Clemencia: Novela de costumbres

Part 22

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-- No, hija, me siento hoy tan mala, que no puedo recibir á nadie.

-- Clemencia, ¿si tú quisieras recibirlo? dijo su prima con voz suplicatoria.

-- Constancia, dispénsame; en otra cosa te complaceré; pero déjame aquí acompañando á tu madre; que para eso he venido.

Constancia hizo un involuntario movimiento de impaciencia que refrenó en el momento, y salió con apacible y grave semblante para ir al estrado, donde fué introducido Sir George por Pepino, que le dijo:

-- Señor D. Jorge el inglés, tenga á bien de pasar adelante; pero sacúdase su señoría los piés ántes de entrar. Sepa su señoría, prosiguió Pepino sin que se le preguntase, que la señora está su señoría _intercaliente_; señor, los médicos malditos y la botica se llevan un dineral, porque lo que saben es recetar, eso sí; pero _cuidiau_ que no saben curar.

La conversacion entre Sir George y Constancia no podia ménos de ser lánguida: despues de preguntar con interes por la Marquesa, y asegurarse mutuamente que hacia frio, el diálogo quedó cortado como con unas tijeras.

Al cabo de un rato dijo Sir George poniéndose en pié, y viendo lo infructuoso de esta su nueva tentativa por ver á Clemencia:

-- No quiero quitaros vuestro tiempo, que querréis dedicar todo á la asistencia de la enferma.

-- Efectivamente, repuso Constancia, solo la satisfaccion de daros las gracias por el interes que mostrais por mi madre, me hubiese separado de su lado.

Sir George saludó y salió.

Volvióse á su casa en un estado en que le agitaban igualmente el pesar, el coraje y el temor.

Escribió una carta apasionada y afligida, en que se veian las señales de sus lágrimas, espresando su arrepentimiento y formulando las mas vivas instancias porque Clemencia le perdonase lo que á su pluma se escapó en un momento de celos y de despecho.

Clemencia leyó la carta; pero Sir George se habia desprestigiado con ella; aquel ídolo que ella hiciera tan bello, habia caido de su falso pedestal; las espresiones de la carta le parecieron afectadas, las ideas falsas, el lenguaje palabrería hueca, y las lágrimas gotas de agua.

La venda habia caido.

Clemencia no contestó.

Al dia siguiente Sir George, desesperado, pues entrevia que en una mujer de carácter tan superior como era Clemencia, por grande que fuese el poder de su amante corazon, seria aun mayor el de la voluntad dirigida por la razon y estimulada por la dignidad femenina, volvió á escribir, y esta vez su carta mas sincera, era mas sencilla, y por lo tanto mas elocuente.

Pero Clemencia no la abrió, y se la devolvió cerrada con un sobre.

Entónces Sir George se abatió profundamente, no porque se despertase en aquel corazon muerto una pasion real y sentida por Clemencia, eso no era posible: cenizas no levantan llama. Pero ese hombre para quien la vida habia perdido todos sus prestigios, todos sus goces, todo su interes, todo su valor, todas sus escitaciones, habia hallado en Clemencia el solo ser que sobrepujaba por instinto á toda su adquirida aristocracia intelectual; la sola mujer que con su gracia, á la vez aguda é infantil, su saber y su inocencia, su inteligencia de primer órden y sus sentimientos de alta esfera, su poesía de corazon, y su sensatez en la vida práctica, le atraia, le interesaba, le entretenia, le sorprendia; en fin, habia logrado lo que no otra, llenarle.

¡Estraña anomalía! El impulso que sentia hácia Clemencia, y el deseo de reconciliarse con ella, llevó á Sir George, el escéptico, el positivo, el estóico y desdeñoso, hasta el punto ridículo de hacer los estremos de un héroe de novela: rondó la calle de Clemencia noches enteras, escribió carta sobre carta, se fingió malo, obsequió á D. Galo con un par de pistolas de Manton (el regalo mas inútil del mundo); pero todo fué en vano y se estrelló contra la resolucion, que despues de un íntimo convencimiento, habia inspirado su sano juicio á Clemencia.

Sir George se hacia ilusion, ó queria hacérsela, de que esos estremos eran hijos de un sentimiento vivo y vigoroso, y pulsaba con ansia su corazon por cómo latia; pero era en vano! la cuerda de ese bello reloj estaba gastada; y cuanto hacia era ficticio: no se pudo engañar, y acabó por reirse con agrio desden de sí mismo.

