Clemencia: Novela de costumbres

Part 11

Chapter 114,159 wordsPublic domain

Cuando todos se hubieron reunido y la reina estaba como _jueza_ en su trono, se acercó uno, y dijo que habia labrado en su pueblo un hermoso hospital para los pobres. El corazon de la reina se llenó de gozo al oir esto, y preguntó si estaba concluido. -- Sí señora, contestó el interrogado, solo falta ponerle en el frontispicio la lápida con letras de oro, que diga por quién y cuándo se labró. La reina le dió las gracias, y se presentó otro. Este dijo que habia costeado á sus espensas un cementerio en su pueblo, que de este carecia. Alegróse la virtuosa reina, y le preguntó si estaba concluido, á lo que contestó que solo faltaba rematar el hermoso panteon que en el centro estaba construyendo para él y su descendencia. Dióle gracias la reina, y se presentó una señora, que dijo habia recogido una niña huérfana que se moria de hambre, y la habia criado, dándole lugar de hija.--¿Y la tienes contigo? preguntó la reina. -- Sí señora, y la quiero tanto, que jamas me separaré de ella; es tan dispuesta, que cuida de toda la casa y me asiste á mí con cariño y esmero. Celebró grandemente la reina esta digna obra de caridad, cuando se oyó un tropel entre las gentes, que se desviaban dando paso á un niño mas bello que el sol. Arrastraba tras sí á una pobre vieja estropajosa, que hacia cuanto podia para deshacerse y huir de aquel lugar tan concurrido.--¿Qué quiere este bello niño? preguntó la reina, que no cerraba sus oidos, que eran mas de madre que de soberana, á ninguno que deseaba hablarle. -- Quiero, contestó el niño con mucha dignidad y dulzura, traer á Vuestra Majestad á la que ha ganado el santo premio que habeis instituido para la mayor obra de caridad.--¿Y quién es? preguntó la reina. -- Es esta pobre anciana, contestó el niño.-- ¡Señora! clamó la pobre vieja, toda confusa y turbada, nada he hecho, nada puedo hacer: soy una infeliz que vivo de la bolsa de Dios. -- Y no obstante, dijo el niño con voz grave, has merecido el premio. -- Pues ¿qué ha hecho? preguntó la noble reina, que ántes de todo queria ser justa. -- Me ha dado un pedazo de pan, dijo el niño. -- Ya veis, señora, esclamó apurada la anciana, ya veis, ¡un mendrugo de pan! -- Sí, repuso el niño; pero estábamos solos, y era el único que tenia. La reina alargó conmovida el premio á la buena pordiosera, y el niño, que era el Niño Dios, se elevó á las alturas, bendiciendo á la gran reina, que daba premios á la virtud, y á la buena y humilde anciana que le habia merecido.

Así veis, pues, hijas mias, que el mérito no está en el mas ó ménos valor de la obra, sino en las circunstancias y en los sentimientos con que se hace; y que un pedazo de pan para el que no tiene otra cosa, y hasta se lo quita de la boca para darle, es mas aun á los ojos de Dios que ve los corazones, que una obra sonada y celebrada, que consigo lleva su recompensa.»

CAPITULO V.

Apénas se habia concluido la narracion, cuando de léjos se oyeron discordes y confusos gritos. Clemencia puso el oido. Las voces eran muchas, y herian de cuando en cuando el aire estridentes silbidos.

--¿Qué es esto?... dijo Clemencia poniéndose en pié.

--¿Qué ha de ser? opinó Mariquilla, los pícaros de los chiquillos del lugar que andarán de tuna.

-- No son estas voces de muchachos, repuso Clemencia, cuyo corazon latia fuertemente, al oir acercarse en aquella direccion la gritería; me temo...

No acabó la frase, porque una voz distinta ya, á la vez ronca, exaltada y azorada gritó:

--¡Eh, toro!

Un espantoso temblor se apoderó de la infeliz Clemencia, miéntras que las chiquillas, dando gritos de terror, la rodearon colgándose de sus vestidos.

Clemencia volvió en torno suyo sus ojos estraviados, por ver si algun medio de salvacion se le presentaba; pero ninguno ofrecia aquel lugar.

El vallado alto, espeso, no interrumpido, se alzaba á ambos lados del camino como una muralla vegetal, coronada por las puas de las pitas, como las de mampostería lo están por puntas de hierro; el camino, mas hondo que el vecino campo, encajonado y preso, se prolongaba indefinidamente á la izquierda; por la derecha sonaba la alarma.

