Clemencia: Novela de costumbres
Part 20
-- El gobierno de mi país, es detestable, señora; sus leyes, pésimas.
--¡Oh! no hableis mal de vuestro país, esclamó Clemencia con aquella parcialidad, aquel entusiasmo que un corazon tierno y consagrado derrama sobre cuanto pertenece á la persona que ama; ese país de grandes hombres y de grandes cosas, alzado en su isla como un dominador en su solio, y que ha llegado á su apogeo.
--¡Lugares comunes, señora! y una boca como la vuestra, Clemencia, debe preferir agraciarse con una paradoja ó con un disparate, ántes que vulgarizarse con una _banalidad_, repuso Sir George, y añadió alzando los hombros: desde que tengo uso de razon, esto es, desde mas de veinte años, estoy oyendo la misma cantinela y hemos avanzado. ¿Quién es capaz de fijar el apogeo de las naciones? La prosperidad de la Inglaterra es hija de las circunstancias, señora; nada mas: nadie se entusiasma por ella sino algunos españoles.
-- No teneis amor patrio, Sir George, dijo tristemente Clemencia. ¡Oh! ¡qué fenómeno! ¡carecer de un sentimiento que abrigan hasta los salvajes en sus bosques y desiertos!
-- Señora, la civilizacion que tiende á nivelar y á uniformar todos los países, modelándolos en la misma forma, debe por precision estinguir un sentimiento que seria una anomalía en la tendencia que aquella sigue. Ademas, creed, señora, que el vociferado patriotismo no es ni mas ni ménos, desde que con los siglos heróicos dejó de ser una virtud primitiva y un sentimiento unánime, que un egoismo ambicioso y un amor propio finchado de que se revisten pomposamente los partidos ó bandos políticos, como con la túnica de Régulo, aunque muy poco dispuestos á rodar como el romano en su tonel; pero sí en coche á costa de la _adorada patria_.
-- Otro magnífico progreso, resultado de las modernas instituciones, repuso sonriendo Clemencia. Desengañáos, Sir George, con el profundo pensador Balzac, que dice en el prefacio de sus obras: «Escribo á la luz de dos verdades eternas, la religion y la monarquía; dos necesidades que los eventos contemporáneos volverán á aclamar, y hácia las cuales todo escritor de buen sentido debe tratar de volver á atraer á nuestro país.» Pero ya que no pensais así, decidme, ¿cuál es el gobierno que hallais bueno?
-- Creo que no deberia haber ninguno, señora.
-- Vamos, estais mas que nunca de humor de paradojas. Aunque os piqueis, os diré que ostentais una escentricidad de gran calibre. ¿Y el órden social, señor?
-- Debe ser el fruto de la civilizacion, y hacer así inútil todo gobierno.
--¡Qué utopia tan arcádica, Sir George, muy á propósito para regir en los Campos Elíseos! ¿En el oásis de cuál desierto la habeis soñado, ilustrado Platon? Si fuésemos todos buenos cristianos y estrictos observadores de sus preceptos, seria esto dable, pues el gran Bonald ha dicho: _El Decálogo es la gran ley política y la carta constitucional del género humano_, y dice igualmente el profundo Balzac: «El cristianismo, pero sobre todo el catolicismo, siendo un sistema completo de represion de las tendencias depravadas del hombre, es el mayor elemento de órden social. ¿Pero miéntras?...[10]
--¡Represion! ¡represion! esclamó Sir George interrumpiendo á Clemencia, esto es! ¡Hacerse un anacoreta, un cenobita, empobrecerse aun mas la vida de lo que ella en sí lo es! ¡Qué mezquino suicidio!
--¡Cuán distintamente pensamos sobre este punto, Sir George! dijo Clemencia. Pues por mí no creo que el fin del hombre, sea hacer la vida _divertida_, sino hacerla _buena_.
-- Se puede gozar sin ser malo, mi austera amiga; hay goces que son hasta santos, y no los halla el hombre. ¿Sabeis, Clemencia, que hay veces en que compraria un goce, aun un deseo, con la mitad de mi fortuna?
--¿Esto es, respondió ella, que no hallais los unos, ni sentís los otros?
-- Así es.
--¡Pobre amigo! dijo con sincera compasion Clemencia; habeis pulido vuestro sentir en pequeños y frívolos goces de seda y oro (goces que no llegan al alma, ni satisfacen el corazon), hasta el punto de que sobre él resbalan los verdaderos!
