Cinco libros de historias: Libro 1

Chapter 2

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En esa misma época, murió el emperador Otón del que antes hablamos, y asumió el mando sobre el mismo imperio su hijo, Otón II, que gobernó con bastante arrojo mientras vivió. Pues bien, mientras él reinaba, el venerable obispo Adalberto, de la región que en lengua eslava se denomina Bethe, que dirigía la iglesia del mártir S. Vitisclodo en la ciudad de Praga, partió hacia el territorio de los bruscos para predicar la palabra de la salvación y, con sus múltiples prédicas, muchos de aquellos se conviertieron a la fe cristiana. Entonces predijo ante los suyos que él allí iba a recibir la coronación del martirio pero igualmente les avisó de que no tuvieran miedo, porque no iba a morir nadie más que él. Sucedió entonces que un día, mientras el obispo exponía sus enseñanzas, vio que había junto al río un árbol en el que todos los habitantes del lugar realizaban sus supersticiosos sacrificios: decidió entonces cortarlo y, tras levantar allí mismo un altar y consagrarlo, él solo preparó todos los rituales de la misa y, cuando estaba listo para realizar los sacramentos, fue atravesado por diversas armas arrojadizas lanzadas por los infieles, pero se mantuvo con vida hasta que pudo acabar con la santa misa. Después sus discípulos tomaron el cuerpo de su señor y lo llevaron de vuelta a su propia patria: por sus hazañas muchos hombres se han visto muy beneficiados hasta nuestros días.

Poco después murió Otón, después de realizar muchas nobles hazañas y haber dejado el reino en un estado adecuado, al que siguió su hijo Otón III, un joven de casi doce años que, aunque joven, era fuerte y avispado y tomó por derecho de herencia el gobierno del Imperio. Al inicio de su reinado sucedió que la sede apostólica de la ciudad de Roma quedó vacante y este emperador se sirvió de la prerrogativa imperial para elegir a un pariente suyo, hijo de un duque, y ordenar que fuera él el escogido según lo habitual para gobernar la sede apostólica. Esto se realizó sin demora, pero dio pie a una enorme calamidad: había un tal Crescencio, un arrogante ciudadano de Roma que, como es costumbre entre ellos, cuanto más rico era, más fácilmente se dejaba llevar por la avaricia. Él, como quedó claro por lo sucedido, no era partidario de Otón, pues al mismísmo pontífice, al que, como hemos dicho, Otón había ordenado que fuera escogido, el mismo Crescencio, tras privarle de todo honor, lo expulsó de Roma y eligió sin vergüenza alguna a otro en su lugar. Pero en cuanto Otón descubrió esta acción, se encendió de ira y con un gigantesco ejército se acercó a Roma; cuando Crescencio supo que aquel se acercaba a la ciudad, subió con los suyos a una torre que está ubicada al otro lado del Tíber, fuera de la ciudad, llamada Entre Cielos por su altura, la fortificó y se dispuso a defenderla hasta la muerte. Con todo, una vez que llegó el emperador a la ciudad, ordenó que en un primer lugar se capturase a aquel pontifíce desprotegido, elegido por la soberbia de Crescencio, y, una vez capturado, mandó que se le amputasen las manos, como si fueran sacrílegas, y después que le cortasen las orejas y le sacasen los ojos. Después, cuando finalmente supo que Crescencio se había atrincherado en una torre, a la que evidentemente iba a acudir para darle una cruel muerte, ordenó que su ejército la rodease con un potente cerco para que Crescencio no ofrecerle ninguna oportunidad de escapar; mientras tanto, por orden del emperador, se construyó alrededor unas máquinas fabricadas a partir de madera de los abetos más altos. Cuando Crescencio vio que no tenía forma de escaparse, aunque tarde, le llegó la idea de pedir perdón; sin embargo, no vio forma de conseguirlo. Así pues, un día, con la aquiescencia de algunos miembros del ejército del emperador, salió Crescencio a escondidas de la torre, cubierto con una capa y embozado el rostro, y llegando de improviso corrió a los pies del emperador, suplicando piedad al emperador para salvar la vida.

