Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina
Part 4
_Rubino._ ¡Oh, señores, qué buena venida es ésta á tal hora!
_Esc._ El señor Velmonte nos ha menester á todos esta noche, y á Carduel con su guitarra, que todavía nos darémos una buena holgadura.
_Sagredo._ Alto, voto á Mares, que yo llevaré tambien mi ruiseñor, que no sonará mal con la guitarra.
_Esc._ Pues haced llamar al paje.
_Sagr._ Veisle aquí do viene con Risdeño, que él nos entró á decir cómo veníades.
_Risd._ ¡Oh mi amigo Escalion! no quiero perder un abrazo.
_Esc._ Eso como mandéredes, que yo soy el que gano.
_Risd._ Ántes estais en eso engañado, que porque abaxándoos me hiciésedes acatamiento os abracé.
_Esc._ Aunque eso sea, soy á más obligado; mas decidme, señor Risdeño, ¿quereis ir á dar una vuelta por la ciudad en la compañía?
_Risd._ ¿Y si llama Selvago entre tanto?
_Carduel._ De eso bien seguro que ántes del alba será la vuelta.
_Risd._ Sea pues, que, en fin, por llevar con vosotros á quien os defienda de quien os enojáre, me habeis sacado de mis casillas.
_Velm._ Pues, señor Carduel, ¿está buena la guitarra?
_Card._ De verdad que hoy la encordé, porque tenía pensado de ir á dar una gateada al alba en cierto cabo; empero, pues viene á cuenta, no sabrá mal en el primer sueño.
_Risd._ ¿Cómo, Carduel? ¿eres por ventura enamorado?
_Card._ Sí, por cierto, que no lo negaré, y áun en cabo que me siento por muy dichoso.
_Risd._ Ya, triste de vos, padre, ¿no considerais el caso? á quien no pusimos vida va con chapines á misa. Pues dime, ¿qué ves en el mundo, que te cuentas por enamorado?
_Card._ ¿Qué tengo de ver? ¿Soy algun enano como vos para no sello?
_Risd._ Ya duelos le dé Dios al camaron de alberca; decí, ¿no os parece que cual soy tengo mejor disposicion para serlo que vos, que áun no sois, como dicen, fuera del cascaron?
_Card._ Si por cierto, y áun para chirriar de una jaula como tordo.
_Risd._ ¿Pasais por esto? ¿No veis qué dice? al fin fin que tantas á Pedro como á tu amo, cada ruin zapato há lazo; pues no medre yo si á mi señor no lo dixere cómo ya andais emputecidillo.
_Card._ Señor Escalion, ruégale por tu salud que no se lo diga, que dirá al mayordomo que me azote.
_Esc._ Señor Risdeño, por mi vida, que no lo has de decir.
_Risd._ No me lo ruegues, señor, que aquel rapacillo no se ha de igualar con un hombre barbado como yo.
_Velm._ Por mi fe, que lo has de callar, porque te lo ruego yo.
_Risd._ Ora si él me pide perdon de rodillas y me besa la mano, soy contento; si no, bien será escusado.
_Esc._ Hazlo, señor Carduel, que por vida de mi amiga, otro tanto me pasó á mí este dia con él por mandado de mi señor Flerinardo.
_Card._ Alto, que sí haré.
_Risd._ Pues con mucha contriccion.
_Card._ Señor Risdeño, yo os pido que me perdoneis si de mis palabras recebis enojo.
_Risd._ Alto, que yo os perdono; levantaos, hijo.
_Esc._ Hi, hi, hi, pese á la puta que me parió, señor Risdeño, qué gracioso eres; sús, alto, vamos de aquí, que las doce han dado.
_Velm._ Ea tú, señor Carduel, toca la guitarra, veamos en qué mundo vivimos.
_Esc._ Por el dorado vellocino de la Reina de Nápoles que va divino, y áun el ruiseñor no suena mal. Por vida de tus amores, señor Carduel, que digas una coplita de las que sueles.