--¿Y cuáles son los verdaderos, Clemencia?
-- Son para mí tantos y tan variados, Sir George, que me seria difícil enumerarlos.
-- Pero designadme algunos: os estudio como un ser raro y nuevo para mí, con una curiosidad y un placer, que me hacen á veces sonreiros como á inocente niño, y otras adoraros como un alto espíritu, pues de ambos participais.
-- De ser espansiva me retrae vuestra ironía.
-- No, Clemencia, -- dijo Sir George, tomando á uso de su país la mano de su amiga, que apretó con cordialidad, -- creed que el hombre viejo se despoja de su saco impermeable á la puerta de vuestra estancia, y ante vos se presenta el nuevo con su blanca túnica de lino.
-- No dudo que sea vuestra intencion, pero...
--¿Pero?
--¿Sabeis que dicen los franceses que por mas que se aleje lo que es natural, vuelve á galope? respondió Clemencia.
--¿Hemos trocado nuestros papeles, Clemencia? ¿Vuélvese la paloma, halcon?
-- No; pero la mosca que ve la red, le dice á la araña que la sabe precaver.
--¿Me haréis arrepentir de haberme mostrado á vos indefenso y desarmado?... ¿me obligais á volver á vestir el arnes?
--¿Cómo, Sir George, os obligaria yo á cosa que detesto?
-- No queriendo abrirme con espansion vuestra alma. Vamos, decidme, ¿qué es lo que vos llamais goces?
-- Entre otros muchos, dijo al cabo de un rato de silencio Clemencia, los que están al alcance de todos son los que brinda la naturaleza. Mirad esas nubecillas blancas y brillantes, tan suaves que el aire les da formas, y un soplo las guia. Mirad esas flores, que participan del suelo que les da jugo, y del sol que les da fragancia, como el hombre comunica con la tierra y con el cielo; ved esos lejanos horizontes en que se esparce, y esos otros de limitado espacio en que se concentra el alma; ved esas aguas, ora corran alegres, ora duerman tranquilas, siempre brillantes como lo que es puro, siempre transparentes como lo que es sincero; ved ese mar, que anonada en su inmensidad y fuerza la pequeñez y debilidad del hombre y sus obras...
-- No prosigais, dijo Sir George, no prosigais, Clemencia. He recorrido los Alpes, los Andes y el Bósforo; he visto el Gánges, el Niágara, el Rhin; he cruzado el mar Pacífico, el Atlántico y el del Sur, y en ellos observado sus tempestades y sus fenómenos, y nada de todo esto he podido admirar _gozando_; nada en relacion con mi íntimo sentir: solo ha surgido en mí este pensamiento: ¡_Qué de afectacion hay en los poetas!_
--¿Y los goces de la familia? preguntó Clemencia, sin querer darse cuenta del por qué su corazon se le oprimia.
-- Sabeis, respondió sonriendo Sir George, que soy soltero, pues los hombres no se deben casar hasta que tengan mucha esperiencia del mundo y de las cosas.
--¿Es esta esperiencia mucho mas necesaria á los casados que á los solteros? preguntó Clemencia.
-- Sin duda: los franceses, que confesamos son nuestros maestros en todo, han marcado bien esto, llamando al casamiento _hacer un fin_.
-- Esto es: cuando la juventud se va y entran achaques, escoger una jóven que empieza á vivir, por enfermera, ¿no es esto?
-- Así es: cuando no se puede ser otra cosa mas divertida, se hace uno padre de familia.
Clemencia sintió partirse su corazon con cuanto agudo tiene el dolor y amargo la humillacion; pero volvió sobre sí y siguió preguntando:
--¿Pero no teneis madre?
--¡Ah! sí.
--¿Y no la amais?
-- Lo mismo que ella á mí.
--¿Y dónde está?
-- No sé, creo que viaja ahora por Italia.
--¿Y padre?
-- Mi padre, que era general, murió en la India, despues de robar á Tipoo-Saib una inmensa fortuna.
Un vivo carmin subió al rostro de Clemencia á pesar suyo. Nunca era bella ni honorífica una fortuna de pillaje, por mas que lo autorizasen las bárbaras leyes de la guerra; pero oir calificar á un padre por su hijo de ladron, era una _despreocupacion_ que llenó de espanto á la sencilla Clemencia.
