Clemencia: Novela de costumbres
Part 23
-- Decididamente, pensó D. Galo, está malo este pobre hombre, y por eso quiere estar solo; me parece que un par de sangrías...
-- Señor D. Jorge, dijo en voz alta, me parece que vuestro semblante está un poco arrebatado: bien ve que no estais en caja; en este país combate mucho la sangre, sobre todo al acercarse la primavera. ¿Teneis dolor de cabeza? Creo que una pequeña evacuacion y unos vasos de malvavisco (en latin _altea_) os harian mucho bien.
Lo que D. Galo decia de la mejor fe del mundo, no pareció tal á Sir George, por lo cual le dijo sin levantar la voz:
-- Señor D. Galo, ¿preferís salir por la puerta... ó por la ventana?
D. Galo se levantó, cual si por medio del asiento de su silla le hubiesen pinchado con una espada.
-- Que Vd. lo pase bien, señor D. Jorge, dijo cogiendo el sombrero; yo deseo que Vd. se alivie.
-- Y yo... ¡que el diablo cargue contigo! dijo en inglés y entre dientes Sir George.
Apénas bajó D. Galo de dos en dos los escalones de la escalera, y se vió en la calle en seguridad, cuando se dijo:
--¡Toma! ¡toma! ¡Y yo que no caia! ¡Torpe de mí! ¡Toma! ¡toma! ¡La de los ingleses! una turca de las buenas; habrá almorzado con algun paisano suyo, y se habrán bebido un par de docenas de botellas de Jerez. ¡Y yo que no me apercibia! ¡qué torpeza! ¡Ya!... ¡como que aquí en España no estamos hechos entre las gentes finas á semejantes chocarrerías!
D. Galo se fué en seguida en casa de Clemencia, á quien halló sola.
--¡Jesus! dijo poco despues de haber entrado: no podeis pensar el mal rato que he pasado.
--¿Sí? lo siento. ¿Por qué causa y dónde?
-- Por causa y en casa de D. Jorge. ¡Jesus!
-- Pero, ¿con qué motivo, amigo mio? preguntó Clemencia algo inmutada.
--¿Porqué... Clemencita?...
D. Galo se sonrió con la chuscada que acostumbraba, aun cuando lo que decia fuese lo que se llama, nada entre dos platos.
-- Vaya, decid, D. Galo; dijo Clemencia, á quien la respuesta de D. Galo inquietaba.
-- Clemencia, solo á vos y en confianza lo digo.
-- Sabeis que soy callada, D. Galo.
-- Sí, sí, por eso os lo diré. Fuí, pues, allá esta mañana; un paso de atencion.
-- Ciertamente. ¿Y bien?...
-- Pues sabréis que D. Jorge estaba...
D. Galo abrió la mano y apoyó su dedo pulgar en sus labios, guiñó un ojo, se sonrió en grande y añadió: Ya me entendeis.
-- No os entiendo, repuso Clemencia.
-- Pues nuestro inglés estaba... dijo D. Galo, y acercándose á Clemencia, añadió: ¡ebrio!
--¡Ebrio! esclamó esta asombrada.
-- Como una cuba, repuso D. Galo.
D. Galo refirió con todos sus pormenores la referida escena á Clemencia, y esta lo comprendió todo: no era mujer bastante vulgar para gozarse en el despecho de Sir George, pero sí bastante delicada para que le chocasen los insolentes y acerbos procedimientos con que habia insultado al hombre mas benévolo é inofensivo, y que era ademas amigo de ella. Así fué que aun esta escena contribuyó á hacerle conocer todo lo áspero y duro de aquella naturaleza que la inteligencia habia podido elevar, la esquisita sociedad pulir, pero á la que nada habia podido dar un corazon, sin el cual son todos los demas dotes, bellas vestiduras, resplandecientes coronas que encubren un esqueleto.
