Clemencia: Novela de costumbres

Part 2

Chapter 24,032 wordsPublic domain

En cuanto á nosotros, conociendo la justicia de los argumentos en que fundan su juicio, así como los grandes inconvenientes que tiene para el decoro y moralidad pública el que la sociedad abdique una prerogativa de censura y aun de proscripcion, que seria no solo un castigo justo, sino tambien un freno poderoso y útil, nos guardaremos no obstante de hostilizar á la sociedad por su tolerancia. ¡Así como es apática fuese benévola! Que no se llame amiga á la persona que no sea acreedora á ello, es conveniente, delicado y prudente; pero huir de su contacto, tirarle la piedra, hágalo el arrogante que por su omnipotencia se erija en juez, desatendiendo á la de Dios que nos impone ser hermanos.

Algunas anécdotas de esta famosa hija de Marte, acabarán de colocarla en su verdadera luz.

Tenia la Coronela aquella completa falta de delicadeza y susceptibilidad que deja el ánimo perfectamente tranquilo al recibir un desaire ó sufrir una burla á boca de jarro, y el libre uso de todas las facultades para replicar oportunamente. Así era que sus réplicas instantáneas y desvergonzadas eran temibles y tenian fama. Eran estas una disciplina rigorosa que habia sustituido á la militar, desde que, por desgracia del ejército, no formaba parte activa en él la veterana. Gloriábase de ello, repitiendo á menudo que no aguantaba ancas, ó bien que tenia malas pulgas, ó bien que no tenia pelos en la lengua, ó que á ella no se le quedaba nada por decir, ó que tenia tres pares de tacones, ó que quien la buscaba la hallaba, ó que la hija de su padre no se dejaba zapatear, coronando todas estas gracias con su frase favorita, que era asegurar que no moriria de cólico cerrado.

En una ocasion se presentó en un sarao, y bien fuese por alguna promesa de hábito de Jesus, ó por su pésimo gusto en vestir, ello es que apareció uniformemente equipada de morado de piés á cabeza.

El grupo que formaban las muchachas, al verla aparecer soplada como un navío á la vela, se quedó estático.

--¡Ay! esclamó la una. Doña Eufrasia se ha caido en la caldera de un tintorero.

--¡Qué! No hay caldera donde quepa ese medio mundo, dijo otra.

-- Será que va á salir de nazareno en la procesion del Santo Entierro, añadió la tercera.

-- Es en honor de las violetas, á cuyo cultivo se ha dedicado desde que no se puede dedicar al de los laureles, dijo un jóven estudiante llamado Paco Guzman.

-- Mas bien habrá sido al del palo de campeche, observó otra de las niñas.

-- Os engañais todos, dijo Alegría: es que la han hecho obispo.

Doña Eufrasia, que á la sazon pasaba, y habia visto las risas y oido distintamente la última frase dicha por Alegría, se paró erguida, y revolviendo en sus órbitas sus redondos ojos.

-- Si ello es así, dijo con su campanuda voz, cuidado no os confirme.

Y haciendo con la abierta mano un ademan significativo, prosiguió majestuosamente su marcha triunfal.

Algunos meses ántes de la época en que da principio esta relacion, siendo dias de la Marquesa, se habia reunido una numerosa concurrencia, cuando entró doña Eufrasia, vestida con una especie de dulleta guarnecida toda de pieles, embuchado en un boa su moreno rostro, y llevando sobre su peluca de marca mayor una gorrita, retoño de la de márras, igualmente guarnecida de pieles.

--¡Miren! esclamó al verla Alegría: ¡ha resucitado Robinson Crusoé!

-- Cate usted, dijo otra, un vestido de piel de oso, forrado en lo mismo: es un regalo del emperador de Rusia.

--¡Qué! añadió la tercera, es un uniforme viejo de su marido, huele á pólvora francesa y está picado.

-- Y ella tambien; ved los ojos que nos echa.

--¿A que le echo yo en cambio un requiebro? dijo Paco Guzman, que era un jóven bien parecido, de una noble y pudiente casa de Estremadura, de muchas luces, muy vivo, muy ligero de sangre y algo aturdido, que ocupaba el primer lugar entre los apasionados de Alegría.

-- Cuidado, observó esta, que Doña Eufrasia es de las que dicen una fresca al lucero del alba, y se quedan preparadas para otra.