Ademas, ¿cómo huir, cómo correr, cuando la infeliz apénas podia tenerse en pié? ¿Cómo abandonar á las dos criaturitas, que se asian á ella como á su tabla de salvacion? Y aunque lo hubiese intentado, ¿cuánto habria tardado en alcanzarla la fiera en su veloz corrida?

--¡Estamos perdidas! gimió la estremecida Clemencia cruzando las manos. ¡Madre mia de las Angustias, apiádate de nosotras! ¡Alcanza un milagro en favor de tu devota y de estas inocentes!... ¡qué grande es tu piedad, y grande tu valimiento!

La algazara se acercaba; ya sonaba sobre la tierra dura el seco ruido de las herraduras de los caballos en su carrera. Los silbidos y descompuestas voces penetraban como clavos la trastornada cabeza de Clemencia, que permanecia inerte como la imágen del espanto.

En este instante apareció á la entrada del callejon, alta la cabeza, y moviéndola en bruscos movimientos de uno á otro lado, como incierto sobre la direccion que habia de seguir, el toro, esa fiera tremenda que con tanto esmero se hace embravecer para solaz y diversion de hombres, que al salir de la que les brinda, ¡harán discursos ó escribirán artículos pomposos en loor de la cultura, del modo de moralizar al pueblo y dulcificar las costumbres! Clemencia yerta é inmóvil, se apoyaba en la loma del vallado; la situacion era espantosa. Hubieran podido salvar á Clemencia acosando al toro en otra direccion; pero nadie sabia que allí estuviese, oculta como se hallaba por el vallado.

En este momento el perrillo de la niña se puso á ladrar. Entónces el toro miró á aquel grupo; esto decidió su vacilante intencion, y... partió hácia él.

Clemencia cerró los ojos y nada vió; pero oyó ruido á espaldas del vallado, un fuerte golpe en el suelo, una llamada al toro; se sintió agarrada y sopesada por unos brazos vigorosos, cogida entre las zarzas por unos puños de hierro, y atraida al opuesto lado del vallado, donde cayó en tierra.

--¡Las niñas! gritó con angustia. Pero una despues de otra cayeron á su lado, tras ellas saltó un hombre; este hombre era Pablo, Pablo, sereno y tranquilo, como el poder que brilla en acciones, y no se ostenta ni altera en palabras.

A Pablo le habia sido indicada la direccion que habia seguido Clemencia, cuando la voz que cundió de haberse desbandado un toro, alarmó la poblacion. Seguido del aperador del cortijo, ambos bien montados, cortó por campo atraviesa, para registrar el peligroso camino.

Llegaron en el momento en que el toro, incierto aun, vacilaba. Pablo se echó del caballo, cogió su capa, y saltó al camino, haciendo para el efecto hincapié en una escrescencia que tenia el tronco de uno de los pinos, con grave riesgo de lastimarse en su atrevido salto.

Presentó la capa al toro, que se paró al ver caer de repente ante sí aquel inesperado antagonista. El toro partió á él, y Pablo le lió con admirable tino y destreza su capa en las astas; y miéntras el animal cegado trabajaba por desasirse de ella, Pablo con vigor y rapidez, levantaba en alto á la anonadada Clemencia, que recibia el aperador en sus robustas manos; hacia lo mismo con las niñas, y se valia á su vez de la mano salvadora del fiel criado, para ponerse en salvo.

--¡Pablo! esclamó Clemencia, prorumpiendo en un torrente de lágrimas.

-- Calla, murmuró este á su oido.

Aun no habia pasado el peligro.

Siguió á estas palabras un profundo silencio, en que no se oian sino los resoplidos de la fiera, de la que solo les separaba el vallado, detras del cual batallaba por desprenderse de la capa. Una vez libre del estorbo que le cegaba, podria el toro en lugar de seguir adelante, retroceder y volver á hallarse en campo raso, á poca distancia de ellos.

Mas un ruido monótono y sonoro se oye de léjos en uniforme cadencia, y se viene acercando.

--¡Somos salvos! murmuró Pablo al oido de Clemencia.

Eran los cencerros de los cabestros, que requeridos por el ganadero, venian á recoger al toro. Poco despues entraban en el callejon con su uniforme trote, y el toro, mas cuerdo que los hombres, los seguia, pesándole una emancipacion estéril, de que tan mal uso hacia, y que tan poca ventaja le reportaba.

