Cinco libros de historias: Libro 2

Chapter 2

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Hemos hecho esta introducción porque ya lleva tiempo que casi todos los altos cargos han quedado cegados por regalos inadecuados y esta plaga, difundida a lo largo y ancho del mundo, a los prelados de las Iglesias: la venerable y generosa casa de Cristo nuestro Señor la han convertido en el culmen de su propia condenación: así, a los prelados de este tipo se ve que son los menos idóneos para llevar a cabo la obra de Dios, tanto más cuanto queda claro que no accedieron a él por la puerta principal. Y aunque el canon de las Sagradas Escrituras clama en muchas ocasiones contra la perversión de esta clase de personas, es sin embargo frecuente encontrársela ahora en las diferentes órdenes religiosas; incluso los propios reyes, que deberían escoger a las personas más adecuadas, muchas veces se ven corrompidos por abundantes regalos y entregan a algún rico la dirección de la Iglesia (o, mejor dicho, de las almas), del cual esperan recibir un regalo más grandioso. Y así todos los avariciosos, henchidos por el orgullo y la arrogancia, se ofrecen unos a otros estos cargos, sin preocuparse por su dejación de responsabilidades para con su rebaño, porque toda su confianza depende de las cantidades de riquezas que amasan, no de los dones que reciben de la sabiduría. Una vez que alcanzan el poder, se esfuerzan tanto en satisfacer su avaricia como en colmar con ella su propia ambición y, como si se hubieran puesto al dinero como un ídolo en lugar de Dios, le rinden pleitesía y, gracias a él, irrumpen en esos cargos sin mérito o esfuerzo alguno. A algunos, los menos cautos, su aspecto les engaña y los lleva a imitarlos y así los asola una contumaz ceguera, porque todo lo que se consigue imitando a los envidiosos es que a ellos les parezca que se lo has robado y, como es habitual entre ellos, desean sin cesar retorcer la felicidad ajena: de aquí surgen los infinitos litigios legales, nacen frecuentes escándalos e incluso las normas de las órdenes religiosas se deshacen ante sus transgresiones.

Así también sucede que, mientras la irreverencia se asienta en el clero, también aumenta el afán de insolencia y caprichos en el pueblo; después, los ambages, engaños y homicidios de los mentirosos arrastran a casi todo el mundo a su perdición. Como una pésima ceguera cubre como una neblina los ojos de la fe católica, es decir, a los prelados de la Iglesia, por lo que su pueblo, que desconoce el camino a su salvación, se hunde así en la ruina de su propia perdición: después sucede con todo derecho que los mismos prelados se ven atacados por aquellos a los que debían tener sometidos y consideran perversos a aquellos a los que su propio ejemplos los ha hecho desviarse de la senda de la justicia. No es sorprendente, además, que, cuando se ven en algún apuro, nadie los escuche, porque ellos mismos han cerrado las puertas de la misericordia por su avaricia de acumular, a pesar de que es de todos bien sabido que, debido al impacto de tal clase de actos desmesurados, hacen que sobre sus pueblos y todos los seres vivos se cierna una desgracia que a todos los afecte e, incluso, una terrible plaga contra todos los alimentos debido a la destemplanza del aire. Ciertamente, es habitual que aquellos que deberían cargar con el rebaño de Dios omnipotente que les ha sido entregado sean los que le opongan, por sus costumbres, su propio beneficio: en efecto, cada vez que ha fallado la piedad de los obispos y se ha debilitado la disciplina de los abades, al mismo tiempo se ha anquilosado el vigor del régimen monacal y, a través de sus ejemplos, la plebe ha ignorado a sabiendas los mandatos de Dios. ¿Qué otra causa, si no, podría llevar al linaje humano a arrojarse por su propia voluntad de nuevo hacia el antiguo caos de su perdición? Por tales sucesos había concebido aquel Leviatán de antiguo, sin duda, la esperanza de que la inundación del río Jordán llegara a su boca, para que así una multitud de bautizados se ahogase tras abandonar el camino de la verdad en pos de la avaricia: en verdad, tal y como es bien conocido por las palabras de los Apóstoles, cuando se enfrió la caridad y abundó la injusticia, cuando los hombres se quisieron más a sí mismos que a la justicia fue cuando sucedió por todo el mundo, en mayor medida de lo habitual, todos esos hechos que hemos relatado, alrededor del año 1000 después del nacimiento de nuestro Señor el Salvador.

