Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina
Part 3
_Fler._ Por verdad, señor Selvago, que nunca hallé aquel dicho del cómico tan verdadero como al presente tengo en vos experimentado, que dice que fácilmente cuando estamos sanos y fuertes damos saludables consejos al doliente. Cierto si vos fuésedes herido con la hierba que yo estoy emponzoñado, de otra manera mudaríades vuestra plática; mas empero, porque no penseis que contra todo derecho servimos este poderoso señor, por vuestros mesmos exemplos probaré ser sus hechos rectos y justos. Decis primeramente que los griegos y troyanos, por el robo de Elena, tuvieron entre sí tantas batallas; digo que por ello deben mucho á la mesma Elena, pues fué causa á que sus famosos hechos en memoria hasta la fin del mundo quedasen, lo que de otra manera, pasando aquellos fortísimos capitanes su siglo en paz, de ninguna gloria fueran dignos; eso mesmo sus hechos y memorias perecieran con sus vidas, lo que es muy al contrario. Decis que los sabinos y romanos tuvieron ansimesmo entre sí grandes batallas; si bien mirais en ello, más fué por el robo que los siervos de Rómulo cometieron, que por causa de Cupido; y si dixésedes que lo uno se siguió de lo otro, digo que si por las doncellas y matronas que los romanos tomaron, se cimentó batalla en los que siempre habian sido enemigos, por ellas mismas se ordenó la paz, siendo dende en adelante buenos amigos y juntados en un pueblo, lo que Rómulo con buenas razones ni grandes poderes jamas habia podido acabar. A lo que replicais de la destruycion de España, revolved los historiadores y verés si todos se concuerdan en que lo tal subcedió por los pecados de los mesmos españoles, y no tanto por lo que la Cava cometió. Decis que David fué adúltero homicida; mirad lo que dello se siguió, que fué su mucha contricion, por donde fué perdonado, quedando por muy puro amigo de Dios, que tanto como entónces nunca se habia demostrado; siguióse tambien dello el nascimiento de aquel, que sabio de sabios fué llamado, que fué el grande y sapientísimo rey Salomon. Por consiguiente, todos vuestros exemplos podrie volverlos en contra vuestra opinion, sino por evitar fastidio se dexára, demostrándoos brevemente los muchos y soberanos provechos que del amor se siguen á los que con fidelidad servir le procuran. Lo primero es que el amor engendra en él forma ó cuerpo humano, noble y cortés condicion, suave y dulce policía, mucha afabilidad en los poderosos, mediana estimacion en los no tales, grande curiosidad en todas sus cosas, convenible estimacion y gravedad en sus tratos, vida pura y limpia de toda mácula, deseo de ser sabios y virtuosos, grande aborrecimiento de cualquiera liviandad, templada medida en sus pasatiempos, gran recato en lo que mano ponen, mucha habilidad en cualquier cosa, voluntad entera de servir á Dios, tanto por lo que les conviene, cuanto porque digan delante de quien aman bien dellos, de donde se sigue la pureza del ánima, que es guía de la verdadera beatitud. Allende desto, al que es torpe le vuelve avisado, al tosco polido, al superbo humilde, al presuntuoso afable, al avaro liberal, al luxurioso casto, al gloton templado, y finalmente, al amador de todos los vicios le torna siervo de todas las virtudes. Éste hace que los reyes, uno con otro, tengan paces; pacifica esto mismo los reinos, engrandece los linajes, hace nobles á muchos, convierte dos almas y cuerpos en uno, aplaca los robustos, vence los fuertes, doma los superbos, al cobarde da osadía, al temeroso esfuerzo, al inconstante firmeza; entre los reyes reina, entre los caballeros señorea, entre los cibdadanos manda, y entre cualquier otra gente es por señor tenido. De todos es amado, de todos acatado, de todos querido, de todos, finalmente, por señor tenido. Mirad pues, señor, qué es lo que de él siento en lo poco que le he servido, y conocerés qué podrá dél manifestar el que largo tiempo le contrató. Una cosa sola os quiero decir, y es que más querria morir con amor que vivir sin él, porque así la muerte sería dichosa, y por el contrario, la vida del todo desventurada. Y por tanto, pues claro habeis visto cómo tan bien he demostrado mi intencion, y sabeis ser lo que digo verdad, pídoos, por el amistad firme que entre nosotros está, que más mal no digais del amor en mi presencia, porque no será en mí sufrirlo; solamente, si mi vida quereis, me dad algun medio para que la amorosa pasion que me atormenta, del todo no me consuma, disminuyendo la pena á mi trabajosa vida.
