Clemencia: Novela de costumbres

Part 6

Chapter 64,006 wordsPublic domain

Sucederá que aquellas palabras santas, leidas con infantil distraccion, quedarán por el pronto invisibles en el corazon, como los caracteres estampados con tinta simpática; pero llegada la hora de la prueba, cual un fuego abrasador, saldrán claros, netos y enérgicos aquellos santos testos, mitigando las llamas que solo habrán servido para purificarlos.

Personas hay en el mundo, de las que se cree que hacen el bien por instinto, y no es sino por la virtud de aquel gérmen, puesto en sus corazones en su niñez; gérmen tan rico y fecundo, que aunque sembrado por una mano torpe y floja, y caido en un terreno ligero y seco, echa raíces, como lo hace la yedra en una pared de piedra. ¡Y puede haber quien dude que gérmen de tal naturaleza, y que tales frutos da aun sin cultivarle, sea divino!

¡Cuántos jóvenes hay que dicen al perdonar una injuria, y favorecer á un enemigo: Hago esto porque soy filósofo! -- No; lo haces, porque te criaste católico.

Que dicen: Huyo del fango de los vicios, porque soy moral. -- No; lo haces, porque te criaste religioso.

Que dicen: He hecho un sacrificio, me he privado de un goce, por tal de aliviar una miseria, porque soy filántropo. -- No; lo has hecho, porque te criaste cristiano.

Esto es si son sinceros en dar un noble orígen á sus acciones buenas, y no ocultan bajo aquellas palabras la vanidad, el respeto humano, y la hipocresía; pues solo la religion crió aquellas virtudes, hijas ingratas que se emancipan, vuelven la espalda á su madre, y se unen á sus enemigos para combatirla, todo por espíritu de rebeldía, ese frenesí del entendimiento.

¡Dios santo! consérvanos en la llana, fácil y bella senda de la estricta sumision, que tantos santos y sabios ilustraron, y aléjanos de la pérfida senda de la rebeldía, laberinto oscuro é intrincado, en que se pierden tantas bellas inteligencias, y se precipitan todas las soberbias!

Mas, volviendo á Clemencia, al verla tan paciente, se decia aquel hombre inculto por su temprana emancipacion, degradado por los vicios y pervertido por las malas compañías, el que ni aun comprendia las virtudes femeninas, ni el ardor santo con que se cumple en la juventud con los mas rigorosos deberes: «me engaña; y por eso calla; no se cura de que la abandone; si me quisiese, ¿acaso no tendria celos?»

Alguna vez, esta idea fija le abatia.

Entónces Clemencia se acercaba á él, y empezaba á verter los inagotables tesoros de interes y de consuelo que todo corazon de mujer abriga hácia su marido, si le ve padecer en su cuerpo, ó sufrir en su alma. Si Fernando callaba, redoblaba sus espresiones de interes y de ternura, tan elocuentes, porque las dictaba su corazon. Mas estas flores sembradas en un desierto, se marchitaban en su árido suelo; este bálsamo vertido sobre un cadáver, no lo impregnaba, rechazado por su frialdad. Si acaso correspondia, era tratando el amor á su manera grosera y chabacana. Clemencia, entónces como la sensitiva que lastima una tosca mano, se retraia, se encogia, y acababa por angustiarse. Esto volvia á montar á su marido en su habitual despecho, y prorrumpia en quejas y sarcasmos.

Una infinidad de esos pequeños lances de que se compone la vida doméstica, venian cada dia á dar nuevo realce á esta incompatibilidad de naturalezas.

Un dia Fernando trajo á su mujer una lindísima estampa iluminada, de esas que todos vemos y miramos sin escandalizarnos,--¡tal es el poder de la costumbre! -- Representaba á Vénus acariciando á Adónis. Clemencia nada sabia de la impúdica mitología, ni ménos de las despreocupadas prerogativas y de las abstraidas reglas de la belleza del desnudo. En casa de su tia, casa montada á la antigua, solo el famoso Mercurio, envuelto el torso en una airosa banda, y adornado con alas, como la representacion de un espíritu, habia tenido el privilegio de bajar del Olimpo al patio de aquella morada. Así fué que apénas comprendió Clemencia lo que miraban sus ojos estáticos, cuando uniéndose á la esquisita pureza de su alma la debilidad en que su estado enfermizo y escitado habia puesto á sus nervios, prorumpió en sollozos de tedio, de vergüenza y de angustia, tapándose el rostro con ambas manos. Fernando al pronto se quedó parado: no comprendia; pero atribuyendo en seguida esta esquisita y delicada espresion de pureza en una niña que solo conocia su convento, á escrúpulos de monjas, prorumpió en cuanto vulgar sarcasmo ha inventado la grosería contra estas, acabando por decir á Clemencia que una mujer como ella, deberia no haber salido nunca de su convento, en lugar de haberse prestado á ser la mujer de un militar.

