Clemencia: Novela de costumbres
Part 13
-- Sí, las tres Marías, repuso D. Martin; María Satanas, María Barrabas y María de todos los diablos. Pues ¿querrán Vds. creer que me vino á pedir la baratera esa? Pero no tuve mas que mirarla, y ¡qué ojos no la echaria yo, cuando la monfí esa se zurró y se mudó un poquillo! Les tengo odio y mala voluntad á la Latrana, á la Machuca y á la Tarasca, que son tres personas distintas y una sola _indinidá_.
-- Hermano, dijo el Abad, dice Chateaubriand que el odio que tenemos á los demas, nos es mas perjudicial á nosotros mismos que á ellos.
-- Por demas lo sé, repuso D. Martin, sin que tenga que enseñármelo un gabacho: así es que habia de dar veinte pesos porque la tia Sátira esa me aborreciese; y otros veinte daria porque ella me hiciese gracia á mí. Tú, hermano, que ruegas todos los dias por la estirpacion de las herejías, porque son tus enemigas, déjame á mí rogar por la estirpacion de las viejas zafias que lo son las mias.
-- Martin, no hables tanto en contra de las viejas; que yo lo soy, dijo pausadamente Doña Brígida.
-- Señora, contestó D. Martin, para mí es Vd. hoy tan real moza como lo era el dia en que me casé.
-- Pues para mí eres un anciano, Martin, repuso su mujer; y como estos me agradan, has acertado en envejecer.
-- Pues, señora, así todo está bien y al gusto del monarca; y yo mozo ó viejo, siempre dispuesto á hacer lo que me mandeis, contestó el galante marido. Pablo, hombre, ni bebes ni comes: no parece sino que te han dado garrote. ¡Mire Vd. eso... que digiere tantos libracos, y no puede digerir un toston! Cada vez que recuerdo aquel comer infinito tuyo... Pues eras hondito para engullir: tanto que solia decirte yo: coma Vd. señor Vicente, pero cuidado que no reviente. ¡Y ver que ahora no te comes en una semana lo que entónces te comias de una sentada!...
-- Martin, dijo Doña Brígida; cuando tanto comia Pablo, era en las temporadas que nos venia á ver; de esto hay diez años; entónces estaba creciendo; y es sabido que cuando crecen, comen mucho los muchachos.
-- Y cate Vd. ahí por lo que creció como la yerba; que crece de noche y de dia, dijo D. Martin.
-- Ello es que en todo te has de meter, Martin; hasta en si comen mas ó ménos las personas sentadas á tu mesa.
-- Señora, es porque la boca española no se puede abrir sola; y no me gusta comer con gentes que tengan enginas: no me sabe la comida con tanto desganado. Mas á gusto comia yo cuando Pablo se ponia á engullir, que era menester silbarle para que parase. Entónces tambien dormia el sueño de San Juan, que duró tres dias; y mas profundo que una sima; de manera que eran menester los clarines de la ciudad para dispertarlo: ahora trasnocha con los libracos, ¡por via del atun salado! Si fuera siquiera por una buena moza...
-- Señor, dijo Clemencia interrumpiendo á su suegro, ¿con que creeis de veras que el leer sea anti-estomacal?
-- Por supuesto, Mari-sabidilla, respondió Don Martin; lo que es á tí, te voy comprar un birrete de doctora como el de Santa Teresa, con el que estarás mas bonita que lo que está aquella en el altar. Siempre he dicho yo que los encuadernados roban el calor al estómago. Pues mira, Pablo, ¿á que con tanto quemarte las pestañas sobre los que visten de pergamino, no sabes una cosa que te tenia mas cuenta saber, que no lo que enseña el estudio de lo fino?
--¿Y qué cosa es esa, señor? preguntó Pablo.
-- Lo que aprovecha mas á la tierra que bendicion de obispo.
-- Será la de Dios.
