soy, y no paso ántes por mil géneros de muertes, que tambien tengo merecidas, queriendo así destruir mi honestidad y honra? No, no, no será así, que primero conviene que mi trabajosa vida perezca, que tal deshonra dé á mi famosa prosapia y linaje; mas ¡ay de mí! que el amor que en mis entrañas encerrado tengo, es tan grande que no consiente que por istinto razonal me rija, forzando mi fuerza á que del todo se fuerce en amar al que forzosamente debe ser amado.

_Cecilia._ Señora, señora.

_Isab._ ¿Qué me quieres, Cecilia?

_Cec._ Risdeño está aquí, que te quiere hablar de parte de su señora Rosiana.

_Isab._ Di que éntre. ¡Oh Dios mio, y quán dichosa y bienaventurada sería yo si de parte de aquel caballero su señor viniese!

_Risd._ Fermosa señora, tu gran amiga Rosiana te manda comigo besar las manos y te envia este prendedero, de dos que su hermano le dió, que porque le parecieron buenos y galanes, dedicó el uno á tu servicio.

_Isab._ Risdeño hermano, cada dia me quiere tu señora hacer mercedes sin querer recibir los pequeños servicios que de mi parte le son ofrecidos; mas hágote saber que el prendedero no querria que por dármele de tu parte dixeses venir de tu señora.

_Risd._ Puesto caso que ansí fuese, mi señora, ¿perdia algo vuestro valor por ello? ¿No os parece que soy yo persona para dar empresa, y ser querido y amado de la más hermosa dama de todo el mundo?

_Isab._ Por cierto, Risdeño, así lo digo, especialmente considerando bien tu buena dispusicion y gentileza.

_Risd._ De verdad, señora, que precio más esa palabra que si me hicieran marqués del Perú, porque me podré alabar que me llamó gentilhombre la más apuesta y hermosa dama que jamas nació; que aunque yo veo no ser así, todavía por venir de tal cabo, me gozo; mas, dexado agora esto, tomad esta carta que me dió Rosiana para vos.

_Isab._ ¿No digo yo que todo viene lleno de sospechas tu mensaje? mas dime, ¿qué novedad es ésta, que me escriba Rosiana no lo habiendo acostumbrado?

_Risd._ Cada dia hay novedades en el mundo; por tanto ved qué me mandais.

_Isab._ Al presente no otra cosa sino que des mis besamanos á tu señora y que con mi Cecilia enviaré mi recaudo.

_Risd._ Yo vendré por él, si fuéredes servida.

_Isab._ No quiero que tomes tanto trabajo, pues será escusado.

_Risd._ Pues, señora, así lo quereis, así sea; el Señor, que tan hermosa os hizo, en vuestra compañía quede.

_Isab._ El ángel bueno te acompañe, Risdeño, que siempre me das placer con tus palabras.

_Risd._ Por obra quisiera yo que fuera eso, señora; mas, pues no puede ser, recebid la voluntad del pobre gentilhombre.

_Cec._ Señor Risdeño, aunque no os haya hecho ningun servicio, recebiré merced de vos que deis mis encomiendas á Carduel, y llevarle heis este par de escofias y paños de manos que le mandé estotro dia, por señas que son labrados por mi mano.

_Risd._ Señora Cecilia, por dichoso tengo á Carduel por ser de tal persona como vos favorecido; mas yo os prometo, á fe de gentilhombre, que otro galan hay en el pueblo de quien muy mejor que dél fuérades servida.

_Cec._ Con él estoy muy contenta, señor Risdeño; mas pídoos que me digais quién es ese galan que me decis.

_Risd._ Yo; que os juro, por vida de mi amiga, que os sirviera mejor que Roldan, y en ello no perderíades cosa.

_Cec._ ¿Sabeis que pienso, señor Risdeño? que estais burlando de mí.