_Card._ De tal manera me conjurastes, que me conviene hacello.
_Esc._ Sea, pues aquí no será en vano, que una mochacha me suele mirar quando de dia paso por aquí, y no de mal ojo.
_Card._ Callad pues:
_Ojos garzos há la niña, ¿Quién se los enamoraria?_
Es tan linda y tan hermosa La niña con su mirar, Que causa pena rabiosa; Sólo por la contemplar, A todos quiere matar Con sus ojos de alegría ¿Quién se los enamoraria?
_Esc._ Por la temerosa figura de la serpiente Hidra, con mayor gracia y más al propósito no vi cosa decir en toda mi vida; dome á Dios, Carduel, si mujer me hallára, si por tí yo no perdiera oyendo las gargantas que tu tan deleitosa voz levanta, matizadas con la bien ordenada música cordial que tus dedos componen.
_Risd._ Agora digo que con razon eres enamorado, Carduel.
_Card._ ¿Qué os parece, señor Risdeño? pues sabed que ello y yo estamos prestos á lo que os cumpliere.
_Velm._ Aquí es el lugar; bien podeis, señor Carduel, cantar alguna cosita buena.
_Card._ Luégo se hará, habiendo conocido bien la estancia; ¡ay si nos oyen, con paciencia, no nos envien por colacion algunas lágrimas de Moysen ú sopas de arroyo!
_Velm._ Señor Escalion, allegaos un poco más comigo, por merced.
_Esc._ El señor Rubino irá, que quiero gozar de la música.
_Velm._ No hace al caso, quédense los dos, que si algo fuere menester, cerca es; un silbo lo puede hacer todo.
_Esc._ Sea como mandáredes.
_Velm._ De verdad, que bien digo yo que de cobarde tiene Escalion más que de esforzado, que ansí con la música se escusó de llegarse aquí comigo. Mas, ¿qué digo yo? ¿es mi señora Alpina la de la fenestra? Ella es, cierto; ¡oh mi muy amada señora! mirad lo que ordenais deste vuestro criado que por vuestro mandamiento aquí es venido.
_Alpina._ ¡Oh mi señor Velmonte! rato há que os estoy esperando; decidme, señor, ¿traésme los botines que me mandastes?
_Velm._ Mi vida, aquí vienen, ved qué quereis que se haga.
_Alp._ Señor, que deis una vuelta, porque hay ventanas, y de presto os entraréis, que yo tendré la puerta como conviene, que ya todos los de casa duermen.
_Velm._ Como mandais, señora, se hará. ¡Oh Velmonte, cómo este dia con piedra blanca le has de señalar, pues tan presto gozarás de tan buena y desenvuelta mochacha! La puerta me parece que abre, á la Magdalena me encomiendo.
_Alp._ Paso, señor, mirad no hagais estruendo, que duermen aquí cerca los mozos, no nos sientan.
_Velm._ Mi vida, así será como decis.
_Alp._ Por mi vida, que vuestras obras no concuerdan con vuestras palabras; mas decidme, ¿aquellos que allá fuera tañen vienen con vos?
_Velm._ Mi señora, sí, que amigos son todos, y áun os digo que está allí un rapaz que canta maravillosamente.
_Alp._ Oid, oid, que por mi salud ya cantan.
_Card._
_¡Oh qué gozo tan gozoso, Cómo goza mi sentido Gozando de ser querido!_
_Velm._ ¡Dome á Dios, y cuán á proposito ha cantado!
_Alp._ ¡Oh qué gracioso rapaz! por cierto que parece que los ángeles cantan con él.
_Velm._ Oiga, ¿qué dice la vuelta?
_Card._
Ya mi gozo se ha gozado Con el gozo que buscaba; Gozoso y regocijado, Del sumo gozo gozaba; Este gozo me causaba Que se goce mi partido Gozando de ser querido. Quien goza de gozo tal, Con gozo debe mostrarse, Que gozar de gozo igual, Sin gozo puede gozarse, Y pues gozo puede darse A mi gozoso partido, Gózese siendo querido.