Esta vida terrible al lado de un hombre, que solo define bien la palabra _atroz_, digno marido para una jóven de esas emancipadas, que dicen con un candoroso cinismo que quieren amantes ó maridos que las sobrepujen en audacia y energía; esta vida, decimos, si bien era tolerable á la encantadora mansedumbre de alma de Clemencia, no lo fué á su naturaleza física.

Así era que se desmejoraba con espantosa rapidez, sin notarlo ella misma. Sus huesos se señalaban al traves de su pálido y amarillento cútis; no se alimentaba, ni tenia quien cariñosamente la obligase á hacerlo. En breve no tuvo aliento para moverse; y ella, tan hacendosa y tan dispuesta, pasaba sus dias, tendida inerte sobre un sofá, siempre paciente y siempre conforme, y sin aun compadecerse á sí misma, lo que es un consuelo grande.

Habian pasado dos meses, y los buques que iban á llevar la tropa á Valencia, se hallaban prontos á darse á la vela.

Clemencia, no obstante, no estaba capaz de poder seguir á su marido.

Fernando se vió en la necesidad de escribir á sus padres el mal estado de salud en que se encontraba su mujer, que le obligaba á separarse de ella y dejarla á su cuidado, hasta que terminada la guerra pudiese volver á su lado.

El dia en que Fernando comunicó á su mujer que iba á partir, y que ella permaneceria durante su ausencia en casa de sus padres, lloró esta con amargo desconsuelo.

--¿Lloras por dejarme? le decia con ironía Fernando: ¡pues me hace gracia! Tu Amor, ya que te empeñas en persuadirme que amor sientes, es un amor de cuaresma, con unas lamentaciones en sí bemol, que hubiesen encantado á Jeremías, que era un marido pintiparado para tí.

Clemencia, en realidad, se habia apegado á su marido, _porque era su marido_. Como otra Santa Mónica, esperaba firmemente que Guevara tarde ó temprano miraria la vida bajo su verdadero punto de vista, renunciando á la viciosa y disipada que llevaba, y que con la edad, su corazon se abriria á todas las virtudes y buenos sentimientos. No sabia la sencilla niña que es una vulgar injusticia achacar á la juventud los vicios, y á la edad madura las virtudes. Ignoraba aun que una naturaleza noble y elevada tiene la juventud virtuosa y que una naturaleza mala y rebajada tiene viciosa la vejez.

¡Qué mina inagotable de amor es, pues, el corazon de una mujer buena! de amor puro, noble y generoso, que se aumenta y aviva por la ausencia, por las desgracias, por la pobreza, por los males del cuerpo, aun los mas repulsivos y contagiosos del hombre á quien llama su marido; amor que eleva y realza la naturaleza humana, como la rebaja el amor que alimenta la vanidad ó la pasion de los sentidos; amor que el mundo se atreve á denigrar con el nombre de _tibio_, los materialistas á burlar con el de _platónico_; pero amor que ensalza la poesía, llamándolo ideal, y bendice el cielo, llamándolo santo!

Guevara aprovechó la ida á Sevilla de la mujer del coronel, para enviar allí á Clemencia bien acompañada.

La pobre niña llegó en su lastimoso estado á casa de su tia. Su debilidad era tal, que el cansancio del viaje, unido á la emocion que le produjo el ver á su familia, le causaron un profundo desmayo.

La Marquesa, alarmada, convocó á los facultativos, que declararon á la paciente en un estado muy grave. Esta declaracion fué una sorpresa para Clemencia, pero no sorpresa aflictiva ni angustiosa; al contrario, pasado el primer sobresalto, consideró que si Dios la llamaba á sí, le haria un beneficio, pues por desgracia no se hallaba capaz de hacer la felicidad de su marido. ¡Ojalá, pensaba, caso que Dios me deje la vida, pudiese volver al convento!