Cuando el emperador lo vio, se giró hacia los suyos y, como estaba con un humor agrio, dijo: “¿Por qué habéis permitido entrar a las chozas de los sajones al rey de los romanos, juez supremo, legislador y elector de pontífices? Ahora llevadlo de vuelta a un trono digno de su majestuosidad hasta podamos preparar una recepción digna de su honor.” Sus seguidores lo tomaron en brazos y, como les había sido ordenado, lo llevaron de vuelta a la entrada de la torre sin hacerle daño; cuando Crescencio entró en la torre, anunció a todos los que habían quedado encerrados con él que tan solo les quedaba vivir cuanto esa torre resistiera a la captura enemiga y que no debían esperar ningún tipo de salvación más allá de esa. Por su parte, el ejército del emperador por fuera se dio prisa en acercar las máquinas y poco a poco fueron llegando a la torre: así se inició el combate, mientras unos intentaban entrar por arriba, otros trataban de romper la puerta de la torre y, al conseguirlo, se abrieron paso a la fuerza y subieron hacia lo alto de la torre. Crescencio entonces miró a su alrededor y vio que lo rodeaban aquellos que pensaba que más podrían protegerlo en un combate pero, al final, fue capturado gravemente herido, mientras que todos los que lo rodeaban fueron asesinados, y preguntaron al emperador qué hacer con él. Aquel respondió: “Arrojadlo, a la vista de todos, desde las almenas superiores, para que los romanos no digan que les hemos robado a su rey.” Lo arrojaron, pues, como les había sido ordenado, y después lo ataron a unos bueyes y arrastraron su cadáver por los desagües de las calzadas y al final, a la vista de todo el pueblo, lo dejaron colgado de un poste muy alto. Tras acabar con esto, el emperador decidió escoger a Gerberto, arzobispo de Rávena, como el Pontífice supremo de Roma. Este Gerberto nació en la Galia y, aunque era de un linaje menor, era de un finísima inteligencia y tenía una completísima educación en las artes liberales; también fue nombrado arzobispo de los remos (=Rheims) por el rey Hugo de los francos. Pero como era, como dijimos, muy inteligente y precavido, comprendió que Arnulfo, arzobispo todavía vivo de esa misma ciudad, intentaría recuperar su cargo por más que fuera un nombramiento real, así que con cautela fue a ver a Otón. Este lo acogió con los honores adecuados e inmediatamente lo nombró arzobispo de Rávena y después, como dijimos, lo ascendió a pontífice de Roma.

También sucedió en esta época que el mismo emperador, tanto a sugerencia del propio pontífice como de otros que dirigen la casa de Dios movidos por su celo religioso, se vio en la obligación de expulsar de la Iglesia de San Pablo a algunos que se hacían llamar monjes por su comportamiento pernicioso y reemplazarlos por otros, a los que llamamos canónigos, para que ocupasen ese mismo lugar. Cuando intentó hacer cumplir su decreto, se le apareció por la noche en una visión el apóstol Pablo, que se preocupó de advertir al mismo emperador con estas palabras: “Si de verdad es tu celo por el servicio a Dios el que te incita a realizar las mejores obras, ten cuidado de no cambiar de orden a los monjes a los que has expulsado: aunque sea una organización depravada, no es conveniente nunca cambiar o alterar una orden eclesiástica: cada uno debe ser juzgado en la propia orden en la que se comprometió a servir a Dios en un principio y enemendarse, aunque corrupto, donde decidió acoger su vocación.” Con este consejo, el emperador contó a los suyos lo que había oído del Apóstol y, con cuidado, pudo mejorar la orden de monjes, en vez de expulsarla o cambiarla. Entretanto, perdiendo el norte, tomó por esposa a la mujer de Juan Crescencio, de la que se divorció poco después, igual de desnortado que la había tomado. Al final, queriendo volver a Sajonia, le encontró la muerte en Italia. Entonces el ejército que había llevado consigo, al verse privados de su señor, se reunieron en un solo cuerpo y, para que no los matasen aquellos a los que ellos habían atacado, pusieron el cadáver del emperador difunto en un caballo delante del ejército y así llegaron sanos y salvos a su patria y le dieron la merecida sepultura en el monasterio de la siempre virgen Santa María de Aquisgrán.

Asumió entonces el poder sobre el reino de los sajones, después de Otón III, Enrique, pariente suyo aunque no de su reino, que fue nombrado emperador romano. Pero a partir de ahora es menester rememorar con qué desgracias, tanto externas como internar, fue azotado el mundo romano bajo el reinado de cada uno de los reyes anteriores. Es de todos bien sabido que aquel imperio, el más destacado del mundo, fue dividido por los hombres de antaño, de tal manera que Roma debía tener la primacía sobre toda el mundo latino así como Constantinópolis debía ser la ciudad capital en las regiones más allá del mar tanto para los griegos como para el resto de pueblos. Si bien ambas partes supieron encajar la división, después poco a poco las dos fueron acostumbrando a ver reducido su poder, hasta que al final uno se vio limitado y reducido en extensión en varias guerras y el otro fue gobernado por extranjeros. Y como cada vez se gobernaba más con los medios de la tiranía y menos con un respeto generoso o con una herencia original, de igual manera se castigaba cada vez más la tiranía de los gobiernos con frecuentes ataques de los antes sometidos.