_Selv._ Por verdad que no me faltaban evidentes razones para del todo confundir las vuestras si no mirase vuestro expreso mandamiento, y que todavía, si vos razonais en favor del amor casto y honesto, no tengo yo por qué vituperalle, por ser en sí loable y bueno. Mas, si esto es así, no sé cómo pedís remedio á vuestra pena, puniéndola tal nombre, salvo si es alguno de los que vuestro maestro Ovidio y otros tales han instituido; en lo cual, porque creais que en todo hago vuestro ruego, no dexaré de señalar algunos á vuestra pasion más convenibles; es pues uno de ellos, que todo amador debe, como capital enemigo, huir la ociosidad, poniéndose en arduos y grandes negocios, con que poco á poco pierdan la memoria de lo que aman. Asimismo leer libros sanctos y buenos, darse á los estudios, usar la caça, ya con canes, ya con volatería, porque estando el cuerpo cansado el dia en semejantes cosas, la noche en dormir gastará sin de más tener memoria. Tambien dicen ser cosa provechosa partirse á otras tierras, desviarse de su vista en quanto ser pueda, pues vemos claramente por experiencia, que miéntras más léxos se hallan del fuego, más seguridad se tiene dél. Tambien es provechoso abstenerse del vino y manjares espléndidos, macerando el cuerpo con ayunos y abstinencias, con que mucho se refrena y resiste la luxuria. Eso mismo, quando se sintieron muy penados, deben de tomar pláticas con otras mujeres, mas no de tal manera que por huir de un peligro caigan en otro mayor. Deben tambien procurar de despedir de sí todas las señales de enamorado, porque de lo fingido suelen venir á lo verdadero. Dicen tambien ser cosa provechosa no estar mucho tiempo empleados en un cabo, porque el árbol de dos dias puesto, más fácil se destruye que el de muchos años. Debe tambien el que desea ser libre de esta pasion desechar de sí á los tales como él que cumplieron sus deseos. Asimismo deben huir la compañía do hay copia de mujeres, y sobre todo no las ver bailar ó tañer, porque entónces tienen la propiedad del basilisco; despues, si acaso la dexáre, debe no tener memoria de los pasatiempos y placeres que con ella tuvo, que es cierto la recaida peor que la caida. Dice despues desto el mismo Ovidio, alguno dirá estos preceptos ser duros y no de sufrir, pero ha de mirar que ninguna cosa grande costó poco, y que quien algo quiere, algo ha de hacer; porque muchas veces vemos al enfermo tomar cosas muy agras y malas, y que lo que pide no se lo dan, y que le constriñen á que tome lo que no querria por ventura ver, y todo lo sufre por ser sano; por lo mismo consiente barrenar su cuerpo con hierros abrasados y otras cosas semejantes. Otro remedio cuenta para el amor el magnífico caballero Pero Mexía en su _Silva_, con el cual sanó Faustina, mujer de Marco Aurelio; la cual, como excesivamente amase á un esgrimidor de los que hacian los regocijos públicos, y viéndose en peligro de muerte, por esta causa los médicos mandaron matar y quemar al esgrimidor, y los polvos bebidos en vino por Faustina, fué libre de su amor inhonesto; él mismo da otro remedio, á mi ver el más provechoso que se puede hallar, el qual es que quando uno está de amor muy penado, que le casen y junten con quien ama y ansí será libre. Vos, mi buen señor, mirad si alguno destos os hacen al caso, y luégo por obra se ponga: catad que con la brevedad podria haber remedio en lo que de otra manera sería escusado. Asimismo os suplico que me digais qué sentís de mis palabras, y si os he con ellas dado la pena que en mi porfía verdadera poco há recebistes.
_Fler._ Son tan diversas vuestras razones, señor Selvago, que bien en ellas se muestra lo mucho que de mi propósito estais ajeno, porque si muy bien mis palabras entendiérades el trabaxo que con tan larga plática habeis rescebido, fuera escusado; mas porque del todo no creais que habeis dado palabras al viento, sabed que el remedio postrimero que señalastes, ó la muerte, lo puede ser de mi pena, que en lo demas no os pido yo cómo del amor fuese apartado, que, como otra vez he dicho, tendrie por mejor la muerte, sino manera alguna para en él largo tiempo permanecer.
