Cinco libros de historias: Libro 2

Chapter 1

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Empieza el libro segundo

La elección de Hugo como rey

Al igual que alguien que viaja por las anchísimas extensiones del mundo o se adentra remando en el espacio mar que, mientras avanza, fija muy a menudo la mirada en la altitud de las montañas o la abundancia de árboles para así reconocerlos desde lejos y poder llegar a donde se había propuesto sin error, así también a nosotros nos pasa que, deseando mostrar a los hombres del futuro cuanto sucedió en un pasado, nos apoyamos y hacemos avanzar nuestra narración y nuestro ánimo gracias a que relatamos las vivencias de los grandes hombres, para que con esta referencia el propio relato se vuelva más claro y parezca más certero. Así las cosas, en cuanto acabó, como dijimos, el gobierno como reyes de las Galias y emperadores de Italia de ese linaje de los mejores reyes, como Luis, Carlomagno y el resto de su propio linaje, enseguida la monarquía quedó en manos de hombres de una sola familia, como sucedió con los tres Otones que gobernaron el Imperio Romano hasta Enrique, que ya hemos relatado previamente. Ahora vamos a relatar cómo se organizó el reino de los francos desde ese momento.

Tras la muerte de Lotario y Luis, el gobierno de todo el reino de Francia recayó sobre Hugo, hijo de Hugo el Grande que antes hemos mencionado, duque de París, cuyo hermano era el más que conocido duque Enrique de Borgoña: este, reunido con todos los próceres del reino, eligió a Hugo como rey. Como ya hemos recordado, estaban unidos por afinidad familiar a los reyes de Sajonia, porque el primer Otón nació de la hermana de Hugo el Grande. Así pues, no mucho después de asumir el poder sobre el reino de Francia, Hugo percibió que muchos de los suyos, que antes le respetaban, ahora ignoraban su autoridad; sin embargo, como era vivo de cuerpo y mente, apaciguó poco a poco a todos los que se había rebelado contra él. Tenía un hijo que era especialmente sagaz, llamado Roberto, muy ilustrado en las artes literarias; Hugo, por tanto, cuando vio que sus fuerzas empezaban a faltarle, reunió en Orleans, la ciudad de la realeza, a los primados francos y borgoñones del reino e hizo que escogieran, con él como testigo, a su propio hijo Roberto como rey en el año 987 de la encarnación de nuestro Salvador y así, tras unos pocos años y habiendo abdicado, el rey Hugo murió sin problemas. En efecto, Roberto era un rey joven, como dijimos, pero sagaz e ilustrado, de agradable discurso y de destacada piedad: fue gracias a la divina providencia que nuestro Señor escogió a un hombre de este calibre para gobernar al pueblo católico en un momento tan crucial, pues unas desgracias nada pequeñas, presagiadas incluso en portentos de la Naturaleza, se abalanzaron día tras día sobre la Iglesia de Cristo de este reino. A todos estos fenómenos, si no les hubiera hecho frente un rey sabio con la ayuda de Dios, se habrían enquistado y empeorado mucho más la situación.

La ballena y las guerras de Occidente

En el año 996, se vio a una ballena de un tamaño increíble hundirse en el mar, en un lugar llamado Bernovallis. Venía del norte en dirección oeste y apareció en el mes de noviembre, con la primera luz del amanecer. Parecía una isla y se mantuvo en movimiento hasta la tercera hora del día : causó un gran estupoder y sorpresa entre todos los que la observaban. Y para que nadie dude de lo que estoy contando, aunque hubo muchos testigos, también se puede encontrar muchas descripciones de monstruos similares. Por ejemplo, se puede leer sobre ellas en el libro de las gestas del famoso confesor Bendando, que vivía entre los sajones de Essex, ya que este hombre de Dios, Bendano, había pasado una buena parte de su vida como ermitaño entre los monjes de islas marítimas y se había encontrado con esta bestia u otra similar: un día, mientras navegaba alrededor de esas islas, llegó el crepúsculo y vio a lo lejos lo que parecía una isla, hacia la que fue con todos los que lo acompañaban con la idea de pasar allí la noche. Cuando llegaron allí y desembarcaron en el blando dorso de la bestia, se prepararon para pasar allí una noche. Tras una breve cena, el resto de hermanos entregaron sus cansados cuerpos al dulce reposo, mientras que solo Bendano, hombre de Dios, se quedó vigilando su rebaño de Dio, entonando salmos muy a menudo y observando con cautela la fuerza del viento y el curso de las estrellas. Así, mientras se fijaba con atención en esto en el silencio de la noche, se dio cuenta de repente de que aquel promontorio, al que habían ido a reposar, los llevaba hacia oriente. Al día siguiente, cuando volvió la luz, este inteligentísimo hombre convocó a sus compañeros, que se reunieron a su alrededor, y dulcemente los animó y consoló diciéndoles: “Bondadosos hermanos, debemos dar las gracias sin cesar a Dios, creador y gobernador de todo, cuya providencia ha preparado para nosotros este vehículo que nos transporta sin esfuerzo humano.” Estas palabras, en cuanto las escucharon, sacaron a sus compañeros de su estupor y a partir de ese momento, entregados a la divina providencia y confiados en la prudencia de ese santo hombre, empezaron a tener la seguridad de que tendría un desenlace feliz: así, observaron que durante muchos días la ballena los llevaba rumbo a la salida del sol, sin desviarse, y al final llegaron a una isla mucho más hermosa que las demás, repleta de todo tipo de deleites; además, el aspecto de los árboles y las aves de allí era distinto a la de todas las demás. Este excelente hombre saltó de la ballena y se acercó a la isla, donde para su sorpresa descubrió muchas comunidades de monjes o, mejor dicho, anacoretas, cuya vida y costumbres eran mucho más santas y nobles que las de los demás. Aquellos los acogieron durante muchos días con gran generosidad mientras permanecieron allí, los instruyeron en muchos aspectos que llevan a la verdadera salvación y después, cuando volvieron a su tierra nativa, contaron a sus compatriotas todo cuanto habían descubierto.

