Clemencia: Novela de costumbres
Part 7
--¡Válgame Dios, señorita! esclamó apurada, y ¿porqué no se me ha avisado esta venida, y habria tenido limpio y aviado siquiera lo alto?
-- Se pensó de pronto, respondió Andrea, que acompañaba á las dos primas que venian en el carruaje. A la señorita Clemencia que ha estado muy mala, le mandaron los médicos los aires del campo, sin desperdiciar un dia del blando otoño.
La casera, que se llamaba Gertrúdis, fué á traer un manojo de enmohecidas llaves, y subió la escalera, seguida por las recienvenidas.
La simplificada distribucion del piso alto, era una serie de salas, en que se entraba de una en otra. Por los rincones se veian montones de semillas, rimeros de hojas de palmito y haces de caña para hacer escobas. Por las paredes colgaban algunos trebejos viejos, como cinchas, albardas, cuerdas, ristras de ajos y de pimientos.
Las telarañas eran tan vetustas y estaban tan espesas y tupidas, que parecian bienes amayorazgados, heredados por varias generaciones de arañas. De las vigas colgaban asidos á ellas por sus garras, familias enteras de dormidos murciélagos. Los ladrillos, por no tener piés no andaban sueltos, y por todas partes era el polvo tan espeso, que daba á este conjunto ese tinte mustio y gris, que es el del abandono y del olvido.
Despues de atravesar varias piezas, llegaron á la que hacia ángulo, y á otras que le seguian, que eran las que tenian ventanas, las cuales daban vista al mar. Aquí se hallaron con algunos sillones, de cuyo forro de tripe ó terciopelo de lana, no quedaba sino lo que los clavitos dorados que lo habian sujetado, retenian aun con su diente de hierro, y en cuyo rehenchido de crin, habian anidado pacíficamente los ratones. Una mesa grande de nogal con piés torneados en espiral, y una gran cama de alto espaldar con ribetes y medallones que habian sido alguna vez dorados, se hallaban desparramados en una sala vasta que tenia una chimenea ancha y baja, la que abria frente de las ventanas su negra boca, y parecia bostezar de fastidio.
En las puertas de madera de las ventanas habia postigos, en que verdeaban pequeños vidrios engarzados en plomo.
Gertrúdis, despues de instaladas sus huéspedas, bajó para cuidar de que se subiesen los colchones y baúles que venian en la zaga de la berlina.
--¿Con que esta es mi cárcel? dijo con una sonrisa tan amarga como desdeñosa Constancia, contemplando aquellas destartaladas, vacías, sucias, y frias habitaciones. ¡El á un presidio, y yo á un destierro! ¡Este es nunca visto, y es lo que se cuenta tenia lugar allá en los tiempos bárbaros! ¡Si lo que me sucede á mí se pusiese en una novela, se diria que eran dislates de novelistas, que se devanan los sesos para inventar cosas estraordinarias! ¡Desterrada, presa por el delito de no sacrificar la felicidad de mi vida entera á las miras ambiciosas de una tia que odio, y á las miras interesadas de una madre que no amo!
-- Constancia, esclamó Clemencia, por Dios, no digas que no quieres á tu madre. ¡Qué atrocidad! Ni lo piensas ni lo sientes. Acuérdate de que hija eres y madre serás.
-- Si no lo sintiese, no lo diria; así como porque lo siento, no lo callo, contestó Constancia. Si es virtud amar á quien nos hace mal, es virtud que no tengo ni quiero fingir.
-- Pero, Constancia, repuso Clemencia, si cuanto hace tu madre, es porque te quiere!... Sosiégate, prima; piensa que no ha sido la voluntad de Dios que te cases con Bruno, y que de esta suerte quizas te libras de muchas penas y de males sin fin, y confórmate con esta que es transitoria. Ten presente que dice San Agustin que agradamos á Dios cuando su voluntad nos agrada.
-- Si así sabes tú amar, contestó agriamente Constancia, no es estraño lleves con tan envidiable resignacion la muerte de tu marido.
Clemencia se sonrojó como una culpable, y Constancia prosiguió:
-- Si has venido á predicarme, mejor habrias hecho en dejarme sola; yo no temo á la soledad; para mí es todo soledad donde no está él. Así, si quieres que sigamos viviendo unidas, no vuelvas á tocar este punto, ni me prediques olvido, que seria como si al viento predicaras constancia; y si no, tú vivirás en un lado de esta amena quinta y yo en el otro.