La pobre niña, como el ruiseñor enjaulado en el bullicio del mundo, suspiraba por la tranquila soledad de su floresta.

Clemencia habia caido postrada; no obstante, su juventud y buena naturaleza triunfaron. Estaba ya en plena convalecencia, cuando llegó la noticia de haber muerto Fernando como valiente en una arrojada empresa.

Clemencia lloró con tan abundantes y sinceras lágrimas á su marido, que nadie pudo nunca sospechar su infame comportamiento con ella. Todo lo calló siempre Clemencia; en vida de Guevara, por un sentimiento de deber; en su muerte, por un sentimiento de respeto.

Si hemos referido con rápida aglomeracion todos estos eventos tan importantes en la vida de nuestra protagonista, ha sido porque con la misma acaecieron, y que la propia impresion penosa, indefinida y amarga que dejará este relato en la imaginacion del lector, fué la sola que dejaron estos sucesos al cabo de algun tiempo en el ánimo de Clemencia. Esto debió suceder; pues cuando á los diez y seis años, y con un carácter feliz é inclinado al bien hallarse, se sufren infortunios violentos, pero cortos cual tormentas de verano, vuelve el ánimo á su calma, como despues de aquellas vuelve el cielo á su serenidad, sin dejar mas rastro estas que el beneficio del rocío en la tierra, y aquellas que el beneficio de las lágrimas en el corazon. Puede, pues, considerarse el capítulo leido como transitorio, y lo es porque lo fueron igualmente los sucesos que encierra en la vida de Clemencia, formando en ella un episodio corto, terrible, asustador para una mujer, cuya alma y carácter eran opuestos á la lucha de las pasiones, y cuya impresion influyó poderosamente en el giro de sentimientos y de ideas de Clemencia. Así, pues, será este conocimiento una clave para comprender sus sentimientos é ideas en lo sucesivo, y una prueba mas de que no se puede echar ligeramente fallo alguno sobre los móviles que llevan á obrar á una persona, pues ¡cuánto no se habria engañado el que hubiese atribuido á frialdad, rareza ó egoismo el instintivo alejamiento á nuevos lazos que engendró en Clemencia su triste y malavenida union!

CAPITULO X.

Cuando Clemencia, aliviada de sus males y calmado su dolor, pudo ocuparse de lo que la rodeaba, poca variacion halló en la superficie de las cosas en casa de su tia. El Marques de Valdemar habia permanecido en Sevilla, lo que llenaba de satisfaccion á la Marquesa, que decia á D. Silvestre:

-- Una gallina ciega halla á veces un grano de trigo; así usted acertó en darme el mejor de los consejos. Nada he escrito á mi hermana, y Valdemar no debe de estar desesperanzado, cuando permanece en Sevilla, frecuenta tanto mi casa, y le noto animado y contento. ¡Si era imposible que esa niña, que no tiene un pelo de tonta, jugase su suerte por aquello de _la tuya sobre la mia_!

--¿Lo ve Vd., señora? contestaba D. Silvestre; es preciso siempre dar tiempo al tiempo, y no partir de ligero, como esos diabólicos caminos de hierro.

Constancia seguia metida en sí como ántes, Bruno de Vargas taciturno, y Alegría mas animada, mas ocupada en lucir y seducir que nunca.

Doña Eufrasia seguia curioseando, entrometiéndose en todo, plantando frescas y tomando su chocolate, y D. Galo, amable y cortés como siempre, _acompañaba á Clemencia en su sentimiento_, y sacaba los números de la lotería.

En cuanto á Pepino, no paraba de refregar descomunalmente los cuchillos, cuidando al desalado Mercurio, y cantando con una voz entre gangosa y nasal:

Para no llegar á viejo, ¿Qué remedio me darás? -- Métete á servir á un amo, Y siempre mozo serás.

A todos, ménos á D. Galo, habia hallado Clemencia frios con ella, pero quien ostentaba, digamos así, un frio glacial, era el Marques de Valdemar, lo que fué tanto mas estraño y triste para Clemencia, cuanto que le quedaba un grato recuerdo del interes marcado y de la delicada benevolencia que le habia mostrado al conocerla.