El azote de los infieles

Por último, alrededor del año 900 de la encarnación del Verbo, llegó desde Hispania Algalif, rey de los sarracenos, hasta Italia, con un ejército enorme para saquear con todos los suyos todas las propiedades de allí y destruirlas a sangre y fuego. Una vez que llegó, devastó todo el norte de Italia hasta llegar a Benevento y tan solo los líderes de algunas ciudades ciudades reunieron un ejército y se atrevieron a enfrentarse a Algalif aunque, cuando se vieron en inferioridad de fuerzas, prefirieron buscar su salvación en la fuga antes que en el combate, como tienen por costumbre esos modernos italianos. Entretanto, volvieron los sarracenos a su país, a África, con su rey y desde aquel momento no dejaron de atacar Italia hasta la época de Almanzor y del emperador Enrique, si bien en muchas ocasiones fueron derrotados tanto por los emperadores como por los duques y marqueses del país.

Por esta misma época, se abatió sobre los pueblos de las Galias una no menor desgracia provocada por enemigos, por la invasión de los normandos (ellos se dieron este nombre porque, a causa del disfrute que les causa el saqueo, partieron de las regiones septentrionales para atraverse a saquear y azotar las occidentales – ciertamente, en su lengua llaman al Septentrión Nort y Mint significa pueblo, de tal manera que normandos significa pueblo septentrional). Estos, que en un principio se limitaban a las regiones alrededor del Oceáno y que se contentaban con unos pequeños tributos, al final acabaron por fundirse en un solo pueblo nada pequeño y, después de eso, erraron por las extensiones del mar y de la tierra con ánimo hostil; hasta llegaron a tomar contral de algunas ciudades y regiones. También por estos tiempos nació un hombre del más ínfimo linaje rústico en las inmediaciones de Troyes llamado Astingo, en un aldea llamada Tranquilo, a unas tres millas de la ciudad. Este joven, aunque muy fuerte físicamente, era de perversa moral y, en su soberbia, despreció el sino de sus pobres padres y prefirió abandonar su país, vencido por su ambición de convertirse en señor; al final, se fue con los normandos y desde un principio se unió a aquellos que se encargan de suministrar víveres al resto del pueblo a través de frecuentes saqueos, a los que llaman flota. A medida que servía en este oficio, se iba volviendo tanto más cruel que los peores de sus compañeros al mismo tiempo que se tornaba cada vez más malvado y, poco a poco, se hizo más poderoso que los demás tanto en fuerzas como en posesiones, hasta que al final todos lo eligieron como señor del mar y la tierra. Una vez que alcanzó este poder, se mostró aún más sanguinario y, sin importarle la crueldad de sus predecesores, empezó a ampliar sus tierras por medio de la violencia. Poco después, tras embarcarse con casi todos sus súbditos, llegó a la región de la Galia Superior con la idea de volver a ver y asolar aquella tierra que había dado a luz a tan gran mal. Cuando llegó, lo destruyó todo a sangre y fuego, peor incluso que un ejército enemigo; tampoco se libró ninguna casa de la Iglesia, a excepción de aquellas guarnecidas en ciudades o fortalezas, a las que profanó de todas las formas posibles y acabó por incendiar. Después de errar por todas las Galias y tras apoderarse de los más ricos botines de todo género de cosas, llevó su ejército de vuelta a sus tierras y así desde entonces tanto el propio Astingo como sus sucesores (es decir, los reyes de aquel pueblo), durate casi 100 años, han impuesto sobre los pueblos a lo largo y ancho de las Galias tales calamidades; además, estas incursiones que hemos relatado se solían producir muy a menudo en el intervalo entre la muerte de un rey o emperador tanto de Italia como de las Galias y la elección de uno nuevo. Pero una vez, cuando el ejército de los normandos, como solía hacer, había decidido atacar las Galias, les salió al paso cuando estaban lejos de sus tierras el respetado Ricardo, duque de Borgoña, padre del rey Rodolfo, como antes hemos relatado, y, tras atacarles, causó tales estragos entre ellos que muy pocos de ellos pudieron escaparse y volver a su patria. Aunque después los propios normandos igualmente devastaron muchas islas y regiones costeras, desde entonces ya no llegaron hasta las zonas bajo el poder los reyes de los francos, a no ser que los mismos reyes los convocasen. Además, poco después, los francos y no pocos de los borgoñones se unieron pacíficamente en matrimonio con los normandos, que ya se habían convertido a la fe católica, y decidieron por consenso llamarse y ser el reino de un solo rey. De ahí surgieron unos duques descatadísimos, como Guillermo y todos los que, después, fueron nombrados por herencia del padre o del abuelo Ricardo. De este ducado la capital fue Rouen.

