Clemencia: Novela de costumbres
Part 12
-- El amigo que no da y el cuchillo que no corta, que se pierda, poco importa, dijo entre dientes la tia Latrana.
--¿Qué está Vd. ahí _musitando_? preguntó D. Martin.
-- Nada, señor; sino que si mi sobrino se muere ó le matan, no quisiera yo estar en el pellejo de su mercé, que lo habria podido remediar, y no lo ha hecho. El que da un mal rato, no lo espere bueno.
Y la tia Latrana se alejó, redoblando sus alharacas.
-- A Vd., es preciso matarla ó dejarla, le gritó furioso D. Martin; pero un dia acabará Vd. con mi paciencia; y mas que sea Vd. hembra y pobre, si vuelve Vd. á dar rienda suelta á esa lengua que se le debia caer de un cáncer... como soy Martin, que le tiro á la cabeza lo primero que me caiga á las manos: ya está Vd. prevenida, tia farota.
Con este antecedente, comprenderá el lector que cuando fué Clemencia, en quien tenian los pobres una eficaz intercesora, á hablar á D. Martin en favor de la tia Latrana, no le hallaria tan dispuesto á complacerla como solia estarlo.
-- Padre, le dijo una mañana, ahí está la tia Latrana, que quisiera hablaros.
-- Díle que estoy sordo, contestó D. Martin.
--¡Si nunca lo estáis cuando los pobres os necesitan!
-- Pues lo estoy para esa picaronaza y para todos los suyos; porque la madera de los Latranas ni para tacones es buena.
--¿Qué os han hecho los pobres esos?
--¿Qué me han hecho? ¡pues no es nada! La descocada esa, que pide mucho y no agradece nada; y que es como la ballena que todo le cabe y nada le llena; si no se hace lo que pide á modo de apremio, se pone hecha un basilisco. Sábete que la tia sátira esa, porque no le libré de soldado á un sobrino suyo mas malo que Geta, se me desvergonzó en mis barbas, y á mis espaldas me puso mas bajo que un caño. Porque así sucede: hazme ciento, márrame una, y no me has hecho ninguna.
-- Pero, padre, la pobrecita tiene tanto empeño...
-- Y tú tambien, Malva-rosita: ¿no es eso? Vamos, que entre esa vision; aunque hacerle bien es lo mismo que lavar los piés á un burro.
Clemencia fué á avisar á la tia Latrana, que le dijo al verla venir:
-- Por fin, señorita, vino su mercé: D. Martin no tuvo presente, «que hambre y esperar hacen rabiar.»
-- Vaya, ¿qué se ofrece, pozo airon? preguntó D. Martin á la tia Latrana al verla entrar compungida. ¿A qué se viene Vd. amparando de mi hija? Vd. no necesita vejigas para nadar, ni mas padrino que su descaro.
-- Señor, mi comadre la tia Machuca me envía aquí á decirle á su mercé que la _probecita_ está muy malita; por si su mercé le quiere dar para un pucherito, respondió la vieja.
--¿Viene Vd. á pedir para la tia Machuca? No lo estraño. Tal para cual; Pedro para Juan. Esa es otra pejiguera como Vd., y ambas peores que la Perala, que era cada dia mas mala.
--¡Jesus, señor! que tiene su mercé hoy la lengua _desbocaa_. ¡Vea Vd.! ¡mi comadre que está mas recogida á buen vivir que una cuaresma!
--¡A buen tiempo! ¡Vaya! la carne para el diablo; los huesos para Dios.
-- Ello es, Señor, que _eifica_.
--¿A quién?... ¡á mí no!... que lo que tiene es la cruz en el pecho y el diablo en los hechos. Pero en fin, la limosna no se hizo solo para los buenos; vaya una peseta para el pucherito. Malva-rosita, dí que le den garbanzos y tocino: ahora lárguese Vd. con viento en popa, y no vuelva hasta que yo la llame: ¿está Vd.?
-- Sí señor, y Dios se lo pague á Vd.
Y la vieja desapareció con una ligereza juvenil.
Al dia siguiente se apareció tan cari-pareja la tia Latrana.
--¿No le dije á Vd. que no volviese hasta que yo la llamase? esclamó impaciente D. Martin.
-- Sí señor, sí señor; pero escúcheme su mercé. La tia Machuca está peor, repuso la embajadora.
-- Le hacia daño el puchero.
-- No señor; pero el _méico_ le ha mandado una bebida con _manesia cansinada_, y el judío del boticario no quiere darla si no le llevo seis reales.