Al contrario de Constancia, que se sentia presa en aquella soledad campestre y tranquila, Clemencia se sentia libre. Constancia se sentia sola, y Clemencia se sentia simpáticamente acompañada por los bellos objetos de la naturaleza. Criada en el convento, nunca habia disfrutado del campo, y su alma se ensanchaba al recorrer aquellos campos, al vagar por aquellas playas. Se alegraba su ánimo al contemplar aquel espléndido cielo, pues como dice Lamartine, allí donde el cielo sonríe, impulsa al hombre á sonreir tambien. Admiraba horas enteras la reventazon de las olas del mar, que en tan airoso y grave movimiento se henchian para estenderse en espumoso torbellino sobre la dorada arena. Complacíase en observar las formas caprichosas de las rocas, esas masas anfibias, alternativamente cubiertas por las olas y alumbradas por el sol, insensibles á las caricias de este y á la amargura de aquellas, pues nada temen, ni nada esperan.
Los pajaritos cantaban tan alegres en aquella tranquila Tebaida, como que ignoraban que existia la pólvora y las redes.
--¿Qué admirable poder (se decia Clemencia siguiendo con la vista sus ligeros revoloteos) puso el canto en estos pequeños, lindos é inofensivos seres, que no puede nadie contemplar sin enternecida y tierna simpatía?
Y mirando en seguida á los nietos de la casera, que la acompañaban en sus escursiones, jugar alegremente á sus piés, esclamaba:
--¡Qué hermosa y tranquila hace Dios la vida á la inocencia!
Todo aquello le infundia mil sensaciones y pensamientos, pues como dice Balzac: _le paysage a des idées_; el paisaje tiene ideas.
Es cierto que el paisaje que la rodeaba, compuesto por el mar y un coto de tierra llana, sin accidentes de terreno, sin árboles, sin agua, ni mas señales de habitacion humana que la cuadrada y pesada mole del caserío que habitaban, no pertenecia al órden del paisaje que se denomina ameno ó romántico; y no obstante; ¿cuál es el encanto que existe en una naturaleza inculta, y uniforme? ¿Porqué infunde esta ideas alegres y elevadas, mucho mas que lo hacen los frondosos paisajes, con sus bosques, sus quebradas, sus arroyos, sus variadas vistas, en las que todo se mueve, se engalana, se agrupa vistosamente? Puede que el amor al país y la costumbre participen al primero su encanto; puede que sea un sentir peculiar á la persona que esto escribe; pero ello es que una dehesa uniforme, con su sello de primitiva y libre vegetacion, un cielo puro y alto, un mar azul que compite en brillo y grandeza con el cielo, un caserío austero y grandioso, cuidando de su fuerza sin atender á su adorno, le parecen llenos de una majestad serena, que ensancha el alma é impregna el ánimo del tranquilo goce de la soledad y de la gran sensacion de lo infinito. Parece allí la tierra mas humilde y el sol mas _sonriente_, si es lícito espresarnos así. Es allí el aire mas puro y mas balsámico, profusamente impregnado como se halla del enérgico perfume de las silvestres plantas. Pocas cosas distraen la contemplacion en aquella grave naturaleza, que parece ella misma meditar abstraida. ¿Y porqué no seria bella una dehesa con sus inmensos horizontes y el magnífico tapiz que la cubre? Son sus tramas las sabinas, que pertenecen á la triste y austera familia del cipres, las que se creerian una filigrana de bronce, si no diesen incienso á las iglesias pobres; los juncos, que delgados y débiles se apiñan en los sitios areniscos y bajos, y que humildes visten de hábito pardo sus florecitas; el airoso palmito, tan reconcentrado y arraigado en la tierra que lo cria, de esterior áspero y recio, y de tan tierno corazon que lo anhelan los niños cual almendras; el tomillo, de tan poca apariencia, tan pobre y tan mezquino de hojas, y tan rico y pródigo de fragancia; las esparragueras, que se adornan con sus frutas encarnadas como con corales; las descabelladas retamas, que se salpican como de grajea con sus menudas y olorosas florecitas