_Selv._ Tampoco yo quiero que penseis, señor Flerinardo, que por falta de inteligencia repliqué no á vuestro propósito, porque sabed que todavía por veros fuera de semejante pena (aunque más gloria por vos sea llamada), os truxe á la memoria la doctrina de Nason, deseando que, siendo de vos seguida, saliésedes de la tenebregura y oscuridad en que puesto estais, porque claramente pudiésedes ver la diferencia, que de mis buenos consejos á vuestras escusas no justas se señala. Mas, pues tan duro y tenaz en vuestro propósito os mostrais, y veo ser por demas la citola en el molino si el molinero es sordo, no con poca pena habré de seguir vuestra voluntad, poniendo por obra vuestro querer. Una cosa os pido eficazmente, que me señalés quién ansí fué bastante tan repentinamente á subjetar vuestro corazon nunca domado, para del todo ver si la tal pena con razon sustentais.
_Fler._ Pláceme, señor, en que os he convencido á lo que tanto deseaba, y por el auxilio que me prometeis, os doy soberanas gracias, quedando en deuda para quando en semejante negocio esteis puesto.
_Selv._ En otra cosa me lo podeis pagar si algo fuere, que en eso á buen seguro estoy de no os haber menester. Y porque veais en qué lo estimo, os prometo que tomarie quantos juros y rentas me trujesen pagados á cien mil el millar para quando fueseis enamorado y yo fiador, que no se cumpliese tan presto el término como el del otro que mercó el sayo de seda en Granada por gran precio, pagando un real por cada azotado que sacase la justicia hasta que la postura se cumpliese. Mas dexado agora esto, decidme ya, si querés, quién la señora sea, que lo deseo en estremo saber.
_Fler._ Primero os quiero traer á la memoria una historia antigua para que más asegurado satisfaga á vuestra peticion. Sabed, pues, que, como recita Bocacio y ántes dél Valerio, Candaulo, rey de los lidos, demostrando su mujer, que muy hermosa dama era, á un gran amigo suyo llamado Gigés por habérselo rogado mucho, vino que aquel Gigés, muy enamorado de su hermosura, buscó manera para cumplir sus deseos, y viendo ser imposible en vida del Rey, le mató alevosamente, y siendo él poderoso señor, alcanzó lo que tanto deseaba juntamente con el reino. Bien veo ser esto para con vos escusado, mas, porque es de sabios prevenir con tiempo á lo que acaescer puede, lo digo. La señora que de sola su vista me captivó, sabed que quién sea áun yo lo ignoro por causa que lugar para sabello me faltó; mas di el cuidado desto á mi criado Escalion, que acaso comigo entónces, como suelo, lo llevaba, y como él sea un hombre que en este caso ó para una quistion, en el reino dubdo que se halle otro tal, muy confiado en su buena industria, por no dar causa de sospecha á los que pasasen, á mi posada me vine, dexándole á él allá, donde no ha vuelto.
_Selv._ Pues así es, envia un paje á saber en qué se detiene, y sea Risdeño mi enano, que muy entendido en cualquier cosa le hallo.
_Fler._ Muy bien me parece; hacedle venir aquí.
_Selv._ Risdeño, Risdeño.
_Risdeño._ Señor.
_Selv._ Mira dó te manda que vayas el señor Flerinardo.
_Risd._ ¿Es para matar á álguien, por ventura? sea, que mi buena disposicion á más que eso me convida.
_Fler._ Vén acá, amigo Risdeño; tú has de ir por el monesterio de la Trinidad y adelante, á do este dia estuvo el que volteó en la maroma, mira acaso si ves á mi criado Escalion por allí, y dirásle que mucho espacio es el suyo para en la priesa que estoy puesto.
_Risd._ No más, señor, que yo se lo diré, y si fuese necesario le daré una fraterna; que sin dubda en algun bodegon con alguna dama quintañona se debe haber detenido, como suele.
_Fler._ Anda, que no es de los que piensas; mas escusado es, que ves, allí viene.
_Risd._ ¡Oh hi de puta, y qué color trae el gentil odre; parece que entró á matar el fuego de Sant Francisco, segun viene de sudando y tiznado! ¿Qué es esto, Escalion? ¿habeis andado á moxinetes y más ruin sois vos con alguna legion de sartenes ó calderas, que por cierto que pareceis poco ménos que moharrache con vuestra cara de membrillo asado en horno de pastelero?