Poco despues el ruido de los cencerros, á la vez tan melodioso, tan aterrante y tan consolador, se fué perdiendo y alejando, á la par que el peligro; al fin no se distinguió, reduciéndose su sonido á un vago, lejano y grave rumor.

Clemencia, trémula y temblando, caminaba, mas que asida, colgada del brazo de su salvador.

-- Pablo, le decia con débil voz, no te doy las gracias, porque hablar no puedo; me has dado mas que la vida; me has libertado de la mas espantosa de las muertes. ¡Oh! ¡y qué frias son cuantas espresiones de gratitud han inventado los hombres, para que te pueda yo espresar lo que siento!

En este momento llegaban varios hombres bien montados, armados de garrochas. Seguíales tirado por cuatro mulas el barrocho, en el que se veia á D. Martin gesticulando y gritando desatentadamente. Cuando alcanzó á Clemencia, mandó parar, y la recibió en sus brazos; bien que la infeliz no podia hablar, y permanecia llorando é inerte, recostada en el pecho de su padre. El aperador Miguel Gil contaba á gritos lo ocurrido, al estático y embriagado auditorio.

--¡Sí, sí! esclamaba entusiasmado D. Martin, -- Pablo es todo un hombre. Bien podrá no tener habla de abogado; pero en tratándose de manos á la obra, ahí está él. En jarabe de pico no está ducho; pero en cuanto á guapezas, muestra,--¡por via del Dios Baco! -- la sangre de los Guevaras. ¡Ea, viva Dios! Sí, sí, Pablo, te luciste, ¡caracoles! Todos pueden charlar y mangonear; pero lo que tú has hecho, no lo hacen sino los hombres de pelo en pecho.

-- Ea, á casa, á casa; y ¡por los aires! añadió dirigiéndose al cochero; que esta niña se me desmaya, y es preciso sangrarla sobre la marcha.

-- Hija, dijo Doña Brígida cuando llegaron, ¿no te dije que el campo era para los lobos? Gracias infinitas al Señor, de buena has escapado.

-- Y á la bendita Señora de las Angustias, á quien me encomendé, madre, repuso Clemencia.

-- Mañana mismo, hija, se le hará una funcion de gracias, repuso Doña Brígida.

-- Sin olvidar las que le debes á Pablo, dijo Don Martin, á quien allí y en momento tan oportuno guió la Señora; lo que ha sido una providencia: ¡no hay nada sin Dios!

En seguida contó á su mujer lo ocurrido.

--¡Si Pablo es mas noble que el oro! dijo con espresion Doña Brígida, gastando esa hermosa voz, á la que en los pueblos se da un sentido mucho mas lato que en el lenguaje moderno, en el que solo espresa una calidad; pero entre las gentes del campo es su significado como la esencia de todas las demas buenas calidades.

-- Lo que Pablo ha hecho, padre, repuso Clemencia, es mas que una heroicidad; es una abnegacion de sí mismo.

-- Sí, sí, merece una corona, dijo D. Martin; pero como no la tengo, lo que te doy, Pablo, es el potro ruano _Andaluz_, para que le luzcas á él, como el mejor caballo de por estas tierras, y él te luzca á tí, como el mejor jinete y el mas guapo de los mozos de Andalucía.

--¡Señor! esclamó Pablo, de manera alguna admito ese potro, que es el mejor que teneis.

-- Oyes, ¿y cuándo has visto tú que lo que yo regalo sea lo peor? repuso su tio. ¡Pues tendria que ver!... ¿Y en quién ha de estar mejor empleado; me querrás decir?

-- Por _Andaluz_ os darán en feria cuarenta mil reales, tio.

-- Mas que me dieran cuarenta mil pesos, no sale _Andaluz_ de casa; ese es para tí. He de tener el gusto de que nadie le caliente el lomo sino tú, ¿estás? No ha de enseñorearse _Andaluz_, por via del Dios Baco, sino con un Guevara. ¡Vea Vd.! ¡_Andaluz_, que hace polvo en un lodazal!

--¡Qué temeridad! decia el Abad, y este increible arrojo las ha salvado á las tres! Pablo, das razon á un antiguo refran escoces, que dice que lo mas prudente es el valor.

--¡El demonio se pierda! esclamó D. Martin. ¡Y que no supiera yo ese refran! Es decir, sabia el sentido, pero no lo sabia enversado; no se me olvidará.

--¡Esponerse de esta suerte por un éxito tan dudoso! prosiguió el Abad. ¡Oh noble y ciego ímpetu de la juventud!

-- De todas maneras la salvaba, tio, repuso Pablo.

