Clemencia: Novela de costumbres
Part 19
-- Vamos á acostarme, que me siento muy fatigada; aunque le toca velarme á Andrea, no te desvíes de mí, ¿estás?
-- El cuidado será mio, madre.
Constancia agarró el brazo de la enferma con el mayor cuidado y suavidad.
--¡Jesus! ¡qué manos tan duras tienes! le dijo esta: ¡cómo me oprimes!
-- Temia que os cayeseis, madre: estais tan débil...
-- Ya: pero el remedio es peor que el mal. Eufrasia, dáme el brazo; que mi hija es muy torpe.
Doña Eufrasia ayudó á Constancia; Alegría no se movió, y aprovechó el rato que estuvieron solos para hacer una escena á Paco Guzman, á la que dió motivo la alusion á la viuda que habia hecho Doña Eufrasia. Alegría acertó que se referia á Clemencia, y dijo de su prima cuanta maldad se le vino á las mientes.
Entraron en seguida D. Galo, D. Silvestre y las otras personas que aun se reunian en casa de la Marquesa, las que aquella noche echaron ménos al Marques de Valdemar, que no concurrió.
Alegría estaba inquieta.
--¡Es cosa rara! dijo de repente D. Silvestre.
--¿Qué cosa? preguntó escamada Alegría.
-- Que hace tres dias que no se ha visto el sol ni poco ni mucho.
-- Se habrá perdido, contestó con impaciencia Alegría.
--¿Qué teneis, Marquesa? Me parece que estais distraida: dijo D. Galo.
-- Puede que lo esté; es el estarlo el mejor modo de pasar una su tiempo en Sevilla, repuso Alegría.
-- Vamos; que será porque tarda el Marques; no os inquieteis por eso: algun amigo lo habrá entretenido en el casino: ¿quereis que vaya á verlo?
--¡Pues eso faltaba! repuso Alegría. ¿Pensais acaso que tema yo que se haya perdido, como parece temerlo D. Silvestre del sol, ó que padezca de eclipse perpetuo? contestó con burlona y acerba risa Alegría.
A la mañana siguiente entró Alegría afectando buen humor en el cuarto de la Marquesa.
-- Madre, dijo despues de haber tocado otros puntos, ayer recibió Valdemar noticias de Madrid, que hacen allá su presencia urgente: así es que ha partido esta mañana. Me encargó deciros que no se despedia, por ser siempre tristes las despedidas, y mas en el estado delicado de salud en que os hallais, y porque volverá conforme se lo permitan sus asuntos.
La Marquesa habia oido lo que decia su hija sin que le llamase mayormente la atencion; pero Constancia palideció atrozmente.
--¡Dios quiera que vuelva pronto! dijo la enferma, pues me acompañaba mucho y me velaba, lo que tú no puedes. ¿Porqué no me has traido los niños?
-- Se los ha llevado, respondió Alegría.
--¡Que se los ha llevado! esclamó su madre.
-- Sí señora; así lo exigia su abuela que queria verlos, y como él se pasa de buen hijo, ha complacido á su madre, aunque yo hubiese preferido que se hubiesen quedado.
-- Se pasa de buen hijo, sí, y de buen yerno tambien, dijo la Marquesa.
Constancia se habia acercado á una cómoda en que se hallaba una botella de agua, habia llenado un vaso, y se lo llevaba con mano trémula á los labios. Lo tenia previsto ántes, y ahora lo comprendia todo.
Cuanto habia dicho Alegría era falso: Constancia tenia esa conviccion; lo que era cierto y callaba era el contenido de esta carta que halló por la mañana sobre su tocador.
«Señora:
»El hombre puede y debe perdonar: es el perdon virtud tan noble y generosa, que por eso solo se practicaria aun cuando no fuese un deber cristiano. Pero el hombre no puede volver á hacer suya la mujer que lo ha sido de otro; el vínculo que fué profanado, dejó de existir, autorizado el ofendido á disolverlo por las leyes humanas y por las divinas, é impulsado á ello por su corazon, así como por su honor.
»No quiero, no obstante, que en el caso presente lo publique un escándalo, pues la sangre nada lava, nada borra, y mancha la conciencia: tampoco quiero que lo disimule una hipócrita ocultacion; la ausencia salva ambos estremos. Nada faltará á la madre de mis hijos, sino el respeto de estos, á que no es acreedora, y el aprecio de su marido de que no es digna.