--¡Y que haya, decia con amargura, hombres que afecten mi estado! ¡Hombres que se afanen en hacerse la antítesis de Prometeo, no buscando, sino apagando la llama de la vida!

Entónces Sir George cayó en uno de esos acesos de misántropo esplin, que le hacian el mas desgraciado de los hombres; tanto mas, cuanto que queria disimularlos; y de los cuales solo Clemencia hubiera podido sacarle con su trato encantador, como David á Saul de los suyos, con su melodiosa arpa.

CAPITULO X.

Pablo al recibir la carta de su prima, se habia apresurado á ponerse en camino. -- Algun negocio, pensaba, algun apuro en que se hallará, algun pleito en que la hayan envuelto. Es la primera vez que me escribe: ¡dichoso yo si puedo serle útil!

Pero apénas hubo llegado, apénas pasaron las primeras espresiones de bien venida, cuando le dijo Clemencia:

-- Pablo, ¿me amas aun?

Pablo se halló tan sorprendido y trastornado con esta inesperada pregunta, que no contestó.

-- Respóndeme, Pablo, dijo Clemencia.

-- No respondo, Clemencia, porque tú no me preguntas para saber mi respuesta, dijo este al fin.

-- Será entónces para oirla.

--¿Y con qué objeto quieres oirla?

-- Con el objeto, caso de que sea afirmativa, de que me dé pié y ánimo para decirte, Pablo, que aprecio tu amor, lo merezco, lo admito y le correspondo.

--¿A qué debo atribuir este cambio? esclamó Pablo, cuya voz temblaba de emocion. ¿Es ironía? ¿Es despecho?

-- No, Pablo, no; es profundo aprecio, íntimo cariño; y la conviccion de que tú y solo tú eres el hombre á cuyo lado puedo hallar la felicidad, segun yo la entiendo.

--¿Has amado á otro, Clemencia, y juzgas acaso así mis sentimientos por comparacion?

-- Así es, no lo niego; con la misma sinceridad y verdad con que esto te confieso, añado que el amor del hombre que amé no lo desprecio, pero lo desdeño; su persona no la odio, pero me es indiferente. Mi amor, pues, dejó de existir como estrella de la noche que apagó el dia; pues no creas, Pablo, que en mí sea el amor una llama que encienden y atizan ciegas pasiones, no; es un fuego santo que solo sostiene y alimenta lo bueno y lo bello, como en el culto griego al fuego sacro solo lo alimentaban las puras vestales. Es esto en mí instintivo, á la par que razonado y previsor; y es ademas una conviccion que han madurado á la vez mi esperiencia y la santa autoridad de nuestro tio, la que cual el sol alumbra aun al traves de las nubes. No creo necesario, añadir, Pablo, que cuando me ofrezco por tu compañera á tí que honro y venero, me ofrezco pura; como debe serlo la que tú llames tu consorte.

Te he dicho la verdad, así como te hubiera descubierto una falta, si tuviera la amarga desgracia de que sobre mi conciencia pesara, confiada en que me la habrias perdonado, pues como decia nuestro sabio Mentor: _la virtud sin clemencia, es orgullo_. Entre los dos, Pablo, no debe haber nada oculto, ni lo habrá nunca: un misterio seria entre ambos una profanacion de nuestra dulce confianza, una empañadura en la pureza de nuestro amor, y una pared de cristal frio y duro, que aunque invisible, nos separaria. He sufrido, Pablo; este es todo mi secreto.

--¡Oh! esclamó Pablo. En mala hora, pues, te viniste y me dejaste.

-- En buena hora, Pablo, en buena hora; pues solo así he sabido apreciar y comprender cuánto vale á tu lado la verdadera felicidad, y sobreponer esta á todas las demas. Solo así he podido comparar el vacío, lo corrompido, lo exhausto, lo seco y lo acerbo de esas naturalezas, que una gran cultura cubre con un barniz tan delicado, que seduce á los inespertos como yo, y á veces es preferido al mérito real por los que no saben apreciar lo bello de la humana naturaleza. He podido comparar este barniz con la verdadera nobleza de alma, con el puro é inmaculado sentir de un corazon sano, con la rectitud de un entendimiento no contaminado con los vicios de la sociedad, con un carácter franco y entero, que sigue con valor la senda del bien, como el Cid la de la victoria, y para el que son instintivos la generosidad, el heroismo, la virtud y la delicadeza; y he podido conocer que aquello que me deslumbró fué lo primero, y que tú, Pablo, que llenas todo mi corazon, cuya compañera voy á ser con entusiasmo, eres lo segundo.

