Clemencia: Novela de costumbres
Part 8
--¡Volemos! esclamó Constancia, en quien una espantosa y febril actividad demostraba un angustioso sobresalto; puede que aun se pueda socorrer á alguno. Y tomando de la mano á la trémula Clemencia, ambas en un entusiasta arranque de compasion, volaron hácia la playa, en la que aun venian soberbias las olas, cual montes de agua á arrojarse sobre la arena. Andrea, Gertrúdis y las demas las siguieron; pero cuando llegaron, hallaron á Constancia inánime en los brazos de la aterrada Clemencia, al lado del cadáver de un jóven oficial. En este habia reconocido la infeliz Constancia á su amante.
Poco despues yacia esta muda é inerte en su lecho, y como insensible á cuanto le rodeaba. Un propio volaba á Sevilla, y las autoridades de los pueblos mas cercanos habian acudido al lugar de la catástrofe, seguidas de los vecinos de aquellos.
Al dia siguiente llegó la Marquesa hecha un mar de lágrimas, tan trémula y tan horrorizada, que no quiso permanecer allí un momento, y volvió á partir, sosteniendo en sus brazos y cubriendo de lágrimas á su hija Constancia, que permanecia en el mismo estado. Al llegar á Sevilla, pareció reanimarse aquella naturaleza inerte; pero fué para agitarse en convulsiones y abrasarse en una calentura cerebral, que la puso cercana á la muerte. A los pocos dias fué mandada administrar: desde entónces se verificó en la enferma un cambio completo.
En su físico sucedió el letargo á la escitacion; en su moral, la calma á la agitacion.
Hallándose ocho dias despues fuera de todo peligro, Clemencia escribió á Villa-María que habia regresado, y recibió por respuesta el aviso de que al dia siguiente llegaria el carruaje de su suegro á buscarla.
--¡Hija, le dijo la Marquesa al despedirse, no quiero que te vayas sin que te participe una nueva, que en medio de mis disgustos, me ha proporcionado algun consuelo. Si esa hija mia, Constancia, se ha empeñado en perder su suerte, Alegría, mas cuerda, se la ha ganado, pues se casa con el Marques, y mi hermana que por indócil ha desheredado á Constancia, instituye á la Marquesa de Valdemar por heredera.
--¡Pobre Constancia! contestó Clemencia, y añadió mentalmente: -- El mundo seduce... Dios llama. ¡Dichosa será, no obstante, aquella que desprecie la seduccion, y oiga la llamada!
FIN DE LA PRIMERA PARTE.
PARTE SEGUNDA.
CAPITULO I.
Don Martin Ladron de Guevara, padre de Fernando[3], de cuyo gran caudal y antigua nobleza tienen noticia nuestros lectores, era uno de esos señorones de tierra adentro, tan apegados á sus pueblos y á sus casas, que parece que forman, si puede decirse así, parte de estas, como si fuesen figuras de bajo relieve esculpidas en ellas. Señores que no se han ocupado en su vida sino de sus caballos, de sus toros, de su labor y de los chismes del pueblo; de los que por un indefinido anhelo por crearse un interes y una ocupacion, gastan con gusto enormes sumas en suscitar y sostener un ridículo pleito, que en el fondo les es indiferente ganar ó perder, contestando á los que les reconvienen por esa mezquindad, «_que no es por el huevo, sino por el fuero_.»
D. Martin, por descontado, no habia recibido ninguna clase de instruccion, esceptuando la religiosa, por aquella regla de: si es el mayorazgo... ¿á qué ha de estudiar, y de qué le ha de servir el saber? -- Por consiguiente, no habia abierto un libro en su vida. Pero esto no le impedia ser instintiva y tradicionalmente caballeroso, y tener como generalmente los andaluces, talento y gracia; con el privilegio que tienen los magnates, de aguzarlos y lucirlos, diciendo cuanto se les viene á las mientes.
Como hombre que se sabe escuchado siempre con respeto y deferencia, D. Martin hablaba recio, pronto y resuelto, y con el mismo tono al rey que al pordiosero; esto es, en tono natural, llano y decidido. Tenia en la memoria y usaba de continuo una inagotable cantidad de dichos y refranes, á los que llamaba evangelios chicos.
