Cinco libros de historias: Libro 1
Chapter 1
Prólogo
Los cinco libros de historia de su tiempo desde la elección como rey del muy poderoso Hugo Capeto del monje cluniacense Rodolfo Glabro hasta el año 1046.
De Rodolfo Glaber, para Odilón, el más ilustre de entre los hombres destacados, padre de la abadía de Cluny
A menudo me ha conmovido la justísima queja de mis hermanos de estudios, que muy a menudo he hecho mía, de por qué en nuestros tiempos no existe nadie, ni entre la Iglesia de Dios ni entre el laicado, que no redacte para los hombres del futuro en algún tipo de escrito todos los diversos hechos que es evidente que están sucediendo y que no deben ocultarse; especialmente cuando, de acuerdo con el testimonio del Salvador, él mismo estará realizando nuevas acciones en el mundo con la ayuda del Padre y la cooperación del Espíritu Santo y porque durante casi 200 años (esto es, desde Beda, el sacerdote britano, o Pablo de Italia, los cuales describieron la historia de su propia gente o de su país) no ha habido quien los haya puesto por escrito a modo de historia para un futuro. Evidentemente, es obvio que tanto en el mundo romano como en el de allende el mar como en las provincia romanas ha tenido lugar una enorme cantidad de acontecimientos que, si se entregan para el recuerdo, resultarían especialmente provechosas para los hombres y favorecerían en gran medida en cada uno de ellos el estudio de la cautela y la prevención, tanto más cuanto, como se suele decir, acaecieron muchos más sucesos de lo habitual alrededor del año 1000 de la encarnación de Cristo Salvador.
Así las cosas, voy a obedecer en la medida que me sea posible vuestra recomendación y el deseo de mis hermanos y mostraré la historia desde sus inicios, aunque a veces el cómpute de años desde el origen del mundo según las historias de los hebreos discrepe de la traducción de los 70 intérpretes, sin embargo sabemos con toda certeza que en el año 1002 de la encarnación del Verbo fue el primer año del rey Enrique de los sajones y el mismo año 1000 del Señor fue el 13º del rey Roberto de los francos: esos dos reyes fueron considerados entonces en nuestro mundo aquende el mar como los más cristianos y destacados. De ellos, el primero, es decir, Enrique, asumió el poder de Roma y por esto hemos establecido su recuerdo como guía para nuestra línea temporal. Además, como vamos a relatar los eventos de las cuatro partes del mundo, creemos, en tanto que hablamos con religiosos, adecuado incluir al inicio de nuestra obra, con la guía del Señor, la doctrina de la divina y abstracta cuaternidad y de su forma en su conjunto.
LIBRO PRIMERO
La divina cuaternidad
Dios, creador de todas las cosas, las ha diferenciado con múltiples formas y figuras para, a través de cuanto ven los ojos o entiende la mente, elevar al hombre erudito hasta el reconocimiento simple de la Divinidad. En un primer momento, descollaron los padres griegos de la Iglesia Católica, aunque filósofos mediocres, examinando y reconociendo estos aspectos; luego, cuando ya tuvieron entrenados sus sentidos en multitud de campos, llegaron a especular sobre alguna clase de cuaternidad, por la que nos es posible entender el mundo presente, inferior, y el mundo futuro, superior: las cuaternidades y sus reflejos, una vez que las empezamos a desentrañar con precisión, vuelven más ágil la mente al mismo tiempo que el intelecto de quienes las han investigado.
Cuatro son los Evangelios, que en nuestra mente constituyen el mundo superior; en igual número existen los elementos que conforman este mundo inferior. También son cuatro las virtudes que encabezan a las demás y nos llevan, al admirarlas, al resto; por igual motivo, cuatro sentidos tiene el cuerpo, a excepción del tacto que está subordinado a los otros, más finos. Así, lo que es el elemento del éter ígneo en el mundo sensible se corresponde con la prudencia en el intelectual, pues se eleva más alto y anhela con todas sus fuerzas estar cerca de Dios; lo que es el aire en el mundo corpóreo es la fortaleza en el intelectual, que hace crecer a todos los seres vivos y da fuerzas a los seres móviles para actuar; de igual manera, lo que genera el agua en el mundo corpóreo lo produce la templanza en el intelectual, en efecto, que es la que alienta las buenas acciones, de la que emanan abundantes virtudes y la que protege la fe por el deseo del amor de Dios; también la tierra provoca en el mundo inferior una semblanza a lo que es la justicia en el intelectual, evidentemente, una base consistente e invariable para un reparto justo.