_Risd._ ¿Burlar ó qué? Burlado me vea á las cañas, aunque fuese almorzando con un par de perdices, si tal hago, sino que os aconsejo lo que os cumple que dexeis á Carduel, que es rapaz y pelado, por mí, que aunque no soy muy grande de cuerpo, en fin, soy hombre bienquisto donde quiera, y más que tengo un pariente del padrastro de la suegra de mi abuela en Indias, que fué agora treinta años allá y nunca dél han sabido, que no puede dexar de venir presto con mucho dinero para todos nosotros; pues mira que mal librarás tú desto, señora Cecilia.

_Cec._ Agora quédese para otro dia, señor, que haya más tiempo, porque me llama mi señora, y dime si quieres hacer esto que digo.

_Risd._ Por haceros placer, aunque sea contra mi mesmo, hasta la muerte lo cumpliré.

_Cec._ Pues Dios os pague, señor Risdeño.

_Risd._ Él quede con vos, mi señora.

_Isab._ ¡Cecilia, Cecilia!

_Cec._ Señora.

_Isab._ Entorna tras tí esa puerta, y si mis padres aquí por ventura vinieren, házmelo saber; á los demas védales la entrada.

_Cec._ Así será, señora.

_Isab._ Agora que estoy sola quiero ver lo que en la carta viene, que no puedo creer que de Rosiana sea; cierto que mi esperanza salió verdadera, que esta letra de varon parece; ¡oh señor Dios, si fuese de mi verdadero amigo, quán por dichosa me tendria! mas, en fin, con leella quitaré todas estas dubdas.

CARTA.

«Así como los pequeños hijos de la caudalosa real ave, puestos á los radiantes rayos del lúcido Febo, para que verdaderamente sean tenidos por legítimos y propios hijos de la tal madre, con grande admiracion ocupan la vista en aquella prefulgente luminaria, sin tener parte para de allí ser apartados por el crecido amor mezclado de grande admiracion que tan fixo en ella pusieron, de la mesma manera, excelente señora, mi flaco y débil entendimiento puesto delante tu claro y lúcido aspecto, para que su sér claramente demostrase qué parte de humano en sí tenía, de temeroso y crecido temor ocupado, los líquidos y delicados aires con profundos alaridos esmalta, sin que las contínuas suasiones de su madre, la razon, de tal espetáculo apartarlo puedan, no dexo de sentir, como humano, seráfica dea, la cruda y muy temerosa contienda que dentro de mí siento encrudelecerse, despues que mis ojos fueron con tu divina vista clarificados; mas considerando la gloria y triunfo que se me puede seguir, siendo en ella victorioso, con grande y humildosa paciencia hasta que tu soberano valor de ello sea contento, sustentarla pretendo; mas ¡ay de mí! que sin duda no será tan diamantino corazon que la fuerza de quien la mia se siente forzada, algun espacio de tiempo sustentar pueda. Si tienes, excelente señora, deseo de saber quién es el que tan atrevido á tu valor, sin merecimiento, ser quiso, sabrás que Flerinardo se nombra, que otro valor no tiene sino el deseo que de ser tuyo en sí considera, y porque tal atrevimiento á más no pase, en esto sin cesar ceso, pidiendo á tu mucha clemencia, no por mi valor, mas por el que de tu parte me viene, un dón me sea concedido, el qual es que siendo recibido de tu soberano valor benignamente, del nombre de ser tuyo se me dé que goce, con que mis gozos de tal gozo gozando, su vida sin tan rabioso tormento se pueda gozar.»

_Isab._ ¡Oh soberano Dios, y quán profundos son tus misterios! verdaderamente agora todo el caso de esta carta entiendo, que Flerinardo pasando estotro dia por la calle de la fenestra de mi retraimiento, quando Rosiana se vino á holgar en mi compañía fué por él vista en la mesma fenestra, y segun ella me dixo, muy captivo (por las señales que mostró) de su fermosura; de que se siguió que habiendo él sido sabidor que la tal fenestra era de mi aposento, pensando ser yo la que su libertad habia captivado, tal osadía ha cometido. ¡Ay de mí! que dello ningun bien se me sigue, porque siéndole á Selvago manifestado, lo que por su grande amistad es cierto, no espero que de mí se duela, de que por muy cierta tengo mi muerte, por causa que la vida con alguna esperanza hasta aquí se sustentaba.