Los incendios; las muertes de los nobles

En el 993, el monte Vesubio, también denominado caldero de Vulcano, expulsó en una de sus habituales erupciones una gran cantidad de enormes piedras mezcladas con azufre, que llegaron rodando hasta tres millas; además, su aliento de podredumbre volvió la región a su alrededor inhabitable. No voy a omitir por qué ese tipo de acontecimientos solamente suceden en África: el primer motivo es lo vacía que está la tierra debido a extremo calor del Sol y, segundo, dado que el mar Atlántico va a parar allí desde Oriente, se generan y alberga enormes remolinos de aguas, en los que la agitación del aire se oculta en el seno de la tierrra: entonces, bajo la forma de una potente erupción ígnea, esta combinación de calor y agua se eleva hacia los cielos. Si bien el aire, por su habitual constitución, suele elevarse, también es cierto que por su naturaleza ambigua, de humedad y calor, muy a menudo, si se ve agitado, puede convertirse en fuego en un lugar árido y en hielo en un lugar húmedo.

Entretanto, sucedió que casi todas las ciudades de Italia y la Galia fueron devastadas por incendios; incluso la propia ciudad de Roma quedó en gran parte devastada. Cuando esto sucedió, el propio fuego atacó también la Iglesia de San Pedro y empezó también a consumir las columnas cubiertas de bronce. Cuando la multitud de hombres que estaba cerca contempló esto y vieron que de ninguna manera se evitaría la desgracia, se dieron la vuelta y, entre un terrible griterío, se acercaron todos a una al propio Papa a reconocer su poder, aunque rogándole que, si en ese momento no se mostraba vigilante y defendía su propia Iglesia, muchos se apartarían, por todo el mundo, de su fe. Enseguida las voraces llamas dejaron las vigas de abeto y desaparecieron.

Por ese miemo tiempo murieron en Italia y en las Galias muchos destacados nobles y obispos, y no menos condes. Primero, el papa Juan; después Hugo, el más destacado de los marqueses; luego, por Italia, todos los más notables y, en las Galias, Odo y Heriberto, de los cuales el primer era conde de Tours y Chartres y el segundo de Meaux y de Troyes. También por aquel tiempo murió el duque de Rouen, Ricardo, que había construido un monasterio muy rico en un lugar llamado Fécamp, donde también reposan sus restos. Guillermo, duque de Poitou, también falleció en esos mismos días. Igualmente, los obispos más piadosos de las Galias abandonaron este mundo: Manases, un hombre repleto de santidad, obispo de Troyes; Gisleberto, de París y también Geboino, de Chalons, entre muchos más, como también san Mayolo, de buen recuerdo, que concluyó esta vida en la abadía de Souvigny. Incluso su preciosa forma de morir da muestras de su entereza, pues muchísimos hombres y mujeres de las dos órdenes acudieron llamados por la fama de su santidad y encontraron la gracia de salvarse de muy variadas enfermedades. Por aquel mismo tiempo una terrible desgracia se encarnizaba con los hombres, una especie de fuego oculto que quemaba cada miembro que alcanzaba y los amputaba del cuerpo con su inflamación: a muchísimos la fiebre de este fuego los consumió en una sola noche. Se descubrió que el remedio a esta tremenda plaga eran los frecuentes rezos a los santos y las mayores multitudes se reunieron alrededor de las iglesias de tres santos confesores: Martín de Tours, Odolrico de Baviera y no menos de este venerable padre Mayolo, que concedieron los deseos de salvación.

