Comedia llamada Selvagia, Comedia Serafina

Part 10

Chapter 104,147 wordsPublic domain

_Isab._ ¿No ves qué recia va por el escalera abaxo? Cierto que con engaño lo fingie, que en viéndote salir, y la puerta abierta, luégo se levantó más recia que un quadrillo.

_Cec._ Así me parece, mas no la arriendo la ganancia desta tarde; y si bien le supo, tórnese al regosto.

CENA CUARTA DEL TERCERO ACTO.

En que Isabela, leida la carta que la vieja dexó, y entendiendo enteramente el caso, mucho su celeridad y poco miramiento incusa; Cecilia le da muchos consuelos; en fin de pláticas va á llamar á Valera para que entienda en las amistades de Dolosina con ellas. Introdúcense:

ISABELA. — CECILIA.

_Isab._ Agora ¿consideras, Cecilia, quantos engaños y traiciones hay por el mundo? ¿Quién pensára tal, que esta mala vieja, con sus fingidas santidades y palabras dulces, vinia á contaminar el homenaje de mi limpieza?

_Cec._ Cierto, señora, que no debia ser esperta en las armas; pues viniendo á dar combate á fortaleza, venía sin amparo de capacete para las piedras y petrechos que los cercados habian de soltar en su defensa.

_Isab._ ¿No viste cómo se hizo muerta como raposa apaleada?

_Cec._ Si vi, mas poco le prestó, que si mi espada no hiciera muestras de se quebrar, no cesára aún por su industria la batalla.

_Isab._ Agora bien, vaya á la mala ventura, que por el necio atrevido de quien la envió, no faltaré al amor que á Selvago tengo; pues por sus razones este dia pasado claramente conocí no vivir engañada.

_Cec._ ¡Ce, señora, qué digo yo! ¿No ves la carta que traia la falsaria á par de la puerta?

_Isab._ Por tu fe, Cecilia, que la hagas pedazos, que me parece ofender á Selvago lo contrario haciendo.

_Cec._ Por mi salud, señora, que tal no sea, sino que hemos de saber en qué mundo vivimos, y reir un poco con sus necedades, pues se puede hacer tan á nuestro salvo.

_Isab._ Haz tú lo que por bien tuvieres, mas yo lavo en ello mis manos; mas mira á todo esto no sea recepta de purga, como dixo la vieja, y te quedes soplando las manos, tu gozo en el pozo, con la miel en los labios.

_Cec._ Anda, señora, que no es noramaza, que toda la sangre de alteracion se me habia ido á la servilla: mas oye si te parece, pues á tí viene dirigida, y si algun paso lamentable en ella vieres, mira que con lágrimas y sospiros le solenices, porque así conviene, y es precepto en la ley de bien amar.

_Isab._ Anda en mal hora, ó la rompe, ó acaba ya.

_Cec._ Agora oye:

_Carta._

«Si fuerza en la mia hubiese para la que de tu parte me viene, seráfica dea, en alguna manera relatar, no sólo mi rabiosa fatiga en ello recibiria contento, mas á tu grande piedad y benivolencia, acerca de ella, mostrarie en alguna manera su sér; mas ¡ay de mí! que ni la pena que por tí padezco consiente, por ser tal, en papel ser esculpida, ni ya que lo fuese de tí, ni de ninguno de los mortales por lo mesmo le serie dado crédito, porque todas quantas veces el radiante Febo, su lucida corona del Oriente en nuestra Europa nos demuestra, en fénix convertido, en fuegos por mí mismo fabricados, soy deshecho, tornando en el instante á renacer; porque la pena siendo perdurable, infinito sea su tormento. No dexo de recebir, mi dea, algun pequeño consuelo por tan á la clara haberte mi propósito declarado, aunque por otra parte considerando la cruda respuesta, por ser ninguna, que por tí me fué dada, en más y mayor descontento es convertido; de donde una tal desesperacion á mis sentidos se demuestra, que la vida tienen por pena, y la muerte les sería muy agradable vida, la que, último y postrer medio de descanso en mi trabajosa cuita deseo que fuese, y sin duda será, si tú, mi preclara dea, no truxeres el saludable letuario de tu soberana gracia al en tí convertido Selvago, y por tí crudamente de la vida excluido.»

_Isab._ ¡Ay de mí! la más sin ventura doncella de las nacidas, y ¿qué oigo? ¿Y es verdad que de parte de mi Selvago me viene este mensaje? Muestra, muestra, Cecilia, ese bienaventurado papel, aunque en muy fortunado tiempo llegado, seré en ello bien certificada para que la pena, que tan bien he merecido en dar tal pago á quien tanto bien me traia, en mí execute.

