Clemencia: Novela de costumbres
Part 5
Es lo referido en este capítulo un bosquejo exacto de la vida social, tal cual la hemos hecho; esto es, una fusion de juegos y risas frívolas que se ostentan, y de pasiones y dolores profundos que se ocultan.
CAPITULO VIII.
La Marquesa, que á pesar de lo absorta que habia estado su atencion la noche anterior por el tresillo, por la mojadura de la vela y por la mutilacion de su querido Mercurio, al que de tantas, solo un ala quedaba, no habia dejado de notar la chocante conducta de Constancia para con el Marques, tuvo con ella al dia siguiente una violenta escena.
-- No os canseis, madre, le dijo esta, ni vos ni nadie haréis jamas que me case contra mi voluntad; tampoco me casaré contra la vuestra: esto es todo lo que teneis derecho á exigir de mí.
De aquí no fué posible sacarla, ni con halagos, ni con ruegos, consejos ni amenazas.
A la tarde deseó Alegría ir á paseo, y con gran sorpresa suya halló á su madre muy dispuesta á llevarlas.
Pero cuando á la hora marcada salió la Marquesa de su cuarto, con su mantilla puesta y lista para pasear, halló á Alegría elegante y lujosamente adornada, y á Clemencia linda como un ángel, con su sencillo velo de gasa blanca y unas rosas del tiempo en la cabeza; en cuanto á Constancia estaba acostada con jaqueca.
Difícil seria describir lo que rabió la señora, y el estado de exasperacion en que emprendió el paseo, tan fatigoso para ella, y que habia perdido ya su objeto, que era facilitar una entrevista mas desahogada que las que les proporcionaba la tertulia, á los presuntos novios.
Alegría, al llegar al salon de Cristina, se cogió del brazo de una amiga, y Clemencia las siguió dando el suyo á su tia.
-- Sépaste, Clemencia, iba esta diciéndole, que no hay una locura mayor en las muchachas, que rehusar un buen partido cuando se les presenta. Muchas y muy muchas conozco yo que así lo han hecho, y se han casado luego con quien Dios ha querido. Si yo hubiese rehusado á tu difunto tio, cuando mis padres trataron la boda, sabe Dios con quién estaria casada á estas horas. Ten siempre presente -- lo que suelen olvidar muchas niñas, -- que á la ocasion la pintan calva, y que la cabeza de chorlito que rehusa un buen porvenir por capricho, por imprevision, por desobediencia, merece que la encierren en San Márcos. ¡Vaya con las niñas del dia! _¡Perlitas!_... como dice D. Silvestre. Un collar le habia yo de hacer de estas perlitas; que como no pidiese alafia, por mí la cuenta.
Encontráronse entónces con Valdemar que se reunió á ellas, saludando á la Marquesa, á quien preguntó por Constancia.
-- La pobre está con jaqueca, respondió su madre: las padece; pero es mal que se gasta con la edad.
Al dar la vuelta del paseo, el Marques ocupó el lado de Clemencia.
--¿Os gusta el pasear? le preguntó.
-- Sí, me gusta, contestó esta; pero todavía mas me gusta quedarme en casa.
--¿Porqué?
-- Porque á esta hora riego las macetas, lo que es para mí una gran diversion; pues están todos los pájaros revoloteando, buscando su cama, resguardada del relente; corre el agua tan fresca y tan alegre del estanque, á besar los piés á las flores; estas esparcen toda su fragancia como un adios al sol que las cria, y está hecho el jardin un paraíso.
--¿Sin manzano, Clemencia?
-- Sin manzano, pues no hay en él cosa prohibida; ¡sin manzano, sí! y sin culebra, que es mas.
-- Pero tambien sin Adan.
-- Verdad es, á ménos de no serlo Miguel el jardinero sordo, respondió riéndose alegremente Clemencia.
-- Marques, dijo Alegría, volviéndose y señalando con un movimiento de cabeza á una señora que en el paseo se les acercaba de vuelta encontrada, ¿qué os parece ese palo vestido, que viene hinchando sus desenrolladas narices, porque es rica, en lugar de encogerlas en favor del aspecto público?--¿Se ven en Madrid tales tarascas?
