Clemencia: Novela de costumbres
Part 17
Era entónces él amable cual pocos; su conversacion, llena de entendimiento y de chistes, arrastraba tras sí, seduciendo sobre todo á las personas de talento é ilustradas; porque, como ha dicho tan bien el ilustre literato Pastor Diaz, el talento subyuga con mas fuerza al talento que á la ignorancia. Tambien subyugaba á Clemencia la alta esfera en que se movia su amigo; pero algo triste le quedaba siempre, despues que se ausentaba y cesaba el encanto, sin definir la causa; era que su corazon no hallaba en aquel sol brillante pero frio, el calor que hace brotar la fe y la confianza.
Si alguien entraba, Sir George era otro hombre; el que un momento ántes atraia con su gracia y amenidad, rechazaba ahora por aquel entono, aquella _morgue_, como dicen los franceses, tan propia de aquellos que entre la aristocracia inglesa creen que para alzarse no hay mejor medio que el de rebajar á los demas. Rechazaba igualmente por la constante ironía, tan del gusto de la época, que muchos, que tenian entera buena fe, no siempre comprendian, pero que aun sin alcanzar toda su hiel, á nadie dejaba satisfecho. Complacíase en diferenciarse de los demas: así era que demostraba la mayor indiferencia por lo que interesaba ó entusiasmaba á todos, y se ocupaba en seguida de puerilidades que á nadie llamaban la atencion: por lo cual nunca celebraba la Catedral, ni el Alcázar, ni la Lonja, ni los cuadros de Murillo; pero se entusiasmaba con los bonitos puestos de agua, para chafar el sensato ajeno sentir con tan usadas como socorridas paradojas.
Una noche mas que nunca habia sido amena y animada la conversacion de Clemencia y de Sir George, vivificada con aquel delicioso sentimiento que ambos abrigaban de agradarse mutuamente; conviccion que cual un benéfico genio parece soplar sobre el fuego de nuestro entendimiento para hacerlo brillar en vivas llamaradas, produciendo en los ánimos ese _enjouement_, como llaman los franceses á un estado de inocente, pura y alegre escitacion. En él se mezclaba el amor sin nombrarse, como se oye en un jardin la melodía de una música oculta en la enramada. Sir George le descubria; Clemencia le ignoraba aun.
-- Clemencia, dijo Sir George con sincero entusiasmo; entre la niña que encanta y el hada que admira, hay un ser encantador, -- y es la mujer que se ama. ¿No preferís el serlo á los otros seres que alternativamente sois?
-- Sir George, contestó Clemencia, no concibo la felicidad de ser amada, á no ser por un solo hombre.
--¿Qué hombre, Clemencia?
-- El que yo amase.
-- Sois quizas la única mujer á quien esto sucede.
--¿Esto es decir que soy original? repuso Clemencia volviendo á su tono festivo; ved, pues, la verdad de uno de los evangelios chicos de mi padre: no es la fortuna para quien la busca, sino para quien la encuentra.
--¿Y vos no quereis amar, Clemencia? ¿Habeis quizas hecho un voto que os lo impida?
-- No señor; pero el amar ó no amar, no consiste en querer ó no querer amar.
-- Para naturalezas tan dóciles y sumisas á la voluntad como lo es la vuestra, me temo que sí.
--¡Ojalá dijeseis verdad! repuso suspirando la sincera Clemencia, que recordaba á Pablo.
Cuando Sir George, que dió otro sentido á la frase, enajenado iba á contestar, se abrió la puerta y entró el Vizconde.
Sir George, que era siempre frio, irónico, escéptico y poco comunicativo, y que á duras penas, y solo en la intimidad de una mujer hermosa, levantaba su habitual estado de sitio, no necesitaba mas que una leve contradiccion para volver á armar todas sus baterías. Así es, que recibió al Vizconde, como es de suponer, con un frio glacial: una dulce mirada de súplica con que casi le acarició Clemencia, templó algo su acerba displicencia; pero acudió al silencio para dar á entender que la presencia del Vizconde le era molesta. Faltaba en esto Sir George á su delicada reserva; pero la indomable índole británica se revestia de toda su áspera corteza.
El Vizconde notó esta falta de atencion, y comprendió lo que la motivaba.