_Cec._ Mira, señora, que no me parecen bien los extremos que muestras, pues más con razon habias de tomar gozo con tal acaescimiento, que por él demostrar tanta tristeza.

_Isab._ ¡Ay desventurada yo, que áun esto es poco, pues tan desaconsejada he sido con quien toda mi gloria en su poder tiene! dime tú, ¿no ves quánta razon tengo para salir de sentido, pues por mi poco saber, no ménos que de mi muerte he sido causa, si Selvago de lo que con su mensajero pase es sabidor? pues es cierto que de hoy más de mí no tendrá cura, habiendo una vez á él y otra á su carta con tanta esquiveza tratado.

_Cec._ Señora Isabela, ántes en eso vives engañada, porque la condicion de los hombres es tal, que aquello que les es negado con mayor eficacia procuran, y lo que fácilmente les conceden, muy presto dellos es olvidado; quanto más que siendo, como es, Selvago bien entendido, sabiendo el caso por entero, ántes por él te dará gracias, que, como dices, se apartará de su propósito, porque si tú apaciblemente á la vieja y su mensaje recibieras ignorando la parte, no sólo de liviana fueras ultrajada, mas áun de inconstante amadora adquirieras renombre; pues la fe á su verdadero amor debida, recibiendo mensaje ignorando ser suyo, del todo era falsada.

_Isab._ Por verdad, hermana Cecilia, gran consolacion y deleite de tus palabras me viene, que sin ellas fuera imposible remediar mi vida; mas pídote por el amor y fidelidad que me eres deudora, pues en lo uno tan bien has razonado, que en lo que de aquí resulta me aconsejes, para que si algo por mi ignorancia se ha perdido, con tu mucha discrecion se recupere, y yo, del crudo tormento que padezco, algun remedio reciba.

_Cec._ No dexo de conocer, mi señora, ser gran presuncion la mia en ponerse á dar parecer á quien á mí y á muchos otros le puede dar, mas porque no parezca que tu mandamiento recuso, cumpliré lo que por tí me es mandado; digo, pues, que, sin más detenimiento, á tu ama Valera mandes llamar, la qual venida, ella dará algun medio como te reconcilies con aquesta vieja que con el mensaje aquí vino, que yo sé que las dos tienen en sí gran amistad; porque, si no me engaño, aunque con hábito de mendicante venía disfrazada, es Dolosina, la famosa alcagüeta, que tales ensayos hace para más á su salvo ordenar sus tratos.

_Isab._ Bien me parece, Cecilia, lo que has dicho; por tanto, por mi amor, que tú recibas el trabajo en llegarte á su posada á la llamar.

_Cec._ Señora, en todo cumpliré tu mandamiento; por tanto á Dios quedes, que yo voy.

_Isab._ Por tu fe, Cecilia, que no tardes, y vé en buen hora.

CENA PRIMERA DEL QUARTO ACTO.

En que Dolosina, medrosa por lo pasado, encuentra con Valera; cuéntanse las dos sus negocios, muy alegres por lo que la una de la otra colige. Dolosina la encarga que recaude una carta de Isabela para Selvago, y con este acuerdo se despiden. Introdúcense:

DOLOSINA. — VALERA.

_Dol._ Alivia tus piés, Dolosina, que áun todavía estás en la tierra de tus enemigos, no tengan alguna celada encubierta ó vengan en el alcance caballeros corredores que nos quiten el despojo y quede la vida de las pihuelas; quiero echar por esta calleja hácia Sant Roman, que me parece encubierta, en que me podré librar, si tras de mí vinieren; ya no hay peligro, que léxos estoy, quiero reiterar lo que por mí ha pasado, pues, como dicen, en salvo está el que repica; por mi vida, que puedo hacer cuenta que hoy nací, pues de tan eminente peligro fuí librada, con razon se podria de mí decir, atrevióse morilla y comiéronla lobos; válame Dios, y que fortaleza y sagacidad de doncella; sin duda que pasé por ello y no lo puedo creer viendo una mochacha áun, como dicen, con la leche en los labios, y que tan fácilmente á la vieja y astuta Dolosina engañase, haciéndole sacar el hijo del cuerpo y decir duro y maduro, y despues, sin podello negar, en porte del mensaje, darme tal trato ella y la otra rapaza de su criada, aunque, por mi vejez, si no fuera por el lugar ser peligroso, que todos nos entendiéramos á coplas; mas pase, que yo fiadora de tomar la venganza á mi propósito, mujer es y fermosa, mal me andarán las manos, pues allá dexé la carta, si no la hago caer en el garlito, aunque más haga de la grave y generosa. Mas ¿qué digo yo? ¿y cómo podrá ser esto quando mis sagaces razones para con ella tan poco aprovecharon? cierto que será trabajoso caso de vencer su fortaleza, que es á la verdad muy entendida, y al parecer muy casta por extremo; por mi salud, que si de su manera fuesen todas las mujeres de nuestro tiempo, que mala ganancia harian las de mi oficio, mas loores á Dios que no son todas así. Mas ¿qué digo yo? ¿es Valera la que allí viene? Cierto, ella es, quiérome atapar y pasarme de largo, no me conozca con el hábito que llevo; mas escusado es, que ya me ha conocido.

