Clemencia: Novela de costumbres
Part 3
--¡Cuatro duriños! ¡hice un viaje á las Indias! pensó el ex-asistente de doña Eufrasia; y se separaron muy satisfechos el uno del otro.
Al dia siguiente, poco ántes de la hora de la comida, decia Alegría á D. Silvestre, que los juéves semanalmente les acompañaba á la mesa:
-- Madre ha tomado un criado, que solo su merced es capaz de apreciar. Es un desdoro para una casa tener en ella semejante facha grotesca, un gaznápiro igual. Pero á madre le entró por el ojo como un abejorro, porque le recomendó Doña Eufrasia que dice (Alegría se puso á remedar la voz de bajo de la Coronela para añadir) _es muy hombre de bien_; como si bastase ser hombre de bien para saber servir, y como si la recomendacion de esa sarjenta mayor fuese una patente. ¿Qué entenderá ese documento de archivo de lugar, del buen servicio de una casa? ¡Vea Vd.! ¿qué ha de saber de finura la que llama á los helados _alelados_, á los pigmeos _pirineos_ y á los misterios _ministerios_, y que saluda diciendo: ¡Dios guarde á Vd.!
-- Calla, calla, pizpireta, esclamó la Marquesa. ¿Qué se entiende hablar así de una señora como Doña Eufrasia, una mujer tan virtuosa, tan para todo, y que tanto sabe? Le digo á Vd., D. Silvestre, que es una suerte, en medio de mis desgracias, que se me haya proporcionado este criado, que es honrado, no es enamorado, ni bebedor, ni fumador. Dice Eufrasia que sirve á la perfeccion, y asiste al pensamiento, y que es un criado como hay pocos.
-- Bueno es el juez y el fallo mejor, dijo Alegría.
-- Pues sí que lo son, deslenguada. Pero hoy dia quieren cacarear los pollos mas recio que los gallos, y las pollitas saber mas que las gallinas. ¡Así anda ello! Quiero mejor en mi casa un hombre de bien, aun dado caso que estuviese torpe al principio, que no un tunantillo listo, que ademas de servir, sepa otras tracamundanas.
En este momento entró Andrea, el ama de llaves.
-- Señora, dijo, ¿no ha mandado V. S. que se traigan merengues para postres?
-- Sí; ¡qué majadería! ¿A qué viene eso?
-- Es que no los quiere traer el mozo.
--¿Que no? ¿Por qué?
-- Porque dice que nunca ha oido nombrar semejante cosa; que es un chasco que le queremos dar, mandándole por una cosa que no encuentre, y que no es la primera vez que en las casas en que ha estado, le han hecho esa jugarreta.
-- Díle que venga acá, dijo gravemente la Marquesa.
De allí á un rato, apareció el fámulo á paso de ataque, alta la frente, gracias al corbatin de charol, y se cuadró en su posicion; pero tan cerca en estremo de su señora, que esta que se habia propuesto dispensarle todas sus desmañas, é irle enseñando, le dijo:
-- Mas léjos, hombre; cuando te se llame, te quedas á la puerta aguardando órdenes.
Pepino dió media vuelta á la derecha y se plantó en su posicion á un lado de la puerta; pero no sin haberle dado, al volverse, un talonazo que hizo retemblar todos los cristales en sus compartimientos.
-- Ten entendido, le dijo la Marquesa, que tienes que traer cuanto te pida Andrea; y que no tenga que volvértelo á decir. Ahora vé y trae los merengues.
Pepino dió media vuelta á la izquierda, y desapareció á paso redoblado.
--¿Lo ve Vd.? -- dijo Alegría, que á duras penas habia estado conteniendo la risa, -- ve Vd., D. Silvestre ¡qué zopenco, qué gaznápiro! Mangoneando ha estado en la antecocina, habiendo roto un vaso y derramado el aceite de un reverbero. Andrea ha querido enseñarle cómo se hacen las cosas; pero él dice que todo lo sabe; que el que ha estado veinte años en casa de la coronela Matamoros, puede enseñar, y no tiene que aprender; y que en dos por tres se _bebe una casa_.
-- Nadie nace enseñado, repuso la Marquesa, y vuelvo á decirte que mas quiero á este que á un pillastre con frac; ¡y cuidado cómo te ries delante de él! que aturrullas al pobre hombre.