-- Calla, hombre, que lo que se platica es de tejas abajo.
-- No caigo, tio.
--¿No lo dije? ¡Maldita la cosa que sirve el atragantarse de latines, ni hincharse de términos curruscantes!
-- Hermano, dijo el Abad, esta pregunta tuya me recuerda por su analogía el lance acaecido á un quinto valenciano, que habiendo llegado á una ciudad, entró en la primera tienda bien alumbrada que se le presentó, que acertó á ser una botica. ¿Qué se vende aquí? preguntó. -- De todo, contestó el boticario. -- Pues sáqueme Vd. unas alpargatas, dijo el quinto.
--¡A ver! ¡á ver! esclamó riéndose D. Martin, ¡á ver el señor Abad, cómo se nos viene con un chascarrillo! Vaya, me alegro, hermano, de que la sangre andaluza no te se haya latinizado en las venas. _Lo que natus es, negar no potes_; que yo tengo para una ocasion un latinajo en conserva.
Pablo y el Abad se echaron á reir.
--¿Qué? ¿no está bien dicho? preguntó D. Martin; pues yo así lo he oido decir; desde entónces acá habrán sacado latines mas pulidos, no me opongo. Pero hágote saber, hermano, que á Pablo le tiene mas cuenta y le vienen mejor las alpargatas del quinto, que no los potingues del boticario. Así ten entendido, Pablo, y no lo eches en saco roto, que para la tierra, lo que vale mas que bendicion de obispo, es majada de oveja. Hermano, esto es un decir, un ponderar; no vayas á tomarme á censo lo que digo, ni por donde quema.
-- Ya sé, ya sé, Martin, respondió el Abad, ¿acaso piensas que me iré yo á escandalizar por las cosas que no llevan malicia? Eso queda bueno para los fariseos, hermano.
CAPITULO VIII.
Pablo no pudo dormir aquella noche. ¡Tenia tanta inquietud!... Sentia hácia Clemencia una compasion tan profunda y tan tierna, y hácia el que pudiese ser causa de sus lágrimas, ¡una ira tan vehemente!
Pero al dia despues todo se le aclaró, cuando su tio llamándole á su despacho, le habló en estos términos:
-- Pablo, hombre, tienes veinte y ocho años y ojos en la cara.
-- Sí, señor, uno y otro, -- contestó Pablo, que era grave, sonriendo friamente como solia hacerlo, oyendo las salidas y chistes de su tio que no siempre le hacian gracia, sin que por eso le ofendiesen, aunque le fuesen hostiles; porque á un genio angelical unia Pablo sobre su tio la inmensa superioridad física y moral de la juventud y de la inteligencia.
-- Pues si así es, prosiguió D. Martin, no te parecerá mi Malva-rosa costal de paja, ¿eh?
--¡A mí! esclamó Pablo, pasmado de la pregunta.
-- Pues, sobrino, ahora es el caso de decir aquello del mas ruin de la manada... aceitera... aceitera... porque he pensado que os caseis; y así todo se queda en casa.
Pablo se quedó estático. Nunca semejante felicidad le habia pasado por la imaginacion. Su corazon latió con un goce indecible; pero de repente pararon estos latidos tan dulces, porque penetró en seguida con la lucidez de su entendimiento y la modestia de su carácter, que las lágrimas que habia vertido Clemencia, no tenian ni podian tener otro orígen que la repulsa que una propuesta semejante hecha por su tio, le habria causado; y para cerciorarse preguntó á este:
-- Pero señor, vuestro proyecto podria no agradar á Clemencia: ¿acaso sabeis lo que diria?
-- Lo sé, señor mio, contestó D. Martin: lo primero que hice fué decírselo á ella.
--¿Y qué respondió? preguntó Pablo con ansia.
--¡Toma! ¿qué habia de responder? que sí. ¡Pues qué! novios como tú ¿se hallan acaso detras de la puerta? El mayorazgo de la casa de Guevara, aunque no sea muy bonito que digamos... ¿tiene que temer un no? Ademas mi Malva-rosa sabia que yo lo deseaba.