Después de verse, como ya hemos dicho, este portento oceánico, se desencadenó una serie de guerras por todo occidentes, tanto en las regiones de las Galias como en las islas al otro lado del Océano (es decir, la de los anglos, los britanos y también los escotos). Como suele suceder muy a menudo, a causa de los pecados del pueblo llano, sus reyes y el resto de nobles se ven abocados a la disensión y, enseguida, se enfurecen y llevan la devastación a sus súbditos, hasta que llegan a derramar su propia sangre. Esto acabó sucediendo en esas islas que hemos mencionado, donde uno de los reyes de allí intentó apoderarse por la fuerza de las demás. Cuando murió el rey Adalrado en el rey de aquellos que se llaman daneses, el cual había tomado por esposa a la hermana de Ricardo, duque de Rouen, invadió su reino el rey Canuc de Wessex, que después de muchos lances de guerra y devastaciones, llegó a un pacto con Ricardo, tomó a la hermana de Adalrado por esposa y así se convirtió en rey de ambos reinos. Después de esto, Canuc volvió con un enorme ejército para someter bajo su poder a los escotos, cuyo rey de llamaba Melculo, un hombre de grandes fuerzas y ejércitos y, lo que es más importante, muy cristiano en su fe y acciones. Cuando supo que Canuc buscaba invadir su reino sin temor, congregó a todo el ejército de su pueblo y con todas sus fuerzas se le opuso para que no lo consiguiera. Durante mucho tiempo Canunc obedeció a su orgullo y continuó con tales ofensas, pero al final, gracias a las palabras de Ricardo, el duque de Rouen, y su hermana, abandonó su fiereza merced al amor de Dios y se volvió manso y quedó en paz; además, se esforzó por conseguir la amistad con el rey de los escotos y acogió al hijo de aquel en un bautizo. Desde entonces, también sucedió que el duque de Rouen se veía en algún aprieto militar, podía contar con una gran ayuda militar de parte de las islas transmarinas y así sucedió que los normandos y los pueblos de las islas se protegieron con una alianza muy fiable, de tal manera que sus fuerzas y poder infundían más temor a la mayoría de pueblos de las regiones colindantes del que ellos sentían por los demás. Y no es sorprendente que los reinos que fueron capaces por temor a Dios de expulsar a la discordia, el principal obstáculo para conseguir los dones de Dios, consiguieran primero la paz y después el regalo del poder de Cristo.

