Clemencia: Novela de costumbres

Part 4

Chapter 43,873 wordsPublic domain

¿Qué hacer en este conflicto? En época en que cada cual de por sí quiere un voto particular en cada materia, los votos se han dividido. Los unos, filósofos, la mente puesta en Sócrates, los otros, cristianos, pensando en San Pedro, se conformaron con su triste suerte; los poetas formaron una comparsa de sacerdotes de Diana. Otros con coquetería vulgar y falta de espediente, aplicando al caso la parábola de que los últimos serian los primeros, acudieron á los que vegetaban humildes en la nuca, que subieran de categoría viniendo á adornar la mollera, ya retenidos unos con otros por un cabo de seda, ya pegados sobre el cráneo con goma. Los mas refinados acudieron á un término medio, es decir, al tupé, bisoné ó casquete, en cuya confeccion imitó el arte tan bien á la naturaleza, que al ver y al oir á los tales refinados, nos quedamos tan inciertos de si brotan ó no los cabellos de sus cráneos, como de si brotan ó no sus palabras de sus corazones. Otros desgraciados, con una gran plaza de armas y sin un solo soldado para cubrirla, ni débil quinto, ni cano veterano, han tenido que recurrir á la... á la... ¡Válganos Dios! ¡que la elegancia moderna, que tantas palabras altisonantes ha plagiado para reemplazar las antiguas, no haya encontrado alguna para esta necesidad!!! ¿Cómo decir la archivulgar palabra de pe...? el resto es un estado de Italia; lo diremos así en cifra. Este objeto, cuyo nombre técnico se rehusa á estampar nuestra pluma, ¿no podria llamarse _restaurador de los estragos del pensamiento_, ó bien _asociacion de reemplazantes_?

D. Galo, sujeto á los contratiempos de la época, habia visto desmoronarse el edificio de su peinado. Un inglés, conocido suyo, le habia dicho en aquella ocasion, que los remedios debian ser enérgicos para hacer el efecto deseado; que las moscas, leones, osos etc., eran lenitivos, y que debia acudir á la mosca cantárida, desleida en algun espíritu fuerte; que era este un remedio no solo conservador, sino restaurador. D. Galo se apresuró á seguir el consejo; pero séase que el remedio en sí no tuviese el debido efecto sino sobre un cráneo inglés, ó que D. Galo con su deseo de lucir una cabellera de segunda edicion corregida y aumentada, exagerase las dósis del medicamento, ello es que la mañana siguiente á la noche en que se lo administró, amaneció en una disposicion, que parado ante su espejo, atónito y estupefacto, se estuvo un cuarto de hora sin poder darse cuenta de si lo que tenia sobre sus hombros era una cabeza humana ó bien una calabaza. Convencido de su desgracia, se metió en la cama, dijo que tenia un cólico; esclamó que los ingleses se habian empeñado en que á los españoles no les luciese el pelo; mandó venir á un peluquero; y mandóle hacer cuatro pelucas, que llevó desde aquella catástrofe alternativamente. La primera era de pelo muy corto; seguíala otra de pelo algo mas largo, la que era reemplazada con otra de pelo mucho mas largo aun, acabando con la cuarta, que era de descomunales greñas. Entónces no cesaba de repetir que su pelo estaba muy crecido, y que al dia siguiente se veria precisado á llamar al peluquero; esto duraba hasta presentarse con la peluca de pelo corto. En estas ocasiones venia indefectiblemente provisto de caramelos de goma, de pastillas de malvavisco y palitos de orozuz que ofrecia á las señoras, asegurando que estaba muy resfriado, merced á la peladura.

Tocante á la edad de D. Galo, fué, es y quedará un problema. Cuando vinieron los franceses el año 23, decian de el: _Monsieur Gaalo Paando est un fort aimable ci-devant jeune homme._ Lo que quiere decir: «D. Galo Pando es un ex-jóven muy amable.» En 1844, cuando empieza esta narracion, decia la Marquesa de Cortegana á sus hijas: «Para nada se necesitan esos bailoteos; la lotería es diversion de todas edades; y si no, ahí está Pando, que es un hombre mozo, y le divierte mucho.»--