Era D. Martin caritativo como religioso; esto es que daba á manos llenas, y sin ostentacion. Era generoso como caballero, poniendo tan poco precio á sus beneficios y olvidándolos tan completamente, que se ofendia si se recordaban ó encomiaban en su presencia; porque miraba sencilla y cristianamente el dar los ricos á los pobres, no como una virtud, sino como un deber.
Entre los muchos rasgos que se contaban de él, era uno el siguiente:
En el año denominado _del hambre_, esto es, el de 1804, año en que perecian los pobres de necesidad, y en que valian los granos y semillas sumas fabulosas, tenia D. Martin sus graneros atestados con el producto de una pingüe cosecha de garbanzos. Cada dia hacia que en su presencia se distribuyesen á los pobres; cada niña llevaba una taza, cada mujer dos, y cada hombre que se presentaba, tres.
Una mañana en que aun dormia D. Martin, le despertó el mayordomo.
-- Señor, le dijo, ahí están unos arrieros de Sevilla con mucha prisa y mayor empeño por llevarse los garbanzos.
--¿Prisa? esclamó D. Martin; ¡pláceme! Díles que me levantaré á mi hora; que iré á misa á mi hora; que almorzaré á mi hora: y que despues, cuando sean las nueve, me podrán hablar.
Y D. Martin se volvió á dormir.
Levantóse á su hora, hizo todo lo que tenia de costumbre, y á las nueve salió al patio, en que le aguardaban los arrieros y todos los pobres que socorria.
--¡Dios guarde á Vds., caballeros! dijo con su campanuda voz, dirigiéndose á los primeros. ¿Con que se quieren Vds. llevar los garbanzos, eh?
-- Sí, señor D. Martin, y por el precio no hemos de reñir; que acá traemos plata para pagarlos, mas que fuesen de oro.
-- Y pueden Vds. poner que de oro son, observó el mayordomo. A seiscientos reales fanega se los acaban de pagar á D. Alonso Prieto.
-- Ya lo sabemos, contestaron los arrieros. Señor D. Martin, se puso su mercé las botas hogaño.
-- Pues señores, siento decir á Vds. que han echado el viaje en balde, puesto que no puedo vender los garbanzos, porque no son mios.
--¿Que no son de su mercé? Vamos, señor, ¿se está su mercé burlando?
-- Que no son mios, digo: ¿lo sabré yo, caracoles?
--¿Pues de quién son, señor?
-- De estos, respondió D. Martin, señalando á los pobres: preguntadles á ellos si los quieren vender. ¿Se venden los garbanzos, hijos? gritó con la voz de bajo que siempre tuvo.
Un clamoreo de angustia y súplica se alzó al cielo.
-- Pero, señor... insistieron los arrieros.
-- Pues ¿no estais viendo que no quieren sus dueños? ¿Yo qué le hago? contestó D. Martin.
¡Cuánto y cuánto de esto se halla sepultado en el corazon de España, para consuelo de los buenos y confusion de los pesimistas misántropos, que se empeñan en juzgarla por su corrompida superficie!
En su juventud habia ido D. Martin alguna vez á Sevilla, y siempre habia vuelto con las manos en la cabeza diciendo:--¡Cristianos! aquello es una Babilonia; allá lo que vale es lo que relumbra; y añadia: ¡A tu tierra, grulla, mas que sea con un pié!
Escusado es decir que tenia D. Martin por toda innovacion y por todo lo estranjero la misma clase de repulsa con tedio y coraje, que conservaba desde la guerra de la Independencia por todo lo frances.
En diciendo la estúpida espresion lugareña _es nacion_[4], tenian las cosas y los sujetos la marca de reprobacion de Cain sobre sí. Se estremecia al oir la voz _nacion_, y torcia materialmente la boca á las familias de los Grandes, enlazadas con princesas alemanas: ¡al fin _nacion_! decia. A lo que solia contestarle una complaciente comadre: -- Nosotros los españoles podremos tener nuestras faltas, compadre; pero al ménos, gracias á Dios, no somos _nacion_.