Si la conversacion de Sir George era chistosa, incisiva y picante, la del Vizconde era en estremo fina, entretenida, á veces profunda, á veces elevada, siempre instructiva y siempre amena. El Vizconde tocó varios puntos, cautivando por entero la atencion de Clemencia, que le oia con mucho placer. Sir George no alternaba en ella, y como todo ceñudo que se encapota en su silencio, iba siendo olvidado.
--¡Vaya!... -- pensó con coraje, pues cuando no tenia á quien lanzar un sarcasmo se lo aplicaba á sí mismo, -- yo estoy aquí haciendo el ridículo papel que llaman los españoles, rabiar de celos aparte: ¿me iré?
Por suerte entró en este instante D. Galo.
-- A los piés de Vd., Clemencita. -- Señor Vizconde, beso á Vd. la mano. -- Señor D. Jorge, soy su servidor. -- Hace un frio del polo.
--¿Del polo del Norte... ó del polo del Sur? preguntó Sir George, que halló por fin la palabra con una de sus sérias y picantes burlas.
-- Del polo del Norte, ¡por supuesto! contestó D. Galo.
Sir George soltó una carcajada.
El Vizconde no hizo alto.
-- D. Galo, dijo Clemencia, ahora decíamos que cuáles son las cosas que mas pueden agradar al corazon del hombre. Por mí pienso que la sensacion del agrado está mas en el corazon del hombre que no en las cosas; y creo que el corazon mas bien da el agrado, que no lo recibe.
-- Es muy cierto, señora, repuso el Vizconde; y si no observad cuánto agradan á unos cosas sencillas é insignificantes; y cómo las mas perfectas no son á veces capaces de agradar á otros.
-- Esto penderá, opinó Sir George, de lo esquisito del gusto.
-- No lo creo, repuso el Vizconde, he visto muy malos gustos descontentadizos, y los he encontrado selectos, que como las abejas no hallaban una flor de que no sacasen miel.
-- Magnífico instinto que admiro en ellas y en ellos, dijo con su fria sonrisa Sir George. Señora, prosiguió, dirigiéndose á Clemencia, ¿cuál es entre las cosas de la tierra la que tiene la dicha ó privilegio de agradaros mas?
-- Las flores, contestó sencillamente Clemencia.
--¿Teneis, pues, gustos botánicos?
-- No señor, respondió Clemencia sin alterarse, no sé clasificar una sola planta; pero las flores son la poesía palpable del mundo material. Desde que el hombre cantó, entretejió con ellas sus cantos: nunca el espíritu de innovacion, de oposicion y de paradoja, para el que nada hay sagrado, que á todo ha tocado, se ha atrevido á ridiculizar la suave simpatía que inspiran las flores, que en la naturaleza se renuevan siempre frescas y lozanas, como las esperanzas en el corazon del hombre; inseparables de la poesía, son compañeras de los sentimientos que lo inspiran. Así es, que simpatizo con el jóven poeta que se ha hecho su cantor y tan bello culto les rinde, sin cuidarse de que otro acerbo, como vos, le haga la pregunta que me habeis hecho. Pero, prosiguió Clemencia alegremente, dirigiéndose á D. Galo, ¿qué decís vos? ¿qué es lo que mas os agrada en este mundo?
-- Lo que mas me agrada son las bellas, contestó D. Galo con su mas satisfecha y galante sonrisa.
-- No puedo ménos de unir mi voto particular al de este caballero, dijo el Vizconde.
-- A vos, señor D. Jorge, ¿qué os parece? ¿No digo bien? preguntó D. Galo frotándose sus manos despiadadamente enrojecidas por los sabañones que le producia su escribir constante en la fria oficina.
-- Por primera y única vez difiero de vuestro sentir, que admiro siempre, contestó Sir George, que prefiero á las bellas las feas.
--¿Por no tener rivales? preguntó D. Galo con las mas ostensibles pretensiones al gracejo; pues vos no deberiais temerlos.
--¡Oh! no los temo, D. Galo; confío demasiado en el mal gusto de las damas. No es por eso. Pero es porque las feas son mas amables que las bellas.
-- Señor, esclamó escandalizado D. Galo, ¿esto sosteneis en presencia de Clemencita, que es la mas contundente refutacion de lo que decís?
-- Las escepciones no hacen regla, señor. Y entre las flores, prosiguió Percy, dirigiéndose á Clemencia ¿cuál es vuestra predilecta?