_Val._ ¿Qué es esto, señora Dolosina? ¿qué hábito es éste? por ventura es negocio de importancia, pues así las armas habeis cambiado.

_Dol._ Así es, hermana, como decis; mas ¿dónde guiais vuestro camino tan de prisa, que me parece que vais á ganar beneficio?

_Val._ Ántes ando en os hurtar el oficio.

_Dol._ ¿Cómo así?

_Val._ Como que tengo para vista del proceso cincuenta piezas de oro en mi casa.

_Dol._ ¿Quién es la parte?

_Val._ Es secreto.

_Dol._ Por mí no lo dexará de ser.

_Val._ Mi hija de leche, Isabela.

_Dol._ ¡Santo Dios, y qué oigo! pues decidme, hermana Valera, así hayais buena postrimería ¿quién es el galan?

_Val._ Selvago, si le conoces, se nombra.

_Dol._ ¿Es sueño lo que oigo? agora, pues, las partes me habeis dicho, decidme lo que pasa, que de vuestro provecho no me puede á mí pesar.

_Val._ Esa confianza tengo yo de vos, y por tanto os lo quiero decir. Habeis de saber que Isabela muere por este caballero, y descubriéndome á mí su secreto, le prometí que con un conjuro que en un su ceñidor pondria, la primera vez que mirase á Selvago le haria venir en su propósito; en fin de razones, ella me cargó de cosas de precio, que dixe ser apropiadas al conjuro, el qual le embié con una su criada, y yo voy agora con la priesa que veis, á ver lo que ha pasado.

_Dol._ Maravillas me habeis dicho; mas hágoos saber que yo ando en un negocio del mesmo Selvago con el hábito que veis.

_Val._ ¡Ay desventurada yo, y qué oigo!

_Dol._ Ántes bienaventurada, y comigo juntamente; que sabed que muere por Isabela.

_Val._ ¡Oh mi buena hermana! ¿y es verdad lo que decis?

_Dol._ Sí por cierto.

_Val._ Agora os quiero abrazar, que sin duda me habeis dado la vida, y si os parece, pues bien á nuestro salvo lo podemos hacer, vos á Selvago por una parte, y yo por otra á Isabela, hagámosles que compren caro el placer que esperan gozar.

_Dol._ En mi corazon estais, así sea; mas hágoos saber que he hoy con Isabela estado, que iba por le dar una carta, y siendo en su presencia, poco me valieron mis astucias á que no barruntase á lo que iba, y ella y una su criada me dieron un trato de cuerda con sus almohadillas en que labran, que pensé perder la vida; mas libréme dellas huyendo dexándoles en un rincon la carca.

_Val._ ¿Dijístesle de parte de quién íbades?

_Dol._ No hubo lugar.

_Val._ Pues en eso estuvo el error; mas, pues ya pasó y no puede dexar de ser, íos á vuestra casa, que yo quiero llegarme allá, y con lo que negociáre, á vos acudiré.

_Dol._ Bien me parece eso; mas debes de procurar que ella le escriba una carta, en que lo mande que esta noche á la hablar por alguna secreta parte se llegue, que si ella le ama, como decis, fácil será de alcanzar, y si así fuese, á mí darés provecho y á vos no vendrá daño.

_Val._ Bien, estoy en eso, mas todavía fuera mejor alargarles la cura para que alargáran la paga á nosotras.

_Dol._ No se pierde cosa en que se haga lo que tengo dicho, por tanto concluye de presto, y con la carta, si ser puede, irés luégo á mi posada.

_Val._ Alto, pues ansí os parece, ansí sea; no me quiero detener, id con Dios.

