Clemencia: Novela de costumbres
Part 10
No decia mal D. Martin. La chiquilla era de un feo poco comun. Sus lacias greñas pendian á ambos lados de su cara como inflexibles cordas. Uno de sus ojos bizqueaba de tal manera que parecia querer pasar por debajo de sus narices en busca de su compañero. Entre los jirones de sus enaguas, que mas que enaguas parecian un fleco, se veia el cútis de sus descalzas piernas y flacos muslos, fácil de equivocar con el de un habitante del Africa. Sus dientes, que eran de los que se nombran de embustera, por estar desviados unos de otros, eran de un blanco deslumbrador, como para hacer contraste con el color oscuro de su rostro. Era séria y despaciosa, y tenia todo el dejo y contoneo de las de su casta.
--¿Cuánto pides por esos canastos? le preguntó Clemencia.
--¿A qué quieres comprar esos escambrones? dijo D. Martin, que como hemos dicho, no habia nada en que no se metiese.
-- Quiero, respondió Clemencia, en primer lugar hacer un bien á la niña comprándoselos; ademas quiero forrarlos de seda y adornarlos con cintas, y que sirvan para meter en ellos el alhucema.
-- Sí, señorita de mi alma, dijo la chiquilla, ande usted, mérquemelos, carita de rosa; que le diré su buenaventura.
--¡Qué buenaventura, ni qué niño muerto! Lárgate, vision del Negro Ponto, dijo D. Martin.
-- Dejadla, padre, os lo ruego, que me diga la buenaventura, esclamó alegremente Clemencia. ¡Si vierais cuánto he deseado siempre que me la digan!
--¡Tales patrañas!... murmuró D. Martin.
--¡Déjala, si le divierte, _Metomeentodo_, opinó Doña Brígida; que eres como el tomate, que en todo se encuentra!
--¡Anda con Dios! repuso D. Martin; unos se rien de la gracia, y otros de la singracia.
Clemencia se habia levantado y puesto su blanquísima mano en las negras de la chiquilla, que estaban frias como la piel de un reptil.
La profetisa hizo como si examinase las imperceptibles rayas de la mano de Clemencia, y dijo despues, principiando cada frase despacio y con recia voz, y acabándola precipitadamente y tan quedo que apénas se oia:
--«En el nombre de Dios, (aquí hizo una pausa) que donde entra Dios no va cosa mala.
«No es Vd. nacida de las malvas, sino hija de buen padre y buena madre, y tiene la sangre limpia, como agua de buen _manantal_.
»Es Vd., buena moza de mi alma, como la mata de _albajaca_, que muchos la huelen y pocos la catan; porque es Vd. hondita de gusto, y no todas las cosas le hacen gracia.
»Ha de ser Vd. como la fortuna, ciega, que ha de tener la suerte delante y no la ha de ver; pero á las manos se le ha de venir; que guardaïta se la tiene su síno, porque se lo merece esa carita que ha destronao á la reina de las flores.
»No se fie Vd. de los que de léjos vienen, que la venden como carne de la carnicería, y tienen dos caras como el tafetan, una por delante y otra por detras. A la fin se ha de venir Vd. á lo mejor, _pues bien sabe la rosa en qué mano posa_.
»Cumpla Vd. con la gitanilla con salero; que á Vd. le sobra y á ella le falta dinero. No me sea, _jermosa_, desaborida; écheme un remiendo á la vida.
»Esta es la buenaventura del pan blanco; usted me lo da, y yo me lo zampo.»
Clemencia se echó á reir, declarando que cuanto habia dicho la profetisa, eran generalidades que nada precisaban.
-- Cosas de gitanos, dijo D. Martin, que á la fin y á la por-partida dicen arrumales.
En seguida preguntó Clemencia á la niña:
--¿Sabes rezar?
--¡Qué ha de saber! dijo D. Martin. ¡Rezar! Robar será lo que sabrá.
-- Sí sé rezar, señorita de mi alma, respondió la gitanilla.
--¿Y qué rezas? tornó á preguntar Clemencia.
-- Cuando me acuesto en el campo, señorita mia, me meto una cabeza de ajo bajo la cabecera, para ahuyentar á los bichos venenosos, y rezo así:
A la cabecera pongo la luz, A los piés de la Santa Cruz, Al lado derecho á Adan, Al lado izquierdo á Eva, Para que no lleguen sapos ni culebras Ni sarabandija ni sarabandeja; Sino que vayan donde va esta piedra.