Durante esta conversacion, Sir George, que se habia quedado solo, se paseaba por su cuarto en un estado de cólera y exasperacion el mas violento, y se decia:
-- _¡Joué!_ ¡burlado!... ¡como un pollito! ¿Y por quién? ¡por una mujer que ha pasado la mitad de vida en un convento, y la otra mitad en el campo! por una hija de la naturaleza, criada por un fraile sentimental y ascético! ¡Y yo que creí que me amaba! ¡Oh! qué anomalías se ven en las españolas! Entre estas mujeres, las que valen son culebras insujetables. La ofendí, lo confieso; pero he querido pedirle perdon, y no he podido ni aun verla! -- Son estas mujeres suaves flores con tallos de acero. No conocen la vanidad cuando compite con su innato é indomable orgullo mujeril.--¡Casarse con otro, cuando le ofrecí ser mi mujer! ¡Qué insolencia! ¿Y con quién? ¿Será con su recien llegado primo Cortegana, ese chisgarabís, ese mono afrancesado? No; será con un pastor Fido, inocente como sus corderos. ¡Y ese imbécil de Pando que no me lo ha dicho! siento no haberle tirado por la ventana! ¡Y esa criatura se aviene á encerrarse en ese círculo vulgar y mezquino! ¡Oh! ¡es una criatura incomprensible! todo lo sabe por instinto, como el ruiseñor la melodía! Ella me rejuvenecia -- á su lado vivia -- me animaba -- me alegraba! -- sabia cual la aurora echar sobre todo un rosado tinte. -- Pero... ¿quién es ese marido que ha surgido como por magia á sus piés en el momento oportuno? ¿Lo tendria de reserva? ¡Ah! ¡no! esa mujer no era artificiosa, -- no; pero está llena de supersticiones: -- me habria querido hacer papista... ¡Vamos! esto al fin ha tenido mejor desenlace que si me hubiese dejado arrastrar á casarme, y con eso me hubiese dado á mí mismo la patente de machucho.
Sir George se arrellanó en su sillon á la chimenea y encendió un cigarro; pero al momento despues lo tiró, y esclamó con rabia:
-- Pero... ¡vive Dios! ¿Qué hago? ¿Quedarme? no; sin ella me fastidia Sevilla; me iré al Cáucaso, que no he visto. Vamos, judío errante, coge tu báculo; que el movimiento rejuvenece el cuerpo y distrae el ánimo. Lo conocido fastidia, busquemos lo desconocido.--¡Ah! añadió, ¡solo una cosa he hallado que fuese para mí desconocida!... ¡y esa fué ella! ¡luz fugitiva que de la oscuridad salió, para volver á hundirse en ella! Pero no creais que me afligís, señora; una dama hay mas bella, mas amable, mas querida de mí que lo sois vos, y es la dulce y encantadora libertad. No, no compiten vuestros encantos con los suyos; si lograros era á costa de perderla, vale mas una decepcion que una cadena: así pues, _all is well that ends well_. Bien está lo que en bien acaba.
CAPITULO XII.
-- Pablo, dijo al dia siguiente Clemencia á su primo, cuida de que cuanto ántes sean trasladados todos mis efectos á Villa-María.
--¡Pues qué!... preguntó sorprendido Pablo, ¿no piensas que vivamos aquí?
-- No, Pablo; pues esto que no seria de tu gusto, lo harias por complacerme; ademas, cree que ansío por hallarme en Villa-María, en donde tan feliz ha sido mi vida, vida á la que la costumbre me ha apegado; pues los sitios, las paredes, cada objeto que nos rodea, se ama con el trato como amigo, porque todo imprime su huella en el corazon que no es duro, y la deja en el corazon que no es mudable. Ansío, Pablo, ver esos sitios que el cariño que todos me habeis tenido, ha impregnado de dulzura, y que la paz que en ellos he disfrutado, ha identificado con el bienestar. Ademas, Pablo, no me retiene aquí ningun aliciente ni lazos de cariño. La casa de mi pobre tia, á la que queda poco tiempo de vida, se va á desbaratar. Mi querida Constancia piensa cuando la falta su madre, retirarse de todo trato; mi primo piensa regresar á Madrid, y la sociedad de Alegría no me es simpática. Díme, Pablo, ¿están aun como las dejé mis habitaciones?
