Cecilia Valdés o la Loma del Ángel

Chapter 43

Chapter 434,236 wordsPublic domain

--Pues, su nombre legítimo no es Jaruco, es pegado; pero _asina_ se le puso en el libro y _asina_ se denominará mientras esté en esta Real Cárcel. _Dende_ antier entró en _gayola_. ¿Lo conoce el señor?

--Me parece que sí. Llámele Vd. a la reja, si no hay inconveniente.

--No hay embarazo, porque aunque está incomunicado, ya no tenemos bartolinas para tantos presos. ¡Eh de Jaruco! gritó el llavero desde su puesto.

Y repetida la palabra por otros presos en el mismo tono de voz, se acercó Jaruco; reconociéndose sin dificultad el amo y el esclavo. Entrole a éste tan fuerte temblor convulsivo, que tuvo que agarrarse con entrambas manos a la reja.

--Sumerced me eche la bendición, balbuceó anegado en lágrimas.

--¿Por qué lloras?, le preguntó Leonardo colérico.

--Lloro, niño Leonardito, recordando el mal rato que le habré dado a la familia con mi ausencia.

--¿Con tu ausencia, perro? Con tu fuga.

--Niño, yo no me huí. Mi salida de casa la víspera de Nochebuena tuvo por objeto asistir a un baile de la gente de color allá afuera. A la vuelta para la ciudad tuve una tragedia con un mulato. Fui herido en el pecho, me recogió un conocido en la calle y me llevó al cuarto en que vivía. Mientras me curaba se pasó el tiempo. Después me sucedió esta desgracia.

--¿Qué desgracia?

--La de esta prisión injusta. Todos los hombres estamos expuestos a un golpe de mala suerte.

--De mala suerte, no, de mala cabeza. Está visto, Dionisio, que ustedes los negros no quieren por bien sino por mal. Si mamá te hubiera despachado para el ingenio cuando hiciste aquella perrada de marras, no te verías ahora en la cárcel. ¿De qué delito te acusan?

--Todavía ignoro la causa de mi prisión, niño Leonardito.

--¿La ignoras, eh? ¿No será por la muerte de Tondá?

--Puede ser que me levanten ese falso testimonio, niño; porque quien está de mala se cae de sus pies y se mata. Hágase el cargo, niño, que yo estaba muy tranquilo, cosiendo zapatos en una zapatería de la calle de Manrique, cuando se presentó a la puerta el capitán Tondá. Desde que lo vi llegar conocí que venía a buscarme, y traté de escabullirme. Se apeó del caballo y me fui para él como si quisiera entregarme. A la puerta de la tienda había una volante parada y me escurrí por entre ella y la pared de la casa. Tondá me cayó atrás gritando:--¡Date, date! ¡Ataja! Tropezó con una piedra, cayó sobre el sable que llevaba desnudo y se hirió en la barriga. ¿Tuve la culpa de su muerte?

--¿Quién te prendió?

--El Capitán pedáneo de la Salud. Me cogió cuando yo salía para mi trabajo.

--Supongo que te dijo por qué te prendía.

--Ni palabra. Sólo me dijo que tenía orden de cogerme, vivo o muerto.

--En buena te has metido, Dionisio. Será mucho y darás gracias a Dios si de ésta escapas con el pellejo.

--Sea lo que Dios y la Virgen quieran. Fío en mi inocencia. ¿Pero no cree el niño que el amo y Señorita harán algo por mí?

--¿Hacer? Nada. No lo esperes. ¡Por cierto que te has portado decentemente con tus amos! Por ellos, por la familia toda, por ti mismo, Dionisio, será mejor que te tuerzan el pescuezo en el campo de la Punta. Con eso no volverás a insultar a las niñas blancas.

--¿Yo, niño yo he insultado a alguna niña blanca o de color? No, niño Leonardito, no tengo conciencia de haber insultado a ninguna.

--¿Y aquélla que fue la causa de tu riña con el mulato a la salida del baile?

--Yo no la insulté, niño. Por los huesos de mi madre que yo no le dije una mala palabra. Le pedí un minué, me dijo que estaba cansada y luego salió a bailar con José Dolores Pimienta. Me quejé a ella del desaire, tomó él su defensa, nos trabamos de palabras y nos batimos en la calle.

--Si te dejan hablar no te ahorcan. A otra cosa. ¿Sabes si han traído aquí presa a la misma joven de tu tragedia con Pimienta?