-- Así, así, esclamó D. Martin; así se hacen las hazañas, esponiéndose; si no, no lo son; ¡toma, toma! Señor Abad, á costa de su pellejo, Francisco Estéban fué guapo. A tanto se espone el cuerpo como padece el alma.

Juan y su hija se habian abalanzado á las niñas, que estrechaban en sus brazos y cubrian de lágrimas; mas ahora se precipitaron hácia Pablo, abrazándole y besando sus manos con ese entusiasmo de los corazones ardientes, tan espansivo y tan tierno.

--¡Vaya! esclamaba Juana; que se espusiese así su mercé por salvar á la señorita, que al fin es su prima, ya era una hombrada de las pocas; pero que hiciese lo propio por estas inocentes... ¡mire Vd. que para eso es preciso tener esa bondad tan buena del señorito! ¡Vaya, si esto es de lo grande, de lo santo, de lo sonado!

-- Sí, sí, añadia D. Martin, esto va á ser mas sonado que las narices. A este Pablo, no solo no le arredra nada, pero ni le perturba. En su vida de Dios se le van las marchanas; así es que en llegando la ocasion, como ha sucedido hoy, hace cosas tan grandes que al rey le llaman de tú.

-- Señorito, decia la madre de las niñas, mas tienen que agradecerle á su mercé mis niñas, que á mí que las parí. ¡Dios se lo premie tanto como yo se lo agradezco!

Pablo se apresuró á sustraerse, alejándose, á las muestras de admiracion y de gratitud de que era objeto.

Entró en esto precipitadamente la tia Latrana, que era una vieja y osada pordiosera, que de continuo asediaba á D. Martin, la que con gemidos y lágrimas se abalanzó á Clemencia; pero como era muy pequeña, y Clemencia era mas bien alta, no pudo por fortuna pasar el abrazo de su cintura.

--¡El demonio se pierda! dijo D. Martin, que estaba demasiado alegre para enfadarse; no hay procesion sin tarasca. ¿A qué viene Vd. aquí, tia singuilindango?

-- Pues ¿no habia de venir, señor, á ver á mi señorita de mi corazon, que la quiero como si la hubiese parido, que es tan modosita con los pobres de Dios, y á la que en su vida se le oye ni un _mal haya_? ¡no como otros ricos que son mas ásperos que aceitunas de acebuche! -- Y vengo tambien, Señor D. Martin, para que me dé su mercé un poco de pan y de vino, para ponerme un reparito en el _estógamo_, pues con la alegría me se ha _escompuesto_.

--¿Que se le ha descompuesto á Vd. el estómago con la alegría? ¡Por via del demonio malo! Pues para contrapeso, lo mejor es darle á Vd. una pesadumbre, y verá Vd. cómo entra en caja. ¡Habráse visto tal fanganina!

-- Pues sí, Señor D. Martin, que lo _mesmo_ es una alegría que un pesar para estrépito del cuerpo.

-- No es sino que es Vd. mas pedigüeña que un demandante, y nada le basta; el dinero que se le da, es como un puñado de moscas en un cerro en dia de levante; siempre está Vd. hecha la esencia de la necesidad; nada le luce.

--¿Cómo me ha de lucir, señor? Ningun perro lamiendo engorda; el pan que me da hoy su mercé, ¿acaso me ha de apaciguar el hambre de mañana? ¡Ay, Señor D. Martin, el hambre tiene cara de hereje!

-- Se parecerá á Vd. En honra de la salvacion de mi hija, y en gloria de la guapeza de mi sobrino, habia pensado darle á Vd. un duro, dijo D. Martin, dándole una peseta.

--¿Y los diez y seis reales que faltan, Señor Don Martin? Esos me los deberá su mercé, dijo con alegre ansia la vieja.

-- Pídaselos Vd. á la gran insolente de su lengua que se los ha robado, pues en poniéndose á charlar, no hay respetos que no atropelle: ¿está Vd. enterada, tia raspagona? dijo D. Martin volviéndole la espalda, -- sepa que de la mano á la boca se pierde la sopa.

--¡Vaya! por poco se ha incomodado su mercé, murmuró la tia Latrana al irse; pues al Santo que está enojado, con no rezarle ya está pagado.

CAPITULO VI.