-- En Madrid hay tantas personas poco favorecidas por la naturaleza como hay aquí, Alegría, respondió el Marques, sin desviarse del lado de Clemencia; lo que sí hay aquí en mas abundancia que en Madrid, son mujeres favorecidas por ella.
-- Si supieseis lo buena que es esa señora que no es bonita, os lo habia de parecer, dijo Clemencia. En mi convento tiene una parienta suya monja, á quien mantiene, y ademas ha puesto allí dos pobrecitas que quedaron huérfanas en el cólera, á quienes costea en un todo.
-- Ella es buena y fea; pero vos, Clemencia, sois buena y bella: ¡mirad la ventaja que le llevais!
-- Marques, tornó á decir Alegría volviendo la cabeza, á pesar de ir á su lado Paco Guzman, no creais nada de cuanto os diga Clemencia, que se ha enseñado en el convento á ser una hipocritilla.
--¡Jesus! murmuró escandalizada Clemencia.
-- Si veis venir á D. Galo, añadió Alegría, dejadle libre el campo, si no quereis hacerle mal tercio, pues suelen tener los dos sus consultas secretas sobre los ambos y los ternos.
--¡Las cosas que inventa Alegría! esclamó Clemencia.
--¿Quién es ese D. Galo? preguntó el Marques.
-- El hombre mas feo y ridículo del mundo, contestó Alegría; el que sacaba anoche los números de la lotería, el íntimo de Clemencia, que no puede vivir sin él.
--¿Es cierto, Clemencia? preguntó Valdemar.
-- Que sea ridículo, no señor, contestó esta; que no pueda yo vivir sin él, tampoco lo es. Pero lo que sí es cierto que si le trataseis, seriais su amigo, porque todo el que le trata lo es; todo el mundo le quiere, incluso Alegría, aunque le haga burla, porque ella no puede dejar de ser burlona; y como todos se rien, no piensa que hace mal.
--¿Y vos, no sois burlona?
-- No señor; en primer lugar, porque no me gusta la burla, y en segundo lugar, porque nada burlon se me ocurre; para eso es menester tener gracia, como la tiene mi prima.
-- Todo el que tiene entendimiento, y aun sin tenerlo, tiene la gracia suficiente para la fácil espresion de la burla; pero esa facultad es preciso con el uso aguzarla para que punce, y es necesario afilarla para que corte. Ensayadlo, y veréis cuán pronto sobrepujais con ventaja á vuestra prima.
-- Señor, ese es un consejo que no seguiré, y que estraño me deis.
--¿Y porqué?
-- Porque vos mismo no lo seguís.
El Marques se echó á reir.
-- Y vos, Clemencia, le dijo, me enseñais que vuestras leales armas defensivas tienen mas poder en buena guerra que las agresivas armas vedadas. Clemencia, la burla no la haceis vos por delicada bondad de corazon; y yo no la hago, porque la proscribe el buen tono. Vuestro móvil vale mas que el mio, pero el resultado es el mismo.
A los piés del paseo habia estacionado un grupo de oficiales y de jóvenes de la ciudad.
Entre los primeros se notaba un capitan, que por su buena figura, su hablar recio y aire descocado, llamaba la atencion. Era este Fernando Guevara, hijo de una ilustre y rica casa de un pueblo de tierra adentro; pero nada en su porte ni en sus maneras denotaba la distincion de su cuna, ni la nobleza de su sangre, ni aun el buen porte del que sigue la caballerosa y rígida carrera de las armas. Teníase mal, y hacia gala de un desembarazo y desgaire, que rayaba en grosería; en fin, en todo su continente, en su modo de mirar, en su hablar recio, en su risa descompuesta, se pintaba el calavera descarado, para el que la moral, la compostura, la elegancia y la finura, son cosas desconocidas. Aquel hombre no tenia mas que una virtud, ó mejor dicho, una bella cualidad, era en estremo bizarro. Tanto esta fama como su alcurnia y el mucho dinero que derrochaba, le daban una buena posicion en los círculos de los hombres; en cuanto á los de señoras, rara vez concurria á ellos, pues en su chabacano _¿qué se me da á mí?_ preferia en punto á círculos aquellos que estaban en su cuerda, y en los que sin sujecion podia dejarse ir á sus groseras tendencias.