Pero Paco Guzman no la atendia, porque se habia acercado á la abrigada señora, y le decia:

-- Mi Coronela, hasta hoy no he comprendido toda la admiracion y todo el efecto que puede causar la _Moscovita sensible_.

-- Pues por mí, contestó la requebrada, no acabo de comprender las pretensiones que teneis vos de pertenecer á los Guzmanes _Buenos_, no teniendo un pelo de bueno. Bien hacen los Medinacelis, así como todo el mundo, en no reconoceros por tal.

Con esta frase de doble sentido, como una espada de dos filos, hacia Doña Eufrasia alusion á las pretensiones nobiliarias de la familia de Paco Guzman, que aunque fundadas, eran contestadas por personas que para hacerlo no tenian datos ni convicciones, y lo hacian solo por el espíritu de hostilidad que vive y reina.

-- La ventaja que nos llevan las ilustraciones modernas, contestó Paco Guzman, es la de tener su orígen á la vista de todos, y no podérseles contestar, en particular si datan de la guerra de la _pendencia_.

--¿Qué se entiende? gritó furiosa la guapa guerrillera. ¡Poner apodo á la guerra del frances, que ha admirado al mundo entero! Marquesa, te digo que las cosas que se oyen en tu casa son tan escandalosas, que no la volvería yo á pisar, si no fuera por...

--¡El chocolate! dijo un criado presentándole una jícara de chocolate y un plato de bizcochos, segun acostumbraba hacer desde tiempo inmemorial, cuando á la noche veia entrar á la amiga de su señora.

-- Juan, dijo Doña Eufrasia, tomando el pocillo y mudando de repente de tono, díle á la cocinera que ayer no estaba bastante hervido el chocolate; no son tres veces, sino cuatro ó cinco las que tiene que subir, y es preciso despues de hecho, dejarlo reposar; y á tí te advierto que anoche no eran los bizcochos del dia; ten cuidado, no te engañe el confitero.

CAPITULO III.

Como hemos dicho ya que los apuros en la Marquesa, eran como las Dignidades eclesiásticas en las procesiones, esto es, que las menores pasaban ántes que las mayores, habia esta señora omitido en la enumeracion de apuros que confió á su amigo D. Silvestre, el mayor de ellos, del cual es preciso poner al corriente al lector, para la claridad de este relato.

Su hermana, que era madrina de Constancia, le habia escrito acerca de un asunto que traia entre manos. Era este el casamiento de su sobrina y ahijada, que habia contratado con el hijo de un Grande de España, íntimo amigo suyo, asegurándole su herencia entera en los contratos. Este enlace le habia seducido tanto mas, cuanto que el novio, que llevaba el título de Marques de Valdemar, era un jóven de mucho mérito, de muy buena presencia, y de unos modales tanto mas finos y simpáticos, cuanto que distando igualmente de la arrogancia pretenciosa que del tono desdeñoso (es decir, no teniendo el afan de copiar á los franceses ni á los ingleses), eran españoles netos. Este bello tipo, lo decimos con dolor, se va haciendo raro, pues los mas frecuentes, y sobre todo los que mas se ponen en evidencia, son los que afectan un estranjerismo chocante, ó un españolismo grotesco y chocarrero.

La Marquesa habia hablado sobre este asunto á Constancia, y con asombro suyo la habia hallado muy mal dispuesta para este ventajoso y brillante enlace. Esta _rareza_ sobrepujaba á todas las de su hija Constancia, y era una de las causas de su profunda indignacion contra la denominacion de _perlas_, que daba muy gratuitamente D. Silvestre á las niñas, Verdaderamente no sabia la pobre señora qué hacer, al ver que á pesar de sus reflexiones, consejos, súplicas y anatemas, estaba su hija cada dia mas firme y decidida en su negativa, no atreviéndose á escribírselo á su hermana por temor de incomodarla, sabiendo que era poco amiga de contradicciones, y temiendo que viéndose desatendida desheredase á su ahijada.

La Marquesa, que no tenia nada de lince, no buscaba ni veia mas causa á la negativa de su hija, que sus _rarezas_ y la gran indocilidad de su carácter; pero en realidad existia otra.

Dos años ántes habia venido destinado á Sevilla un jóven artillero, pariente de la casa, llamado Bruno de Vargas. Era este un jóven, grave por carácter, y metido en sí por tempranas desgracias de familia. Cuando llegó, tenia veinte y tres años, y Constancia diez y siete; y desde entónces se amaron.