_Risd._ Por mi vida, Carduel, que juegas lindamente de vocablo; mas por me hacer merced que digas una copla á una moza que está en aquella ventana.
_Card._ Por serviros, señor Risdeño, más que eso me profiero hacer.
_Risd._ La voluntad os tengo, señor, por servir; mas haced lo que agora os ruego.
_Card._
¡Oh ventana muy dichosa, Cómo fué tal tu ventura, Que gozes, sin sentir cosa, D’una dama tan graciosa Y de tanta hermosura! ¡Oh si yo tú me volviera, Y me quedára sentido, Cómo muy dichoso fuera, Porque así gozar pudiera De los gozos de Cupido!
_Esc._ ¡Oh Carduel, qué bien lo haces! juro al bendito rosario de Santa Marta, que de presente y tan al propósito no vi en mi vida mejor cosa; ¿qué dices en esto, señor Risdeño?
_Risd._ Digo que tenés razon; mas oidme un poco, veréisme requebrar con la dama, que no será de poco pasatiempo.
_Esc._ Vé presto, por tu fe, Risdeño, que de cosa no holgaré más que de oirte; mas mira que rajes largo.
_Risd._ A mi cargo. Despues que mis ojos con temeraria osadía (norte de mi procelosa vida) miraron tu divina y angélica figura, de tal manera quedaron captivos, que más un punto de libertad no han tenido; ¡oh, pues, mi verdadera señora! pídote humildosamente que me digas, pues jamas pensé sino en te servir, por qué así con tanta crueza me quieres de contino tratar. ¿No sabes que en me dar la muerte pierdes un siervo muy leal á tu servicio, y que más que quantos viven firmemente te ama? mas, pues de tu acostumbrada crueza quieres usar, yo te ruego que del todo me des la muerte, porque con ella reciba el descanso que viviendo tan perdido tengo; de lo qual, si bien miras en ello, no te viene otro provecho sino adquirir en tu soberano valor un pernicioso renombre de violenta matadora del que con mayor lealtad jamas sirvió á Cupido.
_Moza._ ¿Quién es vuestra merced, señor, que en verdad á nadie veo, que no sé si habla alguna piedra?
_Risd._ Deso reniego yo, mi señora, que mi flaco merecimiento delante de vuestro soberano merecimiento sea nada y en tal por vos siempre tenido.
_Moz._ Por mi fe, señor, que estaba yo bien ajena que así por mi causa alguno tan perdido estuviese; mas mirad, señor, que por ventura estais engañado, y no soy quien vos pensais.
_Risd._ ¡Ay mi señora! por mi vida, no me deis tales disfavores, que no tendré poder para los sufrir, que habiéndoos tanto tiempo servido, á manera de desden me digais que no sois vos la que sin vida viviendo me hace andar; que si mi intencion ántes de agora no os he descubierto, no ha sido sino por temor de os enojar; verdaderamente os digo, mi señora, que si las penas que por vos he padecido y de cada dia padezco del todo os fuesen demostradas, no dudo sino que concederíades en mi ruego, movida solamente de piedad de mis ansiosas querellas y penosos trabajos.
_Moz._ Pues que así es, señor, que tantas penas por mis amores habeis pasado, haced dos cosas que os diré, y con ellas podréis salir de pena.
_Risd._ ¡Oh mi señora, y cómo me puedo llamar dichoso, pues algo me quereis mandar! por tanto decid, señora, que mil haré, quanto más dos.
_Moz._ Lo uno es que me digais quién sois, y lo otro que os caseis comigo, que de otra manera será escusado; que de verdad os digo que estotro dia me traian al sacristan de mi lugar, y áun por bien poco se dexó de efectuar, que no fué sino que él ni sus padres ni los mios quisieron; por tanto, ó me responded concediendo, ó partíos de mi puerta, que no parece bien las mozas como yo estar á tal hora hablando con quien no conocen.