Sir George prosiguió sin notarlo:
-- Un brillante estraordinario que llevaba Tipoo-Saib en el puño de su sable, me cupo en herencia; no sé que hacer con él, ni sé si mi ayuda de cámara me lo habrá robado: si lo encuentro, ¿querréis, Clemencia, admitirlo como una pequeña memoria de un amigo?
-- Gracias, respondió Clemencia: aprecio poco toda memoria de un amigo que no queda en el corazon.
-- Mirad que os lo ofrezco, como dicen los franceses, de muy buena voluntad, en vista de que no me sirve; tomadlo para engalanar con él una de las Vírgenes de vuestra devocion: así cuando oreis y la contempleis, os acordaréis de mí, Clemencia.
-- Sir George, sin ser gazmoña, os diré que hablais con irreverencia.
-- Tomadlo al ménos como una imágen de vuestro corazon, pues es tan bello, tan puro, tan apetecido y tan imposible de ablandar como él.
-- Conservadlo vos, respondió Clemencia riendo, miéntras se parezca á mi corazon.
-- Recibidlo, os lo suplico, insistió Sir George, como imágen de la firmeza, de la constancia y del fuego del amor que me habeis inspirado; ya que este rechazais, conservad al ménos su imágen.
-- Dejemos esto, Sir George, dijo severamente Clemencia, pues hasta la voz regalo me desagrada, y si no fuera por no parecer orgullosa, diria que me humilla. Volvamos á anudar el hilo de nuestra conversacion.
-- Sí, sí, hablemos de goces, aunque en esta conversacion alterne yo como el ciego en la de los colores. ¿Qué mas goces hallais vos? Veamos.
-- Muy dulces en la amistad. ¿No teneis amigos?
-- Sí, en el parlamento, en la embajada francesa, un cardenal en Roma, un gran señor turco en Constantinopla, y D. Galo Pando, porque lo es vuestro; pero Clemencia, francamente, ninguna de estas amistades me ha proporcionado ningun goce.
--¿No habeis, pues, podido prestar servicios á ninguno de ellos?
-- Servicios no, dinero sí, ménos al turco y al cardenal, que eran mas ricos que yo, y á D. Galo, que no me lo ha pedido: yo tendria un gran placer en que vuestro amigo me proporcionase la satisfaccion que los otros.
-- Pando no ha tomado en su vida dinero de nadie, contestó Clemencia: eso de pedir prestado es una cosa demasiado _fashionable_ para un hombre oscuro y honrado como él: mas si llegase ese caso, amigos tiene mas antiguos que lo sois vos, Sir George, que se ofenderian de que os diese la preferencia.
--¿Cuánto es su sueldo?
-- Siete mil reales.
--¿Os chanceais?
-- No por cierto.
Sir George soltó una carcajada tan sincera y tan prolongada, que Clemencia le dijo, riendo tambien, por ese irresistible contagio que tiene la risa de corazon: Pero ¿me querréis esplicar, Sir George, qué cosa risible encierra en sí el número de siete mil?
-- Señora, contestó Sir George, es exactamente la mitad del salario que doy á mi ayuda de cámara. ¿Y hay hombres bastante inertes para condenarse muy satisfechos á patullar toda su vida en tal charco? ¿Tan inactivos, que se conformen en moverse en tan poco espacio? Me rio, ademas, Clemencia, del atrevimiento que tienen tales entes, oficinistas de escalera abajo, de presentarse y visitar vuestra casa y otras de igual rango, y de alternar, por vuestra inconcebible tolerancia, con lo mas encopetado de vuestra sociedad.
-- No cambio, esclamó con calor Clemencia, vuestra crítica en esta parte por el mas bello elogio. ¡Bendito mil veces! el país, que sin falsas mentiras y disolventes teorías, tiene tan bellas, llanas y sencillas prácticas, y donde por suerte no existe ese altivo, insultante y despreciativo espíritu aristocrático que da márgen á las revoluciones.