--¿Y ha dicho que sí? insistió Pablo.
--¿Hablo _estranjis_, mi amigo? Ya te he dicho que se lo dije primero, pues en cuanto á tí, ya sabia que no me habias de decir que no.
-- Pues siento decíroslo, tio, -- dijo Pablo en tono sereno y decidido; -- pero os habeis equivocado.
No le es dado al artista mas hábil característico, dibujar una cara en que mas marcada y enérgicamente se pintase el asombro, que lo fué en la de D. Martin al oir á su sobrino.
Ambos quedaron largo rato callados. Pablo como el prudente marino, que en el momento de calma que precede á la tormenta, arría las velas que sujeta, para prepararse así á sufrir la borrasca sin resistir ni ceder, se armó á la vez de paciencia y de firmeza. ¡Pobre Clemencia!... pensaba; ¡ángel que se sacrifica con una sonrisa, á un deseo que respeta; y llora sin mas testigos que sus flores que se marchitan al verla llorar! No seré yo el que abuse de tu condescendencia, porque eres sumisa; que oprima tu voluntad, porque eres dócil, ni avasalle tu libre albedrío porque eres débil! ¡No! siempre tendrás en mí quien te defienda con firmeza, aunque sea contra mi mismo corazon.
--¡Qué! esclamó al fin D. Martin, ¿tú rehusas una Ponce de Leon, á la viuda de tu primo, mi hija, con veinte y dos años, el parecer de una Santa Rosa, y las virtudes de una Santa Rita? ¿Y porqué?
-- Señor, tanto ó mas que vos reconozco los méritos sobresalientes de Clemencia; y es á punto que estoy persuadido que merece ser unida á un hombre que valga mas que yo.
--¡A otro perro con ese hueso! ¿Me querrás hacer creer que desechas el plato que te se brinda, por demasiado bueno, y la boda que te se propone, por demasiado ventajosa? ¡Anda, déjate ir!... que malo seas y bien te vendas.
Pablo titubeó un momento sobre lo que habia de decir: sabia que su tio no habia de apreciar ni admitir la verdadera razon, que le llevaba á rehusar; y no hallando otra que dar, dijo lacónicamente:
-- Señor, ello es que no me puedo casar.
-- Pero... ¿porqué? Las cosas claras. ¿Porqué?
-- Tengo mis fundados motivos, tio, y deseo que no me los pregunteis.
--¿Estás quizas, sin yo saberlo, mal entretenido?
-- No señor, esclamó con vehemente sinceridad y marcado hastío, Pablo.
--¿Estás quizas enfermo?
Pablo se detuvo un momento, y luego contestó:
-- Creo que sí, señor; y si no lo estoy, estoy aprensivo. Sabeis que mi hermano murió del pecho; no creo que tampoco el mio sea fuerte; y los médicos me han aconsejado que no me case hasta robustecerme, pues me espondria á que mis hijos naciesen débiles y enfermizos.
--¿Y qué Galenillo te ha dicho semejante mormajo?
-- Un facultativo de Sevilla.
-- Pongo mis narices á que será un homeopato ó un homeoganso.
-- Es, señor, un médico de gran saber y esperiencia, sea cual sea su sistema.
-- Pero... ¿tú, qué sientes? preguntó D. Martin, que era un antagonista de mano pesada.
-- Señor, -- contestó el pobre Pablo, fatigado con la insistencia de su tio, y no pudiendo ya retroceder: -- no me siento precisamente malo; pero tampoco enteramente bueno: estoy caido, alguna vez me siento débil, otras tengo el pecho oprimido y penosa la respiracion.