Y tiro una piedra así--(y la chiquilla tiró una chinilla en direccion á D. Martin).
-- Enséñame esa oracion, dijo este sin caer en la maliciosa accion de la chiquilla; enséñamela, á ver si la digo y es eficaz para que en la vida de Dios te llegues tú por aquí.
--¡Ay Jesus! y qué señor tan _repanchiago_ de cuerpo, y tan _respingao_ de genio, dijo prolongando cada sílaba la gitanilla.
--¿Pero en qué duermes? preguntó Clemencia.
--¡Toma! intervino D. Martin, dormirá en una zalca de borrico tiñoso, con una calavera de mula por almohada.
-- Duermo en el suelo, señorita mia; que parece Vd. hecha de dulce, con esas carnes tan blancas que se puede escribir en ellas, esa boca que parece un madroño, y esos ojos que parecen dos luces de altar; y no ese usía _abujado_ que tiene la lengua mas áspera y con mas espinas que una abulaga.
--¡Pobrecita! esclamó Clemencia.
--¡Y muy bien que dormirá! opinó D. Martin: no hay bronce como años once, ni almohada como no pensar en mañana. ¡Múdate, pelgar!
-- Padre, señor, ¡dejadla! que me divierte, suplicó Clemencia.
-- Será la pechecilla esa como los perros pachones; que de feos hacen gracia, gruñó D. Martin.
-- Voy á traerle un cobertor y una almohada; dijo Clemencia echando á correr.
-- Con tal que se trasponga, á ver como no traes un mosquitero á esa langosta de Egipto, le gritó D. Martin.
--¡Ay! dijo la gitanilla en su tono lánguido. ¡Madre mia de la Soledad, y qué señor tan respetuoso!
--¿Qué quieres decir con eso, vizcondesa Pingajo?
-- Señor, que tiene su mercé la voz como una campana doble, y que está su mercé en ese sillon tan _jermoso_, que parece un colchon sin bastas en una galera despalmaa.
--¡Por via de la chiquilla desvergonzada! gritó D. Martin: escapúllete; mira que si me levanto, te doy un sosquin que te apago.
Clemencia volvió con un cobertor, una almohada y algun dinero que dió á la gitanilla. Esta sacó de una bolsita que llevaba colgada al cuello una cedulita que dió á su protectora diciéndola:
-- Abrala su mercé el dia que se case, señorita mia, cara de rosa de abril, y entónces verá si no son ciertas las felicidades que le predijo la gitanilla.
--¡La felicidad! ¡la felicidad! dijo Clemencia volviendo á ocupar su asiento; no existe palabra que tenga mas acepciones; cada uno la entiende á su manera; ¡puede que esa inocente crea que está en casarse!
-- La felicidad está, dijo D. Martin, en ser un mayorazgo como yo, y reirse del mundo; ¿no es verdad, señora? -- prosiguió dirigiéndose á su mujer, á la que por una de sus ideas llamaba siempre delante de gentes de usted.
-- Martin, contestó ella, en este mundo cansado, ni bien cumplido ni mal acabado. Esta vida es un viaje: ¿á qué anhelar por buenas posadas, en que no hemos de estar sino de tránsito?
-- Pues, señora, mas que sea de tránsito, como que el transitillo mio es, á la hora esta, de duracion de setenta y siete años, sin los que caigan, digo que soy feliz, gracias á Vd., señora, y á mi Malva-rosita. Si no fuera por la muerte de mis hijos, era yo quien se habria comido la torta del cielo; pero en fin, nadie se va de este mundo sin saber que ha estado en él.
-- Dí _gracias á Dios_, y no á nosotras, Martin, repuso su mujer.
-- Sí señora, sí señora, no hay duda de que _de Dios nos viene el bien, pero de las abejas la miel_; contestó su marido.
--¿A que no entendeis vos la felicidad como mi padre, tio? preguntó Clemencia al Abad.
-- Es claro que no, hija mia, contestó este; pues creo que la verdadera está en procurarse alas que nos eleven, no á las nubes, sino sobre ellas; pues las nubes con su indeciso y mudable rumbo é indistintas formas, aunque en esfera aérea, son de terrestre orígen, y á la tierra vuelven.