--Estoy seguro que no está aquí. Apenas pone un preso el pie en el patio, se publica y circula su nombre a gritos.

--Dios te proteja, Dionisio.

--Niño, por caridad, una palabra más. Recuerdo que debo entregar a su merced una prenda que le pertenece.

--¿Qué prenda? Acaba pronto, prontito.

--Tenía yo en la faltriquera, con la esperanza de entregárselo algún día, el reloj que Señorita le regaló a su merced el año pasado; pero me lo quitaron al entrar en esta cárcel. Debe de estar en manos del Alcaide.

Contó Dionisio, en las menos palabras, el cómo y cuándo vino a su poder el reloj, y dijo conmovido al retirarse su joven amo:

--¿Podría decirme el niño cómo está María de Regla?

--Mamá la trajo del ingenio. Se halla ahora en la ciudad ganando jornal. ¿No la has visto?

--No, señor. Esta es la primera noticia que tengo de su venida. ¿Por qué Dios no quiso que tropezara con ella? No me vería hoy en esta cárcel. Me hubiera servido de madrina para con Señorita y estaría cocinando en casa.

Ya de noche volvió Leonardo a casa del Comisario y le sorprendió en el acto de sentarse a la mesa a cenar con su querida.

--¡Hola! ¡Tanto bueno por aquí! exclamó Cantalapiedra muy risueño, yendo al encuentro de Leonardo, con la mano abierta y tendida.

--Me alegro de encontrarle, dijo éste serio y frío, haciendo como que no había reparado en la demostración amistosa del Comisario.

--Le aguardaba, añadió Cantalapiedra disimulando la mala impresión del desaire hecho. Fermina acababa de decirme que Vd. había honrado con su presencia este humilde albergue.

--¿Puedo hablar dos palabras con Vd.?

--Y doscientas también, señor don Leonardito. Sabe Vd. que soy su más obediente servidor. Sentí no hallarme en la comisaría cuando Vd. estuvo al oscurecer. Había tenido que ir de carrera a la Secretaría Política. De suerte que no sé como no nos encontramos en el camino, si viene de allá. ¡Bonora! gritó; una silla para este caballero.

--Excuse los cumplimientos, dijo Leonardo con altivez. No es cosa de sentarse. Hablemos de pie con tal que sea a solas.

--¿Por qué no aquí mismo delante de Fermina? Yo no tengo secretos para ella. Somos uña y carne.

--¿Con qué autoridad prendió Vd. a Cecilia Valdés? preguntó el joven imperiosamente.

--No con la que me ha investido S. M. el Rey don Fernando VII, Q. D. G., sino con la del señor Alcalde Mayor que firmó la orden de arresto, a queja de un padre de familia.

--¿Qué Alcalde y qué padre de familia se servirá Vd. decirme?

--Ese es demasiado pan por medio, señor Gamboa, contestó el Comisario riendo. Paréceme como que está Vd. algo ofuscado... Siéntese y cálmese.

--La muchacha no ha cometido delito ninguno, así que es improcedente e ilegal su prisión, si es que todo no ha sido más que una farsa, o cosa peor, sabe Dios con qué fines.

--Nada de eso va contra mí, que he sido un mero instrumento en este asunto.

--Diga Vd. si no el nombre del querellante.

--Vd. lo sabe mejor que yo, y si no lo sabe lo sabrá en breve.

--¿Estará Vd. autorizado para revelar el del Alcalde?

--No hay inconveniencia: el señor don Fernando de O'Reilly, grande de España de primera clase, Alcalde Mayor del distrito de San Francisco...

--¿A dónde llevó Vd. a la muchacha? Ella no está en la cárcel pública.

--No me es lícito revelarlo ahora. La conduje a donde se me ordenó.

--Luego Vd. la oculta con fines deshonestos.

--De mi negativa a satisfacer la curiosidad de Vd. no se desprende semejante injuriosa deducción. Lógica, lógica, señor estudiante de Filosofía.

--Importa poco que quiera Vd. echarle del reservado y del misterioso conmigo. He de averiguar la verdad, y puede que todavía les pese al autor y al instrumento de esta intriga grosera e indecente.

Dicho lo cual, partió enojadísimo camino de su casa. La familia tenía visita en la sala. Sin entrar en ella dispuso le alistaran el carruaje, mudó de traje, y cuando por señas le preguntó su madre a la reja del zaguán el motivo de aquella precipitación:

--Voy a la ópera, contestó brevemente.