Así era que D. Martin nunca habia variado nada, ni en su casa, ni en su labranza, ni en su modo de vivir, ni en su modo de ver, ni aun en su manera de vestirse. Llevaba siempre media de seda azulada, zapatos de una especie de paño recio ó feltre gris, llamado piel de rata, con hebillas de plata; calzon de casimir negro, igualmente con hebillas de plata en las rodillas, un gran chaleco de rico género de seda, algunos bordados en colores; una amplia chaqueta ó chupa, corta, igualmente de seda, con faldones cortos; y se ponia redecilla en que encerraba su cabello, que nunca quiso cortarse; solo que la redecilla era corta, y no llegaba sino poco mas abajo de la nuca. Cuando salia por la mañana, se ponia un capote de rico paño negro adornado con pasamanería y caireles de seda, y por las tardes una capa de grana, forrada de raso de color, y en la cabeza un sombrero á la chamberga, parecido al que llevan los picadores en las fiestas de toros. Aunque D. Martin tenia mas de setenta años, y habia engordado paulatinamente mas de lo necesario para bailar unas seguidillas, conservaba restos de una arrogante figura; era alto, y sus facciones, aunque abultadas, eran bellas y correctas.
Habia contraido segundas nupcias con su actual mujer, por razon de estado y sin conocerla; lo que no quitaba que se hubiesen llevado muy bien, teniendo él por ella, en razon de su espíritu caballeroso, las mas finas deferencias. -- Quien honra á su mujer se honra á sí mismo, solia decir; y la honra que á tu mujer das, en tu casa se queda.
Habíanse casado por poderes, y el dia que llegó la novia, hizo D. Martin formarse en rueda la enorme cantidad de criados de casa y de campo que le servian, y cogiendo á la recien llegada por la mano, se la presentó diciendo: «Esta es vuestra señora y... la mia; lo que ella mande, se ha de hacer ántes que lo que mande yo; estais advertidos.» En fin, D. Martin era bondadoso, generoso, poco severo, de fácil trato, amigo de ver á todos contentos, y contribuyendo á ello mas bien por un impulso instintivo, que por una intencion razonada; dándose por espíritu de familia grandes aires de vanidad y de orgullo, sin tener en sí el mas mínimo gérmen de estos vicios, y siendo á fuer de rico, mimado de chico y adulado de grande, un poco despótico y un mucho egoista.
La SEÑORA, como siempre la llamaba D. Martin, Doña Brígida Mendoza, era de esas mujeres secas, reservadas, austeras é impasibles, que tienen el defecto de no hacer amable la virtud de que son modelos. Unido esto á la edad, á la desgracia de haber perdido sucesivamente á todos sus hijos, y al continuo afan de refrenarse, habíase entristecido y metido en sí, llevándola este afan á archivar en su pecho las penas y las prosperidades, con la misma grave serenidad con la que un cura registra en los libros parroquiales nacimientos y defunciones. Todo esto formaba un conjunto serio, frio y grave, pero digno, noble y abstraido de todo, no por agria misantropía, sino por la real superioridad de alma que da la religion.
D. Martin solia decir al verla tan serena: -- Cuando eran chicos sus hijos, y los tenia alrededor como la gallina su echadura, si tenia alguno un resfriado cogia la madre el cielo con las manos y se le cerraba el mundo; pero ahora parece en todas ocasiones que ha comido pata: eso es, porque ¡_lo poco espanta, y lo mucho amansa_!
Vivia con ellos un hermano de D. Martin, algo menor que él, Abad de aquella colegiata. Era este hombre distinguido un ente privilegiado, de los pocos en quienes están á la misma altura el alma, el corazon y la cabeza: un hombre de aquellos que los instruidos llaman sabio, los religiosos santo, los pobres padre, y sus allegados ángel.