-- La violeta, respondió Clemencia.
--¡Ya! la que lo fué de Napoleon: estas son simpatías.
-- No es porque lo fuese de Napoleon, es porque lo fué de la persona que mas he amado en este mundo.
--¿De Fernando Guevara? preguntó D. Galo con su sencilla buena fe é indefectible desmaña.
-- No, -- contestó Clemencia sonrojándose, porque temió haber faltado á la delicadeza de casada, confesando que habia querido á otro mas que á su marido; -- no gustaba Fernando de flores; eran predilectas las violetas de mi tio el Abad, á quien todo, todo lo debo. Aun no las hay y lo siento: su perfume es un recuerdo vivo como ellas son una imágen de aquel padre tierno, de aquel sabio modesto.
De allí á un rato se levantó D. Galo para irse.
--¡Qué! ¿Os vais? preguntó admirada Clemencia.
-- Aunque me voy... me quedo.
-- Ciertamente, en mi memoria.
Don Galo se puso tan ancho, que en aquel momento no se hubiese cambiado ni por un Rothschild, ni por un Apolo, ni por un Séneca, ni aun por el jefe de su oficina.
--¡Pobre hombre! dijo Sir George, cuando hubo salido.
--¡Qué escelente sujeto! añadió el Vizconde. Señora, la amistad que le demostrais, no solo hace favor á vuestro corazon, sino honor á vuestro delicado tacto.
--¡Ah! dijo Sir George, yo no habia hallado en esa amistad, sino la prudencia de una mujer jóven y bella.
-- Os habeis equivocado, repuso Clemencia, no elijo mis amigos por ningun género de cálculo; en mi eleccion solo obra la simpatía. Tampoco soy bastante presuntuosa ó tímida para buscar mi salvaguardia en la insignificancia de las personas de mi intimidad. Siempre juzgais la sociedad española por la estranjera, Sir George, y no acabais de comprender que la independencia moral de las españolas acata yugos santos, y no sufre andaderas pueriles.
Entró en ese instante Paco Guzman.
-- Clemencia, dijo este al cabo de un rato, ¿sabeis que hemos hecho creer á D. Galo que Doña Eufrasia se casa con D. Silvestre? y ¡se lo ha creido!... porque ese bendito se cree cuanto se le dice.
-- No hay mayor prueba de la sanidad de corazon que la credulidad, repuso Clemencia: para dejar de dar fe á las palabras ajenas, es preciso dar por supuesta la mentira; y hay corazones tan sanos que no la conciben. Pero os confieso, Paco, que seria contra mi conciencia engañar aun en broma á una persona de buena fe.
--¿Contra la conciencia, Clemencia? ¡Qué palabra tan magistral en un asunto que lo es tan poco!
-- Pues poned en su lugar... delicadeza.
-- La conciencia y la delicadeza, opinó el Vizconde, se asemejan, pues son para el hombre consejeros al obrar, y jueces despues. La delicadeza tiene su orígen en la sociedad y en la cultura, y la conciencia en la moral: así es la primera versátil y convencional; y la segunda, uniforme é inmutable.
-- Decid en lugar de moral religion, esclamó Clemencia, pues, como decia mi tio, ¿qué es la moral sino la luna que alumbra la noche que carece de sol, recibiendo ella misma su pálido brillo del sol de vida de que es un reflejo? ¿De dónde sino de esa fuente, ha sacado la moral sus aspiraciones? ¿Quién hizo de la obediencia la primera virtud? ¿Quién castigó la primera falta?
-- Sois una exaltada creyente, dijo Sir George.
--¿Acaso lo dudabais? esclamó asombrada Clemencia.
-- No tenia sobre esto un juicio decidido, señora. Por un lado consideraba que sois mujer y española, cosas ambas propias á sentir toda clase de exaltaciones y admitir todo género de supersticiones; por otro lado, como sois tan ilustrada...
Clemencia hizo un marcado gesto de indignacion y de impaciencia.
-- Pero, señora, se apresuró á añadir Sir George: yo respeto todas las opiniones, todas las creencias, todas las convicciones.