Cantábase la ópera del maestro Rossini _Ricardo y Zoraida_, a beneficio de la Santa Marta, en el lindo teatro Principal.[59] Era entonces empresario de la compañía don Eugenio Arriaza, y director de la orquesta don Manuel Cocco, hermano de don José, que ya vimos en el ingenio de _La Tinaja_. El patio o corral y los palcos se hallaban medianamente ocupados por un público nada aficionado entonces a las funciones líricas. Leonardo entró algo después de alzado el telón. Por supuesto, no oyó la obertura del _Tancredo_, que precedió a la ópera aquella noche.

Buscaba a un hombre cuyo puesto en el teatro sabía de antemano, pues como Alcalde Mayor debía presidir la función desde el palco central, en el segundo piso. Sentado estaba al par de su madrileña esposa, embebido en la música y el canto, mientras le guardaba las espaldas, de pie junto a la puerta, el paje mulato, de rigurosa librea cubierta de castillos y leones bordados de oro. Todo esto lo observó a través del ojo de buey de la puerta del palco, cerrada contra el pasillo. Pudo haber llamado, seguro de obtener entrada y un amable recibimiento; pero prefirió esperar en el balcón de la sala de refresco que daba sobre la alameda de Paula.

Según calculó Leonardo, a poco de concluido el primer acto, sintió pasos mesurados a través del salón, luego una mano que se posaba en sus hombros y de seguidas una voz que en tono dramático declamaba:--¿Qué dice el amigo del valiente Otelo?

--¡Ah! ¿Eres tú, Fernando? Lo más distante que tenía de mi mente.

--¿Qué haces aquí tan solitario y _pensieroso_?

--Acabo de entrar.

--No te vi en las lunetas. ¿Por qué no viniste desde luego a mi palco?

--Supuse que no había lugar para mí.

--Para ti siempre lo hay a mi lado.

--Gracias.

--¿Estás en los momentos de la inspiración? ¿La pitonisa en el trípode? lo celebro. Sentiría interrumpirte.

--¡Yo inspirado! Puede ser: del demonio.

--No tendría nada de extraño que te inspirase la escena urbano-marina que se desplega ante este balcón. ¿Va que componías allá en la mente un artículo descriptivo? De seguro. En efecto, ¿quién que abriga un alma de poeta no se inspira a la vista de esa hilera de casas desiguales de nuestra derecha, en que sobresalen los altos balcones de la solariega del Conde de Peñalver? ¿O a la de esta alameda sin árboles que termina en el café de Paula, ahora a oscuras y desierto? ¿O a la del hospital del mismo nombre en el fondo, que parece una pirámide egipcia, desde cuya ennegrecida cima, según dijo Bonaparte, nos contemplan los siglos? ¿O del lado opuesto, la de la oscurísima masa del navío _Soberano_, clavado, por decirlo así, en las serenas aguas de la bahía? ¿No ves cómo se destaca del cielo, donde chispean las estrellas? ¿Quién no diría que éstas, en vez de luz derraman lágrimas por la próxima desaparición del último resto de nuestras glorias navales?

--Fernando, esa escena tan poética para ti, no tiene para mi significación ninguna. Quizás porque me la sé de memoria, o porque estoy de un humor negro.

--Para mí, chico, siempre tiene encantos la naturaleza. En presencia de ella olvido todas mis penas. Y a propósito ¿has leído en _El Diario_ «Un rasgo de mi visita al Etna»? Arazoza estuvo el otro día en casa en solicitud de algo original... Se empeñó y le di esos borrones.

--Casi nunca veo _El Diario_.

--Pues búscalo y léelo. El artículo es corto. Se publicó hace tres o cuatro días. Lo escribí en Palermo. No quise ponerle mi nombre, porque dice mal de un Alcalde Mayor... Tú me entiendes. Salió con mis iniciales solamente y ¿has de creer que ya han venido a darme la enhorabuena más de veinte amigos? Sí. Pedro José Morillas me dio un abrazo y me puso el artículo por las nubes. Deseo oír tu opinión.

--Tarde será que pueda dártela, Fernando. Mi cabeza se abrasa y estoy más para pegarme un tiro, o pegárselo a alguien, que para lecturas.

--¡Hombre! Me sorprende. Te desconozco. ¿Eres tú el mismo estudiante de la clase de Filosofía en el Colegio de San Carlos, u otro en tu figura? ¿Qué ha sido de aquel buen humor y de aquella alegría pegadiza con que te ganabas el afecto de todos tus condiscípulos? Déjate de necedades y niñeces. ¿Estás enamorado? Podías dar en semejante gansada al cabo de tus veinte y más abriles y de tu experiencia...