Los padres de Guevara habian condescendido gustosos á sus deseos de entrar en la milicia, por no poder desde que era niño, sujetar ni sufrir sus desmanes. Pero, habiendo tenido la desgracia de perder á dos hijos mayores que Fernando, habia un año que insistian en que se retirase del servicio, por ser ya el único representante y heredero de su rica casa.
Fernando, empero, se estremecia con la sola idea de meterse á los veinte y cuatro años en un pueblo pequeño del interior, ó de renunciar á su alegre y aventurera vida.
Venian en este momento acercándose Alegría y su amiga á este grupo.
Fernando, apoyado el cuerpo en su remo izquierdo, y cruzado de brazos, las miraba con insolencia.
--¡Qué linda es! dijo uno de los presentes: no hay duda que es la mas bonita de cuantas muchachas encierra Sevilla.
-- No tal, repuso Fernando Guevara; que lo es mucho mas la que le sigue con esa señora, que será su madre.
-- No es su madre, es su tia, la Marquesa de Cortegana.
--¿Y la niña?
-- Se llama Clemencia Ponce.
-- No vi criatura mas hermosa, dijo Fernando.
--¿Te ha dado flechazo? le preguntó uno de sus compañeros.
-- Esas flechas de plumas de marabú, dijo otro, no dan flechazo á Guevara; le hieren mas las flechas con plumas de pajarracos ménos pulidos.
-- Mi gusto no está contratado, repuso Fernando; es libre como el aire.
-- Pues hombre, tú que no eres amigo de suspirar en balde, no debes picar tan alto.
-- Es que si se me antoja suspirar, no suspiraré en balde, dijo Fernando.
-- Hombre, esclamó uno de sus compañeros, te sabia arrogante; pero no te sabia fatuo.
-- Apostemos, dijo pausadamente Fernando.
-- Está loco, esclamaron todos á una voz.
-- Apostemos, repitió Guevara con la misma calma.
-- Fernando, te estás poniendo en ridículo; mira cómo se rien; estás haciendo el oso, dijo á media voz un amigo suyo.
-- Apostemos, repitió por tercera vez Fernando; pero no una onza ni dos, sino media talega: ¿quién la lleva?
-- Yo, dijo un rico jóven de Sevilla, indignado de la insolente presuncion del oficial.
--¿Diez mil reales?
-- Diez mil reales.
-- Señores, sois testigos, dijo Fernando.
-- Es preciso fijar un plazo, advirtió el oponente.
-- Ocho dias, contestó Guevara.
-- Ocho dias, hecho; dijo el jóven.
Entretanto la hermosa y suave niña, que apénas habia entrevisto ni parado la atencion en aquel grupo que tan osadamente la profanaba, decia al Marques de Valdemar, que le preguntaba si estaba cansada:
-- Sí señor; y decididamente me gusta mas pasar la tarde entre mis flores, los pájaros que cantan y el agua que corre y rie tan alegre, que no entre tantas caras desconocidas, que todas miran de hito en hito, las mujeres con un aire tan burlon, los hombres de un modo tan raro....
CAPITULO IX.
Fernando Guevara era pariente de D. Silvestre; por lo cual, habiendo averiguado su intimidad con la Marquesa, al dia siguiente fué á verle con la peticion de que le introdujese en casa de esta señora.
D. Silvestre, á fuer de ser su allegado, y con el plausible motivo de no tener la molestia de decir que no, estuvo desde luego dispuesto á ello. Así sucedió que al mismo dia fué presentado á la Marquesa, á la que despues de los primeros cumplidos, pidió á Clemencia.
La Marquesa, que regularmente habria acogido muy mal al atolondrado jóven y su brusca peticion, si se hubiese tratado de una de sus hijas, acogió con suma satisfaccion al pretendiente de su sobrina. No se le habia pasado por alto la impresion que habia hecho Clemencia en el Marques de Valdemar, y lo ocupado que habia estado de ella la tarde anterior, en que las graciosas provocaciones de Alegría no habian bastado á distraerle; y como la señora no perdia la esperanza de que el capricho negativo de Constancia se disipase con el tiempo y la razon, veia con temor y recelo el que otra que su hija pudiese agradar al Marques. Fernando Guevara era, segun aseguraba su amigo D. Silvestre, caballero, noble y rico: ¿qué mas necesitaba saber la señora?