RIGHT VALDEMAR.»
Alegría, al leer la carta lloró mucho, no lágrimas de dolor, ni de arrepentimiento, sino de despecho y coraje, porque perdia su bella posicion; pero como mujeres del carácter de Alegría, ni aun cálculo tienen, despues de desahogar su primera impresion de despecho, se sosegó, y bajó serena, como se ha visto, al cuarto de su madre. Lo que pintamos no parecerá verosímil ni ménos real... ¡y lo es! No es siempre cierta la general creencia de que las maldades tengan hondas raíces; las hay sin raíces, porque no las necesitan para medrar, siendo parecidas á las plantas del coral; que crece por su propia virtud con nuevas generaciones de pólipos que engendra, como aquellas con nuevas cáfilas de maldades que brotan las unas de las otras.
Cuando el mundo ve efectos, cuyas causas ignora, se las supone indefectiblemente desfavorables, aunque no lo sean: así no era de esperar que la repentina ausencia del Marques que se llevaba á sus hijos, ausencia tanto mas estraña en el estado en que se hallaba su suegra, y en un hombre cuya alta posicion social le eximia de toda clase de obligaciones, se interpretase candorosamente del modo que deseaba Alegría. No solo se supo la verdad, sino que se adornó con todos los requilorios que fragua la maledicencia.
Paco Guzman, desesperado por lo acaecido, partió por respeto humano para Estremadura. Alegría se ofendió de esta prueba de consideraciones sociales y de respeto á ella, y trató de buscar quien la consolase de ausencias. Paco Guzman llegó á saberlo; se indignó, pero se afectó poco: la razon le habia llevado á arrepentirse de sus criminales amores; la noble conducta del Marques cuyo digno papel hacia en esta ocasion tan despreciable y odioso el suyo, le habia avergonzado, y sobre todo la ausencia le habia enfriado.
Pertenecia Paco á una clase de hombres poco comunes en España, pero que no obstante, se encuentran. Era todo en él efervescente, y nada era profundo: todo vehemente, y nada duradero. Pasaba su sentir en todas cosas de la calentura al marasmo sin gradacion. En el primer momento se dejaba llevar á todos los estremos buenos y malos; pasado aquel, cual la vela á que falta el viento, caia inerte. No echando raíces en él ningun sentimiento, no se habria hallado enemigo mas inofensivo; pero, como amigo, dejaba mucho que desear; pues si no conocia el rencor, tampoco conocia la gratitud, que es el sentimiento de raíces mas profundas. No habia ninguno que tuviese ménos estabilidad, no solo en su sentir, sino tambien en su pensar. Cada dia un observador habria notado en él una nueva faz, no por cálculo ni estudio, como se ve en muchos que guian las circunstancias ó la ambicion, sino por naturalidad, pues era sincero, y aun cínico, así en sus afectos como en sus indiferencias, no honrando lo bastante la opinion ajena para contrarestar con la fuerza de su voluntad, ni la apatía ni los estremos á que se entregaba. Olvidan tan de un todo estos hombres, lo que han hecho, dicho y pensado, si llega á perder para ellos su interes y su actualidad, que estrañan, y se ofenden que alguien, aunque sea el ofendido, pueda conservar el recuerdo de lo que pasado ya, se sumió para ellos en la nada. En tales hombres, sin lastre (y los hay que parecen hasta graves), nada malo se arraiga, y nada bueno se estabiliza: así es, que instintivamente nunca inspiran á los demas, ni repulsa acerba, ni confianza entera; por lo que jamas tienen, ni enemigos encarnizados, ni amigos consagrados. Su buen sentido, (si lo tienen), alcanza siempre una fácil victoria en estos hombres, cuando lo escuchan; pero en cambio no conoce su corazon el grande y verdadero contrapeso del mal, el solo que puede borrarlo, el arrepentimiento; porque con la ligereza de su sentir, dan poco valor á la maldad, y no gradúan lo profundo de las heridas que han hecho. Creen que la ingenuidad y la buena fe que hay en confesar una culpa pasada, basta para borrarla; y este es un error grande y grave. Ni Dios ni el hombre bueno perdonan, si á la culpa no sigue el arrepentimiento.