La pobre niña, viuda ya, empezó entónces á afligirse sobre su suerte, que la traia á una casa, á cuyo amparo habia perdido derecho, desde que amparada por un marido, habia salido de ella. Aunque su tia la habia recibido bien, ni un ofrecimiento, ni ménos una súplica le habia dirigido, que tuviese por objeto el que permaneciera en ella.

Uníase á esto la impresion que le habia dejado un coloquio que habia oido cuando estaba postrada en cama, el que tenia lugar en el cuarto inmediato entre Alegría y su madre, que en vano suplicaba á su hija que bajase la voz.

-- Señora, decia Alegría, ¿va Vd. á cargar con ese censo irredimible? ¿No tiene suegros ricos? A ellos les toca hacerse cargo de la viuda de su hijo.

-- Pero no me toca á mí indicarlo, ¿entiendes? -- y habla mas quedo.

-- Pues yo soy de parecer que os toca, repuso Alegría en su mismo tono, si es que se hacen los remolones.

-- A lo ménos, en este momento no. ¿Querrás darme lecciones de lo que tengo que hacer? Es tu prima hermana, sobrina carnal de tu padre, y no está en el órden que yo haga gestion alguna para que salga de casa. Para mí es la pejiguera: á tí, ¿qué te estorba?

-- Señora, todo ingerto hace daño á las ramas. Si viviese Vd. en Villa-María, y sus suegros en Sevilla, ya haria ella porque la llamasen; pero siendo lo contrario ya la puede Vd. contar entre sus bienes vinculados.

La pobre Clemencia llegó, pues, á sentirse tan sola y abandonada, que pensó suspirando que mejor le hubiera sido morir y reunirse así á su marido en otro mundo, en donde, bajo los ojos de Dios y libres de pasiones terrestres, habrian sido felices.

Una mañana que la pobre solitaria se entregaba tristemente á sus amargas y desconsoladoras reflexiones, sintiendo hondamente no poder volver á su convento, cerrado aquel refugio á las almas desvalidas, á las vocaciones religiosas, á los corazones quebrados, con los que la _libertad_ no repara en ser la mas arbitraria déspota, le entregaron una carta: abrióla con sorpresa. Era este su contenido:

«Hija muy querida:

»No soy pendolista ni palabrero; pero no hay que serlo para decirte con pocas y verdaderas palabras que tanto mi señora como yo, que conocemos tus circunstancias, lo bien que lo has hecho con el trueno de mi hijo (Dios le haya perdonado), y que hemos quedado solos como troncos sin ramas, deseamos tenerte á nuestro lado, como compete á la viuda del solo hijo que Dios nos habia dejado.

»Vente, pues, con tus padres, á esta tu casa. Tú serás nuestro consuelo, y cuanto hacer podamos se hará para procurártelo á tí.

»Adios, hija: no soy mas largo, por lo que arriba dejo dicho, que no soy pendolista; pero sí tu padre que te estima y ver desea

_Martin Ladron de Guevara_.»

Miéntras Clemencia, llena de consuelo y satisfaccion, leia esta carta, tenia lugar entre la Marquesa y su amiga Doña Eufrasia una conversacion confidencial que debia arrastrar grandes consecuencias.

Despues de entrar esta intrépida consejera intrusa, y saludar á la Marquesa con su infalible _Dios te guarde_, le preguntó:

--¿De quién es una carta que ha recibido la viudita?

--¿Clemencia, una carta? No sé ni acierto de quién pueda ser.

--¡Ya! si tú no sabes en punto á lo que pasa en tu casa, de la misa la media.

Doña Eufrasia acababa de herir el amor propio de la Marquesa en su parte mas sensible; es sabido que siempre lo ponemos en aquello mismo de que carecemos, Richelieu lo ponia en tener dotes de poeta; la Marquesa en tener ojos de lince.

--¡Vaya! esclamó, ¡vaya si sé! Nada se me escapa á mí; conozco hasta las respiraciones de todos los de mi casa, y lo que no puedo averiguar, lo sé por Pepino.

-- Pues ni tú ni tu _atélite_ Pepino, á quien se lo pregunté, sabian nada de la carta.

--¿Y de quién podrá ser? preguntó pensativa la Marquesa.