La muerte del duque Enrique y la devastación de Borgoña

Tres años antes del 1000, muere en Borgoña, en la fortaleza de Pouilly, a orillas del Saone, el duque Enrique y se le entierra en Auxerre en la iglesia del santo confesor Germán en el mes de octubre. En diciembre, en la tarde del sábado previo a la Navidad, apareció en el cielo un sorprendente portento: la imagen (o, más bien, la enormidad) de un inmenso dragón que venía del norte, mientras marchaba hacia el sur entre grandes relámpagos. Casi todos los hombres que vieron ese prodigio sintieron un enorme temor por las Galias. Al año siguiente, el rey Roberto entró en Borgoña con un gran ejército de guerreros, acompañado por Ricardo, conde de Rouen, que lideraba a 30000 normandos, ya que veía a los borgoñones como unos rebeldes porque las ciudades y fortalezas que había sido propiedad del duque Enrique, su tío, no se habían querido someter a su dominio (ya se las habían repartido antes). Desde un principio, el rey fue con todo su ejército contra la ciudad de Auxerre, a la que rodeó en un asedio; una vez que se cansó de estar allí sin conseguir tomar la ciudad tras numerosos asaltos (se dice que nunca ha sido capturada ni por asalto ni por engaño), la abandonó y se dirigió con todo su ejército a asaltar las fortificaciones de la iglesia de San Germán, con unas fortificaciones muy resistentes y pegada a la ciudad. La había fortificado el ejército del conde Landrico y los monjes residentes en aquel lugar por miedo a la destrucción del sagrado rebaño a manos de los enemigos. Entretanto, se presentó Odilo, el venerable abad del monasterio de Cluny, ante el enloquecido rey con el deseo de mediar entre ambas partes para que se le mostraran al rey los honores debidos, se consolidara la concordia entre los nobles y se fortaleciera la paz del país; al ver que lo que había pedido era poco posible que sucediera, exhortaba a los ocho hermanos que habían sido dejados como los guardianes de San Germán (los demás, con su abad Hilderico, habían abandonado el lugar obligados por una orden real) a que solicitaran una y otra vez con oraciones a Dios que, si tenía algo de piedad por ellos o por aquel lugar, se dignase a salvarlos de un asedio tan encarnizado.

En el sexto día del asedio, el rey enloqueció totalmente: vistió su coraza y casco y exacerbó los ánimos de su ejército con sus palabras; tenían también a su vera a Hugo, el obispo de esa ciudad, el único de toda Borgoña que favorecía al rey. Entonces, cuando ya estaba preparado para entrar en combate, le salió al paso el abad Odilo, increpándolo a él y a todos sus principales nobles, preguntándoles por qué se había alzado en armas contra tan gran obispo de Dios, San Germán, el cual (como se puede leer en sus biografías) siempre contó con la ayuda de Dios para detener múltiples guerras y apaciguar la locura de los reyes. Sin embargo, apenas prestaron atención a sus palabras y llegaron a su objetivo; después rodearon como una corona la fortaleza y entraron en combate para conquistarla. Mucho tiempo se extendió el combate entre ambos bandos y fue duro pero, de repente, llegó la ayuda de Dios para el bando que defendía su casa: una tétrica niebla cubrió toda la fortaleza, de tal manera que ninguno de los atacantes podía disparar contra los defensores mientras que estos les podían alcanzar con gran matanza. Después de un gran número de bajas, especialmente entre los normandos, levantaron el asedio y, aunque tarde, se arrepintieron de haber atacado un lugar de tan gran imprtancia. Sucedió también que, en el momento en que el ejército del rey empezó a atacar el lugar sagrado Gisleberto, monje de aquel mismo lugar, había empezado a celebrar, como era su costumbre a la tercera hora , los sacramentos de la misa sobre el altar de Santa María, siempre virgen, cuya imagen figuraba en ese templo en un lugar de honor sobre todos los demás. Este hecho está relacionado con la victoria que el cielo les entregó. Al día siguiente, el rey se abandonó aquel lugar, quemando todas las propiedades a excepción de las ciudades y fortalezas mejor fortificadas, hasta las partes altas de Borgoña; después, tras llegar a Francia, aunque mucho más tarde, se reconcilió con los borgoñones y consiguió gobernar toda la región con prosperidad.