De ahí á un corto rato, se volvieron á oir las zancajadas del diligente fámulo, que entró con su mas radiante sonrisa y sus mas contoneados movimientos.
Traia en la mano un bulto liado en papel de estraza.
-- Ahí tiene V. S., dijo presentandoselo á la Marquesa.
-- A mí no me los des, dijo esta; llévalos al comedor y ponlos bien puestos en un plato de los de postres.
--¡Qué mal olor! esclamó Alegría. ¡Jesus! ¿qué es eso?--¿Qué trae ese hombre que ha inficionado todo el cuarto? ¿Qué es eso? á ver...
Pepino se volvió, y dijo entreabriendo el papel:
-- Son los arenques, señorita. Véalos su mercé.
--¡Véte, corre, tira eso! esclamó Alegría, soltando la risa, y díle á Andrea que venga á sahumar.
--¡Qué torpe! ¡qué ganso! dijo con acritud Constancia.
--¿Pues no me los mandaron traer? repuso Pepino con dignidad ofendida.
-- Véte, lárgate, desaparece con tus arenques, gritó Alegría.
Pepino asustado con el grito de Alegría, dió una vuelta tan brusca que todos los arenques cayeron al suelo.
A poco fueron á comer.
La mesa presentaba un estraño espectáculo. Las servilletas dobladas con arte _chaclueco_ formaban mitras, torres de chuchurumbel y obeliscos egipcios. Cada vaso estaba colocado respetuosamente en un cubillo de botella, y estas habian quedado en humilde contacto con el mantel.
En cada sitio designado á una persona habia media docena de cubiertos, no sabemos si con el fin de que luciese toda la plata, ó si por evitarse la molestia de remudar los que hubiesen servido.
La Marquesa que se habia propuesto hacer de su protegido un lúcido discípulo, tuvo la paciencia de colocar cada cosa en su lugar con las debidas esplicaciones.
--¡Ya, ya! decia Pepino, cada casa tiene sus usos.
Apénas se habia acabado de servir la sopa, cuando Pepino con su acostumbrada disposicion y viveza, levantó ligera y airosamente la sopera, y colocó en su lugar la ensalada.
Alegría soltó el trapo á reir.
-- Esto no se puede tolerar, murmuró Constancia.
Su madre les echó mirada severa.
-- Quita la ensaladera, dijo con admirable paciencia á su discípulo, y en su lugar pon el frito.
--¡Qué mala carne! observó esta despues de un rato, al partir la de la olla.
-- Pues la pedí de regidor, dijo Pepino; pero los carniceros son unos ladros.
-- Calla, mandó la Marquesa.
Pepino se revistió de su seriedad, y se puso en su posicion.
El primer plato de que se componia el segundo servicio, era un pollo asado.
--¡Ah! esclamó al colocarlo en medio de la mesa el nuevo criado con la cara mas alegre y animada que nunca: ¡qué hermoso gallo para comerlo entre tres amigos, y dos durmiendo!
-- Calla, volvió á decir la Marquesa: coloca el pollo delante del Señor D. Silvestre, y no vuelvas á meter tu cucharada en nada.
-- Señora, esclamó el interpelado, pasando repentinamente de su aire jovial á su aire digno, no he metido en nada mi cucharada; yo sé vivir; desde que almorcé no he probado bocado.
-- Lo que se te advierte, repuso impaciente su ama, es que no hables; enmudece, y no te estés ahí parado. Trae lo demas; ¿á qué aguardas?
-- A que acaben sus mercedes de comer el pollo, contestó el inteligente mozo de comedor.
-- Anda, hombre, y haz lo que se te manda, advirtió con renovada paciencia su señora y directora.
Pepino volvió en seguida con otra fuente, que contenia corbina guisada.
--¿Dónde coloco esta _corbeta_? preguntó.
Alegría prorumpió en carcajadas.
-- Ese hombre no sabe ni hablar, dijo ásperamente Constancia.
--¿Que no sé hablar? repuso con su aire mas majestuoso Pepino. Señorita, otra cosa no sabré, pero lo que es hablar, lo aprendí desde que nací.