--No es la pasión del amor la que me devora el pecho al presente. Es la cólera, es el dolor, es la desesperación que produce el primer desengaño de lo que son el mundo, los hombres y la amistad.

--Vamos. ¿A qué negarlo? Tú estás enamorado y mal correspondido. Los síntomas lodos son de amor. ¿Cuál es el origen real de tus cuitas? Confíamelas. Sabes que soy tu amigo.

--¡Mi amigo! exclamó el joven con sonrisa irónica. Creía que lo eras, pero me he desengañado que eres mi peor enemigo.

--¿Qué fecha tiene su desengaño?

--La misma del flaco servicio que me has hecho. No sé cómo su memoria no te roe las entrañas.

--¿Va que has perdido el juicio? ¡Vamos, hombre! Ya caigo. Todo tu coraje nace... ¡Ja, ja!

--No te rías, dijo serio Leonardo. No es éste paso de risa.

--¿Pues de qué es? recalcó el Alcalde. He aquí la primera vez, desde que nos conocemos, que te veo grave y... bobo.

--No llames gravedad ni bobería a lo que toca en furor.

--Déjate de niñadas a estas horas. Tu enojo principal parece que es conmigo, y si no estuvieras encalabrinado, verías que, lejos de odio, me debes gratitud.

--No faltaba otra cosa, sino que tras de haberme herido por donde más me duele, esperes mi agradecimiento. ¡Qué frescura la tuya! ¿Sabías tú que Cecilia Valdés era mi muchacha?

--Lo supe el mismo día en que, según dices, te hice el flaco servicio...

--Pero antes de eso, ¿tenías tú noticias de su existencia? ¿Conocías su carácter y antecedentes?

--¡Qué había de conocer! Ni jota.

--Luego, ¿cómo sin conocimiento de los hechos, sin formación de sumaria, diste el mandamiento de prisión?

--Porque hubo quien lo pidiera sin tales requisitos.

--¿Y a semejante proceder llamas amistad hacia mí?

--Ahí verás.

--¿Qué delito achacan a la muchacha para el atropello?

--Ningún otro, a lo que entiendo, que el de quererte demasiado.

--Así, tú a sabiendas has cometido una injusticia; digámoslo por lo claro, una arbitrariedad.

--Me confieso culpable de ese pecado.

--¿Pecado dices? Es más que eso. En nuestras leyes se conoce como un cuasi delito, que todavía puede que te salga a la cara. Si se han figurado que la triste huérfana no tiene quien la defienda, se engañan de medio a medio. Aquí estoy yo, que pondré el asunto en tela de juicio.

--Mal harás, Leonardo, replicó el Alcalde con calma y dignidad. Mal harás, te repito. Por lo que a mí toca, tus lanzadas no me harían daño ninguno, rebotarían en la cota de malla de mi elevada posición, de mis títulos de nobleza y de mi valimiento aquí y en la corte. Por este lado soy inmune. Pero tú, con tomar el camino que dices, (te hablo como compañero y amigo), no conseguirías otra cosa que escandalizar un poco y poner en berlina a tu padre, en cuya queja formal y escrita me apoyé para el procedimiento... arbitrario que me imputas. Tu padre, tu bueno y honrado padre, vino a mi tribunal y estableció querella en toda forma contra esa muchacha, por seductora de un menor, hijo de familia rica y decente, con sus encantos y trapacerías. En la discusión que tuvimos, se lamentó, casi con lágrimas en los ojos, de que estabas hecho un perdido, jugador, mujeriego; que no estudiabas ni podrías recibirte en abril como él y tu madre esperaban, para que tomaras la administración de los bienes el año entrante, es decir, después de casarte con la bella y virtuosa señorita de Alquízar, como estabas comprometido, todo por esa mozuela casquivana, cuyas relaciones amorosas desdoran sin duda a un joven que ha de ser Conde antes de mucho.