La gran hambruna y las incursiones sarracenas

Por aquel mismo tiempo tuvo lugar una hambruna especialmente fuerte durante 5 años por toda Europa, hasta tal punto que no se supo de región alguna que no empobreciera y se quedara sin pan. Mucha gente murió por el debilitamiento del hambre; en muchos lugares, de hecho, la terrible hambre obligó no solo a consumir las carnes de animales y reptiles impuros sino también la de hombres, mujeres y niños, sin importar vínculos familiares: hasta tal punto llegó la crueldad del hambre que los hijos adultos devoraban a sus madres, las madres hacían lo mismo con los niños pequeños, desaparecida toda piedad maternal.

Poco después, los sarracenos, liderados por su rey Almanzor, salieron de África y, después de ocupar casi toda Hispania, llegaron al sur de las Galias, donde infligieron múltiples desdichas sobre los cristianos. Pero se les opuso, aunque con un ejército inferior, Guillermo, duque de Navarra, de apodo el Santo: de hecho, dado el pequeño número de su ejército, los monjes de aquella zona se vieron obligados a tomar también las armas. Después de una gran matanza en ambos bandos, le fue concedida la victoria a los cristianos después de perder a muchos de los suyos y los sarracenos que sobrevivieron huyeron hacia África. Sin embargo, se sabe que en esos combates que se extendieron durante días, murieron muchos monjes cristianos, que deseaban combatir más por el amor surgido del cariño a sus hermanos antes que por alguna clase de gloria y alabanza.

Vivía por aquel entonces un monje llamado Vulferio, de costumbres muy agradables, que residía en el monasterio de Reome, ubicado en el campo tarnoderense , al que se le apareció un día una visión del Señor fácil de creer: en efecto, mientras estaba en silencio rezando para cumplir con los laudes matinales en aquel monasterio y el resto de hermanos había salido, se llenó de repente toda la planta de la iglesia de hombres vestidos con blancas túnicas y cubiertos con purpúreas estolas, cuya aura de autoridad permitía reconocerlos a quien los observase. Al frente de ellos uno portaba una cruz y decía ser el obispo de muchos pueblosy afirmaba que veía necesario celebrar en ese mismo día una sagrada misa. Le contó que sus compañeros y él habían estado presentes esa noche en el monasterio acompañando a los monjes en las ceremonias matutinas y añadían que el oficio de los laudes era de los mejores que habían oído para ese día: ese era el octavo domingo después Pentecostés , en el que, con el cumplimiento de la gozosa resurrección del Señor, Su ascensión y la llegada del Espíritu Santo, en muchas y muy diversas regiones del mundo es habitual cantar unos responsorios compuestos con unas palabras muy honradas, repletos de una dulce sonoridad y, en la medida que puede la mente humana, dignas de la divina Trinidad.