El arrepentimiento es condicion precisa al perdon, y este gran mérito, esa hermosa reaccion, este enérgico repudio á la culpa, es por desgracia, muy poco comun. Y no se crea que es esto una paradoja, no. En los unos, la gran ligereza le seca apénas nacido; en otros, el amor propio lo ahoga en gérmen, y en otros, ¡ay! la falta de moral lo desconoce y lo rechaza. Nuestra santa y sábia Madre, la Iglesia, comprendió esto, y por eso instituyó el tribunal augusto de la penitencia obligatoria, pues solo allí se siembra prácticamente la verdadera, salutífera y productiva planta que purifica el corazon: solo ese santo tribunal, cual la vara de Moises hace brotar de una dura peña las aguas que han de lavar nuestra conciencia. Y dicen á esto los seides del protestantismo y los flojos y frios apóstoles del indiferentismo:--¿á qué santo ir á confesar sus culpas á otro hombre como nosotros? Basta confesárselas á Dios. ¡O cortedad de vista del orgullo! tanto mas deplorable, cuanto que es voluntaria en aquellos cuya vista alcanza á poder divisar el elevado orígen de todas las instituciones de nuestra santa religion católica, que cual el sol atraviesa los siglos sin perder su eterna luz, su calor constante! ¡Y llamarán los hijos del siglo de las ficticias luces, _reaccion_ á las voces que gritan y gimen contra la tendencia que se afana en desolemnizar cuanta creencia y culto conserva el hombre en su alma, y cuanta poesía conserva en su corazon! ¡Dios santo! ¿dónde querrán llevarnos los enemigos de la religion y de todo lo existente, que empezando por los filósofos del siglo XVIII, y pasando por Marat, Robespierre y Proudhon tremolan el rojo pendon?
CAPITULO VI.
Una de las tertulias que frecuentaba D. Galo á prima noche, era la de la señora Doña Anacleta Alcalde de la Tijera.
Era la dueña de la casa una de las mujeres que su mal instinto lleva á complacerse en hablar mal de todo el mundo, como lleva el suyo al vampiro á nutrirse de la sangre que ávidamente absorbe, sin saciar su ansia.
El que llevaba una censura, una murmuracion, un chisme ó una calumnia á casa de la señora de la Tijera, era recibido por ella en palmas, así, como aquel que se atrevia á sacar la cara en defensa de un amigo ó de la verdad, era contradicho con acritud y recibido con burla.
La noche despues de los sucesos que anteceden, entró D. Galo en casa de la referida señora, y se sentó al lado de su hija, que era una linda jóven de quince años, ofreciéndole su corazon, á pesar que Paco Guzman lo habia calificado de _don rehusado_.
-- D. Galo, -- dijo la jóven con esa gran ligereza en el hablar que tienen la mayor parte de nuestras jóvenes,--¿qué me dice Vd. del lance de Alegría Cortegana?
-- Nada sé, hija mia, contestó D. Galo.
-- Podrá Vd. desentenderse; pero no puede humanamente negar el hecho.
-- Ni afirmarlo tampoco, hija mia.
-- Sois muy prudente.
-- Decid mas bien ignorante, Lolita.
-- Vd. no sabe lo que no quiere saber.
--¡Ojalá! así no sabria por mi mal, que una niña tan bella y tierna como sois, Lolita, hija mia, pueda tener un corazon tan insensible, tan cruel y tan inflexible.
-- D. Galo, miéntras esteis con lo sensible, y lo flexible á pleito, os pronostico que no bailaréis bien la polka.
--¿Por qué no, hija mia?
-- Porque lo sensible y lo flexible tienen malos resultados en las piernas, y se caerá Vd. como la otra noche en aquella galope de funesta memoria.
-- No fué culpa mia. Bien sabeis que Paco Guzman atravesó su baston para hacerme perder el equilibrio. Paco siempre es el mismo; no piensa sino en travesuras, como cuando estaba estudiando; por cierto que era el mas sobresaliente escolar de la universidad.
-- Solo que ahora son de marca mayor las travesuras, repuso riendo Lolita, aludiendo al lance de Alegría.
Entraron en este momento algunas personas, entre las que venia un oficial de lanceros, ayudante del coronel del regimiento.
