Clemencia: Novela de costumbres
Part 14
Salia en este momento al patio Clemencia, pues en el retiro de sus habitaciones habia penetrado algo de las voces y del ruido del galope de los caballos; al verla, Pablo esclamó:
--¡Abraza á mi tio, Clemencia, abrázalo por tí y por mí!
Y saltando sobre el caballo en pelo, partió cual un rayo á llevar la fausta nueva á los interesados.
-- Pablo me ha dicho que os abrace, padre, en su nombre y en el mio, dijo Clemencia al entrar en la sala. ¿Porqué?... ¿qué ha sucedido? ¿qué pasa aquí?
-- Empieza por hacer lo que te ha encargado Pablo, Malva-rosita, respondió D. Martin, que sabiendo era apagado el fuego, y con la buena accion que habia hecho, estaba en su habitual buen humor. Uno por tí -- así; bien:--¡otro por él! -- así! Pensó bien en transmitírmelo por tí, pichona; que así ha ganado ciento por ciento, añadia abrazando á su nuera.
--¿Pero qué sucede? preguntó Clemencia admirada de cuanto veia.
Entónces las criadas todas, y á la par, empezaron á referirle lo ocurrido, llenando á su amo de bendiciones y derramando lágrimas. Clemencia se volvió á echar en los brazos de su padre, sin poder hablar una palabra.
--¿Ves tú? le dijo este al oido, ¿ves, Malva-rosita, cómo es bueno ser rico?
--¡Mejor es bueno! contestó ella.
-- Uno y otro, repuso D. Martin. Para hacer una buena obra en forma, se necesitan tres cosas, pichona; la ocasion, los medios y la buena voluntad; es como la Trinidad. Tres en uno. ¿Estás? ¡Ea! añadió en recia voz dirigiéndose á las criadas; basta ya de aspavientos; ¡callarse! No parece sino que he hecho alguna cosa del otro juéves. Ea, señora, -- dijo á su mujer que habia quedado impasible, mirando lo que habia hecho su marido como la cosa mas natural y sencilla, -- mande Vd. estos cansados cencerros que me tienen atolondrado, cada una á su obligacion. Mira, María Bódrios, añadió dirigiéndose á la cocinera, si está pegada la olla, te advierto que te despido. ¿Qué hay que comer?
-- Lomo, señor; y carnero dorado.
--¿No hay aves?
-- No señor.
-- Pues que no vuelva á suceder: te tengo dicho que cuando no haya ave de tiro eches mano á las del corral; que carne de pluma quita del rostro la arruga; pero tú tienes memoria de embudo, y yo no soy reloj de repeticion, ¡caracoles! Mira que para la cena quiero pollos.
-- Martin, acuérdate de que de penas y cenas están las sepulturas llenas, dijo doña Brígida.
--¡Qué... señora! Mascar miéntras ayuden los dientes, respondió el marido.
Las criadas se fueron.
--¡Válgame Dios, Martin! le dijo su mujer, nunca tienes presente que poca hiel hace amarga mucha miel.
-- Es que la moza mala hace al ama brava, señora.
-- Tambien se dice, Martin, que el amo majestuoso hace al criado reverencioso.
--¡Jesus, señor! esclamó entrando lleno de entusiasmo Miguel Gil que venia del cortijo; no se ha visto otro como el señorito. Aquí me entro, aquí me salgo por entre las llamas, como si fuese de hierro! aquí corta un tajo, allí un reves; ¡zas! en un decir tilin habia apartado las gavillas sanas poniéndolas al lado del viento; que _asina_ las llamas le volvian las espaldas. A este le llama, á este le empuja; á todos les da su tarea; al uno echar agua, al otro echar tierra, y él siempre delante y sin quemarse. Señor, no parecia sino que las llamas le conocian. ¡Cristianos! ¡todo tan acertado! no parecia sino que en su vida habia hecho otra cosa que apagar incendios. Y no se lo dijo nadie, fué de su metro. El pobre del tio Andino por salvar sus gavillas se metió por medio, tropezó y cayó. No bien lo vió el señorito, que allá se va, coge al pobre viejo y carga con él como San Cristóbal con el niño; pero su ropa venia ardiendo. Entre todos le cojimos y ahogámos el fuego; tenia el pelo chamuscado, las manos quemadas y la cara tan encendida que se podian tostar habas en ella. ¡Caballeros! no se vió otro mas arrojado: á él se debe que no haya ardido todo. ¡Vaya, señor, el señorito es todo un Bernardo, todo un hombre! por fin, ¡un Guevara, señor! y de tal palo... tal astilla.