-- Poco os agradezco, pues, que respeteis las mias, repuso Clemencia con animacion, y no puedo devolveros igual obsequio, pues en punto á las religiosas condeno las que no son las mias. Porque sobre cuanto toca á las cosas de los hombres, es este libre de su juicio y dueño de su fe; en cuanto á las de Dios, la disidencia es la rebeldía.
-- Respeto tambien vuestro fallo condenatorio, repuso Sir George impasible, con aquel orgullo, aquella soberbia y aquel desprecio del impío que se trasluce al traves del simulacro de decoro y compostura que tan mal los encubren.
-- Mas aprecio demuestra mi condena que vuestro respeto, Sir George, dijo dolorosamente herida Clemencia.
--¿Cómo es eso, señora?
-- Porque dais el santo nombre de respeto á la indiferencia y quizas al desden; y estos son nacidos de falta de fe y de la inepta duda.
--¿Por qué llamais, repuso Sir George sin alterarse, á la duda inepta? Un autor muy favorito vuestro, Leon Gozlan, ha dicho que la duda es la mas bella mitad de la conviccion.
-- Cuando es vencida, pero no cuando reina. Ademas, mis amigos y favoritos, añadió Clemencia con viveza, pueden decir alguna vez grandes _nonsense_, sin por eso dejar de serlo.
Al oir á Clemencia pronunciar esa palabra inglesa que significa disparate, y que él mismo la habia enseñado; al sentir traslucirse en esa frase la bondad angelical de Clemencia, al traves de su marcada incomodidad, Sir George se sonrió con una infinita dulzura y delicadeza, con que á veces sabia hacerlo.
-- Leed mas bien sobre estos puntos, prosiguió Clemencia, á otro autor moderno frances, Octavio Feuillet, autor lleno de fe, y de fe genuina y caliente, como por suerte nunca les ha faltado á los franceses. El os dirá: «la duda es fácil y débil, es la impotencia y la puerilidad.» Y en otro lugar: «todo es mas racional que la duda.»
--¿Habeis leido la novela que publica el Diario?... preguntó Paco Guzman para cortar una conversacion que veia que agitaba á Clemencia, y en la que él por indiferentismo, y el Vizconde por consideracion, no habian tomado parte.
-- No me gusta, respondió Clemencia, porque su objeto, sin mala intencion por parte del autor, pero por falta de buena, no es moral; y este fin ú objeto que debe estar aun mas en el espíritu que en las palabras, es á mi ver el que debe tener toda novela, segun lo practican los ingleses generalmente.
-- Pero, esclamó Paco Guzman, vale mucho, tiene un magnífico estilo.
-- No digo que no, Paco, pero el hábito no hace el monje.
--¡Pues qué! ¿llamais al estilo un hábito, señora? ¿El estilo, que es uno de los primeros dotes de un autor?
-- Antes de todo precisemos qué es lo que llamais estilo, pues creo esa palabra, si no ambigua, al ménos de un sentido tan lato ó arbitrario, que cada cual la entiende á su modo. ¿Es la manera peculiar de espresarse del autor, ó es el modo correcto y gramatical de manejar el idioma?
-- Señora, creo que el estilo lo forman en iguales partes la dialéctica, la sintáxis y la lógica.
-- No le define así el grave y clásico Diccionario, cuando dice que «es el modo y forma de hablar de cada uno,» repuso Clemencia. No lo define así tampoco un crítico de gran entendimiento y de gran práctica literaria, que, bajo el seudónimo de lector de las Batuecas, ha escrito en el Heraldo, cuando dice: «Creemos que en materia de estilo, lo esencial para un escritor es tener uno suyo propio, espontáneo, que no se confunda con ningun otro, que viva por sí.» Yo os daré algunas obras, Paco, en cuyo estilo están perfectamente observadas las reglas de dialéctica, de la sintáxis y de la lógica, y apostemos un ramo de flores contra una libra de dulces, á que no concluís su lectura. ¿Qué pensais vos, Vizconde?
-- Pienso como vos, señora, que no es solo en España, donde cada cual da un sentido, que varía, á esta voz. Sin cansaros con muchas citas, referiré algunas para probar este aserto. El gran Buffon dice: _El estilo es el hombre_, y creo es de las cosas mas poéticas y espirituales que se han dicho. Y no entendais que quiero decir con esto _spirituel_, palabra que he visto traducida de esa suerte, siendo así que lo que entre nosotros se llama _esprit_, es una cosa que vosotros con vuestro brillante caudal de voces, y como muy prácticos en la materia, subdividís en las categorías de agudeza, gracia, chiste, chispa, talento é ingenio, que todas forman parte ó son nacidas del entendimiento, que es en frances _esprit_. Decia, pues, que al decir Buffon _el estilo es el hombre_, en lugar de materializarlo en un objeto confeccionado por el arte y las reglas, lo hace una inspiracion, y tan peculiar al hombre como la bella voz que sale de la garganta del ruiseñor. Un escelente crítico moderno lo define, «regla del buen gusto en el arte de espresarse.» El eminente Balzac dice claramente, que «el estilo no está en las palabras, sino en las ideas,» y creo que este gran escritor -- que crecerá á medida que pase el tiempo como profundo y elevado árbol -- era juez en la materia. Lamartine dice que «la mujer no tiene estilo, y que esta es la razon por la que todo lo espresa tan bien,» de lo que se puede inferir que si bien el estilo es cosa que se aprende y sujeta á reglas, no es necesario para decir bien, al contrario, espresaria mejor una idea la persona á quien no sujetase esta regla. Por lo que á mí toca, entiendo que el estilo es á la espresion, lo que es la poesía al pensamiento. Creo á ambos hijos de la inspiracion; y así como, segun dice el afamado Bulwer, hay poetas que nunca han soñado en el Parnaso, creo que hay estilos que nunca se han modelado en la Academia. El mismo Voltaire, ese famoso Aristarco, ha dicho que el estilo de Mad. de Sévigné es la mejor crítica de estilos _estudiados_.
-- Decís bien, Vizconde, y definís la idea que en mí vivia muda. La versificacion es el arte, la poesía la inspiracion. Y así como por mas que digan nuestros _grandes jueces_, hay, segun dice Bulwer, poetas que nunca han soñado en el Parnaso, y eminentes versificadores que nos admiran, sin ser por eso poetas; así tambien hay admirables lengüistas con mal ó pesado estilo; y estilos que encantan por su gracia, su elegancia, su originalidad y chiste, sin tener la ventaja del perfecto lenguaje.
--¿Habeis visto el nuevo drama, Clemencia? dijo Paco.
-- No lo he visto, pero lo he leido, contestó esta.
--¿Y qué os parece?... ¿os gusta?
-- Me gusta y no me llena.
-- Es disparatado, opinó Sir George.
--¡Ya!... como que no es clásico. El Señor D. Jorge, Clemencia, es un clásico intolerante, como vos una creyente idem: para el señor no hay perfeccion en literatura, sino en lo clásico, como para vos no hay perfeccion en la fe sino en la del carbonero.
-- Venero las tragedias clásicas como la mas perfecta muestra del arte imitado del griego, ¿no opinais así, señora? dijo Sir George.
-- No me simpatiza ese teatro, contestó Clemencia: esas palabras religiosas sin fe, esa pasion tosca sin corazon, ese heroismo sin afectos, esas palabras tan compasadas en asuntos que lo son muy poco, me hacen mal efecto, y se me figuran Aspasias y Safos, vestidas de vírgenes cristianas. Son, á mi entender, afectadas; y todo lo que pierde la naturalidad, pierde la senda del corazon. Esta es mi débil opinion de mujer, que se forma por impresiones mas que por exámenes artísticos; mi sentir, que suena como el arpa eólica, á la ventura del aire que la penetra.
--¿Os gusta nuestra literatura, señor Vizconde? añadió Clemencia.
-- La antigua, con estremo; la moderna, casi toda mucho, siempre que no es una imitacion de la nuestra.
-- Eso pasa por señal de buen tono, dijo Clemencia con ironía.
-- Señora, contestó el Vizconde, así como se ha dicho que el mejor de los cálculos es ser hombre de bien, se puede decir que el mejor tono en España, es ser español; y con tanta mas razon cuanto que seria difícil hallar una nacionalidad mas genuinamente fina y elegante que la española. No hay cosa peor que seguir; el que sigue, se queda atras; se imita un camino de hierro, el vestir; y bien ó mal, aun una forma de gobierno; pero no se imita una nacionalidad. Lamartine llama á la imitacion el Mefistófeles del genio naciente y abortado.
Abrióse la puerta y apareció D. Galo, resplandeciente de satisfaccion, con un enorme ramo de violetas en la mano, el que puesto en la tercera posicion, doblando el cuerpo y redondeado el codo, presentó á Clemencia.
-- D. Galo, esclamó Sir George, esto pertenece á los bellos tiempos de la galantería que hacia milagros. ¿De dónde han salido esas violetas, que yo hubiese pagado á peso de oro?
-- Pues á mí solo me han costado correr hasta Rascaviejas, en donde se halla un jardin en que sabia que las habia tempranas.
-- Por las cuales os habrá rascado bien el bolsillo una vieja en Rasca-ídem, dijo Paco Guzman al oido á D. Galo.
--¡Qué! no por cierto, contestó este, aunque las habia pagado bien caras.
-- Confieso que os envidio, señor de Pando, dijo el Vizconde.
-- Es una galantería clásica, una galantería modelo, añadió Sir George.
-- Yo no llamo á esto una galantería, opinó Clemencia; lo llamo una delicada prueba de amistad, y como tal la agradezco. ¡Ir en una noche como esta hasta aquel barrio tan estraviado! Así es que estais sin aliento.
-- Es que he vuelto de prisa para llevaros á casa de la Marquesa; son ya las nueve y media; Paco se va ya.
Efectivamente, este se despedia.
Sir George y el Vizconde no se movieron.
Hubo un rato de silencio, al cabo del cual dijo Clemencia á D. Galo:
-- Amigo mio, no saldré esta noche.
--¿No? ¿Y porqué?... ¿Estais indispuesta? preguntó este.
-- No es por eso; pero está mala la noche: oid como gime el viento en el cañon de la chimenea.
El Vizconde se levantó y se despidió, saludando, sin hablar una palabra.
D. Galo se habia levantado y pegado el rostro á los cristales, interceptando con ambas manos la luz del reverbero que le deslumbraba, y observaba la noche.
--¿Con que no quereis que os acompañe, Clemencia? preguntó Sir George, volviendo á tomar su tono natural, ameno y cariñoso.
-- No señor, preciso es decirlo, pues no os basta, como al Vizconde, que lo demuestre.
-- Gracias, señora, dijo friamente Sir George.
-- Esto no merece ni agradecerse ni sentirse: los miramientos dirigen las acciones de una mujer, así como las simpatías sus sentimientos.
-- Pues... ¿no deciais ahora poco que la independencia moral de las españolas no sufria andaderas?
-- Sí señor; pero el tacto de una mujer consiste en graduar lo que son trabas, y lo que son santos yugos.
-- Clemencita, dijo D. Galo, la noche está hermosa, todas las estrellas están en el cielo ménos dos.
D. Galo ostentó su mas galante sonrisa.
-- Si en lugar de madrileño fueseis andaluz, habriais hablado de soles, dijo Sir George con su séria burla.
--¡Cómo se nos va españolizando este hijo de la noble Inglaterra, nuestra buena aliada! observó con satisfaccion D. Galo: no me inglesaria yo tan pronto en Lóndres, no.
-- Esto me hace recordar, repuso con su impasible ironía Sir George, el que en una ocasion un príncipe y un criado cambiaron sus papeles: el criado no fué reconocido al hacerse príncipe; pero este lo fué al hacerse criado, lo que prueba que es mas fácil subir que bajar.
--¡Luego dirán que los ingleses no son finos ni corteses! esclamó admirado D. Galo, léjos de notar la ironía. Lo que decís es un cumplido tan fino, que ni el Vizconde se hubiese esplicado con mas delicadeza. Clemencita, si no venís, me retiro, aunque me pesa de veras dejar tan buena compañía; pero la lotería estará impaciente con mi tardanza.
-- Mil veces os he dicho, Sir George, dijo Clemencia cuando estuvieron solos, que gastais en balde vuestra refinada ironía; por desgracia yo soy la sola á quien llegan y hieren sus tiros. Buenas noches, Sir George.
-- Señora... ¿me echais?
-- A esta hora salgo ó cierro la puerta de mi casa.
--¿No quereis hablar conmigo un momento siquiera, libre de las trabas de esos importunos, que me hacen estar en vuestra presencia frio como un estraño, cuando solo quisiera estar á vuestros piés como el mas apasionado amante? ¿Me aborreceis, pues, Clemencia?