_Escalion._ Ea, peonzuelo de axedres, calla, que por el terrible baladro de Merlin hé de os dar un puntapié por esos vientos, que cuando acordeis á caer no valga el real de á cuatro en el reino.
_Selv._ Tente, Escalion, ¿no ves que es mi criado?
_Esc._ ¡Oh pesar de la gruta de Hércules! ¿y no mirais las afrentas que en la cara me ha dicho el ratoncillo de monja, que juro por el acerado mazafrusto de Sócrates, por ménos que esto suelo yo poblar un nuevo ciminterio, y dar un mes qué hacer á todos los clérigos de un arzobispado?
_Fler._ No haya más, Escalion, que bien se ve lo que tú vales; mas dime, yo te ruego, lo que concluido dexas, y si conociste á la causadora de mi pena.
_Esc._ ¡Oh pesar de las que en la cara tengo y tal decis! pues ¿era yo por ventura algun niño, que una no nada que me mandábades, no habia de cumplir? Sabed que supe quién eran sus padres y cómo la doncella se llama, y antejuro por la fantasma de la reorpada de una su familiar, que no poco obligada á mi servicio queda.
_Fler._ Dime ya ¡oh! por tu fe, mi buen amigo Escalion, lo que tanto deseo, en dos palabras; no uses de tantas circunferencias con quien la soga en la garganta la nueva está esperando.
_Esc._ Pues así lo quieres, así sea: sabrás que como de tí me aparté, yo me lancé en su posada de un vuelo, y sin haber quien cuenta me pidiese, yo me voy en la cocina, donde aguardando tiempo, detras de una artesa un rato estuve escondido.
_Risd._ ¡Oh, cómo miente el panfarronazo; y aquí el quarto viene todo tiznado, y dice que estuvo tras una artesa!
_Esc._ Landrezuela, ¿áun no querés callar? ¿qué estais murmurando entre dientes?
_Fler._ Déxale, hermano: prosigue en tu plática.
_Esc._ Pues sabréis, señor, que no mucho despues que allí entré, vino á la cocina una dueña honrada, con quien yo otro tiempo tuve conocimiento, que, como yo la vi, salgo á raso, donde despues de muchas pláticas la pregunto quién allí vivie, y quién era una hermosa doncella que á la fenestra que salie á la plazuela habrie una hora estaba en ella puesta; entónces con muy buena voluntad me respondió que la casa era de Polibio.
_Selv._ Ya, ya, ya, no más, por vida de todo el mundo, señor Flerinardo, que sois enamorado de Isabela, hija del mismo Polibio, que mi hermana Rosiana muchas veces me ha dicho que es la más gentil dama de este pueblo, con quien ella tiene mucha conversacion y amistad.
_Esc._ Voto á rus, bien se ha ordenado, que juro á mi vida sólo pude saber que vive allí Polibio, y lo demas era compuesto.
_Fler._ ¿Qué es lo que estás diciendo contigo, Escalion?
_Esc._ Digo, señor, que así es como el señor Selvago dice.
_Selv._ Pues más os hago saber que tiene muy gran patrimonio para ella, que otro hermano que tiene de muy niño con un tio suyo que le prohijó fué en unas naos á cierta provincia de la Nueva España, donde iba por Gobernador, y nunca del uno ni del otro hasta hoy se supo; mas de su mucho recogimiento, os hago saber que, segun de mi hermana sé, es muy grande, por lo qual este negocio pongo en grandísima dubda.
_Fler._ ¡Oh alto y poderoso Dios, cómo son grandes tus maravillas! que yo deseaba en estremo esta nueva, pensando que algun descanso en mi afligido corazon pondria, y á lo que veo ha ser para mi mayor tormento, sabiendo del soberano valor de mi seráfica dea, de mucha castidad adornado, y mi baxo merecimiento de inmensas pasiones esmaltado: ¡ay de mí sin mí! pues lo soy de quien teniéndome en sí convertido, memoria de mí ninguna tiene, ni en mí poder se halla, por su crescido merescimiento, para que mi trabajosa fatiga manifestada le sea.