--¡Toma! de algun pretendiente. ¿Qué duda tiene? Las viudas tenemos un garabatillo particular y pretendientes por docenas. ¡Vaya si los he tenido yo! No ha muchos años que andaba uno tras de mí que bebia los vientos; yo estaba á tres bombas con él, hasta que un dia pensé: basta de monicaquerías. Sabes que tengo malas pulgas, y que no me he de morir de cólico cerrado; así fué que me planté como vaca flaca, y le dije: ¿qué se ofrece? ¿qué anda Vd. tras de mí como la soga tras del caldero? Me dijo entónces con mas palabras que un abogado, que me queria, y qué sé yo qué mas chicoleos. Le dejé acabar su retahila, y le dije:--¿Y qué mas? -- Me respondió que lo que deseaba era que le diese una cita. -- Bien está, le contesté.--¿En dónde? me preguntó. -- En San Márcos[2], le grité, so descabellado, y le volví la espalda.

-- Pero... ¿quién podrá ser ese pretendiente? dijo la Marquesa, que preocupada, no habia prestado atencion alguna á la aventura amorosa de su amiga.

-- Anterior debe de ser á su viudez el enamorado, puesto que desde que murió el marido,--(buen calavera era, segun he oido decir) -- no ha salido ella apénas de su cuarto.

-- Es muy cierto. ¿Si será de...

--¿Del lengüilargo desfachado de Paco Guzman? No; ese anda tras de la buena alhaja de Alegría.

--¡Qué disparate, mujer!

-- No tengas cuidado; que ella no le quiere sino para pasar el rato: pica mas alto.

--¿Si será la carta de Valdemar?

--¡Ahí va la cosa! Temes que sea del Marques, porque lo quieres tú para Constancia; ¡acabáramos! aunque me lo has tenido callado, lo que es una _potable_ falta de confianza, no creas que yo me chupe el dedo, y que no vea lo que pasa. Pero si Constancia no le quiere, ¿á qué estás ahí nadando contra la corriente?

-- Es, repuso la Marquesa, que ya no pudo ni quiso negar, es, que el no querer Constancia es un necio capricho de niña voluntariosa, que se le irá pasando, que se le va pasando ya.

--¡Pasando! esclamó Doña Eufrasia. Vamos, mujer, que estás en babia. ¡No digo que no sabes lo que sucede en tu casa!

--¿Qué quieres decir con eso, Eufrasia? No seas como el reló de Pamplona, que apunta, pero no da. A mí no me gustan las palabras preñadas, ni las retrecherías, ¿estás? O se dice todo lo que á entender se da, ó no se da á entender nada.

-- Pues no diré nada.

-- Eso de tirar la piedra y esconder la mano, es muy fácil, hija mia, y solo lo has hecho para darme á entender que sabes mas de mi casa que yo misma, lo que es una pretension ridícula.

--¿Sí? ¿Crees eso? repuso picada Doña Eufrasia, pues mira, lo diré, porque hago _refaccion_ de que no tengo por qué callarlo, aunque luego te pese saberlo: tú lo quisiste, tú te lo ten. Constancia ni quiere al Marques, ni á San Crispin que le propusieras, porque quiere á Bruno de Vargas. Ea, ya lo sabes.

Es imposible describir el asombro de la Marquesa, al oir estas palabras.

--¡No puede ser! esclamó.

-- No sé por qué, repuso la reveladora.

-- No lo creo.

-- Pues no lo creas; el creer pende de la voluntad...

--¡Si nada he notado!...

-- Eso es lo que yo te decia.

--¿En qué ha pensado esa niña?

-- En lo que piensan los que se enamoran.

--¡Seria una insensatez!...

-- Razon mas para que lo hiciese.

-- No lo creo... y ¡no lo creo!...

-- Pues ¿qué me dirás si te digo que yo, yo, yo misma los he visto hablando por la reja?

La Marquesa se puso ambas manos en la cabeza. En seguida se levantó, aprestó precipitadamente unos avíos de escribir algo desparejados, y empezó una carta á su hermana, miéntras decia entre cortadas frases:

-- Eufrasia, hija mia, por Dios, calla esto -- que no se trasluzca que yo lo sé -- hasta que diga mi hermana lo que se ha de hacer--¡qué pluma!--¡qué niña! -- Hermana, no es culpa mia.--¿A qué hora sale el correo?--¡Ay qué niña! ¡qué niña! -- Yo me voy á volver loca.--¿A cuántos estamos?--¿Quién se vió nunca en semejantes apuros?