Así fué que otorgó llena de júbilo su demanda, sin poner mas condicion que el beneplácito de sus padres.
-- No podeis dudar que lo otorguen; ni motivos hay para otra cosa, le dijo Guevara. Desde que murieron mis hermanos, el mayor deseo de mis padres es que me case y me retire. Mas por ahora solo pienso complacerlos en lo primero, porque no me siento dispuesto á los veinte y cuatro años á meterme en el villorro de Villa-María, á liarme en la capa, á acostarme con las gallinas y á levantarme con los gallos, sin acordarme mas de que hay un mundo alegre, y en él buenos compañeros. Así, tened esa licencia por segura, y advertid que de aquí á ocho dias he de estar casado, porque el regimiento pasa á Cádiz.
Cuando Guevara se hubo ido, la Marquesa llamó á Clemencia y le dijo que se le presentaba una suerte brillante, pues habia pedido su mano un jóven de arrogante figura, hijo y único heredero de un rico mayorazgo. Que aunque no creia fuese necesario, le recordaba cuanto la tarde anterior le habia dicho acerca de las niñas locas que despreciaban una buena suerte, y que el que se presentaba se la traia.
-- Pero... ¿quién es y cómo se llama? preguntó atónita Clemencia.
--¡Pues qué! ¿no le conoces? repuso su tia.
-- No, señora, respondió la interrogada.
-- Se llama Fernando Ladron de Guevara. Es de Villa-María, y sirve en el regimiento que está aquí de guarnicion. ¡Qué suerte! ¡Vaya; si estarás contenta!
La Marquesa no aguardó la respuesta de Clemencia, en lo que hizo bien, pues no dió esta ninguna. La dócil niña no sabia ni qué pensar ni qué decir; nada sentia en favor ni en contra de este enlace, sino la estrañeza de casarse con un hombre á quien no conocia.
La Marquesa mandó venir costureras y modistas, dió parte, compró sus regalos, de modo que sin darse cuenta de lo que pasaba, á los ocho dias Clemencia, vestida de blanco, coronada de rosas blancas y blanca cual ellas, se hallaba frente á Guevara delante de un sacerdote, exhalando como un débil eco del sí que pronunció Guevara, un sí maquinal, que resumia todo lo que en aquellos dias habia hecho, como el lazo que reune para formar un ramo, unas frias é inodoras flores artificiales.
Guevara, que solo habia gastado con la cortada Clemencia en los dias anteriores algunas chanzas comunes, y dicho algunos cumplidos vulgares y poco finos, que mas que halagar habian chocado la delicadeza instintiva de Clemencia, nada habia hecho ni nada habia pensado hacer para inspirarle cariño ni confianza; y así le era su marido tan estraño aquel dia que los unia para siempre, como lo habia sido el primer dia en que le vió.
--¿Es esto casarse? se decia asombrada la pobre niña. ¡Dios mio! ¡Yo que pensé que habia de querer tanto á mi marido! Pero el trato engendra cariño; ya le querré; así se lo he pedido á Dios esta mañana en la iglesia.
Aquel dia cobró Guevara su apuesta, y aquel dia partieron los novios para Cádiz, donde estaba ya el regimiento, que debia embarcarse en aquel puerto para ir al teatro de la guerra del Norte.
Ninguna reflexion de sus padres ni de la Marquesa habian podido retraer á Guevara de seguirle; era para él Villa-María una espantosa Siberia: ademas, era bizarro, tenia pundonor, y nada le habria movido á pedir su retiro en el momento en que su regimiento era destinado á ir á batirse.
No es posible pintar el desconsuelo de la pobre Clemencia al separarse de su tia y de sus primas, y al verse sola con un hombre que le era estraño, en un mundo nuevo, y entre gentes desconocidas.