-- Pues, hermano, opinó D. Martin, como no sean las de los ángeles, estoy para mí que las de los pájaros no vuelan tan alto. ¿Qué dices tú, Pablo? que estás siempre callado y con la boca abierta como cañon arrumbado, y no parece sino que te criaron con migas y adormideras. ¿No digo yo bien, y no mi hermano, que todo lo pone fuera de tiro de pistola?
-- Señor, contestó Pablo, cuando la felicidad segun uno la sueña, está en un imposible, vale mas que el deseo se abstenga de analizarla y el corazon de ansiar por ella.
-- Pablo, hombre, repuso su tio, estoy para mí, que con las latines que te engulles por receta de mi hermano, te vas á meter á coplero. Lo que has dicho es un sinfundo en buen versaje; pero á tí te están esas jerigonzas como los requilorios á las viejas.
_Latines_ era para D. Martin el nombre genérico de todo estudio y saber.
-- Hermano, le dijo el Abad, lo que dices es poco delicado y poco cierto. El saber le está tan bien á Pablo, como á todo hombre que tiene, como él, un gran entendimiento, una alta inteligencia, un alma elevada, y un gran deseo de aprender.
-- Mira, Abad, repuso D. Martin, siempre te estoy oyendo hablar de delicadeza; esa es tu muletilla; ¿me querrás decir lo que tú entiendes por esa voz? Porque quiéreme parecer que tú la miras como un carabinero plantado en la boca; y has de saber que no la entiendo yo así, porque la boca mia es puerto franco. Tu empresa de pulirle los cascos á Pablo ha de ser como la hacienda de la mujer, hecha y por hacer.
-- La delicadeza, repuso el Abad, segun la define un filósofo suizo, «se muestra como un constante sacrificio de sí mismo, que se contenta con su propio sufragio, sustrayéndose á la ajena gratitud; es un encarecimiento de consideraciones y urbanidades hácia el desgraciado; es el perdon de una injuria pagándola con un beneficio; es una restriccion de los propios derechos, el desprecio de la apariencia; es un respeto á sí mismo, que hace que uno no se permita en ausencia lo que no se permitiria en presencia de testigos; es una fidelidad á la propia palabra, que sobrevive á la amistad, al amor, á la estimacion y aun á la muerte. Es la continuacion de los buenos procederes, aun despues de enemistarse y cortar relaciones; es una atencion obsequiosa y tan fina, que no puede ser adivinada ni sentida, sino por aquella persona á la que va dirigida. Es una celebracion indirecta de los méritos de una persona presente, encareciendo los mismos en otra persona ausente; es rehusar un segundo beneficio, despues de admitir el primero; es gozar mas en el placer de otros que en el propio.» Así, hermano mio, define Weiss la delicadeza. Yo definiria su esencia diciendo, que es una flor que tiene sus raíces en el corazon; á la cual cria el entendimiento, y que recibe de la cultura su esquisito perfume.
-- Hermano, dijo D. Martin, eso es estracto sublimado de las cosas: ménos espuma y mas chocolate. El corazon en la mano, y en el corazon buena sangre, eso es delicadeza, segun lo entiendo yo; ó bien, la fruta sin la flor, como dirias tú.
-- En tí, Martin, repuso el Abad, halla tan buen terreno, que crece lozana aunque inculta. Si no da fragantes flores, efectivamente da ópimos frutos; pero gentes hay, Martin, que son estériles troncos para esta fruta, y ramas secas para aquella flor.
-- Malva-rosita, dijo D. Martin, distraido ya de una conversacion que no le interesaba, tira la cédula que te dió aquella lombriz de caño sucio.
-- No señor, no señor, repuso alegremente Clemencia, la voy á guardar como oro en paño.
-- Eso es una tontería de dos varas, niña.
-- Déjala, Martin, intervino Doña Brígida, deja que cada uno haga lo que le parezca, en no ofendiendo ni á Dios ni á tí: eso sí es la verdadera delicadeza; pero, ¿no digo que en todo te has de meter, como los periódicos?
-- Señora, repuso D. Martin, los periódicos se meten en casas ajenas con las llaves del sacristan que les ha dado la niña que nació en Cádiz; pero yo no me meto sino en la mia. Mas ya callo, ya callo, señora, pues lo mandais; pero ello es, que si yo me metiese en mi concha como lo hace Vd., iria todo en la casa manga por hombro. En metiéndose Vd. en su oratorio, ahí se las den todas. Señora, ¿no sabe Vd. aquello de «la confianza en Dios, y los piés en la calle?»