_Esc._ ¡Oh pese á rus con la zuratica! ¿no la ois? de casamiento habla y que no se dará ménos.
_Card._ Bien vendrá, mas oid qué responde Risdeño.
_Risd._ El mayor beneficio que mi ventura me pudie hacer es el presente; por tanto, señora, en lo que decis del casamiento, yo me siento por muy dichoso; en lo decir quién soy, para allá dentro lo guardo; por tanto mirad cómo quereis que se haga.
_Moz._ Señor, primero me lo habeis de decir y jurar que me tomaréis por esposa, que no querria que me engañásedes.
_Risd._ ¡Oh perla, cómo eres graciosa! Y no quiera Dios que á quien yo tanto quiero engañe; por tanto méteme allá, que á voces no lo he de decir.
_Moz._ Señor, haré lo que decis; pero la entrada no hay otra si no os atais en una soga que yo os echaré, y con mi ayuda y vuestra ligereza subais; mas hagoos cierto que no estais acá muy seguro, porque si los dos hijos de mi señor nos oyen, no os podréis librar bien si no sentis en vos fuerza para contra ellos.
_Risd._ Deso, señora, no tengais pena, que aunque los contrarios fuesen siete armados de corazas y capellinas, para el mundo que me tiene, mozo tenés delante, que á todos hiciese cara y los quitase los despojos; por tanto no dubdeis de echar la soga.
_Moz._ Señor, pues una cosa os encomiendo, que de dos mancebos que son los hijos de mi amo, al menor en ninguna manera hagais mal, porque me dió una sortija de plata y le quiero yo mucho.
_Risd._ Pues, entrañas mias, pídoos de merced que primero vais á fregar, porque si de fuerza lo habeis de hacer, hecho estará ántes de mi subida, y más porque no lo sientan los que allí hácia nosotros vienen, que me parece mucha gente.
_Esc._ Gente y mucha, pese á Mars; alto, piés hácia la posada, dad al diablo cuenta con serranos.
_Card._ Espera, espera, Escalion, que la ronda es.
_Alguacil._ ¿Quién sois, gentiles hombres? ¿qué armas traeis?
_Risd._ ¡Oh señor Nava, vuestra merced es y así desconoce á sus servidores!
_Alg._ ¡Oh señor Risdeño, y á tal hora por aquí!
_Risd._ Señor, salimos á pasear un poco yo y mis compañeros por coger el aire.
_Alg._ Bien me paresce, mas ¿quién era el que huyó denántes?
_Risd._ Escalion, el criado de Flerinardo, que, como tiene tantos enemigos, no fiándose en nosotros, quiso acogerse á sus piés.
_Alg._ No me habien dicho eso á mí dél, pero cosas son que acontescen; vos, señor Risdeño, ¿tenés necesidad de nosotros?
_Risd._ Yo tengo de serviros, señor.
_Alg._ Pues á Dios, caballeros.
_Risd._ Con él vayais, señores.