--¡Débil! esclamó D. Martin. ¡Por via de Chápiro Valillo! ¡Un angelito que derriba una res como un castillo de naipes, y doma y amansa un potro cerril como si fuese un burro derrengado! ¡Débil tú!... cuando estoy para mí que si te se antoja zamarrear una de las columnas del patio, quedamos todos aplastados como los Filisteos!
-- Señor, mi hermano domaba potros y derribaba reses, y murió ético. Me han prescrito un régimen preventivo.
Pablo ocultaba que habia sido este mal de su hermano originado por un golpe que recibió en el pecho cayendo del caballo.
--¡Régimen!... ¡Ponerte tú que eres un Bernardo, en cura! ¡El demonio se pierda! ¡Pues qué! ¿no sabes que camisa que mucho se lava y cuerpo que mucho se cura... poco dura?
-- Señor, considerad, dijo Pablo con firmeza, que en ninguna cosa debe el hombre someterse ménos á sugestiones ajenas que en punto á su casamiento.
D. Martin calló; no estaba convencido; pero por otro lado no concebia que pudiese existir otro móvil para la estraña conducta que observaba Pablo.
--¡Vea Vd., -- pensaba, -- un moceton como un trinquete, un jastial como un loma, un gran largo como un pino, darla de enclenque y echarla de Licenciado Vidriera! Meterse en la chola que está ético, con unas espaldas como una plaza de armas, y un pecho como un palomo buchon! ¡Tal manía! Aquí hay intringulis. ¿A qué le quito las aprensiones, le saco la puya al trompo y se descubre el busílis?
Y así el despótico y obstinado señor volvió al combate con nuevas armas.
-- Yo habia pensado, dijo, que de la manera que te he indicado se arreglaria todo lo perteneciente á mi herencia. Pero puesto que ahora salimos con que tú, que yo creia robusto como un roble, tú que yo creia un Bernardo, eres un sibibil, estás achacoso como una monja, aprensivo como una vieja, y no puedes tomar estado por temor de que los hijos que tengas sean unos cangallos, ten entendido que siendo Clemencia mi nuera, á quien quiero como á hija, le dejo, -- por justicia que á ello me obliga, y por cariño que á ello me induce, -- no solo cuanto libre tengo, sino la mitad del mayorazgo, de la que por la ley de ahora puedo disponer.
Pablo respiró libremente al ver la cuestion traida sobre este terreno.
-- Tio, señor, esclamó con espansion, nada mas justo, natural y debido. Si no hubieseis pensado en ello, yo os lo habria recordado, y os hubiese rogado que lo hicierais.
Léjos de apreciar la generosidad que demostraba la respuesta de Pablo, D. Martin ya contrariado, y ahora vencido hasta en sus últimos atrincheramientos, se encolerizó creyendo que el despecho llevaba á Pablo á hacer alarde de una indiferencia despreciativa por la herencia que debia dejarle; así fué que le dirigió exasperado esta amenaza:
-- Es que quizas me sea fácil, hoy que todo anda manga por hombro, sacar cédula real para dejárselo todo.
--¡Ojalá y lo hagais! respondió Pablo con una benévola sinceridad que dejó á D. Martin confundido, puesto que no sospechaba el móvil de la conducta de su sobrino, y que aun dado caso que lo hubiese sospechado, no lo habria creido, no alcanzando á comprender el buen señor que por amor se renunciase al amor.
-- Mira, Pablo, le dijo levantándose colérico é indignado, yo no te creia muy cuerdo, ni aun despues de las tragantadas de latin que te echas al coleto por receta de mi hermano; pero no te creia, ¡vive Dios! tan animal. Atente á las resultas; pues quien bien tiene y mal escoge, por mal que le venga, no se enoje.
Diciendo esto se salió bufando.