-- Nada hallarás variado, ni echarás ménos en lo que ha sido durante tu ausencia mi santuario, Clemencia; de mas sí, quizas encuentres las huellas de mis lágrimas.
--¿Y mis flores?
-- Florecen en tu ausencia, ¿lo concibes? Yo no.
--¿Y mis pájaros?
-- Cantan; pues creo que con su delicado instinto presagiaban tu regreso.
--¡El del hijo pródigo! dijo Clemencia, riendo y apretando con efusion la mano de su primo.
-- Para recibirte debidamente, contestó Pablo en el mismo tono festivo, debo partir mañana.
-- Nada de eso, Pablo; hagámoslo todo sin misterio y sin ostentacion.
-- Pero con prisa, Clemencia; mira que mi felicidad me parece de tal suerte un sueño, que vivo angustiado con el temor de despertar.
-- Pablo, en mí no estará la tardanza, hechas las necesarias diligencias, será bendecida nuestra union bajo los ojos de mi pobre tia que me ha servido de madre, y partiremos en seguida para nuestro dulce hogar doméstico: en él procuraremos imitar las virtudes y hallar la felicidad que allí ostentaron sus anteriores dueños.
Clemencia se apresuró á comunicar su casamiento á la Marquesa y á sus primas.
-- Me alegro, hija mia, le dijo su tia, pues ya que te aconsejaron esa boda tu suegro y tu tio, cuenta te tendrá.
-- Sí, sí, añadió Alegría, ya que te casas, atente á lo sólido y enseña á tu marido desde un principio á no ser ridículamente celoso y neciamente desconfiado.
-- En Villa-María no hay muchas ocasiones que puedan dar pábulo á que se desarrollen estas tendencias, aun dado caso que las tuviese Pablo.
--¡Pues que! ¿te vas á vivir á Villa-María? esclamó con asombro Alegría.
-- Siempre han vivido allí las cabezas de la casa de Guevara, respondió Clemencia: ¿por qué motivo exigiria yo una mudanza de domicilio que no deseo, y que no agradaria á mi marido, sobre todo gustándome con pasion el campo?
--¡Pero eso es enterrarse en vida! esclamó Alegría horripilándose.
-- Si se _entierra_ la mujer que se propone vivir en el hogar de sus mayores al lado del esposo á quien ama, y dedicarse allí á criar los hijos que Dios les diere, creo, Alegría, que toda buena casada vestirá con alborozo la mortaja de esa sepultura. ¡Pues qué! ¿Piensas acaso que la mujer al tomar estado, sigue la senda natural y derecha, si en lugar de pensar en recogerse, en dedicarse á los santos y dulces deberes de esposa y madre, reniega de ellos y solo piensa en entregarse á las diversiones, al bullicio, al mundo esterior y á las distracciones? ¿Así truecas los frenos? ¿Así desvirtúas la santa mision de la mujer?
-- Novelerías morales, repuso Alegría. ¿Con veinte y cinco mil duros de renta, vivir en un villorro? ¡Vamos, vamos! Eso es no solo chabacano, sino estúpido, y no se ve mas que entre nosotros.
-- Te equivocas, Alegría; en todas partes, y sobre todo en Alemania, viven las familias nobles en sus estados ó en sus haciendas, y solo pasan temporadas en las capitales, en los sitios de baños ó viajando; nosotros tambien pasaremos temporadas fuera, ya por Semana Santa en Sevilla, ya en el verano en los baños; pero abandonar la casa solariega, eso nunca: seria una falta de aprecio y amor filial á la familia, y una degeneracion, pues no es noble el que es descastado.