Efectivamente, en veinte años nada habia variado D. Galo: pasaban alternativamente sobre su cabeza las estaciones, y á imitacion de estas, sus pelucas, sin quitarle ni ponerle, sin que adelantase ó atrasase: en compensacion, pasaban igualmente los gobiernos, el monárquico, el progresista y el moderado, lo mismo que los años, lo mismo que sus pelucas, sin atrasarle ni adelantarle en su carrera. Siete mil reales de sueldo que disfrutaba, era número fijo, lo mismo que los dias de la semana; nunca uno mas... nunca uno ménos. Con esto tenia D. Galo el corazon como una breva: y no se tome en sentido ridículo esta comparacion, porque la breva, ademas de parecida en la forma á un corazon, es blanda, dulce, suave, y no encierra en sí ni hueso ni película; esto es, ni dureza ni retrechería. Ahora es de notar que la amalgama del corazon tierno, de la cabeza calva y del bolsillo vacío, es una reunion heterogénea; es tener el corazon crucificado, como el Señor, entre dos pésimos perillanes.

Así era que estos crueles tiranos forzaban á Don Galo á un celibato que le era antipático. A veces miraba tristemente el pésimo y estrecho catre en que dormia en la casa de pupilos, en la que por siete reales diarios disfrutaba de las incomodidades de la vida; y al ver aquel espaldar que se redondeaba por cima de su cabeza como una cola de pavo furioso; al ver aquellas cuatro perinolas tan empingorotadas y _esbeltas_ que ni un figurin de moda; aquella desnudez que se ostentaba con cinismo y que no cubrian ni la mas sencilla colgadura, ni el mas simple pabellon, ni el mas leve mosquitero; cuando consideraba aquellos colchones que parecian de pelote, y aquellas sábanas que no parecian de olan; cuando miraba aquella colcha catalana genuina, cuyo dibujo representaba el nacional espectáculo de una corrida de toros, en grandes dimensiones, en términos que en el centro habia un grupo, en el que un toro de buen año cebaba sus iras en un caballo caido, combinándose todo de manera que cuando D. Galo estaba acostado en su cama, parecia el picador debajo del caido caballo, cuando, decíamos, D. Galo miraba tristemente este árido y mezquino aparato de solteron, esclamaba:--¡Potro eres, potro de tormento, cama de hospital, parodia del _blando lecho_, triste y pobre antítesis del rico y dulce tálamo conyugal!

La necesidad é inclinacion que tenia á gustos y á cariños domésticos, que no podia satisfacer por su propia cuenta, hacia que D. Galo se interesase vivamente y casi se identificase con los de sus amigos. Así era que llevaba la alta y baja de todas cosas en casa de aquellos, mediante la gran confianza que por sus atenciones y buenas prendas se le dispensaba en todas partes. Conocia á cada niño, y sufria sus majaderías como Job las de sus amigos; conocia á los criados, y disculpaba sus faltas con los amos. Como tenia buena memoria, y lo que es mejor que memoria, como ponia una atencion entera y sostenida en las cosas, era en las familias una especie de _agenda_ ó prontuario, al que se acudia para tener datos ciertos de lo que se queria saber; por consiguiente, se veia acribillado á preguntas las mas heterogéneas, á las que contestaba con gusto, con acierto y á satisfaccion del preguntante. Eran las preguntas de este tenor:

-- D. Galo, ¿no fué á los cinco meses cuando echó mi niño los primeros dientes? -- Sí, á los cinco meses y seis dias: fué el dia de San Andres. -- D. Galo, ¿á qué hora llega el vapor? -- D. Galo, ¿cuándo murió el arzobispo? -- Pando, ¿quién predica mañana en la catedral? -- D. Galo, ¿á cuántos estamos hoy? -- Pando, ¿quién obsequia á la viudita? -- D. Galo, ¿qué dan esta noche? -- Pando, ¿está contenta la condesa con su nueva cocinera?

CAPITULO VII.

A casa de la Marquesa concurrian bastantes gentes, de noche, para formar propiamente una _tertulia_, voz que define el Diccionario de este modo: _junta de amigos y familiares para conversacion y otras diversiones honestas_.

Entre estas _diversiones honestas_ estaba introducida, -- y la Marquesa la tenia en gran estima, -- una respetable lotería, que la dicha señora consideraba como salvaguardia austera para impedir los cuchicheos, y como una sustituta ajuiciada de la estrepitosa Terpsícore: los ternos le parecian muy preferibles á los _avant-deux_; los ambos á los de ligeras piernas, y los números á las cabriolas.