-- No se habla en todas partes, dijo este despues de haber saludado, sino del lance de la Marquesa de Valdemar.
Aquí hizo el oficial una relacion exagerada con escandalosos pormenores, supuestos, de lo acaecido que sabemos ya.
-- No es cierto, dijo pausadamente D. Galo.
--¿Es, pues, decir que yo invento? preguntó el oficial que no era de los mas urbanos.
--¡Dios me libre de pensar en semejante cosa! repuso D. Galo; solo quiero decir que os han inducido en error.
-- Un error de que unánimemente participa toda una ciudad, es difícil de combatir.
-- Si todos lo creen y repiten como vos lo haceis, solo por oidas, es fácil concebir el error; y cuando se tiene el convencimiento de que es falso, no es difícil combatirlo.
-- Sea como sea, no reconozco el derecho que podais tener á contradecir cosas de notoria publicidad que son del dominio de todos.
--¿Con que la calumnia, segun vos, es del dominio de todos, y por lo tanto tan autorizada, que los amigos de los que ataca no tendrán derecho á combatirla?
-- Si calumnias son, que busquen las fuentes para atajarlas.
-- Esas fuentes, señor mio, dijo D. Galo siempre en tono moderado y atento, son inaveriguables como las del Nilo.
-- Pues entónces, repuso el oficial bruscamente, que dejen al Nilo correr, puesto no les será posible atajar su corriente.
Diciendo esto, volvió la espalda á D. Galo con poca finura.
--¡Dejaria Pando de sacar la espada por una elegantona! dijo la señora de la Tijera; se muere por ser abogado de malas causas.
-- Siempre ha sido Alegría una de las muchas santas de vuestra devocion, D. Galo, dijo Lolita.
-- No digo que no; cuando soltera, habria sido yo dichoso si me hubiese correspondido.
-- Si todas aquellas á quien se lo ofreceis admitiesen vuestro corazon, tendriais que repartirlo en dósis homeopáticas, D. Galo.
-- Lolita, hija mia, si lo quereis, seréis reina despótica y absoluta, sin cortes, senado, asamblea, ni cámaras.
-- No lo quiero, D. Galo, respondió Lolita; pues no sé lo que me empalaga mas, si los corazones ó los merengues.
--¿Saben Vds., dijo en recia voz D. Galo al cabo de un cuarto de hora, lo que he oido decir? Que el coronel del regimiento de lanceros acaba de tener un choque vivísimo con el capitan general, en que este le acusa hasta de insubordinacion.
--¿Quién ha dicho eso? esclamó el oficial saltando de su asiento, y fijando en D. Galo sus airados ojos.
-- La voz pública.
--¿Y vos lo repetís sin mas exámen?
-- Las cosas públicas son del dominio de todo el mundo, segun vos mismo afirmais, señor mio.
-- Esto es dicho con sorna y con la mira de darme una leccion, ¿no es eso? Pero tened entendido que entre militares y hombres de honor se pesan las palabras ántes de proferirlas, y el que las dice es responsable de ellas.
Viendo al oficial tan montado, intervinieron varias personas, queriendo dar otro giro á la conversacion; pero el oficial, que era violento é íntimo del coronel, no desistia, y aseguró á media voz que D. Galo le daria una satisfaccion.
-- Muy pronto estoy á darla, dijo sin alterarse D. Galo que lo oyó; pero no como el señor lo entiende. Yo defiendo á mis amigos; pero no me bato sin motivo: ademas, un hombre de bien no puede defender con honor sino una buena causa, y la mia no lo seria. Mi satisfaccion es esta: lo que he dicho, lo acabo de inventar, pues nunca he oido sino elogios del bizarro y pundonoroso jefe que manda el regimiento de lanceros, y lo inventé solo y únicamente para tener el placer de hacer patente que el señor es un verdadero y leal amigo que no otorga con su silencio, ni autoriza con no desmentirla, la calumnia con que se ultraja en su presencia á un ausente amigo suyo.
¡Con cuánto placer estamparíamos aquí que un silencio conmovido siguió á estas palabras, y que el oficial se acercó á su antagonista y apretó su mano, concediéndole de esta manera un noble triunfo de sentimiento! Empero como no inventamos, y somos sencillamente pintores de la realidad, tenemos que decir que no fué así. En nuestro país mas se conoce y se simpatiza con el heroismo que con la sensibilidad bien entendida; en él se halla mas elevacion de alma que delicadeza de corazon, á no ser en los afectos de amor y en los religiosos.