_Esc._ ¡Ay, ay, desdichado, que cerca vienen, muerto soy! ¡Jesus, Jesus, confision! ¡oh, qué cortado voy, válame Dios, de la muerte! de cierto en los piés no me puedo tener, la muerte tengo ya tragada. ¡Oh desdichado de tí, Escalion, á qué te ha traido tu ventura! quiérome arrojar en esta mazmorra que aquí está abierta, pues ya mis piernas no tienen poder para más huir. Mas áun no asoman los enemigos, sin dubda á mis desventurados compañeros deben de estar destrozando, ¡oh desventurados de vosotros, y quán afortunado fué vuestro nascimiento, pues tan mal habréis logrado vuestra alegre juventud! Agora el diablo creo me hace á mí blasonar de las armas, y siendo más cobarde que una gallina, lo qual por un cabo es bueno, porque siquiera me tengan en algo; mas doy á la mala rabia tenida que por ella habeis de andar siempre la barba sobre el hombro, y estar obligado á que ninguno en toda la ciudad haga desafío que por compañero ó padrino no os convide, donde en diez años que en esto he andado, he sacado de barato este relativo, ó rascuñillo de veinte y cinco puntos que tengo de oreja á oreja, y tres veces apaleado, y quiera Dios que esta noche no quede la vida por las costillas. Mas ¿qué digo yo? si tras mí vinieran, ya hubieran llegado; sin duda por la otra calleja se fueron, y si esto es ansí, y mis compañeros quedaron libres, en el mundo no me conviene parar; mas, empero, buena escusa será llamar á Velmonte diciéndole que riñen los compañeros; buen consejo es, allá vuelvo, mas no sea el diablo que me engañe, mas todavía quiero ir, que allí pienso que está. ¡Hola, hola, señor Velmonte, que matan á nuestros compañeros, pese al mundo, que nosotros y vos enhoramala acá venistes esta noche!
_Velm._ ¡Oh mi señora Alpina! ¡á Dios quedeis, que voy á ver qué sea esto!
_Alp._ ¡Oh señor, no salgais, no os acaezca alguna desventura!
_Velm._ Dexadme, señora, que mal haria que viniéndome acompañar se viesen en algun peligro y no los favoreciese.
_Alp._ Pues á Dios vais, que en gran fatiga quedo; tomá, que se queda la rodela.
_Velm._ ¿Qué es esto, Escalion?
_Esc._ Andad, que allá lo veréis; echad mano, que así conviene muramos como hombres; échense esas lanzas en los pozos.
_Velm._ ¿No diréis qué es?
_Esc._ Treinta hombres, que bien lo decia yo ántes.
_Risd._ ¿Para quién, Velmonte, para quién?
_Velm._ ¿Que no estais todos muertos, que así me lo dixo Escalion?
_Risd._ Anda, calla, era nada, el alguacil y dos porquerones que van rondando, fuéronse en conociéndome.
_Esc._ ¡Oh pesar de la leche que mamé, y tal me decis! Dexadme, que yo haré á nada, que no me ponga otra vez á mí en alboroto.
_Velm._ Dexalde al cobarde, que no hayais miedo que mate moro.
_Risd._ Pues que si le vieras ir voceando, que parecia que ciento iban tras él.
_Esc._ Quiero volverme y decir que no los hallé; mas ¿qué rodelas y espadas son éstas? sin duda algunos huyendo de la justicia, como acontece, las arrojaron en este portal para volver por ellas; de molde me vienen, que diré que dexo á sus dueños mal heridos. ¡Oh, descreo de la hórrida barba de Caron, y cómo por tener piés los demas se escaparon, que ellos conoscieran quién es Escalion!
_Velm._ ¿Qué es esto, Escalion? ¿qué rodelas y espadas son ésas?
_Esc._ ¿Qué ha de ser, pese al mundo? mis cosas que no pueden dexar de ser.
_Risd._ Cuéntanos, Escalion, por tu fe, lo que ha pasado.
_Esc._ Habeis de saber que, como fuese tras el alguacil como vistes allá abaxo, salieron docena y media de hombres á mí, y como yo iba enojado, por la ganzúa y tinacetas del buen ladron, no hice dellos más caso que si uno ó dos fueran; pues doy tras ellos tan denodadamente, que al primero maté y el segundo no habló más; los otros, por presto que quise ir á ellos, con miedo de mis regurosos golpes, tomaron las de villadiego, que fué parte para les dar la vida; yo por guardar mi costumbre, que es gozar del despojo de los vencidos, les tomé las armas que veis.
_Risd._ ¿Es posible eso, Escalion?