Conan, duque de los bretones, y Fulco de Anjou

Por aquellos mismos días, sin embargo, una sucesión de guerras internas se encarnizaron con las regiones más bajas de las Galias. Ciertamente, la mayoría de los que escriben sobre la geografía cuentan que el espacio de la Galia se asemeja a un cuadrado, aunque su extensión desde los montes Rifeos hasta los límites de las Hispanias, con el Oceáno a la izquierda y por toda la derecha los picos de los Alpes, supere las proporciones de un cuadrado. Pues bien, la parte más baja y pobre se denomina el cuerno de la Galia y su capital es Rennes . Durante mucho tiempo han habitado aquellas tierras los bretones, cuyas únicas riquezas eran las exenciones de impuestos y la abundancia de leche; además, carecen de todo tipo de refinamiento y su carácter es bárbaro, irascible y estúpidamente parlanchín. Una vez, estos bretones tuvieron un líder, Conan de nombre, que tomó por esposa a la hermana de Fulco, conde de Anjou, y empezó a comportarse de forma incluso más insolente que la del resto de jefes de su pueblo, pues empezó a portar, al modo de los reyes, una diadema y ejerció una tiranía sin límites en el rinconcillo que ocupa su pequeño pueblo. Después nació entre el propio Conan y Fulco, el duque de Anjou, una enemistad irreconciliable, de tal manera que, tras devastarse mutuamente las tierras y derramar su propia sangre, acabaron también por entablar un combate cuerpo a cuerpo en este enfrentamiento interno aunque inevitable. Después de haberse infligido todo el daño del que habían sido capaces, ambos decidieron que en el lugar que designase un hombre llamado Concreto cada uno de ellos acudiría con su ejército en el día pactado y entrarían en combate; sin embargo, el ejército bretón preparó una emboscada y cobardemente mató a parte del ejército de Fulco. Además, los bretones, que había llegado antes al lugar designado donde iban a entrar en combate, excavaron con astucia una larga y profunda zanja que cubrieron densamente con una trama de ramas de árboles, como una trampa de ratones para sus enemigos, y se marcharon. Así pues, el día designado se reunieron ambos ejércitos y, en el momento en el que las líneas de batalla iban a chocar, los bretones, un pueblo astuto que estaba al tanto de la argucia, simularon darse a la fuga para que así el enemigo, llevado por el afán de perseguirlos, se hundiera en la trampa. Cuando el ejército de Fulco lo vio, quiso lanzarse a por ellos y una parte nada pequeña de ellos cayó en la zanja que los bretones hábilmente habían preparado. Entonces los bretones, que antes habían simulado darse a la fuga, se dieron media vuelta y con todas sus ganas se lanzaron contra el ejército de Fulco, entre los que causaron una grandísima cantidad de bajas en una durísimo encontronazo. Incluso el propio Fulco fue derribado de su caballo de un golpe y cayó con su armadura al suelo, pero se alzó de un salto, encendido por la ira, y levantó y fortaleció los ánimos de los suyos con unas palabras: al igual que un torbellino que se desplaza por un denso sembrado, así también sus soldados infligieron una sangrienta matanza en el ejército bretón. Finalmente, destruida casi la totalidad del ejército bretón, los soldados llevaron con vida al propio Conan, duque de los bretones, aunque con la mano cortada, ante Fulco. Este, tras asegurarse de la victoria, volvió a sus tierras; después ya ningún bretón le volvió a causar problemas.

El monasterio de Loches

De las gestas del propio Fulco muchas más cosas podríamos decir que, para evitar el hastío, hemos omitido. Hay una cosa, sin embargo, que mecere ser recordada y que vamos a relatar ahora mismo. Fulco, dado que en sus múltiples combates por todas partes había derramado muchísima sangre humana, aterrorizado por el miedo a la Condenación, marchó al Sepulcro del Salvador en Jerusalén; cuando volvió de allí, durante algún tiempo su fiereza se vio atemperada. Entonces pensó en construir una iglesia en el mejor lugar de todos los campos que le pertenecían y adjuntarle una comunidad de monjes que rezaran día y noche por la expiación de su alma; también empezó a preguntar (pues en todo se comportaba con igual cuidado) a algunos religiosos en consagración a qué santos debería consagrar esa misma iglesia, para que así suplicasen al Señor omnipotente por la salvación de su alma. Entre los demás, su propia esposa, que tenía una inteligencia muy notable, le sugirió que cumpliera con un voto al que se había comprometido y la consagrara en honor las virtudes celestiales a las que la sagrada autoridad de los querubines y serafines confirma como las más sublimes. Con mucho gusto se mostró de acuerdo con esa sugerencia y edificó una iglesia particularmente hermosa en el pueblo de Touraine, a una milla de la fortaleza de Loches; finalmente, cuando concluyeron las obras de la basílica, hizo llamar a Hugo, arzobispo de Tours, en cuya dióceses se había levantado, para que viniera a consagrarla tal y como había decidido. Este no quiso acudir, afirmando que de ninguna manera podía él cumplir con la promesa de consagrarla de parte de un hombre que había robado no pocas tierras y siervos que le pertenecían; pensaba que lo más adecuado era que, si desde un principio el duque había robado algo injustamente, se lo debería devolver a su antiguo propietario y que así podría ofrecer, para cumplir con su voto, sus propios bienes al justo juicio de Dios. En cuanto los suyos le transmitieron estas palabras a Fulco, la fiereza de antaño resurgió y sin ningún recato recibió la respuesta del arzobispo: tras amenazarlo, se decidió por el plan más ambicioso que podía realizar. Reunió una abundante cantidad de plata y oro y se marchó a Roma, donde expuso ante el papa Juan el motivo de su venida; después, le pidió lo que deseaba de él y le entregó gran número de regalos. Aquel envió de vuelta con el propio Fulco a un tal Pedro, uno de los que se denominan cardenales en la Iglesia de San Pablo, líder de los Apóstoles, para que consagrase aquella basílica; además, le ordenó que cumpliera, como si tuviera la autoridad del pontífice romano, con todo lo que Fulco le pidiera hacer. Cuando el resto de eclesiásticos de las Galias se dieron cuenta de que esta sacrílega orden había sido provocada por una ciega avaricia, pues lo que uno había robado el otro lo había aceptado, se produjo un nuevo escándalo en la Iglesia Romana: a todos, por igual, les repugnaba, porque les parecía tremendamente inadecuado que aquel que dirigía la sede apostólica hubiese destrozado el antiguo modo de conducta propio de los apóstoles y los canónigos, especialmente cuando desde antiguo existía la ley, múltiples veces reafirmada, de que ningún obispo podía actuar en la diócesis de otro sin el permiso o la aprobación de aquel.