Omitiremos los incidentes del mismo género de los referidos, que acaecieron en los postres, y pasaremos con la Marquesa y demas á la sala donde iban á tomar café. Apénas se hubieron sentado, cuando entró Pepino trayendo la batea, con la cabeza tan erguida y tan quebrado de cintura, que no parecia sino que traia una corona y un cetro que ofrecer á su señora.
Colocóla sobre la mesa, preparándose con soltura á servirlo, medio llenando en un abrir y cerrar de ojos las tazas de azúcar.
-- Véte, Pepino, dijo la Marquesa; el servir el café no es de tu incumbencia.
-- Yo no quiero que sus mercedes se incomoden; respondió el obsequioso mozo, agarrando con denuedo la cafetera.
Constancia se la arrebató, ántes que la fusion del líquido y del azúcar hubiesen producido el almíbar de café que de ella debia necesariamente resultar.
Algun tiempo despues vió confirmadas la Marquesa las esperanzas puestas en la fidelidad y moralidad del ex-asistente de Doña Eufrasia, puesto que en una entrevista particular y confidencial que tuvieron, descubrió con escándalo y dolor: primero, que la cocinera fumaba; segundo, que la mujer _de cuerpo de casa_ se bebia el vino; tercero, que la costurera se llevaba de noche varios comestibles á su casa; cuarto, que la doncella tenia un novio que le hablaba por la reja; y quinto, que Andrea sabia y hacia la vista larga á todas estas infamias.
--¡No puede ser! esclamó horripilada la Marquesa al oir tan funestas revelaciones.
-- Pues no lo crea usía, repuso con toda su dignidad el fiel servidor, sentido de que su señora dudase de su veracidad. No lo crea usía; á bien que no es _voto de castidad_.
Pepino queria decir artículo de fe.
Con esto hubo una de San Quintin en la casa. Llovieron sobre Pepino como saetas las miradas malévolas, y fué el blanco de las indirectas mas punzantes. Pepino envalentonado con la creciente proteccion de su señora, todo lo miró con el frio desden con que una pared maestra los pelotazos de niños dañinos.
Pero algun tiempo despues tuvo la Marquesa el dolor de ver á su favorito venir á servir el almuerzo en un doloroso estado. Cojeaba y estaba medio derrengado; uno de sus ojos yacia oculto en una prominente hinchazon, del fondo de la cual salia su triste mirada como un rayito de luna por una rendija.
La noche ántes, al ir á llevar una carta al correo, manos invisibles por la oscuridad le habian apaleado á su sabor, diciéndole que era por la primera; que á la segunda se le cortaria la lengua.
La Marquesa compadecida esclamó que así perseguia siempre en este mundo el vicio á la virtud, y dió á su virtuosa policía secreta cuatro duros por via de indemnizacion de los percances del oficio.
Al percibir la moneda de oro, el mencionado triste rayito de luna se trocó en brillante rayito de sol.
CAPITULO V.
Constancia no tenia mas que una amiga y una confidenta, y esta era Andrea, que habia sido su ama.
--¡Válgame Dios, hija! -- le decia esta una mañana en que solas se hallaban en el cuarto de Constancia:--¿es posible que des esta pesadumbre á tu madre; que desperdicies tan buena suerte como se te brinda, todo por haberte encariñado á tontas y á locas? ¿Como que te parecia todo el monte orégano!... Bien te lo avisé; pero los consejos son como los muertos: no se conoce lo que valen hasta que pasa su tiempo. Recuerda cuántas veces te dije: Ese muchacho, muy bueno será, no digo que no; pero con él no puedes pensar en casarte.
--¿Y quién piensa en casarse? repuso ásperamente Constancia.
--¿Quién piensa en casarse? Mire Vd. qué cuajo! ¡Toma! Todas las mujeres; que no tienen otro guiso, á ménos que no se quieran meter monjas.
-- Ahí es donde vas errada, ama; que las hay que no piensan ni en lo uno ni en lo otro.
-- Pues entónces... deja de querer á Bruno, que consentido estará en otra cosa.
-- Como tal cosa me vuelvas á decir, esclamó Constancia, te creo mas enemiga mia que mi madre, mi tia y mi hermana.