En su juventud le habia su padre enviado á Sevilla á estudiar, tanto por haberlo deseado su mismo hijo, como con el fin de que siguiese la carrera de la toga. Pero en la guerra de la Independencia tomó un fusil, y se fué á combatir al invasor coloso. Hecho prisionero, pasó á Francia, y aprovechó sus ocios en seguir sus estudios. Concluida la guerra, viajó por Alemania é Inglaterra, siempre aumentando sus conocimientos con su pasion por el saber, haciéndose un hombre eminente en conocimientos como en cultura. Acabó por pasar á Italia, donde permaneció mucho tiempo en Roma: allí se maduraron los tesoros con que habia enriquecido su cabeza y su corazon. Como fruto sazonado de su variada esperiencia del mundo, de las cosas y de los hombres, y como hijo de su suave y elevado carácter, se desarrolló entónces su vocacion á la carrera tranquila, espiritual y filantrópica de la iglesia, volviendo algunos años despues á sus lares, y siendo acogido con alborozo por su hermano, en cuya casa vivia, rodeado de sus libros y de sus pobres, gozando de la naturaleza como un poeta, y de la paz como un cenobita.
El Abad en su demagrada persona, tenia todo el aire de elegante distincion innato y adquirido, que siempre le habian sido propios, sin que la pausa y falta de pretensiones de su estado y de su edad, le hubiesen alterado, y sí solo añadido dignidad y dulzura.
D. Martin que queria mucho á su hermano, considerando que debia á su vocacion al sacerdocio el placer de tenerle á su lado, decia que el Abad habia hecho bien en dedicarse á la iglesia, proposicion que apoyaba con uno de sus evangelios chicos, diciendo: «Si quieres un dia bueno, hazte la barba; un mes bueno, mata un puerco; un año bueno, cásate; pero si quieres un _siempre_ bueno, hazte clérigo.» Y añadia: «Fraile que fué soldado, sale mas acertado.»
Desde la muerte de su hijo último, habia traido D. Martin á su lado para ayudarle á estar al frente de su labor, á un sobrino, hijo de un primo hermano suyo, que debia ser el heredero de su casa.
Pablo Guevara, así se llamaba, tenia veinte y dos años, y habia sido poco favorecido por la naturaleza. Era en estremo moreno, tenia facciones bastas, maneras toscas y aire comun; pero tenia como tipo de la raza andaluza los ojos grandes y negros, los dientes chicos y blancos.
Criado siempre en el campo, era corto de genio, y no tenia nada de fino ni de erudito; en cambio sabia domar caballos como un picador, y derribar reses como el mejor ganadero.
Su tio, que como hemos dicho, encajaba á cada cual lo que le parecia sin andarse con rodeos, desde que vió á su sobrino, cuyo empaque no le hizo gracia, le definió en estas frases que solia decirle:
-- Pablo, hijo, vive sosegado; que ninguno se condenó por feo.
Si se hablaba del color moreno, opinaba:
-- Pablo, no hay que apesadumbrarse; lo moreno es color que nunca pierde; y miéntras mas subido, mas firme.
Si su sobrino decia alguna gansería:
-- Pablo, esclamaba su tio, habló el buey y dijo mú; te se conoce á distancia dónde al mundo viniste; que quien dijo cortijo, todo lo dijo.
Pablo habia nacido casualmente en un cortijo.
Ponia D. Martin el sello á los juicios que sobre su sobrino hacia, con esta definicion:
-- Pablo; lo que es á guapo, no te gana nadie, pero á feo tampoco; de bueno te pasas, pero á entendido no llegas, y á sutil no alcanzas.
Este era el nuevo círculo en que se iba á ingertar la existencia de Clemencia, círculo compuesto, como todos los que forman los hombres, de bueno y de malo; pero, predominando en este mucho mas lo bueno que lo malo.
La casa solariega de D. Martin de Guevara era un edificio en cuya construccion no se habia ahorrado ni el terreno, ni los materiales, ni el dinero; pero en la que no se tomó en cuenta ni la comodidad ni la elegancia. Un enorme patio enladrillado; salones en que podian correr caballos, alcobas cuadradas, grandes y desnudas, formaban su interior; al esterior muchas ventanas con sobra de hierro y falta de cristales, alistadas en fila, como soldados sobre las armas; y un enorme balcon sobre una gran puerta, coronado con las armas in-folio de la familia, componian la mansion solariega de estos nobles hidalgos.