_Cec._ ¡Señora Isabela, señora Isabela!

_Isab._ ¿Qué dices, Cecilia?

_Cec._ Tu ama Valera te viene á visitar, que habló con tus padres y pregunta por tí.

_Isab._ Súbela aquí, que yo la perdonaré su visitacion.

_Cec._ Vesla, viene, señora.

_Valera._ Enhorabuena vea yo la cara de oro y perlas preciosas, fresca como las flores de Mayo. Hija Isabela, en Dios y en mi conciencia, que de cada dia más te vas tornando una emperatriz en fermosura. Santa Pascua fué en domingo si no me pareces una Verónica y retrato de San Miguel, el ángel que está en mi perrochia en unas andas de oro.

_Isab._ Téngote en merced la visitacion, que bien creo me quieres bien, pues la crianza que en mí hiciste con el tiempo áun no has olvidado; mas en lo que dices que estoy hermosa, sabe que no es oro todo lo que reluce, que qualquiera pasa trabajos.

_Val._ ¿Y qué trabajos pasais, hija mia? ¿por ventura será el cuidado de la familia, ó de los muchos hijos? Cierto, como las malas venturas que yo padezco deben ser; sola, triste y en laceria entre cuatro paredes, sin haber quien á mi triste vejez me haga algun refrigerio ó regalo: ¡ay, hija mia! éstos debes de llamar trabajos, que los que tú puedes pasar tortas son y pan pintado.

_Isab._ No sé: cada qual siente sus duelos.

_Val._ En forma me debria reir si tuviese gana de pensar qué son los que, hija, llamas duelos, que cierto de esto no puede faltar; que pedistes la ropa de seda, no os puso el sastre la guarnicion á vuestro contento, ó que enviastes á comprar cintas de una color y truxeron de otra, ó que la criada no vino tan presto á vuestro llamado, y otras cosas á ésta semejantes: ¿es esto, hija? dilo, no hayas vergüenza. Ya dolor, hija mia, si te vieses vieja, sola y amarga, llena de mil enfermedades y sin un cornado que gastar, ni ménos qué poder vender; de dia en el verano al resestero y en el invierno al helada, querer comer y no tener qué, y ya que se halle, no poder; despues en la noche, para aliviar el afan del dia, echaros en unas atochuelas sin otra cobertura: éste me podés vos con razon llamar afan, que lo demas no hay por qué se haga caso dello.

_Isab._ Madre señora, los tuyos no quiero que iguales con los mios, porque ésos el cuerpo lastiman, mas estos otros atormentan el ánima.

_Val._ Ya, ya, mal lograda muera yo, que bien salva estoy dello, si te entendia; agora digo que tienes razon, algun gentilhombre ha llamado á tu puerta, ¿qué me dices? ¿es esto? Pues, hija, si así es, no me lo debes negar, que sábete que hasta la muerte me hallarás aparejada en tu servicio, con tal que ames á quien te convenga y debaxo de yugo matrimonial, que lo demas á Dios es enojoso y á las gentes aborrecible.

_Isab._ Madre señora, sabe que á ese blanco asiesto mis tiros, que no me tengas por tal que otra cosa en mí hubiese.

_Val._ Pues así es y tus pensamientos son tan buenos, dime el negocio por entero, que mi madura edad te dará en ello el consejo más conveniente, y no quiero que tengas en poco lo que te prometo, que de cierto es más que puedes pensar, por tanto no cumple que se me encubra.

_Isab._ Madre mia, digo que en afortunado tiempo mis ojos miraron á Selvago, hermano de mi gran amiga Rosiana.

_Val._ ¡Oh Dios, y qué agradables me han sido, hija, tus razones! que, así Dios me dé buena postrimería, muchas veces he pensado quien en esta ciudad te convenia más por esposo, y cierto otro no hallaba sino el que me has dicho, y su compañero y grande amigo Flerinardo; mas resta que me digas si eres tú dél amada, porque siendo así, con poco trabajo vendria todo á buen fin.