-- Lo venidero no está escrito; le has tomado el gusto á Sevilla: veremos lo que sucede en comiéndote el pan de la boda; y si entónces piensas aun, á lo Butibamba, que es degenerar no vivir en un villorro. ¡Vaya, vaya! yo que creí que los libros servian, no para fomentar, sino para desarraigar añejas preocupaciones!...
-- La lectura bien dirigida, prima, sirve para poner cada cosa en su lugar, y desterrando una necia vanidad, dar á las personas el decoro y dignidad que le son propias. Ademas, el pan de mi boda, añadió Clemencia con íntima satisfaccion, es el que se fabrica diariamente en gran cantidad en casa para nosotros, para los criados y dependientes de la casa y para los pobres, y cada año Dios renueva las cosechas; así pienso que durará mucho, Alegría.
-- Sara, repuso esta con enfática ironía, Dios te dé veinte Jacobs, los años de vida á tu Abrahan que al otro, y te libre de una Agar.
-- No te deseo que seas feliz, le dijo Constancia, pues sé que lo serás cuanto es dable serlo en este mundo, puesto que has hecho tu pasado tan bueno y tan santo, como te has sabido preparar tu porvenir. Tu conciencia y tus esperanzas, ambas puras y santas, te sonríen á un tiempo: así, solo pido á Dios prolongue una felicidad que debe serle grata.
--¡Eh! dijo Alegría, con este parabien místico y laudatorio no necesitas mas epitalamio. Váyase Apolo con su murga á freir monas al Parnaso; que aquí se está por el monte Sion. Por mí te congratularé con la elegante frase de moda, diciéndote: Pues te casas, séate el _santo yugo ligero_; pues tendrás fruto de bendicion, séate la carga de los hijos ligera; pues te entierras en vida, ¡_séate la tierra ligera!_
Pocos dias despues volvió Pablo, y se fijó el dia del casamiento. La víspera se halló Sir George en la calle á D. Galo. Este, que aun no estaba del todo repuesto del susto que le habia dado Sir George en la mañana que hemos referido, quiso evitar su encuentro torciendo por una boca-calle; pero Sir George apresuró el paso, lo alcanzó y lo paró.
--¡Oh señor D. Jorge! esclamó algo turbado D. Galo; no os habia visto; no es estraño, pues ya sabeis, lo corto de vista que soy.
-- Tenia muchos deseos de veros, repuso Sir George; deseaba suplicaros que me acompañaseis á comer: he recibido por el último vapor unos faisanes y una remesa de vinos escogidos; pero como ya no tengo el gusto de veros...
-- El gusto y la honra serán para mí, señor D. George, repuso con una sonrisa no muy natural D. Galo, en quien la remesa de vinos escogidos habia avivado la inquietud; pero como tengo tanto que hacer...
-- Y como no os veo ya en casa de Clemencia...
-- Es cierto, no recibe porque su tia ha empeorado, y pasa allá toda la tarde y noche.
--¿No me habeis dicho que se casa?
D. Galo, que se iba reponiendo, contestó en su tono natural:
--¡Ya se ve que os lo dije! como que yo fuí el primero que lo supe; pero ya lo sabe todo el mundo.
-- Me han dicho que su novio es un ganso lugareño.
-- Os han informado mal, muy mal, D. Jorge; yo que lo he tratado, os puedo decir que es un bellísimo sujeto, de un carácter angelical, de mucho talento y mucha instruccion, como que tuvo el mismo maestro que Clemencita, el sabio Abad de Villa-María; que es generoso y caritativo como pocos, y en cuanto á guapo lo es como ninguno: se cuentan de él hechos que admiran y asombran, en particular un lance con cinco ladrones que lo sorprendieron en su cortijo...
--¡Oh, señor D. Galo! no me refirais proezas _bandoléricas_; estoy cansado de oirlas cantar en romances á vuestros ciegos.