-- Tome Vd. los seis reales; que se los doy por tal de no verla.
Al dia siguiente se repitió la misma escena.
--¿Otra te pego? esclamó D. Martin. ¡Pues no es mala mosca de caballo esta!
-- Señor, repuso la tia Latrana sin dejarse intimidar, á mi comadre la han mandado administrar.
-- Al cura con eso.
-- Pero son precisas unas velitas, para adornar el altar.
-- Tome Vd. para las velitas y toque de suela, precipitada y definitivamente.
Pero al dia siguiente se halló D. Martin ante sus narices, como llovida del cielo, á la tia Latrana, con aspecto fúnebre.
-- Tia Latrana ó tia Letrina, esclamó el señor.--¡Vd. se ha empeñado en acabar con mi paciencia, caracoles!
-- Señor, dijo esta con voz lúgubre, murió mi comadre.
--¡Aleluya! requiescat in pace. ¿A qué, pues, viene Vd. ahora?
--¡Señor, por lo mismo!... para que haga su mercé la caridad de pagarle el entierro.
--¿Esa tambien? Vamos, eso lo hago con gusto; así me dé Vd. pronto ocasion de ejercer la misma obra de misericordia con Vd. Y ahora pues, tia Barrabas, hasta el valle de Josafat.
¡Vana ilusion! porque á la mañana siguiente se apareció la tia Latrana cuando ménos se pensaba.
--¡Qué es eso! esclamó D. Martin atónito. ¿Vd. por acá? es Vd. peor que una terciana doble; ¡caracoles con Vd.!
-- Señor D. Martin, vengo porque mi comadre...
--¿Qué es eso de mi comadre? dijo estático D. Martin.
-- Señor, la _probecita_...
--¿Qué me viene Vd. con la probecita? ¿pues no se murió?
-- Sí señor, pero...
--¿Qué peros ni qué camuesas? ¿pues no la pagué el entierro?
-- Sí señor, pero...
--¡Qué peros ni qué demonios! Coja Vd. el portante.
-- Sí señor: ya voy; pero... es que...
--¿Es qué? ¡Reviente Vd.! que me ha metido en curiosidad.
--¡Es que resucitó!
Clemencia y Pablo soltaron el trapo á reir en sonoras carcajadas; pero no así D. Martin, que se puso furioso.
-- Oiga usted, so embrollona, gritó, ¿y me viene usted quizas á pedir para el cordero de Pascua de Resurreccion? ¡Pues qué! ¿no hay mas que hacer los pobres burla de esta manera de los ricos, que les dan el pan, que son su paño de lágrimas y sus padres? ¡Habráse visto bruja mas audaz! Como me llamo Martin, que si pudiese andar tan vivo como ántes, la echaba á Vd. de cabeza á la calle; y si ese sobrino mio no fuese tan mandria, ya deberia haberlo hecho.
La tia Latrana, que como sabemos era valentona, y no se dejaba fácilmente intimidar, repuso muy sobre sí:
-- Pues sí, señor, resucitó; ¿y eso quién lo puede remediar? El _méico_ dijo que habia sido un _cincopiés_ (síncope).
-- Vaya Vd. al demonio con cinco ó seis piés.
-- Señor, dice el _méico_ que se le ponga una docenita de _sanguisuelas_.
--¡Una docena de culebras de vara y media!
-- Señor, si no se le ponen, se muere de una vez.
-- A bien que le tengo pagado el entierro.
-- Señor, ¿la dejará su mercé morir?
-- A bien que resucitará.
-- Señor, eso es una falta de caridad.
--¿Qué es esto, deslenguada? ¡Decirme á mí falta de caridad, cuando hasta adelantadas les tengo pagadas sus necesidades!
-- Señor, no me entretenga su mercé; que las _sanguisuelas_ urgen.
-- Lo que urge es que se me quite Vd. de delante, y baje el gallo: ¡caracoles! que si fuese usted de alambre, no habria mejor cencerro en toda la campiña.
-- Señor, si no me da su mercé el dinero para las _sanguisuelas_, tendrá sobre su conciencia la muerte de esa bendita.
D. Martin, que era violento y que ya estaba exasperado, cegó y no vió, como dice la frase espresiva y usual; cogió lo primero que se le vino á las manos, que fué un libro que habia estado leyendo Clemencia, y se lo tiró á la vieja diciendo:
--¡So insolente! no diga la boca lo que pague la coca.