No conocia D. Martin el cambio que por grados se habia efectuado en Pablo, ni era capaz de comprender el punto de cultura á que le habian ascendido la enseñanza de los libros, la direccion de su tio y la influencia del amor hácia una mujer como Clemencia. Los primeros habian enriquecido su entendimiento; la segunda formado su juicio y su gusto, y el tercero ennoblecido y afinado sus sentimientos, dotes que unidos forman la cultura de alta esfera de que muchos presumen y á que pocos alcanzan. Así era que seguia ejercitando en él su facundia, benévolamente denigrativa; era este un desahogo natural en D. Martin, de que todos eran víctimas, ménos su mujer, su hermano y su Malva-rosa.

Pero con quienes esto subia á su apogeo, era con las viejas pordioseras, las que tenian á D. Martin constantemente sitiado. Habíalas entre estas sumamente insolentes, y los coloquios entre ellas y D. Martin eran seguramente dignos de haber sido recogidos por un taquígrafo.

Figuraba entre las primeras una tia Latrana que ya conocemos, á quien D. Martin no podia sufrir por lo osada, exigente y desagradecida; lo que no impedia el que siempre la estuviese socorriendo. Llamábala D. Martin la baratera de las viejas de Villa-María. Era este femenino Cid, chica, delgada por naturaleza, y enjuta á un tiempo por su mal genio y por los años. Tenia los ojos tiernos, pero la mirada arrogante; su boca se habia sumido como para hacer mas notable la prominencia de su picuda nariz, que era de aquellas de que se suele decir que pueden servir para sacar espinas.

Databa la ojeriza que la tenia D. Martin, de una ocasion en que un sobrino de ella, que era un calavera de lugar, muy listo, muy despierto, vicioso y pendenciero, habiendo caido soldado, habia venido su tia á empeñarse con D. Martin para que lo libertase; en cuya ocasion tuvieron el siguiente diálogo:

-- Señor, dijo la tia Latrana, haciendo las mas espantosas muecas y dando los mas furibundos soponcios, á mi Bernardo le ha tocado la suerte.

-- Que manden repicar, contestó D. Martin.

-- Señor, no sea su mercé _asina_, y tenga compasion de su prójimo. Me envía aquí el alma mia á decirle á su mercé que le dé los dineros para pagar un _préfulo_; mas que sean prestados; que él se los pagará á su mercé con puntualidad en cuantito saque á la lotería.

--¡Miren la hipoteca! Vaya con el mostrenco ese, que es como los plateros, que barren para adentro! de casta le viene al galgo el ser enjuto y rabilargo. ¡Vea Vd., prestados! Todavía me está Vd. debiendo el dinero que me pidió para sembrar el habar; ¿y ha soñado Vd. acaso en pagármelo?

-- Señor, el que no tiene, ni paga ni niega.

--¡Hola!

--¡Pues si es verdad, señor!... al que no tiene, el rey lo hace libre.

-- Pues en cambio, al que no tiene, le hace el rey soldado; ainda mais; su sobrino de Vd. no tiene oficio ni beneficio; es un vago, no es del campo ni del lugar; á esos flojonazos costillones, que se pasan la vida sosteniendo las esquinas, les viene la _casaca_ como el aceite á las espinacas.

--¡Flojonazo mi Bernardo! ¡Señor! Pues si es mas vivo y mas dispuesto que un ajo.

-- Sí, sí; señor Corrin, que corriendo va, que siempre corriendo y nunca hace _na_.

-- Señor, no se chancee su mercé; sino vea de libertármele, como hizo con el hijo del tio Gil.

--¡Yo libertar á ese arrapiezo! ¡En eso estaba pensando! ¿Y va Vd. á sacar á Gil, que es criado honrado de la casa desde que Adan pecó? Pues dígole á Vd.... Bastante me cuesta Vd. ya con cada enfermedad que le costeo, que canta el misterio.

-- Señor, por eso no se apure su mercé, que ahora estoy tan buenecita y tan gordita...

--¡Gorda, sí! Parece Vd. el espíritu de la glotura.

-- Señor D. Martin, considere su mercé que mi sobrino, el _probecito_, está malito de la desazon.

-- Mejor; que hijo malo, mas vale doliente que sano.

-- Señor, á borrica arrodillada no le doble Vd. la carga. Crea su mercé que mi niño tiene el pecho desgarradito de suspirar y en la carita surcos de llorar.

-- No me venga Vd. con aleluyas. ¡Ya!... el burro que no está hecho á albarda, muerde la atafarra.

-- Señor, su mercé que es tan buen cristiano, tan caritativo..., que es el paño de lágrimas de los desdichados...

-- No me venga Vd. con gatatumbas.