_Esc._ Posible, por vida del turco, andad comigo; vellos heys que no bullen pié ni mano con dos heridas terribles, que Héctor ni áun su hijo Astianax, el que Ulíxes despeñó de una torre, no las hicieran.
_Risd._ Dalo al demonio, vámonos á la posada, no nos echen á todos la culpa.
_Esc._ ¿Qué echar culpa? ¿no estoy yo aquí? que sabida la verdad, el mismo Corregidor dirá que vayan con los muchos, porque tomar de mí la enmienda sería echar á perder el reino todo.
_Velm._ Vámonos, por vuestra vida, Escalion, que todavía es bueno ponernos en salvo.
_Esc._ Sea así, pues lo quereis.
_Risd._ Decidme, Escalion, por vuestra fe, ¿cómo nos dexastes denántes quando el alguacil?
_Esc._ Ya no más; sabed que yo, con la música, estaba un poco dormido, y despertando á deshora, semejóseme que treinta hombres nos iban á matar, y porque no me hallasen de sobresalto, desviéme para echar mano y ponerme como convenia, y así ansí, acordándome de Velmonte, fuíle á llamar porque todavía hiciera su parte.
_Risd._ Agora bien está, aquí nos podemos despartir y cada uno á su posada se vaya á dormir lo que de la noche queda; en lo de los muertos nadie hable palabra, que no sabiéndose el matador todavía no tenemos peligro, lo que si se sabe es al contrario.
_Velm._ Sea pues; señores, por este suceso se pierde la colacion, mas otro dia se vendrá, señor Carduel, yo serviré las mercedes.
_Card._ Servicio y pequeño. Señor, Dios os guie.
CENA TERCERA DEL PRIMER ACTO.
En que Flerinardo se levanta y pide á su criado Velmonte de vestir, pasando con él muchas razones sobre el amor; viene Selvago á le visitar. Flerinardo cuenta un sueño que dice haber esa noche tenido, despues de lo qual Velmonte dice lo que á todos esta noche con la música ha acontecido. Luégo Selvago y Flerinardo se van cabalgando á ruar. Entre tanto Escalion va á pedir cuenta á una mujer que tiene en el lugar público, sobre lo qual riñen y pone él manos en ella, siendo luégo por un otro rufian, llamado Hetorino, apartados. Introdúcense:
FLERINARDO. — VELMONTE. — SELVAGO. — ESCALION. — RISDEÑO. — LESBIA. — HETORINO.
_Fler._ ¿Mozos, mozos?
_Velm._ Señor.
_Fler._ ¿Es de dia?
_Velm._ Más acertado fuera preguntar si era hora de comer.
_Fler._ ¿Qué me dices? ¿Por ventura estás loco, que, segun me parece, no há dos horas que duermo?
_Velm._ El dicho está gracioso; como comenzases despues de amanecer á dormir, poco más habrias dormido; mas porque me creas, mira por esta fenestra y verás á Febo, como, por estar en medio de nuestro horizonte, las terrestres sombras ha del todo disminuido.
_Fler._ Cierto ansí es como dices, en lo qual veo cómo se muestra en mí el nuevo hábito que he profesado; que no solamente mis potencias interiores, mas áun las costumbres exteriores en otras muy diversas y diferentes ha trasformado; dame, dame presto de vestir, que no conforma el descuido presente con el concepto que en mi ánimo se muestra.
_Velm._ ¿Qué vestidos quieres, señor?
_Fler._ El jubon y calzas leonadas me conviene por la congoxa que me atormenta. El sayo será el morado recamado de oro, pues mi ventura lo ha querido. Asimesmo la gorra de la medalla de Cupido me darás, pues ya por mi divisa le tengo.
_Velm._ ¡Oh, señor, y cómo perfectamente eres alindado y gentil-hombre! De verdad que con más razon viéndote en un espejo de tí te debrias enamorar, que aquel niño fermoso Narciso en la fuente, como los poetas cuentan, que por no poder gozar de lo que amaba, fué en flor de su nombre convertido.