blancas; los gayumbos, que en marzo se cubren de sus perfumadas y doradas flores, con la profusion con que otras plantas se cubren de hojas; y sobre todo el agreste lentisco, impasible veterano, fiel en todas las estaciones, como un amigo en todas las desgracias; siempre verde como una esperanza sin desengaño; que no alteran frios ni calores, sequías ni borrascas, cual si sus hojas fuesen de esmeraldas y su tronco hierro, digno de representar la inmortalidad como el laurel, la fuerza como la encina, y la constancia como la siempre-viva. Dora todo esto ese brillante sol, centro y hogar de la luz material de los ojos, cuya debilidad deslumbra, como es Dios el centro y hogar de la luz de la inteligencia, cuya incapacidad confunde. ¡Oh! ¡cuán dulce seria, se decia Clemencia, con una conciencia pura y tranquila, acostarse en brazos de esas fragantes yerbas, y los ojos alzados á la brillante bóveda, morir alumbrada por el sol, suavemente arrullado nuestro último sueño por el dulce murmullo de las perezosas olas de verano, y el susurro del aura entre las plantas, subiendo así nuestra alma en un himno de alabanzas y adoracion al cielo; ¡como se alza á las alturas la armoniosa alondra! ¡Dios y Criador nuestro! ¡cuánto ansia el alma volar á tí, y cuánto se esfuerza la materia por retenerla! ¡qué penoso nos hace el trance de la muerte y con cuántos horrores lo rodean, con el fin de apegarnos á la triste vida terrestre!
CAPITULO XII.
Cual niño que despoja una rosa, y echa sus hojas al aire, el tiempo va deshojando los meses, y echando sus dias en lo pasado. Pasan y pasan estos en su incesante marcha: tal rápido, alegre y risueño, como un amorcillo alado; tal enlutado y grave como un fantasma; tal sereno y santo como un ángel: este es aquel en que hemos hecho una buena accion. Pero ninguno deja mas paz en el corazon y acerca mas el alma á Dios, ninguno marca con mas placer con su dedo nuestro buen ángel, que aquel en que perdonamos á un enemigo; y si despues de perdonarle, le hacemos bien, es que nuestra alma ha sido digna de que en ella resuene el eco de aquella santa y gloriosa deprecacion: PADRE, PERDÓNALOS.
Todos somos caritativos; un alma sin caridad no existe. ó si existe, es un monstruo tal que no se concibe. Pero no lo somos bastante.
La caridad es la única cosa en que no cabe esceso: AMOR NO DICE «BASTA»: pero la caridad tiene enemigos que la combaten porque en derechura nos lleva al cielo. Aquí la avaricia cierra la mano, que ya se abria para derramar esos bienes que Dios nos dió, con el cargo de repartirlos, pues son suyos; aquí la pereza traba los pasos que íbamos á dar en favor de un desgraciado, y aquí el orgullo, ese enemigo, el mas terrible del hombre, hiela sobre nuestros labios el perdon y la reconciliacion que la caridad hacia brotar del corazon. Y este es el mal que nos aqueja hoy. ¡Dios mio! ¿Quién al ver la era actual no se pregunta horrorizado: ¿somos hermanos, ó somos enemigos?
Suaves para Clemencia, ásperos para Constancia, habian pasado los dias.
Habia sobrevenido el mal tiempo, y aquella calma y tranquila naturaleza habia cambiado de aspecto. Aparecieron pesadas y lentas nubes que cubrieron todo el horizonte, interponiéndose entre el firmamento y la tierra cual un triste desierto, como se interpone la incredulidad entre el corazon del hombre y el cielo. Por un dia reinó una completa y mustia calma, cual si los elementos se preparasen y tomasen aliento para su inmensa lucha, dia oscuro y silencioso como un negro presentimiento. La mar se retiró al bajar la marea, al parecer tranquila, descubriendo negras y picudas las hileras de rocas que á ambos lados de la playa se internaban en ella, como dientes de un enorme monstruo con la boca abierta para devorar una presa.
Las plantas inmóviles, parecian solo ocuparse en profundizar sus raíces, como el marino que prevé la tempestad, se ocupa en cerciorarse de la firmeza del áncora en que confía.