Estílase en algunas partes, -- y lo singular es cabalmente en aquellas donde mas se preconiza y ensalza en las jóvenes la inmaculada inocencia, la infantil candidez, la austera reserva y la débil timidez, esto es, en Inglaterra, -- el que una jóven acabada de casar se meta sola con su marido en una silla de postas, y se vayan á viajar, haciendo de esta suerte de una concurrida y ruidosa posada, en que sin respeto serán el objeto de los chistes de los mozos y postillones, el lugar en que se alce para ellos el tálamo conyugal, que el hombre delicado que ama, quisiera alzar á las nubes, y la mujer que respeta el estado, deseara santificar con un altar. Rompen de esta manera violentamente con la ausencia los lazos con su familia, desechando así las hijas la dulce sombra de su madre en los primeros momentos de su nuevo estado; en lo que demuestran patentemente que todas aquellas pregonadas cualidades, esas suaves plantas que germinan en el corazon y hacen que las que las poseen se estrechen con fuerza como los blancos jazmines á sus naturales sostenes; estas cualidades, decimos, se las echan, como dice una enérgica frase vulgar, muy fácilmente á las espaldas. Esta repugnante costumbre, que debe pertenecer á las de las _jóvenes emancipadas_, no se conoce en España (con pocas y estranjeradas escepciones), España, á la que se echa en cara no criar las jóvenes con la rigidez y reserva debidas.
Esto nos lleva á repetir lo que otras veces hemos dicho; y es que preferimos una natural y decente soltura, á una reserva afectada, á una candidez hipócrita y á una timidez estudiada; sin que esto se oponga á que consideremos como el tipo de la jóven cumplida, la que embellecen una candidez sincera, una reserva natural y una timidez real, mas interna que esterna, mas en las ideas que en el porte, y que mas bien se disimule que se ostente.
Creemos que todo hombre delicado quisiera ver vacilar á la jóven que ha elegido por compañera, entre el regazo de la madre que la retiene, y los brazos del marido que la aguardan. Creemos que querria oir la dulce voz materna decirle: «En breve ese hombre que aun te impone, te será íntimo y querido como me lo es á mí tu padre; no llores, no llores; no atribuya á falta de cariño hácia él el dolor que te causa la despedida á tu cuna. Mira en el amante al compañero de tu vida, al padre de tus hijos, para que no te imponga como estraño.»
Hay hombres como Guevara, que relegarian, si las oyesen, estas nuestras opiniones al ridículo, ó cuando mas á un curso de moral, y no á reglas de delicadeza; pero los mas de los hombres, y sobre todo, los que hacen la debida diferencia entre una mujer legítima y una querida, piensan como nosotros; y las jóvenes deberian atenerse á la opinion de estos, y convencerse de que la mujer á la cual se recibe de las manos de su madre, tiene doble valor y prestigio que la que se entrega.
Aumentábase la afliccion y angustia de Clemencia, al ver que sus lágrimas en lugar de causar compasion é inspirar palabras de consuelo á su marido, le causaban el mas acerbo despecho; atribuyéndolo (y quizas no se equivocaba del todo) á alejamiento, hácia él. Así era que si nada habia hecho Guevara para captarse el cariño de Clemencia, esta, por su parte, sin saberlo, sin comprenderlo, hacia cuanto era dable para alejar de sí á su marido, que miraba la reserva como una prueba de antipatía; al que chocaban los sentimientos tiernos y suaves como afectaciones y remilgos, y al que horripilaban las lágrimas como á otros la sangre.
Así es que nunca unió la suerte dos seres con elementos tan contrapuestos, como lo eran los que componian las respectivas naturalezas de ambos consortes, ni mas á propósito para rechazarse mutuamente. A esto se unia el que Clemencia tenia diez y seis años, y Fernando veinte y cuatro, y que no conocian ni el mundo ni el corazon humano; lo que les hacia carecer de la prevision y de la prudencia que este conocimiento da. Faltábales la esperiencia, que sabe desvanecer cargos esplicando causas, hacer concesiones, temporizar, y sacrificando algo en lo presente, preparar el porvenir.
Pero Clemencia, criada en un convento, nada sabia de la vida, ni de las pasiones, en cuyo mas grosero círculo era lanzada sin graduacion, y Fernando que no habia salido casi de cuarteles y garitos, nada sabia de sentimientos de corazon, de delicadeza, ni de reserva, esos instintos femeninos. Siendo arrogante mozo y rico, no habia hallado nunca, en la especie de mundo mujeril que habia tratado, repulsas ni negativas en sus amores, por lo cual se persuadia que el amor tenia la misma espresion en ambos sexos.