Así las cosas, aunque estos duques descollaron sobre los demás en su fuerza militar, también destacaron por su afán por mantener la paz del país y por su generosidad, pues toda región que pasaba a estar bajo su dominio parecía formar parte de una sola casa o familia de una sola sangre, en la concordia de una confianza inquebrantable; trataban como a un ladrón o a un bandido a todo aquel que pidiera más de lo justo o a quien robara a otro engañándolo en una venta; también cuidaban de todos los pobres, necesitados y peregrinos como unos padres de sus hijos. También entregaban grandísimos dones a las sagradas Iglesias por casi todo el mundo, hasta tal punto que desde Oriente, desde el conocidísimo monte Sinaí, venían cada año unos monjes a Rouen, que se llevaban muchos regalos de hospitalidad de oro y plata de parte de estos príncipes. Ricardo también envió al Sepulcro del Salvador cien libras de oro y ayudaba con inmensos dones a quienes querían peregrinar hasta Jerusalén.

Después, en el devenir de los tiempos, movida por culpa de los hombres pecadores, nació la discordia entre los dos reyes, es decir, el de los francos y el de los sajones. Esta, que durante mucho tiempo ardió, llevó contra los pueblos de las Galias un terrible azote a modo de oculto juicio de Dios: el rey de los húngaros, con el ejército al completo de todo su pueblo, aprovechando la oportunidad de esta mala discordia, entró en las Galias y devastó todas las regiones una o hasta dos veces, capturó a hombres de ambos pueblos y robó toda clase de posesiones sin que nadie se le opusiera. Esta calamidad se mantuvo con toda su fuerza hasta que los reyes de ambos reinos, con la ayuda de Dios, se unieron con el vínculo de una sola fe y una sola sangre. Acabado así el linaje de los anteriores reyes y calmadas sus disputas, el mundo empezó a renacer bajo la amistosa paz de los nuevos reyes y a someter al reinado de Cristo, a través de la fuente del sagrado bautismo, a los tiranos de todo el mundo. De hecho, el propio pueblo húngaro, después de haber inflingido tantos daños, después de haber llevado tantas calamidades a otros pueblos, se convirtió a la fe católica junto con su rey y así, los que antes acostumbraban a saquear cruelmente los bienes ajenos, ahora gustosamente compartían sus bienes en nombre de Cristo; así, a todos los que habían capturado en sus correrías y que les habían obligado a marchar a las más miserables aldeas por todas partes, si descubrían que eran cristianos, ahora los favorecían como hermanos o hijos.

Por otro lado, parece honesto y justo, y la mejor solución para proteger la paz, que, a fin de que ningún rey osase tomar el cetro del Imperio Romano o pudiera nombrarse a sí mismo o ser emperador, fuera el Papa de Roma el que eligiera y le entregase las insignias reales al mejor para gobernar el Imperio de acuerdo a la honradez de sus costumbres: en efecto, antaño todo tipo de tiranos, impulsados por su propia arrogancia, habían sido elegidos emperadores y habían sido tanto menos adecuados para gobernar cuanto más obvio era que se habían aupado al poder gracias a su tiranía más que a la solidez de su piedad. En el año 710 de la encarnación de Dios, aunque la antigua enseña imperial había tenido anteriormente diversas figuras, el venerable papa de la Sede Apostólica Benedicto ordenó crear esa misma enseña pero desde un punto de vista intelectual: mandó fabricar un objeto dorado con forma de manzana, con cada cuarto ceñido por gemas preciosísimas y con un cruz dorada inserta por encima. Era similar al aspecto de este mundo terrenal, que muestra estar formada con una cierta redondez, para que si algún emperador la observase, tuviera claro que no debía gobernar o luchar en este mundo más que para ser digno de tener la protección de la enseña de la cruz de la vida; después, al observar la decoración de las gemas, que pensase que todo éxito imperial necesariamente debía estar acompañado por la presencia de muchísimas virtudes.