_Fler._ ¡Ay de mí, que con todo eso delante de mi querida señora me siento por más disforme que Tersítes, por causa de ser ella la summa de hermosura y perfeccion seráfica que hasta hoy ha sido en el mundo descubierta!
_Velm._ Dime, señor, ¿sufres afan en ser enamorado?
_Fler._ Por mi fe, que estás donoso en el preguntar. Dime, ¿de tan torpe naturaleza estás formado que en mi apariencia no lo vees?
_Velm._ No tomes pasion que no lo digo por tanto; mas dime, ¿tomarias de tu voluntad tu libertad primera si te fuese dada?
_Fler._ No por cierto, aunque con ella me rogasen, porque el amor es de tal condicion que la pena que á sus súbditos da tiene dentro de sí una delectable gloria y muy apacible descanso.
_Velm._ Pues ¿qué será la causa que siempre os mostrais ser congoxosos?
_Fler._ Esto causa que todos los que aman son avaros, y porque los ignorantes en el amor no le deseen, muestran tal apariencia, tiniendo otra cosa en lo secreto encerrada.
_Velm._ De esa manera aunque os veamos quexar no os darémos crédito, pues, como habemos dicho, es todo falso.
_Fler._ A pocas me habrias cogido á pelo, mas porque siento en tí que no eres digno para que tales misterios manifestados te sean del todo, te lo quiero encubrir, sino vé que me aparejen de comer, que pues veo ser hora y yo tengo gana, no me será dañoso.
_Velm._ Señor, hecho está, quando fuéredes servido te puedes sentar.
_Fler._ Sea luégo, mas tú tendrás entre tanto cuidado de me hacer aparejar el caballo blanco con el jaez de carmesí, que tengo de salir luégo fuera.
_Velm._ Como lo mandas, señor, se hará. ¿Habeis visto cómo le así de las piguelas quando me negaba que el amor no tiene especie de pena? y á la verdad, si bien lo miramos, no dexaban de tener razon sus palabras, porque el amor la pena que á sus verdaderos servidores pone, siendo en sí rigurosa, dellos por gloria apacible es recebida; donde se sigue que fuerza el cuerpo á que muestre en exteriores señales su sér, que es penoso, puesto caso que el sentido goce de la encubierta y engastada gloria. Por esta causa los de semejante tiro tocados, mostrando mucha tristeza, están llenos de apacible descanso; mas ¿qué digo yo? ¿este que aquí viene no es Selvago? él es cierto; bien será irlo á denunciar á mi señor, que no creo le pesará de su venida, y con razon pues siempre el médico fué apacible al enfermo. ¡Señor, señor!
_Fler._ ¿Qué dices, Velmonte?
_Velm._ En el zaguan se apea el señor Selvago.
_Fler._ Tan saludable sea para mí su venida como la de Cincinato al afligido pueblo.
_Velm._ Vesle, ya entra.
_Fler._ ¡Oh señor Selvago, escusado habés mi ida á vuestra posada!
_Selv._ Por tanto vengo yo por quitaros de trabajo; mas ¿qué ha sido la causa que no habeis hoy parecido por la iglesia?
_Fler._ No otro sino que habiendo toda la noche gastado en diversos pensamientos, ya cerca de la aurora me vino un profundo sueño, en el qual cosas maravillosas, aunque bien oscuras, me fueron representadas; en esto, pues, gasté hasta poco más há de una hora, en que he dado la refeccion quotidiana al cuerpo.
_Selv._ Pues, señor, ¿no nos dirés alguna cosa de lo que entre sueños os fué demostrado?
_Fler._ Fácilmente se concederá lo que dices, pues el mesmo deseo tengo yo para ver si de vos es entendido lo que á mí tan ajeno se me hace.
_Selv._ Aunque por temeridad tengo pensar de entender lo que á vos se muestra oscuro, todavía para ver su dificultad, deseo que me lo esplaneis por entero.