Pablo, que habia visto el ademan de su tio, se abalanzó á interponerse entre el proyectil y el blanco á que iba dirigido; de manera, que el libro que era voluminoso y estaba sólidamente encuadernado, le dió en la cabeza y le hizo una herida. La sangre corrió.
La vieja habia desaparecido.
--¡Ay Pablo! ¡Pablo! esclamó Clemencia, precipitándose hácia su primo y estancando la sangre con su pañuelo.
--¡Válgame Dios, Martin! dijo Doña Brígida con su grave y sereno acento; ¡cómo te dejas arrebatar por tu genio!
--¡Mal hayan mis manos, y mal hayan mis prontos! esclamó consternado D. Martin. Pero, Pablo, santo varon, ¿á qué demonios te metiste por medio?
--¿Pues no es mejor que todo se quede en casa, tio? respondió sonriendo Pablo, dulcemente conmovido por el interes que le demostraba y los cuidados que le prodigaba Clemencia.
-- Que vayan por el médico, gritaba D. Martin. ¡Jesus! Pablo, hijo mio, ¿es cosa mayor? -- Que cojan á esa vieja maldita y le den una paliza.--¿A qué te metes á campeon de brujas deslenguadas, Pablo de mis pecados? -- Corred por el cirujano, hato de pazguatos, añadió dirigiéndose á los criados que habian acudido: ¡corred de cabeza!--¿Estais de vuelta? -- A esa vieja maldita, colgadla por los piés. -- Pablo, petate, ¿quién mete el dedo entre la cuña y el tronco?
-- El pobrecito lo hizo para libertar á la tia Latrana, observó Clemencia llorando.
-- Súmete las lágrimas, Malva-rosa, dijo D. Martin; mira que me apuras, y á él le vas á meter aprension.
-- No, no señor, esclamó Pablo; esas lágrimas no me hacen mal, me hacen bien; pero lo que tengo no es nada; tranquilizáos, señor. -- Clemencia, añadió á media voz, está pagada la sangre que derramo, y toda ella, con la prueba de interes que me has dado.
Pablo reclinó la cabeza, no sobre el hombro de Clemencia, sino sobre el hombro del criado que estaba mas cercano, y fué acometido de un ligero vértigo.
En este momento se acercó pausadamente Doña Brígida, trayendo en un cajoncito hilas, vendas y cabezales primorosamente doblados.
--¡Ay madre! dijo Clemencia temblando y agitada, ¡se ha desmayado!... ¡Dios mio! ¿se irá á morir?
-- No te aflijas, respondió la señora, esto es un efecto natural de la pérdida de la sangre; la herida ni es grande, ni está en mal sitio.
Llegó en esto el cirujano, que confirmó plenamente lo que habia dicho la señora, y se puso á curar la herida.
Volvia Pablo en este momento en sí, y abria los ojos; pero al ver á Clemencia arrodillada ante él con el rostro angustiado y cubierto de lágrimas, presentándole á oler su pañuelo empapado en vinagre, los volvió á cerrar, temiendo que al despertar se desvaneciese la celeste aparicion, cuya cercanía sentia, y cuyas lágrimas caian sobre sus manos.
-- Ahora, dijo el cirujano, es preciso que se recoja y se le dé una sangria.
Se llevaron al paciente; Doña Brígida y Juana le habian precedido para aviar su lecho. Don Martin y Clemencia quedaron solos.
-- Me cortaria la mano, dijo el primero, me la cortaria, sí ¡con tal que con el mismo cuchillo cortaran el pescuezo á esa maldita, remaldita vieja!
-- No os apureis, padre, repuso Clemencia; pues dice el cirujano que no es cosa de cuidado.
--¿Quién habia de pensar, prosiguió D. Martin, que esa cabeza de Pablo que yo creia mas dura que el peñon de Gibraltar, fuese mas tierna que una breva?
--¡Pablo la cabeza dura, señor! esclamó Clemencia. Pablo, el mas condescendiente en su voluntad, Pablo, el mas pronto y apto á la comprension, ¿tener la cabeza dura? ¡Qué error, padre!
-- Oye, Malva-rosita, quiéreme parecer que con la achocadura ha puesto Pablo contigo una pica en Flándes.
-- Sí, sí, contestó sencilla y sinceramente Clemencia, no lo niego; lo que ha hecho es una noble y generosa accion.