A través de la realidad se puede reconocer una constitución espiritual de los Evangelios similar: así pues, el evangelio de Mateo alberga la figura mística de la tierra, porque es el que muestra más abiertamente que los demás la sustancia en carne del Cristo hombre; el de Marco, la templanza, que se corresponde con el agua, cuando muestra la atemperada penitencia del bautismo de Juan; el de Lucas se asemeja al aire y la fortaleza, porque se ve reforzado por la gran cantidad de historias que contiene en su relato; el de Juan, al éter ígneo y la prudencia y, dado que es más sublime que los demás, expone claramente la forma [divina] mientras sutilmente presenta un conocimiento y una fe en Dios simples. Además, a cualquier hombre le conviene asociarse a estas conexiones teóricas entre elementos y virtudes y Evangelios, ya que todo esto, aún invisible, ha sido creado para él en calidad de regalo, tal y como los filósofos griegos llamaron a la sustancia de la vida μικρόκοσμον, es decir, pequeño mundo.
Por su parte, la vista y el oído, que administran el intelecto y la razón, se parecen al éter superior, más ligero que el resto de elemento y, cuanto más ligero, tanto más honorable y lúcido. Le sigue el olfato, que muestra similitud al aire y la fortaleza; el gusto ofrece una semejanza pareja y bastante similar al agua y la templanza y, por tanto, el tacto, el más inferior de todos, más sólido y estable que los demás, presenta con toda lógica la huella de la tierra y la justicia. Es evidente (y muy hermoso) observar que la propia forma en como está constituida la naturaleza ante nuestros mismos ojos predica en silencio la presencia de Dios: en efecto, todo movimiento regular de ida presagia una vuelta y tanto la ida como la vuelta persiguen volver a su predecible estado originario para poder reposar en él.
Queda claro, además, que, a partir de la teoría que hemos expuesto, podemos observar sin temor a equivocarnos que el río que mana del Edén en Oriente se distribuye en cuatro ríos famosísimos. De estos, el primero, el Fisón, que se denomina apertura de la boca, se refiere a la prudencia, que siempre es útil y la poseen los mejores; además, el hombre fue expulsado del Paraíso por un descuido, por lo que es menester tomarla por guía por volver. El segundo es el Geón, que significa agujero de la tierra y se refiere a la templanza, que alienta la pureza y elimina las malas hierbas de los vicios para nuestra salvación. El tercero es el Tigris, a cuyas orillas habitan los asirios, que significa los directores: por esto, sin duda, se refiere a la fortaleza, que evidentemente lleva a los hombres, con la ayuda de Dios, al gozo del reino eterno tras rechazar los vicios de los pecados. El cuarto, el Éufrates, cuyo nombre recuerda a abundancia, claramente designa a la justicia, que alimenta y fortalece a toda alma que la desee con amor.
Así pues, aunque el significado de estos ríos se relaciona en su esencia con las características de las virtudes que hemos descrito así como con la forma de los cuatro Evangelios, no es menos cierto que esas mismas virtudes se ven reflejadas en las cuatro eras temporales de este mundo secular. Desde el inicio del mundo hasta la venganza del diluvio, tuvo gran fuerza la prudencia gracias a la bondad de aquellos que conocieron a su Creador por el amor a una naturaleza simple, como sucedió con Abel, Enoc, Noé o los demás que, reforzándose en la razón de su mente, entendieron qué les convenía hacer. En la era de los patriarcas, desde Abraham y el resto, que disfrutaron de señales y visiones, como Isaac, Jacon, José y los demás, queda demostrada una templanza bien formada, ya que ellos amaron al Autor por encima de todo en la adversidad y en la prosperidad. También en la era de los profetas, desde Moisés y los demás, unos hombres en extremo resistentes, apoyados en la institución de unos preceptos legales, se consagra la fortaleza, que ellos demuestran aplicando con esmero los difíciles preceptos de la ley. Finalmente, desde la llegada del Verbo encarnado, la justicia ha llenado, rodeado y gobernado todo este tiempo como el fundamento y final de las demás virtudes, según la palabra de la Verdad dicha a Juan Bautista: “Es menester que cumplamos toda justicia.”
Vamos, por tanto, a relatar las obras de aquellos hombres que fueron ilustres (evidentemente, en el mundo romano) por su destacada fe católica o por el cultivo de la justicia desde el año 900 de la encarnación del Verbo que todo lo crea y le da vida hasta nuestros días, según seamos capaces de descubrirlo en algún tipo de relato o porque nosotros lo hayamos vivido. Pero, antes de relatar los acontecimientos que afectaron tanto a las sagradas Iglesias como a ambos pueblos, vamos orientar nuestro relato hacia aquel imperio que antaño fue el más importante del mundo, el romano.
Una vez que la virtud de Cristo omnipotente amoldó a los reyes de todas las tierras a su imperio, tanto menos poder tuvo el reino de terror de los César cuanto más veraz se reveló el juicio de aquellos que afirmaban que ese imperio se sostenía más en el miedo a su fiereza que en el amor a su necesaria humanidad. Al final, todo aquel linaje poco a poco se vio repartido y anulado por todo el imperio antes mencionado, de tal manera que el estado romano y su pueblo, que antaño acostumbraba a imponer sus leyes y decretos a otras familias y comunidades, ahora iba perdiendo más y más control sobre sus propios asuntos. Entonces empezaron muchos pueblos a los que antes habían sometido a agredirlos con frecuentes incursiones y algunos de los reyes de las provincias externas llegaron incluso a secuestrar el nombre de aquel imperio. Por aquel entonces, los reyes de los francos fueron, de toda la Cristiandad, los más capaces, excelsos y destacados en su uso de la justicia y aventajaban a los demás en el uso de las armas así como en su fuerza militar. Su victorioso y triunfal poder adquirió, por muchos años, la máxima distinción de imperio y entre aquellos reyes brillaron particularmente Carlos, llamado el Magno , y no menos Ludovico, llamado el Pío. Estos, con sus prudentes decisiones y valentía, sometían a su dominio en cada ocasión a sus enemigo, hasta tal punto que todo el mundo romano servía, como una familia, a sus emperadores y, además, todo el estado se regocijaba más con esa guía paternal que con la aparente seguridad causada por el miedo a los emperadores. Pero como no nos hemos propuesto relatar sus hazañas ni narrar las gestas familiares a modo de historia, nos hemos preocupado de investigar cuál fue el final del reinado o imperio de aquel linaje.
Los reyes de esta prosapia se mantuvieron como emperadores tanto en Italia como en las Galias hasta el último rey, Carlos llamado el Simple. Este finalmente escogió entre los nobles de su reinado a un tal Heriberto, al cual había tomado por hijo a través de un bautizo, del cual, sin embargo, podría haber sospechado debido a su carácter intrigante antes de descubrir sus múltiples insidias. En efecto, cuando Heriberto decidió engañar al rey, le invitó a una de sus fortalezas con el pretexto de unas deliberaciones para atraerlo y encadernarlo en la prisión; finalmente, alguien le sugirió al rey que se moviera con total cautela para no caer en las trampas de Heriberto. El rey decidió hacer caso del consejo y moverse con cautela, pero sucedió que un día entró sin problemas en el palacio del rey Heriberto con su hijo. El rey, levantándose, fue a darle un beso y él, agachando totalmente el cuerpo, recibió el beso del rey; después, al ir a besar al hijo, el hijo, que aunque joven e inexperto en los engaños estaba al tanto de la argucia, se mantuvo de pie y no se postró ante el rey. Entonces el padre, que estaba al lado, golpeó al joven con gran fuerza en la espalda mientras decía “Ante un hombre mayor, y especialmente ante el rey, no se debe tener el cuerpo levantado para recibir el beso”.
Cuando vieron esto el rey y todos los presentes, creyeron que los engaños y tramas de Heriberto contra el rey eran falsos y, al saber que el rey ya no sospechaba de él, insistía con mayor ahínco que acudiera a una de sus fortaleza para deliberar, como ya había rogado antes. El rey prometió que enseguida iría a donde quisiera y así, llegado el día designado, el rey acudió adonde Heriberto le había pedido, llevando solo una pequeña escolta en símbolo de amistad. Aquel acogió al rey con todo el boato el primer día y el segundo, como si fuera una orden del rey, el propio Heriberto pidió a todos los que acompañaban al rey que regresaran a sus domicilios, como si su propia guardia fuera suficiente para guardar al rey. Ellos, tras escuchar estas palabras, se marcharon sin saber que habían dejado a su rey encadenado, al cual tuvo Heriberto encarcelado hasta el día de su muerte. El propio rey había engendrado también a un hijo de nombre Luis, todavía un niño, el cual, en cuanto conoció lo que le había sucedido al padre, cruzó el Oceáno y permaneció allí hasta llegar a la edad adulta.
El rey Rodolfo (o Raúl de Borgoña)
Por aquel mismo tiempo vivía Rodolfo, hijo de Ricardo, duque de Borgoña, un joven de buen cuerpo y una inteligencia precisa. Él había tomado por esposa a Emma, una mujer ilustre tanto por su inteligencia como por su prestancia, hermana a la postre de Hugo el grande, de cuya fuerza militar dependía el reino de los francos. Él, cuando vio que el reino había sido privado de su rey y sabiendo que la reinstauración del rey dependía de su voluntad, envió un mensaje a su hermana solicitándole que escogiera al que ella considerase el mejor para ocupar el trono real, ya fuera a él, su hermano, o al esposo que hemos mencionado antes, Rodolfo. Como le habían consultado, ella respondió con prudencia que prefería besar las rodillas de su marido como rey que de su hermano. Hugo, en cuanto supo la respuesta, se alegró y se mostró de acuerdo y cedió el trono real a Rodolfo. Este Rodolfo, como carecía de descendencia al morir, fue el único de su linaje que ocupó el trono. Hugo fue hijo de Roberto, conde de París, que había sido rey durante un breve tiempo y que murió a manos del ejército sajón. Ya nos hemos extendido lo suficiente con esta familia, porque todo lo anterior es muy oscuro.
El rey Lotario
Entonces, los próceres del reino escogieron a Luis, hijo del rey Carlos que antes hemos mencionado, y lo ungieron como rey para gobernar sobre ellos por derecho de herencia. En efecto, el ya mencionado Heriberto había sufrido una cruel muerte pues, castigado por una languidez de origen divino, según se acercaba al final de sus días y los suyos le preguntaban tanto por la salvación de su alma como por la disposición de sus propiedades, no respondía nada más que esto: “Doce fuimos los que nos comprometimos a traicionar a Carlos.” Y repitiendo esto una y otra vez murió. Después, Luis tuvo un hijo con Gerberga, hija del duque Gisleberto, al que puso de nombre Lotario. Este, de cuerpo ágil y saludable y sensato de mente, recibió la corona e intentó reunificar el reino a su anterior forma, pues parte del reino superior, que todavía se denomina reino de Lotario (Lotaringia o Lorena), la había incorporado a su reino, Sajonia, el rey Otón, entonces emperador romano. Finalmente, Luis intentó capturar a este mismo Otón (el segundo, hijo del primero, Otón el grande) en su palacio de Aquisgrán pero, como alguien le había avisado a escondidas previamente del complot, de noche consiguió escaparse con su mujer y salvarse. Finalmente Otón, tras reunir a un ejército de 60.000 o incluso más soldados entró en Francia y llegó hasta París, donde se demoró por tres días; después empezó a volver hacia Sajonia; por su parte, Lotario, que había reunido en una sola fuerza a todas las tropas de Francia y Borgoña, persiguió a Lotario hasta el río Mosa y consiguió matar a muchos de los que huían en el mismo río. Después de esto, ambos dejaron la guerra, aunque Lotario consiguió menos de lo que deseaba.
Lotario tuvo también a un hijo llamado Luis y, cuando aún era un joven adulto, decidió que reinaría tras él. Le consiguió una esposa de Aquitania que, como era astuta, en cuanto se dio cuenta de que el hijo era menos inteligente que el padre, decidió divorciarse de él y sugirió que se volvieran a la Provenza, de donde había venido, que por herencia ella recibiría. El hijo, que no comprendió la argucia de su mujer, se preparó para marchar con ella tal y como le había aconsejado pero, cuando llegaron allí, su mujer lo abandonó y se fue con su familia. Cuando le llegó la noticia al padre, fue a recuperar a su hijo y se lo llevó de vuelta consigo. Ambos vivieron juntos desde entonces y, después de algunos años, murieron los dos sin tener descendencia. Con ellos, este linaje real (o más bien imperial) llegó a su fin.
Los que fueron brevemente emperadores romanos
Cuando se agotó el linaje de los reyes que acabamos de describir, asumieron el cetro del Imperio Romano los reyes de Sajonia. De ellos, el primero fue Otón, hijo de Enrique, rey de Sajonia, cuya hermana, Haduide, la tomó por esposa Hugo, duque de los francos, de sobrenombre el grande. Este Otón no fue distinto a los reyes que anteriormente habían gobernado en cuanto a la gloria y vigor que reportó, y se mostró particularmente generoso en sus donaciones a la Iglesia y a las limosnas. En los tiempos de su reinado, los sarracenos, partiendo desde las tierras de África, consigueron ocupar con gran valentía unos lugares especialmente seguros en los Alpes y desde esa base temporal devastaron repetidas veces todas las tierras circundantes y ocuparon su tiempo en diversas correrías.
En este mismo momento sucedió que el beato padre Mayolo, al volver de Italia, se encontró con esos mismos sarracenos en un desfiladero de los Alpes. Ellos lo raptaron y lo llevaron con todos sus seguidores a los lugares más recónditos de las montañas a pesar de que el propio padre había recibido una grave herida en la mano cuando había detenido con ella el golpe de un proyectil que iba a alcanzar a uno de los suyos. Tras repartirse todas las posesiones del padre, le preguntaron si en su país era lo suficientemente rico como para pagar su rescate. Entonces el hombre de Dios, cuya dignidad quedaba realzada por su afabilidad, les contestó que él no poseía nada en este mundo ni quería poseer nada en particular, aunque no negó que entre los suyos muchos poseían tierras y riquezas para pagar el rescate. En cuanto lo escucharon, le solicitaron que enviase a uno de los suyos para que les trajera el pago por su propio rescate y el de sus seguidores; además, ellos habían determinado la cantidad que debían pagar: mil libras de plata, para que así, sin duda, cada uno de ellos recibiera una. Envió, pues, el hombre santo una brevísima carta a través de uno de sus seguidores al monasterio cluniacense que dirigía en la que decía: “Señores y hermanos cluniacenses, el hermano Mayolo ha sido desafortunado y le han capturado. Los ríos de Belial me han rodeado, el lazo de la muerte me ha alcanzado. Enviad, si os parece bien, el recate por mí y por los que han sido capturados conmigo.” Cuando llegó la carta a los frailes del monasterio ya mencionado, brotó en ellos una tristeza y pena incomparables en vida y la noticia también fue recibida con enorme tristeza por todo el país. Los mismos frailes tomaron cuantos enseres y ornamentos había en todo el monasterio y reunieron el recate necesario por el pío padre.
Pero este hombre santo en vida, mientras los sarracenos lo mantuvieron cautivo, no pudo ocultar su enorme valía. En efecto, cuando le ofrecieron a la hora del almuerzo la comida con la que se alimentaban, carne y un pan especialmente duro, y le animaban a comer, él respondió: “Si realmente tengo hambre, el Señor se encargará de alimentarme; no comeré de estos alimentos porque no lo necesito.” A uno de aquellos hombres, que contempló entonces su aura de santidad, la piedad lo movió a librar sus brazos, limpiárselos y preparar en su escudo a la vista del venerable Mayolo un pan muy limpio, que enseguida coció y se lo entregó con gran respeto. Mayolo entonces tomó el pan y, tras orar según era su costumbre, comió de él y dio gracias al señor. También otro de aquellos sarracenos, mientras tallaba con su cuchillo una pequeña lanza de madera, puso el pie sin dudarlo sobre el libro del hombre de Dios, la Biblia, que acostumbraba a llevar siempre consigo. Al verlo, el santo lanzó un gemido y algunos de los sarracenos menos agresivos, cuando se dieron cuenta, increparon a su compañero, diciéndole que no debía menospreciar a los grandes profetas como para pisar con sus pies sus palabras, pues los sarracenos leen a los profetas hebreos (o, más bien, cristianos) y afirman que en uno de los suyos, al que llaman Mahoma, se completan todas las profecías que los sagrados vates predijeron sobre Cristo nuestro Señor. Pero, para dar mayor razón a su error, también tienen sus propias genealogías a imitación de la que aparece en el evangelio de Mateo, que narra a modo de registro genealógico la sucesión desde Abraham hasta Cristo, descendiendo a través de Isaac, de cuya semilla nacerá la bendición para todos que fue prometida y profetizada. Ellos afirman que Ismael engenedró a Nabayot y de allí llegan hasta su error y ficción, que está evidentemente tan alejado de la verdad como es extraño a la doctrina de la sagrada y santa Iglesia. Además, para realzar más la santidad de Mayolo, al que había pisado la Biblia ese mismo día, por una casualidad (o, mejor dicho, por el juicio de Dios) los demás lo atacaron enfadado y le cortaron el pie: después de esto, la mayoría de ellos empezaron a mostrarse más amables y respetuosos. Finalmente, algunos de los frailes llegaron al lugar a toda prisa y, tras entregar a los sarracenos el rescate prefijado, llevaron de vuelta al padre con los hombres que habían sido capturados con él; por último, los propios sarrecenos, en un lugar denominado Fraxinet, fueron rodeados por el ejército de Guillermo el duque de Arles y murieron todos rápidamente, para que no pudiera volverse ninguno a su país.