-- El hijo de mi alma, no tiene chichas para el servicio del rey; es endeblito.

--¡Endeblito! ¡Por via de sanes! Y tiene un rejo como un toro.

--¡Si lo viera su mercé! ¡Está tan escuchumisado, tan flaquito!

-- Sí, sí; lo que está es rajado de gordo.

-- Pero, señor, es muy pulido y muy fino para pisar lodos.

--¡Fino, sí!... Si lo apalean, echa bellotas. ¡Fino! ¡Vea Vd., que se zamarrea de ganso!

--¡Ganso! ¿Mi Bernardo ganso? Si es un moralista, señor.

--¡Moralista! ¿Y qué es un moralista, tia sátira?

-- Es un estudiante de estudios muy hondos, que se aprenden en un libro que se llama _el moral_.

-- No diga Vd. _sinfundos_, tia sabijonda; moral no es ningun libro.

--¿Que no? ¿pues qué es, señor?

-- La moral es una buena doctrina sin Dios, como dice mi hermano el Abad.

--¿Sin Dios?... ¡Ave María Purísima, señor!

-- Pues sí señora, por eso es para el entendimiento; así como la doctrina con Dios es para el alma. Entérese Vd. para que no vuelva á decir despropósitos en tono de sentencias.

-- Pues sea la que fuere la doctrina, mi Bernardo sabe _latines_ y estudiaba para escribano, y lo hubiese sido, sino hubiesen faltado los cuartos.

--¡Ya! porque tuvo Vd. presente aquello de:

Pájaros con muchas plumas No se pueden mantener; Los escribanos con una Mantienen moza y mujer.

-- Ello es, señor, que mi Bernardo sabe mas que _Séneca_.

-- Mas valiera que se hubiese atenido al _arache_ y al _cavache_.[5]

-- Pues yo he querido que _aprienda_, señor, que el saber no estorba; y que siempre se ha dicho que el pobre puede ser rico, y el rico no compra ciencia; eso no quita que el hijo mio sea un pan de rosas.

--¡Sí, un pan de rosas! ¡Por via del atun salado! ¡Con un genio _bragado_ y _pintado por el lomo_! ¡Pan de rosas! que cuando no está preso lo andan buscando; y al que el año pasado se le formó causa por una riña, y en este por una pendencia.

-- Falsos testimonios que le han levantado, señor; lo que tiene es que unos echan agua en caldera y no suena; y otros en lana, y suena.

-- Se le cogió _fragantelito_, yo lo vi.

-- Eso fué allá en _años témporas_. ¿A qué, sin venir á cuento, saca su mercé titulitos de ayer? Cada uno en este mundo tiene su ventanita, los unos grande, los otros chica.

-- Lo he sacado para decirle que se largue su pan de rosas de sobrino de Vd.; y cuanto ántes mejor; y que Dios le ayude y á nosotros no nos olvide.

-- Señor, crea su mercé que mi sobrino es una prenda; lo crió Dios con mucha atencion; y sobre todo, Señor D. Martin, es mi ayuda.

--¿Qué habia de ser ese mamanton su ayuda, cristiana? Es la cuerda que la ahorca. Déjelo Vd. ir bendito de Dios.

--¡Ay! no señor; que vale mas comer grama y abrojos que traer capirote en el ojo. Con que... ¿nada hará su mercé por ese desdichado?

-- Desearle buen viaje.

--¡Señor, hágalo por Dios, que es buen pagador!...

-- De obras buenas, tia Cansina.

--¡Señor, por María Santísima!...

D. Martin se puso á talarear en tono de bajon, acabando por imitar el toque del tambor:

¡No hay remedio! ser soldado y marchar al batallon, en que avivan á los flojos con el pan de municion. Rrrrrran, tan, plan, plan: un cabo loco te amansará.

-- Entónces, señor, dijo abispada la tia Latrana, ¿á qué le sirven á su mercé esos dineros?

--¡Caracoles con la rala de la vieja esta! esclamó colérico D. Martin. ¡Pues qué! ¿se ha pensado Vd., so insolente, que me habrán dejado mis abuelos mis mayorazgos para invertir sus rentas en sostitutos para los vagos y macarronos de Villa-María? Ea, déjese de cuentos; deje ir al moralista de su sobrino á que _aprienda_ disciplina, que lo hará mas liberal que no aprender las letras, que ha de tener él siempre gordas como cochinos cebados; que con viento se limpia el trigo, y los vicios con castigo; y déjeme Vd. el alma en paz, que si no... perdemos las amistades.