Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 5

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--Pues según mis informes, que son de buena tinta, continuó la Ayala, Vd. o la que le contó la historia añadió mucho de su propio caudal. Lo digo porque no se sabe de cierto si la madre de la niña ésta vive o muere; lo único que está bien averiguado es que la abuela oculta a la nieta el nombre de su padre, aunque es preciso ser ciega para no verlo o conocerlo. Cuando menos anda ahora mismo por las ventanas, siguiéndole los pasos a la hija, como que no la pierde de vista un punto. Parece que ese hombre ingrato y desnaturalizado, arrepentido de su conducta con la infeliz Rosarito Alarcón, no halla otro medio de expiar su culpa que seguir a la hija de cuna en cuna y de ponina en ponina, para ver si la liberta de los peligros del mundo. No tenga cuidado. Trabajo le mando. Como que así así se le cortan las alas al pájaro que una vez emprendió el vuelo.

--Pero se puede saber, preguntó la que dijeron Caridad, ¿quién es el señorón de que se trata? Porque aquí tiene Vd. una persona que no lo conoce ni lo ha visto nunca, y no me parece que soy sorda ni ciega.

--Como sé lo que es una curiosidad no satisfecha, _seña_ Caridad, voy a sacarla de dudas, dijo la Ayala acercándose. Creo que hablo con una mujer de secreto, y por eso le digo todo lo que hay en el asunto. Apuradamente no tengo por qué andar con tapujos a estas horas. Sepa que el hombre es...; y poniéndole ambas manos en los hombros a la curiosa, le comunicó en secreto el nombre del individuo. ¿Lo conoce Vd. ahora? concluyó preguntando la Ayala.

--Por supuesto que sí, contestó _seña_ Caridad. Como a mis manos. Lo más que yo conocía. Por cierto que...; pero cállate, lengua.

Serían las diez de la noche y entonces estaba en su punto el baile. Bailábase con furor. Decimos con furor porque no encontramos término que pinte más al vivo aquel mover incesante de pies, arrastrándolos muellemente junto con el cuerpo al compás de la música; aquel revolverse y estrujarse en medio de la apiñada multitud de bailadores y mirones, y aquel subir y bajar la danza sin tregua ni respiro. Por sobre el ruido de la orquesta con sus estrepitosos timbales, podía oírse, en perfecto tiempo con la música, el monótono y continuo chis, chas de los pies; sin cuyo requisito no cree la gente de color que se puede llevar el compás con exacta medida en la danza criolla.

En la época a que nos referimos, estaban en boga las contradanzas de figuras, algunas difíciles y complicadas, tanto que era preciso aprenderlas por principio antes de ponerse a ejecutarlas, pues se exponía a la risa del público el que las equivocaba, equivocación a que decían _perderse_. Aquel que se colocaba a la cabeza de la danza ponía la figura, y las demás parejas debían ejecutarla o retirarse de las filas. En todas las _cunas_ generalmente había algún maestro a quien cedían o se tomaba el derecho de _poner la figura_, la misma que al volver a la cabeza de la danza la cambiaba a su antojo. El que más raras y complicadas figuras ponía, más crédito ganaba de excelente bailador, y se tenía a honra entre las mujeres el ser su compañera o pareja. Con el maestro _per se_, fuera de esa distinción, que se disputaba a veces, había la seguridad de no _perderse_, ni verse en la triste necesidad de sentarse, sin haber bailado, después de haberse colocado en las filas de la danza.

En la noche en cuestión, bailaba el maestro con Nemesia, la amiga predilecta de la joven de la pluma blanca. Había él puesto muchas y muy raras figuras, dejando conocidamente para lo último la más difícil y complicada. La segunda, tercera, cuarta y quinta parejas salieron airosas de la prueba, ejecutando la figura con los mismos enlaces, desenlaces y actitudes del maestro; pero no obstante el espacio que tuvo para estudiarla y aprenderla el compañero de la apellidada _Virgencita de bronce_, pues ocupaba en las filas el sexto lugar, a medida que se acercaba su turno, crecía su ansiedad y volvía el rostro hacia los músicos, en ademán suplicatorio, como esperando que adivinaran su aprieto y parasen la música. Aquella inquietud se comunicó a la muchacha, la cual conoció que iba a pasar por la vergüenza de tener que sentarse en lo más animado y divertido de la danza. El temor llegó a dominar todo su ser, poniéndola pálida y nerviosa. Lo que pasaba en el ánimo de esa pareja no tardó en hacerse visible a los ojos de las demás parejas y de muchos de los espectadores del baile.