--¿Conque tal es el epítome de la historia que te ha contado mi padre? Escucha, o contempla ahora el reverso de la medalla. No hay tal seducción, engaño ni calabazas en este negocio. La muchacha es lindísima y me idolatra. ¿Por qué no había de corresponder a su amor? Pero resulta que desde chiquita viene papá siguiéndole los pasos, manteniéndola, vistiéndola, calzándola, celándola, rondándola, cuidándola mucho más y mejor de lo que jamás ha mantenido, vestido, calzado, rondado y cuidado a ninguna de sus hijas. ¿Para qué? Con qué fines preguntarás tú. Sólo Dios y él lo saben. No quiero pensar mal todavía; pero el hecho de secuestrarla precisamente cuando acaba de morir la abuela, única persona que podía oponer obstáculo serio a la realización de torcidos deseos, me hace sospechar que no abriga mi padre las mejores intenciones... Me tranquiliza y complace, sin embargo, que sea cual fuere la lluvia de oro que él derrame a los pies de la joven, no conseguirá más de lo que ha conseguido de ella hasta aquí: un odio acérrimo. Pero tú, mi amigo, por hacerme bien me la arrebatas y la entregas atada de pies y manos en poder de mi padre. ¿Habré yo de perdonarte esta mala partida? Jamás.

--Eres injusto, muy injusto con tu padre y conmigo. Con él, porque no accedí a sus ruegos sino cuando me convencí plenamente de que eran rectas y santas sus intenciones respecto de ti, de la familia y de la misma Valdés. Conmigo eres injusto, porque viendo que tu padre estaba resuelto a cortar de cualquier modo, costara lo que costara, tus relaciones clandestinas con la muchacha, decidí encerrarla en las Recogidas por un corto tiempo, digamos, hasta tanto que te recibes de Bachiller y te cases como Dios manda y como conviene a tu clase y al caudal de tu familia. Que después, si te parece, volverás... a los primeros amores.

Leonardo se quedó callado y pensativo, y dijo luego con tibieza:--¡Adiós, Fernando!

Este le detuvo por el brazo y repuso:--No has de irte de esa manera, cual si hubiésemos reñido. Ven a mi palco: saludarás a mi esposa y oirás a mi lado el segundo acto de la ópera. Para aliviar ciertos dolores no hay bálsamo comparable con el de una buena música.

CAPÍTULO VII

_El mayor monstruo, los celos._

CALDERÓN

--¿Qué enredo te traes tú con una muchachuela de los arrabales?, le preguntó doña Rosa a su marido todavía en la cama.--Di, contesta, añadió codeándole por las espaldas, porque le pareció que se hacia el sueco o el dormido.

--Yo no me traigo ni me llevo enredo con nadie, Rosa, contestó don Cándido entre sueños.

--Tu sí, tú sí. Me lo han dicho, lo sé de buena tinta.

--¿Quién te ha contado ese cuento?

--No es cuento, es verdad. Tú has sacado de su casa a una muchacha hace pocos días... El autor no es del caso.

--Lo es, Rosa. Hay quien influya en ti poderosamente.

--Luego aclararemos ese punto. Nadie me quita que tú has vuelto a las andadas...

--¿Ves lo que yo decía? Ya te han preparado contra mí. Tu hijo...

--Pues échale ahora el muerto a mi hijo.

--Tu hijo, digo, continuó don Cándido sin turbarse, estaba a punto de cometer la mayor de las calaveradas que ha cometido hasta el presente. Me interpuse, porque al fin soy su padre, y evité la comisión... Tú no quieres que le toquen a _él_, ¿qué otro recurso me quedaba sino tocarle a _ella_? Hete, en resumen, el monto de mis _andadas_.

--¡No me quedaba que oír! ¿Conque para evitar que el hijo cometiera una calaverada, va el padre y da un escándalo?

--En este caso no ha habido escándalo ninguno.

--¡Cómo! ¿Se ha hecho la cosa a ocultas? Tanto peor. Véase qué interés tienes tú en ello.

--No otro, a fe mía, que el de impedir la comisión de una verdadera infamia por una persona que nos toca tan de cerca como es nuestro hijo.

--¿Qué infamia? Tú usas unas palabrotas...

--Tiempo ha que Leonardo viene persiguiendo a una chica de color...

--¿Y tú cómo lo sabes?

--Lo sé por la misma razón que tú lo ignoras.

--Nada me dices con eso. Es natural que Leonardito, joven y bien parecido, persiga a las chicas, como dices tú. Lo que no parece natural es que tú, ya viejo y feo, estés tan enterado de las persecuciones mujeriles del muchacho. ¿Te da envidia? ¿Quisieras que se metiera a fraile? ¿Por qué le celas?

--Porque soy responsable de su conducta ante Dios y el mundo.

--¡Qué virtuoso! ¿No hacías tú lo mismo y aun peor cuando eras de su edad?