-- Con que... ¿me amas, Clemencia? preguntó profundamente conmovido Pablo.

--¡Con toda la bella exaltacion con que un corazon tierno ama lo bueno! Pablo, te amo con toda la conviccion con que se ama á la virtud, con la constancia con que se ama la dicha, con toda la ternura y abandono con que se ama al que se escoge libre, voluntaria y reflexivamente por compañero ante Dios y los hombres.

-- Unidos, pues, esclamó con voz ahogada por su emocion Pablo, unidos para siempre, unidos irrevocablemente, inseparables en la tierra y en el cielo!... ¡Oh, Dios mio! Es posible tanta felicidad?

Y arrastrado por un impulso irresistible, Pablo cayó á los piés de Clemencia, y ocultando entre sus manos su rostro bañado de lágrimas, lo apoyó sobre las rodillas de la que iba á ser su mujer.

-- Pablo, dijo Clemencia despues de un rato de silencio, satisfaz un capricho de mi corazon, y díme, ¿qué te ha llevado á amarme?

-- Es todo, sin que nada pueda precisar, respondió Pablo sin levantarse: es porque TU eres TU.

--¿Pero es mi figura, lo que te es grata? ¿Son mis sentimientos los que te son simpáticos? ¿O son mis pensamientos los que te seducen?

-- Nada de eso es, Clemencia; tu figura, tu sentir y tu pensar me son gratos y simpáticos y me seducen, porque SON TUYOS. Róbete un mal tu hermosura, tu talento, tu sentir vivaz y poético; yo, Clemencia, te amaria lo mismo; te amaria loca, sin que me lo agradecieses; ¡te amaria muerta... como te he amado sin esperanzas!

--¡Esto es ser amada, y esto es la dicha! dijo Clemencia enternecida, apretando entre sus delicadas y blancas manos las honradas y varoniles manos de su primo.

Pablo comió en casa de Clemencia, y á la tarde vino D. Galo á tomar con ellos café.

Clemencia estaba brillante de alegría como lo está la naturaleza cuando despues de una corta tempestad le sonríe el sol.

--¡Qué alegre estais, Clemencita! dijo D. Galo paladeando una copa del rico licor que se hace en el puerto de Santa María.

Y ciertamente Clemencia lo estaba. La soberbia y acerba conducta de Sir George comparada á la de Pablo, no solo la habia hecho apreciar la delicadeza y generosidad de la de este, sino que la primera le causó un sentimiento de temerosa repulsa que le hizo huir de aquel hombre duro, á la par que hizo brotar un aprecio tierno y simpático hácia Pablo que la llevó á apegarse al que á tanta entereza unia tan delicado cariño. Sentia al lado de Pablo lo que el viajero que goza de la dulce sombra y tranquilo descanso de una bella encina, despues de atravesar jadeante un áspero y quebrado suelo bajo los rayos de un sol picante: así fué que contestó con sincera y alegre exaltacion:

-- Soy como las niñas, amigo mio, aunque cuento cerca de seis _olimpiadas_. Hablaré mi lenguaje, ya que me echan el baldon de ser sábia. ¡Estoy tan alegre! ¿Sabeis porqué?

-- No atino, hija mia.

-- Pues es, repuso Clemencia acercándose á su oido, es porque... me caso: no quiero ni tengo por qué callárselo á tan buen amigo.

D. Galo hizo tal movimiento de sorpresa, que el licor que contenia su copa, tuvo las oscilaciones del flujo y reflujo del mar. No era la sorpresa de D. Galo causada por no haber notado en Clemencia particularidad con ninguno de sus apasionados, sino porque, sin darse él cuenta del porqué, se habia figurado que Clemencia en la tierra, así como las estrellas en el cielo, estaban muy bien é inamoviblemente colocadas, y que su variacion era un cataclismo en el órden establecido. Ademas, en la buena moral de D. Galo, era para él el anuncio del casamiento de una bella, lo que es para el cazador, por torpe que sea, el anuncio de la veda: así fué que esclamó consternado:

--¿Que os casais? ¿De veras?

--¿Y porqué no, señor mio? ¿Tienen las _sábias_, ademas de otras desgracias, la de ser incasables?