-- Voy á seguir tu consejo, dijo con grave sonrisa Doña Brígida, pues mi prima me está aguardando en el locutorio con la Madre Abadesa.
La señora se levantó, fué á su cuarto y salió; y ¡cosa nunca vista! dejó olvidada sobre la silla, la llave de su oratorio, la cual siempre llevaba consigo, y en el que nadie sino ella penetraba jamas.
-- Toma esa llave, dijo D. Martin á Clemencia, y vé á ver qué demonios tiene la señora escondido en su oratorio, mas oculto que el oro en el centro de la tierra.
-- Señor, contestó Clemencia, sabeis que no quiere madre que nadie entre.
-- Anda, anda, que yo te lo mando.
--¡Por Dios, señor!...
--¿Qué gran misterio puede acaso ocultar? ¡vea usted!
-- Sea el que fuere, debemos respetarlo.
--¡Oiga! ¡Debemos! Mira, María Sentencias, haz lo que mando, y vé.
-- No me lo mandais, no.
--¿Que no? ¿Hablo estranjis? ¡Te lo mando, caracoles!
-- No puede ser.
--¿Y porqué no, malva-terquilla?
-- Porque no me querréis dar una gran pesadumbre.
--¿Cuál? ¿la de ir á meter las narices en el oratorio de la señora?
-- Eso no, porque no iria; sino la de desobedeceros, padre.
En este momento entró Doña Brígida, que volvia en busca de su llave que habia echado de ménos.
D. Martin se apresuró á contarla lo que habia pasado, culpando á su malva-terquilla.
-- Hizo lo que debia, Martin, le dijo la grave señora; la voluntad ajena y el sello se deben respetar siempre. Para premiar la consideracion que me has tenido, añadió dirigiéndose á Clemencia, te autorizo á que entres en mi oratorio.
Alargóle la llave, que tomó Clemencia, encaminándose tan luego hácia el oratorio, que se hallaba en el cuerpo alto.
Estaba este oscuro, y solo alumbrado por la débil luz de una lámpara. Sobre el altar habia una imágen de la Vírgen de los Dolores. Mas abajo, á sus piés, sobre un pedestal de mármol blanco, estaba una calavera; en el zócalo del pedestal se leia en letras negras este letrero:
LO QUE ERES, FUI; LO QUE SOY, SERAS!
Clemencia salió tétricamente impresionada.
-- Tio, dijo al Abad cuando estuvieron solos, despues de referirle lo que habia visto, allí encerrada pasa madre horas enteras, ¿no es esto una idea estraña é hipocondríaca? ¿Ha de enlutarse la vida con tales espectáculos?
-- En el órden espiritual, hija mia, contestó el Abad, cada individuo busca la senda que le conviene, y se adapta á su índole; la austeridad tiene la que le es propia; la alegre mansedumbre tiene la suya. Guárdese esta de no mirar con respeto á aquella, y aquella de menospreciar la otra; y considere la azucena, que si es mas blanca su túnica y mas dulce su fragancia, es la negra cúspide del austero cipres mas fuerte y mas elevada.
--¿Lo aprobais, pues?
--¿No lo habia de aprobar, hija mia?
--¿Y acaso hariais otro tanto?
-- No.
--¿Lo aconsejariais?
-- Tampoco.
--¿Porqué no, aprobándolo?
-- Porque el efecto que causase en índoles débiles y suaves, que rechazan lo tétrico, no seria el que causa en la persona que por propia y espontánea inspiracion lo elige. Pero entre todos los atrevimientos, el mas general en los hombres, y el mas punible, es el de querer ser jueces, no solo de la conducta, pero hasta del sentir ajeno. La libertad de sentir sí que es un sagrado derecho del hombre. Dejar á cada cual dirigir sus propias tendencias en el órden espiritual, siempre que no salgan de la senda del bien, es una sagrada obligacion; pues esa intervencion que nos arrogamos en el sentir ajeno, esa ridícula é indebida fiscalizacion, es un despotismo insolente, es un mal grave, y una temeridad chocante y anómala en un siglo donde tanto se proclama, se ostenta y se abusa de la libertad del pensamiento.
CAPITULO IV.