Habitaban estos por lo regular lo bajo, dejando á la soledad y al silencio en pacífica posesion del cuerpo alto, con sus antiguos muebles de mal gusto, cubiertos de un imperecedero damasco carmesí, que parecia haberse elaborado para hacer un vestido á la eternidad; sus cornucopias deslustradas, sus arañas destartaladas, y algunos escelentes cuadros vinculados, que escaparon al vandalismo de las tropas de Napoleon, merced á haberlos escondido en una apartada hacienda.
A espaldas tenia la casa los corrales, cuadras, horno, tahona y graneros de su uso, con entrada por otra calle.
Nada de jardin se veia, nada de elegante ni de ameno; pues lo ameno, así para D. Martin como para sus progenitores, habia sido siempre mucha bulla y mucho tráfago de campo.
Esta era la mejor casa del pueblo, y estando él en la carretera, en ella se alojaban los reyes á su paso. En vida de D. Martin habian pasado por allí Cárlos IV, José Bonaparte, glorificado por los franceses con el título _ad honorem_ de Rey de España; las Princesas de Braganza, ya desposadas con el Rey y el Infante; y Fernando VII. D. Martin no habia puesto, segun la costumbre establecida en las casas en que se hospedan los reyes, cadenas en la puerta de la suya, y cuando se le preguntaba la causa de esta omision, contestaba á su manera:
-- Taberna vieja no necesita rama.
-- Pablo, dijo un dia D. Martin á su sobrino; ya la viudita escribe que está en disposicion de venir. Paréceme que deberias tú ir con el barrocho por ella.
Pablo, que tenia un carácter bueno y complaciente, y que segun costumbres añejas respetaba mucho á sus mayores, pero que era cortísimo de genio, y tenia bastante tacto para conocer cuánto le faltaba para ser una persona fina y de buenas maneras, se quedó estremecido con la proposicion de su tio.
-- Señor, dijo balbuciente, si... si... ¡si no la conozco!
-- Ni yo tampoco, repuso su tio, que tenia de largo lo que el sobrino de corto; y si fuese mozo, iria de cabeza. ¡Con que á tí no te impone un toro, y te impone una buena moza! ¡Por via del atun salado! que pareces aciguatado.
-- Señor, dispénseme Vd., por Dios.
-- Por dispensado. Tú te lo pierdes, trabado; á bien que mas divertida ha de venir con Miguel que tiene buena parola, la lengua espedita y habla por los codos, que no contigo que para sacarte una palabra del cuerpo se necesita un garfio: siempre tienes la lengua entumida.
Pocos dias despues llegó Clemencia; pero tan abatida todavía, moral y físicamente, á causa de las repetidas y recientes catástrofes acaecidas, que en su pálido semblante estaban aun sellados el espanto y el dolor. Al apearse del detestable barrocho que tirado por cuatro magníficas mulas habia ido por ella á Sevilla, se sintió profundamente conmovida, al recordar que allí habia nacido y pasado su infancia su malogrado marido, y que iba á ver á sus padres. Al entrar corrió hácia su suegra, en cuyos brazos se echó sollozando; á esta señora, que como sabemos era austera, seca y poco afecta á espansiones, desagradó aquella esplosion de vehemente dolor, y se contentó con decir con serenidad:
-- Ya no tienes porqué afligirte ni estar apurada. A los que Dios llama á sí, mas vale encomendárselos, que no protestar contra su santa voluntad con estremos y violencias. No se siente mas á un marido que á un hijo... ¡y yo estoy resignada!
-- Vamos, niña, dijo su suegro abrazando á su vez á Clemencia; vamos, que aquí no se viene á llorar, sino á consolarse y conformarse con la voluntad de Su Majestad. Vienes á tu casa, _á tu casa_, y puedes mandar como dueña que eres; pero mira, hija mia, que los viejos no quieren gentes compungidas alrededor suyo. Vamos, que con agua pasada no muele el molino.
Clemencia permaneció callada, haciendo heróicos esfuerzos para hacerse dueña de su congoja, pues conoció que el egoismo de la vejez rechaza al dolor como á un enemigo.
Sintióse entónces estrechada por los brazos de una persona, que dejó caer sobre su frente dos lágrimas, diciendo:
--¡Llora, llora, hija mia! que las lágrimas son una de las mas bellas prerogativas de la primavera de la vida. Son las lágrimas que vierte la juventud, á la vez brillantes y puras como las de la infancia, y sentidas como las de la vejez; desahogan el corazon é inspiran simpatía; pero si el cariño y la lástima secan sus fuentes, aquí, hija querida, desaprenderás el llanto.