_Risd._ Señor Flerinardo, por el amor que mi señor os tiene haré por vos lo que por otro que él no hiciera, esto es, que yo voy algunas veces con recaudos de mi señora Rosiana para ella, yo os manifestaré la primera vez que haga este camino, y podréis comigo envialla á decir vuestro propósito, que yo me profiero, atento á lo ya dicho, de por obra ponello, y esto ha de ser con que hagais á Escalion alguna afrenta ó le nalgueis bien, porque me quiso denántes tragar, y me llamó peon de axedres, raton de monja y otras mil sabandijas; sino de otra manera será escusado.
_Selv._ Juro de verdad que mi Risdeño ha dado el mejor camino que en esto puede haber; no resta sino que así se determine, que yo seré en que presto se haga.
_Fler._ Tan usado soy toda mi vida á sufrir desventuras, que dubdo si soy yo á quien tanto bien se le concede; á vos, señor Selvago, doy las gracias por las mercedes que sin yo merecello de contino me haceis, y á tí, hermano Risdeño, prometo que de mí no vayas descontento.
_Risd._ No quiero otra cosa sino lo que he dicho.
_Selv._ Por mi fe, Risdeño, que la afrenta que le harán ha de ser hacelle amigo tuyo.
_Risd._ Amigo sea él de Barrabás, que mio no por agora.
_Selv._ Cierto que lo has de hacer.
_Fler._ Ea, Risdeño, haced lo que vuestro señor os manda y yo mucho os ruego.
_Risd._ Agora, pues todos me lo rogais, sea, con tal condicion que me pida perdon de lo pasado.
_Fler._ Cumple con él, Escalion, por tu fe, que bien sabes lo que en ello me va.
_Esc._ Áun él piensa que lo tiene todo acabado.
_Fler._ Dexa eso, haz lo que te digo, que ninguna honra pierdes.
_Esc._ Quiero pues: señor Risdeño, yo os pido perdon de las descortesías que os dixe.
_Risd._ Levantaos, hijo, Dios os dexe lograr.
_Esc._ Hi, hi, hi, gracioso está por mi vida, y la mano me da que le bese; quita, Risdeño, que eso no quedó en la postura.
_Risd._ Anda, que bien la puedes besar, que una vez llevé el acetre al cura quando un domingo echaba agua bendita, y áun os promete que esta mano os vengue de quien os enojáre.
_Selv._ ¿Estás ya contento, Risdeño?
_Risd._ Sí, y muy pagado.
_Selv._ Alto pues, bien será que yo me vaya á mi posada, que se hace hora de acostar; por la mañana nos juntarémos en la iglesia, señor Flerinardo, y darémos una vuelta cabalgando por esa calle, que gran deseo tengo de á vuestra señora ver, por las nuevas que della tengo.
_Fler._ Si poder para salir fuera tuviere, así se hará.
_Selv._ Haceos al trabajo, que no es tiempo de regalo, y á Dios quedeis.
_Fler._ Con él vais, mi señor.
_Risd._ ¿No me hablais, amigo Escalion, que me voy?
_Esc._ San Cristóbal os acompañe, gentil hombre.
_Risd._ El pajecito de Sant Bartolomé con vos quede.
CENA SEGUNDA DEL PRIMER ACTO.
En que Velmonte, criado de Flerinardo, dice á Escalion, compañero suyo y gran panfarron, que le acompañe esa noche en un concierto que con una moza tinie, donde no pudiendo con razones excusarse, acuerdan los dos de llevar en su compañía tres criados de Selvago. Lo que así acordado, habiendo dado algunas músicas, y topado un alguacil que los puso en alboroto, á sus posadas tornan á dormir. Introdúcense:
VELMONTE. — ESCALION. — SAGREDO. — RUBINO. — CARDUEL. — RISDEÑO. — ALPINA. — ALGUACIL. — MOZA.
_Velmonte._ Haréisme merced, señor Escalion, por otra tal, que me guardeis el cuerpo esta noche, porque tengo de hablar á cierta moza; que ya sabeis que obras son veces, y que qual por mí tal por tí, y que aunque uno sea rey, á veces ha menester á un rústico labrador; dígolo porque, aunque yo para con vos sea muy poco, algun dia me habréis menester. Y tambien, si teneis memoria, habréis oido decir que la una mano lava la otra, y las dos al rostro, lo cual significa que los que de una comunidad son, en el tiempo necesario se han de favorecer.