Una tarde llamó Clemencia á dos niñas, nietas de Juana, que pasaban su vida en aquella casa, á quien su mismo dueño, que tantos intrusos veia y toleraba en ella, llamaba el arca de Noé.
Todos los niños querian con entusiasmo á Clemencia. Tienen estos un instinto que los atrae á lo bueno y á lo bello; que patentiza lo elevado de la naturaleza humana, que el mundo y la vida van degradando, si el alma no es bastante fuerte para contrarestar su influencia nociva, y si al formarse carecen los niños de buena enseñanza y buenos ejemplos, ley práctica de tanto mas poder que la ley escrita. La palabra solo indica la senda; el ejemplo arrastra á ella.
Clemencia tambien se habia apegado á ellos, porque los niños son la verdadera alegría del mundo. A su lado parece la vida mas dulce, y los horrores de la tierra mas apartados.
¡Cuán distantes están del infausto árbol del bien y del mal, ellos que no alcanzan á sus ramas! Y es tal el encanto sublime de la inocencia, que hasta da un reflejo simpático de sí á la ignorancia. Pronto se aprende, pronto se sabe, pero nunca se olvida; el corazon se purifica, la cabeza no. La fe que ha tenido que defenderse y luchar contra argumentos impíos, es como la vírgen que ha tenido que defenderse de los ataques de un seductor violento; conoce el mal aunque lo deteste, y mas vale aun ignorarlo que detestarlo. ¿Cuál de los hombres, realmente superiores, sean cuales fuesen sus creencias, no ha envidiado alguna vez la sencilla ignorancia? ¿Qué marino luchando en el mar, sin senda, agitado siempre por furiosos y encontrados vientos, buscando, sin hallarlo, fondo seguro en que echar el ancla, no ha envidiado la barquilla del pescador, que sin salir de su tranquila ensenada, no pierde de vista el faro, que le hace inútil la brújula y otros instrumentos de la ciencia? ¡Y no obstante se levanta hoy dia la voz _oscurantismo_ como pendon de vilipendio, contra aquellos que creen que en el _saber_ no está la _moral_, sino la _corrupcion_ del vulgo! El mismo Byron ¿acaso no ha dicho: «Sabemos que el saber no es la felicidad, y que la ciencia no es mas que un cambio de ignorancia, por otra clase de ignorancia?» ¿Pues para qué trocar la ignorancia humilde y feliz por la ignorancia soberbia y descontentadiza?
Cuando Clemencia les dijo que iban á paseo, las dos niñas se pusieron á saltar de alegría, y las tres fueron á despedirse de Doña Brígida.
--¿Y dónde vas á paseo? preguntó la inamovible señora.
-- Al campo, á coger flores.
--¡Al campo! ¡Ay Jesús! El campo es para los lobos; pero anda con Dios, hija, si te divierte.
En la puerta se encontraron á D. Martin, que con su capote y con su sombrero á la chamberga, venia llenando la calle. Al ver á Clemencia con las niñas, le dijo:
-- Dios te guarde, y no de mí. ¿Dónde se va con ese séquito, _Regina angelorum_?
-- Al campo, señor.
-- Bien hecho, ¡id á estirar las piernas y á esparcir el ánimo! Si pudiese, habia de ir contigo; pero ya no puedo nada de lo que podia; es necesario echar esta carreta al carril. No hay mas remedio que meterme adentro. Y añadió: ¿Qué es eso que llevas en brazos, Mariquilla?
-- Lleva un perro, respondió Clemencia.
-- Un perrillo chico, repuso vivarachamente la niña; pero su madre es grande.
-- Calla, renacuajo, le dijo D. Martin, que eres como el grillo, que no se le ve á dos pasos y se le oye á mil. La mañana está calurosilla, prosiguió dirigiéndose á Clemencia; el sol está que echa chiribitas, aunque estamos en febrero. Ya se acerca San Matías, marzo al quinto dia: entra el sol por las umbrías y calienta las aguas frias. Ea pues, con Dios id, y con Dios volved. Si tiras á la izquierda, verás qué bueno está mi cebadal, pues febrero saca la cebada de culero.
Clemencia y las niñas anduvieron algun tiempo por el campo, y entraron despues en un camino encajonado entre altos vallados de pitas, á cuyos piés nacian espesas é intrincadas las zarzas, las esparragueras, las madre-selvas, las pervincas, entre las cuales asomaban las amapolas sus encendidas y encarnadas caras con su ojo negro, y los candiles de vieja sus jorobas.