Quien profundamente conmovido hablaba así era el Abad.
CAPITULO II.
Clemencia á poco fué querida de todos, como no podia dejar de suceder, apegándose ella á los que la rodeaban y le hacian la vida tan dulce, con todo el calor de su amante corazon.
--¡Caramba! solia decir D. Martin, bien sabia el tronera de mi hijo lo que se hacia, casándose con esta _malva-rosita_. (D. Martin, que á todo el mundo ponia sobrenombre, le habia puesto este á su nuera, uniendo así los emblemas de la hermosura y de la suavidad.) Es un sol para la vista, un canario para el oido, y una alhaja para la casa. Estoy ya tan hecho á ella, añadia con su acostumbrado egoismo, que no sentiria mas sino que pensase en volverse á casar, lo que no puede dejar de suceder, puesto que la viuda lozana, ó casada ó sepultada ó emparedada.
--¡Qué se habia de casar! decia el Abad, que no ignoraba cuanto habia sufrido Clemencia en su matrimonio, y que desde su alta y serena esfera creia difícil el que Clemencia, que habia llegado á ella, la abandonase tan pronto.
--¡Qué se habia de casar! opinaba Doña Brígida, que consideraba el recuerdo de su hijo suficiente para llenar una existencia.
--¡Qué se habia de casar! pensaba Pablo, profundamente convencido de que no habia un mortal digno de poseer aquel tesoro.
Habia hallado Clemencia preparadas para ella dos habitaciones interiores, de las cuales la segunda daba á un corralito encerrado entre cuatro paredes como un pobre preso. Unas bastas sillas de paja, un catrecito antiguo de pésimo gusto con esquisita ropa de cama, un tocador cubierto con almidonado linó de hilo, una cómoda-papelera veterana, por no decir inválida, unos cuadros de Santos, de diferentes tamaños y entrapados con el polvo de dos siglos, y una estera nueva, todo en estremo limpio, formaban el mueblaje de aquellas tranquilas habitaciones. Pero al año de ocuparlas Clemencia, nadie las habria reconocido. Las sillas de paja habian sido reemplazadas por otras de rejilla, pintadas y charoladas de negro y oro, imitando el maqué chinesco. Los cuadros habian sido restaurados en Sevilla, y brillaban con toda su frescura primitiva en lindos marcos dorados. Sobre un elegante tocador de madera amarilla de Haytí, sobre rinconeras y sobre un velador de la misma madera, habia lindos floreros de cristal y de china, llenos de flores naturales. Una bonita librería baja á la inglesa, cubierta de cortinitas flotantes de tafetan carmesí, contenia una coleccion de libros, los mas selectos de nuestros antiguos y modernos escritores. Un silloncito bajo de tijera con brazos y espaldar, cuyo asiento así como la faja que sujetaba por arriba los palos del espaldar, habian sido bordados de tapicería por su dueña, estaba colocado cerca de la ventana, y á su lado se veia una preciosa canastita de labor. Sobre la cómoda-papelera, que despues de restaurada era un magnífico mueble incrustado de bronce, concha y nácar, en el estilo tan celebrado del famoso artista Boule, habia un hermoso crucifijo de marfil, atribuido á nuestro gran escultor Montañés.
Habíase abierto una puerta al corral, que se veia transformado en un jardincito, cuyas paredes desaparecian tras de floridas enredaderas. El suelo estaba tapizado de violetas. En medio se habia trasplantado un granado de flor, que entre sus finas y lustrosas hojas lucia sus magníficas y lozanas flores, gastando toda su savia en hermosura sin fruto, en las barbas del siglo XIX, sin cuidarse de incurrir en su censura y desden. Colgaban entre las flores de las enredaderas jaulas pintadas de verde con variados pájaros que se esmeraban en obsequiarlas con un alegre concierto, en el que formaban coro las golondrinas, no tan maestras ni artistas como ellos, pero que lucian una gran flexibilidad de garganta.