_Escalion._ ¡Oh señor Velmonte, y qué mal viaje sería el nuestro de esa manera! No esteis en que más seguro iréis solo que en mi compañía, que yo juro por la metafísica de Aristótiles, el menor de toda la ciudad no sabria mi salida quando en el camino nos pusiesen treinta celadas de parientes y amigos de hombres que yo he privado de la vida; pues viéndose mi vigoroso brazo en tal aprieto, ¿qué ha de hacer sino despedazar dos ó tres docenas dellos, de do se siga alguna revuelta, que fuera mejor habernos estado en casa? De mí, que diga que no, todavía me pesa enviar tantas ánimas de fieles al purgatorio: demas desto, mi confesor otra cosa no me encarga sino que tenga conciencia de los huérfanos y viudas que por mi causa padecen gran laceria en toda Europa.
_Velm._ Para eso buen remedio: no se dé quenta de nuestra salida, y así no habrá lugar lo que decis.
_Esc._ ¡Oh qué donoso caso! Por el santo martilojo de peapá, el diablo se trasformaria en alguna persona y lo manifestaria, quando otro faltase, por el provecho que dello le podrie venir. Mas mejor será, pues todavía estais en que hagamos este camino, que fuésemos sin espadas, porque no haya, aunque se ofrezca, causa en algun rompimiento.
_Velm._ Tan de culpar es por cierto dar cinco de corto como de muy largo, que desa manera en manifiesto peligro nos pondriamos, especialmente en semejante negocio; de mi parte os digo que mi espada de noche me es buena compañera, la qual en ningun tiempo dexaré.
_Esc._ Pues que así os parece, hágase otra cosa que se me representa acertada, la qual es que nos vamos por la posada de Selvago, y llevarémos los dos criados con Carduel, su paje, que llevando su guitarra, miéntras vos hablais con la dama, no sonará mal un chistecico de aquel rapaz, que, segun he sabido, canta maravillosamente.
_Velm._ ¿Pues y los dos criados á qué han de ir allá, que es dañoso tanta gente en tal caso?
_Esc._ Andá, que todos somos amigos, y miéntras más moros más ganancia, quanto más que serán menester para que me tengan á que no haga tajadas á todos los que pasaren, que vos y el paje érades poco para mis grandes fuerzas.
_Velm._ No me medre Dios si éste no es un gran panfarron cobarde, que porque no le asienten el guante, si tiene algun enemigo, pone tantas escusas.
_Esc._ ¿Qué dices, Velmonte, que no te entiendo?
_Velm._ Digo que sea como te parece.
_Esc._ Alto, pues, vamos luégo.
_Velm._ Pues toma tu espada, y mira si quieres una rodela, que allí están dos.
_Esc._ No quiero sino el espada, que ella y la capa harán lo que convenga.
_Velm._ Alto, pues, sin detenernos vamos fuera.
_Esc._ Con pié derecho, que el corazon me da que tengo de rebanar alguno ántes que á la posada vuelva.
_Velm._ Por aquí, por San Cristóbal, echemos, que es el mejor camino.
_Esc._ Sea por do quisiéredes; mas, decid, ¿quién son los que están á la puerta?
_Velm._ Vuelve, vuelve, no huygas, Escalion, que no es sino Risdeño el enano, que toma aire á la puerta.
_Esc._ ¡Oh pesar del terrible Nembroth, que así has de afrentar la persona, como si fuese quien quiera, diciendo que huyese! Va la persona á ponerse á la calleja por asegurar sus espaldas pensando que tiene los enemigos á ojo, y ultrájasme dese modo.
_Velm._ Perdóname, que pensé que por otra causa lo hicieses.
_Esc._ Bueno está el pensé, por vida de mi agüela la tuerta; pues dime agora, ¿por un pensamiento que tenga has de lastimar la honra de un hombre como yo? reniego de los huesos de Brumandilon, mi padre, si una cuchillada en la cara no sufriera mejor que tal ultraje; cómo, ¿y hombre soy yo que tengo de huir?
_Velm._ Acaba ya, que pues te pido perdon y conozco mi yerro, no soy á más obligado; mira que ya vienen aquí los criados de Selvago, Rubino y Sagredo, que nos deben haber conoscido; no se les diga lo pasado, que sé que me culparán, porque te conocen bien.
_Esc._ Destos he yo menester, que de presto los torno bobos haciendo del cobarde esforzado.