Los pajarillos, con el barómetro que Dios puso en su instinto, revoloteaban piando con angustia y buscando un abrigo; el cielo encapotado y el mar soberbio, se miraban como dos enemigos; ¡todo callaba en el solemne silencio del presagio y del temor!
Pero al siguiente dia se oyó de léjos y hácia el Sur, un ruido lejano y sordo, confuso, indistinto, terrificante; era la espantosa voz de la tempestad, que se acercaba á aquellos parajes petrificados por el espanto.
Al fin llegó el huracan, y la espantosa lucha se declaró. Aullando soliviantaba el viento la mar, que le respondia con bramidos. Sacudió las plantas que temblaban; dobló hasta el suelo la cima de los arbustos que descollaban y resistian, transpuso instantáneamente las dunas de arena que yacen muertas en las playas, como si el mar las hubiese matado, y que confían en su pesada inercia; destrozó y puso en fuga espesas y compactas nubes; se estrelló sobre las sólidas y fuertes masas del edificio, penetrando en impetuoso torbellino en su gran patio, martirizando las inofensivas palmas, que mecidas por él en incesante balance sobre su tronco, miraban la tierra como para medir la altura de su próxima caida.
Asombradas Constancia y Clemencia en medio del general movimiento y del estruendo que formaban como en coro las voces de la naturaleza, todas en aquella ocasion plañideras, furiosas ó amenazantes, estaban en pié delante de la ventana y fijaban sus angustiosas miradas en el mar, observando cómo una despues de otras llegaban las inmensas olas, tragándose la que llegaba á la que habia reventado en la playa, y retrocedian inertes hácia su negro centro, y siempre cada cual con el mismo hondo rugido, como el fúnebre é invariable saludo de los trapenses. Sobre las rocas era donde mas se desencadenaba su ira. Allí formaban torbellinos, estrellándose unas contra otras, alzándose cual saltaderos colosales, y mezclando sus aguas amargas á las dulces de las nubes.
--¡Esto es grande é imponente! dijo Clemencia.
--¡Esto es horroroso y aterrador! repuso Constancia.
Mas temprano que otros dias, y como atraida por la tempestad, llegó la noche. Gertrúdis entró cargada de leña para avivar el fuego en la chimenea.
-- Vengan Vds. á calentarse, señoritas, dijo; que el viento, como no tiene huesos, cuela por esas rendijas, y estarán Vds. arrecidas de frio.
--¡Esto es espantoso! repuso Constancia al acercarse á la chimenea: ¡cuán pavorosamente aulla el viento en prolongados quejidos ó furiosas ráfagas! ¡cómo insulta al mar, y cómo se embravece este! Imposible será que nadie pueda dormir esta noche.
--¿Qué? ¡Señorita! estamos hechos; todos los años por este tiempo, cuando las noches se van tragando los dias, se arma esta gresca: esto nos arrulla el sueño.
-- Si pudiese, huiria de aquí esta noche, dijo Constancia; estoy horrorizada; el corazon no me cabe en el pecho; ¡tengo miedo!
--¡Señorita, por Dios! ¿y de qué? repuso Gertrúdis gracias á Dios que vinieron los temporales; que el agua hacia mucha falta, y las nubes tienen un cuajo y son tan haraganas, que si no las arrea el viento, no se mueven. ¡Vaya! De poco se asusta Vd. ¿Acaso el ruido hace daño ni rompe hueso?
-- Es, dijo Constancia, que parece que el mar se quiere tragar á la tierra, y cada uno de sus bramidos una amenaza.
--¿No ves, dijo Clemencia para tranquilizar á Constancia, cómo le falta aliento al vendaval y desmaya, y cómo aquella alta roca en la playa se levanta cual dedo que tuviese la mision de advertir al mar que no traspasase sus límites?
-- Deje Vd. al viento y al mar que se alboroten y rabien; un freno tienen, que no romperán, dijo Gertrúdis.
-- Pero... ¿y los infelices que pueden peligrar?
--¿Y por qué habia de dar la casualidad de que alguien peligrase? Pero ya veo que tienen sus mercedes buen corazon y buenas entrañas, así como una señora que estuvo aquí en una ocasion. ¡Pobre señora, qué noche pasó! Bien que el caso no era para ménos. ¡Qué noche pasámos todos!