-- Aristocracia es, en efecto, una palabra vana de sentido en vuestro país; podeis borrarla de vuestro diccionario usual. Vuestros grandes y algunos magnates de tierra adentro, que podrian formarla si reuniesen lo que la constituye, esto es, primera nobleza, una gran fortuna y una sábia cultura, no reunen estas cualidades; y los que las reunan, con contadas escepciones, no juegan en la política, ni se cuidan del bien del país: así es que es inútil y aun ridículo que se afanen en querer, porque así sucede en otros países, crear una aristocracia. La aristocracia en vuestro país es un gran partido influyente que aquí no existe; vuestras cámaras, como vuestro senado, son populares, divididos en opiniones mas personales aun que políticas; en cuanto á la sociedad, es fina, elegante, sobre todo amena, pero deplorablemente mezclada.
-- Pero señor, en Inglaterra...
-- No digo que no, señora; pero hay un puente que pasar, hecho de tantos millones, como esprimidos nos tienen todos vuestros banqueros.
-- Lo que teneis, Sir George, es un orgullo demasiado tosco para poder siquiera jactarse de fundarse sobre una base intelectual.
-- El orgullo, señora, es una coraza que miéntras mas tosca, como llamais al nuestro, es mas fuerte; es ademas una buena arma defensiva.
-- Y ofensiva tambien, Sir George, y agresiva... y tan ufana por herir, que á veces para lograrlo, coloca al que la usa en muy desventajosa posicion y en muy mala luz. Pero vos, señor, continuó Clemencia con alguna susceptibilidad, vos que formais parte de ese Olimpo aristocrático, ¿porqué bajais de él y dejais sus diosas para solicitarme á mí, pobre anticulta española?
-- Clemencia, respondió riendo Sir George, todas las mujeres entran de hecho y de derecho cuando son bellas, en todo _Olimpo_. Mas vos entrariais con todos los derechos; lo que yo quisiera es, que no tuvieseis ninguno, para abriros, como el ángel á la Peri en el poema de Moore, si no el Paraíso, ese Olimpo, como vos decís, no por una lágrima, -- sabeis que las aborrezco, -- sino por una sonrisa. Pero decidme, ¿habeis concluido el catálogo de esos goces parvulitos que tanto encomiais?
Clemencia calló un rato.
--¿No habeis gozado nunca con los consoladores y exaltados sentimientos religiosos? dijo al fin con el alma en sus dulces y serenos ojos.
-- No hablemos de religion, Clemencia.
--¿Y porqué? Aguardo con viva curiosidad la respuesta.
-- Porque la religion es el secreto mas esclusivamente suyo que tiene la conciencia del hombre, señora.
-- Yo pensaba al contrario, que no era su secreto, sino su galardon, el que mas alto llevaba, el que mas recio proclamaba. Solo concibo dos móviles á esa punible pretension al misterio ó á la reserva: el uno malo, que es tener en poco sus creencias; el otro peor, que es el no tener ningunas, y ser de esta suerte el silencio, como dice la Rochefoucauld de la hipocresía, un homenaje que la impiedad rinde á la religion. Sabeis que el Dios del universo, cuando á salvar y á enseñarnos vino, dijo entre sus sobrias y santas sentencias que alcanzaban todos los desbarros presentes y futuros del espíritu humano: EL QUE NO ESTA POR MI, ESTA CONTRA MI.
-- Lo que con eso quereis decir, Clemencia, ¿es que me creeis condenado por no pensar como vos, segun os lo enseña vuestra religion?
-- Mi religion no me enseña, sino me prohibe fallar individualmente sobre quién es ó no condenado; solo me enseña y manda creer que el que reniega de la salvacion que el Señor nos ha dado y se separa de la grey de sus Apóstoles, no alcanzará esa redencion.
-- Ademas, prosiguió Sir George con su acerba ironía, como vos sois buena y yo malo; como vos teneis ideas muy santas, y yo muy mundanas, vos seréis la bienaventurada, y yo el condenado.
-- No, Sir George, contestó Clemencia con su no desmentida dulzura; ántes temo ser tratada en el tribunal supremo con mas rigor que vos.
--¿Por qué, señora? ¡Esto sí que es estraño!
-- Porque tanto será exigido de la afortunada á quien cupo la dicha de abrir los ojos de la razon en un santo convento, y los del entendimiento al lado de un santo Mentor, rodeada de buenos ejemplos y santas prácticas; como mucho será disculpado al que, como vos, tuvo la desgracia de criarse entre infieles y formarse entre herejes, rodeado y embebido de la atmósfera corrompida de ese gran mundo filosófico y escéptico, que osado se erige en enemigo de la religion; que supone en los placeres el fin de la existencia, y condena la represion y la abnegacion cual mezquinas boberías solo propias de los pobres de espíritu.