--¡Escribe, escribe, murmuraba entretanto Doña Eufrasia; sobre que en no consultando con tu hermana, no sabes qué hacer!... ¡por via de los moros de Berbería! ¡Cuidado con las mujeres que no saben atarse las enaguas!

A los pocos dias recibió la Marquesa la contestacion á su carta. Su hermana escribia furiosa, y despues de hacer las mas acerbas reconvenciones á la Marquesa, le prescribia el poner á su hija entre la alternativa de casarse con Valdemar, disfrutando de todas las ventajas ya mencionadas, ó de ser enviada á una hacienda aislada, en que sola y sin nocivas influencias podria hacer saludables reflexiones y refrescar sus cascos, miéntras ella cuidaria de que Bruno de Vargas, que desde tanto tiempo se solazaba en Sevilla, fuese á ocupar una vacante en Melilla, poniendo así el mar por medio de tales cabezas á la jineta.

La Marquesa lo hizo segun se lo prescribió su hermana. Empezó por hacer las mas agrias reconvenciones á su hija, pasó despues á los consejos, á los ruegos; pero halló á Constancia tan firme é inmutable, que tuvo que acudir á las amenazas, las que no habiendo producido mejor resultado, la Marquesa, fuera de sí, dispuso desde luego el viaje.

Para evitar el escándalo, y dar á este viaje un colorido natural y pacífico, la Marquesa á quien Clemencia habia participado la carta de su suegro y su intencion de trasladarse á Villa-María, rogó á esta que acompañase á Constancia en su viaje, pudiendo de esta suerte decir, para disimular la realidad, que iba Clemencia á convalecer con los aires del campo, y que Constancia la acompañaba.

La dócil niña, siempre complaciente, accedió á los ruegos de su tia, y contestó á su suegro en este sentido, añadiendo que ansiaba por el dia feliz en que dejase de ser huérfana, hallando padres en los de su marido.

Constancia sufrió impávida y callada las persecuciones de que fué objeto; no derramó una lágrima al separarse de Bruno, al que mandó por Alegría, que se mostró en esta ocasion muy propicia á servir á su hermana, una sortija de oro, alrededor de la cual hizo grabar: _Constancia_.

CAPITULO XI.

En la orilla del mar tenian los Marqueses de Cortegana un coto agreste y solitario. No léjos de la playa se levantaba un gran caserío sólido y duradero, pero sin gusto y sin comodidades; formaba esta mole un cuadrado, en medio del cual habia un vasto patio empedrado, en cuyo centro se elevaban dos palmeras, que desde léjos se veian mecer sus copas, como negando la entrada del austero y solitario edificio.

En uno de sus lados tenia este caserío una inmensa portada, sobre la que se elevaba una especie de torrecilla, en que estaba un nicho pequeño con la imágen de Nuestra Señora de la Soledad, de la cual tomaba el nombre la posesion.

En frente de la portada, sobre unas gradas, estaba una sencilla cruz de madera. Al lado derecho de la puerta colgaba una cadena, perteneciente á una campana, que pocas veces anunciaba la llegada de un forastero. La fachada, que daba frente al mar, tenia las pocas ventanas enrejadas, abiertas en el edificio, que tomaba luz del patio, lo que le daba un aire aun mas adusto y reconcentrado.

En uno de los hermosos dias de otoño, que son un blando y fresco recuerdo de los de verano, apareció en apresurado y no interrumpido trote una berlina tirada por seis caballos, dirigiéndose hácia aquel caserío. El hondo y uniforme ruido de las ruedas sobre la tierra seca no era interrumpido sino por los gritos angustiosos con los que los mayorales animan, ó mejor dicho, asustan y angustian al ganado. Paró ante la portada, y resonó en el aire el claro sonido de la campana, despertada por la cadena de su largo sueño.

A ese inesperado toque, aquel callado y soñoliento recinto pareció despertarse sobresaltado; los perros ladraron, las gallinas y pavos huyeron cacareando, los chiquillos gritaron, y por último, se oyó el ruido que hacia al descorrerse un enorme y enmohecido cerrojo; las pesadas puertas chillaron sobre sus goznes, y el coche entró en el grande y alegre patio.

Asombrada acudió la casera, que era una buena anciana que allí vivia con sus hijos y nietos.