Apresuráronse Constancia y Clemencia á preguntar á Gertrúdis cuál era el caso á que se referia, y Gertrúdis con ese afan comunicativo que tienen las gentes en general, y las ordinarias en particular, en lo concerniente á lo horrible y estraordinario, sin pararse en cuán poco á propósito era el momento para referir cosas de esa naturaleza, que solo servirian para aumentar el estado agitado y sobreescitado en que se hallaba el espíritu de las jóvenes, empezó así su relato del que damos un estracto.
-- Por el año de 34, cuando el cólera, cada cual trató de huir de los pueblos contagiados, y aislarse en el campo. La señora habia ido á una de sus haciendas, y ofreció este coto á una de sus amigas, cuyo marido estaba ausente. Vagaba en aquel entónces por estas tierras una partida de ladrones, que tan pronto se hallaban en una parte, tan pronto en otra, huyendo á Portugal cuando se veian acosados de cerca, sin que se les pudiese dar alcance: así es que tenian asustado al mundo entero por las atrocidades que de ellos se referian. Mi marido (en paz descanse) vivia con vigilancia, y las puertas de la hacienda, siempre cerradas, no se abrian. Una tibia noche de otoño se habia dejado caer mas negra que el Viérnes Santo, mas callada que un cementerio. La señora se habia sentado junto á una ventana, y estaba embelesada; la moza y yo platicábamos, dándole cuerda al reloj, que señalaba las doce, cuando de repente fué interrumpido el silencio por un grito agudo que resonó á poca distancia del caserío, y que decia: «¿No hay quien me favorezca?» La señora saltó de su asiento, mas blanca que una imágen de piedra.--¿Qué es eso? esclamó despavorida.--¿Qué ha de ser? respondí: algun infeliz que pide socorro.
-- Llamad á vuestro marido, esclamó la señora, y á vuestros hijos. ¡Jesus! que no pierdan tiempo en socorrerle. -- Pero mi marido se negó á ir. -- Señora, le dijo, haré cuanto su merced me mande; pero en cuanto á eso, es imposible. Esa es una treta de la que suelen valerse esos desalmados, como ha sucedido ya muchas veces, para que les abran las puertas de las haciendas, en las que se arrojan en seguida á saquearlas. -- La señora se estremeció y dejó de insistir; pero en aquel instante volvió á oirse el grito mas angustioso, «¿no hay quien me favorezca?»
--¿Quién oyó jamas, esclamó la señora fuera de sí y dando vueltas por el cuarto, quién puede oir á otro clamar que le favorezcan, y no acudir á auxiliarle? no es dable, no hay consideracion, no hay peligro que pueda ni deba impedirlo. ¡Oh! ese es un impulso que nada puede ni debe retener, pues Dios lo otorga y lo sanciona. ¿Qué decís vos? añadió dirigiéndose á mí.
-- Señora, contesté, Curro tiene buenas entrañas, y á valiente no lo gana ninguno; cuando él no lo hace.
-- Es porque no debo hacerlo, dijo Curro; ademas la partida es de diez hombres, y acá solo somos tres; ¿qué podríamos hacer? Señora, responsable soy de la hacienda, de su mercé y de sus hijitos, que ademas de todo podrian llevarse en rehenes.
La señora, al oir estas palabras, se dejó caer mas muerta que viva sobre una silla.
Curro y mis hijos tomaron sus escopetas haciendo de vigías, y dando vueltas por el patio. Así pasó aquella lóbrega noche, oyendo de rato en rato aquel clamor siempre el mismo, ¿no hay quien me favorezca? Pero cada vez fué mas de tarde en tarde, cada vez mas plañidero, cada vez mas débil, hasta que se fundió en un gemido, en un estertor, en un suspiro.
No les pintaré á Vds. la noche que pasámos, en particular la señora, que no sabia dónde huir de aquel espantoso clamor, que en el silencio de aquella noche de calma, en que todo callaba y estaba inmóvil como petrificado por el horror, y en que la misma noche parecia haber cerrado sus ojos, pues no se veia estrella alguna, se esparcia por todas partes claro y distinto como se esparce la luz. Ya ven Vds., añadió Gertrúdis, que no es el viento ni la mar los que pueden causar mas espanto y dar peores noches. ¿Qué nos importa que se jaleen el viento y la mar? Estos son sus desahogos, como los tiene el caballo que libre de su freno, corre y retoza á su placer, hasta que le llama su amo.