La idea no más de que la hasta allí reina de la _cuna_ podía verse obligada a retirarse, antes de tiempo, de las filas, había llenado de cruel y envidioso regocijo a las otras muchachas a quienes habían mortificado sobre manera las preferencias y públicos elogios que de ella hacían los hombres desde el momento de su entrada en el baile. En aquellas críticas circunstancias, Pimienta, que no la había perdido tampoco un punto de vista en medio de sus caprichosos giros y del tumulto de la danza, comprendió al vuelo lo que pasaba, y sin advertir a nadie de su intento, paró la música de golpe. Respiró con desahogo el compañero de la joven, y ésta pagó con una sonrisa celestial aquel socorro tan a tiempo del director de la orquesta.

CAPÍTULO VI

_Y del tumulto indiscreto_ _Que ardiente en su torno gira,_ _Ninguno le dijo: "mira,_ _Aquél te adora en secreto._ _Que oyendo y viéndote está"._

RAMÓN DE PALMA

Quince de Agosto

Habrá comprendido ya el discreto lector, que la _Virgencita de bronce_ de las anteriores páginas no es otra que Cecilia Valdés, la misma jovenzuela andariega que procuramos darle a conocer al principio de esta verídica historia. Hallábase, pues, en la flor de su juventud y de su belleza, y empezaba a recoger el idólatra tributo que a esas dos deidades rinde siempre con largueza el pueblo sensual y desmoralizado. Cuando se recuerde la descuidada crianza y se una a esto la soez galantería que con ella usaban los hombres, por lo mismo que era de la raza híbrida e inferior, se formará cualquier idea aproximada de su orgullo y vanidad, móviles secretos de su carácter imperioso. Así es que, sin vergüenza ni reparo, a menudo manifestaba sus preferencias por los hombres de la raza blanca y superior, como que de ellos es de quienes podía esperar distinción y goces, con cuyo motivo solía decir a boca llena,--que en verbo de mulato sólo quería las _mantas_ de seda[8], de negro sólo los ojos y el cabello.

Fácil es de creer, que una opinión tan francamente emitida como contraria a las aspiraciones de los hombres de las dos clases últimamente mencionadas, no les haría buena sangre, según suele decirse. Con todo eso, bien porque no se creyese sincera a su autora cuando la expresaba, bien porque se esperaba que hiciera una excepción, bien porque siendo tan bella era imposible verla sin amarla, lo cierto es que más de un mulato estaba perdido de amores por ella, sobre todos Pimienta, el músico, como habrá podido advertirse. Este tal gozaba la inapreciable ventaja sobre los demás pretendientes, de ser hermano de la amiga íntima y compañera de la infancia de Cecilia, con cuyo motivo podía verla a menudo, tratarla con intimidad, hacérsele necesario y ganar tal vez su rebelde corazón a fuerza de devoción y de constancia. ¿A quién no ha halagado en su vida esperanza más efímera? De todos modos, él siempre tenía presente aquel canto popular de los poetas españoles, que principia:--Labra el agua sin ser dura, un mármol endurecido,--y puede decirse, en honor de la verdad, que Cecilia le distinguía entre los hombres de su clase que se le acercaban a celebrarla, si bien semejante distinción, hasta la fecha presente, no había pasado de uno que otro rasgo de amabilidad con un hombre por otra parte muy amable, cortés y atento con las mujeres.