Así las cosas, un día de mayo se congregó una innumerable cantidad de gente para la dedicación de esta iglesia; de ellos, a muchos el miedo a Fulco y el éxito que había logrado los había hecho acudir; también algunos obispos que quedaban bajo su jurisdicción fueron obligados a acudir. Y así, con todo el boato, se inició y llevó a cabo la dedicación en el día designado y, tras celebrar la solemne misa según lo habitual, cada uno se volvió a su casa; sin embargo, cuando se acercaba la hora novena de ese mismo día , con el cielo sereno y suaves brisas, llegó de repente un huracán desde el sur que se abalanzó sobre la iglesia y por largo tiempo la estuvo asaltando mientras llenaba su interior de remolinos de viento. Finalmente, los tejados se levantaron y entonces todas las vigas de la iglesia, junto con las cubiertas de la parte occidental, se derrumbaron. Cuando la mayoría de la población de la región lo supo, ninguno tuvo duda alguna de que su insolente atrevimiento y arrogancia había convertido su voto en algo inútil y, al mismo tiempo, sirvió de evidente muestra para que ninguna otra persona, ni de entonces ni del futuro, hiciera algo similar pues, aunque al pontífice de la Iglesia Romana, merced a la dignidad de la Sede Apostólica, se le reverencie por todo el mundo, tampoco a él se le puede permitir transgredir las normas de actuar de los canónigos. Al igual que cualquiera de los obispos de la Iglesia ortodoxa, comprometido con su propia sede, representa al Salvador, así también ninguno de ellos debería dar órdenes en la diócesis de otro.

El milagro de Orleans

En el año 988 de la encarnación del Verbo, sucede que en la ciudad de Orleans, en las Galias, un formidable milagro especialmente digno de recordar. Está claro que en esa misma ciudad hay un monasterio constituido desde antiguo en honor del líder del apóstoles, en el que es de todos sabido que un grupo de piadosas vírgenes sirve a Dios omnipotente desde su misma fundación: por este motivo, se le denomina de las niñas. En el medio de este monasterio había clavada una bandera de la cruz, que mostraba la imagen del propio Salvador muriendo por la salvación humana. De los ojos de esta imagen, a la vista de muchos, manó durante algunos días un río de lágrimas.

Un gran gentío se reunía para contemplar tan sobrecogedor espectáculo. La mayoría de ellos, en cuanto lo veían, se daban cuenta de que ese era un presagio divino, que una calamidad iba a afectar a la ciudad: al igual que se cuenta que el mismo Salvador, por sí solo, previó que se acercaba la destrucción de Jerusalén y empezó a llorar por ella, así también se demostró que lloró a través de la representación de su imagen por la inminente desgracia que iba a afectar a Orleans. Poco después sucedió un hecho inaudito en la ciudad que, según se cree, era un nuevo presagio de esa futura desgracia: cuando la guardia nocturna de la iglesia mayor, es decir, la episcopal, se reunió y abrió las puertas para todos los que se acudían a los laudes matinales, de repente se acercó un lubo que entró en la iglesia, mordió la cuerda de la campana y la hizo sonar. Todos los presentes, al contemplarlo, se quedaron atónitos; después prorrumpieron en grandes gritos, se arremolinaron alrededor del lobo y, aun desarmados, a empujones lo echaron como pudieron de la iglesia. Al año siguiente, todas las casas de aquella ciudad, junto con los edificios de las iglesias, fueron pasto de las llamas: después de esto, nadie dudó de que ambos sucesos presagiaban esta única desgracia.