-- Pero... -- dijo D. Galo sin prestar atencion á lo que decia Clemencia, y esperando aun que lo dicho fuese una broma;--¿pero... quién es el dichoso?

-- El dichoso,--¡porque á fe mia que lo será! -- es D. Pablo Ladron de Guevara, mi primo, y desde ahora el amigo de los que lo son mios.

Pablo alargó sonriendo la mano á D. Galo.

--¡Sea en buen hora... sea para bien! tartamudeaba cortado D. Galo, felicito... tomo parte... celebro... ¡los Guevaras están predestinados!... Y entre tanto, examinando la persona de Pablo, que vestido de traje de ciudad no tenia el aire de un petimetre de los modernamente designados con la palabra inglesa _dandy_, se decia á sí mismo: ¡Quién es capaz de comprender los caprichos de las bellas hijas de Eva! ¡Vea Vd., Clemencita, que hubiese podido escoger entre la flor y la nata!... ¡yo la creia incasable!... ¡si hubiese sospechado lo contrario!... ¡Casarse! ¿A qué santo? ¿No estaba tan bien así? ¡Me he llevado chasco! -- no seré el solo.

-- D. Galo, añadió alegremente Clemencia, este es un gran secreto; pero que no me importa que todo el mundo lo sepa.

-- A muchos lo callaré, contestó en su tono galante y con su mas chusca sonrisa D. Galo, porque no me gusta ser portador de malas nuevas.

Vamos, añadió para sí, -- echando con disimulo el lente á Pablo, que en este momento se habia puesto á escribir en el escritorio de Clemencia una carta á Villa-María, -- sobre gustos no hay nada escrito. Cuando Clemencia le ha elegido, tendrá mérito; solo que por mas que miro, me persuado que no está á la vista.

A la noche D. Galo fué algo mas temprano de lo que acostumbraba, á la tertulia de la señora de la Tijera.

-- Voy, dijo aun ántes de sentarse, á dar á Vds. una noticia que de cierto ignoran, y tan fresca que es nonata para el público.

Inmediatamente fué D. Galo asaltado con esta descarga de preguntas:

--¿Es triste ó alegre?--¿Pertenece á la alta ó baja política?--¿Es jocosa ó fúnebre?--¿Es auténtica ó apócrifa?--¿Es de luengas tierras?--¿Es indígena?--¿Es redonda?--¿Ha venido por telégrafo?

-- Es, respondió D. Galo, dejando que se restableciese el silencio, para dar todo su peso y solemnidad á su respuesta, es inesperada, imprevista, sorprendente y estraordinaria.

-- Ea pues, decidla, esclamó Lolita.

D. Galo calló, luciendo su mas resplandeciente sonrisa, prolongando así el dulce momento en que era el punto céntrico de la atencion general.

-- D. Galo, dijo uno de los concurrentes, sois como el reloj de Pamplona, que es fama que apunta, pero no da.

-- D. Galo, ¿quereis convertirnos en papanatas? esclamó impaciente la curiosa Lolita.

-- No, opinó un jóven estudiante; Pando quiere ser diputado, y se ensaya en el arte de _hacer efecto_.

-- Dejad á D. Galo Pando, á quien viene mal el nombre como á mí, que en mi vida he tenido un dolor de cabeza, el de Dolores. Rojas, contadnos qué tal hicieron anoche el tio Caniyitas.

Al oir mentar la zarzuela de moda, Rojas, que era un filarmónico, se puso á talrarear:

Las solteras son de oro, Las casadas son de plata, Las vïudas son de cobre, Y las viejas de hojalata.

--¡Pura adulacion á las solteras! dijo Lolita; el garabatillo de las viudas es mucho mas atractivo que los famosos y nunca bien ponderados quince abriles, que han inventado los poetas despechados, porque los veinte mayos no les hacen caso.

-- En confirmacion de lo que decís, en cuanto á las viudas, hija mia, dijo D. Galo, que aprovechó la ocasion que se le escapaba de lanzar á la publicidad su famosa noticia, os diré que se casa una viudita.

D. Galo suspendió su comunicado, volviendo en torno suyo unos ojos, en los que procuró poner toda la chuscada indígena.

--¿Quién es la infeliz? dijeron ellas.

--¿Quién es el engañado? añadieron ellos.

--¡Qué premioso sois! esclamó Lolita.

-- Le favoreceis... que es pesado, opinó Rojas.