D. Martin por primera vez se halló _apurado_; no sabia cómo salir del paso y desengañar á su querida Clemencia. Era tal el encanto que su Malva-rosa ejercia sobre él, que se estrenó á los setenta y ocho años á callar algo por delicadeza, pues este algo era un desaire á su hija; pero este asunto de por sí tan irritante, herméticamente encerrado en su pecho, le ahogaba, le agitaba, le ponia fuera de sí, y le hacia exhalar su bílis contra Pablo, cuando se hallaba solo, en estos términos:
--¡Yo un entripado!... ¡En mi vida me he visto en otra! ¡Y por causa de Pablo, de ese mostrenco, mas fornido que un canto, mas robusto que un roble: ese aprensivo del diantre, que se cree á puño cerrado, porque se lo ha dicho un Galenillo, que sus hijos van á heredar un mal que el padre no padece! Su padre siempre fué mas rudo que una carrasca; y lo mismo es el hijo; hizo mil barbaridades, y lo mismo hace el hijo; pues sabido es que por donde la cabra salta, salta el chivo. ¡El demonio se pierda! ¡Si esto no se puede creer! ¿Si será que no le gusta mi niña? ¡Qué! eso no puede ser; seria preciso que en lugar de ojos tuviese cristales en la cara; y en lugar de corazon tuviese una teja en el pecho! No, nada: es que erró su vocacion, que debia ser la de fraile mendicante, ya que ni quiere mujer ni quiere herencia.
Las personas amigas de ceder, ó por complacencia adquirida, ó por buena inclinacion natural, corren el riesgo en este pícaro mundo en que de todo se abusa, de que esto se haga con su condescendencia, y que se llegue á mirar como imposible, ó al ménos se tache de insubordinacion, el que en circunstancias dadas, cuando á ello les obliga su conviccion, se opongan á la voluntad ajena; y si alguna vez quieren hacer valer el derecho á su personalidad, se grite como si ese derecho fuese una usurpacion.
Por su parte, viendo Clemencia que su padre nada decia, esperaba que habria desistido de su intento, y en su corazon, con la esperanza de que así fuese, renacia la alegría. Nunca sospechó que hubiese podido rehusarla Pablo; tanto á causa de aquel secreto instinto de las mujeres, que aun cuando les contraríe, les avisa la impresion que causan, como porque juzgaba un imposible el que se opusiese Pablo á la voluntad de su tio.
D. Martin al cabo de quince dias, volvió á hablar con su sobrino, á quien halló tan firme y tan decidido en su negativa como la vez primera. Entónces dijo á su nuera con esa delicadeza que enseña el verdadero cariño:
-- Malva-rosita, vi que mi proyecto no te agradaba: así no hablemos mas de eso. No te separes de mí; en lo demas, haz tu real gana; que cuando yo falte, no tengas cuidado...
--¡Oh, padre! esclamó Clemencia, llenándose sus ojos de lágrimas.
-- No digo que no me sientas; ya sé que me sentirás. Pero, hija mia, los viejos tenemos que ir por delante, y los duelos con pan son ménos; así es, que te ha de quedar--¡por vida mia! -- para que arrastres coche.
--¿Yo coche, señor? Si los aborrezco, lo sabeis. No, no penseis en eso.
-- Pues será para moños.
-- Señor, sabeis que no me gustan.
-- Pues para brocados, como te mereces.
-- Señor, Calderon dice: el cuerpo lo viste el oro, pero el alma la nobleza.
-- Pero no dice, y debia decirlo, que el alma vestida de nobleza está mejor en un cuerpo vestido de oro, que no en uno vestido de guiñapos, ¿estás, Mari-sabidilla?... qué te nos vienes con testos de escritura. Así tendrás dinero, y lo tendrás, sí, para otra cosa no, para echarlo por la ventana. ¿Si tendré yo, añadió entre dientes, que cargar con mi herencia para el otro mundo? ¡Caracoles!
CAPITULO IX.
D. Martin, no pudiendo contenerse por mas tiempo, le dijo un dia que estaban solos, á su mujer:
-- Brígida, mujer, ¿querrás creer que habia pensado que ese zonzon de Pablo se casase con la niña, y que esta puso mala cara cuando se lo dije, y que ese menguado, desamoretado, frondío, que nunca está en sazon, ha dicho que no?