Entonces el obispo, que presidía aquella congregación, empieza a celebrar la solemne misa sobre el altar del mártir san Mauricio, entonando la antífona de la Trinidad. Mientras, el monje les preguntó quiénes eran, de dónde venían o por qué motivo habían venido allí, a lo que le respondieron con mucha dulzura: “Profesamos la fe cristiana pero, por defender nuestra patria y al pueblo cristiano, las espadas de los sarracenos nos apartaron de los cuerpos humanos en los que habitábamos. Por esto ahora la llamada de Dios nos lleva a todos por igual a la suerte de los afortunados, pero teníamos que pasar por esta provincia, porque muchos de aquí, en poco tiempo, se tendrán que sumar a nuestra congregación.” Después, el ceremoniante, cuando acabó la oración al señor, envió a uno de los hermanos a que, durante la ceremonia de la paz, le diera el beso de la paz y, cuando lo hizo, le hizo una señal para que le correspondiera. Tras ver todo esto, el monje quiso seguirlos, pero ellos desaparecieron. Entendió el monje, por tanto, que él también tendría que abandonar pronto este mundo, cosa que sucedió de la siguiente manera: cinco meses después de haber visto cuanto hemos descrito, en diciembre, por orden de su abad, marchó a Auxerre para curar a algunos monjes enfermos del monasterio de San Germán, confesor de Cristo, pues era un hombre instruido en las artes de la medicina. Nada más llegar, empezó a preguntar por aquellos hermanos por los que había venido para que procurasen hacer cuanto antes lo que debían hacer por salud, pues sabía que su final estaba cerca. Cuando aquellos le respondieron: “Tranquilo, descansa hoy de la fatiga del camino para que mañana tengas más fuerzas”, él contestó: “Debo realizarlo en lo que queda de día, mientras pueda; mañana sabréis que no podré hacer nada.” Aquellos se pensaban que estaba de broma, ya que siempre era un hombre afable y alegre, e ignoraron lo que les había pedido. Al siguiente amanecer, entre agudos dolores, se acercó, como pudo, al altar de Santa María, siempre virgen, para celebrar los sagrados rituales de la misa; tras acabarlos, volvió a la enfermería, reposó sus ya muy doloridos miembros en un lecho y, como suele suceder con tales enfermos, en su dolor empezaron sus párpados a buscar el sueño. Pero de repente se le presentó la Virgen, reluciente, resplandeciente entre un inmenso fulgor, y le preguntó qué dudas tenía en su cabeza; cuando él se fijó en ella, añadió: “Si tienes miedo del viaje, no es necesario que temas, porque yo me erigiré en tu guardiana.”Esta visión le dio seguridad y ordenó que viniera el jefe del lugar, de nombre Acardo, un hombre tremendamente erudito y que, más adelante, fue abad del monasterio, al que le narró detalladamente no solo la reciente visión sino también la más antigua. Aquel le respondió: “Reconfórtate, hermano, en el Señor. Pero dado que has visto aquello que rara vez le es concedido a algún humano ver, ahora tienes que pagar la universal deuda de la carne, para poder unirte a la compañía de aquellos que viste.” Después convocó al resto de hermanos, que lo fueron a visitar según es costumbre.

Al tercer día, cuando empezaba la noche, abandonó su cuerpo. Entonces, mientras todos los hermanos limpiaban su cuerpo, lo envolvían en la mortaja, tal y como es habitual, y hacían sonar todas las campanas del monasterio, un lego, piadoso igualmente, que vivía cerca y que ignoraba la muerte del hermano, se levantó de su cama pensando que tocaban a laudes matutinos para ir a la iglesia. Cuando llegó a un puente de madera que había casi a mitad del camino, muchos de los vecinos unas voces que procedían del monasterio y que proclamaban: “Estira, estira y tráenoslo cuanto antes.” A estas voces se les dio la siguiente respuesta: “A este todavía no puedo, me llevaré a otro si puedo.” Entonces aquel que iba hacia la iglesia vio delante de él, encima del puente, a alguien que parecía uno de sus vecinos, en el que confiaba plenamente pero que, en verdad, era el diablo, acercándosele. El diablo lo llamó por su nombre y le aconsejó que cruzara con cuidado; entonces aquel maligno espíritu se convirtió en un torreón y trató de engañar al hombre que observaba aquel falaz despliegue. El hombre resbaló al alzar la mirada y cayó sobre el puente; entonces se levantó rápidamente y, reconociendo el engaño del diablo, se protegió con la señal de la cruz; después volvió a casa con más cautela y, no mucho después, murió en paz.

La lluvia de piedras

Por aquella misma época sucedió en la casa de un noble llamado Arlebaudo, cerca de la fortaleza de Joigny, en Borgoña, un presagio muy sorprendente y que debemos recordar. Durante casi tres años, de forma inexplicable, caían por toda la casa piedras grandes y pequeñas, ya fuera del aire o de las vigas, hasta tal punto que todavía hoy se pueden ver fácilmente montones de esas piedras por los alrededores. Sin embargo, aunque caían de día y de noche por toda la casa, nunca herían a nadie con su caída y ni siquiera rompían un vaso; muchos, de hecho, marcaron las lindes (que otras llaman bornes) de sus campos con ellas e incluso se han descubierto piedras de esas a las que se han llevado para construir caminos, casas y todo tipo de edificios, tanto cerca como lejos.