-- Pero á la mañana siguiente, -- preguntó Constancia, en quien la narracion habia aumentado el pavor y la angustia, -- á la mañana siguiente, ¿averiguóse algo?
-- A la mañana siguiente, respondió Gertrúdis, subió mi marido al mirador, y habiéndose cerciorado de que cuanto alcanzaba su vista todo estaba solo y tranquilo, abrió la puerta, salió, y... Pero, señoritas, están sus mercedes temblando, y con las caras como azucenas: hablemos de otra cosa.
-- No, no, esclamó Constancia, acabad. ¿No sabeis que lo real, por terrible que sea, lo es ménos que lo vago, y que es mas terrible la sensacion al caer, que no el golpe de la caida?
-- A la mañana siguiente pues, prosiguió Gertrúdis, halló Curro al pié de la Cruz un hombre muerto.
--¡Jesus, María! esclamaron Constancia y Clemencia.
-- En su larga agonía, y en las ansias de la muerte, se habia él mismo medio enterrado en la arena.
--¿Habia sido asesinado?
-- No, respondió Gertrúdis; era una muerte natural.
--¡Dios mio! ¡Dios mio! esclamó Clemencia, cruzando sus manos: la caridad le hubiese quizá salvado, y la prudencia le dejó morir!
--¡Ay! señorita, dijo Gertrúdis; jamas se lo perdonó el pobre de mi Curro, que desde aquel dia hincó la cabeza, y no volvió á estar nunca mas alegre, y en los delirios del tabardillo que se le llevó años despues, repetia sin cesar y asombrado: ¿No hay quien me favorezca?
En este instante un sonido brusco, fuerte, bronco y grave interrumpió el silencio que siguió á las últimas palabras de Gertrúdis, el que pasando en una ráfaga del huracan por cima del edificio, fué á perderse con él, en la inmensidad del coto.
--¿Qué es esto? esclamaron ambas jóvenes, saltando de sus asientos.
-- Es, respondió angustiada Gertrúdis, una boca de bronce que dice eso mismo: _¿no hay quien me favorezca?_
--¿Una boca de bronce? ¿Cómo? ¿Cuál?
-- La de un cañon.
--¿De un cañon? ¿Dónde está?
-- En un buque.
--¡Jesus, María! ¿Y pide socorro?
-- Sí, porque naufraga.
--¿Y no se le puede socorrer?
-- Señoritas, respondió Gertrúdis sonriendo tristemente como se sonríe á un niño, ¿cómo quereis que le podamos socorrer? Pero dígoles á Vds., señoritas, -- añadió la pobre mujer, estremeciéndose al oir un nuevo cañonazo, -- que ni en el infierno se halla tormento mayor que oir pedir socorro y no poder prestarlo.
¡Cosa singular! Repetíase por segunda vez la terrificante noche cuya pintura habia hecho Gertrúdis, solo que el clamor, _¿no hay quien me favorezca?_ en la ocasion que habia descrito Gertrúdis, era claro, plañidero, y llegaba como el eco de la debilidad que sucumbe, clamor que parecia respetar la naturaleza con su silencio; y que esta otra deprecacion á la humanidad, que resonaba á intervalos, era fuerte, solemne, heróica como la fuerza que lucha, y llegaba sobre las alas del huracan que la arrastraba consigo, como el jiron de una bandera que aun sucumbiendo retiene en su mano el valiente. ¡Noche espantosa! ¡Noche en que por segunda vez se presentaba en aquel lugar la atroz realizacion del desamparo! ¡Tremenda palabra! ¡El desamparo... que arrancó al Dios-Hombre en la cruz, su último gemido y su sola queja!
Cuando el dia echó sus primeras luces, pálidas y macilentas, alumbraron cual las de los blandones, los cadáveres de unos náufragos que la mar habia echado á la tierra, y á quienes la muerta y fria arena servia de adecuado féretro; mas adentro hácia las últimas rocas, se veian solo los masteleros del barco naufragado, como cruces sobre sepulturas.