La lotería era para la Marquesa la virtud en cartones, la cartilla de la decencia; aquella cajita colorada y modesta, que venida de Nuremberg, traia su perfume aleman de costumbres sencillas y decentes, habia cautivado para siempre el corazon de la Marquesa. Cual otro Czar de Rusia, habia sabido anonadar esta señora cuantas conspiraciones habian hecho sus hijas contra su honesto y querido juego; y el privado seguia en su no desmentido favor con la autócrata, la que miéntras veia que presidian la mesa, que rodeaba la alegre juventud, el _maestro Pino_, que así se denominaba el número uno, el _abuelo_, así se denominaba el noventa, y que hacia su servicio la _patrulla_, así se denominaba el cinco, por constar de cuatro hombres y un cabo, se entregaba con espíritu tranquilo y corazon sosegado á los goces de su tresillo.

La tertulia era bastante numerosa aquella noche--¡y cosa estraña y no vista! -- habian dado las nueve, y el exactísimo D. Galo Pando no habia hecho aun su aparicion.

D. Galo era una necesidad en la tertulia de la Marquesa, porque era el complemento de la lotería, encargado como estaba de sacar los números; cargo que ejercia con una equidad, gracia y perseverancia admirables. Triste y desanimada se veia, pues, aquella gran mesa, cubierta de la bayeta verde en que se decidian los destinos de los ambos y de los ternos, con la falta de su presidente.

La Marquesa jugaba al tresillo, y con asombro de D. Silvestre hacia renuncio sobre renuncio, distraida por el chapaleteo de un intempestivo aguacero de verano.--¡Qué apuro!... murmuraba entre dientes. -- La vela... el Marques, que prometió venir, y aun no ha venido... ¡Jesus! ¡Las estatuas! Capaz es ese Pepino de no haberlas recogido... ¿Si se habrá ofendido el Marques con Constancia... Las macetas...

Alegría estaba rodeada de unos cuantos jóvenes, entre los que se distinguia Paco Guzman por su buena figura y genio festivo.

-- Agua por San Juan, le dijo Alegría, tiene fama de quitar vino y no dar pan.

-- Novios hay que son para las muchachas lo que el agua por San Juan.

Esta sentencia echó la robusta voz de Doña Eufrasia, como una bomba, en medio de la alegre reunion de jóvenes, yendo particularmente dirigida contra Paco Guzman, á quien conservaba una rencorosa ojeriza desde la profanadora voz de _pendencia_; de que se habia valido para designar la guerra _contra el frances_.

En este momento todas las cabezas se volvieron hácia la puerta, al ver entrar á Pepino que traia en brazos con el mayor cariño, abrazándola por sus desalados piés, la estatua que servia de adorno á la fuente del patio.

-- Señora, preguntó ¿_é_ adónde meto el Mercuriño?

-- Hombre, -- contestó la Marquesa de mal humor, y sin participar de la hilaridad general que causó la aparicion de aquel nuevo Enéas, -- ponlo en un ángulo del corredor; y otra vez infórmate de Andrea de semejantes pormenores.

Pepino, algo sentido de la ingratitud de su señora, dió una vuelta brusca y con él el Mercurio, y se dirigió apresuradamente hácia la puerta, quedándose prendida y arrancada un ala de la cabeza de aquel en el fleco de la sobrepuerta, de la que quedó colgando perpendicularmente como un dormido murciélago.

La Marquesa se quedó fria de dolor y muda de indignacion.

-- No vi alas mas desgraciadas que las de ese pobre Mercurio, esclamó riendo Alegría. Esta nueva catástrofe es una conspiracion de los desposeidos piés contra la emplumada cabeza.

-- Y cate Vd. una demostracion de la democracia, observó Paco Guzman.

--¿Y dónde pongo los otros Mercurios? gritó Pepino desde la antesala, aludiendo á las estatuas de las cuatro estaciones.

-- Eufrasia, hija, le dijo en un aparte la Marquesa; hazme el favor de ir á cuidar de eso, porque las flojas de mis hijas, sin consideracion por mí ni por las estatuas, no se moverán ni darán un paso para cuidar de ellas; ni tampoco Andrea que está de esquina con el pobre mozo.

Constancia, mas metida en sí que nunca, estaba algo retirada hablando con una amiga suya, y de vez en cuando echaba una furtiva mirada sobre Bruno de Vargas, el que sabia la llegada del Marques, y acodado en la mesa hacia por ocultar sus celos y su despecho, haciendo como que leia un periódico.