-- Es, señor D. Jorge, que la proeza que iba á referir no estaba de parte de los bandoleros, sino de parte de D. Pablo Guevara que pertenece á la primera nobleza de Andalucía, y tiene, amen de esto, mas de medio milloncito de renta, lo cual no echa nada á perder.
Y D. Galo desplegó su mas ancha sonrisa.
-- Ese novio modelo ha venido, segun me han informado, de las Batuecas, dijo Sir George con la mayor seriedad.
--¡Qué! No señor, contestó D. Galo sin notar la burla, y no calculando que pudiese estar un estranjero al cabo del sentido que se da vulgarmente á esta frase; ha venido de Villa-María. Ya veis, señor D. Jorge, que nuestra viudita supo escoger lo mejor, como era de esperar de su talento y buen juicio.
Sir George echó una mirada suspicaz y escudriñadora á su interlocutor, que prosiguió con un chiste y una chuscada que lo asombraron á él mismo: Entre nos, señor D. Jorge, Cortegana, que no tenia _corta gana_ de ser el dichoso, se ha quedado mirando al cielo; no será él solo.
Sir George que contenia á duras penas los impulsos que sentia de echar á rodar á D. Galo, le dijo, no obstante, con suavidad:
-- He recibido noticias que me obligan á partir, y puesto que no es posible ver á nuestra amiga, y despedirme de ella ántes de marchar, deseo recibir de vos un favor.
-- Estoy siempre, y para cuanto me mandeis, á vuestras órdenes, señor D. Jorge, contestó D. Galo obsequiosamente.
-- Puesto que con el plausible motivo de un casamiento les es permitido á los amigos ofrecer una memoria á sus amigas, deseo que os hagais cargo de presentar una en mi nombre á Clemencia.
--¡Mire Vd. por dónde me es imposible serviros, señor D. Jorge! Y á fe mia que lo siento; pero Guevara ha exigido de Clemencita que no reciba regalo alguno de nadie. Una sola escepcion se ha hecho, prosiguió D. Galo con íntima satisfaccion y gran orgullo, una, una sola, una única... y esa ha sido con... mi tarjetero, señor D. Jorge.
D. Galo se estiró los picos del chaleco.
Sir George calló un rato, y dijo despues:
-- Pues decidle al ménos que fué mi intencion enviarle un brillante que encierra para mí un triste recuerdo; deseando que tuviese para ella uno grato, recordándole un amigo. Decidle que si ella desdeña las memorias, yo lo deploro, pues me priva, al partir, del consuelo de que conserve una mia.
-- Todo se lo diré testualmente, señor D. Jorge: confiad en mí, que tengo buena memoria y mejor voluntad; en cuanto á la otra potencia, no puedo competir con vos ni con Clemencita, lo conozco; pero en fin, en esta ocasion no es necesaria.
-- No, no, repuso Sir George, no es necesaria, y estaria absolutamente demas.
Sir George estaba muy léjos de haber dado este paso, llevado por su corazon, ni por un sentimiento tierno y triste.
Eran los móviles que le dirigian en esta ocasion, primeramente tener noticias exactas sobre el hombre que Clemencia habia preferido, las que nadie podia darle como D. Galo, que era el mas imparcial y justo juez en la materia, porque nunca mentia ni en contra de sus contrarios, ni en favor de sus amigos: el segundo objeto que tenia, era probar á quien pudiese tener sospechas de su amor á Clemencia, que muy léjos de sentir despecho, era él el primero en celebrar el enlace de su amiga con un obsequio; y por último, lo que hacia era por una especie de presuncion vanidosa, deseando borrar la impresion de su grosera carta, y dejar en la memoria de una mujer del valer de Clemencia, el recuerdo suyo bello, poético, é interesante como lo es la tristeza de un amor desgraciado, y el arrepentimiento de un noble pecho.