-- Malva-rosita, déjate de retumbancias, lo que ha hecho es una borricada. El dia aquel que se puso entre tí y el toro desbandado que se vino al camino, y le lió su capa en las astas, esa sí fué una guapeza de las que hacen los hombres de pro y los caballeros; pero salir á redentor de una pícara vieja desvergonzada, eso no lo hace sino D. Quijote de la Mancha, ó mi sobrino, que es cien veces mas Quijote que aquel.
D. Martin era de aquellos en cuya existencia entra la rutina, como primer agente motor; de esos que cuando una vez han hecho una cosa, la hacen todos los dias sin que se les ocurra hacer otra, y que cuando toman un tema lo siguen aunque su orígen haya caducado. Resultaba de esto que el tema que adoptó D. Martin en vista de la primera impresion que le causó su sobrino, habia llegado á ser inmutable, sin que el cambio que habia en Pablo llegase á modificarlo; y si le hubiesen querido demostrar que existia, habria dicho levantando los hombros: ¡Faramallas! ¿Me querrán hacer creer que pueda dar luces un eslabon de madera?
Antes de recogerse, fué Clemencia á saber cómo seguia Pablo.
-- No podia descansar hasta verte, le dijo este; queria decirte que he cuidado de que la pobre por quien te interesabas, haya sido socorrida.
-- Pablo, contestó Clemencia, no me habia vuelto á acordar de ella, soy franca; solo he podido pensar en tí, y en que estarás sufriendo por la generosa accion que has hecho, y esta idea me quitará el sueño.
-- Pues duerme, Clemencia, tranquila y plácida como el arroyo entre flores, porque cree que nunca he pasado una noche mas dulce que la que voy á pasar.
Clemencia, sin esplicarse el por qué, salió del cuarto de Pablo intranquila y disgustada.
CAPITULO VII.
El interes que Clemencia habia demostrado á Pablo y el calor con que ensalzó su accion, despertaron en D. Martin un pensamiento, que él mismo estrañó no haber tenido ántes: y era el de unir á su hija y á su sobrino.
Pensó que Pablo, -- á quien en el fondo queria y preciaba, -- Pablo que era un Guevara, que era un gran inteligente en cosas de campo, que tenia buen carácter y escelentes costumbres, Pablo que iba á ser su heredero, era el hombre indicado y mas á propósito para hacer una buena suerte á su Malva-rosa. Consideró tambien que era tiempo de pensar en poner esto por obra, en vista de que si su hermano el Abad y él llegaban á faltar, quedaria su hija sola y desamparada en los mas bellos años de su vida. Lo que mas le halagaba en todo este plan que trazó, fué que Clemencia no se separaria de él; esta razon en que entraba su egoismo, pesaba cien arrobas.
D. Martin era pronto en sus resoluciones y espeditivo en su ejecucion. Así sucedió, que á los dos dias, habiendo salido su mujer por haberle avisado su prima la monja que tenia locutorio, dijo D. Martin á Clemencia:
-- Ven acá, Malva-rosita: apropíncuate; que tengo que decirte. Há mas de seis años que murió tu marido. ¿No es así?
-- Sí señor, contestó Clemencia, á quien este recuerdo impresionó triste y amargamente.
-- Cuentas mas de veinte y dos años, y es preciso que pienses en tomar estado, pues al fin no te has de quedar viuda toda tu vida como las de tu jardin.
-- Señor, contestó angustiada Clemencia... ¡por Dios!... ¡no penseis en eso! ¿Cómo ni dónde estaré yo mejor y mas contenta que á vuestro lado y al de mi tio?
--¡Sí! el uno un pochancla y el otro una maula. ¡Buen par de potalas! ¡Buen par de tutelas! El dia ménos pensado cerramos el ojo, y te hallarás sola como el espárrago.
-- Señor, ¿no me habeis dicho tantas veces que un alma sola, ni canta ni llora?
-- Sí, pero ahora es tiempo de que cante, Malva-rosita.
Clemencia quedó tristemente sobresaltada: nunca se le habia presentado la idea de la falta de sus padres y de su tio. Los jóvenes, por fortuna, nunca piensan en la muerte de los viejos cuando los aman: así fué que calló, pues no se le ocurria qué contestar. D. Martin prosiguió:
-- Quiero yo tener el gusto, cuando me muera, de dejarte amparada por un hombre de mi satisfaccion; y ninguno hallo que para ello mas á propósito sea que Pablo, cuyas circunstancias todas son á pedir de boca, á lo que se une la conveniencia de que no nos separaremos, y seguiremos viviendo juntos. ¿Qué dices á eso, Malva-rosita?
Clemencia aturdida y consternada callaba.