_Dol._ Él os guie, hermana Valera; ¿qué te parece, Dolosina, de los tratos y mudanzas de este mundo? ¡quán presto perdido y quán presto ganado! ¡quán poco há estaba la más afligida del mundo, apaleada, habiendo tan mal negociado, y agora alegre y regocijada! y con razon, pues las albricias que dello espero, no las trocaria por cien piezas de oro; quiera Dios que no se abuchorne la venida de Valera, que si así no es, por ciertas las tengo; agora bien, ya veo mi puerta, quiero entrar y reposar un poco, que el tiempo dirá lo que ha de ser.

CENA SEGUNDA DEL QUARTO ACTO.

En que Cecilia encuentra en el camino con Valera, y dándole el recaudo de su señora, va con ella á la ver, donde acaba que una carta para Selvago escriba en que le manda que esa noche por la fenestra de su aposento venga á la hablar. Hecho esto, Isabela da largas mercedes á Valera, ansimesmo una rica sortija para Dolosina, en seña que las amistades sean firmes; despues de lo qual, Valera va con este recaudo á Dolosina. Introdúcense:

VALERA. — CECILIA. — ISABELA. — DOLOSINA. — LELIA.

_Val._ ¿Es la que allí viene Cecilia? ella es sin duda; ¿y adónde endereza tan de priesa su camino? quiérola llamar, que, segun va de cuidadosa, no me ha visto. Cecilia, Cecilia.

_Cec._ ¡Oh madre! por mi vida, que te iba á buscar, que mi señora Isabela te ha necesidad.

_Val._ Alto, pues, hija, vamos quando quisieres, aunque se pierda otro negocio bien importante que agora tenía.

_Cec._ Así cumple, madre, porque mucho eres menester.

_Val._ ¿Tiene otra nueva enfermedad, ó siéntese fatigada con la llaga antigua?

_Cec._ Algo deso no puede faltar; mas agora vamos á la posada, que della serás satisfecha en tu pregunta; ya parece la puerta, entra presto, madre, que ya mi señora nos ha visto y nos llama.

_Val._ ¡Oh mi perla de oro y mi señora! ¿no me decis si os hallais más sosegada con la operacion del conjuro? que, por mi salud, bien segura estoy que os fué provechoso, por lo mucho que á mí de mi parte me costó.

_Isab._ Madre señora, si lo que por mí has hecho te hobiese de pagar por entero y como tú mereces, muy más grande habia de ser mi valor y posibilidad; porque te certifico que fué grande la operacion de tu obra, que, como tú ántes me denunciaste, así como me vido fué preso de mi amor, y por palabra me lo demostró, de que yo soberanamente me gozaba si la fortuna, enemiga de todo placer ajeno, no lo hobiera hoy trabucado; ca sabe que una dueña en hábitos de mendicante me vino con una carta suya, mas yo, ignorante que dél fuese, no sólo de palabra, mas de obra, yo, y juntamente comigo, Cecilia, mi doncella, la tratamos muy mal, hasta tanto que de las manos se nos fué dexándose la carta en el suelo, por la qual he sabido todo el caso, de que estoy la más afligida y atribulada mujer del mundo, con temor que si de Selvago es sabido, viendo mi esquiveza, no haga mudamiento, que causaria que mi vida otro tanto hiciese.

_Val._ Mi buena hija, sabe que ya lo tengo todo eso remediado.

_Isab._ ¡Oh mi buena madre! ¿y cómo has hecho tanto bien?

_Val._ Yo os diré: poco ántes que con Cecilia, que por vuestro mandado á me buscar iba, encontrase, estuve con esa vieja que decis, que muy íntima amiga mia se muestra, que siéndole por mí preguntado la celeridad y estrañeza de su vestido, como entre nosotras ninguna cosa haya secreta, por entero me lo declaró; y yo como vuestro corazon tanto entendiese, viendo el mal que se puede seguir, porque lo que con vos pasó no manifestase á Selvago, le prometí de vuestra parte la respuesta de la carta, y ansí mesmo que esta noche con vuestra licencia os podria hablar, por algun lugar secreto, lo que ella os vinie á decir junto con os traer la carta; y si yo lo prometí, no se os debe hacer grave, pues mayor mal fuera si á Selvago le fuera descubierta la manera que en recebir su mensaje se tuvo.

_Isab._ ¡Ay amiga! Como por un cabo me has de cruda muerte hecho libre, y por otro me das á pasar gran afrenta; que puesto caso que de corazon á Selvago ame, no tampoco quisiera darle ansí tan abiertamente mi libertad en conceder lo que por mí prometiste.