En el mismo vallado se levantaban dos altos pinos; á su sombra se sentó Clemencia con su pequeño séquito á descansar, oyendo el suave murmullo de sus sonoras cimas, que tan indefinible encanto tienen, que ora suena triste y lejano como un eco que repite debilitado el hondo y melancólico suspiro del mar, ora vago y misterioso, como á veces suenan indefinidas voces en el corazon.
La niña mas chica traia un pájaro.
-- Señorita, dijo la mayor, Aniquilla está lastimando á ese pájaro que aprieta con la mano.
--¡Que no! repuso la chica; no tengo la mano _apretá_, sino _aflojá_.
--¿Sabes lo que es un pájaro? le preguntó Clemencia.
-- Sí, contestó Mariquilla.
--¿Pues qué son?
Los pájaros son clarines Entre los cañaverales, Que le dan los buenos dias Al sol de Dios cuando sale.
-- Es cierto, dijo sonriendo Clemencia; pero son tambien animalitos de Dios.
--¿Y no se deben matar los animales?
-- No; á no ser necesario: y entónces, dándoles el ménos tormento posible. En lo demas, Dios que les dió la vida, que se la quite. Suelta ese pajarito, Aniquita; que harás una obra de caridad.
La niña titubeaba.
-- Suelta ese pájaro; que lo manda la señorita, le dijo su hermana la mayor.
-- Si tengo la mano _abría_, y no se quiere ir...
Clemencia le estendió la mano, y el pajarito se voló alegremente.
--¿No te bastaba, dijo Clemencia á la niña, el que te dijese que harias una obra de caridad? ¿No sabes que la caridad es la primera de las virtudes, y se estiende sobre todo lo que sufre, como el sol de Dios por el mundo entero?
-- La caridad es dar limosna, ¿no es verdad, señorita? preguntó la mayor.
-- Por supuesto, la limosna es uno de sus efectos; y así hijas mias, dad, dad sin pararos; que con el corazon en la mano, se pinta á la Caridad, porque vacías ya, no tienen otra cosa que dar.
--¿Y el que no tiene nada? dijo la niña.
-- Raro es el que no halle otro mas desdichado que él, á quien pueda dar algo, por poco que sea; y lo poco en el que tiene poco, y la intencion en quien no tiene nada, consuelan al pobre y agradan á Dios. Y para convenceros de ello, os contaré un ejemplo.
Las niñas se pusieron á escuchar con esa ansiosa atencion con la que los niños absorben las primeras nociones que sobre las cosas se les dan, y los primeros sentimientos que en sus ánimos se imprimen.
Los pinos se pusieron á susurrar aun mas suavemente, pareciendo imponer silencio á la naturaleza con su dulce ceceo para oir la palabra de Dios; y hasta los pajaritos bajaron de rama en rama como para venir á escucharla.
Clemencia habló así:
--«Habia una reina tan buena y tan virtuosa, que atendiendo á la gran mision que Dios le diera poniendo el cetro en sus manos, solo pensaba en hacer virtuosos, religiosos y felices á sus vasallos, ciñendo así á sus sienes una corona mucho mas bella que la de oro que le diera su herencia, y estampando de esta suerte su nombre en el corazon de sus vasallos, para que la bendijeran, y en el libro de la historia, para que las generaciones la admirasen; porque un buen rey es para los pueblos un beneficio de Dios, como uno malo es un castigo. Esta reina, pues, bien criada en la enseñanza de Dios, sabia que estaba en su alto puesto para dar con su ejemplo una gran leccion á sus vasallos, y con su virtud decoro al trono y respecto á su persona. Iba á los hospitales y casas de beneficencia á vigilar por el bien de los infelices; gastaba sus rentas en grandes empresas para la prosperidad del país que Dios le habia dado á regir, ocupando y dando por ese medio pan á muchos infelices. Respetaba mucho á los sacerdotes, al mismo tiempo que encargaba á los obispos, los amonestasen severamente á ser los mas santos de los hombres. Así era bendecida por todos como una madre, y adorada como un ángel.
Estableció esta gran reina un premio, para aquel que en el año transcurrido hubiese hecho la mayor obra de caridad, pensando con razon que era esta una gran enseñanza práctica al alcance de todas las inteligencias.