--Quizás hice lo mismo que él cuando mozo, peor no; al menos no me remuerde la conciencia de haber corrompido a ninguna joven honesta o de su casa.

--Haces bien: santificate. Pero me parece excusado el trabajo que te tomas... Siempre creeré que, respecto a mujeres, Leonardito a tu lado es niño de teta.

--Dejémonos de recriminaciones, Rosa, y vamos al grano, a lo que nos toca más de cerca, como padres del mozo... La cosa es muy seria, es grave... Supe... Importa un bledo el cómo, el dónde, el cuándo. Supe que hacía grandes compras de muebles y de cachivaches caseros. Ha debido gastar un dineral. ¿De dónde lo ha habido? ¿Ha contraído deudas? ¿Le ha ganado al juego? O... ¿es que tú, tan bonaza como siempre, le has facilitado los medios?

Don Cándido había dado en el hito. ¿Negaría doña Rosa el préstamo, por haberlo hecho a ocultas del marido? Equivaldría a desacreditar al hijo a los ojos del padre, siempre dispuesto a mirar sus faltas por el lado más negro. Por eso, aunque convencida y mortificada por el engaño que con ella se había practicado, prefirió declarar la verdad y cargar con la culpa de la disipación del hijo predilecto.

--¿Ves ahora, Rosa, dijo don Cándido sin acrimonia, las malas resultas del cariño ciego de ciertas madres para con sus hijos? ¿No reconoces que en algunos casos más vale pecar con ellos por duro que por blando? Leonardo te pide dinero y tú se lo prestas, porque no puedes decirle que no, y porque te figuras que si se lo niegas se muere del pesar... Y él coge el dinero, compra muebles, alquila casa... ¿Para qué diablos? Claro, clarito, para llevar a ella la querida. No se necesita gran penetración... De suerte que, si no me anticipo, ¡adiós, estudios! ¡Adiós, bachillerato! ¡Adiós, casamiento en noviembre!, como tú y yo habíamos acordado, de acuerdo con él.

--Bueno está todo cuanto dices, mas estoy esperando que digas dónde tienes oculta a la muchacha.

--En las Recogidas. Paréceme, agregó a la carrera viendo que la esposa callaba y se agitaba en el lecho; paréceme que éste ha sido el partido mejor y menos riesgoso que pudiera haberse escogido para salvar al mozo del precipicio y a la moza de su ruina...

--Sí, dijo doña Rosa; ¿te figuras que porque has metido a la muchacha en las Recogidas, ya todo quedó arreglado y concluido? Sábete que no has conseguido nada. El niño ha tomado la cosa muy a pecho. Está ciego de amor.

--¡Quiá! exclamó don Cándido en tono despreciativo. ¡Amor, amor! Ni gota. Lo que siente ese mozo es hervor de la sangre, calentura de cabeza. Nada tiene que ver en ello el corazón. Se le pasará. Pierde cuidado.

--¿Se le pasará, eh? Tal vez. Pero el niño no come, no duerme, sufre, padece, se aflige, llora. Temo que le cueste una enfermedad el sentimiento. Ya, como tú no lo ves, no lo oyes, no lo entiendes, hablas del modo que hablas.

--Pon tú algo de tu parte. A ti, que tienes más influencia en él que yo, a ti te corresponde consolarle y hacerle entrar por vereda. ¿Va que no le has dicho que por el próximo correo de España espero el título de Conde de Casa Gamboa, con que se ha servido agraciarme nuestro augusto soberano? ¿A que no? Puede que la noticia le alegrase.

--¡Alegrarle! ¡Qué poco conoces a tu hijo! Le di la noticia. ¿Y sabes lo que me contestó? Que la nobleza comprada con la sangre de los negros que tú y los demás españoles robaban en África para condenarlos a eterna esclavitud, no era nobleza, sino infamia, y que miraba el título como el mayor baldón...

--¡Ah! ¡El bribón, el insurgente, el desorejado! estalló don Cándido en un paroxismo de indignación. ¡Vaya si le hierve la sangre criolla en las venas! Todavía sería capaz el muy trompeta de principiar por su padre la degollina como se armara en esta Isla el desbarajuste de la Tierra Firme. Y quieren libertad ¡porque les pesa el yugo! ¡porque no pueden soportar la tiranía! Que trabajen los muy holgazanes y no tendrán tiempo ni ocasión de quejarse del mejor de los gobiernos. Yo les daría palo entre oreja y oreja como a los mulos...