D. Martin no alcanzaba que las continuas burlas que hacia de Pablo, si bien podrian no haber impresionado á juicios superiores, y por lo tanto independientes, como lo era el de su hermano el Abad, debian por precision haber influido desfavorablemente en un juicio dócil y juvenil como el de Clemencia.
--¿No te entra por el ojo el gachon? preguntó sonriendo su interlocutor: ¡ya se ve! mi hijo era mejor mozo; pero este te ha de dar mejor vida. Desengáñate, Pablo es un hombre como son los hombres, un hombre honrado; y quien dijo honrado, dijo caballero. Sabes que dice el Abad, que para tí es un oráculo, que es Pablo una prenda. ¿Qué le hace que no sepa estirarse los picos de la tirilla, hacer el _rendibú_ á la francesa, que no se ponga potingues en la cabeza, ni se eche perfumes en los pañuelos como los mirlifiques de la ciudad, hato de monos, que mas miran en el espejo su repulida persona, que no á las buenas hembras; chisgarabises, que todos quieren ir á mangonear á las cortes,--¡por via de sanes! -- sin tener donde caerse muertos, ni saber dónde tienen las narices? ¿Acaso crees tú, chiquilla, que aquellos arrapiezos, pollos piones, harian mejores maridos que Pablo?
-- No, señor, padre; nunca he opinado eso, repuso Clemencia, porque nunca he pensado en novios ni en casamiento.
-- Niña, eso no es razon; pues la mujer necesita sombra: cuando te falte la mia, quiero dejarte un árbol que te la dé buena. Sépaste que la mujer sola es como hoja sin tronco; el hombre solo es como árbol sin hoja. Si bien á Pablo le falta mucho para ser un real mozo, á bien, Malva-rosita, que te casaremos á la oracion; y que de noche todos los gatos son pardos.
Clemencia, que vió que su suegro se iba á esplayar en un terreno en que su elocuencia era clara como el agua y verde como el apio, se apresuró á interrumpirle diciéndole riendo:
-- Padre, casamiento y mortaja, del cielo baja: ¿porqué os ha dado hoy por pensar en el porvenir, que no apremia? Tiempo hay para pensar en eso.
-- Pues qué, ¿acaso quieres, niña, que sea tu casamiento como el del tio Porra, que duró treinta años y no llegó la hora?
--¿No me habeis dicho siempre: Antes que te cases, mira lo que haces?--¿Porqué de repente quereis que me case? ¿Porqué os habeis metido hoy de repente á casamentero?
--¡Tómate esa y vuelve por otra! esclamó D. Martin. ¿Porqué?... Porque soy tu padre, tio de aquel, dueño de mi caudal, y quiero saber en qué manos le dejo; que deseo sean precisamente las vuestras. Te hablo de casamiento por mirar por tu conveniencia, y porque ese casamiento es vuestro bienestar mutuo; lo digo porque lo deseo, y porque no te has de pasar toda tu vida sola como el espárrago.
La pobre Clemencia estaba llena de angustia; sentia un escesivo alejamiento respecto al enlace que le proponian; pero echándose en cara ese inmotivado sentimiento de desvío como un capricho poco cuerdo, como una indocilidad sin disculpa, contestó la suave jóven:
-- Cuanto me pidais haré á ojos cerrados.
-- No á ojos cerrados, no, hija, no; que quiero que los abras como soles para ver todas las ventajas de esta boda; y que te convenzas de que maridos como Pablo, no se hallan así como así. El corazon de un rey, la sangre de un príncipe, el caudal de un duque, é ainda mais, la cabeza repulida como un guante, que así se la ha puesto mi hermano; ¿qué mas quieres, Malva-rosita? ¿Acaso otro verso suelto como mi hijo?
-- No quiero mas que daros gusto, padre, contestó Clemencia.
-- Mi gusto es lo que te conviene, gachona: así, queriendo mi gusto, quieres tu bienestar.
Fuése Clemencia poco despues á su cuarto, donde se puso á llorar amargamente entre sus flores y sus pájaros. Pensó en confiarse á su tio; pero se detuvo considerando que aquel escelente hombre querria impedir un enlace que ella repugnaba, y que eso disgustaria á su padre.
D. Martin estuvo tan campechano y dichero como siempre durante la comida, en la que apareció Clemencia pálida y con los ojos caidos, de haber llorado; pero nadie lo notó, escepto Pablo, que se decia dejando intactos los platos que le servian:
--¡Ella llorar! ¿qué tendrá?... Dios mio, ¿la habrán afligido?