Como en el carácter de ambos habia la fuerza, la energía y la pasion de una edad ménos tierna, resultó arraigarse en sus corazones ese amor español, firme y profundo, ménos efervescente quizas que los no _meridionales_, pero que no cambia, no desmaya, no se distrae; tan arraigado, que llega á tener el arrastre de una dulce costumbre, tan entero y esclusivo, que basta para llenar una existencia, así como un solo corazon basta para llenar un pecho.

La absoluta imposibilidad que existia en el enlace del jóven subalterno y la hija de la Marquesa de Cortegana, los habia llevado á ocultar profundamente sus amores, por no verlos combatidos. Contaban con el tiempo, que tanto hace y deshace para allanar dificultades; con su constancia, para vencerlas, y con la esperanza, para vivir entre tanto tranquilos y contentos. La esperanza no siempre tiene palabra de rey, pero sí tiene siempre consuelos de madre. Asistia Bruno de Vargas como uno de tantos á la tertulia de la Marquesa, sin que nunca hubiese mediado entre ellos mas coloquio que este.

-- Tia, á los piés de Vd.

-- A Dios, Bruno; me alegro de verte.

En cuanto á Alegría, la risueña niña no habia fijado aun su corazon, que guardaba como un sultan su pañuelo, dudando aun á quién favoreceria con él. Entretanto recibia incienso como tributo debido, sin que este ofuscase su vista, ni le impidiese distinguir y calificar las manos que se le ofrecian.

Aunque nada le habia dicho su madre sobre el proyectado enlace de su hermana, como esta señora no sabia disimular, y ménos que nada su mal humor, Alegría lo habia comprendido todo al notar las conferencias secretas de ambas, y oir en seguida á su madre hacer á todos un brillante elogio del recomendado de su hermana, el Marques de Valdemar, que habia de llegar en breve, y echar á renglon seguido las mas furibundas indirectas á Constancia, anatematizando á las niñas caprichosas, rebeldes y voluntariosas, raras y díscolas, que no atienden á los consejos de sus madres, y suelen hacer en su juventud disparates que les pesan despues toda su vida.

--¡Buena tonta es mi hermana, pensaba Alegría, en perder semejante suerte! ¡y eso por ese cena á oscuras de Bruno, que es por cierto un novio á pedir de boca! Bien dice el refran, que no es la fortuna para quien la busca, sino para aquel á quien se viene á las manos.

Cuando Clemencia vino á casa de su tia, como su belleza era tan notable, tuvo una brillante acogida. Una voz general se levantó para celebrarla; por ocho dias no se habló en Sevilla sino de la hermosura y candor de _la monjita de Cortegana_; en fin, fué uno de esos gritos unánimes y espontáneos de admiracion, que arranca la verdad casi por sorpresa á un mundo, para el que la alabanza es como la limosna del avaro, escasa y dada de mala gana.

En cambio, la acogida que recibió en casa de su tia fué poco cordial. Pero en la primera edad, si no está la naturaleza viciada, hay tan pocas pretensiones, y el alegre y bondadoso carácter de la inocente niña era tan opuesto á ser exigente, que léjos de notar esta falta de cordialidad, no hubo en su corazon sino gratitud y contento.

Poco á poco, y como filtra una gota de agua por un ladrillo, fué como cayeron á manera de gotas de hiel en el corazon de Clemencia, las muestras de indiferencia, de desvío y hasta de desden que fué recibiendo.

Singular es la influencia que ejerce en nuestro sentir la luz en que se ponen las cosas y las personas; singular es, repetimos, la independencia de ideas, que pasa en el trato casi á contradiccion con las ajenas, y la subordinacion de impresiones, que llega casi hasta el propio anonadamiento.

Hemos observado bastante el mundo, y siempre hemos visto esta poderosa influencia, aun en el seno de las familias; y añadiremos que es esto á tal punto cierto y general, que solo la fuerza de la reflexion y el poder del convencimiento al ver la injusticia saltar á los ojos, nos han impedido á veces, ya en bien, ya en mal, ceder á este irresistible impulso, á este general contagio.