Acabada la danza, se inundó de nuevo la sala y comenzaron a formarse los grupos en torno de la mujer preferida por bella, por amable o por coqueta. Pero en medio de la aparente confusión que entonces reinaba en aquella casa, podía observar cualquiera que, al menos entre los hombres de color y los blancos, se hallaba establecida una línea divisoria que, tácitamente y al parecer sin esfuerzo, respetaban de una y otra parte. Verdad es que unos y otros se entregaban al goce del momento con tal ahinco, que no es mucho de extrañar olvidaran por entonces sus mutuos celos y odio mutuo. Además de eso, los blancos no abandonaron el comedor y aposento principal, a cuyas piezas acudían las mulatas que con ellos tenían amistad, o cualquier otro género de relación, o deseaban tenerla; lo cual no era ni nuevo ni extraño, atendida su marcada predilección. Cecilia y Nemesia, por uno u otro de estos motivos, o por su estrecha amistad con el ama de la casa, no bien concluyó la danza se fueron derecho al aposento y ocuparon asiento detrás de las matronas hacia el comedor. Allí, sin más dilación, se formó el grupo de los jóvenes blancos, porque, ya se ha dicho, aquellas dos muchachas eran las más interesantes del baile. Las personas conspicuas de ese grupo, sin disputa que eran tres: el comisario Cantalapiedra, Diego Meneses y su amigo íntimo el joven conocido por Leonardo. Este último tenía apoyada la mano derecha en el canto del respaldo de la silla ocupada por Cecilia, quien, por casualidad o a posta, le estrujó los dedos con la espalda.

--¿Así trata Vd. a sus amigos? Le dijo Leonardo sin retirar la mano, aunque le escocía bastante.

Contentose Cecilia con mirarlo de soslayo y torcerle los ojos cual si la palabra amigo sonase mal en quien debía saber que era tratado como enemigo.

--Esa niña está hoy muy desdeñosa, dijo Cantalapiedra, que notó la acción y la mirada.

--¿Y cuándo no? dijo Nemesia sin volver la cara.

--Nadie te ha dado vela en este entierro, repuso el comisario.

--Y al señor ¿quién se la ha dado? agregó Nemesia mirándole entonces de reojo.

--¿A mí? Leonardo.

--Pues a mí, Cecilia.

--No hagas caso, mujer, dijo esta última a su amiga.

--Si no fuera por qué... yo te ponía más suave que un guante, añadió Cantalapiedra hablando directamente con Cecilia.

No ha nacido todavía, dijo ella, el que me ha de hacer doblar el cocote.

--Tienes esta noche palabras de poco vivir, le dijo entonces Leonardo, inclinándose hasta ponerle la boca en el oído.

--Me la debe Vd. y me la ha de pagar, le contestó ella en el propio tono y con gran rapidez.

--Al buen pagador no le duelen prendas, dice a menudo mi padre.

--Yo no entiendo de eso, repuso Cecilia. Sólo sé que Vd. me ha desairado esta noche.

--¿Yo...? Vida mía...

En aquella misma sazón se acercó Pimienta por la puerta de la sala saludando a un lado y a otro a sus amigas, y cuando se puso al alcance de Cecilia ésta le echó mano del brazo derecho con desacostumbrada familiaridad, y le dijo, afectando tono y aire volubles:--¡Oiga! ¡Qué bien cumple un hombre su palabra empeñada!

--Niña--contestó con solemne tono, aunque acaso no era para tanto--José Dolores Pimienta siempre cumple su palabra.

--Lo cierto es que la contradanza prometida aún no se ha tocado.

--Se tocará, Virgencita, se tocará, porque es preciso que sepa que a su tiempo se maduran las uvas.

--La esperaba en la primera danza.

--Mal hecho. Las contradanzas dedicadas no se tocan en la primera, sino en la segunda danza, y la mía no debía salir de la regla.

--¿Qué nombre le ha puesto? preguntó Cecilia.

--El que se merece por todos estilos la niña a quien va dedicada: _Caramelo vendo_.

--¡Ah! Esa no soy yo por cierto, dijo la joven corrida.

--¡Quién sabe, niña! ¡Qué tarde vinieron! agregó hablando con su hermana Nemesia.

--No me digas nada, José Dolores, repuso ésta. Costó Dios y ayuda persuadir a Chepilla el que nos dejase venir solas, porque lo que es ella no podía acompañarnos. Consintió a lo último porque vinimos en quitrín. Y aún así, (para añadir estas palabras miró a Cecilia como consultando su semblante), si no tomamos la determinación de meternos en él, nos quedamos... Chepilla se puso furiosa en cuanto que se asomó a la puerta y conoció...

--Chepilla no se puso _brava_ por nada de eso, mujer; interrumpió Cecilia con gran viveza a su amiga. No quería que viniésemos porque la noche estaba muy mala para baile. Y tenía mucha razón, sólo que yo había dado mi palabra...

Por prudencia o por cualquier otro motivo, Pimienta se alejó de allí sin aguardar a más explicaciones. No sucedió lo mismo con Cantalapiedra, que era hombre curioso si los hay, por lo que con sonrisa maliciosa le preguntó a Nemesia:--¿Se puede saber por qué la Chepilla se puso furiosa luego que reconoció el quitrín en que ustedes vinieron al baile?

--Como que yo no soy baúl de _naiden_, contestó la Nemesia prontamente, diré la verdad. (Cecilia le pegó un pellizco, pero ella acabó la frase.) Claro, porque conoció que el quitrín era del caballero Leonardo.

Naturalmente las miradas de Cantalapiedra y de los demás presentes al alcance de las palabras de Nemesia, se concentraron en el individuo que ella había nombrado, y aquél, tocándole en el hombro, le dijo:

--Vamos, no se ponga colorado, que el prestar el carruaje a dos reales mozas como éstas en noche tan fea, no es motivo para que nadie sospeche malas intenciones de un caballero.

--Ese quitrín, lo mismo que el corazón de su dueño, repuso Leonardo sin cortarse, están siempre a la orden de las bellas.

Salía entonces Pimienta por la puerta del comedor y oyó distintamente las palabras del joven blanco, convenciéndole, desde luego, de quién era el quitrín en que Cecilia y su hermana Nemesia habían venido al baile. El desengaño le hirió en lo más vivo del alma; por lo que echando una mirada triste al grupo de jóvenes blancos, de seguidas pasó a la sala donde, después de armar el clarinete, tocó algunos registros a fin de que entendieran sus compañeros que era tiempo de que se reuniera de nuevo la orquesta. Afinados los instrumentos, sin más dilación rompió la música con una contradanza nueva, que a los pocos compases no pudo menos de llamar la atención general y arrancar una salva de aplausos, no sólo porque la pieza era buena, sino porque los oyentes eran conocedores; aserto éste que creerán sin esfuerzo los que sepan cuán organizada para la música nace la gente de color. Se repitieron los aplausos luego que se dijo el título de la contradanza, _Caramelo vendo_, y a quién estaba dedicada, a la _Virgencita de bronce_. De paso puede añadirse que la fortuna de aquella pieza fue la más notable de las de su especie y época, porque después de recorrer los bailes de las ferias por el resto del año e invierno del subsecuente, pasó a ser el canto popular de todas las clases de la sociedad.

Excusado parece decir que con una contradanza nueva, guiada por su mismo autor y tocada con mucho sentimiento y gracia, los bailadores echaron el resto, quiere decirse, que llevaron el compás con cuerpo y pies; cuyo monótono rumor en toda apariencia duplicaba el número de la orquesta. Bien claro decía el clarinete en sus argentinas notas: _caramelo vendo, vendo caramelo_; al paso que los violines y el contrabajo las repetían en otro tono, y los timbales hacían coro estrepitoso a la voz melancólica de la vendedora de ese dulce. Pero ¿qué era del autor de la pieza que tanta impresión causaba? En medio del delirio de la danza, ¿había quien se acordara de su nombre? ¡Ay! No. Como la noche avanzaba sin señales de bonanza, desde temprano la gente curiosa de la calle empezó a desamparar la puerta y ventanas del baile, y a las once no quedaba en ellas caras blancas, al menos de mujer. De esta circunstancia se aprovecharon los jóvenes de familias decentes, a que nos hemos referido más arriba, que abrigaban un cierto escrúpulo para ponerse a bailar con las mulatas amigas o conocidas. Cantalapiedra tomó por pareja a la ama de la casa, Mercedes Ayala; Diego Meneses, a Nemesia y Leonardo a Cecilia; y parte por guardar en lo posible la línea de separación, parte por un resto de ese mismo tardío escrúpulo, establecieron la danza en el comedor, no obstante la estrechez y desaseo de la pieza.

Con semejante ocurrencia puede imaginar cualquiera la agonía de alma de Pimienta. Su musa inspiradora, la mujer adorada, se hallaba en brazos de un joven blanco, tal vez del preferido de su corazón; pues como sabemos, no ocultaba ella sus sentimientos, se entregaba toda al delirio del baile, mientras él, atado a la orquesta cual una roca, la veía gozar y contribuía a sus goces sin participar de ellos en lo más mínimo. La turbación de su espíritu no fue, sin embargo, bastante a perjudicar su dirección de la orquesta, ni a influir desfavorablemente en el manejo de su instrumento favorito. Por el contrario, su inquietud y su pasión no parece sino que encontraron desahogo por las llaves del clarinete; se exhalaron, por decirlo así, según lo peregrino y suave de las notas que de él sacaba, esparciendo el encanto y la animación entre los bailadores. Como suele decirse, no quedó títere con cabeza que no bailara, pues se armó la danza en la sala, en el comedor, en el aposento principal y en el angosto y descubierto patio de la casa. ¿Qué mucho, pues, que entonces no pasara siquiera por la mente de los que tanto se divertían y gozaban, que el autor y el alma de toda aquella alegría y fiesta, José Dolores Pimienta, compositor de la contradanza nueva, agonizaba de amor y de celos?

Pasadas serían las doce de la noche cuando cesó de nuevo la música, con lo que a poco empezaron a retirarse las personas que podían considerarse extrañas para el ama de casa, porque hasta entonces no levantó ésta la voz diciendo que era hora de cenar. Y para apresurar la marcha, agarró ella por el brazo a dos de sus mejores amigas y arrastro casi las llevó al fondo del patio donde dijimos que estaba puesta la mesa del ambigú. Tras ellas siguieron las demás mujeres y los hombres, entre los segundos Pimienta y Brindis, los músicos; Cantalapiedra y su inseparable corchete, el de las grandes patillas, Leonardo y su amigo Diego Meneses. Tomaron asiento en torno de la mesa las mujeres, únicas que cupieron, aunque eran pocas; los hombres se mantuvieron en pie cada cual detrás de la silla de su amiga o preferida. Quedaron juntos a una de las cabeceras Cantalapiedra y la Ayala, sin que sepamos decir si por casualidad o por hacer honor al comisario y a su categoría.

No cabe duda sino que el ejercicio del baile había aguzado el apetito de los comensales de ambos sexos, porque apoderándose los unos del jamón, los otros del pescado, aceitunas y demás manjares en algunos minutos, todos comían y habían aliviado la mesa de una buena porción de su peso. Satisfecha la primera necesidad, hubo lugar a los rasgos de galantería y cariño que en todos los países llevarán el sello de la educación que alcanzan las personas que los ejercen. Las de la verídica historia cuya fisonomía trazamos ahora a grandes pinceladas, no eran, en general, de la clase media siquiera, ni de la que mejor educación recibe en Cuba, y puede creerse sin esfuerzo que sus rasgos de galantería y de cariño en ninguna circunstancia tenían nada de delicados ni de finos.

--Que diga algo Cantalapiedra, dijo alguien.

--Cantalapiedra no dice nada cuando come, contestó él mismo mientras roí a la pierna del pavo.

--Pues que no coma si ha de callar, saltó otro.

--Eso no, porque comeré y diré hasta el juicio final, repuso el comisario. ¿Cómo quieren, sin embargo, que diga si aún no he remojado la garganta?

--¡Ahí va mi copa! ¡Ahí va la mía! ¡Tome ésta! exclamaron diez voces por lo menos, y otros tantos brazos se cruzaron sobre la mesa en dirección del comisario, quien, empuñando una tras otra copa, cada cual llena de un vino diferente, se las fue echando al coleto, sin presentar más muestra del efecto que le causaban que ponerse algo rubicundo y aguársele los ojos. Después, llenando su propia copa de rico champaña, tosió, levantó el pecho, y en voz campanuda, aunque un si es no es carrasposa, dijo:

--¡Bomba! En los felices natales de mi amiga Merceditas Ayala, décima:

_Yo te digo en la ocasión,_ _Merceditas de mis ojos,_ _Que tu vista guarda abrojos,_ _Pues que punza el corazón._

_Ten de un triste compasión,_ _Que por tus ojos suspira,_ _Que por tus ojos delira,_ _Que por tus ojos alienta,_ _Que por tus ojos sustenta_ _Esta vida de mentira._

Tras esta improvisación ramplona y de mal gusto, resonaron vivas y aplausos repetidos y estrepitosos, con destemplado golpeo de los platos con los cuchillos. Y como en recompensa de su poética labor, de ésta recibió una aceituna ensartada en el mismo tenedor con que acababa de llevarse el alimento a la boca, de esotra una tajada de jamón, de la de más allá un pedazo de pavo, de aquélla un caramelo, de su vecina una yema azucarada, hasta que la Ayala puso término al torrente de obsequios levantándose y pasando su copa, llena de Jerez, a Leonardo para que improvisara también como lo había hecho el complaciente comisario. Aprovechose éste de la tregua que se le concedía tácitamente, para levantarse de la mesa, ir derecho, aunque disimuladamente, hasta el brocal del pozo, donde, introduciéndose dos dedos en la boca, arrojó cuanto había comido y bebido, que no había sido poco. Y muy fresco y repuesto se volvió a la mesa. Merced a un medio tan sencillo como expedito, pudo tornar a comer y a beber cual si no hubiera probado bocado ni pasado gota en toda la noche. De los demás hombres que habían bebido con exceso y no conocían el remedio eficaz de Cantalapiedra, que más que menos, pocos acertaban a tener firme la cabeza, sin exceptuar al mismo joven Leonardo.

A esa lamentable circunstancia debe atribuirse el que un mozo tan fino como bien educado, se prestara también a hacer coplas y en obsequio de aquella heroína de la fiesta. Pero bien que mal las hizo, siendo no menos aplaudido y regalado que el anterior coplero, aunque fue de notarse que, lejos Cecilia Valdés de celebrar, como los demás, su esfuerzo poético, se mantuvo callada y visiblemente corrida. Tampoco tomó parte Nemesia en la celebración, si bien por causa muy distinta, a saber: por hallarse empeñada en un diálogo rápido y secreto con su hermano José Dolores Pimienta.

--¿Pues no va desocupada la zaga? le decía él.

--Tal vez no, le replicaba ella.

--¿Y tú cómo lo sabes?

--Como sé muchas cosas. ¿Necesito yo tampoco que me den la comida con cuchara?

--Ya, pero tú no te explicas.

--Porque no hay tiempo ahora.

--Sobrado, hermana.

--Luego, las paredes oyen.

--¡Vaya! Cuando se grita.

--Vamos, no seas porfiado. Te digo que no lo hagas.

--Yo no pierdo la ocasión.

--Vas a pasar un mal rato.

--¿Qué me importa si hago mi gusto?

--Te repito, José Dolores, no te metas en camisa de once varas. No seas cabezadura. Con esa porfía me quitas las ganas de ayudarte. Yo entiendo de eso mejor que tú, lo estoy viendo.

Antes que se hubiese calmado el ruido de voces, de palmadas y de golpes en los platos y la mesa, Leonardo le dijo algo en secreto a Cecilia, y salió a la calle arrastrando a Meneses por el brazo, sin despedirse de nadie, a la francesa, como dijo Cantalapiedra cuando los echó de menos. Una vez fuera, a pesar de la lluvia menuda, ambos jóvenes, siempre de brazo, tomaron a pie la calle de La Habana hacia el centro de la ciudad, y en la primera esquina, que era la de San Isidro, Meneses siguió derecho y Leonardo tomó la vuelta del hospital de Paula.