_Val._ Señora hija, si bien miras en ello, no es tan grande el favor, si se le concede, como vos le pintais, que de hablallo de una fenestra á vuestra honra ningun peligro se sigue.

_Isab._ Bien está, madre, lo que dices, mas debaxo esa hoja hay otra, que quien para en eso le concede lugar, es causa á que en lo demas le dé posesion; que será tan escusado como lo que más lo puede ser, si vínculo de matrimonio no se pone de por medio.

_Val._ Mi señora, así se lo podés declarar, y qual el tiempo tal el tiento; que si conforme á vuestro propósito respondiere, haréis lo que por mejor y más honesto tuviéredes, y si no, podréisle vos de su propósito desengañar, aunque para mí tengo que no será él tan desmesurado, viendo que ántes gana que pierde en el negocio.

_Isab._ Hermana Cecilia, ¿qué dices tú en esto?

_Cec._ Digo, señora, que lo que se ha de hacer tarde que se haga temprano no es mucho.

_Isab._ Pues dame papel y tinta, que más quiero por el consejo de vosotras errar, que por el mio acertar en el caso.

_Cec._ Ves aquí, señora.

_Isab._ Por tu fe, Cecilia, que miéntras yo escribo saques algunas conservas aquí á mi madre, en que entienda.

_Cec._ Ve, señora, que sí haré. Ce, madre, ¿hay posibilidad en tí para poner en cobro estas rajas de poncil con estas pastillas? Por señas que á mi señor le fueron enviadas desde Valencia.

_Val._ Hija Cecilia, aunque las muelas se me cayeron, encías me quedaron, que tienen sus veces.

_Cec._ Pues toma, madre, y si quieres que las parta ó enternezca con los dientes, porque no tomes trabajo, yo lo haré por amor de tí.

_Val._ Calla en mal hora, no te hagas tú Marta, la que de piadosa maxcaba el azúcar á los dolientes; pues hágote saber que hablando en véras, que fiase más en mis encías que tú en tus dientes, porque ellos te pueden faltar, y á mí no tengo temor sino que de cada dia más me sean mejores.

_Isab._ Madre Valera, ves aquí la carta, y á esa buena vieja dirás que si viese el pesar que tengo de lo pasado, que fácilmente me perdonaria, y darle has esta sortija de mi parte, porque algo de lo pasado se enmiende; y dirá de mi parte á Selvago que á las doce, en la fenestra de mi aposento, le espero. Tú, por lo que por mí has hecho, aunque sea bien poco, tomarás esas cien piezas de oro que para buxerías me dió mi madre Senesta este dia.

_Val._ Bésote, señora, las manos por mercedes tan cumplidas, que bien en sí demuestran la parte de donde proceden.

_Isab._ Madre, déxate agora deso, y vé con el recaudo, que de mucho más eres merecedora.

_Val._ Pues, hija señora, yo voy, plega á Dios que él cumpla vuestros deseos con mucha honra vuestra y de todos los que bien os quieren, porque á mí me quepa parte.

_Isab._ El ángel bueno te acompañe, madre.

_Val._ Y con vos quede, hija mia.

_Cec._ Madre, bien puedes salir, que no parece persona por el patio. Dios vaya contigo, y dirás á Dolosina que no tenga de mí querella, pues era mandada.

_Val._ Sí haré, hija, queda con Dios. ¿Qué te parece, Valera? ¿y que rechaza ésta para perder el juego? Como tan de presto has sido rica y fuera de laceria, no sino estáte en tu casilla fingiendo santidad, que allí te irá la comida por vida del turco. Fuera, fuera la burlería, sino que cada uno trabaje, y de lo que trabajáre coma y negocie por el mundo, poniéndose en peligros y afrentas, que como dicen: quien no se aventura no aventura, y quien no sufre trabajo, no goce enteramente del descanso; yo cierto poco trabajé, mas púseme en grave peligro de honra y vida, mas como la fortuna á los osados favorezca, así truxo en tan buen órden mi deseo; mas agora cese esto, que, si bien veo, la puerta de Dolosina es aquélla. Verdad es que en su fenestra está puesta por atalaya esperando mi venida.

_Dol._ ¿Hija, Lelia? ¿hija, Lelia? Vé presto. Abre esas puertas.

_Lel._ ¿Viene tu marido Hetorino, madre?

_Dol._ ¡Anda, que no! haz lo que te digo.