Así fué, que, á pesar del entusiasmo con que fué acogida aquella encantadora aparicion, aquella sonriente rosa, aquella azucena que abria su puro cáliz y despedia sus fragancias, sin saber ni el cómo ni el por qué, aquella radiante imágen pasó á segundo término, se deslustró, se empañó, cual si sobre ella se hubiese corrido un velo. Bastó que Constancia murmurase con aspereza: _¡Cosas de Clemencia!_ bastó que alguna infantil sencillez, hija de su falta de trato, escapase de sus inocentes labios, y llamase sobre los de Alegría una sonrisa burlona; bastó que su tia le dijese alguna vez con impaciencia: _Calla, hija, por Dios... ¡calla!_ para dar ese impulso de baja que la sociedad se apresuró á seguir, repitiendo cuando se hablaba de ella: ¿Clemencia? sí, bonita es; es una infeliz; _ni pincha ni corta_.

¡Cuán verdad es, que solo somos en la sociedad lo que nos quieren hacer!

La pobre niña, humillada y rechazada, lloró y dudó de sí: ¡triste privilegio de las almas superiores! No trató de combatir; sino que por un impulso de bondad y un instinto de dignidad, se apresuró á colocarse de motu propio en el lugar en que conoció que querian colocarla, para evitar que la empujasen á él. Todos los lugares eran buenos para la modesta niña, siempre que en ellos no alcanzasen á herirla.

¡Cuántas veces en el mundo se ve un brillante, inapreciado por la injusticia y la malevolencia, entretanto que se engarza en oro y se ostenta un mal pedazo de vidrio! ¡Cuántas violetas florecen y mueren á la sombra! ¡Triste justicia humana, cuya balanza se inclina al soplo ligero del albedrío, al impertinente fallo de la pedante medianía, y al venenoso tiro de la envidia!

Clemencia se convenció de que aquel primer entusiasmo que habia inspirado, habia sido una benévola bienvenida en obsequio á su tia, y que cada cosa habia vuelto á su lugar.

Si hay algo que enternezca profundamente, es el ver sufrir injusticias, no con resignacion y paciencia, sino sin graduarlas de tales; es el ver la humildad que ignora su mérito, y la bondad que quita á los abrojos sus espinas, esto es, á los procederes hostiles sus malas causas.

Si alguna vez un desabrimiento ó una dureza la hacian llorar, bastaba una palabra ó una mirada benévola para consolarla, secar sus lágrimas y traer la sonrisa á sus labios. Esto lo hallaba á veces en su tia, que á pesar de su displicente carácter, era en el fondo bondadosa, y al ver llorar á su sobrina, el dia que estaba de mal humor se impacientaba; pero el dia que lo estaba de bueno, le daba lástima, y entónces le dirigia la palabra con agrado, ó la obsequiaba con algun regalito, lo que hacia rebosar de gratitud el corazon de aquella niña, porque la gratitud en los corazones sanos y generosos es como el saltadero de agua, que solo necesita una rendija para brotar puro y vivaz.

Pocos dias despues de la escena que dejámos referida en el primer capítulo, estaba un dia á la prima noche la Marquesa mas apurada y displicente que nunca. Ya habia echado varios trepes á las niñas, guardando Constancia un frio y obstinado silencio, contestando Alegría con atrevida falta de respeto, y vertiendo lágrimas Clemencia, cuando entró con paso firme su gigantesca amiga Doña Eufrasia, que todas las noches iba allá á tomar el chocolate y á hacerle la partida de tresillo.

--¿Ya estás hipando, mujer? dijo al entrar, en tono de reconvencion. ¿Qué tenemos ahora?

--¡Qué he de tener! Un hijo loco, derrochador, que me espeta hoy una letra de Paris de treinta mil reales.

-- Tú tienes la culpa: ¿por qué le pagas las trampas? Miéntras mas le pagues, mas hará; el derrochar es como la sed de la _hipocresía_; miéntras mas se bebe, mas sed se tiene.

-- Tengo, prosiguió la Marquesa, las hijas mas mal criadas, indóciles y desobedientes...

-- Tú tienes la culpa, pues no sabes mantener la disciplina en tu casa.

-- Esa Constancia que es la mas díscola, la mas indómita...

-- Con pan y agua se ponen mas suaves que guantes, las rebeldes.

--¡Calla, mujer: si tiene diez y nueve años!... observó la Marquesa.

-- Pan y agua son manjares de todas edades, repuso la fiera militara.

-- Tengo, prosiguió la Marquesa, á esa Alegría, que no piensa mas que en divertirse: todo el dia me ha estado moliendo para que la llevase á paseo. ¡Para paseos estaba yo!