En el testero de la mesa, y desatendida de todos, estaba Clemencia preparando y ordenando los enseres del juego de la lotería, que la divertia mucho, y en el que cuando jugaba, ponia sus cinco sentidos.

--¿Qué le habrá sucedido á nuestro lotero el insigne D. Galo, que no viene á ocupar su presidencia? dijo Alegría. ¿Porqué no vendrá, Clemencia?

-- Yo no sé, contestó esta sencillamente.

-- Pues deberias saberlo, continuó Alegría; porque han de saber Vds. que Clemencia es la confidenta de D. Galo, que no se corta una vez el pelo sin pedirle permiso.

-- No lo crean Vds., esclamó apurada Clemencia en medio de las risas que ocasionó la ocurrencia de Alegría.

-- Imposible es, dijo esta dirigiéndose á Bruno, que no estés leyendo algun _deplorable_ ó _lamentable evento_, segun lo tétrico de tu gesto y lo abatido de tu semblante, primo.

-- Efectivamente, contestó este sin levantar los ojos: estaba leyendo la relacion de un naufragio.

--¿Y tanto te horrorizan los percances de los barcos? tornó á preguntar Alegría con risita burlona.

-- Sí por cierto; siempre me han causado una fuerte impresion los naufragios.

--¿Y porqué? volvió á preguntar con indelicada insistencia Alegría.

-- Es porque me da el corazon que he de perecer en alguno.

--¡Oh! pues no os embarqueis nunca, esclamó Clemencia con el acento del corazon.

--¿Agorero y con bigotes? ¿No te da vergüenza de serlo, pastor de corderitos de bronce? dijo Alegría.

-- Napoleon lo fué, repuso Bruno.

-- Ese tilde de hereje le faltaba á ese Napoladron Malaparte, sonó el vocejon de su ex-antagonista Doña Eufrasia.

--¿Le visteis alguna vez? preguntó Alegría.

-- Nunca; ya se hubiera guardado de ponérseme á tiro. ¡Vaya!

-- Señora, dijo Paco Guzman: el rey deberia haber añadido á vuestro dictado de Coronela Matamoros, el de Condesa Mata-Franceses.

Afortunadamente en este momento entró D. Galo, que interrumpió la esplosion de coraje de la heroina, esclamando:

--¡Dios mio! qué diluvio! ¡Cuál están los caños! Por atravesar la calle me he metido hasta aquí, añadió señalando un tobillo.

-- Póngale Vd. una losa[1], dijo Alegría.

-- Cual otro Leandro, hubiera yo atravesado por veros, no el caño, sino el mar Rojo, Alegría, hija mia, repuso D. Galo.

-- No tuvo esa suerte Faraon, dijo Paco Guzman, soltando una carcajada.

-- No le impulsaba el deseo de ver á las bellas, repuso D. Galo con una sonrisa de media vara, y dirigiendo tres miradas succesivas, una á Alegría y las otras dos á Constancia y Clemencia.

-- En lugar de hacer cumplidos á la griega, vaya Vd. á sacar los números, D. Galo, _hijo mio_, le dijo Alegría; pues Clemencia se está deshaciendo, y ha preguntado ya varias veces con mucha solicitud si le habria sucedido á Vd. algun percance.

A pesar de esclamar Clemencia: «D. Galo, no lo crea Vd.,» este fué mas ancho que una alcachofa á tomar su asiento al lado de Clemencia.

-- Ya están los reyes católicos en su trono, dijo entónces Alegría; vamos, pues, á formarles el círculo de cortesanos.

Tambien Constancia se acercó á la mesa con su amiga, y se sentaron frente al asiento en que permanecia Bruno, conservando siempre el diario en la mano.

-- Estás muy poco sociable, le dijo Alegría; mira que ya en ese naufragio se habrán ahogado hasta las ratas. Vamos, suelta esa _Esperanza_.

-- La conservaré miéntras pueda, -- respondió Bruno, dirigiendo, sin mirarla, su respuesta á Constancia; -- aun no me han repartido cartones.

-- Aquí tiene Vd., hijo mio, le dijo D. Galo alargándole cartones.

A media hora de estar jugando, entró el Marques de Valdemar.

Habiendo saludado á todos y hablado un rato con la dueña de la casa, se aproximó á la mesa.

Bruno palideció y desatendió completamente su juego.