-- Sí, sí, dijo D. Martin, bien haya la rama que al tronco sale.
-- Sí, Pablo es completo, dijo su tia, el oro siempre reluce.
En el mundo suspicaz y entremetido, es cierto que tanto D. Martin como Doña Brígida se habrian puesto á observar el efecto que producian sobre Clemencia los justos elogios tributados á Pablo. Pero en aquel círculo sencillo y sincero no sucedió así; solo se pensaba en lo actual: este llenaba el corazon y la mente, sin dejar espacio á la observacion ni al cálculo sobre las impresiones que causaba. Triste ventaja del uso del mundo es la de tener cada cosa su avan ó retaguardia; dulce prerogativa de la vida sencilla, aunque ménos pulida, es el perfecto acuerdo entre el alma, el corazon y la cabeza, que forman un todo espontáneo y sincero como la luz del sol.
Clemencia, en quien hubiera la observacion producido mal efecto, y originado, cuando ménos el retraerse, pudo francamente dar rienda suelta á los sentimientos de simpática admiracion que le inspiraba su primo.
-- Pero señor, dijo Miguel Gil, con lo quemado y lo que les va á dar á los pobres, se queda su mercé ogaño sin la cosecha de ese cortijo.
-- Mas vale que sea por eso que no porque se lo llevase el frances, repuso D. Martin.
-- Dios nos lo dió, Dios nos lo quitó... El es su solo dueño, añadió doña Brígida.
-- Miguel Gil, dijo radiante Clemencia, mas vale lo que han hecho mis padres y mi primo, que cien cosechas.
-- Verdad es, señorita, respondió Miguel Gil, pues han cosechado para un granero en el que no se pica el trigo.
CAPITULO X.
D. Martin, como la mayor parte de los viejos, hablaba y pensaba en su testamento; pero en cuanto al hacerlo lo demoraba de dia en dia. Hácense quizas ilusion estos omisos de que la muerte tendrá la prudencia de respetarlos miéntras no exista este importante documento, y que les dejará treguas para hacerlo. Pero la muerte no conoce miramientos; pues si algo hay ante lo cual todos seamos iguales, es ante ella. Y si no, entrad en un cementerio; mirad las lápidas: ellas os confirmarán que la reina de aquel lugar no tiene favoritos ni desdeñados.
En un hermoso dia de Pascua de Navidad, despues de haber santificado aquella solemne y á la vez alegre fiesta recibiendo los santos sacramentos y oyendo la misa mayor, estaba D. Martin sentado en su sillon en una gran habitacion baja interior.
Veíanse en ella, puestos sobre redondeles y repartidos por el suelo en iguales porciones, los destrozos, el tocino y las morcillas de ocho puercos cebados. Uno á uno iban entrando todos los criados de campo y de la casa con sus espuertas, cargando cada cual con uno de estos montones; los capataces y criados mayores llevaban ademas pollos y cabritos. D. Martin estaba en sus glorias, recibiendo de todos al pasar delante de su amo, las hermosas espresiones de gracias populares.
-- Señor, ¡Dios se lo pague, le aumente los bienes y le dé salud para hacer obras de caridad, que son escalones de la subida del cielo!
Pasaban en esto por el patio dos hombres llevando un gran caldero, y otro con un canasto de pan; era la comida á los presos de la cárcel, á quien de diarios se la enviaba D. Martin[7].
--¡Eh! gritó este con su campanuda voz: ¿quién os corre? Acá, acá; que quiero satisfacerme por mí mismo de si todo va como debe ir.
Los hombres se acercaron.
-- Pelona, tráeme una cuchara, prosiguió D. Martin dirigiéndose á una chiquilla, veterana ya en la compañía de intrusos que reforzaban la guarnicion de la casa del rico mayorazgo.
La cuchara fué traida por el aire; pues la paciencia de don Martin era el mínimum de la dósis repartido á los mortales. Metióla el señor en el caldero que llenaban garbanzos, y por ser dia de Pascua, unos cabritos cortados á pedazos. Despues de haber gustado su contenido, meneó la cabeza y dijo: Que venga la cocinera.
-- Oye, comadre estropajo, triste fregona, le apostrofó su amo al verla venir, ¿te has figurado tú que se me han quemado los olivares?