-- Pero, Clemencia, -- preguntó Sir George, frio á toda la misericordia, dulzura y uncion de las palabras de Clemencia,--¿de qué goces religiosos hablais? ¿De los ascéticos, de los iluminados, de los que hallan en los cilicios y penitencias los católicos, ó de los del paraíso de Mahoma? Si sois vos la Hurí que promete en su paraíso, me inclino á la religion del Alcoran.
-- Sir George, respetad la gravedad ajena con el silencio, ó combatid sus argumentos con iguales armas como leal.
--¿Quereis, Clemencia, repuso en tono cariñoso y festivo Sir George, despues de hacerme vuestro admirador, vuestro apasionado y vuestro esclavo, hacerme vuestro prosélito?
-- No lo he intentado, Sir George; lo que decia era parte integral del asunto que tratábamos; pero está terminado; pues he visto que tambien esa primera y santa fuente de vida está exhausta en vuestra alma. ¡Dios mio! ¡Dios mio! pensó Clemencia, ¡qué! ¿nada vibra ya en su corazon? Ni la religion, ni la naturaleza, ni el amor patrio, ni el amor á la familia, ni la amistad, ni la caridad!! A pesar de los dotes que le distinguen, de ese talento, esa nobleza, esa generosidad, ese caballerismo, que le son innatos, ¡nada siente! ¡Oh! ¡qué devastado Edén! ¡Qué asolado yermo! ¡Qué arrasada floresta! Y no obstante, este hombre que tiene una inteligencia superior, que es altamente culto, y que se ha formado alternativamente en los dos países que pretenden llevar el paso á los demas en todo progreso moral y material; este hombre que ha adquirido sus aspiraciones en el hogar del nuevo sol del siglo XIX, este hombre que todo lo ha visto, todo lo conoce y todo lo ha juzgado, en esta nueva era, que se denomina ilustrada, no sé con qué títulos ni con qué derechos, ni con qué ventajas á las anteriores; este hombre, tipo del espíritu de la época, ¿este es el fruto que ha sacado del moderno adelanto del espíritu humano? ¿Así desencanta, pues, su frio escepticismo la vida? ¿Así desprestigia la necia y orgullosa sabiduría del hombre las magníficas creaciones de Dios? ¿Así despoetiza el corazon, así seca y rebaja el alma? ¡Espanta y aterra, Dios mio! Pero esto debió ser el resultado de alejarse de tí, Criador y Legislador nuestro, y querer la débil criatura crearse ella misma, como los judíos en el desierto cuando desoyeron la voz de tu enviado Moises, sus propias creencias y sus propias leyes, renegando de las que manando de tí, los habian regido hasta entónces. ¡Ay! ¡sí! Sir George es el tipo del hombre que ha abjurado y roto toda relacion con lo pasado, y que marchando sin faro hácia lo desconocido, sigue una senda que proclama por verdadera, y que no sabe dónde le lleva.
Así fué que la distancia inmensa que separaba sus almas, y que cada dia le parecia dilatarse, hoy se abria ante Clemencia como un abismo; pero su amor á Sir George era demasiado intenso para que le fuese fácil retroceder: era aquel hombre fatal su primer amor; sus lágrimas _caían por dentro_ ardientes y corrosivas. No es posible, pensó, luchar con argumentos y razones con quien tiene mucho entendimiento, mucha práctica de controversia, y en ellas guarda toda la calma y lucidez de la fria indiferencia. ¡Si pudiese vencer la detestable lógica de su razon, despertando sus buenos sentimientos! ¡Dios mio! ¿habrá acaso un corazon en que no puedan estos resucitar de entre sus cenizas?
Así fué que despues de mirar un rato á la llama que ardia tan clara, pura y vivaz como los elevados sentimientos en su alma, fijó sus francos y espresivos ojos en el hombre á quien amaba, y le dijo:
-- Sir George, ¿nunca habeis hecho el bien?
-- Creo que sí, contestó este; mas no lo tengo presente. Ya sabeis, añadió con su seriedad irónica, lo que recomienda la máxima: «Que la mano izquierda no sepa lo que hace la derecha.» Pero para tranquilizar la timorata conciencia de mi amiga, le diré que ahora recuerdo haber encargado á mi intendente afiliarme en las sociedades filantrópicas: es preciso que todos contribuyamos á poner remedio á la espantosa lepra del pauperismo.