Así pues, cuando con el emperador Enrique, que venía a Roma para ser coronado, se encontró el Papa antes mencionado, que había salido de la ciudad acompañado de una multitud de hombres y de órdenes sagradas según su costumbre, le entregó al emperador esta enseña imperial ante la vista de todo el pueblo de Roma; aquel la tomó gozoso y, después de observarla por todos los costados, como era un hombre sagaz, contestó al papa: “Gran padre, has sido sutil a la hora de ordenar que fabricaran esta enseña como símbolo de nuestra monarquía: me has dado una ingeniosa lección de cómo debe ser moderada.” Después, cogiendo por debajo aquella manzana dorada, dijo: “No hay nadie más adecuado para poseer y contemplar este regalo que aquellos que, después de abandonar todos los lujos del mundo, siguen decididos la cruz del Salvador.” Y entones envió la manza al monasterio de Cluny de las Galias, que en aquellos tiempos se consideraba el más religioso de todos, al cual envió también otros muchos regalos y adornos.

En otro orden de cosas, es necesario explicar una cosa realmente sorprendente: lo que hemos contado, es decir, la conversiones de esos pueblos paganos a la fe cristiana, suele suceder habitualmente en aquellos pueblos que habitan en el Oeste y al Norte; en cambio, rara vez se oye algo similar en los pueblos al Sur y al Este . De esto hubo un presagio muy acertado y veraz en la ubicación de la cruz del Señor, cuando colgaron de ella al Salvador en el monte del Calvario: por un lado, cuando se levantó la cruz en la cima, los sanguinarios pueblos orientales quedaron a su espalda, mientras que al alcance de su mirada quedó Occidente, que se llenaría con la luz de su fe; así, también, fue el dulce Norte el que recibió la bendición de Su omnipotente mano derecha extendida para ofrecer misericordia, mientras que la izquierda quedó para los tumultuosos pueblos del Sur. Sin embargo, aunque hayamos brevemente recordado este presagio, siempre queda el inquebrantable resguardo de nuestra fe católica, porque en cualquier lugar y pueblo, sin excepción, cualquiera que haya renacido en el Sagrado Bautismo y crea que el Padre omnipotente junto con su hijo Jesucristo y el Espíritu Santo forman un solo Dios verdadero, si por su fe ha realizado cualquier buena acción y se ha mantenido en este camino, será aceptado por Dios y disfrutará de una perenne vida feliz. Solo a Dios le compete saber por qué la raza humana es más o menos capaz de conseguir su propia salvación en unos lugares u otros; con todo, hemos repasado estos hechos porque la llegada del Evangelio de Cristo nuestro Señor hasta los límites de esas dos partes del mundo, la septentrional y la occidental, puso el mejor fundamento para la fe sagrada en favor de los pueblos de aquellas regiones y, al contrario, uno peor para adentrarse en las otras dos, la oriental y la meridional, reconociendo sabiamente que aquellos pueblos viven atados a la fiereza de su propio error. Y para que nadie calumnie ni injurie en este lugar al reparto del buen Creador, es menester no obstante examinar sabiamente el canon de las Escrituras. En ellas, se puede encontrar sin lugar a dudas cualquiera de las formas manifiestas de este mundo secular: a saber, que quedan demostradas la bondad e, igualmente, la justicia del propio Creador en aquellos que se han salvado y en aquellos que han muerto pues, al igual que el primer padre de los hombres en un principio había sido elegido por el Autor de todo lo bueno como el juez de su propia salvación, así también el propio Redentor ha hecho entrega de una posibilidad de salvación para todo aquel que la desee alcanzar. Sin embargo, este oculto reparto solamente demuestra con el paso del tiempo que Él, que siempre y al momento ha dispuesto de cualquier cosa, es omnipotente, el único bien verdadero, tanto a través de sus obras piadosas como de las justos castigos en nombre de una necesaria retribución. Esta bondad original nunca queda vacía de piedad, porque siempre está uniendo al seno del hijo nacido de su Deidad a la mayoría de la multitud de hijos del Prevaricador (Adán). Mientras esto sucede en el mundo, ¿qué otra cosa podría ser la que estuviera actuando más que la bondad del Omnipotente, mutable en su inmutabilidad e inmutable en su mutabilidad.