-- No, señor; ¿porqué me dice su merced eso?
-- Porque este guiso tiene el aceite que parece que se lo has echado por el amor de Dios. Y díme: ¿por ventura se ha cerrado el alfolí en Villa-María?
-- No, que yo sepa, señor.
-- Pues entónces, reina del soplador, ¿cómo es que está el guiso este mas soso que tú?
Todos se echaron á reir, y la cocinera se fué corrida.
Entróse á la sazon, como Pedro por su casa, la tia Latrana con garbo y desembarazo.
--¿Cómo se atreve Vd. á ponérseme delante, porta-pendon de la insolencia? esclamó D. Martin indignado; ¿no sabe Vd. que no quiero verla?
-- Señor D. Martin, respondió con gran aplomo la vieja, porque un borrico dé una coz ¿se le va á cortar la pata? Vengo, como es _rigular_, en mi nombre y en el de mi comadre la tia Machuca...
--¡Sí, su comadre de Vd. la tia Pescueza! ¡pues ya!... á Vd. no es menester arrufarla para que me venga á quemar la sangre; yo, que para descanso de mi alma, la tenia á Vd. olvidada.
--¡Ya se ve! el que tiene la barriga llena, no se acuerda del que la tiene vacía. Venia, pues, como iba diciendo, á dar á su mercé las Pascuas en compañía de su esposa la señora doña Brígida, del señor Abad y de la señorita Clemencia, ese esporton de rosas.
-- Y Vd. que es uno de granzas, diga que viene en su nombre y en el de su comadre la resucitada á pedirme aguinaldos, y hablará verdad una vez en su vida, pues menea la cola el can, no por tí, sino por el pan.
--¡Jesus, señor! acá no somos capaces de hacer nada por interes, ni de valernos de esa _tartagema_: ¡vaya!...
--¿Capaces?... ¡Capaces son Vds. ambas de contarle los pelos al diablo, de sacarle los dientes á un ahorcado, de levantar los muertos de la sepultura, y de cortarle un sayo á las ánimas benditas!
--¡Pues qué! esclamó con dignidad ofendida la tia Latrana, ¿piensa su mercé que mi comadre y yo somos unas cualesquieras, ni gentes de poco mas ó ménos? No señor, somos bien nacidas y de buen tronco: aquí donde Vd. nos ve, tenemos _alcuña_; los _descendientes_ de mi comadre fueron en _años témporas_ gentes muy _empinadas_. Sus abuelos fueron sujetos muy _considerables_.
-- Pues los _descendientes_ muy empinados y los sujetos muy considerables, han engendrado una nieta que es un chapuz.
-- Un rey de España, prosiguió con prosopopeya la genealogista, les puso nombre _Machuca_, de puro _machucar_ moros.
-- Y yo le pongo el de Machaca, de puro machacar cristianos.
-- Por lo que toca á mí, prosiguió irguiéndose la tia Latrana, ha de saber su mercé que el _árbol de la generacion_ de mi casa dice que fueron ántes de destronados mis abuelos, y cuando estaban en su solio, muy _emperantes_, y que eran entónces los Ramirez Várgas, piernas de santo.
-- Pues lo que les ha quedado de sus grandezas á los Ramirez Várgas, son narices largas, ¿está usted? Dejémosnos de padres y abuelos, y seamos nosotros buenos. Por ser hoy el dia que es, no me puedo negar á socorrer á Vds., que son hoy, no piernas de santo, sino patas de gallo con espolones! pero, tia _Emperante_... ¡una y no mas, señor San Blas! -- Juana, prosiguió D. Martin llamando al ama de llaves, dá á esta _pierna de santo_ una de cabrito, dos hogazas de pan, dos libras de tocino; y váyase la _considerable_ á donde el humo en dia de levante.
La vieja siguió á Juana, y volvió cargada con los donativos atestados en una espuerta.
-- Ahora, tia destronada, dijo D. Martin; ponga usted de proa sus narices hácia la puerta, escúrrase con viento en popa, y múdese liberal.
--¿Qué está Vd. ahí parada como mojon de término? preguntó el señor, viendo que la vieja no se movia.
-- Señor, queria decirle á su mercé que este pan es duro.
-- Mas vale Duranda que no Miranda, señá Ramirez Várgas.
-- Pero como á mi comadre le falta la _denticion_...
-- Que la pida prestada.
-- Señor, es que hay allí pan tierno; y Juana me dió el duro por mala voluntad.