-- Guarde Vd. su noticia para escabeche, dijo levantándose Lola.

D. Galo, que vió que por segunda vez perdia la oportunidad y la atencion, repuso:

-- Pues sabed que se casa Clemencita.

--¿Con Monte-Cristo? preguntó volviéndose bruscamente la niña curiosa.

--¿Con Carlo-Magno? añadió otra.

-- No habeis acertado, hijas mias, contestó en sus glorias D. Galo.

-- Pues decidlo, señor; que si no, os vamos á dar el diploma de mayor en el regimiento de la Posma. ¿Con quién es?... ¿Es con Vd.?

--¡Tanta dicha, no es para mí, Lolita, hija mia! contestó con buena fe D. Galo, á la burlona pregunta; de sobra sabeis que tengo mala suerte y solo hallo ingratas; ademas mi situacion no me permite...

--¿Es con su primo Cortegana, que dicen ha llegado.

-- No; es con otro, su primo de Villa-María, Pablo Guevara.

--¿Aquel lugareño que vi en su casa ayer, que lleva los guantes como manojo de espárragos? ¡Dios nos asista! no sabe ni hablar: ¡mire Vd. con quién fué á dar la _sábia_! ¡Yo que creí que se iba á casar con el Liceo!

-- Quien ménos vale, mas merece, opinó uno de los presentes.

--¡Ya! ¡ya sabe la viudita! añadió una de las señoras mayores; Guevara que heredó de su tio D. Martin y que tiene por su casa, es una gran boda; ¡ya sabe!

-- Es la opinion mas errada, dijo un oidor amigo de Clemencia, y la ménos justificada, la que atribuye á las mujeres que tienen alguna instruccion el que _saben mucho_, en el sentido que se ha dado á esta frase comun, que es un compuesto de astucia, cálculo, intriga y perspicacia. Es cabal y notoriamente lo contrario; esta clase de saber, suele ser propia de aquellas que no tienen otra cosa en que esplayar su imaginacion y ocupar sus facultades intelectuales, y les es seguramente mas útil que á las otras sus estudios: así, si las primeras tienen buena suerte, la deberán ciertamente á otras causas que á su _saber_, en el sentido dicho. Quien atribuya cálculo á Clemencia, debe precisamente no conocerla.

-- Para predicador de honras, os pintais solo; observó agriamente la señora de la Tijera.

-- Pues no ha dicho mas que la pura verdad, opinó D. Galo. Sepa Vd., Lolita, hija mia, que á sus espaldas hace ese caballero otros justos elogios de V.

-- Eso no quita, santo varon, contestó Lolita, que sepa mucho Clemencia Ponce, y haya dado una prueba de ello casándose con ese ricacho, que procurará aumentar las rentas pasando la mayor parte del tiempo en el pueblo, miéntras que ella se las gaste aquí en toda libertad.

-- No es Clemencia gastadora por cierto, repuso D. Galo.

--¡Ya! si no tenia lo bastante para ello, ¿cómo habia de serlo? dijo la Tijera; su suegro no tuvo por conveniente dejarle nada, ni aun viudedad; así es, que solo tenia lo que le dejó el tio Abad.

-- Que era mucho, repuso D. Galo.

-- Y ademas una gran viudedad que le señaló, si no el suegro, el heredero de la casa.

-- Por lo visto, pensaba que la disfrutase poco tiempo, dijo otra señora.

-- Viudedad que nunca consintió en admitir; me consta; lo sé por su tia, observó D. Galo.

-- Eso fué sembrar para recoger, repuso otra de las matronas.

--¡Una buena cosecha! esclamó soltando una carcajada Lolita.

¡Tales son los juicios y fallos del mundo! esta es la inconcebible y malévola ligereza con que se juzga á las personas, se califican los hechos y se les suponen móviles; esta la infame falta de conciencia, de rectitud y de justicia, con que se pretende formar la cosa mas preciosa que tiene el hombre, su opinion! Se echa en cara á la época el poco precio que ponen los hombres á la opinion que gozan; mas esto ha debido suceder desde que la malevolencia y la calumnia han usurpado á la verdad y á la justicia su mision de formarla, ora sean aquellas guiadas en la prensa por las pasiones políticas, ora en sociedad por el espíritu hostil que en ella vive y reina.

CAPITULO XI.