-- No es eso, Sir George; deseo saber si habeis hecho el bien de motu propio, con vuestra propia mano.
-- No creo que esto sea preciso.
-- No digo que lo sea; os pregunto si lo habeis hecho.
-- No, ¿á qué? El pobre quiere ser socorrido; no le importa por quién ni cómo. ¿Teneis pobres? ¿Me quereis dar el placer de contribuir al bien que les hagais? preguntó Sir George, que no era capaz de comprender la causa de la preocupacion de Clemencia.
-- Os prometo indicaros la primera gran necesidad que se me presente; en este momento no sé de ninguna perentoria. Ahora sí, lo que os voy á pedir, -- en vista de que Dios pone á los pobres ante nuestros ojos, para recordarnos á cada paso la obligacion que tenemos de socorrerlos, así como para mover nuestros corazones á lástima, -- es que deis mañana limosna al pobre mas infeliz que halleis.
--¿Os complazco en ello?
-- Sí.
--¿Es una órden?
-- No, una súplica.
-- Es lo mismo.
-- Prefiero la complacencia á la obediencia.
--¿Pero para qué lo deseais?
-- Para que me digais despues si habeis ó no hallado un placer en hacerlo.
-- Desde luego os aseguro que es mayor el que tendré en complaceros, que cualquiera otro que pudiese proporcionarme lo que de mí exijais.
CAPITULO VIII.
A la noche siguiente esperaba Clemencia á Sir George palpitando su corazon mas que nunca. No obstante, cuando llegó, no quiso mostrarse ansiosa en averiguar lo que saber deseaba.
Estraño era cómo una cosa causaba en una de las dos personas interesadas un interes tan profundo y latiente, miéntras que era tan insignificante para la otra, que la olvidaba. Sir George queria agradar é identificarse con Clemencia; ponia todo su anhelo en conseguirlo. Lo lograba en cuanto á su trato tan señor, á sus gustos tan distinguidos y conversacion variada, entendida y entretenida; pero no le era dado ponerse al nivel de Clemencia en la esfera del sentimiento, porque ni él comprendia los de Clemencia, ni ménos hubiese atinado á espresar en su propio nombre lo que le era desconocido.
Media hora pasó, y su interlocutor no tocaba el asunto que tanto interesaba á Clemencia: entónces esta le dijo:
-- Sir George, ¿habeis cumplido mi encargo?
--¿Cuál? preguntó Sir George con no fingido sobresalto.
--¿Con qué habeis olvidado nuestra conversacion?
--¡Ah! ya caigo. No, no, señora, no he olvidado mi promesa, y la he cumplido exactamente.
--¡Y bien!... preguntó Clemencia con el alma en los ojos.
-- Y bien, di limosna por mi propia mano cual os lo prometí. No soy hipócrita, Clemencia, y no os mentiré á vos que sois la santa de mi culto, y que me creeriais condenado por eso solo; francamente, no he sentido ningun género de placer. Era un pobre sucio y feísimo: en obsequio vuestro le metí una onza en su inmunda mano, y encima le regalé mis guantes que le tocaron; supongo que iria en seguida á emborracharse á mi salud.
Clemencia inclinó la cabeza, y dos lágrimas asomaron á sus ojos.
Sir George las notó y le preguntó:
--¿Qué teneis, Clemencia?
-- Nada, contestó esta levantando su suave y sonriente cara.
--¡Así! ¡así! esclamó Sir George, queriendo besar su mano, que ella retiró; sois un ángel de luz cuando sonreís. ¡Oh Clemencia! solo os falta para llegar al apogeo femenino, el que ameis; como faltaba el rayo de vida á la perfecta estatua de Pigmalion. ¿Porqué no amais?
--¡Pues qué! dijo sonriendo Clemencia, ¿no hay mas que amar así... á tontas y locas? ¿No hay mas que darle rienda suelta al corazon sin saber ántes á qué nos arrastra?
-- Vosotros, los españoles, dijo Sir George, que penetró las graves ideas de Clemencia, entendeis el amor como un esclavo cautivo, y no como lo que es, un hermoso genio que libremente vuela en alta esfera, y que se hastiaria y perderia su brillantez en las innecesarias trabas de la obligacion. Basta que se erija en deber el sentimiento independiente y caprichoso de la felicidad, para que deje de serlo.