--¿No sabe Vd. que una de las tres verdades del barquero es, el pan duro... duro... mas vale duro que ninguno?
-- Señor, habia allí unas teleritas mas tiernecitas, y cogí una, y Juana...
--¡Caramba con la tia rapiña esta, que lo que sus ojos ven, sus manos águilas son!
-- Pero, señor, ¡si yo y mi comadre estamos como las gallinas del tio Alambre, que las despertaba el hambre!
-- Lo que están Vds. es como las gallinas del tio Rincon, que saltaban siete corrales por conversacion.
-- En fin, señor, le he advertido lo del pan duro por si no lo sabia; y tambien le advierto que este tocino no tiene las dos libras cabales, y que no es de _buena parte_.
-- Pues lléveselo Vd. á su sobrino que está ahora _Emperante_ en Francia. ¡Caracoles con la zorzala esta, que tiene agallas para ciento, y es mas desagradecida que tierra de guijo! Pues ¿no seria acaso menester engordarle los cochinos con almendras, y amasarle el pan con leche á esta pierna de santo? ¿Por qué viene Vd. con esa voz que me suena á campana cascada, á atolondrarme los oidos si no le satisface lo que le doy? ¡Caracoles! que siempre la mas ruin oveja se ensucia en la colodra.
-- Vengo, señor D. Martin, porque es su mercé rico, y que mas da el duro que el desnudo; que si no... ¡en la vida de Dios habia de aportar por aquí! pues por una de miel, da su mercé tres de hiel.
--¡Por vida de la Vírgen del Lagar! esclamó colérico D. Martin, que me ha de hacer Vd. sentir el ser rico. ¡Vaya Vd. muy con Dios, tia espantajo! con esa cara que siempre parece que está probando vinagre, y esa cabeza erizada que parece una parva de arvejones. Sobre que cuando veo á Vd. me queda todo el dia una hiel y un asombro como si hubiese visto al demonio.
--¡Jesus, señor! pues yo no soy ningun _Eron_, dijo muy picada la vieja.
-- No, ¿para qué? Es Vd. mas fea que el tio Molino, que le dieron el óleo en la nuca, porque de feo no se lo pudieron dar en la cara.
-- Pues ¡muy buenos quince que tuve, Señor, D. Martin! y cuando volvió mi Juan de la guerra de _Pepiñá_ para casarse, me dijo que no habia visto por allá mejor hembra que yo.
-- Si fuese eso cierto, habria mentido el refran que dice que quien tuvo, retuvo... pues lo que es ahora, mas que fuese un valiente de la guerra del Rosellon, se habia de asustar al verla. Ea, coja usted dos de luz, y cuatro de traspon.
-- Pues quédese Vd. con Dios, señor D. Martin, el Señor se lo pague y le aumente los bienes, y sobre todo la buena voluntad. Memorias á la señora y á la señorita; y mandar, señor D. Martin.
-- Señor, le dijo el ama de llaves, presentándole dos grandes platos de loza sevillana, que contenian masa frita y bollos de aceite; esto han mandado las mujeres del yegüerizo y del temporil. No están muy allá ni los bollos ni los pestiños: ¿los pongo en la mesa?
-- Sí, sí, repuso el señor, que en la mesa del rey la torta ajena parece bien.
-- Eso se ha hecho con la harina y el aceite que les mandó su mercé repartir, observó Juana.
-- Podrá ser, mujer, y que hayan tenido presente aquello de á quien te da el capon dále la pierna y el alon.
D. Martin se levantó, atravesó el patio para ir á la sala, cuando al pasar frente del porton se encontró con la tia Latrana, que retrocedia en su retirada.
--¡El demonio se pierda y Vd. tambien! esclamó sorprendido: ¿no lleva Vd. todavía bastante, tia sanguijuela?
-- Señor, mire su mercé que el frio que hace, pela, corta la cara y lastima la cabeza; vea su mercé el pañolon mio todo destrozadito, dijo la vieja cogiendo el pico del pañolon que llevaba sobre la cabeza, y estendiéndolo á la vista de D. Martin; déme su mercé un pañolito que me abrigue, señor; que por eso no ha de ser su mercé ni mas pobre, ni mas rico.
-- Pues si no ha nada de tiempo que le dió á usted la señora uno suyo.
-- Verdad es, señor; pero lo que otro suda, á mí poco me dura: ¿es _rigular_, señor, que yo me muera de frio?