No se atrevió á preguntárselo, ni Clemencia advirtió que Pablo hubiese notado su mutacion; pues abstraida, ni una vez fijó en él su vista.
Todo esto pasó por alto á D. Martin. Los egoistas son malos observadores. Y D. Martin, ademas de tener esta circunstancia, era de la falange de los que se obstinan en que al son de su música se baile. Cuando estaba de mal talante, cosa que muy rara vez sucedia, y nunca sin causa (en vista de una preciosa calidad peculiar á los españoles, la que no se celebra como merece, ni se le da el valor que tiene, y que es la igualdad de humor, la paridad del temple de cada dia); cuando estaba, decíamos, este señor de mal talante, pegaba sendos bufidos á troche y moche, y hostilizaba la risa; por el contrario, cuando estaba de humor risueño, ó de chacota como él decia, habian todos de estar alegres y reirse, aunque se le hubiese muerto á alguno su padre el dia anterior.
-- Pablo, dijo, quiéreme parecer que estás desganado, hombre.
-- Sí señor, contestó este; y para satisfacer de una vez la curiosidad de su tio, añadió: es porque tomé un toston en la hacienda.
--¿Un toston tomaste? ¡Vaya por los muchos que me das á mí! ¿Quién está allí de molinero?
-- Francisco Perez, señor.
--¿No te dije que no le admitieses? ¿Por qué le tomaste?
-- Porque era injusto no hacerlo.
-- No me gusta que se me enmiende la plana; y te he advertido que á ese no le ha de entrar la manía por escrúpulos.
-- Señor, Francisco Perez es honrado, y respondo de él: ademas sabeis que recibe y entrega por cuenta la maquila.
-- Sí, sí, fíate y no corras; de lo contado come el lobo y anda gordo. Ademas, no quiero gentes de Villamartin.
--¿Por qué, señor?
-- Porque son todos unos zoquetes, unos cuacos.
-- Esa es una preocupacion vulgar, señor.
--¡Miren qué palabras tan relamidas! Tus letradurías me huelen á discurso ó arenga; te se va poniendo la boca tan repulida, que estoy para mí, que dentro de nada vas á fumar caramelos en lugar de tabaco. ¡Pues qué! ¿no sabes lo que les pasó á los de Villamartin en una ocasion en que dispusieron unas corridas de toros de respeto, como Dios manda, con sus picadores, sus espadas y su cuadrilla de banderilleros? Lo malo fué que no tenian mas que un caballo, que era una sardina. Mal que bien pasó la primera funcion; pero á la otra tarde se arremolinó la gente, y se amotinó pidiendo á voces otro jaco; que no querian que montasen los picadores en el esqueleto de la tarde anterior. ¿Qué hace el encargado? Anuncia que saldrá un buen caballo tordo; y al jaco, que era negro, cogió un cubo de cal y lo encaló, con lo cual todos quedaron tan contentos y satisfechos, y los chalanes dijeron que el caballo tordo valia sus veinte doblones mas que el negro. -- Juana, prosiguió sin pararse D. Martin, díle á la guisandera que esos conejos dan en la nariz, que es mal camino para la boca. Estos descuidos son porque tiene novio; díle que lo sé, y que á dos amos no se puede servir á un tiempo; que asna con pollino no va derecha al molino; hazle saber que se deje de devaneos y laberintos, ó se vaya con la música y el almirez á otra parte. Pablo, hijo... no comes: ¿te duele la herida?
--¡Qué! no señor, ¿quién se acuerda de la herida?
-- Yo;... para sentir habértela hecho. ¡Maldecida vieja! Con esa lengua de hacha ¿no se ha puesto á decir que yo era D. Pedro el Cruel, que la habia querido matar despues de llenarla de _indultos_, segun su espresion?
-- No digas lo que quieras, y no oirás lo que no quieras, Martin, dijo Doña Brígida; pues muchas cosas se siembran y se suelen perder; pero el pejugal de la lengua no se pierde nunca. Si no gastaras razones con esas atrevidas, no tendrias que incomodarte con sus insolencias.
-- No señora. ¿Yo callar? ¡eso no! Yo tengo la lengua para escoba de mi corazon; sobre el que nada quiero: así ha sido desde que nací, y hasta que me muera ha de ser así. El otro dia me la encontré con la tia Machuca y la tia Carrasca.
-- Las tres Marías, esclamó riendo Clemencia, pues las tres llevan ese nombre.