_Lel._ ¡Oh, señora Valera! ¿Y tú eras? Sube, que allá está la madre.

_Val._ Así lo quiero hacer, hija Lelia.

_Dol._ ¿Qué tenemos, comadre, hijo ó hija?

_Val._ Hijo, y áun bien á nuestro provecho.

_Dol._ Donde vos estábades no podia ser otra cosa; mas merced recibiré en que me declares por estenso lo que allá ha pasado.

_Val._ Es así que yo las hallé en gran alboroto, y penadas sobre lo que en vos habian hecho, despues que supieron por la carta la parte, y cierto que les pesa verdaderamente por ello.

_Dol._ No quiere Dios más del pecador, y eso les bastará para comigo, aunque gravemente me habian injuriado.

_Val._ Yo les quité parte de su pena diciendo haberte aplacado con que enviase respuesta, y á dar licencia que esa noche se viesen, sobre lo qual pasamos muchas cosas más; en fin de razones quedó convencida, y así escribió esta carta, encargándome que te la diese, pidiéndote de su parte perdon; ansimesmo que digas á Selvago cómo á las doce le aguarda en la fenestra de su aposento; mira si he bien negociado, que en señal de lo dicho ser verdad te envia esta sortija, y porque del todo tu rencor olvides.

_Dol._ Así me parece, por cierto, que pintado no podia ser mejor á nuestro propósito; mas espantada estoy cómo no os dió á vos parte, pues tanto por ella habeis hecho.

_Val._ Anda que sí dió, y áun razonable.

_Dol._ ¿Qué, por mi vida?

_Val._ No cosa.

_Dol._ Ea, dilo ya.

_Val._ Cien monedas de oro.

_Dol._ Desas estocadas que te tiren muchas, no será mucho que quedes mal herida.

_Val._ Así me parece; mas por mi fe que te las trocase por las albricias que de Selvago has de haber.

_Dol._ Sabes que veo que más vale páxaro en mano, que las tienes seguras, y yo no sé lo que sucederá; mas mira si me mandas alguna cosa, que quiero luégo allá llegarme.

_Val._ No más sino que vayas en buena hora, que en la mesma, á pesar de gallegos, tornaré yo adonde salí; mañana voy allá á saber lo que ha pasado, y luégo aquí á holgarme contigo un poco.

_Dol._ Pues vendrás ántes de comer, porque comas juntamente con nosotros, que aunque no sea la comida como tú mereces, recebirás la voluntad.

_Val._ Para conmigo no tienes necesidad de ofertas ni semejantes convites; mas porque no me tengas por mal criada, yo acepto la merced, y Dios quede contigo, que me parto.

_Dol._ Él te guie, hermana Valera, que por esta otra calle es mi camino.

CENA TERCERA DEL QUARTO ACTO.

En que Funebra viene á ver á su hijo Selvago, el qual con ella trata sobre el casamiento de Flerinardo con Rosiana; queda en que se sepa la voluntad de las partes; desde á poco viene Flerinardo, con quien Selvago tiene razones sobre lo concertado; ansimismo viene la vieja con Escalion, y dando la carta, con las alegres nuevas de sus albricias, lleva dos ricas joyas con que á su casa torna muy placentera; entre tanto Selvago y Flerinardo se aparejan para el concierto. Introdúcense:

FUNEBRA. — RISDEÑO. — SELVAGO. — FLERINARDO. — ESCALION. — DOLOSINA.

_Fun._ Dime, Risdeño, ¿cómo ha estado tu señor esta noche? ¿hale venido algun desmayo despues que yo y su hermana le dexamos?

_Risd._ Señora, con ayuda de Dios, mejor se ha sentido.

_Fun._ Dios sea bendito por siempre jamas, amén, que cierto de cuidado en toda la noche no he dormido sueño; entra, por tu fe, hijo Risdeño, y mira si duerme ó qué hace, que le quiero ver.

_Risd._ Señora, ya voy; hablando está entre sí, ¡ay Dios! y ¿qué dice?

_Selv._

Pues mi fuerza se ve fuerte, Forzando siendo forzada, Con fuerzas fuerce la muerte Y será beatificada.

_Risd._ ¡Gran Dios, y que sentenciosa cancion temporalmente fabricada! de cierto que las muy famosas del poeta castellano de nuestros tiempos no la igualan, ni áun llegan á ella con cien azotes; quiero callar, que parece que prosigue en su propósito.

_Selv._

Levántate, corazon, Por esos aires y vuela; Y descubre tu pasion A tu muy dulce Isabela.