Al ver que la inocente niña no sentia ni consideraba el amor como aquellas desenfrenadas, se convenció de que abrigaba un amor oculto, y se persuadió que el objeto de este era el Marques de Valdemar, que no habia podido disimular la estrañeza y disgusto que le habia causado el repentino é irreflexionado casamiento de Clemencia. Así es que aburrido, exasperado, enconado contra Clemencia, se entregó en breve sin reserva ni consideraciones, á sus vicios y disipada vida anterior.
Clemencia por su lado, viendo unidos en su marido sus exigencias y su falta de ternura, sus celos, sus desvíos, y sus vicios, se persuadió que él la solicitó solo como el premio de una apuesta; que no llenaba su corazon, ni le merecia la ternura y respeto que se tiene á una mujer propia.
Es cierto que Fernando no amaba á Clemencia, porque entre ellos no existian simpatías, afinidades ni paridad alguna, y porque Guevara no sabia amar, disecado su corazon por una vida viciosa; pero Clemencia era hermosa, y por eso solo se entregó ciego á la pasion de los celos; y los celos sin amor son los mas acerbos, y tanto mas crueles para quien los sufre, cuanto que no tiene compensacion.
Clemencia llegó, pues, á ser una doble mártir, siendo tratada á la vez con la mas insultante desconfianza, y las mas despóticas exigencias, y con la mas ostensible falta de cariño y de atenciones; á un tiempo esclavizada y abandonada por su marido. Este encerraba á su mujer, y se llevaba la llave; no la permitia recibir á nadie, ni salir, ni aun para ir á la iglesia; y habia llevado la locura de los celos y el placer de mortificarla hasta matar por su mano un pajarito que criaba Clemencia, que era su único compañero en su soledad.
Esto parecerá exagerado, y no lo es; como pueden atestiguarlo los que hayan observado los efectos de los celos en almas duras y toscas, y la atroz propension humana á redoblar el tormento, á medida que es la víctima mas débil y mas sufrida.
Clemencia, en medio de tantos sufrimientos, no se creyó la _mujer incomprendida_, ni la _heroina inapreciada_, ni la _víctima de un monstruo_; creyó sencillamente que Fernando era un mal marido como otros muchos; que tenia que sobrellevarle como hacian otras muchas mujeres, y rogó á Dios le mejorase y trajese á mejor vida. Así pensaba, porque no habia leido novelas, ni visto _dramas de pasion_, y conservaba intactas las puras doctrinas de moral cristiana, no deslustradas por mundanos sofismas: conservaba inmaculadas sus nociones del deber sin transacciones ni concesiones sociales; conservaba ilesas las doctrinas religiosas, sin que la atrevida y osada podadera filosófica hubiese suprimido ninguna de sus ramas ni de sus flores. Así era que se regia sencillamente por estas máximas:
«Recordemos que la paciencia es el heroismo del cristiano.
»Recordemos que dice San Agustin: Agradamos á Dios, cuando su voluntad nos agrada. Y que San Bernardo dice que es una vergüenza ser miembros delicados, bajo un Jefe coronado de espinas.»
Releia á menudo en uno de sus libros de devocion aquellas palabras que tratan de los deberes de las casadas, y se embebia de esta cita de San Agustin, que así dice:
«Mónica obedecia á su marido como una sirviente á su amo, y se esmeraba en ganarle á Dios, exhortándole con sus ruegos y con sus buenas costumbres, cuya santa hermosura obligó á su marido á respetarla, y se la hizo grata y admirable. Toleró por mucho tiempo la mala conducta de su marido, sin hacerle reconvenciones, aguardando la hora de que obrase en él la misericordia de Dios.»
¡Oh madres! dad buenos libros á vuestras hijas, y obligadlas á leerlos. Si bien jóvenes y felices, los leerán con mas respeto que atencion, mas por obligacion que por placer; no le hace; no desistais; porque el dia de la prueba germinará en sus corazones aquella hermosa semilla, como el trigo que se echó en tierra en un dia de sol crece vigoroso el dia de los temporales.