Sir George salió aquella noche para Cádiz.
A la mañana siguiente despues de volver de la iglesia, se casaron Clemencia y Pablo en casa de su tia, y partieron para Villa-María.
Al llegar, hallaron reunidos, no solo á los muchos criados de la casa, pero casi á todo el pueblo, que los recibió con las mas marcadas y sinceras muestras de adhesion y cariño. Juana lloraba de alegría. Sus nietas se abalanzaron á Clemencia besando su vestido. Miguel Gil y los demas criados enternecidos, bendecian á los novios y repetian:
--¡Tal para cual!... ¡Si no podia dejar de suceder!
Hasta la tia Latrana se hizo lugar para dar la bienvenida á Clemencia, y pedirle los dulces de la boda.
Clemencia entró enajenada en los cuartos que habia habitado, y que halló en el mismo estado en que los dejó. Sus flores esparcian sus mas suaves fragancias, los pájaros lanzaban sus mas alegres cantos como para darle la bienvenida. De todo esto habia cuidado Pablo con el esmero con que conserva y da culto el amor á los recuerdos.
Clemencia se sentia tan apaciblemente feliz como el navegante que despues de correr una tormenta y estar pronto á naufragar, vuelve á pisar la tierra y á sentarse en su hogar. Todo lo miraba y acariciaba con la vista; todo lo examinaba y lo tocaba con cariño. Abrió su escribanía, y registrando uno de los cajones esclamó:
--¡Ay Pablo! mira lo que he hallado aquí: la cedulita que me dió aquella gitanilla que me dijo la buenaventura. Ahora recuerdo que me encargó que la abriese el dia que me casase, y me cercioraria de si habia ó no acertado en su prediccion: despégala, Pablo, con tu corta-plumas, que deseo verla.
-- Si te complazco lo haré, Clemencia: es una niñada; pero su pureza conserva la infancia á tu corazon.
Clemencia se acercó á su marido para leer el papel. Pablo despegó la cedulita y leyó:
-- BIEN SABE LA ROSA...
--¡EN QUE MANO POSA! esclamó Clemencia acabando la frase que recordó, y apoyando su rosada cara en el noble pecho de su marido.
FIN.
EPILOGO.
Algunos meses despues estaban una noche sentados en la mesa del brasero, Clemencia y Pablo.
El cura y algun amigo que los habian acompañado, se habian marchado; pero estaba allí el anciano médico. Clemencia, en quien resplandecia la felicidad, estaba ocupada en una labor de mano. Pablo leia diferentes periódicos que habian acabado de llegar.
-- Aquí, dijo Pablo, que tenia en la mano el _Univers_, periódico frances, se habla de una persona que me parece haberte oido nombrar.
--¿Quién? preguntó Clemencia.
-- El Vizconde Cárlos de Brian.
-- Sí, mucho que sí: era un hombre de gran mérito; ¿qué dicen de él?
Pablo leyó:
--«En Nueva-Orleans ha sido muerto en un desafío por un furioso demócrata el Visconde Cárlos de Brian.»
«Era un hombre de noble carácter y de un mérito poco comun. Habiendo perdido á su único hermano por el puñal alevoso en Roma, en donde hacia parte del ejército auxiliar del Papa, y visto caer á su padre en las jornadas de Febrero de 1848, salió abatido y desesperado de su país á viajar: circunstancias que han quedado ocultas le determinaron á dejar á Europa y pasar á los estados de la Union en que ha hallado la muerte. En él se estingue una de las casas mas antiguas é ilustres de Francia. Su mérito, sus virtudes y la firmeza de su carácter, hacen su pérdida doblemente dolorosa á cuantos tuvieron la dicha de conocerle.»
--¡Pobre Vizconde! dijo con tristeza Clemencia. ¡Qué fatalidad se encarnizó en su estirpe! Mucho me afecta su muerte.