--¿Y es _rigular_ que sea yo su abastecedor general, tia cáustico?
--¿Y cómo ha de ser, si su mercé tiene, y yo no? Yo he de buscar arrimo; que el que no tiene sombrajo, se encalma; y los ricos son los que matan ó sanan á quien quieren. Mejor librado sale su mercé, que mas vale tener que no desear.
-- Ya por hoy me ha sacado Vd. bastante, y ha acabado con mi paciencia, dijo D. Martin, volviéndole la espalda.
--¡Jesus!... ¡y qué _ipotismo_ gasta su mercé hoy! murmuró marchándose la tia Latrana.
Aquel dia en la comida estuvo D. Martin mas campechano que nunca.
-- Oye, Juana, preguntó al ama de llaves, ¿me querrás decir quiénes eran los que componian aquella reana de gente que visoré en la cocina?
-- Señor, la tia de la cocinera, el primo de Miguel Gil, una sobrina de mi cuñada, la nuera del cochero...
--¡Ya, ya, ya! y allí estaban por aquella regla de un convidado convida á ciento. Tráeme este á la memoria, que andando Nuestro Señor por el mundo, con sus apóstoles, le cogió la noche en un descampado. -- Maestro, ¿quereis que nos recojamos á aquella choza? le dijo San Pedro. -- Bien está, respondió Jesus.
Llegaron á la choza; en la que habia un viejo que les dió albergue con muy buena voluntad, y les ofreció de cenar. Estando cenando, llegó uno de los discípulos.--¿Qué se ofrece? preguntó el viejo. -- No hay cuidado, dijo San Pedro, es de los nuestros. -- Sea en buen hora, dijo el viejo, que tenia crianza:--¿Vd. gusta de cenar? Le cortó un canto de pan, y el apóstol se sentó á la mesa. A póco entró otro y despues otro, hasta completar los doce, y con cada cual sucedió lo propio. ¡Vaya, pensaba el viejo de la choza, paciencia! ¡cómo ha de ser! Un convidado convida á ciento. A la mañana siguiente le dijo San Pedro al viejo: -- El que has albergado es Nuestro Señor; desea tú una gracia; que se la pediré en tu nombre. El viejo de la choza era gran jugador de naipes; así fué que le pidió sin pararse, ganar siempre que jugara: lo que se le otorgó. Cumplido que hubo el viejo su tiempo, le dijo el Señor á la muerte que fuese por él. Cuando el viejo vió llegar á la muerte, estuvo muy listo á seguirla; porque era lo propio que yo, nunca habia sido pesado para nada. Al caminar por esos aires vió á una pareja de demonios que se llevaban al alma de un escribano. ¡Pobrecito! pensó el viejo, que tenia buenas entrañas; el Señor padeció por todos sin escluir á los escribanos.--¡Eh! ¡cornudos galanes! gritó á los diablos, ¿se quiere echar una manita de tute? Los diablos que se despepitan por una baraja, como que ellos fueron los que las inventaron, acudieron como pollos al trigo. -- Pero ¿qué se juega, preguntaron los demonios, puesto que no llevas dinero? -- Verdad es, contestó el viejo; pero juego mi alma, que es de las buenas, por esa que llevais ahí, que no vale un bledo: salís gananciosos. -- Verdad es, dijeron los diablos, y se pusieron á jugar. Por de contado ganó el viejo de la choza, y cargó con el alma del escribano.
Cuando llegaron arriba, le dijo San Pedro: Viejo de la choza, ya te conozco; puedes entrar. Pero, ¿qué es esto? ¿no vienes solo? ¡qué alma tan negra viene contigo!
-- No señor, no vengo solo; que la compaña dicen que Dios la amó. Esta alma está manchada de tinta porque es de escribano.
-- Pues alma de escribano, no entra en el cielo; cuela tú solo.
-- Cuando estuvieron Vds. en mi choza, me soplaron otros doce sin pedirme licencia: con que bien puedo yo hacer lo propio con uno; que un convidado convida á ciento, dijo el viejo de la choza, metiéndose dentro con su amparado.
D. Martin comió opíparamente. Al gustar el pavo de Pascua que estaba perfectamente cebado con nueces é igualmente asado, mandó comparecer al ama de llaves, á cuyo cuidado eran debidas ambas escelencias.
-- Juana, le dijo, el pavo está que mejor no cabe, te doy la patente, mujer, y este vaso de vino para que te lo bebas á mi salud y á la tuya, para que el año que viene cebes y ases otro semejante, y yo me lo coma.