Sin embargo, este suceso demostró que aquel hecho era un indicio de la futura plaga que asolaría a la familia de aquella casa. Tanto el hombre como su mujer habían nacido en nobles familias, y habían incrementado mediante no pocos litigios con sus vecinos los campos paternos para sus hijos y nietos. Sucedió, pues, que no mucho después se hicieron con el control de un terreno llamado Alanto, ubicada en la región de Sens, gracias a la generosidad de los directores del monasterio de la virgen Santa Paloma; sin embargo, unos caballeros de Auxerre se la habían quitado en un ataque y ellos intentaban con todas sus fuerzas recuperarla. Cuando la disputa había durado ya varios años, un día, en la época de la vendimia, ambos bandos fueron al combate en ese mismo lugar, un combate en el que murieron muchos de ambos lados. De la familia, murieron once entre hijos y nietos; después, según pasó el tiempo, continuó la disputa y creció la discordia, de tal manera que se extendió la matanza y una innumerable cantidad de asesinatos y muertes tuvo lugar entre la familia y sus enemigos, hasta más de treinta años después.

La herética locura de Leutardo

Casi al final del año 1000, había un plebeyo en las Galias, en la aldea de Vertus, cerca de Chalons, que se llamaba Leutardo y que, como demostró su final, podía creerse que era un enviado de Satanás. Su firme locura tuvo este inicio: vivió durante un tiempo solo en un campo para realizar unas tareas agrícolas y, cuando por el cansancio de sus tareas le cogió el sueño, se le apareció un enorme enjambre de abejas que se introdujeron en su cuerpo por los lugares apartados de la Naturaleza y salieron entre un inmenso ruido por su boca, llenándolo de picaduras; después, alterado por tantas picaduras, le pareció que le hablaban y que el ordenaban que realizara muchas acciones que son imposibles para los humanos. Después de esto, se despertó agotado y volvió a casa; repudió a su mujer y se divorció de ella bajo el pretexto de un pasaje del Evangelio; salió de casa como si fuera a rezar, entró a la iglesia, arrancó la cruz y destrozó la imagen del Salvador. Todos los presentes se sintieron aterrorizados, creyendo que aquel se había vuelto loco, como así era. Con todo, los convenció (pues los campesinos son de mente débil) de que realizaba todo eso por una revelación milagrosa de Dios: así discurseaba con palabras vacías de provecho y de verdad y, deseando parecer culto, criticaba al Maestro de la religión, pues decía que entregar el diezmo era, bajo cualquier precepto, innecesario e inútil. De esta forma, como el resto de herejías, se apoyaba en las Divinas Escrituras para engañar mejor, aunque digan lo contrario: afirmaba, por ejemplo, que los profetas habían dicho algunas cosas útiles y otras a las que no debía hacerse caso. Al final, su fama, como si fuera la de un hombre cuerdo y pío, se atrajo a una parte no pequeña del pueblo; cuando lo descubrió el obispo Gebuino, un hombre de avanzada edad y muy culto, en cuya diócesis se desarrollaba la herejía, ordenó que lo trajeran ante sí: cuando lo interrogó de todo lo que había descubierto que había dicho y hecho, empezó aquel a ocultar el veneno de su maldad citando en su favor pasajes de las Sagradas Escrituras, simulando saber algo que no había aprendido. En cuanto el inteligentísimo obispo escuchó esas incoherencias, a mi juicio no más vergonzosas que condenables, demostró que aquel hombre se había convertido en un loco hereje, recuperó a la parte del pueblo que la locura de aquel había engañado y restableció la fe católica con mayor plenitud. El hereje, por su parte, cuando se vio derrotado y privado de la estima del pueblo, se suicidó lanzándose a un pozo.

El descubrimiento de la herejía en Italia