-- Hubiéraslo pensado, Martin, contestó esta.
--¿Y porqué?... ¿me querrás decir?
-- Porque si hubieran querido casarse, se les hubiese ocurrido á ellos ántes que á tí, Martin.
-- Es que la gente moza no piensa en la que les tiene cuenta.
-- Mas vale así, Martin; nunca debe el interes, y ménos en la juventud, guiar nuestras inclinaciones.
-- Siempre tiene mi hermano, que está metido en Dios, la férula en la mano contra el interes; el redicho de Pablo, que es su monaguillo, dice lo propio; Malva-rosa, que es tan niña como si hubiese nacido ayer, y no piensa sino en sus flores, canta lo mismo; y ahora dices tú lo propio. Oye, ¿si seré yo interesado sin saberlo?
-- No, Martin, no lo eres; pero quieres que otros lo sean. Déjate de intervenir en vidas ajenas, y acuérdate que casamiento y mortaja, del cielo baja.
-- Si por tí fuera, mujer, repuso D. Martin, habian de andar los coches sin cocheros y los barcos sin pilotos.
-- Mal dices, Martin; pues cada cual tiene en sí su piloto, que es su conciencia.
-- Esas son teologías, mujer. ¡Mire Vd... conciencias! Eso es como si trajeses al sol para quemar un mosquito; ello es que:
Lo de mi casamiento Parece cosa de cuento; Miéntras mas se trata, Mas se desbarata.
Y nadie sabe lo que lo siento, pues es todo mi deseo.
-- Pues, Martin, no insistas, ni quieras quebrar voluntades; desiste, y el hueso que te cupo en parte, róelo con sutil arte.
-- Señor, dijo entrándose de repente la tia Latrana, vengo de ver el cebadal de su mercé. ¡Qué hermoso está! No parece sino que lo han regado con agua bendita. Ya se va encerando; cada espiga tiene un jeme; me dolia la boca de dar gracias á Dios; ¡hasta lloré!... Venia tan contenta, que ni un perro harto de carne.
-- Vamos presto; ¿qué me viene Vd. á pedir? dijo D. Martin.
--¡Ay señor! vengo de muy léjos.
--¡Qué bien estaba Vd. allí! Mire Vd. que el _mucho_ andar trae el _poco_ andar.
-- Señor, la necesidad hace á la vieja trotar.
--¿Y para qué trota Vd. tanto, Vd. que parece andando un loro viejo, y á la que puede caer la sombra de un coche?
-- Porque mi sobrina está de parto.
-- Vaya Vd. por la comadre, que es lo derecho.
--¡Ya!... pero señor, es preciso ponerle un pucherito, y cristianar á ese morito que se entra por la puerta sin que lo llamen.
-- Diga Vd. al cura que yo salgo á todo, y á Andrea que dé á Vd. garbanzos y tocino para los pucheros, y aléjese tan presurosa como ha venido.
-- La mitad será para mí; que mas cerca están mis dientes que mis parientes. ¡Si viera su mercé qué mala está mi hacecilla de cebada! No tiene espigas, sino espigorrillos.
--¿Cómo puede ser eso cuando el año va, que no parece sino que tienen los labradores en la mano al sol y á las nubes?
-- Pues ahí verá su mercé, Señor D. Martin; el tiesto de Inés se secó lloviendo; al que es desgraciado, mal sobre mal, y piedra por cabezal. Así... iba á pedir á su mercé si me queria _emprestar_ para mercar un cochinito, para criarlo y ver así de remediarme.
--¡Caracoles! ¿todavía quiere Vd. mas? Parece la boca de Vd. un lechuzo: mire Vd. que es preciso valor para ser tan pedigüeña!