--¡Que viva su mercé mil años! dijo Juana, tomando el vaso que llevó á los labios.
-- Mil no serán, pero una docenita me parece que han de caer dejándome en pié; pues mas fuerte me siento que la torre de la iglesia. Verdad es que se gastó el acero; pero queda el hierro.
Una unánime aclamacion de alegría y contento acogió estas palabras, cual una bendicion del porvenir.
D. Martin en este instante se echó hácia atras en su sillon y dió un ronquido.
--¿Qué es esto? esclamaron todos levantándose.
-- Que vayan por el santo óleo, dijo el Abad, abalanzándose á su hermano.
-- Que vayan por el sangrador, añadió Doña Brígida, desabrochando el cuello de la camisa de su marido que estaba cárdeno.
Pablo se precipitó fuera del comedor.
No alcanzaron ni el auxilio divino ni el humano.
Cuando llegaron, D. Martin no existia; la muerte habia sido instantánea. El pavo humeaba todavía sobre la mesa; en la copa de Juana estaba aun la mitad del vino que habia contenido, y cuya otra mitad habia bebido á la larga vida de su amo.
Es indescribible el desconsuelo, que como una lúgubre noche, se esparció en la casa y por todo el pueblo. Era una afliccion tan profunda y general como no pueden concebirla aquellos que no han visto á un rico, á un poderoso, invertir sus pingües rentas, no en gozar, brillar, ni _darse tono_, sino en obras de caridad y llegar á ser por este medio el padre y el amparo de todo un pueblo humilde. Así fué, que la noticia de la muerte de D. Martin no vino en los periódicos; pero corrió de boca en boca como un prolongado lamento. En su entierro no hubo una larga fila de vistosos coches; pero sí una larga fila de pobres desconsolados. Sobre su tumba no se pronunciaron elocuentes panegíricos; pero vertieron lágrimas muchos ojos, y oraciones muchos labios: no se le puso un elocuente epitafio compuesto por un sabio latino; pero en boca de todos estaba este epitafio:
AQUI YACE EL PADRE DEL PUEBLO.
Doña Brígida estaba serena en su afliccion como competia á la anciana, que viendo cortado el último lazo que ata su corazon á la tierra, se lo ofrece á Dios quebrantado, pero entero.
El Abad no hacia esfuerzos por ocultar su afliccion mansa, profunda y santa como él.
Clemencia y Pablo estaban inconsolables. Al pié del féretro del escelente hombre á quien lloraban, comprendieron mutuamente la fuerza y riqueza de sus respectivos sentimientos. Allí Clemencia deshecha en lágrimas, apretaba entre las suyas las muertas manos de su padre, como si quisiera comunicarle por sus poros su propia vida; y allí Pablo no hallaba palabras de consuelo, convencido de que el dolor solo se alivia dejándole libre y árbitro de desahogarse segun su inspiracion.
Al dia siguiente salió de su casa el querido y venerado cadáver ¡ay! no para descansar, sino para ser pasto de la corrupcion, que no dejará de él sino los huesos esparcidos, algun cabello y algun jiron de la tela que vestia, ménos corruptible que el cuerpo humano... y ¡nada mas! Es cierto que el alma voló á su patria; pero.., ¿acaso no se ama al cuerpo de las personas queridas? ¿Quién no adora la venerable mano del padre que le bendijo? ¿Quién no los dulces ojos de la madre que le sonreian?
Pasaron estos fúnebres dias, venciendo el tiempo aquel desesperado primer dolor, debilitado por su propia violencia; los ojos, cansados de llorar, se cerraron; los nervios destrozados de su escitacion se postraron, y el sueño obtuvo la primera tregua. Un hondo silencio sucedia en aquella casa á los tristes gemidos; una inmovilidad austera á la febril y desatinada agitacion anterior; todo allí era negro en el esterior como en los ánimos. Pero la vida activa arreaba, y ya se decia: _¿Quién es el dueño de aquel caudal?_
¡Oh triste mundo! ¡Cuál empinas los intereses materiales, que ni aun le concedes unas treguas para abstraerse, y ensimismarse, al que es presa del dolor, siquiera en tanto que lleva su librea!
Doña Brígida habia entregado al Abad las llaves del archivo y demas depósitos de papeles. Este convocó una mañana á toda la familia; cuando estuvieron reunidos, los habló así: