Cecilia Valdés o la Loma del Ángel
Chapter 8
Ahí se enseñaba filosofía; ahí enseñó por la primera vez esta ciencia a la juventud cubana el ilustre padre Félix Varela, quien para ello redactó un texto, apartándose enteramente del aristotélico, único seguido en Cuba hasta entonces, desde la fundación de la Universidad de La Habana, en 1714, en el Convento de Santo Domingo. Cuando después, en 1821, el padre Varela marchó de representante a las Cortes españolas, quedó sustituyéndole en la misma cátedra el más aventajado de sus discípulos, José Antonio Saco, y en los momentos de nuestra historia la desempeñaba el abogado Francisco Javier de la Cruz, por ausencia en el norte de América del propietario y expatriación de su virtuoso fundador.
En el ángulo de la izquierda había otro salón, con entrada directamente del corredor, donde enseñaba latín el padre Plumas. Luego, ocupando casi todo el otro lado, estaba el refectorio de los seminaristas y algunos profesores que residían permanentemente en el mismo edificio, y a la izquierda de la entrada principal estaba la ancha escalinata, dando acceso a los corredores del piso alto. Por ésta subían los estudiantes de derecho no seminaristas; mientras los de filosofía y latín entraban en los salones respectivos, ya mencionados, por las puertas al ras del patio.
En la mañana del día que vamos refiriendo, cuando los estudiantes de derecho ponían el pie en el primer escalón de la escalinata, se detuvieron en masa como reparasen en un grupo de tres sujetos en animada conversación cerca de allí, bajo el corredor. El que llevaba la palabra podía tener de 28 a 30 años de edad. Era de mediana estatura, de rostro blanco, con la color bastante viva, los ojos azules y rasgados, boca grande de labios gruesos y cabello castaño y lacio, aunque copioso. Había cierta reserva en su aspecto y vestía elegantemente, a la inglesa. El otro de los tres personajes se podía decir el reverso de la medalla del ya descrito, pues a un cuerpo rechoncho, cabeza grande, cuello corto, cabello crespo y muy negro: los ojos grandes y saltones, el labio inferior belfo, dejando asomar dientes desiguales, anchos y mal puestos agregaba un color de tabaco de hoja que hacía dudar mucho de la pureza de su sangre. El tercero difería en diverso sentido de los dos mencionados, siendo más delgado que ellos, de más edad, de color pálido y aspecto muy amable y delicado. Este era el catedrático de filosofía, Francisco Javier de la Cruz; el anterior José Agustín Govantes, distinguido jurisconsulto que regentaba la cátedra de derecho patrio; y el primero, nombrado José Antonio Saco, recién llegado del Norte de América.
Precedía a éste la fama de sus escritos en el _Mensajero Semanal_, que publicaba en Nueva York, según decían, con la cooperación del muy amado padre Varela, principalmente los que versaban acerca de los sucesos y eminentes personajes de la revolución de México y de Colombia. Sobre todo, acababa de leerse en La Habana, produciendo un vivo entusiasmo, su polémica crítico-política con el encargado del Jardín Botánico, don Ramón de la Sagra, en defensa del poeta matancero[18] José María Heredia.
De resultas de eso, los jóvenes cubanos, que ya se daban a la política, comenzaron a alejarse de la clase de botánica que pretendía enseñar La Sagra, burlándose de él a medida que admiraban a Saco, a quien tenían por un insurgente decidido, con cuya opinión, cosa singular, concurría de plano el gobierno de la colonia.
Algunos de los estudiantes de derecho le reconoció, desde luego, por haber estudiado filosofía con él en 1823 y murmuró su nombre, lo que fue bastante para que se pararan e hicieran una exclamación más bien de curiosidad que de otra cosa. Esto hubo de atraer la atención de Govantes, el cual, por señas, ordenó a sus discípulos que salieran al salón de clase, adonde él los seguiría en breve.
Allá, en efecto, se encaminaron de tropel y entraron en el salón con gran algazara, hablando de Saco, de Heredia, de su célebre _Himno del desterrado_ y su no menos famosa oda _Al Niágara_, inclusa en la colección de sus poesías impresas en Toluca, México; de las lecciones de botánica de La Sagra, y de los héroes de la revolución de Colombia, aunque entonces imperfectamente conocida por la juventud habanera. Cuando, poco después, entró Govantes a paso tardo, con un libro debajo del brazo y el semblante risueño y animado, callaron de golpe los estudiantes y reinó allí completo silencio. Ascendió los tres o cuatro escalones de la cátedra, puso el libro en el ancho pretil y se sentó en la silla de paja, a mano constantemente.
No era el salón de la clase de derecho sólo el más amplio y extenso del seminario, sino también el mejor situado bajo todos conceptos. Tenía la entrada por un extremo, con cuatro ventanas anchas abiertas al corredor, y otras tantas al puerto de La Habana, que daban luz y aire, dejando ver los valuartes de la ciudadela de la Cabaña y parte de los del Morro. Apoyada en la pared medianera, entre las ventanas centrales, se elevaba la cátedra; en frente había dos órdenes de bancos paralelos y a entrambos lados otros muchos colocados transversalmente, de modo que el catedrático, desde su elevado asiento, dominaba toda la clase, no obstante su extensión. Probablemente habría allí congregados hasta 150 estudiantes de varios cursos.
Los que habían estudiado la lección y creían poder explicarla con alguna claridad, presentaban el cuerpo y seguían los movimientos del catedrático. Los que no habían abierto siquiera el libro de texto, por el contrario, no sabían donde esconder la cara ni cómo encogerse. En este caso se hallaba nuestro conocido Leonardo Gamboa, según él mismo lo había dicho a sus amigos Meneses y Pancho Solfa. Como por su talla y su carácter no le fuera fácil ocultarse, nunca se sentaba en frente de la cátedra, sino a los costados, y eso en los últimos bancos. El día que vamos narrando ocupó el asiento de la cabeza en el rincón, desalojando para ello a su amigo Solfa. Después de recorrer Govantes con la vista toda la clase, se dirigió a un estudiante de su derecha, a quien llamó por el apellido de Martiartu, el españolado antes dicho, y le ordenó explicara la lección, cosa que hizo con facilidad y aún lucidez. Luego ordenó hiciera lo mismo al amulatado, que llamó Mena; enseguida a otro de apellido Arredondo, el cual ocupaba puesto frente a frente de la cátedra. Cuando éste hubo concluido la explicación más o menos textual, Govantes volvió los ojos a su izquierda, los pasó por encima de Leonardo--el cual de golpe bajó la cabeza con achaque de recoger el pañuelo dejado caer de intento y los detuvo en el joven que se sentaba en la otra cabecera del mismo banco. No se sabía éste la lección y se quedó callado, por lo cual, tras breve rato, el amable profesor dijo:--el otro, con idéntico resultado. Saltó enseguida al cuarto, luego al sexto, que tampoco pudo responder, hasta que dejando tres o cuatro por medio, dijo a Gamboa:--Usted. Disimuló él cuanto pudo, hizo como que no había oído ni entendido, mas su amigo Pancho le llamó la atención, y entonces, medio mohino, medio corrido, se puso en pie y dijo:
--Maldito si he estudiado la lección.
Semejantes palabras produjeron una risa general. Gamboa, sin inmutarse, continuó:
--Mas, por lo que han dicho los señores que me han precedido en el uso de la palabra, saco en consecuencia que el asunto de que hoy se trata es de los más importantes, y creo que no se me olvidarán los puntos principales para el caso de su aplicación en nuestro foro.
Con esto se sentó de pronto, pegando al mismo tiempo un puntazo con el dedo índice al sufrido Pancho, por el costado, quien, ya de dolor, ya de las cosquillas que le produjo, no pudo menos de dar un salto en el asiento. Su discurso, lo mismo que su acción, por inesperados, causaron una explosión de risa de que, no obstante su seriedad, participó el mismo Govantes; quien, sin más dilación, comenzó la explicación del texto, que versaba, como ya dicho, sobre el derecho de las personas. Definió primero lo que se entendía por persona, según el derecho romano; luego por estado, que dijo se dividía en natural y civil, y que este último podía ser de tres maneras, a saber: de libertad, de naturaleza y de familia. Y entró de lleno en lo que podía denominarse historia de la esclavitud, pintándola no ciertamente en sus relaciones con la sociedad antigua o moderna, sino con el derecho romano, el de los godos y el patrio; porque si bien reinaba bastante libertad de enseñanza entonces en Cuba, las ideas abolicionistas no habían empezado a propagarse en ella.
Govantes en aquel día, como solía, estuvo inspirado, elocuente, dando muestras repetidas de su vasta erudición; en lo cual sin duda no había tenido pequeña parte su reciente entrevista con Saco, el traductor y anotador de las _Recitaciones de Heinecio_,[19] de texto en el Colegio San Carlos desde el año anterior de 1829. Al ponerse él en pie, pues había sonado la hora de las nueve, los estudiantes imitaron su ejemplo, prorrumpiendo en estrepitosos aplausos.
CAPÍTULO X
_Engañó al mezquino_ _Mucha hermosura;_ _Faltó la ventura,_ _Sobró el desatino;_ _Errado el camino_ _No pudo volver_ _El que por amores_ _Se dejó prender._
D. HURTADO DE MENDOZA
Decíamos que los estudiantes de derecho patrio imitaron el ejemplo de su profesor poniéndose todos de pie. Pero aunque ganosos de salir del aula, según es de suponerse, permanecieron en sus puestos respectivos hasta que aquél descendió de la cátedra y se dirigió a la puerta de salida, cabeza baja y libro de texto debajo del brazo; entonces desfilaron en dos columnas tras él, en respetuoso silencio.
Los pocos que le acompañaron hasta la puerta de su celda, al fondo de la galería, fueron los seminaristas, pupilos del colegio, los cuales se distinguían por la ropa talar de estameña color pardo que vestían y que les daba la apariencia de monacillos; si bien es seguro que ninguno de ellos seguiría la carrera eclesiástica.
Los otros estudiantes no seminaristas, en el número ya dicho, luego que se alejó el catedrático, deshicieron la formación que traían, se precipitaron por la ancha escalera de piedra, en tropel bajaron al corredor y en el mismo desorden salieron a la calle, cual si los hubiera vomitado de un golpe la amplia portería del Colegio de San Carlos.
Ya en la calle, se derramaron por diferentes rumbos de la ciudad. Un grupo bastante numeroso tomó la vuelta del cuartel de San Telmo en que termina la calle de San Ignacio, torció la de Chacón, enseguida a la de Cuba, en fin, por la de Cuarteles se encaminó a la Loma del Ángel, que era su destino. En este grupo estudiantil, marchando con gran algazara, bien podía notar el curioso lector de anteriores páginas, a los tres constantes amigos: Gamboa, Meneses y Solfa. El primero de éstos sin duda capitaneaba a los demás, porque iba a la cabeza blandiendo en la mano derecha, a guisa de bastón de tambor mayor, la caña de Indias con puño de oro y regatón de plata. A medida que se acercaban a la iglesia del Santo Ángel Custodio, que, como sabe el lector habanero, se halla sentada en la planicie de la Peñapobre, se estrechaba más la vía a causa del declive y del golpe de gentes de ambos sexos, de todos colores y condiciones que llevaban la misma dirección.
Las mujeres blancas, al menos las que no se dirigían a la iglesia, iban en quitrines, los cuales entonces empezaban a generalizarse y a sustituir a las _volantes_ o calesas, que venían usándose desde fines del siglo pasado. Casi todos los ocupaban tres señoras sentadas en el único asiento o de testera de esos carruajes, las mayores a los lados, recostadas muellemente; la más joven en medio y erguida siempre, porque nuestros quitrines ni nuestras _volantes_ se construyen en realidad para tres personas, sino para dos. Aunque pasadas las nueve de la mañana, no calentaba demasiado el sol, a causa de lo adelantado de la estación; por eso casi todos los quitrines llevaban el fuelle caído, mostrando a toda su luz la preciosa carga de mujeres, jóvenes en su mayor parte, vestidas de blanco o colores claros, sin toca ni gorra, la trenza negra de sus cabellos sujeta con el peine de carey llamado peineta de teja, y los hombros y brazos descubiertos.
Las mujeres blancas que iban a pie por aquellas calles pedregosas sin aceras, de seguro se dirigían a la iglesia; lo que podía advertirse por el traje negro y la mantilla de encaje. La gente de color de ambos sexos, en doble número que la blanca, iba toda a pie, parte también a la iglesia, parte paseando o vendiendo tortillas de maíz en tableros de cedro, que era uno de los motivos de la fiesta. Las que se hallaban arrimadas a una u otra pared de la calle, eran por lo común negras de África, pues las criollas desdeñaban la ocupación, sentadas en sillas enanas de cuero, con una mesita por delante y el burén en el brasero a un lado. En la tal losa de piedra oscura tendían con una cuchara de madera la porción de harina de maíz mojada que constituía una torta de tres o cuatro onzas de peso, y cuando estaba doradita con el calor del burén, le esparcían por encima un poco de manteca de vacas, y así calientita y jugosa la ofrecían de venta al transeúnte a razón de medio de plata el par. Muchas señoritas no tenían a menos parar el carruaje y comparar las tortillas de San Rafael, según las denominaban, calientes todavía del indiano burén, pues por lo que parece, era como sabían mejor.
La ocasión de todo aquel bullicio y movimiento era la fiesta de San Rafael, que cae el 24 de octubre, cuya celebración se había principiado, según ya indicamos, nueve días antes. En cada uno de ellos se decía una misa rezada en las primeras horas de la mañana, misa mayor y sermón de diez a doce y salve a la hora de víspera. Durante la novena o circular se mantenía de manifiesto el Santísimo Sacramento, y con tal motivo la iglesia nunca se veía desocupada de los fieles que acudían de todas partes del barrio a ganar indulgencia plenaria.
Como hemos dicho anteriormente, la pequeña iglesia del Santo Ángel Custodio se halla asentada en la planicie estrecha de la Peñapobre, especie de arrecife de poca extensión, aunque bastante elevado respecto al plano general de la ciudad. Para subir a ella había, y hay ahora, dos escalinatas de piedra oscura y tosca, con repechos de lo mismo: una que arranca del fondo de la calle de los Cuarteles, la otra que desciende a la de Compostela, siendo ésta la más larga y pendiente.
En llegando a lo alto de la meseta, que también tiene repecho de piedra, se está en el piso del templo, cuya única nave, en los días de función, como de la que ahora se trata, se descubre toda entera--el altar mayor al fondo, retablo de madera de dos cuerpos--más allá de las dos puertas laterales, casi oculto tras el bosque de cirios blancos, candelabros dorados y plateados, macetas de flores artificiales y gran profusión de relumbrantes cartulinas. A izquierda y derecha se veían dos retablos de menos adornos, en el promedio de la puerta principal y las laterales, y en la media naranja otros dos retablos, en cada uno de los cuales se veneraba algún santo, por lo regular de madera de talla, encerrado en un nicho de cristal. El techo, en forma de caballete, dejaba al desnudo el maderamen de la armadura que estaba cubierta de tejas coloradas, y encima del arco toral, dentro del que había un pequeño coro, se levantaba el cuadrado campanario de piedra de tres cuerpos en disminución ascendente. Hacia el oeste, detrás del cuerpo de la iglesia, se hallaba la sacristía, la habitación del cura enseguida, y otra escalera de piedra menos espaciosa que las del frente, que daba salida a la calle de Egido, especie de callejón hondo, torcido y desigual que corre a lo largo de las paredes de las casas y los baluartes que circundaban la ciudad por la parte de tierra. El patio, por el frente, tiene un malecón de mampostería, al modo de muro de azotea. Pues en ese malecón, en la mañana del día que vamos refiriendo, el segundo o tercero de la novena de San Rafael, varios negros carpinteros se entretenían en levantar con tablas de pino, pintadas de color de cantos de piedra, algo que se asemejaba a las almenas de un castillejo, habiendo ya plantado el asta bandera y casi concluido la obra principal.
Los estudiantes se habían apoderado de todo el repecho de las escalinatas y mesetas; Leonardo Gamboa en lo más alto, con su caña al hombro dirigiendo la maniobra, y no subía por éstas persona alguna, ni pasaba por la calle mujer especialmente, en carruaje o a pie, sin que tuvieran ellos algo que decirle y aún hacerle. El más conspicuo por su voz, por el puesto que ocupaba y por su aventajada talla era Gamboa, prodigando, sin cesar dichos y requiebros, sobre todo a las muchachas bonitas, con sobra de galantería y lastimosa falta de buena crianza. Ellas, sin embargo, ya por el hábito de oírlos desde la cuna, ya porque siempre halaga la celebración, no se daban por ofendidas, antes éstas se sonreían; aquéllas, con el abanico entreabierto, hacían un saludo gracioso a los conocidos o amigos, y no faltaban quienes correspondían a una pulla, con otra pulla, por cierto no de la mejor ley.
Había Leonardo arrebatado un pedazo de tortilla a uno de sus compañeros, y, teniéndole en la mano izquierda, lo brindaba a la joven que mejor le parecía, sin ánimo de dársela a ninguna, ni probarlo él, hasta que, de tres que iban en un quitrín, creyó reconocer la que ocupaba el lado opuesto; por cuya razón, en vez de hacerle el mismo ofrecimiento que a las demás, bajó la mano de pronto y trató de ocultarse tras el repecho de la meseta. La joven le había visto, y reconocido desde luego; sólo que, lejos de sonreírse, como es natural cuando se divisa a un amigo entre multitud de gentes extrañas, se puso más seria y pálida de lo que era, aunque mientras pudo estuvo mirando el sombrero y la frente del estudiante, asomados a pesar suyo por encima del borde del muro de piedra. A tiempo de agacharse Gamboa, por un movimiento involuntario, le echó garra por un brazo a su amigo Meneses, y de modo le apretó, que éste no pudo menos de quejarse y preguntarle:
--¿Qué sucede, Leonardo? Por Dios bendito, suelta, que me desprendes el brazo.
--¿No la conociste? repuso Leonardo enderezándose poco a poco.
--¿A quién? ¿Qué dices?
--A la muchacha aquella del quitrín azul que va sentada a la parte opuesta de nosotros. Pasa ahora las Cinco esquinas. Todavía mira hacia acá. De seguro me ha reconocido. ¡Y yo que la hacía a muchas leguas de distancia! ¿Si creerá que todavía duran los aguinaldos de pascuas?
No sé aún de quién hablas.
--De Isabel Ilincheta, hombre. ¿No la conociste? Bien que te gustaba su hermana Rosa.
--Acabáramos. No la conocí, en efecto. Me pareció muy delgada y trigueña, allá era la más linda del partido.
--Todas las muchachas cuando van para tías se ponen delgadas y palidecen; y lo que es Isabel tiene razón para ambas cosas, pues cuenta mi edad y no abriga esperanzas de casarse pronto.
--Todavía te casas tú con ella el día menos pensado.
--¿Yo? Primero con una escopeta. La chica me gusta, no lo niego; pero más me gustaba allá, en medio de las flores y del aire embalsamado, a la sombra de los naranjos y de las palmas, en aquellas guardarrayas y jardines del cafetal de su padre. Y luego, es una bailadora... de primera. No menos que tu Rosa.
--Deja tranquila a Rosa y volvamos a tu Isabel. Estaba lo que se llama enamorada de ti. ¡La pobre! no te conoce, a lo que entiendo. Porque si vale decir verdad, eres el más inconstante y voluble de los hombres.
--Lo confieso, lo siento, mas no puedo remediarlo; me empeño por una muchacha mientras me dice que no; en cuanto me dice que sí, aunque sea más linda que María Santísima, se me caen a los pies las alas del corazón. Desde mayo no le escribo. ¿Qué pensará de mí? Y es que estas muchachas criadas en el campo son tan empalagosas con su querer... Se figuran que nosotros los mozos de La Habana somos todo cera y miel.
--¿Dónde parará ella?
--De seguro en casa de las Gámez, sus primas, detrás del Convento de las monjas Teresas.
--¿Esperas tropezar ahí con Rosa? Cuando no estaba en el quitrín con Isabel, es claro que no ha venido del campo. En cuanto a mí, te juro que no deseo y temo encontrarme cara a cara con Isabel. Estará ella hecha un moderno virago conmigo. No es mujer a quien se puede ofender impunemente.
--Razón tiene sobrada para estar enojada contigo, y en conciencia debes hacer por aplacar su enojo...
--Conciencia, conciencia, repitió Leonardo en tono desdeñoso. ¿Quién la tuvo jamás en tratándose de mujeres?
--¡Hombre! No digas blasfemias, que hijo eres de mujer.
Esta última observación la hizo Pancho Solfa, que había estado oyendo el breve diálogo de los dos amigos. Leonardo le miró de alto a bajo; no por desprecio, sino porque le sacaba al menos dos palmos de ventaja en estatura, y le dijo serio:
--Tú vas a parar en fraile capuchino. Luego, volviéndose con viveza para Meneses, añadió: Esa muchacha va a trastornar todos mis planes.
--No lo comprendo, dijo Meneses.
--Ya lo verás, repuso Leonardo pensativo. Caballeros, prosiguió hablando con los que le seguían desde el colegio; vámonos que ya esto fastidia.
Conocidamente Leonardo se había puesto de mal humor; algo le contrariaba el ánimo, y él no era hombre para sobrellevar estorbos. Pero apenas bajó a la calle por el lado de la de Compostela, y se vio una vez más en medio del bullicio popular, cuando volvió a su ser natural y a las vivezas de su carácter. En efecto al llegar a las Cinco esquinas, alcanzó un caballero de mediana edad que llevaba la misma dirección que los estudiantes. Leonardo le pasó los brazos por debajo de los suyos, le cubrió los ojos con ambas manos y le dijo, variando el acento:--Adivina quién soy.
En vano el desconocido trató de desasirse de las garras del estudiante, en la persuasión quizás de que el objeto de aquella violencia era robarle a la claridad del día y a la vista del pueblo. Pero Leonardo, luego que se le reunieron los compañeros y multitud de curiosos, soltó al hombre; y, con el sombrero en la mano y la cabeza inclinada, en señal de respeto y arrepentimiento, le dijo:--Pido a Vd. mil perdones, caballero. He sufrido una equivocación lamentable, pero Vd. tiene la culpa, porque se parece a mi tío Antonio como un huevo a otro huevo.
Los estudiantes soltaron la carcajada, por lo mismo que el caballero desconocido, comprendiendo la burla, estalló en expresiones de mal humor y de enojo contra la juventud malcriada e insolente de la época. Aquella ridícula escena pasó con más rapidez de lo que hemos acertado a pintarla, y, como para hacer contraste con ella, no bien pasó Leonardo la calle de Chacón, metió la punta de su caña de Indias en una rolliza tortilla de maíz que empezaba a dorarse al calor del burén de una negra más rolliza todavía y casi desnuda, arrimada a la pared de la esquina y rodeada de sus cachivaches, y la levantó en el aire. Hizo la tortillera una exclamación de angustia, y al enderezarse en el enano asiento, como era tan gorda y pesada, echó a rodar la mesita que tenía delante, donde había otras tortillas ya cocidas, con lo cual se aumentó su disgusto y se menudearon sus gritos. Todos rieron de la ocurrencia, Diego Meneses, quien, por uno de aquellos impulsos nobles y generosos de su buen corazón, sacó del bolsillo del chaleco unos cuantos reales, se los arrojó al pecho abultado de la negra, y acertó a depositárselos en el seno, no obstante el bajo escote del cuerpo de su escasísimo traje.