--¡Jesus! ¡qué estremosa eres! repuso Andrea. ¿No quieres que vea con dolor una cosa que no lleva camino, ni puede tener buen fin? Considera que te quedas sin la herencia de tu tia.
--¡Mira qué espantajo! ¡Valiente cosa me suponen á mí mi tia ni su herencia! Herencia con condiciones... que se la guarde! ¿Para qué quiero yo ese dinero? ¿para dorar mi desgracia? No, ama, no; quiero ser feliz á mi gusto y sentir; y lo seré sin herencia, sin grandeza y sin titulos: goce de esas decantadas felicidades quien las aprecie y desee. Yo solo una felicidad aprecio y deseo; y si llego á lograrla, aunque sea en mi vejez, daré por bien empleada mi juventud en esperarla. Así entiende, ama, -- para que no me exasperes mas de lo que lo estoy, alistándote con las otras para atormentarme, -- que solo á un hombre amaré en mi vida; que me arrancarán el corazon ántes que le olvide, y que no me casaré con otro, aunque de no hacerlo, tuviese que pedir un pedazo de pan de puerta en puerta.
-- La vida es larga, hija mia! suspiró Andrea.
--¡Eso mismo digo yo! repuso con vehemencia Constancia; y no se casa una por un dia ni dos, sino para morir con la cadena al cuello. Así, déjame en paz, y no te unas tú tambien á los demas para amargarme la vida.
Aquella misma mañana decia la Marquesa á su confidente D. Silvestre:
--¡Jesus! hoy llega el Marques, y yo no sé dónde dar de cabeza. ¡Mi hermana que está tan consentida en esta boda, y tan ajena de lo que pasa! ¡Qué niña!... ¡Qué terca y qué sobre sí! ¡Ya tiene tres pares de tacones! ¿Qué dirá el Marques cuando se halle con ese erizo manzanero? Se volverá á Madrid muy ofendido, y con razon.
-- Pero, señora, repuso pausadamente D. Silvestre, ¿porqué no previno Vd. este caso, escribiéndole con tiempo á su hermana?
--¿Preveer? ¿Quién habia de preveer esto, á no ser profeta, ó un anteojo de larga vista como es Vd.? Siempre gradué que la oposicion de esa niña nacia de las rarezas y premiosidades de su genio díscolo: pero ¿habia de caberme en la cabeza que solo por ir contra mi voluntad y por ostentacion de independencia, rehusase una mujer de diez y nueve años á un hombre cumplido en todo, una posicion brillante, despreciase una Grandeza y la pingüe herencia de su tia?
-- Marquesa, esto resulta de juzgar nosotros por nuestro sentir el sentir ajeno.
--¡Como que la sana razon no puede concebir los caprichos y dislates de la sinrazon!...
-- Es que la sana razon debe saber que no todos la tienen.
-- Pero ¿no habria modo de forzar á esa terca alucinada á desistir de su manía y á ceder á la razon?
-- Ninguno, Marquesa; y si lo hubiese, no aconsejaria yo adoptarlo.
--¿Y porqué?
-- Porque la autoridad paterna tiene sus límites; porque tomaria Vd. sobre sí una inmensa responsabilidad.
--¡Palabrotas, palabrotas!... Cuando pasa la edad de los caprichos, todas las felicidades se parecen, y tienen unas mismas condiciones y unos mismos cimientos.
-- Si eso se comprendiese á los diez y ocho años, no habria juventud, Marquesa.
-- A todo halla Vd. un apodo altisonante, D. Silvestre: á las locuras, el de juventud; á las niñas, el de perlas. No parece sino que está Vd. siempre leyendo versos ó novelas, Vd. que en su vida abre un libro (y hace Vd. muy bien, eso es otra cosa). Yo, que llamo al pan pan y al vino vino, le digo que á mí sola, y solo á mí, suceden estas cosas; solo yo tengo hijas por el estilo de las mias. ¿Qué haré?... No me queda mas que escribir á mi hermana y contarle lo que pasa, para que arbitre el medio de dar un corte á esto, y disponga lo que se ha de hacer.
-- Suspéndalo Vd. por ahora, señora. ¿Quién sabe si el Marques, puesto que es un hombre de tanto mérito, tendrá mas influencia sobre Constancia que no la voluntad que manda y los consejos que apremian?
-- Dice Vd. bien una vez en su vida, D. Silvestre: es muy probable que sobre esa niña díscola y rebelde, pueda mas un buen mozo que una buena madre. Le aseguro á Vd. que el dia que se case esa _perlita_, le mando decir á San Antonio una misa cantada, y siete rezadas á Santa Rita.
A poco se presentó el Marques, con el que estuvo el ama de la casa tanto mas agasajadora, cuanto que quedó prendada de él: cosa que sucedia generalmente á cuantas personas le trataban, aun sin desearle por yerno. Pero por mas recados que durante la visita mandó la Marquesa á su hija Constancia, ya por Clemencia, ya por Andrea, ella no permitió presentarse, escusándose con que tenia jaqueca.
Alegría trató de indemnizar al recomendado de su tia, esplayando todas sus gracias, y mostrándose la mas amable y festiva. Entretuvo é hizo reir á Valdemar con la pintura burlesca de la sociedad de Sevilla y de cuantas personas la componian.
Entretanto Clemencia, silenciosamente sentada cerca de una ventana, continuaba haciendo su labor, que era un pañuelo de manos con guardilla primorosamente calada, para su tia.
Apénas paró en ella la atencion el Marques.
--¿Qué te ha parecido el madrileñito? le preguntó Alegría cuando se hubo este despedido.
-- Muy buen mozo, contestó Clemencia.
-- Pues, hija, á mí me choca, repuso Alegría desdeñosamente: es tieso como un pitaco, tiene movimientos de minuet, es redicho, y no suelta la risa sino á duras penas. Lo que es la grandeza no le luce sino en los zapatos de charol, que son de estensas dimensiones, como diria _El Heraldo_ para decir largos.
--¡Ay! esclamó sorprendida Clemencia: ¿tú reparas en los zapatos de los hombres?
-- Por lo visto, reparas tú mas en la cara, ya que has hallado al Marques tan buen mozo, dijo con burla Alegría.
--¡Pues ya se ve! contestó sencillamente Clemencia; la cara es la que se mira.
--¡Vea Vd. la monjita, lo que le gusta mirar á la cara á los hombres! Pues, hija mia, en mi vida miro yo una cara que á mí no me haya mirado.
-- Si yo hiciese otro tanto, pocas caras tendria que mirar, dijo la pobre niña.
-- Así pondrias toda tu atencion en la hermosa fisonomía de tu apasionado D. Galo, repuso su prima; pues ese te mira bastante con lente y sin lente, alegre y melancólicamente, con ojos guiñados y con ojos abiertos, de soslayo y de frente, con disimulo y sin él.
-- Es su manera; lo hace de puro obsequioso que es, contestó Clemencia. Lo mismo hace contigo.
--¿Conmigo? dijo Alegría con aire despreciativo; no, no: sabe ese _correveydile_, ese tertuliano general y ambulante, que están las uvas de esta parra verdes para sus dedos manchados de tinta de oficina.
-- No solo están verdes, sino agrias. ¡Pobre D. Galo! dijo Clemencia.
Antes de proseguir, es necesario dar á conocer al lector el nuevo personaje que se acaba de mencionar (si es que no le conoce, pues todo el mundo conoce á D. Galo), porque en lo succesivo va á ocupar un lugar privilegiado en los cuadros que iremos bosquejando.
CAPITULO VI.
Era este sujeto un empleado, madrileño antiguo castizo, y por lo tanto, si bien podia carecer de la tiesa y desdeñosa afectacion que muchos llaman _buen tono_ hoy dia, tenia una urbanidad y cortesía profundamente arraigadas, que jamas por jamas se desmentian; tenia esa benevolencia y aprecio para los demas, que es la base del buen trato, tan celebrado, y con razon, en los madrileños genuinos.
Era este caballero muy amigo de sociedad y de alternar con todo el mundo, lo que prueba un amable carácter, buenas inclinaciones y mejores costumbres.
Era bien visto en todas partes, y á las señoras les habia dado por protegerle y tratarle con una estrema confianza. Llegaba á tanto su modestia, que agradecia sobre manera esta confianza, que hablaba mucho en favor de su moralidad, pero poco en favor de sus seducciones.
D. Galo Pando, -- así era su gracia, -- no sabia ni griego ni latin; pero sabia otra porcion de cosas de uso mas frecuente; como era jugar á la perfeccion todos los juegos de sociedad, los nombres de todas las óperas modernas y piezas nuevas, el dia del mes, el santo del dia, las horas en que salia el vapor, y las en que llegaba el correo.
Tenia D. Galo una ilusion estraordinaria por todas las palabras modernas: _lamentable_ y _deplorable_ le sonaban como música de Rossini. El _debut_ y el _buffet_ tenian para él un esquisito perfume de elegancia; en cuanto al _séale la tierra ligera_, cuando lo veia, se entusiasmaba. Hablaba D. Galo bien de todo el mundo, no por estudio ni afectacion, sino por sentir lo que decia; porque era de la secta de los hombres benévolos, secta que se va perdiendo. Ponia á la sociedad en buen lugar, poniendo á los que la formaban á buena luz; respetaba profundamente todas las opiniones, mirándolo todo bajo un bello prisma _sui generis_, por el que aparecian las rosas sin espinas, y las víboras sin veneno. En suma, era D. Galo una momia del siglo de oro, resucitada por medio del elixir de vida que inventó Balzac.
Vestia el susodicho, por lo regular, un frac azul claro, con grandes botones dorados; un chaleco blanco, que abria por arriba como una alcachofa, para lucir en la pechera de su camisa un alfiler cuyos brillantes estaban medio dormidos, y un cordon de pelo del que pendia un lente de plata metido en el bolsillo del chaleco. Suspiraba ruidosamente D. Galo cada vez que miraba el cordon de pelo, desde tiempo inmemorial: eso no quitaba que suspirase tambien por una porcion de jóvenes, pero con tan comedidos deseos y cortas exigencias, que quedaba completamente satisfecho, cuando al negarle una hermosa una contradanza y ponerse á bailar en seguida con otro, dejaba su abanico en su honrada custodia. En cuanto á su cabeza...
Díjose en una época calamitosa: ¡Los dioses se van! Ahora en una ídem, ídem, diremos: ¡Los cabellos se van! ¿Porqué será que en este siglo de las luces hay tantos calvos y tantos cortos de vista? Los cortos de vista, se comprende que lo sean, por lo que deslumbra tanto resplandor como dan las dichas luces; pero el cabello, ¿qué tiene que ver con las luces? A esto dicen los dueños de ingratos cabellos, que la emancipacion de estos es debido á la actividad, á la fuerza, al vigor del pensamiento que le roba el suyo al pelo. Así es, por lo visto, que el pensamiento que fecunda tantas cosas, parece que tiene el mal tino de secar las raíces del cabello, á cuya sombra se cria: esta es una mala partida que no pueden disculpar sus admiradores mas frenéticos.
El siglo XIX, que no es el siglo de oro, por mas que se empeñen en que lo sea California, Cabet y Granada, es en cambio el siglo de las _ideas_; lo que es muy preferible, aunque no sea de nuestra opinion el ministro de hacienda. Lo que tiene es que hay tal abundancia, que es una via láctea de ideas luminosas; son un enjambre zumbon, como los que halló el famoso viajero Humboldt, de mosquitos en los rios de América; en cambio han acabado con los cabellos: los Absalones y Sansones quedan en la categoría de especies perdidas ó razas agotadas, como los centauros y las sirenas.
Se ha tratado de contrarrestar esta funesta propension del cabello á desertar; y para ello se han puesto en juego los medios mas incongruentes. Hase acudido á las moscas, que se han frito bárbaramente en aceite; y cien moscas sacrificadas no han producido la mas leve estabilidad en estos prófugos. Igual ineficacia desairada ha cabido en suerte al rey de los desiertos de Africa y á la fiera de las selvas del Norte, que han prestado su contingente para mantener la disciplina en este ejército á la desbandada; ni leones, ni osos, ni moscas fritas lo detienen. En cambio, han impregnado las moscas los cascos de negras ideas: los leones y los osos, de fieros y belicosos pensamientos (y cate Vd. el orígen del triste estado en que se ve Europa); pero nada han podido sobre el cabello, tan decidido á alejarse de su suelo volcánico, que solo podria sujetarle un áncora de navío aplicada á cada uno.