Así sucedió, que una alegre risa fué la que acogió las palabras de D. Galo, en la que fué el primero el finamente lisonjeado oficial, celebrando todos lo ingenioso, y no sintiendo lo conmoviente del ardid de que se habia valido D. Galo para defender su causa.
D. Galo, que obraba por su buen instinto, y no analizaba sus bellas inspiraciones, quedó plenamente satisfecho con el pequeño triunfo de amor propio que le cupo al oir las risas y el clamor que por todas partes se levantaba, en estas y otras esclamaciones:
--¡Bien, bien, Pando! eso se llama un ardid de buena ley para batir á un contrario.
-- La palma á D. Galo, que ha desprestigiado á Hércules, probando que vale mas maña que fuerza.
--¡Bravo, Pando! esclamó un estudiante; la sociedad de la paz os va á votar una corona de copos de lana.
-- Campeon de ausentes, dijo un aprendiz de diplomático; sois un Talleyrand virtuoso, un Pozzo di Borgo sensible, y un Metternich arcádico.
-- D. Galo, dijo Lolita, David va á romper las cuerdas de su arpa por rabiosa envidia.
-- Señor de Pando, esclamó el oficial, me teneis vencido y agradecido, cosa de que solo vos y las buenas mozas se han podido jactar.
D. Galo habia entreabierto aun mas las solapas de su chaleco, se sonreia con satisfaccion y se abanicaba furiosamente con un abanico de caña.
Existe una cosa estraña en nuestra sociedad, que no sabemos si atribuir á superficialidad ó á injusticia; y es que rebaja en la opinion á la persona que tiene un ridículo; y sin mas motivo que este se le trata con una superioridad estravagante por aquellos mismos que tienen sobre sí vicios, maldades y hasta deshonra. Un ridículo no rebaja á nadie, sino á ojos miopes. ¿Quién de nosotros no tiene un ridículo? ¿A quién de nosotros, caso que no lo tenga, no se le puede dar? ¿A cuál no se lo tiene, por ventura, la vejez guardado como una de sus muchas finecitas?
Si aquel pisaverde con botas de charol, con sus afectadas frases francesas; si aquella elegante, luciendo en su lánguida persona todas las exageraciones de la moda, se metiesen como la oruga en un capullo para resucitar mariposas al cabo de algun tiempo, ¿acaso no se hallarian que al reves de esta se encapullaron mariposas, para resucitar orugas? Es decir, que solo la ligera influencia y la menospreciable importancia de la moda les condenarian entre la falange, su esclava, al mas portentoso ridículo. Casi todos los hombres sabios y notables han tenido ridículos de marca mayor; y al gran Voltaire mismo, ese tipo del burlador y del satírico, ¿no le hicieron pasar los pajes traviesos del Rey de Prusia por un mono vestido, regresando ese maligno frances, uno de los inventores del _Vaudeville_, furioso contra los calmosos y graves alemanes, que se emancipaban hasta el punto de dar al gran preste y repartidor de ridículos una muestra de la ley del talion?
Seamos tolerantes con los ridículos ajenos, pues el mote que puso ese mismo Voltaire al pié de una estatua del amor, se le puede aplicar al ridículo: «cualesquiera que seas, hé aquí tu amo; lo fué, lo es y lo será.» No influye un ridículo en el valor intrínseco de las personas, ni nos debe mover á menosprecio, siempre que no sea nacido de malas pasiones ó peores tendencias.
Estamos por decir que los ridículos inofensivos y que no dimanan de malos precedentes, nos simpatizan y nos hacen gracia, pues suelen ir unidos á un buen fondo y á una índole sencilla; y casi estamos por dar las gracias á la persona que nos proporciona el tan grato é inocente pasatiempo de observarlos con benévola risa.
CAPITULO VII.
--¿Qué leeis? preguntó Sir George una noche al hallar á Clemencia sentada á su chimenea con un folleto en la mano.
-- Os responderé lo que Hamlet á Polonio, que le hacia la misma pregunta, contestó Clemencia: ¡palabras! palabras! palabras!
-- Pero ¿qué palabras?
-- Un celemin... que contiene este impreso en favor de las modernas ideas humanitarias.
-- Con las que debeis vos precisamente simpatizar, dijo Sir George, que por mas que se proponia dejar con Clemencia su constante ironía, recaia en ella por un irresistible impulso y por una inveterada costumbre.
-- No, Sir George, no, contestó Clemencia con dulzura.
--¿Cómo es eso, señora? ¿Pues no sois la ferviente abogada y la constante protectora de los pobres?
-- Sir George, estais hablando con ironía, y sabeis que me es antipática: por demas estais convencido de que por hermoso que me parezca el oro, no me parecerá bien el puñal hecho con ese metal. ¿Quereis confundir la santa voz cristiana que dice al rico: dá, dá, tus riquezas son un préstamo, y te abrirán la entrada en la mansion de los justos, -- difícil como al camello el pasar por el ojo de una aguja, -- y la voz que grita al pobre: ¡fuera la pobreza, aunque es tu herencia! ¡fuera la santa conformidad, aunque es tu galardon, tu mérito y tu virtud! ¡fuera tu alegría y moderacion, que son tu instintiva filosofía! Hay ricos ¡y tú no lo eres, pues rebélate, indígnate, desenfrena tus malas pasiones, la envidia, la soberbia, la ambicion y la rabia! pierde todo respeto... ¡roba! y si te lo impiden los gendarmes, roba con el deseo y el propósito; que el mandamiento de Dios que lo hace delito, yo lo anulo con mi gran poder? -- Pero Sir George, Dios permite que de cuando en cuando se levanten hombres funestos del seno de las tinieblas, que son una gran calamidad, como las pestes y las tempestades. Estos hombres cual teas del abismo encienden una hoguera; esa hoguera alumbra á los ciegos, alienta á los tibios, purifica á los prevaricadores, y de sus cenizas, cual fénix, sale mas bella y mas lozana la eterna verdad que yacia débil é inerte en el corazon del hombre; doblemos, pues, la cerviz, ya que tales castigos merecemos. ¡Triste humanidad que decae y se enerva, y que necesita de cuando en cuando que el fuerte brazo de Dios la sacuda! Peleemos, pues, en esta gran lucha moral, pero con nuestras armas, la caridad, la moderacion, el santo celo y valerosa ostentacion de santas creencias y santas doctrinas. Bien por mal, Sir George, bien por mal: ¿qué enemigo no desarma esta táctica?
--¡Cuántas gargantas que cantaban cánticos, como vos ahora, Clemencia, fueron cortadas en Francia por la guillotina! Clemencia, cuando la humanidad se levanta y da un paso adelante, nada puede retenerla; lo que bajo su planta se halla, es triturado por ella; es un mal inevitable y aun necesario.
--¿Con que, dijo con triste sonrisa Clemencia, lo que yo llamo altos castigos y sacudimientos con que el brazo de Dios despierta á la inerte humanidad, vos lo llamais pasos de adelantos de la humanidad? ¡Difícilmente se creerá que tales pasos sean dados en la senda del bien, Sir George!
-- Señora, no os será desconocida la máxima de vuestros sabios jesuitas: _alcanza el fin sin reparar en los medios_.
-- Sir George, no hagais de una máxima de política, -- generalmente seguida por aquellos que pretenden hacer de ella un baldon á los jesuitas achacándosela, y cuyo gran preste teneis en la era presente en vuestro país, -- un precepto de moral, que son los que deben regir á la humanidad. Pero, mi Dios, ¡cuán profanada es esa voz! Y la soberbia del hombre que se emancipa de las leyes de Dios, ¡ha llegado en nuestros dias hasta creer que puede arrebatar de las manos del que lo crió, el poder que guia al universo! Pero gracias al cielo, nuestro bendito suelo no cria Cromwells, Marats, ni Robespierres, esos acólitos de lo que llamais _pasos de la humanidad_.
-- Cierto, cierto, vuestro país con raras escepciones no cria en cuanto á hombres públicos sino perfectos egoistas, de que resulta una verdadera anarquía que no quiere reconocer un jefe, como si hubiese partidos sin jefes; así se suicidan por sus propias mezquinas rivalidades.
-- Pero señor, en vuestro país suceden cosas aunque en escala mayor, parecidas: un gobierno popular se compone de estos elementos.