-- Señor, dijo la tia Latrana, haciendo á guisa de sonrisa una mueca que puso en contacto su barba y su nariz -- á quien de miedo se muere (con perdon de su mercé) con _moñiga_ le hacen la sepultura. Ademas, señor, al desdichado le vale poco ser esforzado, prosiguió volviendo á su tono natural: lo que sucede es que mirais lo que bebo, y no la sed que tengo. ¡Vaya! présteme su mercé para el gorrinito; que quien bien hace para sí hace.
--¿Qué habia de prestar?... ¡Prestar! ¿Acaso me ha pagado Vd. los dineros que le presté para el habar del año pasado?
-- Señor, y si no tengo mas que la casa, ¿qué hago? ¿Le tiro un bocado? Pero si me da su mercé el cochinito, lo criaré muy gordito, y el año que viene podré pagar á su mercé y remediarme.
-- Va, va.. ¿aun no ensillámos y ya cabalgamos? yo no quiero que Vd. me pague, sino que no haga mas deudas; y mire Vd. que puerco fiado gruñe todo el año.
--¿Señor, y los _probes_ qué hemos de hacer? no hay hombre sin hombre. Señor, mire su mercé que dice el refran: Entrañas y arquetas á los amigos abiertas; y mas que sea su mercé rico y un usía muy considerable y de los nombrados, y yo una _probe_ desdichada, soy su amiga, señor... que todos somos hijos de Eva por la carne, así como hijos de Dios por el alma.
--¿Y me la ha de dejar Vd. en paz hasta que mate el cochino?
-- Sí señor, sí señor.
--¿No he de ver esa cara de Vd. mas fea que el no tener?
-- No señor, no señor.
--¿Y no he de oir esa voz tan desentonada y recia, que parece que está Vd. hueca?
-- No señor, no señor.
-- Pues dígale Vd. á Miguel Gil que le de un gorrino de cuatro meses, y eche á correr mas súbita que chispa de carbon de fragua.
-- Señor... ¡Dios se lo pague y se lo dé de gloria! No, mentira; un señor mas bendito que su mercé no lo hay en el mundo, dijo alejándose la vieja.
-- Sí, sí; bien canta Marta cuando está harta, le gritó D. Martin.
En este instante fué interrumpido por Miguel Gil que llegaba azorado.
-- Señor, gritó, el cortijo de la Mata está ardiendo.
--¿Qué es lo que arde? preguntó D. Martin.
-- Las mieses.
--¿Han sacado los ganados?
-- Sí señor.
--¿Y los aperos?
-- Tambien.
--¿Le has avisado al señorito?
-- Va para allá que vuela.
-- Pues ya todo está hecho, dijo D. Martin volviendo á su calma; ahora, sea lo que Dios quiera.
Las criadas habian acudido, y la señora se habia puesto á rezar á San Lorenzo, abogado del fuego.
Al cabo de una hora entró Pablo: sus vestidos estaban quemados; sus manos abrasadas, su cabello chamuscado, su semblante ardia.
--¿Se apagó el fuego? preguntó D. Martin.
-- Sí señor, contestó Pablo.
--¿Se ha salvado algo?
-- La mitad de vuestras mieses; las de los pobres á los que dais tierras, se les han quemado todas.
--¿Saben que son las suyas? preguntó el rico mayorazgo.
--¡No lo habian de saber, señor! Todos acudieron, y su dolor parte el corazon.
-- Pues díles que nada han perdido, dijo D. Martin. Si no hubieran sabido que era lo suyo lo que ardia, se lo hubiésemos ocultado; pero ya que lo saben, díles que la mitad de mis mieses está ahí para suplir á cada cual lo que haya perdido[6].
Una alegría tan viva como entusiasta resplandeció en los ojos de Pablo, que volviéndose á un criado:
--¡Otro caballo! gritó.
Y sin aguardar á que lo ensillasen, se arrojó hácia la puerta.