-- No accedas: ¡bien hecho! las niñas, recogidas; que el buen paño en el arca se vende.

-- El buen paño en el arca se pica, replicó con aire desvergonzado Alegría.

-- Calla, cuelli-sacada, le dijo su madre. ¡Ay Eufrasia! Tengo... tengo una sobrina llorona; por todo llora! ¿Me querrás decir, Clemencia, compotita de manzana, por qué estás llorando?

-- Tia, repuso Clemencia, enjugándose los ojos, porque me habeis dicho que callo y no tomo cartas en vuestros altercados con mis primas, por no daros la razon; y no es por eso, sino porque pienso que no debo meterme en eso, pues mis primas se enfadarian; y tambien porque os aseguro, señora, que no sé qué decir.

-- Pues aprende de Doña Eufrasia, le dijo al paño Alegría, que como dice la copla, bien podrá no tener nunca mucho que _contar_, pero sí tiene siempre mucho que _decir_.

-- No se hace caso de las lágrimas de las niñas: ese es el modo de que no vuelvan á llorar esas Magdalenitas de _mírame y no me toques_, opinó Doña Eufrasia.

-- Y lo peor de todo es, prosiguió la Marquesa, que Juan se me va; no parece sino que le picó la mosca; no hay quien le detenga.

-- Ya eso lo sabia yo, repuso Doña Eufrasia, que efectivamente sabia cuanto pasaba en las casas que visitaba, sobre todo, lo perteneciente á la esfera inferior.

--¿Tú? ¿Y cómo?

-- Porque la novia fué á casa de la Jefa, donde sirve una hermana suya, para que se empeñara con su señora á fin de que á Juan le dieran una _serenía_.

--¿Y la obtuvo?

-- Sobre la marcha.

-- A Juan, que es dormilon, dijo riéndose Alegría, le sucederá lo que á aquel otro sereno amigo de su comodidad, que dormia toda la noche muy descansado en su cama, con solo el cuidado de abrir de cuando en cuando la ventana, sacar la gaita y cantar la hora.

-- Pero no te apures, Marquesa, dijo Doña Eufrasia; yo te tengo un criado pintiparado.

--¿De veras, mujer? esclamó la Marquesa. ¡Cuánto lo celebraria! El ramo de criados está perdido. ¿Es de tu confianza? ¿Me respondes de él?

-- Respondo, contestó Doña Eufrasia, bajando su voz á los mas profundos abismos de su robusta entonacion.

--¿Le conoces?

--¿Si le conozco? Veinte años le he tenido de asistente. Es un criado como hay pocos, y está hecho á mis mañas.

Esto de estar hecho á las mañas de Doña Eufrasia, aterró á las muchachas; pero satisfizo grandemente á la Marquesa, la que no obstante siguió preguntando:

--¿Bebe?

-- Agua.

--¿Es enamorado?

-- No mira mas cara de mujer que la de Isabel II.

--¿Es fiel?

-- Como el sello.

--¿Tiene buen genio?

-- Es un tórtolo.

--¿Fuma?

-- En la vida de Dios.

--¿Es aseado?

-- Como el oro.

--¿Y entiende?...

-- De todo.

-- Vamos, dijo consolada la Marquesa, esta es una suerte que Dios me depara en medio de mis aflicciones. ¡Ay Eufrasia! siempre te apareces como tabla de salvacion en mis mayores apuros!

CAPITULO IV.

-- Señora, dijo á la mañana siguiente el ama de llaves, ahí está el criado que envía la Señora Doña Eufrasia.

-- Bien; díle que entre, contestó la Marquesa.

A poco entró la mas estraña figura que darse puede. Era una rara muestra de lo que es la espresion á los rostros y el continente á las personas; pues siendo el que se presentó, un hombre sin deformidad alguna, ni alto ni bajo, ni gordo ni flaco, con facciones regulares, buenos ojos y buena dentadura, nadie podia mirarle sin reirse, ménos aquellos que tienen la desgracia de no reirse nunca. Estaba basta, pero aseadamente vestido; solo que los pantalones eran demasiado cortos, y en cambio los zapatos demasiado largos; la chaqueta era demasiado angosta, y el corbatin negro de charol demasiado ancho, lo que le obligaba á levantar la cara con inusitada arrogancia.

Su cabello, todo llamado á un lado y perfectamente alisado con clara de huevo, parecia un gorro de hule.

Pasaba su movible semblante repentinamente de la espresion mas alegre y vivaracha, de la sonrisa mas desparramada y satisfecha, á la seriedad mas grave é imponente; así como su persona pasaba instantáneamente de la mas activa petulancia á la mas estricta inmovilidad, poniéndose entónces en la posicion correcta de un soldado ante su jefe, juntando los piés, pegando los brazos á lo largo de los costados, y fijando sus ojos, sin pestañear, al frente.

Entró dicho sujeto, saludó, y dijo con la mas graciosa sonrisa y la mas marcada pronunciacion gallega:

-- Dios dé buenos dias á Usía y á la compañía.

La Marquesa estaba sola.

-- A Dios, hombre. ¿Tú eres el que vienes...

-- De parte de la señora Coronela, sí, señora usía. Tiene la señora Coronela hoy un _dolor de agua mal bebida y desmayos en los piés_.

-- Lo siento. ¿Y cómo te llamas?

-- José Fungueira, para servir á Dios, á usía y á la compañía; pero mis amos siempre me han llamado Pepino.

--¿Y de qué tierra eres?

-- Gallego de Galicia, mas acá de Vigo, pasada la Puente San Payo y Pontevedra, ántes de llegar á Caldas, á mano derecha, se tira para la ria...

-- Bien; ¿y estuviste mucho tiempo con la Coronela?

-- Perdí la cuenta, usía: entré allá mocito de diez y nueve años; y estaba tan blanquito y coloradito que parecia un pero.

--¿Y sabes servir?

-- Señora usía, ¿no he de saber? Las casas me las bebo yo como vasos de agua.

--¿Y puedes asistir bien á la mesa?

--¡Vaya! no me gana el repostero del Obispo.

-- Pero ¿sabes limpiar á la perfeccion la plata, el cristal y los cuchillos? ¿Eres prolijo en el aseo?

-- Señora, yo lavo el agua.

-- Es que yo soy muy estremada en ese punto.

-- Mas lo soy yo, usía, que de tanto frotar dejé en casa de mi amo los cuchillos sin mango; hasta que tuvo que decirme el Coronel: Pepino, animal... mas vale maña que fuerza.

-- Ten entendido que no tolero amoríos en mi casa. Si siquiera miras á la cara á una de las mozas, te despido acto continuo.

--¡Las mujeres! ¡Malditas de Dios! mas cansadas que ranos. No las puedo ver; esceptuando lo presente, se entiende.

-- Cuidado con el traguito; te advierto que no quiero criado que beba.

-- Señora, yo no lo pruebo; no estoy tan mal con mis cuartos.

-- Tampoco has de oler á tabaco; cuidado con eso. Si fumas, que sea en la calle, porque mis hijas no pueden sufrir el olor á tabaco, con particularidad el del malo que tú fumarás.

-- Señora, no fumo: no gasto en eso mis cuartos.

-- Lo primerito que te encargo, añadió la Marquesa, es el mayor cuidado y las mayores consideraciones con el Mercurio que está en el patio. ¿Lo has visto?

-- No he visto á su mercé, usía. ¿Es de la casa?

-- Por supuesto; ¿habia de ser de fuera? Le quitaras el polvo con un plumero.

--¿Con un plumero? ¿No seria mejor con un cepillo, usía?

-- No, que podrás dañarle.

-- Vamos, tendrá su mercé dolor de _osos_ (huesos).

-- Si lloviese ó vieses aparato de lluvia...

-- Le llevo un paráguas; bien está, usía.

--¡No, hombre, qué disparate! lo tomas en brazos con muchísimo cuidado, y lo pones bajo techado.

--¿En brazos? ¡Pues qué! ¿no sabe andar?

--¿Cómo ha de andar una estatua de yeso, hombre?

--¡Ya! ¿De yeso? Ya estoy. Aquel angelote es un Mercurio; _cuidin_ que era un muñeco. Pierda cuidado usía; que he de mirar por él como por mi propio hijo, y como si fuera de carne y hueso como yo y usía.

-- Muy bien; eso me place, que tomes interes por las cosas. Doy cuatro duros de salario. Ve si te acomoda.

-- Señora, en la casa en que estaba, ganaba dos.

-- Puedes venir desde mañana.

-- No faltaré, usía; ántes faltará el sol.

-- Pues á Dios.

-- Que usía se conserve.

-- Es una alhaja, pensó la Marquesa.