Constancia se contrajo á él, tomando su semblante una amarga espresion de aspereza y de descontento, que la hizo aparecer dura y fria como un témpano.

Clemencia estaba tan engolfada en su juego, que no notó la llegada del Marques.

--¿Quereis cartones? le preguntó Alegría.

-- Gracias, contestó Valdemar, profundamente abstraido en la contemplacion de Constancia.

¡Cuánta ventaja llevan las ariscas en presentarse como fruta vedada! ¡Cuánto ganan las mujeres con hacerse valer! ¡Qué bien harian en tener en cuenta que todo lo que se prodiga pierde su prestigio, pues miéntras mas tiene que afanarse el hombre para alcanzar lo que anhela, mas precio le pone! Y ¡cuánto les valdria recordar que el maná llovido del cielo acabó por empalagar al pueblo de Israel!

Es cierto que el aire altanero y sombrío que ostentaba Constancia con pocas consideraciones sociales, pero con muchas hácia el hombre á quien amaba, la hacia aparecer mas bella. Si alguna vez alzaba sus negros ojos de los cartones que tenia delante, brillaba su enérgica mirada debajo de sus hermosas pestañas, como debió brillar al traves de su celada la del jóven castellano que defendia su castillo.

Partian su corazon los tormentos que veia sufrir á su amante, y con injusta acrimonia echaba todo su encono sobre aquel, que sin saberlo, se los causaba.

Valdemar tomó una silla y se sentó detras de Constancia, que no se movió; pero su vecina se apresuró á cumplir con un deber de urbanidad, haciendo lugar al Marques para que pudiese acercarse á la mesa.

--¿Teneis buena suerte? preguntó este á Constancia.

-- Muy mala, contestó esta lacónicamente.

-- Es buena señal, porque la mala en el juego, la presagia buena en amor.

-- Así lo espero.

-- Me temo que la mala sea para el que os ame.

--¡Ojalá de ello se convenciera el que tan mal gusto tuviese!

--¿No habrá acaso escepcion? preguntó el Marques á quien las palabras secas y el tono brusco de Constancia causaron estrañeza.

-- _¡Los espejuelos de Mahoma!_ dijo en voz grave y clara D. Galo, sacando el número ocho.

-- Bruno, advirtió Constancia fijando sus grandes y brillantes ojos en su inmutado amante, ¿no cubres el ocho, y lo tienes dos veces?

--¡Qué bien adaptados están los espejuelos de Mahoma á la vista de mi hermana! observó Alegría.

-- Marques, añadió, ¿quereis cartones? Va de dos veces que tengo la bondad de ofrecéroslos.

-- Y va de dos veces que os doy las gracias por vuestra atencion, Alegría; no me divierte juego alguno.

-- Ni á mí tampoco, -- y ménos la lotería esta, pues D. Galo va tan de prisa que no puedan seguirle sino sus afiliados, Clemencia y comparsa.

-- _¡El abuelo!_ sonó la clara voz de D. Galo al sacar el noventa, pues D. Galo, acostumbrado á las chanzas, á veces poco delicadas de que era objeto, no se dejaba distraer por ellas, y seguia impávido en su inmutable tarea.

--¿No digo? esclamó Alegría.

-- _¡Las alcayatas!_ gritó D. Galo al sacar el setenta y siete.

-- D. Galo Pando, vaya usted siquiera al trote, dijo Paco Guzman. ¿Qué significan las alcayatas? Esas metáforas numéricas no están á mi alcance.

-- _¡Los patitos!_ dijo D. Galo por toda respuesta; sacando el número veinte y dos.

-- D. Galo, usted habla en cifra, favorece á sus adeptos, y ha jurado mi ruina. Protesto.

--¿No esperabais mi llegada, Constancia? le preguntaba entre tanto el Marques. ¿No os previno vuestra tia? ¿No os ha hablado vuestra madre de mis esperanzas?

-- Sí, respondió esta sin apartar la vista de su juego, así como deberian haberos dicho á vos que no eran las mismas las mias.

--¡Qué obsequioso está el madrileño con Constancia! dijo una de las muchachas á otra, á media voz. Tiene iman; mira tú cuánto mas bonita es Clemencia, y cuánto mas graciosa Alegría; y ella que es tan huraña, tan desabrida...

--¡Pues ahí verás! contestó la otra. Las mujeres son como el sol, que en dias revueltos pica mas entre las nubes.

-- _¡La patrulla!_ sonó la inalterable voz de D. Galo, sacando el cinco.

--¡Qué de números hay en ese saco! dijo un oficial: esto es un fuego graneado.

-- D. Galo hace á las callandas con esas bolas el milagro de pan y peces, repuso su vecina.

-- Sus obsequios á las damas y sus números son sin número, añadió Paco Guzman.

-- _¡El jorobado!_ cantó D. Galo sacando el dos.

-- Desde media hora tengo un cuaterno, dijo Alegría, y no acaba de salir el número quinto. Lo hace al propósito ese traidor de D. Galo, para que saque Clemencia la lotería; siempre sucede así.

--¿Y no os contentais con cuatro? preguntó á media voz Paco Guzman.

--¿De qué me sirven los cuatro, ni no me hacen lotería? respondió la interrogada con descoco.

-- Por cierto, decia Valdemar á Constancia, que es estraño, y aun muy cruel, que me hayan dejado una ilusion que tan pronto debia desvanecerse.

-- Mi madre esperó convencerme.

--¿Puedo yo esperarlo tambien, Constancia?

-- No: que yo no engaño nunca.

-- Constancia, dijo el Marques, me retiro, me interesais, y os respeto demasiado para importunaros. Desisto, Constancia, de mis mas gratos deseos, con tanto mas pesar, cuanto que vuestro franco y leal proceder, si bien me hiere dolorosamente, me llena de aprecio hácia vos.

-- _¡La horca de los catalanes!_ pregonó la voz incansable de D. Galo, sacando el once.

-- Señor, esclamó Paco Guzman, ya no hay horcas por el mundo: poned vuestros signos cabalísticos al nivel de los adelantos de la civilizacion.

-- _¡El escardillo!_ sonó como el toque de un reloj la voz de D. Galo sacando el siete.

-- D. Galo, aguarde Vd.

-- _¡El que tuerce!_ prosiguió impávido el presidente sacando el catorce.

-- Ese sois vos.

-- _¡Las sanguijuelas!_ prosiguió D. Galo sacando el cincuenta y cinco.

-- Pando, conspirais.

-- _¡Los canónigos!_ cantó este sacando el diez.

-- D. Galo, sois el inexorable Destino.

-- _¡La edad de Cristo!_

-- D. Galo, abusais de la presidencia.

-- _¡Los escapularios!_ dijo D. Galo sacando el cuarenta y cuatro.

--¡Lotería! esclamó con júbilo Clemencia, levantando su radiante semblante, que hasta entónces habia tenido inclinado sobre sus cartones.

Al ver aquella cara tan estraordinariamente linda, el Marques de Valdemar quedó admirado.

--¿Quién es esa jóven? preguntó á su vecina.

-- Es una huerfanita, sobrina de la Marquesa, que la ha recogido.

-- Es una divinidad, exclamó el Marques.

-- Sí, no es fea; es una infeliz, que ahí te puse, ahí te estés; una palomita sin hiel, una leguita de convento, repuso su vecina.

La partida se habia vuelto á reorganizar; la cara de Clemencia habia desaparecido como una celeste vision, y la voz de D. Galo se hizo oir, diciendo al sacar el número cuarenta:

-- _¡La calavera!_

-- Ya salieron los números disfrazados como números de carnaval, esclamó Paco Guzman. D. Galo de mis pecados, ¿qué número es al que habeis dado el seudónimo de calavera?

-- Al cuarenta, hijo mio.

--¿Pues no fuera mejor que lo aplicaseis al veinte?

-- Si así lo reclamais como representante del veinte, Paco, hijo mio, se atenderá á tan justa reclamacion, contestó D. Galo con la mas chusca y satisfecha sonrisa. Entretanto, hagamos _la novena_, añadió sacando el número nueve.

--¿A quién?

-- A _San Vicentico_, respondió D. Galo sacando el veinte y cinco.

--¿Habeis aprendido vuestra numeracion del sabio Confucio, D. Galo?

-- _¡El único!_ repuso este sacando el uno.

--¡El UNICO! repitió Constancia, cubriendo el uno en su carton, y lanzando toda su alma en una furtiva mirada al desesperado Bruno, que por dos veces durante su diálogo con el Marques habia hecho un movimiento para levantarse de su asiento y alejarse, y dos veces se habia hecho dueño de este primer impulso, quedándose en el potro de tormento donde bebia gota á gota el cáliz de la amargura.