-- Vaya, añadió Pablo que ojeaba un periódico español, hoy es dia en que salgan á relucir en los papeles nombres conocidos tuyos: aquí se habla de Sir George Percy, que pienso era tambien uno de tus tertulianos.
-- Sí por cierto, repuso Clemencia; ¿y qué dicen de él?
Pablo leyó:
--«El 15 del actual ha tomado asiento en la Cámara de los Pares, Su Honor Sir George Percy, que ha heredado el titulo y manto de par de su tio Lord Wilfrid. Se ha estrenado con el mas incisivo y amargo discurso de cuantos se han pronunciado contra los católicos. De resultas, el jefe del gabinete le ha declarado benemérito de la patria, y en un _meeting_ protestante se ha determinado erigirle en vida varias estatuas de diferentes tamaños, como al Lord Wellington.
--¡Pablo, Pablo! ¡cómo improvisas! esclamó Clemencia riendo. ¡Con qué seriedad inventas y emites despropósitos!
-- No señora, no señora; no son despropósitos, dijo el Doctor; es muy probable y muy verosímil que sea así. Despues de lo que ha pasado allá, despues de haber visto públicamente llevar en procesion burlesca y quemar en efigie al Santo Padre y otros venerables sacerdotes, como en los bellos tiempos de la reforma, sin que el mas _ilustrado_ y _tolerante_ de los gobiernos y el mas ilimitado en la libertad de cultos, pusiese obstáculos á esas anticultas bacanales, á esas orgías anglicanas, ¿qué se podrá dudar?
Veamos el pulso, señora, añadió poniéndose en pié para marcharse. ¡Siempre en caja! dijo despues de pulsar á Clemencia: señora, vuestro pulso es como vuestra alma; Señor D. Pablo, cuando este verano cojais esas hermosas cosechas con que parece Dios bendecir vuestra casa, será el mas bello fruto con que os favorezca, un hijo tan hermoso como su madre, tan bien constituido como su padre, tan bueno como ambos.
SIGNIFICADO DE ALGUNAS PALABRAS ANDALUZAS.
Abuhado.--Hinchado.
Abulaga.--Planta silvestre cubierta de espinas.
Acigüatado.--Parado, caido.
Arrapiezo.--Malo y despreciable sujeto.
Arrufar.--Dar empuje ó alas.
Arrumales.--Disparates.
Ayuncar.--Meterse en trabajos.
Cancha ruda.--Chica y gorda.
Chirlar.--Hablar mucho y recio.
Coca.--Cabeza.
Colodra.--Vasija que usan los pastores para ordeñar.
Cuaco.--Rudo, ganso, ignorante.
Fanganina.--Enredo.
Frondío.--Mal humorado, displicente.
Gallorear.--Levantar la voz con impertinencia.
Gatatumbas.--Zalamerías.
Glotura.--Golosina.
Macarroño.--Corrompido, probablemente tomado de _macarse_, empezar á podrirse.
Mamanton.--El que saca ó chupa de otro.
Marchanas.--No irse las marchanas significa _tener presencia de ánimo_.
Monfí.--Nombre que se daba á ciertos moros _malhechores y bravíos_.
Mormajo.--Gran disparate.
Musitar.--Murmurar entre dientes.
Paripé.--Engaño hipócrita.
Pechecilla.--Nombre que se da á las que ya no son niñas ni mozuelas aun.
Rala.--Caridelantera, raida.
Raspagona.--Descarada, atrevida.
Reana.--Círculo grande y apiñado de gentes.
Rejo.--Robustez, fortaleza.
Sibibil.--Pito de alcacer.
Singuilindango.--Cualquier cosa.
Surrar.--Encogerse de miedo.
Toston.--Pedazo de pan tostado que se come con aceite y sal.
Tuero.--Leño cortado para quemar.
Turraco.--Arbol caido, sin rama ni corteza.
Tute.--Juego de naipes ordinario.