Por aquel tiempo, era obispo de esta ciudad el venerable Arnulfo, un hombre particularmente destacado por su linaje y por sus conocimientos así como riquísimo por las rentas de los campos paternos. Cuando vio la destrucción de su propia sede y la devastación padecida por el pueblo por el que debía velar, hizo de tripas corazón, reunió una gran cantidad de enseres y empezó a reconstruir desde sus cimientos el templo de la iglesia principal, que antaño había estado consagrada a la cruz de Cristo. Mientras Arnulfo se entregaba con todos sus recursos a esta obra recién iniciada para acabarla lo más rápido posible y con toda la dignidad necesaria, está claro que recibió ayuda de origen divino: sucedió un día que los obreros, que estaban colocando los cimientos de la iglesia, mientras examinaban la solidez de la propia tierra, encontraron una gran cantidad de oro que consideraron suficiente para reconstruir la iglesia entera, por mayor que fuera. Así pues, los que lo habían descubierto lo tomaron y se lo llevaron entero al obispo y él, dando gracias a Dios omnipotente por el regalo que le había entregado, lo tomó y se lo entregó a los encargados de las obras, a los que les ordenó que lo gastasen con toda confianza en la construcción de esa iglesia. Se cuenta que aquel oro fue descubierto gracias a la inteligencia de San Evurcio, el antiguo patrón de esa sede, para la restauración, ya que este hombre santo, cuando quiso reformar esa misma iglesia para hacerla más importante en su día, se encontró con un tesoro que le entregó la divinidad similar al que él dejó después allí. Así se consiguió que el templo, sede pontifical, fuera reconstruido con mayor elegancia que antes; además, el propio obispo les convenció para que el resto de iglesias que habían desaparecido de la ciudad, consagradas a los milagros de los santos, se reconstruyeran con más magnificencia que antes, para que así el culto divino en ellas se pudiera practicar mejor que en cualquier otro lugar. Así la propia ciudad se llenó de iglesias y, al final, el pueblo, castigado por sus errores aunque ayudado por la piedad de Dios, volvió a crecer tanto más rápido cuanto más sabiamente aceptó que su calamidad era un castigo por su corrupción. Esta ciudad fue, desde antiguo, como lo es en nuestros días, la principal sede de los reyes de los francos, tanto por su belleza como por el número de habitantes, y no menos por la fertilidad de sus tierras y la afluencia de un famoso río. Su propio nombre procede del río Loire, pues se dice (en latín) Aureliana como si fuese ore Ligeriana (orilla del Loire, en latín), ya que está a orillas de ese río y no, como algunos afirman con menor acierto, porque fuera fundada por el emperador Aureliano: es del río, como hemos dicho, de donde procede de verdad su nombre.

Altos cargos corruptos por el lucro y la desvergüenza

Como avisan las Escrituras, está más claro que el agua que, a medida que avanzan los tiempos, más se enfría la caridad del corazón de los hombres y más abunda la injusticia: han llegado tiempos peligrosos para nuestras almas. En multitud de obras de los antiguos Padres se observa que, por influencia de la avaricia, las religiones antiguas, sus leyes y sus órdenes, se vieron afectadas por la corrupción en vez de ayudar a la elevación: en algunos casos, esto perjudicó a las almas de algunos que recibieron ese pago a pesar de hacer un uso legítimo de la religión. Ciertamente, cuando impera la vergonzosa avaricia por el lucro, lo más habitual es que quede ahogado cualquier reproche de la justicia. Aunque es fácil que esto suceda en el culto de todo tipo de pueblos y lugares, se observa mucho mejor entre los eclesiásticos y sacerdotes del pueblo de Israel: cuanto más ricos eran que los demás, tanto más insolentes les volvía sus arrogantes deseos, por lo que al final se volvieron peores que todos los demás. Con todo, mucha es la distancia que hay entre las instituciones de la Ley Antigua, embozada bajo múltiples clases de enigmas, de los evidentes y espirituales dones de los sacramentos de la nueva gracia: allí, tan solo se consideraba como regalos los sacrificios terrenales; ahora, es al propio Dios al que se recibe como premio. Entonces se les recompensaba por actuar como esclavos, ahora a cualquiera se le considera digno si actúa movido por el sincero deseo de una buena conciencia.