Al dia siguiente fué D. Galo, como tenia de costumbre, á visitar á Sir George, visita que miraba como obligatoria desde que las pistolas de Manton habian aumentado su fina amistad con un fino agradecimiento. Este le recibió con una de esas sonrisas _prestadas_, como dicen los franceses, que era en el altivo _Gentleman_ la espresion de la suma distraccion, que producian en él los entes de tal nulidad, que se desdeñaba de desdeñar.

D. Galo, como es de inferir, estaba lleno de la gran noticia, que si bien le habia contrariado, habia traido su contrapeso con la satisfaccion que le habia procurado Clemencia eligiéndole por su primer confidente, y por digno esparcidor de su confidencia. Así fué, que apénas se hubo informado de su salud, cuando dijo á su amigo con una sonrisa colosal:

-- El dios Himeneo prepara sus coronas, señor D. Jorge.

--¡Ah! ¿y cuáles son las bellas sienes sobre las que van á brillar? respondió este.

-- Las de una amiga vuestra, contestó D. Galo, que lo que ménos soñaba era que en esto tuviese interes Sir George.

D. Galo no dejaba de observar un obsequio ó un galanteo; una contradanza y un wals bailado con el mismo compañero por una de las bellas, era cosa grave y significativa para él; en cuanto al movimiento enérgico é interno con que las pasiones agitan la sociedad, este no lo penetraba su observacion benévola y superficial.

--¿Cuál amiga? preguntó Sir George. ¡Tengo tantas! pues soy como vos, Señor Pando, gran partidario de las bellas. ¿Será quizas la valiente coronela Matamoros?

-- No señor, no señor; es jóven, hermosa, fina, discreta, y sobre todo, buena como no otra.

-- Hay tantas jóvenes, tantas hermosas, tantas finas, tantas discretas y tantas buenas en Sevilla, que seria difícil para mí acertar por esas señas quién pueda ser.

-- Pues os diré -- D. Galo tomó un aire entre importante y satisfecho -- que es nuestra apreciable y querida Clemencia.

--¡Es mentira! gritó Sir George levantándose airado y empujando la mesa.

No es fácil esplicar la sorpresa mezclada de susto que sintió D. Galo al ver á Sir George ante sí, erguido, el rostro encendido y los ojos centelleantes, sin saber á qué atribuir aquel furioso repente.

--¿Qué le ha dado? pensó. ¿Será esto efecto de ese malhadado esplin de los ingleses, que á otros ha llevado á tirarse un pistoletazo? ¿Si buscará un duelo? ¡Jesus! aquellas pistolas de Manton que me regaló... ¿si seria con la idea?... ¡estamos bien!... ¡qué hombre tan peligroso! ¡záfese Vd. de compromisos con semejantes osos!... Pero no, añadió volviendo á sus naturales, pacíficas ideas; lo que me parece al ver su rostro tan alterado es que está enfermo; veamos de apaciguarlo, pues nada he dicho que pueda incomodarle: así fué, que dijo:

-- No miento, mi querido señor, ni penseis que soy capaz de hacerlo, y ménos con el fin de inducir en error á una persona como vos, que tanto aprecio; si lo he dicho, es porque lo sé de la misma boca de Clemencia, que añadió no ser esto un misterio; si no estuviese autorizado, yo no seria capaz de publicarlo.

--¿Ella os lo ha dicho?

-- Y puedo lisonjearme, respondió D. Galo, que se iba recobrando y serenando, de que soy el primero de sus amigos á quien ha honrado Clemencia con su confianza. Por cierto que ya tengo encargado á Cádiz un tarjetero de filigrana, de oro-plata y esmalte de Manila, para regalárselo. Pero os suplico que me hagais un favor, señor D. Jorge.

D. Galo hizo una pausa.

--¿Y bien... qué favor? preguntó bruscamente Sir George, que queria abreviar la conferencia.

-- Que no se lo digais.

--¡Oh! contad con mi discrecion, señor D. Galo, repuso Sir George, que habia vuelto á ser dueño de sí, y tenia ya en sus labios su habitual sonrisa fria como una flor de mármol; ahora yo os pediré tambien otro favor.

-- No teneis sino mandar: ¿cuál es?

-- Que os vayáis.

D. Galo que no concebia la grosería, ni ménos la impertinencia de la aristocracia inglesa, se quedó mirando á Sir George con los ojos tamaños, y estuvo por sacar el lente.

Sir George se habia quedado impasible; solo que cada vez la sonrisa que cubria la tempestad de su ánimo, era mas glacial.